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Escribió de la Semana Santa sin la pringue emocional a la que tantos nos tienen acostumbrados, sin el menor signo de caspa expresiva, de refrito de la palabra azucarada. Juan Sierra supo ver lo que muchos aún no ven: que la Semana Santa se escribe desde el lenguaje del tiempo que nos toque vivir. A ser posible un lenguaje propio, original y distinto. Primero, por consideración a la fiesta de la que estás hablando; segundo, por un mínimo de deferencia al oficio de la palabra, asunto de siglos. Sierra une la vanguardia surrealista, la imagen de ruptura, la metáfora onírica, con crucificados barrocos y vírgenes populares. El resultado es bueno, y casi único. Todas estas lecciones están recogidas en el volumen de sus obras completas, con edición de José María Rondón y publicadas en El Paseo. Para aquellos que vean en esta fiesta algo más que propuestas de itinerarios y demás debates tan pertinentes como insustanciales.

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Ir a la exposición de la hermandad de El Gran Poder en Cajasol es discurrir por buena parte de la historia del siglo XX en la ciudad de Sevilla. Ahí los nombres de los pintores, de los músicos, de los arquitectos, de los escritores, de los políticos. Ahí el periodismo, la tauromaquia, las instituciones públicas, la sociedad diaria y anónima. También la huella y el signo de la artesanía, de la propia intrahistoria, de tantos nombres y de tantas vidas. La hermandad de El Gran Poder es epítome de la historia de una ciudad. Punto de fuga desde el que se proyectan años, décadas, más de un siglo. Y todo queda resumido en las salas de una exposición que, a pesar de un recorrido un poco caótico, deja idea clara: El Gran Poder lleva en su nombre parte de la ciudad de Sevilla. De la Sevilla que fue y de la Sevilla que es.