LA INFORMACIÓN (Y SU RECEPCIÓN) EN LA PANDEMIA

Lo leí el otro día en el timeline de un periodista: qué buenos tiempos esos en los que las ruedas de prensa se agotan casi antes de empezar. Por tediosas. Por aburridas. Por nimias. Es evidente que ahora no estamos en esa época. Ahora las ruedas de prensa duran días. O al menos su debate. Sus declaraciones. Incluso sus protagonistas, cuya voz nos suena con una familiaridad más cercana que las voces de los amigos. Días llevamos hablando de la frase que José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, leyó o dijo el pasado domingo (el verbo influye en la versión). Unas afirmaciones que en tuiter, ese carrusel de opiniones viscerales, nos hicieron el día. Comentaba Santiago que ellos estaban trabajando en dos direcciones, “por un lado, evitar el estrés social que producen estos bulos, y por otro, minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. ¿Lapsus?, como dijo el ministro del Interior; ¿malversación de fondos públicos?, como sugería el abogado José María de Pablo. Ayer El Mundo publicó esta noticia cuyo titular es: “Una orden interna de la Guardia Civil ordenó recopilar bulos y fake news “susceptibles” de generar “desafección” al Gobierno”.

La información de la pandemia, casi inmanente a la cuestión política, suele despertar ideologías e intereses partidistas, tanto de los líderes como de la sociedad. Es un hecho que, si queremos discernir con criterio, complica las cosas. Las noticias nos llegan adulteradas de nociva praxis política. Nosotros, como sociedad, tampoco ayudamos demasiado a depurar esas informaciones: nos quedamos con lo que nos parece bien para retratar, mal, al adversario político, o nos conformamos con que nos digan lo que queremos oír de aquel al que no queremos escuchar.

El triunfo del bulo no es tanto por quien lo fabrica como por el que se lo cree. Quien, por lo general, está predispuesto a creer en ellos. El entorno propicio para el bulo no es tanto la ingenuidad como el interés ideológico. De ahí que las labores de verificación sean bienintencionadas y pertinentes, pero no demasiado útiles. Quien las frecuenta suele ser es un profesional del periodismo o de la comunicación, o una persona con voluntad de conocer la verdad factual de un hecho. Los bulos están preparados para que nos confirmen nuestra realidad parcial sobre unas ideas preconcebidas. Si somos partidarios del PSOE o próximos a una sensibilidad de izquierdas, el asunto va de culpar al “centralismo capitalino” (así lo leí en un tuitero) de la propagación del virus hasta una denuncia de Unidas Podemos a la Fiscalía, donde asegura que detrás de todo esto de los bulos hay un “grupo criminal”. El adjetivo “criminal” también está presente en la consideración de Vox sobre la gestión del PSOE. Hablan de “censura” y “medidas dictatoriales” por parte de Sánchez. Ellos, que vetan a medios en sus actos públicos.

Hay momentos para el alivio de la comunicación política, como esa conversación de Maestre y Almeida, dos monedas de una misma cara (que ahí bien valen). También se publican excelentes trabajos periodísticos, críticos y reflexivos con el Gobierno y la situación, como este de dos periodistas de El Confidencial. Pero persiste la inquina, el enconamiento, la cacerolada con las propias ideas. Palabras y ruido que sólo son humo y confusión. Que impiden ver otra claridad. Y que vienen del CIS, de medios o de bots, pero también de nosotros.