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Mi generación entra en una etapa en la que ya puede ir diciendo aquello de que hace veinte años de todo. Menos de los años veinte, de los que en esta década celebramos el siglo. Los años veinte, en la creación artística, fueron los años de la vanguardia; asomándose estaba la historia a los precipicios del horror del siglo XX, ese siglo de monstruos, cuando aún festejaba la originalidad, la despreocupación, el propio júbilo. Uno de los nombres que predominó en esos años fue el del escritor argentino Oliverio Girondo. Junto con Roberto Arlt, fue uno de los grandes escritores hispanoamericanos que conocieron esa Semana Santa de los años veinte y treinta. Ambos la retrataron. Girondo, como escribió Paco Robles, desde la provocación y la lírica. Divertidas son las páginas en las que precisa imágenes de la madrugada del Viernes Santo, que tanto vivió y, también, padeció. Habla de “pies desmenuzados como albóndigas”. La comparación es acertada. Y curiosa. Cómo pasa el siglo, pero hay situaciones que permanecen.

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El mes de junio del año pasado, la hermandad de El Museo aprobó nuevas cartelas para el paso de cristo. Las aprobó en un cabildo extraordinario que eligió al imaginero Darío Fernández. Darío Fernández es un escultor con un trabajo extraordinario, aunque en Sevilla no sea un autor demasiado popular. Es un hecho que llama la atención, y que quizá se deba a dos motivos: el primero, la escasa demanda de imaginería de calidad; el segundo, que en la cultura del arte cofradiero (y creo que de todos) prevalecen el clientelismo y el amiguismo, u otro tipo de afinidades que nada tienen que ver con el oficio. Darío Fernández sobresale del resto de imagineros de su generación y, al menos, de las dos anteriores. Ahí el Cristo de la Coronación de Elche o la Magdalena de la Vera Cruz de Castilleja: un apolíneo clasicismo que se aleja del acostumbrado pastiche anacrónico. Ya que no abunda su obra en Sevilla, que al menos se valore la que tiene dispersa por pueblos y ciudades de España.

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En la hermandad de Los Estudiantes, el pintor y restaurador Carlos Peñuela nos ha dado una lección. La lección de cómo pintar un cartel. El artista fue elegido por la hermandad para trabajar en el cartel que anuncia el pregón universitario de la Semana Santa de Sevilla. En el cartel de Carlos Peñuela hay un concepto original y un buen resultado en la concreción de ese concepto. La carpeta con estampas y recuerdos de la Semana Santa es una de las imágenes que todos los estudiantes cofrades llevan consigo: el tablón de corcho con las entradas del pregón, los tickets de entrada a los palcos en la mesita de noche. Muchas veces, en el arte de las cofradías, recurrimos a discursos solemnes que distraen e incluso mienten. Carlos Peñuela ha ido al objeto sin mayor importancia y, con técnica y una vuelta de tuerca, le ha dado la trascendencia que de por sí tiene. Aunque no la veamos. Eso es ser artista. Eso es un paso para la genialidad.

POR UNA IZQUIERDA QUE

No traerá el nuevo gobierno los propósitos de una izquierda que no se suele ver en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas, aunque cada vez sean más los votantes de izquierdas que demanden esas políticas en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas. Es cierto que son unos votantes aún dispersos, puntuales, que sobre todo comentan en conversaciones personales, privadas. Es habitual en la izquierda un temor a no parecer de izquierdas. El disenso de cualquiera de las tesis que predominan en la izquierda, aunque sea un disenso que proponga, no que rechace, será visto como una idea sospechosa de ser de derechas. En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria.

La política representativa de hoy se mueve en función de las sensibilidades políticas de la sociedad. Su ideario depende de hacia dónde se oriente el discurso general de cada ideología. Lo hemos visto en un Casado o un Rivera que usaron un lenguaje cada vez más contundente tras la aparición de Vox; o en esa actitud de moderado profesor universitario de Iglesias, cuando leía la Constitución con un tono pausado y didáctico en los debates de la televisión. La política representativa de hoy es una política efectista, donde las decisiones y los idearios se preparan según lo quieran los votantes de cada partido. Es en cierto modo inevitable, pero el problema de este exceso de política en función de la coyuntura de cada momento es que así no se puede hacer política a largo plazo. Y en ocasiones, no se puede siquiera hacer política responsable.

Pero aun así, incluso con este contexto, habrá que decir que hay quien espera una izquierda que comprenda que España ha cambiado en cincuenta años, que hoy día el nacionalismo, los nacionalismos, no son ideologías minoritarias que necesitan una entregada y desmedida atención política, sino que son ideologías excluyentes y esencialistas que van contra los principios básicos de cualquier ideario de izquierdas: generan desigualdad, son clasistas por causas etnolingüísticas. Una izquierda que olvide y reflexione conceptos tan desfasados como la conveniencia de la desobediencia civil (¿justificamos a los defraudadores de impuestos?) o que cambie ese carácter tan frívolo, naif, cuqui y sentimental de los últimos años. Una izquierda que atienda los hechos desde el contexto de los propios hechos, no desde el cínico  interés partidista, tendencioso y estratégicamente dramático, en asuntos que afectan al ecologismo o al feminismo.

Por una izquierda que se desentienda del lenguaje bronco del apóstol tuitero, y que abra un debate riguroso y adulto sobre la educación, sobre las prestaciones sociales, sobre la natalidad, sobre las universidades, sobre las pensiones, sobre la prostitución, sobre Europa, sobre la globalización. Sobre el tiempo del poscapitalismo, sobre los nuevos contextos ideológicos, sobre las interesantes respuestas que nos generan disciplinas como la bioética. Por una izquierda que no sabemos si va a venir, pero por la que habrá que ir.

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La Semana Santa de Málaga tiene cartel. Y es un buen cartel tanto por la idea como por su ejecución, tanto por la estética como por el concepto. Por si no se ha visto aún, el cartel representa diferentes carteles de la Semana Santa malagueña, simulando a esa cartelería de las convocatorias de cultos que se anuncian en las fachadas de las parroquias. Su autor, José Luis Puche, ha querido así indicar que la Semana Santa es una acumulación de experiencias en el pasado, un eco de nuestra memoria sentimental que a su vez forma parte de la voz de lo que hoy somos, y de lo que ayer fuimos. Quizá uno de los principios del arte sea ese: desentrañar una verdad mediante una expresión. Puche nos ha descifrado una verdad de la Semana Santa.