COBOS WILKINS HIERE, MATA, PERO DA VIDA

En Matar poetas, el último libro de Juan Cobos Wilkins, destacan dos recursos: el símil y el símbolo. Los poemas se construyen en torno a las metáforas y a la comparación, que evocan emociones, sensaciones: “ La magnolia en el vaso de agua, curvada como la reverencia de / una bailarina de ballet. / Los zapatos paralelos, inertes, a los pies de la cama. / El traje, sin tu cuerpo, colgando inmóvil de la percha. / La tristeza. / La serenidad”. Es una poesía que busca el nombre exacto de las cosas, pero sin nombrarlo con exactitud. Una poesía de lo sensorial, aunque no evita el sentido. “Estas palabras tan sólo son espinas de palabras”, escribe Cobos Wilkins en un poema.

Poesía que no termina en el discurso del propio poema sino que traslada a otros discursos. La imagen que es puente de otras imágenes. El verso que dice tanto en su escritura como en la escritura que no leemos, la que queda en el margen de nuestras sensaciones. No recuerdo quién dijo que el poema viene de un silencio y a su vez va a otro silencio. Mucho de eso hay aquí: “Que los copos que nievan el pisapapeles perduren en tus hombros, que las hojas que arrastra octubre te camuflen con la piel del guepardo, que cada noche bordes tus iniciales en sábanas sin cuerpo, con fantasmas…, no importa, casi vivo en tu propio exoesqueleto vivo, esto –y no más- eres: holograma. Tu mismo holograma errático en un azaroso laberinto especular. Y no ves, no te ven: peligrosamente te reflejas sólo en el ángulo muerto de la felicidad”.

Aunque leamos poemas en prosa, Cobos Wilkins esquiva el prosaísmo con el sonido de la palabra y el soniquete del propio fraseo. Domina el ritmo del verso sin incurrir en la versificación, y en todo el conjunto se nota el buen oído, la destreza en la música interna, que en todo momento acompaña a la lectura, casi sin tropiezo, casi sin traspiés. Hay una lograda composición en la musicalidad del libro y en el tono (o en el estilo) que discurre en cada una de sus páginas, de los poemas. Poemas que llevan consigo mucho de Cernuda o de Lorca: “Hoy me recuerdas a él en esa foto / -abril, 1936, en bata, / y detrás, / una planta / en maceta de barro / que evidencia aún más el desamparo, que incrementa  / el vacío-, / la foto / en la que está ya con su Muerte retratado. / (…) / Y tú estabas también / en esa foto a solas con la Vida: eras / ya este poema que hoy te escribe / y le escribes: / corona / de espinas y luciérnagas hiriendo luminosa tu cabeza”. O en este otro: “El tiempo perdido es un gigante / hecho de azucenas abiertas como bocas / omnívoras. Abiertas. / De espanto. / De estupor. / Los días perdidos son un gigante de flores de ceniza, de seda y de ansiedad”.

“Una sola luz / como el ojo rubí del ratón albino que tiembla en el laboratorio. / Los silencios. / Las palabras que intenta decir el que agoniza. / El ruido de la respiración del que agoniza. / Los sonidos que balbucea quien expira. / La palabra última que pronunció. / Su profundo suspiro, la exhalación final. / Lo que nunca te contó, lo que jamás tú le confesaste. / El silencio”. Matar poetas es un libro que deja al lector con el enigma delante de él, un enigma del que no cabe sospecha, que se aparece claro, que está ahí, que es evidente, pero que a su vez aguarda dentro de sí un misterio mayor. Ese misterio que no tiene nombre, pero que sabríamos nombrar sin nombrarlo. Hasta allí llegan los poemas de Cobos Wilkins. Quien nos hiere, quien nos mata. Quien nos da vida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *