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Cuánto describe el día del Corpus. Y no sólo en la víspera, en el balcón cuidado, en la música de las orquestas, en la opulencia de la plata decimonónica, en el gregario desfile de las corporaciones, de las instituciones, de las personalidades. Ahí encontramos descripción, nadie lo duda; pero es una descripción parcial, algo sesgada, abundante de impostura y de ficciones, válida para la literatura, pero no para la sociología. Si nos decantamos por sustraer el todo de una ciudad desde ese todo, erramos, pues su hechura es fantasmagoría, espejismo, distorsión. Como esas celebraciones, artificio y boato, que las casas nobles preparaban en los antiguos salones de sus casas, mudéjares, renacentistas. El día del Corpus describe a la ciudad, la completa, aunque de sus horas tengamos que tomar no sólo la mañana sino también la tarde, tiempo en que un calor sofocante y una jornada de fiesta mantienen a las calles en estado de soledad y de nadería. Cuando conozcamos ese estado, cuando valoremos su alcance y su medida, cuando observemos no sólo la mañana, también la tarde, seremos conscientes de cuánto de ciudad hay en ese día del Corpus. Y el modo en que este retrata. Si por la mañana todo es representación, simbología, ropas elegantes, canto, siglos, flores; la tarde será comercios cerrados, calles vacías, tiempo muerto, aires acondicionados, convencionalismos, nostalgias. En efecto, en el día del Corpus se sucede la manera en que la ciudad vive: pasajeras grandezas de unas horas, con su correspondiente ilusión, creernos que tal majestuosidad es regla común de nuestros días, y la perpetua decadencia, cuando todo se acaba, cuando no hay ya renta de mira lo que fuimos de la que tirar, cuando la banalidad de una ciudad provinciana se cuela como una luz impertinente por las sombras interiores de la conciencia. Y es esta última la realidad que nos acompaña, que nos acompañará, aunque supongamos, soberbios y autocomplacientes, que la excepción es lo que hace norma.

 

JUAN MANUEL DE PRADA, EL MIRLO BLANCO

Aunque el autor nos haya acostumbrado a entregarnos en sus novelas personajes que se parecen a su yo más personal, más íntimo, jamás hubo tanto de él en uno de sus libros. Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) nos ofrece en Mirlo blanco, cisne negro una experiencia personal, biográfica, aunque trazada, construida, sobre la inevitable arquitectura de la ficción. Lo que sucede en esta novela no ocurrió, no fue historia, pero sí las conductas que manifiestan y que perfilan los personajes. O eso simula. Unas actitudes que parecen representar al propio Prada en cada una de las voces de este libro, como si el autor se hubiese dispersado en la personalidad que acompaña a cada uno de sus personajes.

La historia cuenta los inicios literarios –abundantes de precariedad, como tantos- de Alejandro Ballesteros, escritor joven y con talento que aterriza en un Madrid en donde las principales estrellas del mundo literario deambulan de fiesta en fiesta, de acto social en acto social, aplaudidas por la crítica y elogiados por la corte de siempre, por la camarilla que ansía ocupar el prestigio de los escritores reconocidos, estimados, respetados. Alejandro, Álex para su círculo de amistades, para su novia, Paloma, acude a una de esos actos alrededor de la literatura en los que su debate es lo de menos. Mucho más importante el codearse, el dejarse ver, hacer relaciones, repartir saludos, conversaciones, agregar contactos a la agenda. El protagonista, cuya indumentaria trata de renovar para ir a la moda, es decir, para la moda de la moda dominante, lleva en una bandolera unos cuantos ejemplares de su primer libro, un conjunto de cuentos. Libro que, a pesar de su calidad, es ignorado por el interés, por la pluma, de la crítica, cuya revista principal es Barataria, título que evoca una conocida publicación cultural española. Tras varios rodeos, titubeos, intentos de entablar trato y afinidad, desencuentros con la camarilla allí presente, y cuando Ballesteros decide que ya está bien, irrumpe Nieves, la mujer de Octavio Saldaña, escritor brillante pero de carrera en notable decadencia, superviviente de su propio éxito a base de presentar un programa de radio en una cadena en que la línea editorial es sectaria y dogmática, y en la que el poder de los grandes partidos en los contenidos de los programas es considerable.

Tras el fortuito encuentro entre Nieves y Álex, encuentro que posibilita la relación entre Saldaña y el joven escritor, admirador este de aquel, comienza a crecer un vínculo entre la pareja y Álex que determina el curso de la novela, y sus principales pasajes, claro, su trama, o mejor, cómo se desenvuelve la trama y qué nos enseña. El abandono de Álex al editor de su primer libro, Ramiro Cifuentes, por otra editorial de mayor relevancia en el panorama cultural; el desgaste del noviazgo con Paloma, a causa de la literatura; el retrato de la intrahistoria de la industria cultural y de la televisión, cómo maquinan sus directivos, qué intereses mueven sus acciones, cómo funcionan y preparan los programas, según qué principios giran sus decisiones.

Hay acaso guiños prescindibles, como el del personaje de El Chulo de Cervantes o los nocilleros, quienes aportan adorno al contexto de la época, sí, pero un adorno, digamos, pasajero, su participación en la trama es secundaria, y no provoca nada más allá del fiel retrato. Similar, aunque distante, es lo que sucede con Rosario Tena, personaje que mantiene suspense e intriga, pero que llegado el momento de desnudar el enigma nos deja algo fríos. Una profundidad más viva, una historia más desgarradora y vibrante –atormentada-, quizá habría sido lo idóneo, pues es lo que el personaje iba pidiendo desde que apareció en las páginas, en la vida del mirlo blanco. Y en la del cisne negro.

Sintaxis depurada y rica de metáforas, símiles e imágenes prodigiosas, recorren los párrafos de los capítulos. Una depuración que es estilística, aunque también personal, del propio Prada, quien se acusa, quien deja testimonio de una época –o de varias en su vida- que ya pasó. Pero no es el cotilleo de la vida literaria, o el poner nombre a las rencillas, lo que merece atención, sino la tensión emocional que desprende Saldaña, su salvación y su pérdida; la ingenuidad de un autor novel, el joven  Alejandro Ballesteros; la conversación de las relaciones humanas entre el murmullo de las vanidades, de los recelos, de las debilidades.

Mirlo blanco, cisne negro (Editorial Espasa) de Juan Manuel de Prada, 440 páginas, 21,90 €

JE SÓC ESPAÑOL

Por las calles de Cataluña ya han aparecido los primeros carteles en los que se califica de “enemigos del pueblo” a aquellos que sólo buscan el noble ejercicio de la legalidad democrática. Los protagonistas son políticos conocidos –líderes de sus respectivos partidos en Cataluña- del PSOE, PP, CSQP y Ciudadanos. El cartel dice así: “Los que nieguen el derecho democrático de la autodeterminación son enemigos del pueblo”. Esa etiqueta de “enemigos del pueblo” suele ser un lema común entre los que no poseen argumentos, sino retórica. Cuando estos perciben que el cómputo general -y ni eso, suficiente con lo parcial- de una sociedad sostiene razones, motivos, con los que rebatir sus propuestas, se dedican a la difamación, al insulto, a la tergiversación. A seguir con su único destino, el de siempre en el terruño de la mentalidad nacionalista, aunque en esta tesitura no sólo pasen los límites de la democracia –algo a lo que ya nos acostumbran- sino del civismo, al transformar la condición de adversario político en enemigo.

Argucia decimonónica es esto del nacionalismo, un siglo, una época, en que la modernidad era aún infante, adolescente. De ahí, entiendo, el triunfo de las ideas nacionalistas, su influencia en el ideario general de la sociedad española: ideología y edad mental de un siglo –el cual aún iba conociendo el desarrollo vital de un nuevo modo de pensamiento, la modernidad- van de la mano. Por suerte, crecimos, y llegó el siglo XX, y su cara opuesta, coetánea de este XIX: la democracia liberal, representativa, constitucional. Su teoría se impuso al relato del esencialismo, pensamiento siempre reduccionista, de la mitología política, y se impuso tras la Transición en España y la Segunda Guerra Mundial, junto con la caída del muro, en Europa. Basándonos en hechos reales, ni Puigdemont ni Junqueras ni los independentistas catalanes se han coscado de nada. De qué va la película.

Puigdemont prepara la consulta para octubre, días en que la propaganda política de su gobierno coincide con los rescoldos del día de Cataluña y sucesivos, circunstancia que aprovechan –cuántas veces van ya- para presumir de su poder de convocatoria en las calles y en el “sentir del pueblo”, apropiándose de una jornada que es de todos los catalanes, no sólo de los nacionalistas. Ya que las estadísticas y las urnas no garantizan tal apoyo, refugiémonos en abstracciones y vaguedades. Para fomentar la imagen de una Cataluña siempre acorde al nacionalismo; es decir, a los intereses de JxS, obvio.

Si los nacionalistas, en un lejano y discutible supuesto, invocan la consulta posible, lo harán desde el conjunto de la sociedad, pues para eso la soberanía es patrimonio general de todos los españoles, residan en Vigo, Albacete o Móstoles. La democracia representativa, constitucional, del Estado de derecho, concede la voluntad general de las decisiones políticas a ese cómputo total de la sociedad. Cabe recordar que la secesión no es unilateral, sino bilateral, y afecta a dos partes. Dicho de otro modo: si los nacionalistas catalanes pretenden la consulta sobre la independencia, esta deberá contar con el voto –favorable o no, claro- de la nación a la que, al menos hoy, pertenecen. De pleno derecho. Quien quiera pruebas, en los puntos primero y segundo del artículo noveno de la Constitución las podrá comprobar sin que el lector atisbe carácter autoritario de ningún tipo. Es más, estoy convencido de que pensará, y dirá: “Jo sóc español”.

LUTGARDO GARCÍA, CANTE Y POEMA

Comparten flamenco y poesía el destello de la medida conmoción, un golpe que, sin levantar la atención por su fuerza, por su contundencia, se impone sobre el resto de las atenciones que nos acompañan, fruto de su persuasión, de su llamada, sensual y sonora, rítmica y sugerente. Digamos que ambos son un grito en su tono, justo, preciso, en el momento exacto. Con más emoción de la debida acaso nos dejen el estruendo y la parodia de su arte; la timidez que no eleva la voz, que carece de determinación y de potencia, una oportunidad perdida. Una extraña suerte de equilibrios los salva, y si tal no sucede, tan solo esperamos la frustración, la ausencia de cualquier estímulo.

Lutgardo García (Sevilla, 1979) conoce las claves de la poesía y los interiores del flamenco, mundos abundantes de enigma. El último sustantivo que, junto a lo que ya hemos comentado, completa sus correlaciones y sus similitudes. De ese enigma emerge el título de este libro, La llave misteriosa, editado por Renacimiento. Y es que poesía y flamenco son llaves, como todo arte, que abren puertas desconocidas –misteriosas- y, si unimos calidad del artificio y dedicación / talento, asombrosas, enriquecedoras, atractivas, que despiertan ánimos y describen emociones. Pero no solo hay prodigio en las puertas abiertas, ahora conocidas,  también lo hay en el objeto con el que se abren. Los modos de llegar a lo que guarda la infinita posibilidad del arte. De ahí que misterioso sea lo que nos espera, claro, pero no menos lo que nos desenmascara el fin de esa espera. La llave misteriosa, el título es oportuno.

