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La sobremesa: momento preferido, y decisivo, de la reunión. Es ahí donde el día de descanso decide su destino: o bien el simple almuerzo o bien una concatenación de historias cuyo desenlace deja al apocalipsis en una junta de propietarios del vecindario de tu comunidad. También es en este capítulo de la quedada distendida donde surgen, en todo su esplendor, las buenas conversaciones. En la pasada Navidad cuento unas pocas, tanto de buenas conversaciones como de sobremesas –y de sobremesas que terminaron en algo similar a un cuadro de El Bosco-. En una de estas preguntaron que cuál es el carácter más típico de esta ciudad de Sevilla en relación con sus fiestas locales o con los personajes que en ellas participan. Yo lo tuve claro –y eso que aún estaba con la digestión y el sopor de la siesta-: hablar de alguien sin saber de ese alguien. En esta ciudad, en estos locus localistas en los que todos nos conocemos sin conocernos, es inevitable que nos hagamos una idea –sin tener ni idea- de tal o cual persona. A mí me ha sucedido, y en más de una ocasión, en ese espinoso paisaje que abarcan las cofradías y el periodismo –y no os cuento cuando ambos se unen-. Se hacen de mí, por lo que leen –o por lo que de oídas saben-, un retrato de mi personalidad, de mis gustos, de mi criterio, y de ahí elaboran su propio juicio. Luego los encuentras –tus habladores- en los bares, con ellos te cruzas en las esquinas –somos un pueblo grande, más aún en determinados ambientes localistas-, y miran con ese gesto tan silencioso pero tan incómodo y elocuente: sabes quién soy, yo sé quién eres. Y en ese aire que queda entre medio, una atmósfera de sospecha, que con frecuencia va pareja –nombrada- al desdén, o al comentario malicioso. O al retuit en tuiter.  En esta ciudad nunca se sabe.

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Lo encuentras en la junta de gobierno, en el grupo de guasap, en el RT de tuiter, en los artículos de la prensa local, en la familia –esto último si no tienes demasiada fortuna-. Hablamos del nostálgico, del nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es aquel que considera que “lo sublime”, que esas imágenes que invitan a decir “qué gusto tan exquisito”, siempre forman parte del pasado o “del ayer”. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es partidario, o mejor, “amante”, de esos cielos que, según sus idealizaciones, van cambiando a un color más apagado en las tardes de los Viernes Santos, cuando todo queda como a él le gusta: sin demasiada bulla, “como era en otros tiempos”. Tiempos de los que no sabemos con exactitud cuándo, o dónde, si alguna vez aquello existió o es tan sólo consecuencia de su imaginación –un paseíto por fotos de otra época, para espantar tópicos-, de su interés por hacer de esta fiesta algo que tan sólo existe en su mente: ya puede ir Montserrat con una bulla de tres mil pares –la que suele llevar- por Castelar y por Molviedro que él dirá, cuando todo pase, que “qué íntimo aquello, qué cofradía más romántica”. Entre sus colegas lo llaman “el místico”, hasta hace cuatro años era “el rancio”. Y es que mucho pensar “en otros tiempos”, pero siempre la moda presente –eso es: presente-. Aunque lo que más disfruta –goza- el nostálgico hispalense es “la Sevilla oculta”, idea no de los líos de falda de conocidos dirigentes de las cofradías, sino de esos ritos que él apunta que están “perdidos”, que son “clásicos y desconocidos”, palabras que asocia a ese gusto por lo “sublime”. Y ya pudieron ser tiempos de carestía, de riadas, de guerras civiles, que eso no importa: nada como una buena nostalgia para recrear lo que queremos que suceda, y que nunca pasó. Ni pasará.

