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Remasterizada, en las salas de cine, el próximo mes de febrero se estrenará –reestrenará- la película con la que Manuel Gutiérrez Aragón, Juan Lebrón y Carlos Colón –cuánta gravedad en los concatenados acentos de sus apellidos- les hablaron a un tiempo. Al tiempo de lo audiovisual, al tiempo de la tecnología en la pantalla. A un tiempo, es decir, a una generación, que empezaba a ver los rótulos de la Campana sobre los escaparates de Zara, grabados por las cámaras de la tele local. Un tiempo en el que empezaban a consultar el otro tiempo –lluvia- a AEMET antes de sacar nazarenos a la calle. Un tiempo en el que desaparecieron los hombres del muelle y entraron abogados y médicos y apellidos burgueses en las trabajaderas de los pasos. Vuelve la película que tomó, en su forma, en el medio, esa lengua de ese tiempo que hoy heredamos. Aunque la imagen, la historia interna, fuese la de siempre. Hay una genialidad en esa Semana Santa de Sevilla de Colón, Lebrón y Gutiérrez Aragón que no suele decirse: cuenta sin palabras. Sí: la película, hecha en la época de la comunicación digital de masas, habla sin hablar, sin el diálogo, con la sola imagen, la sucesión de estas. Ahora este paso, estas caídas del palio, por aquella calle; ahora la imagen de una ciudad en la noche del Jueves Santo; ahora la plaza de San Lorenzo sin apenas luces. Y todo sin palabra. No es necesaria la palabra para contar. Esa es la gran obra de esta obra que en febrero se reestrena: nos descubre virtud de la fiesta: a veces, en lo sublime, decir es limitar, porque en ese hecho sublime ya está todo dicho. Lleva en sí el idioma de lo inmenso.

RAMÓN EDER: DE VUELTA AL AFORISMO*

Aforista de agudas observaciones y próximo a un humor de tono melancólico, Ramón Eder (Lumbier, 1952) vuelve con Palmeras solitarias, su último libro, a ese estilo tan irónico y tan desprovisto de solemnidad, tan sarcástico y tan ácido, con el que se ganó la atención de la crítica despierta y de los lectores inteligentes, y que lo llevó a la etiqueta de imprescindible dentro del género aforístico.

Siguiendo la línea de sus anteriores libros de aforismos, publicados en la colección A la mínima de la editorial Renacimiento –donde también publica este libro del que hoy escribimos-, Eder ofrece lenguaje coloquial, sentencioso pero aireado de toda petulancia, sofisticado en el uso de la ironía y de la gracia, más cercano a la sugerencia que a la declaración explícita de sus intenciones. Muchos de sus aforismos, frases, citas y apuntes valen tanto en lo que manifiestan como en lo que silencian, en lo que deliberadamente ignoran. Una fórmula estilística que potencia elegancia en la expresión y que evita la broma previsible, el comentario tópico y el cliché impersonal. Algunos ejemplos: “Nadie nos puede quitar lo que hemos regalado”; “En la amistad es mezquino llevar una contabilidad minuciosa”; “Sonreír es vencer la ley de la gravedad”; “Los amigos que nos dan lo que nos merecemos no son buenos amigos”; “Uno de esos que gestionan su fracaso como quien dirige un gran hotel”; “A mí me gustan los libros que los dejas abiertos en una mesa y no se cierran”.

Eder no acierta tanto en algunas frases que bien pasarían por anotaciones de un diario personal sin demasiado interés o en desahogos puntuales de tuitero convencional. Aunque pareciera que en estas frases propone originalidad y un sentido profundo, lo cierto es que tan sólo incurren en obviedades: “Cuanto más conozco a los hombres más me gustan las mujeres”;  “Las lolitas se convierten en Dolores”; “Esas tenistas hermosas que no nos dejan ver el partido”; “Uno sólo conoce sus límites si ha intentado rebasarlos”; “Sólo sabe mirar el que ha contemplado mucho”; “La vida consiste en resistir la tentación de tirar la toalla”. Quizá la supresión de estas anotaciones, alguna que otra incluso de estirpe paulocoelhiana, de manual de autoayuda, hubiese contribuido a dejar un libro excepcional.

Y es que hay impresiones que merecen toda atención –elogio- en estos aforismos, apuntes, ideas, en estas palmeras solitarias que, si bien se leen en horizontal, apuntan, como las otras, hacia lo alto: “Tan misteriosa es la vida que necesita una explicación misteriosa”; “La ironía es reconciliarse con los restos del naufragio”; “Los domingos son la eternidad en miniatura”; “A veces hay que darle la razón al que no la tiene para que aprenda”; “El talento es un don que se da”; “Un aforismo es una jaula de la que se que escapa un pájaro”. Y más. Hay más.