De un lado el flamenco, del otro, la poesía. Con sus cercanías, sus rasgos comunes, sus aproximaciones. ¿Pero qué prevalece? ¿Quién destaca? Sin duda, el poema. Un acierto de Lutgardo García, cabe añadir. Si el autor hubiese escrito un libro menor, circunstancial, de aficionado y para aficionados, la poesía habría quedado en un segundo plano, detrás del tema, cuya sombra taparía las luces necesarias. Un mal libro de poemas sobre un asunto concreto –rock, amor, ciudades- es aquel en el que la poesía pierde interés en favor del tema, aquel en el que el tema distrae el contenido, dejando la publicación como pieza de interés de “turistas de la literatura” o de expertos en tal materia, pero no de lectores de poesía. El tema no determina el poema, pues son las cualidades de este las que nos avisan –algo impertinentes pero justas- de si su fin ha sido o no logrado, cualidades universales y totales, de pura poética: de modo, de acento, de métrica, de retórica, de estilo. Y está bien que así sea.

Otra cualidad de este libro, de esta llave misteriosa, como bien apuntó el escritor Francisco Robles en la presentación, es la de unir, sin complejos ni prejuicios, lo que suelen llamar alta y baja cultura. Cómo el metro endecasílabo o alejandrino acoge temáticas que se prestan más al verso de arte menor, según el canon, o lo que acostumbra, de la tradición. Versos elegantes, cadenciosos, serenos, sosegados, para una fiesta o un cante en el que se da la tragedia y la alegría, la agitación, en donde cabe el gozo y la tristeza. Traemos, aunque algo extenso, el poema El compás (Chano Lobato), repleto de imágenes de belleza, cuyas palabras tanto evocan: “Hay que llevar el mar metido en los bolsillos, / el Atlántico entero con soles concentrados, / con barcos que no saben si marchan o regresan / e historias de naufragios e islotes prodigiosos. / Hay que tener el alma con escamas, / con escamas de bailas y peces caleteros / y un son de caracolas cantándote al oído. / Hay que tener un sur en cada hueso, / y una pleamar de espuma entre los labios / y un vendaval que a veces se levante / conduciendo al rebaño de las olas / hasta ese malecón de las costillas. / Hay que llevar el mar dentro del nombre / para cantar así y tocar palmas, / y a la vez que una mano recorre el horizonte / -como la atardecida con su jarra de plata- / rociar las estrellas por el cielo de junio”.

Autores del cante se suceden en las páginas del poemario, así como palos del flamenco y anécdotas e historias de personajes míticos de este mundo tan interesante y rico, como Manuel Torre o José Menese, entre otros. Acompañados de la destreza técnica, virtuosismo sin impostura, de Lutgardo García, los poemas de  La llave misteriosa se escriben desde el aserto de un paisano que introdujo a la poesía española en el camino de la modernidad: “Cuando siento, no escribo”. Y es que no se ha escrito desde la afición, o el sentimiento, sino desde el olfato poético, la sensibilidad. Y desde el oído. Desde el buen gusto.

La llave misteriosa (Editorial Renacimiento) de Lutgardo García Díaz, 100 páginas, 14,90 €

COPE

Esta semana contamos con una procesión extraordinaria que nada de extraordinario tiene. O sí, según se mire. Si por extraordinario asumimos las cualidades que suelen reunir esas procesiones, y que acotamos, para entendernos, desde las etiquetas de efeméride convencional –cualquier celebración que se le ocurra al hermano mayor de turno para decir “yo hice esto”-  y de débil recorrido histórico con el que excusar esa efeméride –veinticinco, cincuenta, setenta y cinco años de tal en una fiesta de siglos no es historia-, esta salida nada guarda de extraordinaria. En cambio, si por extraordinario nos referimos a una imagen poco usual, cuyo hecho en la historia ha ocurrido en contadas ocasiones, y que tiene sentido, esencia y finalidad, un motivo de peso, como se suele decir, esta procesión sí es, al fin, extraordinaria. Hablamos, desvelemos el misterio de una vez, del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel. Talla de Montañés cuya figura evoca una apolínea convulsión, cuyo cuerpo es muerte, pero una muerte que constituye belleza. Como la mayoría de las imágenes que hoy tallan, perdón, fabrican. Por supuesto. Confesemos el cansancio sin que nos tiemble el pulso, como esas manos del capataz que toman el martillo y de un golpe, seco y conciso, levanta la parihuela de los pasos: las procesiones extraordinarias se asemejan a estas calores que bajan tensiones y provocan fatigas, sin duda agotadoras en número y en insistencia. Desde hace unos años, y sin contar pueblos y capitales cercanas, lo extraordinario es que no haya un paso en la calle durante el fin de semana, para gloria de frikis y de aburridos. Pero la de este sábado no tiene relación alguna con esos esperpentos, monótonos e inagotables, que todos imaginamos. Recordemos que Dios aprieta, pero no ahoga. No se pierdan el que sale del Santo Ángel.

