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El ilustrado capillita, qué gran tema. Yo conozco a unos pocos, amigos, compañeros, que reúnen condiciones para hablar de ese personaje, escisión del ilustrado laico sevillano. El ilustrado capillita posee todos los tópicos del capillita al uso pero con un rasgo peculiar: considera, épico, que va contra todos los tópicos. Ir contra el cliché en esta ciudad es algo tan manido como el propio cliché, y con el añadido, acaso irrisorio, de ir contra algo que hoy día no existe, pues no es más que eso, un cliché, una idea preconcebida. Jugar a ser Blanco White en el siglo XXI es ir doscientos años tarde a la batalla. Pero los ilustrados capillitas, que me caen bien, que tengo amigos, siguen instalados en ese mito –no logos- de la sociedad progresista contra la sociedad sevillana cofradiera, una dualidad –esta palabrita para acercarse a “la esencia” sí que está vista- que ya no se da, pues por suerte vivimos en una sociedad mucho más heterogénea, moderna. Otra sospecha del ilustrado capillita es la de que las cofradías tienen algún tipo de poder social y político en la ciudad de Sevilla, algo así como una especie de iluminados que se reúnen en el subsuelo de las antiguas iglesias para influir en el pensamiento del ciudadano común o en las tareas de los plenos del ayuntamiento. Sí: viene Dan Brown y no lo mejora, tiene usted razón. Llegados a este punto discernimos entre el que tiene poder y el que se cree que tiene poder. El que tiene poder es el político; quienes se creen que tienen poder son las cofradías, las cuales usa el político de turno para darse a conocer y rascar votos de las túnicas. Ejemplos, de todos los colores: Torrijos y las medallas rocieras; Zoido y Serrano en las procesiones gloriosas, etc. ¿Ven estos nombres por algún costero o por alguna vara, ahora que no mandan en Sevilla? Ah, amigo intelectual. La política local saca rédito –desde los Montpensier así ha sido- del alcance social –no es lo mismo que poder o influencia- de las cofradías, y no al revés. Porque no es lo mismo mandar que hacerle creer a alguien, ingenuo, que manda.

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Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

PERO ¿QUÉ ES EL RÉGIMEN DEL 78?

Por aquel entonces, tanto Pablo Iglesias como Juan Carlos Monedero eran dos tipos de fama modesta que salían en la tele, en tertulias de monólogo papagayo y discurso seriado. Dos personajes de un círculo íntimo, universitario y poco más, cuyo gusto oscilaba entre la erudición marxista y el entretenimiento belenestebista. La estrategia de esa exposición televisiva, evidente: salir de, como dicen los niños moderadamente pijos de las Big Four y parábolas de coaching, la zona de confort, con frontera en las facultades de Ciencias Políticas, en el aula de bancos pintados con símbolos anarquistas y frases de ingenuas revoluciones -¿pleonasmo?-. Y así, poco a poco, fueron ganando posiciones en el escaparate, en los vídeos virales que los padres comparten en los grupos de guasap –abriéndolos con el dedo índice-: Iglesias ft. Jiménez Losantos, Iglesias ft. Eduardo Inda. La clave: acudir al precipicio a hacer política, y en lugar de caer en ese abismo, retratarlo, y salir ganando.

En aquellas ya lejanas tertulias –y eso que han pasado tres años: qué mal envejecen las viejas ideas-, una palabra se abría hueco en el vocabulario de la España general: casta. Pasillos de oficinas, barbacoas de sábado, redes sociales. Era la expresión de moda: “esto es casta”, “tío, eres casta”, “qué buen coche, fuera, casta”. Iglesias y Monedero, Errejón recién incorporado, introdujeron en las charlas de sociedad un concepto con el que hacían referencia a una plutocracia política y empresarial que había llevado a un país a la subida de la prima de riesgo, al paro y a la vida precaria. Era una idea que explicaba la razón de tanto desahucio, de tanta liquidación por cierre, de tanto bolsillo pelado. Y, además, con una atractiva y cómoda imagen: el enemigo es una clase a la que ni mis cercanos ni yo pertenecemos, la culpa es el otro. Y en esos otros entraban, más o menos, el PPSOE (sic) y los empresarios. Así, dos ejes: políticos corruptos-enriquecidos-vida resuelta y gente honesta-precariedad-supervivencia. Ellos, Iglesias, Monedero y Errejón, representarían a la gente frente a la casta, y así, un poquito de cabreo en la sociedad, otro tanto de suerte, llegarían a hacerse con las instituciones públicas para, ah, nadie supo nunca muy bien qué –sus propuestas siempre fueron, más allá de lo que todos con un mínimo de sensibilidad queremos, paz, tolerancia, un mundo mejor, ambiguas y esquivas-. Pero esa estrategia que empezó en los platós de las cadenas de televisión no logró el éxito previsto, y entonces hubo que remodelar el plan.

