NO ES MALA POESÍA, ES UN FRAUDE

Hace años que se habla del tema, incluso que se habla del tema y que el tema cansa. Poetas que triunfan entre público adolescente y cuyos poemas discurren en capturas de Instagram y publicaciones de Facebook. El hecho ha merecido debates, coloquios, charlas, intervenciones de oyentes en mesas redondas, preguntas en entrevistas a autores que habían ganado un premio tal e incluso sesudos ensayos y artículos de lenguaje académico. Por si no tuvieran ya suficiente publicidad desde sus propias editoriales –con tanta logística y potencial de difusión-, también nos hemos encargado de contribuir a sus éxitos. Aunque fuese por la buena intención de procurar una explicación a ese éxito. Yo por eso prefiero, cuando preguntan por estos poetas de redes sociales –más o menos así se suele etiquetar el asunto-, hablar de otros poetas, de redes sociales o no, que sí merecen atención, lecturas e interés. La nómina puede ser Miguel d’Ors, Javier Salvago, Amalia Bautista, Susana Benet, Jesús Montiel, José Mateos, González Iglesias, Ada Salas, María Alcantarilla. Etecé. Etecé. Etecé.

Yo prefiero hablar de autores como Enrique García Máiquez, cuyo último libro tengo en el escritorio, pendiente de lectura, o como Ben Clark, a quien le debo el artículo. Fue en su tuiter donde leí compartida la publicación del autor Jesús Miguel Pacheco, quien señala un evidente plagio en el libro del último poeta de promoción para regalos de Reyes y Papá Noel: Alfred García, concursante de Operación Triunfo. Las palabras que García escribió en Otra luz son: “Ojalá ser valiente no cueste tan caro / y ser cobarde no merezca la pena”. Lo que a todos nos recuerda a aquella letra de Chavela Vargas, con versión de Joaquín Sabina, que se llamó Noche de bodas. Leemos: “Que ser valiente no salga tan caro, / que ser cobarde no valga la pena”. Yo prefiero no hablar de estos autores hasta que el asunto pasa de ser poesía para lectores que no leen y empieza a convertirse en estafa, en fraude. Hasta que estos autores no son autores. Hasta que son fraude para la industria editorial (quien por otra parte es principal responsable, no seamos ingenuos), fraude para ese padre que se gastará 16,95€ y fraude para esos lectores que no van a leer. Y peor: que no sólo no van a leer, sino que no van a leer nada original de un autor. Porque no es ni eso.

Hasta ahora, quien leía a estos poetas sin poema era un lector de ingenuidades, frases sentimentalmente solemnes, desahogos personales, versos que oscilan entre la autoayuda y las canciones de Manuel Carrasco. Ahora, con Alfred García, vamos un poco más. Alfred García es un Gimferrer o un Gil de Biedma entre los de su cuerda, huyendo de los corsés de estilo y de lenguaje de su tiempo y proponiendo una nueva estética que descubre corriente en la poesía española. Hasta ahora para triunfar con un libro de poemas era suficiente con no tener oído ni dominio de la métrica ni capacidad de crear símbolo, imagen, metáfora. Con Alfred García se ha ido a más, con Alfred García hemos llegado a la conclusión de que para escribir un libro de poemas es suficiente con no ser el autor de tus propios escritos. Con ser un fraude.

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