EL NORTE DE CASTILLA

Rafael Morales, profesor de poesía española contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, envía esta reseña de “La suma que nos resta”, publicada en El Norte de Castilla:

La suma que nos resta de Gonzalo Gragera, Pre-Textos, 2017 (Premio de Poesía Joven, Radio Nacional de España 2017)

Ha escrito Gonzalo Gragera (1991), sin nada que ver con los otros dos poetas de su apellido, uno de esos libros llamados de la edad. No vinculada al sentido de la meditación madura de Fernández de Andrada, sino de la juventud y el desenfado desde el primer gran caer en la cuenta, con agilidad por añadidura. Un libro de línea clara, nítido, con el anclaje en lecturas de la generación previa o de los 90, y en el fino estilismo sevillano (pienso en Juan Lamillar) o gaditano-sevillano de Felipe Benítez Reyes por citar a la carrera. Se inscribe en ello frente a los nombres de la generación precedente (los nacidos por 1975), del malestar y muy abierta al poema dodecafónico, sin márgenes claros, ashberyano, o de la evolución de las poéticas del silencio, desde Jorge Gimeno a Julieta Valero, Marcos Canteli o Fruela Fernández. Mucho menos desde los aledaños próximos al proema o poema en prosa, al ejercicio versicular (en la práctica indiferenciable), según demostró Carlos Arribas en un divertido ejercicio y tras un libro de referencia junto a Marta Agudo.

La suma que nos resta, con su homenaje sucinto a Juan Ramón, ha puesto el retrovisor en los 90 para impulsarse. Lo ha hecho sin maniera, es decir, atendiéndose desde la vicisitud, la melancolía y la frescura en el saber decir, diría Ángel Gabilondo o la preceptiva clásica, la fermosa cobertura. Gonzalo Gragera en su elegancia en busca de voz propia todavía, sitúa su mundo en fuga y rememora en la peripecia o tránsito de edades pasados casi ayer y en la anécdota vívida de un flirt imposible, entre otras veredas. Lo sabe ahormar con diversidad incluso en sonetos de elegancia perfilada con oficio, comprensible en quien tiene escuela, talento y aventura, decía mi admirado amigo Claudio Rodríguez. A ningún lector se le escapará que algunos anticlímax y esa honradez del decirse dejan durezas de oído, ni esa Lisboa cansina ya en tiempos de Luis Muñoz y Benítez Reyes. Sonetos, atención a los versos cortos y su actualidad, querer relatarse en alegrías y penas de la nostalgia que se van dando de lado, habitan un poemario de quien todavía anda en búsqueda, pero apunta con maneras, decían los críticos taurinos de otra época, en esta en que los hermeneutas citamos a Blanchot y a Barthes olvidándonos de esa vida que puja y a veces no es amarga, ni tan filtrada por la sospecha. O una poesía nada desdeñable si sabe atender a esa fragilidad, soledad del último de la fiesta con Benítez y Marzal, o evitar la ambición de leerse en Eliot y el hombre deshabitado de Alberti, el no ser nada o nadie en la multitud o en las teorías, según corrigió Ezra Pound, para intentar cantar como desea desde esa magnitud aún grande… no es ese el camino, sino el otro, el de esos poemas donde se duele de lo próximo, hijo como es, de la sensibilidad emocional, y no del dibujo de la muerte o lo arquitectónico, para Guillermo Carnero, antes de su implicarse en Verano inglés o el virtuosismo inmediato y quizá más hábil, próximo, a su manera. A mí me parece que esa intimidad ávida, insurgente e inteligente, lectora y contempladora, tiene ahora el reto de los lenguajes propios para no caer en lo reconocible que a tantos poetas de línea clara ha dejado en el mero buen hacer, tanto como poseyó vivencias que ha sabido trasmitir. Algunos poetas jóvenes se van a reconocer en él, tanto como lo hicieron en Carlos Pardo, con otro sinclinal, más tambaleado, irónico y no entregado en el mejor malestar de sus primeros libros muy atractivos y plenos de talento (renovadores), antes de una madurez resentida y no renovada en los poemas contra el padre que recuerdan los peores de Jon Juaristi (los tiene buenos en las endechas a Goyo Marticorena y similares, amén de los satíricos menos bersolaris). Una cuestión compleja para el artista, eso de renovarse. Y si bien el libro tiene mimbres para una casa, es a la vez de irresuelto apetecible, en su horizonte prometedor. El de un escritor en crecimiento, sin duda, de quien tantas cosas esperamos, escribió Miguel Hernández a un joven poeta. Porque esas cosas no solo las ha escrito Rilke.

