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Quedará por su propuesta estética, tan propia, tan bien trabajada; quedará por traer a la pintura española un estilo que acierta en el planteamiento y en la técnica, que es ruptura de los nombres pasados y a su vez comunión con estos. Rafael Laureano quedará por su trato del color, de las perspectivas, de las formas. Por cómo combina materiales, imágenes, paisajes. Un recurso donde consigue una proporción equilibrada de todos esos elementos. A Rafael Laureano se le nota el oficio y la idea en cada obra, un oficio y una idea que ha aprendido en las academias, no en el compadreo endogámico de las casas hermandades y la gente de cofradías. Sólo así se llega a su homenaje a Murillo, a su Asunción de Cantillana, a su Sé siempre nuestra Esperanza. Sólo así se llega a todas esas obras que veréis en la Casa de la Provincia, del 3 de diciembre al 5 de enero, plaza del Triunfo. Lo que, convencido, le espera a Rafael Laureano. Otra vez.

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Chaves Nogales murió en 1944, en Londres. Murió con una obra, principalmente periodística, que apenas conoció lectores. Murió sin homenaje, sin tributo. Pero gracias a Andrés Trapiello y a Abelardo Linares se publicaron, cincuenta años después de su muerte, sus reportajes, sus libros, testimonio de un tiempo, sus colaboraciones. Gracias a la editorial Renacimiento empezamos a tratar al que hasta entonces había sido un periodista del hambre, de los totalitarismos, de las guerras. Guerras que contó no desde la propaganda, sino desde el periodismo, pagando el coste de los integristas de uno y otro bando. Pero Chaves Nogales también escribió de Sevilla y de su Semana Santa. Del Gran Poder, de San Lorenzo. Chaves Nogales nos enseñó, con su buen oficio, que escribir de lo local no es escribir de lo irrelevante. Chaves Nogales nos enseñó que el lugar o el tema no determina la calidad de la obra.

QUÉ FUERON LOS ERES

Asombra, pero tras años de crisis institucional (en casi todas las estructuras sociales, del fútbol a la monarquía, de los sindicatos a  la universidad) aún no se aprende la lección, y la corrupción política tiende a ser menor o mayor corrupción en función de nuestra cercanía ideológica con aquel que defrauda. Cuesta desprendernos de nuestras afinidades a la hora de valorar los hechos, quizá porque nos da la sensación de que nosotros también hemos sido estafados o, peor, de que hemos contribuido con nuestras ideas a las acciones (en ninguna de las dos tesituras nos queremos ver). Con los ERE así ha sido, y mientras buena parte de sus votantes insisten en que son errores que ya pasaron, otra sociedad andaluza, tendente a partidos de derechas, insiste en que el mayor caso de corrupción casi ha pasado desapercibido. La clásica tergiversación cínica o victimista, según optemos por unos u otros, que favorece una tesis.

Pero nada de eso: no se trata de un simple error que ya pasara (sorprende el cinismo: lo que ahora es un error que ya pasó, hace diez años era un tema tabú) ni tampoco de un caso de corrupción del que apenas se haya hablado. Ahí están las condenas, a pesar de una investigación con demasiadas demoras y algún que otro error sustancial. E intereses partidistas, presiones políticas, injerencias. Hace quince años, cuando empezaba la trama de los ERE, nadie hubiese acertado con el pronóstico: el PSOE fuera del gobierno, sin apenas margen de poder, y sus dos principales líderes políticos condenados. Hablamos de unos nombres, y de otros tantos nombres (Antonio Fernández, Carmen Martínez Aguayo, Francisco Javier Guerrero), con una considerable influencia en la sociedad andaluza. Con una notable agenda de contactos que abarcaba amplias y distintas parcelas de esa sociedad andaluza. Sorprendería la buena relación de muchos políticos importantes del PSOE con otros importantes empresarios de derechas.

Esa es la clave que explica los ERE, tanto en lo social como en lo político. Más allá de la corrupción política o de la sentencia que ayer todos conocimos, lo importante de los ERE es cómo se desarrollaron. Cómo fue posible que políticos en el poder lograran burlar toda una administración pública. Cómo pudieron construir, durante tantos años, toda una trama de corrupción sistemática. Sin que nadie sospechara nada. Sin que nadie lo advirtiera. Es evidente que todo pudo ser posible porque los límites de esa corrupción iban más allá de la propia corrupción política. Porque el beneficio era repartido no sólo entre los suyos, entre los políticos del PSOE en el poder o sus más próximos, sino también entre aquellos que de algún modo u otro tenían acceso o cercanía a un poder, aunque fuesen de ideologías contrarias. Conservadores, empresarios, gente de derechas. Todos ganaban. Silencio cómplice. Y a seguir.

Los ERE han sido un caso de corrupción, pero también el signo de un tiempo, casi una mentalidad que arrastraba y lastraba a Andalucía. Los círculos cerrados, la endogamia, el trato preferente de los míos, el favor a quien me interesa, el clientelismo. Es ingenuo creer que los ERE son la causa de unos políticos malos que llegaron al poder y se aprovecharon de su posición para enriquecerse. Es ingenuo pensar que un caso de corrupción de este calibre no ha sido posible sin la connivencia de esa etiqueta fácil y engañosa que llamamos sociedad civil. De una parte, claro, de la sociedad civil. Tendremos que hablar de ese incómodo capítulo.

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Romero Murube trató a Evita Perón y al Sha de Persia, se relacionó con la alta cultura de su tiempo, con González Ruano y con Lorca, y leyó a los clásicos, y era un humanista, inteligente, honesto en sus ideas (ese pulso al cardenal Segura). Romero Murube se interesó en lecturas de otros autores, europeos, como Paul Morand o André Gide. No fue el poeta provinciano de ripios acartonados ni el pregonero verbena, oportunista, cuyo único interés al escribir de cofradías es el de escribirse a sí mismo: dejarse ver en sociedad. Porque Romero Murube escribió de Semana Santa, pero no de Semana Santa, como todos los escritores que nos interesan, que importaron. Él nos dejó la lección que nos dejan los autores interesantes: con los buenos sentimientos solo se hacen malas novelas. Romero Murube escribió de la Semana Santa con oficio, no con sentimentalidad. Y si lo lees que seas consciente de que no será por el cofrade, sino por el escritor.

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Tienen las cofradías de Sevilla un discreto eco social que algunos confunden con el prestigio o la fama. Es una confusión comprensible: hablamos de ambientes muy endogámicos donde esa endogamia facilita que cualquier asunto o nombre suene, aunque en realidad, lejos de sus microscópicos cenáculos, nos encontremos con un ruido casi imperceptible. Manolo Cruz, hermano mayor de la hermandad del Calvario, no era de ese gremio. Manolo Cruz fue uno de esos hombres de cofradía que tantas horas han dedicado a lo que se ve y a su vez no se ve: ser amable con los otros, montar altares para los cultos, convivir en la hermandad. Ahora que se ha ido, recuerdo a Manolo Cruz y a tantos como él. A tantos que tantas horas han entregado, sin mayor interés que esa entrega, a los demás. Tantos cuyo propósito ha sido minúsculo en el gesto e inmenso en la lección: darse a los otros, sin exigir que esos otros lo noten. Descansa en paz.