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Uno aspira a contar lectores, no apóstoles –esos los tengo a dos minutos de casa, en Los Terceros-, así que reconozco placer cuando alguien me demuestra su disenso, que es el principio de un hecho casi siempre conveniente: el debate. Y si tal discusión es con mala leche, también con sarcasmo, disfruto el doble: al argumento hay que sumarle el humor. Híbridas de disconformidad y de sarcasmo fueron las palabras de un amable lector ocasional en relación con la última venia, la cual deberán de haber olvidado –y hacen bien-. Me dijo así: “Todas grandísimas preocupaciones que nos quitan el sueño a los sevillanos. Vaya chuminá de la Carlota (provincia de Jaén) de artículo. Ah, y puestos a hablar del dinero que desapareció de las mayordomías, empecemos hablando de Montesión, y el famoso decreto de don Antonio Domínguez Valverde, que Dios lo tenga en su gloria”. Un agudo interlocutor apuntó, en generosa lección de geografía, que la Carlota nunca estuvo en Jaén sino en Córdoba; yo, bastante más previsible, comenté que para no preocupar nada el tema, y ser una chuminá, bien que entendía la materia. Tras la conversación, reflexioné sobre un entrañable personaje cofradiero: el capillita que trata con sorna –incluso vergüenza propia- asuntos capillitas. Este ser es alguien que tiende a la distancia respecto de las cofradías pero que suele, extraño fenómeno digno de análisis freudiano, conocer toda la trama del drama. En él convergen el rechazo y la aceptación de la afiliación cofradiera: “Oye, ¿te has enterado de lo de Antonio Santiago? –Mucha tela, yo por eso cada día paso más de ese mundo…”. Desconozco qué ha pasado en Montesión, nada sé del “famoso decreto” de don Antonio Domínguez Valverde, y menos aún si Dios lo tiene en su gloria. Por ahora me quedo con este común individuo –él se cree especial, lo que le añade comicidad-. Si digo que está en misa y repicando, me temo que estoy en lo cierto.

LOS ÁNIMOS DE INCLINACIÓN ARISTOCRÁTICA NO DEBERÍAN CELEBRAR EL FIN DE AÑO

Ángel Garó transfigurado en el brillo de los vestidos, en la purpurina de los antifaces, en los colores de las serpentinas: no esperemos más. La noche de Fin de Año es una fiesta de José Luis Moreno pero sin José Luis Moreno ni plató de televisión, es decir, sin ficciones, sin posibilidad de huir mediante el mando a distancia: la realidad persigue, acecha, y contra ella no queda más solución que soportar, resignados, su inevitable compañía. Su galería de horrores, de horrores horteras, cuya horquilla de posibilidades va desde la ropa interior de este color o del otro, una obscenidad hablar de tales temas, hasta una cadena interminable de mensajes cursis deseando lo mejor para lo que, en el mejor de los casos, seguirá más o menos igual: nada se inaugura, nada se renueva, nada cambia. Entre tanto, queda el cotillón, que no es más que una fiesta por obligación de fiesta, o sea, una felicidad impostada, programada, previsible, artificial, una felicidad por mandato, que es algo muy triste, muy pobre.

Es cierto que hay una Navidad de Arcadia, casi bucólica, de idilio, cultivada –sublime-, villancicos populares, enigma, pero esa es la de la epifanía, la del veinticuatro de diciembre, no ésta que ahora sucede. La Navidad de Año Nuevo no tiene adoración de los Magos de Velázquez ni obra renacentista y es, sin duda, la contraposición de todo aquello, es la Navidad de la pubertad, del territorio ya impuro, mancillado,  nada inocente, del tiempo del primer alcohol, de las primeras mañanas de recogida, mañanas inexpertas, en pandilla, colectivistas, indecisas: inmaduras dentro de la cercana madurez, un experimento que con los años traerá, más que nostalgias, bochornos. No es, no es, en absoluto, la Navidad del río de plata, la Navidad que contiene su filosofía y sus humanidades. Navidad no de familia, sino de individuos –agolpados en un guardarropa, en la cola de un baño, en la barra de una discoteca-;  Navidad del exceso, no de la fraternidad; Navidad de la juerga, no de la celebración.

La tragedia de mi vida –excuse la confesión personal- es la misma que la de María Isabel o la de Joselito: conocí sus éxitos –aquí digo placeres- en edad prematura. Conocí pronto la clave, el secreto que me era, hasta entonces, reservado. Hoy cuento mis Años Nuevos con los dedos de la mano, y voy justo de dedos. Del primero hace ya diez años –para Gil de Biedma siempre hacía veinte años de todo-. Aún me recuerdo en un local del extrarradio de mi ciudad natal, todo de mí obsceno, entregado a la efervescencia de anécdotas que dejaron buenos amigos y versos malos. Y de aquel 2007, llegarían otras noches, otros días últimos de diciembre, cada vez más escuetos y modestos, o quizá ya repetidos, y de ahí, de esa monotonía, el aburrimiento, y de ahí, el desistir, el ver que tampoco es para tanto: veintitantos y ya todo descubierto. Ya todo visto, probado.

Desde hace un par de años no salgo en Fin de Año, deserté. Encontré mayor placer, mayor gozo, en los paseos de mañana, bien temprano, del uno de enero; encontré el sosiego –lujo propio de caracteres sabios- y el equilibrio, la culminación del deseo, en el control de los instintos primeros. De este modo, tomo las uvas y a las doce y media en la cama, a alcanzar la plenitud de las opciones correctas, que siempre son las menos sexys. Me abandono a la negación de una noche que sólo es álbum de vulgaridades, de paisajes casposos. Cada 365 días lo tengo más claro: los ánimos de inclinación aristocrática –algo a lo que aspiro- no deberían celebrar el Fin de Año.