“Las reseñas secretamente malignas hablan bien de un libro pero, a la vez, no dan ganas de comprarlo”, dice Eder, en esa combinación, tan suya, de perspicacia, sentido del humor y compleja sencillez expresiva, con la que tanto denota y tanto nos deja entre líneas. Un aforismo que representa las pretensiones estilísticas de este autor tan dado al género breve. Y que mantiene ese magnetismo que impregna las páginas de sus Palmeras solitarias, las cuales, según nos arrimemos para buscar cobijo, dan sombra a lo soberbio o a lo circunstancial. O las reseñas benignas que invitan, hasta con sus defectos, a acercarse a Ramón Eder.

*Editado en el último número de Clarín.

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El querido –y muy admirado y muy venerable y muy noble y no sé si descartar pontificio, qué milagro su capacidad de trabajo- Manuel Jesús Roldán ha publicado nuevo libro: las historias de la Semana Santa que nunca te contaron, en El Paseo. Yo, ni tan erudito ni tan genio ilustre, os voy contar una historia que en esta ciudad ya están contando, y con razón: no me perdería ejemplar durante estas fiestas navideñas. No es que sea noticia que el profesor Roldán saque libro interesante, pues eso es lo habitual, pero no por ser normal debe pasar desapercibida noticias como esta: demasiado tenemos con otras tantas, no tan felices. Con legión –del Porvenir, romana Macarena y quién qué más- de lectores que reconocen, menos mal, el talento de la buena divulgación y la virtud de la inteligencia, acaba de llegar este libro, estas historias de la Semana Santa que nunca te contaron. A lo original del contenido se suma un autor que abunda en erudiciones sin caer en el discurso soporífero de modorra siestetera y en una manera de tratar esta fiesta que prescinde de esas lecciones con tacto de moqueta que uno suele ver en torno a la Semana Santa. Esas reiteradas y consabidas y monótonas narraciones repetidas y copiadas unos de otros. Esas cansinas disertaciones del friki con título académico. Del interesado en la historia, aprovechando el ocio de la jubilación. Nada de eso. Nada más lejos de esa atmósfera es este libro que huele a originalidad, conocimiento y entretenida divulgación. Estas historias de la Semana Santa que nunca te contaron, escritas por un autor que pasará, y contará, en la historia de su ciudad.

EL POPULISMO, AUNQUE POLÍTICO, IGNORA LA POLÍTICA

Aunque lo lleve en la raíz de la palabra, para el populismo ese pueblo es tan sólo un medio. Nunca un fin. Similar al déspota dieciochesco, el populista coetáneo toma el concepto de pueblo como un medio para otros fines: la atención mediática, la acumulación de poder, el escaño en la institución pública, el chalet de Galapagar. Lo que diferencia al político que presta servicio público del adanista que predica tierra prometida es que para el primero la sociedad siempre será un problema que necesita de soluciones mientras que para el segundo la solución es tan sólo señalar el problema. Incluso cuando estos no presentan síntomas de gravedad, para así favorecer la propia carrera política; es decir, el bienestar personal, profesional, económico. Lo vimos hace unos años en Podemos, cuando denunciaban las privatizaciones –el deterioro- de la sanidad pública en Madrid. O ahora en Santiago Abascal y sus medidas contra la inmigración ilegal. Unos fueron atendidos por esos hospitales públicos y todo fue gratitud y elogios; el otro, cuando le preguntaron en una entrevista en El Mundo, no supo qué cifra dar respecto de esa entrada masiva de inmigrantes en España. La credibilidad, pues ahí.

El populismo diagnostica el problema – y de manera superficial-, pero rara vez ofrece solución. Y si la ofrece, siempre será compendio de frivolidades, sentimentalismos, simplicidad. Frivolidades, sentimentalismo y simplicidad que atraen la firma del analista inteligente y del periodista agudo, y así llega a una sociedad cuya conversación no sale de esos límites: ahora Vox en el parlamento de Andalucía como ya fue Podemos en aquellos años de 2015 y 2016. La primera consecuencia de esta constante atención –noticias, debates, charlas distendidas- a partidos que tan sólo promueven ideas que o bien erosionan la convivencia o bien son utopías sin demasiada concreción en su desarrollo es que ignoramos propuestas interesantes y que nos afectan directamente. Propuestas que sí condicionan nuestra vida o nuestras instituciones, que hacen política. Ejemplos: el reparto de vocales del Consejo General del Poder Judicial o una revisión de la cuota para autónomos según el nivel de ingresos.

De tanto hablar y cuestionar programas políticos irrealizables o de contenido ingenuo o descabellado –sospecho que las conocidas cien medidas de Vox se han leído más en los adversarios que en los votantes de ese partido-, olvidamos problemas que repercuten y que necesitan de propuestas políticas meditadas, adultas y solventes. De propuestas que  fuesen capaces de contribuir al progreso de la sociedad, y que no se dedicaran a fomentar el conflicto a base de calculadas mentiras y de premeditados quejidos alarmistas. Con los que tan sólo se busca –se provoca- la adhesión del votante desencantado. Mediante esta fórmula fue como Podemos hizo la revolución: la suya propia. Por Vox, ya veremos.