CIORAN, EL AFORISMO Y LA SANTIDAD

Asumen los lectores, a base de argumentos ya recurrentes, que los aforismos son un género que crece con la ayuda de las redes sociales, plataformas virtuales en donde  nos invitan a plasmar nuestros pensamientos en píldoras, en pequeños fragmentos, ya sea por límite de caracteres o por lógica de espacio en la entrada de un perfil, acumulando así epigramas, haikus, diarios y otros modos de expresión de la literatura y de la filosofía. El acceso a estas plataformas virtuales, tan sencillo, tan fácil, con un correo electrónico, una contraseña e Internet es suficiente, contribuiría al auge y a la difusión –el fenómeno viral, la multiplicación de un mensaje en el conjunto de la sociedad- de esa expresión mínima entre las personas con inquietudes humanísticas, o con vocación de escritura. Este es el planteamiento que tanto se suele leer últimamente. Pero basta un breve repaso a la historia para ver que esta afirmación es más un tópico, cuando no una obviedad, que un argumento sólido para explicar la relevancia social y cultural del aforismo.

Un ejemplo contemporáneo de autor de aforismos, aunque en vida no disfrutara de una cuenta gratuita en Facebook o Twitter, es Emile Michel Cioran (Rasinari, 1911 – París, 1995), filósofo y escritor de origen rumano, autor de De lágrimas y de santos, obra que hoy nos ocupa. Cioran toma en las páginas de este libro una forma común de divulgación del pensamiento: la sentencia y el aforismo. De Hipócrates hasta Bobin; de Nietzsche a Juan Ramón Jiménez. Quien quiera ver, tras el ruido de la moda, novedad en la concisión de la expresión siempre se perderá su auténtica procedencia, que no es el tecleo del Smartphone, sino el eco de los clásicos. Unido a que la comunicación, ya sea en papel o digitalizada, es un medio que nunca pierde vigencia, por más que los apocalípticos se empeñen en hacernos creer que somos cada vez más individualistas y distantes unos de otros, tomando como estudio el vistazo en un vagón del metro o en una parada del bus.

Escrito en 1937, cuando el autor contaba aún con años de juventud, De lágrimas y de santos reflexiona sobre cómo plantear los absolutos –en este caso, Dios- en un mundo en donde predomina el nihilismo y el escepticismo, en un mundo en donde nada mantiene autoridad y todo es objeto de duda, de sospecha, anticipando los rasgos que determinarán el acervo cultural de Occidente en la segunda mitad del siglo XX. Cioran también se pregunta por la necesidad de Dios en un tiempo en el que el hombre es ya, desde Marx y el positivismo, partícipe de su voluntad, sin concesiones. Nada impide el desarrollo moral e intelectual de un individuo, tan solo él mismo. El hombre es el único responsable de su proyecto vital, sin intervención de una voluntad ajena o de entidades sin sustento racional, apoyadas tan solo en la superstición. O en el dolor: “La religión es una sonrisa que planea sobre un sinsentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también”.