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Pienso en tanto lío de falda de tanto miembro de junta de irreprochable moral católica e incuestionable reputación entre semejantes. Pienso en las reventas de las sillas de la carrera oficial, incógnita de la que aún no tenemos despejada solución alguna sobre el enigma, qué ocurrió con aquello, quién se benefició de aquella triquiñuela, qué falló para que sucediese, si alguien supo lo que pasaba. Pienso, también, en los 20000 euros que desaparecieron en la hermandad de Los Gitanos, cantidad de ceros que el hermano mayor puso de su bolsillo para que allí se corriera tupido velo, decisión que no sabemos cómo llamar: de salvación o de cómplice. Pienso en las cámaras de seguridad –con megafonía, control de aforo- que el ayuntamiento tiene planteadas para la Madrugada de 2018, cámaras que, según el delegado del Gobierno en Andalucía, no estarán disponibles en las calles de Sevilla, pues el burócrata papeleo se ha iniciado tarde, y resulta imposible –cuentan- llegar a la primavera con el tinglado listo –donde hay administración, no manda urgencia-. Pienso en el cartel de la Semana Santa, en que no estaría de más pagar al autor de la obra, por aquello del trabajo, de las horas, del esfuerzo, esas cosas por las que se come, se bebe, se pagan las facturas. Pienso, nada de paja en el ojo ajeno, en las guerrillas de intereses del propio periodismo: el corporativismo –mal de esta ciudad- también se encuentra entre el oficio. Pienso en todo esto, y en lo que quedará por ahí. Pero sólo hasta que llega el diecitanto de diciembre. Pero sólo hasta que pasa ese segundo. Tan breve, tan inmenso.

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Hablamos, el pasado jueves, del niñaterío que suele merodear en la Madrugada. Niñaterío de toda clase y condición y barrio y familia –retratos simplistas, ninguno-. Los veo: van ahí con su lote, con sus grupos en modalidad camada –salvajes-, al río, al puente, a las setas, también por la calle Feria o por donde más o menos, según hora, vaya pillando. Tomando aquel recuadro de Antonio Burgos “y sabes que la sorpresa / por todas partes te aguarda”, aunque en este supuesto no sea un nazareno con su lírica de túnica blanca, sino la pota o la pelea o los cristales rotos y las bolsas de plástico. Realidad menos poética que todo ese relato de la cera ardida y la Madrugada de Dios, sin embargo más verosímil, me temo que más exacta. Pero, aun así, la Semana Santa no es esa efervescencia de vulgaridades que algunos suelen ver, grupo de guasap y foto viral mediante, comentario superficial –medalla, abriguito largo- en los corrillos de los hermanos en un besamanos: “Es que no sé adónde vamos llegar, mira, mira, con su mesa, su sandía…”, “Lo de las sillitas es tremendo”, “Y coge y se pone ahí a comer pipas y me dice a mí que no se puede pasar, ¿que no se puede pasar?”. Tenemos, a pesar del drama manido, una fiesta en donde predomina tolerancia, buen comportamiento, razonable educación. Y si no, un vistazo, analogía, a la historia –prueba del algodón contra supuestos males modernos-. Ahí veremos niños en las canastillas de los pasos, cruces de guía abandonadas en las puertas de las iglesias, nazarenos –no niñatos- bebiendo en los bares. Incluso años en los que no se pudo, guerra, tiesedad, celebrar la Semana Santa. En efecto: menos latigazos en la espalda, aunque sí, aunque todo este embrollo, esta fiesta, sea motivo de penitencia.

