DONDE TUVO QUE ESTAR LA IZQUIERDA; Y DONDE ESTÁ

En lugar de cuidar de hospitales y de escuelas, en lugar de preparar una vuelta bien planeada a los colegios e institutos; en lugar de aclarar cómo sería este curso en las universidades, con un protocolo, unos criterios, unas pautas. En lugar de solventar los graves problemas de hoy, graves problemas que afectan a causan que consideran suyas (la educación, la sanidad), la izquierda institucional, la que tiene poder, ha preferido ocupar su tiempo en el franquismo, en la memoria democrática y en los piropos. La labor de distracción, sorprendentemente, ha salido bien. Sobre todo entre unos votantes que suelen presumir de críticos -como ha indicado Ricardo Dudda en un artículo en Letras Libres, esta idea es un tópico, un cliché-.

En lugar de plantear soluciones a otro aspecto de la vida de los españoles que la izquierda considera suyo, la cultura, el vicepresidente del Gobierno considera que es mejor seguir haciendo su política de oposición en el poder. Al igual que al principio de la pandemia, cuando animaba a convocar caceroladas contra la monarquía -para después lamentar las de la derecha- y se sorprendía de la empatía de la ministra Margarita Robles. Ahora se dedica a comentar, como un tuitero más, las series que ve. Mientras Iglesias prosigue en su labor de agitador tuitero con presupuesto público, la industria cultural apenas sobrevive como puede. Con ayudas que ya no se estiran mucho más y con un horizonte desolador: sin conciertos, sin espectáculos, y sin espectadores que tengan lo suficiente como para gastar en el ocio, en la cultura.

Pocas protestas al respecto, ni declaraciones, ni objeciones. Tan sólo el vídeo viral de Antonio Resines, y poco más. Sí ha habido repulsa, diaria, incesante y sustanciosa, contra la gestión de Díaz Ayuso, en Madrid. Una gestión que ha sido deficiente, ahí están los resultados, pero que a la izquierda mainstream parece importar más por Díaz Ayuso que por esa deficiencia innegable. Asombra también, cuando vives en otra provincia de España, la sobredimensión informativa de lo que ocurre en Madrid. Como también asombra el análisis tan simple y maniqueo sobre los barrios madrileños. Un análisis que se suele leer en esos votantes de izquierdas muy críticos, muy leídos y muy concienciados, aunque con frecuencia den la sensación de que prefieren pregonar una catequesis dogmática antes que analizar, racionalmente, un hecho.

No se sabe muy bien cuánto le durará al gobierno esta estrategia de distracción. Ni cuánto nos entretendrán con Franco, la Guerra Civil y otros hechos del pasado -un pasado que por supuesto no quieren que llegue-. Es probable que cuando este seductor truco anacrónico se termine nos saquen los juegos de mesa del aborto, del heteropatriarcado, de los pronombres para referirse a los alumnos o de cualquier cosa que nos niegue y distraiga de la realidad social, social, que vivimos: que son los carteles de se vende en los comercios, las ayudas de los ERTE que se acaban, los despidos en las empresas, la infinita subida de los alquileres, la precariedad de una generación joven, desencantada y frustrada, las familias sin ingresos en meses. El otro valle de los caídos, digamos

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