Y ese plan tuneado nos trajo un nuevo, aunque inspirado en su predecesor, referente: el régimen del 78. ¿Y qué es -pronunciémoslo con tono de gravedad y salmo- el régimen del 78? Pues para Podemos es la renovación de la estrategia populista, de ese maniqueísmo simplista entre el político corrupto y el pueblo inmaculado, aunque en esta ocasión con claras connotaciones autoritarias, como si el sistema democrático en el que hoy vivimos fuese herencia del Movimiento Nacional del franquismo. Y todo con la complicidad de la monarquía y de los partidos que no son Podemos, lo que sus seguidores llaman el PPSOECS –dos partidos más y ya tengo clave nueva para el wifi-.

Pero yo miro al régimen del 78, el régimen del 78 me mira, vuelvo a mirar al régimen del 78 y, no sé, a mí me dice cosas distintas. A mí me dice, como apuntó Andrés Trapiello, que es la culminación de la España reformista y moderna, la que fracasó en los dos grandes proyectos políticos ilustrados y progresistas de su historia reciente: las dos repúblicas. A mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema político con una de las constituciones más avanzadas de Europa –lenguas cooficiales, Estado aconfesional, procedimientos de revisión y de reforma, etc-; a mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema en el que la Fiscalía puede trabajar, sin injerencias, en casos de corrupción que involucran al partido del Gobierno; a mí, el régimen del 78, me dice que es un sistema en el que la censura es más un mecanismo de publicidad que de opresión, un sistema en el que el cosmopolitismo y Europa son una realidad común; un sistema en el que, al fin, no hay una idea hegemónica que se apropie del Estado, o de sus símbolos, de su bandera, de su himno; a mí, el régimen del 78, me dice que ha vencido con la ley al terrorismo de ETA y que quien no lo hizo así pagó las consecuencias de un país que, sufragio universal, decide quién gobierna la cosa pública; a mí, el régimen del 78, vamos terminando, me ha traído una generación que no ha conocido más clandestinidad que la de guardar los preservativos en casa de sus padres, me ha traído la posibilidad de la blasfemia, de la ofensa, de las libertades, y sin más coste que el del debate y, en la mayoría de los casos, la indiferencia.

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Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.

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Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.

PUIGDEMONT NO QUIERE EL DIÁLOGO

No es civismo, sino cinismo. Aunque hay que reconocer que el Govern derrocha ganancias en ese cínico victimismo debido a una asociación de conceptos tan ingenua como, aquí lo peor, de buena fe por parte de sus conciudadanos. El Govern ha vendido, y le han quedado beneficios, la imagen de la represión, del pueblo, de un sólo pueblo –esta es otra clave-, sin disidencias ni opiniones contrarias a las de sus intereses, silenciado por la fuerza de un Estado ajeno. La policía que cumple el auto de una jueza y que garantiza los derechos de todos los ciudadanos contra los que pretenden, fuera de la ley, imponer el suyo, es el agresor; los partidos que aprueban leyes sin el más mínimo respeto al procedimiento legislativo estipulado –es decir, sin considerar los cauces establecidos, democracia representativa mediante, por toda la sociedad catalana-, son justos, pacíficos y democráticos; el Gobierno y el Estado que, aplicando el artículo 155 de la Constitución, no suspende la autonomía –como escribe Ignacio Camacho- ni provoca injerencias sino que restituye el orden constitucional y la legalidad vulnerada, casi un invasor, un opresor.

Lo peor de esa asociación de ideas tan tergiversada no es la defensa que de ella hacen en el Govern y sus medios afines –tele, prensa, radio-, lo peor es que son falacias que calan en personas con buenas intenciones. Las más peligrosas y radicales, pues en sus irresponsables actitudes creen estar logrando algún bien. ¿Cómo convencer o persuadir a quien piensa que está actuando de manera correcta, ya sea por ignorancia, idealismo, ficción propia, interés, afinidad con la causa o de todo un poco? Puigdemont y sus socios saben que ahí está su público más rentable. Y explotan, de él, todos los recursos posibles.

Esa ficción, ese espejismo, del pueblo sacrificado y reprimido por parte del Estado alcanza su apogeo en el no tan desproporcionado como torpe e improvisado despliegue de la Policía Nacional y de la Guardia Civil del pasado uno de octubre. Ahí los independentistas volvieron a ganar en el victimismo cínico, apoyado a su vez por sentimentalistas cínicos que no estaban tanto por los heridos –fueron más bien atendidos en la mayoría de los casos, obviando la cantidad de noticias falsas y fotos retocadas que circularon- como por mostrar esa imagen de Gobierno despiadado que usa la violencia contra un pueblo que quiere un fin, en principio noble, como es el de votar en una urna. Esa es otra lectura de todo lo que está sucediendo: muchos de los apoyos que tienen los secesionistas en España –ciudadanos y partidos- no van por sus ideas, sino al desgaste de Rajoy. Quien, a su vez, ha gestionado tarde esta crisis institucional, pero también de la mejor forma posible: dentro de los márgenes de la Constitución y de las leyes. No es poco.