Cioran reprocha a la santidad que sea un atributo de debilidad, suponer más un defecto que una virtud en el espíritu de los hombres. El santo, o el místico, también así lo llama, es un hombre que ha anulado su voluntad, dejando su devenir, o su impulso vital, en manos de la voluntad todopoderosa de Dios. Determinando este la moral, la conducta, la ética de las sociedades. Guiando su logos. De esta situación, según Cioran, nos libra la conciencia: “La llegada del hombre equivale a una conmoción cuyos ecos alimentan la pesadilla divina. Pues el hombre añade una paradoja a la naturaleza situándose a medio camino entre ella y la Divinidad. Desde la irrupción de la conciencia, las relaciones entre el cielo y la tierra han cambiado. Y Dios ha aparecido como lo que realmente es: un cero más”.

De lágrimas y de santos agrupa una serie de aforismos que bien sonrojaría a la masa común que predica en el género sus ocurrencias o sus intimidades, sus bromas o sus juegos de palabras: “Todas las decadencias existen para sostenerme”, “Si la verdad no fuera tan aburrida, la ciencia habría eliminado rápidamente a Dios. Pero al igual que los santos, Dios es una ocasión de escapar a la abrumadora trivialidad de lo verdadero”, “Poseemos en nosotros mismos toda la música: yace en las capas profundas del recuerdo. Todo lo que es musical es una cuestión de reminiscencia. En la época en que no teníamos nombre debimos haberlo oído todo”, “Dios ha explotado todos nuestros complejos de inferioridad, empezando por el que nos impide creernos dioses”.

Solventada la dificultad de traducir filosofía escrita sobre el lenguaje de la poesía con éxito, trabajo de Rafael Panizo, este De lágrimas y de santos procura lo que cualquier libro de su clase, o de su estirpe, debería: promover, mejor dicho, provocar, la convulsión del juicio crítico. A favor y en contra, nunca en la indiferencia. En esto estarán de acuerdo, en esto convergerán, tanto partidarios como disidentes de los aforismos de Cioran. Y tan solo por esa actitud cabe celebrar obras de este tipo.

De lágrimas y de santos (ed. Tusquets) de E.M. Cioran, traducción de Rafael Panizo, 120 páginas, 10 €

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El informe de la hermandad de El Gran Poder, en donde se escribe la Madrugá según el evangelio de los diputados del Señor, ha retratado a sociedad y a política, si es que alguna vez fueron ámbitos opuestos o distantes. A la sociedad, por cumplir sin titubeos con el que debiera ser el compromiso de una ciudad en relación con sus asuntos públicos cuando estos merecen debate, pues de un modo u otro necesitan de atención: hablar, siempre que se sostengan hechos veraces, contrastados y argumentados, sin miedo. Por otra parte, a la política, y en especial a Juan Carlos Cabrera, quien apuntó la pasada semana que él no era partidario de que cada hermandad sacara sus conclusiones personales. Se refería al informe, ya público, de la hermandad de El Gran Poder. Cabrera, hombre astuto, invierte o juega con las palabras para presentar un contexto no como es, sino como a las instituciones les convendría que fueran. Si no es la intención, a tal nos lleva, según sus palabras y nuestro juicio crítico. La clave es el sintagma “conclusiones personales”. Cuando se habla de “conclusiones personales”, la mente del sevillano medio lo asocia con “opinión”, es decir, con “pienso esto porque me da la gana pensarlo, y en el terreno de las subjetividades, del por mi cuenta”. Sobre este parecer, la hermandad de El Gran Poder presenta un informe en el que redacta “sus visiones”. Pero no es así, pues no son “sus conclusiones”, sino hechos, un leve pero contundente matiz. Hechos objetivos, motivados y, unidos al testimonio de los tenderos de la calle Arfe, contrastados. El sospechado interés del poder público, leídas sus declaraciones y analizadas sus direcciones, en que se mantenga, sobre todo en el ruido de la charla informal, un único relato, relato cuya fuente es este poder público, levanta inevitables suspicacias. Aunque no sea el ánimo con que acordamos la cuestión.