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Con estos fríos de diciembre, que tanto se prestan a las coplillas ripiosas de Miguel Cid y a la prosa preciosista sobre los cielos inmaculados, azules, que hemos perdido y tal y cual, nada mejor que entrar en calor. Con la realidad, si es posible. El inconveniente de entrar en calor con la realidad, más aún en esta ciudad tan dada a lo desconcertante, es que te deje helado. Por lo que estaríamos en el punto de partida en el que empezamos. Aun así, hagamos, de honestidad y convicción en nuestras ideas, el trabajo fino. De las tres reformas –cómo suena: reforma- que se plantearon tras la Semana Santa de 2017, se han cumplidos dos: la del Martes y la de la Madrugada. Reformas, en cierto modo insustanciales, sobre horarios, recorridos, callecita por aquí, cruce por allá. Ajustes que se nos presentan, pienso, modo tráiler o teaser, anticipo, para el gran cambio, la medida esperada, enigmática novedad: cómo será, seguridad y prevención y altavoces y vallas, la Madrugada de 2018. Aunque el alcalde Espadas nos dijera, en la primavera de este año, que antes del verano estaría todo culminado, lo cierto es que sólo sabemos rumores, informaciones aisladas. Concreción, confirmación, poca: de ninguna institución, menos aún de ese Consejo que siempre –ellos son muy tradicionales- se pone de perfil. He de suponer –quiero suponer- que para los próximos meses –enero, febrero- será presentado un plan para actuar –de nombre pedante y correcto y burocráticamente relamido- contra las avalanchas, las peleas y el mal ambiente que se da en esas horas en las que el lote de ginebra y el niñaterío autóctono hacen su aparición. Yo sólo espero –y creo- que esta demora en la concreción sea fruto de la exigencia, y no de la desidia. Pues de no ser así, seremos nosotros los que, sin duda, saldremos corriendo.

AMIGOS REPORTEROS, AMIGOS COLUMNISTAS: CARRÈRE RECONCILIA

Tema/problema tópico, polémico, absurdo y repetitivo –monótono-: rasgos clásicos en el debate de mis semejantes. Hablo de un asunto que, cada cierto tiempo, vuelve a emerger entre amigos, colegas de oficio: el conflicto –al menos aparente- entre columnistas y reporteros. Se está distraído, hurgando en Facebook, buscando algo que alivie esta soledad de espera en la cola de la burocracia, y ahí sale, un respingo, la coletilla: “No hacen falta columnistas, sino reporteros”. A los columnistas les han dicho de todo en estos últimos meses, desde que son “el cáncer” hasta que lo suyo “no es periodismo”, tan sólo una frívola “opinión” que cualquiera, sin necesidad de formación reglada –ni de otro tipo-, de simple intuición, podría solventar en escasos diez minutos –el que dijo lo de “el cáncer”, apuntó que tardaba “diez minutos” en hacer un artículo, nosotros confirmamos que no es mentira, y que se nota-. Junto con la facilidad en la elaboración del trabajo, otro reproche notable y recurrente es el de “la literatura”. Se está en la facultad y dicen “esto es literatura”; se está en la redacción y comentan “esto no vale, esto es literatura”. Sobre uno y otro argumento habría que discernir que en el articulismo no tributa la opinión, sino el estilo y el criterio; y que “la literatura” es lo que mantiene sobre el oficio una calidad que, en esta era de tanta titulación, no supera la de épocas pasadas –tampoco empeora, tragedias las justas-. El periodismo sin literatura es un texto administrativo, un auto judicial o un parte de accidente.

Detrás de todo debate, cuando en este hay posiciones sin un argumento definido o una razón consolidada, las quejas son apariencias de algo oculto, palabras que suelen esconder un trasfondo que va más allá de la conversación de besugos que creemos contemplar. En este conflicto, pasajero pero cíclico, así sucede: en él adivinamos otras cuestiones que van más por lo social y por lo económico que por el periodismo en sí. Cuestiones relacionadas con diferencias de nóminas –no son tales-, con prestigio respecto de una sociedad –ya ves tú, hoy nadie tiembla con un editorial- y con la fama de una firma. En resumidas cuentas, con el impulso que mueve el arte –el periodismo lo es-: la vanidad.

Para reducir tensiones entre clanes, columnistas y reporteros, nada mejor que leer a un Chaves Nogales –hoy tan profesionalizado, tan rentable-, a un Norman Mailer o a un Emmanuel Carrère. Este último acaba de publicar en Anagrama Conviene tener un sitio adonde ir, una recopilación de reportajes, crónicas y ensayos sobre el periodismo. En ellos, la capacidad de contar –no siempre presente en la prensa-, el conocimiento de la técnica narrativa, la compleja claridad en la exposición de los hechos, la destreza –virtuosa- en la disección de los personajes que participan de un suceso, en el modo en que retrata el discurrir de ese suceso, en las aptitudes para recrear un paisaje, un pasaje, un ambiente, una personalidad. Pero por encima de todas estas cualidades, este Carrère posee un don que acredita la firma sobresaliente: se sale –con buen hacer- del género, del corsé del género, del pobre y preceptivo esquema que a todos nos enseñaron. Carrère es él, no una columna; Carrère es él, no un reportaje. Y ese es el fin que hay que perseguir, y ese es el fin que hay que alcanzar. Sin importar que estemos en uno u otro género –bando, tal como estamos-, porque el periodismo, me temo, merece por el resultado de la manera, y no por el lugar en que esta se prepare. Como todo oficio, supongo.