Una vez conseguida la retórica de la imagen, de la asociación de conceptos, catalanes oprimidos, Estado poderoso e intransigente, arbitrario y discrecional, viene Forcadell e insiste, ayer en la radio, en la propuesta de mediación. ¿Qué mediación, qué diplomacia, no digamos ya diálogo, se puede mantener con quien impone? Aun así, Felipe VI ofreció en su discurso “mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles”; Puigdemont entendió, quiso entender, que no hubo ánimo de diálogo. De este modo, está claro quién no quiere dialogar, y por algo muy sencillo: porque no encontrará beneficio alguno en ese diálogo. Porque, en el caso de haber un referéndum legal y pactado, dialogado, como tantos dicen, el Govern tendría todas las de perder: veamos la soberanía y los datos de apoyo a la independencia en el referéndum del pasado domingo. Así que mejor, más cómodo y rentable, este discurso viciado de victimismo cínico, con el que insisten en un problema creado de la nada –o de sus particulares pretensiones- y que a la nada, aunque se esfuercen por remediarlo, va.

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Acabamos de llegar de Roma, por tanto será como la sombra que, telón o bambalina –mejor esto último-, decora los cuadros de Caravaggio. Con ese efecto de las obras del pintor se están desarrollando los acontecimientos que deben aclarar, solucionar, el próximo Martes Santo. Mucho de enigma y, al mismo tiempo, como todo buen tenebrismo barroco, claridad: quizá porque no es una sombra que oculta, sino que muestra. Digamos que el retraso de las decisiones, las reuniones aplazadas, el secretismo… lejos de aportar confusión e incertidumbre, dejan evidencias y certezas. La primera es el modo de actuar de este Consejo. Siempre de perfil, acaso ambiguo, demasiado prudente, delegando cada decisión polémica o compleja en el ayuntamiento –CECOP- o en el arzobispado, en las instancias superiores. Ya lo pudimos comprobar en las avalanchas y estampidas de la Madrugada. En cada pregunta al presidente, la respuesta esquiva, evitar en todo caso la posición, el criterio de la institución. El vértigo o respeto de que la declaración no se entienda, o se tergiverse, o se manipule. Mejor el silencio que el error. Es una estrategia de comunicación eficaz, e inteligente; pero gobernar, o administrar, es decidir, y en algún momento, ya sea de palabra o de hecho, tendrán que dar el paso. Por ahora nada de eso. Predomina la respuesta callada, que es el primer desencadenante de las filtraciones y de los rumores; es decir, de una consecuencia contraproducente a sus intereses: si buscan la ausencia de tergiversación, mejor hablar sin tapujos. O sentarse de una vez –con voluntad de determinar una solución, no de aplazar el problema- y asumir que ellos son los que tienen la última palabra, consensuada con el resto, pero no supeditada.

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Pregunta un amigo que qué me parece el pregón. Suele ser usual, pregunta previsible, cuando se acercan estas fechas de luz moneda en las que se desvela la incógnita del elegido –suerte, pregonero-, o cuando venimos de vuelta, camisa cansada, castellanos quejosos, un domingo de primavera. Cuando formulan la pregunta, nunca sé qué responder. Porque tampoco sé muy bien qué pensar. Quizá porque nada me importe. Pero a mis amigos, seríamos unos insensibles, nunca les niego la palabra honesta. Así que trato, dentro de la complejidad, construir un argumentario creíble, que tranquilice las dudas. Les digo que para mí el pregón es cosa nimia y nada interesante. Les digo que cómo en una sociedad en donde predominan los 140 caracteres de tuiter y el mundo audiovisual, el pregón aún mantiene un formato que se centra en la oralidad, en el discurso de hora y media, casi propagandístico, de radio de cretona y de sofá de escay revestido de punto -el resultado, natural: bostezos, distracciones, consultas al móvil-. Les digo, también, que aquello es un acto social, extraliterario, pues en la elección del afortunado –suerte, pregonero- prevalecen unos intereses clientelares, incluso personales, entre el Consejo de Cofradías y demás partícipes en el evento. Es una fiesta narcisista de ellos, para ellos, donde en unos hay vanagloria de qué bien hemos elegido y otros sueltan en un atril lo que se ha dicho hasta la saciedad, mientras un teatro –en el amplio sentido del concepto- llena un aforo cuyas entradas no están a la venta, al menos en su mayoría, en una taquilla, como en cualquier espectáculo, sino que se dan de manera arbitraria entre los mismos de siempre. Poco importa la ciudad; menos, la literatura. Y llegados a este punto, miro a mi amigo, quien me observa con cara de romano tallado por Castillo Lastrucci. Ahí pienso que por hoy es suficiente. Y que, por no quebrar costumbres, he dicho.