Sí: el populismo ignora la política. Al menos la política posible y la política deseable: propositiva y no excluyente; con argumentos y no visceralidades; de análisis riguroso y no de prédicas interesadas. Nosotros, como sociedad, por inercia de ese alarmismo, llevados por la comprensible curiosidad hacia lo nuevo y promocionado aquí y allá, también ignoramos esa política que sí merece atención. La que nos resuelve el pan y la casa. La política que construye esa palabra con la que algunos hicieron el negocio de sus vidas: pueblo.

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Los amigos lectores, que siempre son curiosos, me preguntan por qué hay que leer a Núñez de Herrera, por qué les hablo tanto de Núñez de Herrera. Yo les digo, amigos lectores hispalenses, que si quieren pruebas de la evidencia se vayan a la última edición que David González Romero, José María Rondón y César Rina han preparado para El Paseo, editorial que ofrece catálogo exquisito, editorial que cubre un mercado, hasta hace poco, huérfano: el de los libros, buenos libros, de temática local. Pero antes de que vayan a la librería y echen vistazo al ejemplar, dejo razones, para ir abriendo página, de por qué nos atrae ese autor extremeño que escribió sobre la fiesta de la Semana Santa como ninguno  –como él, ninguno; al menos en su generación-. Antonio Núñez de Herrera retrata la Semana Santa de Sevilla sin la caspa de la ingenuidad costumbrista, sin el pastiche del lenguaje torrijero y la imagen anacrónica; siempre en la descripción original, en el ingenio preciso, en la interesante referencia cultural. En asociación de conceptos que enriquecen perspectiva y contribuyen a comprender la fiesta desde, no sé, disciplinas, artes, que necesitan de un escritor, de un gran escritor, para saberlas llevar al folio en blanco, para saberlas relacionar y que todo tenga sentido, incluso más sentido. Núñez de Herrera, que era periodista de vocación y de estilo y funcionario en sus horas libres, nos habla de una Semana Santa desde el idioma de su tiempo, no desde la imitación previsible ni la pirotecnia de cursis sentimientos ni la mala copia populachera. En él, contra lo que suele ser habitual en esos mundos de dioses localistas –algunos engreídos-, no hay lenguaje muerto. Porque, claro, ya lo dijo en Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa: aquella es una semana de pasión, no de muerte.

C. TANGANA, Y ROSALÍA, Y LA POLÉMICA

En este 2018 que ya cuenta días para su despido, la industria musical española ha cincelado dos nombres en la radio, en la discoteca y quizá en la memoria de una generación: C. Tangana y Rosalía. El primero con sus trabajados videoclips de evocación ochentera e imagen de patrón del crimen; la segunda con el inconfundible eco de los cantes populares y toda la gracia –la gracia virtuosa- de los sonidos flamencos. Ambos, trá, trá, tirando billetes de cien, con cita en eso que solemos llamar talento. Ahí, más o menos, coincidimos todos.

Es indudable que tanto C. Tangana como Rosalía convergen en un éxito temprano e inmenso al que le queda fijar trayecto pero que ya apunta destino. Ellos saben qué buscan, ellos saben qué quieren ofrecer. Y tienen, cumplido el dificultoso trámite de la idea propia y de la personalidad definida, lo más difícil: una industria que quiere apostar –pagar- y un público que quiere atender –pagando-. Con menos se han fundado religiones de notable repercusión.

El triunfo de ambos, de la amiga Rosalía y del amigo C. Tangana, reside en esa concepción del arte que algunos buenos artistas, por exceso de ingenuo romanticismo, con soberbia rechazan. Saber venderse. Y es que en el arte no deberíamos hablar, solo, de creación, también de cómo vender esa creación. Porque sin lectores en la novela, sin visitantes en las exposiciones, todo es insignificante. No sirve de nada entregar una vida al trabajo artístico si no se difunde y se sabe vender, si en lugar de conversación se sucede el monólogo. Arte y mercado, contra el trasnochado idealismo romántico, son dos realidades tan abstractas como complementarias.

Lo más probable es que tanto Rosalía como C. Tangana, si tan solo dependieran de su música, que sí, que convoca interés, que sí, que entrega calidad, no hubiesen alcanzando el reconocimiento que hoy día disfrutan ni hubiesen actuado delante de miles de personas. Si tan solo vendieran música, lo más probable es que fueran dos artistas conocidos –reconocidos, admirados- dentro sus propios círculos. Pero no se han conformado con eso y, ayuda de la industria, han elaborado un discurso que suscita polémica y que a su vez les sirve para crecer –darse a conocer- en sus carreras. En el caso de Rosalía, es el debate sobre las identidades –en un contexto político de nacionalismos y populismos-; en el caso de C. Tangana, es el artista cuya obra es irrelevante, porque la obra es el propio artista –en la época del narcicismo tuitero y de los nuevos líderes carismáticos-. Una idea similar a la noción del arte que predicó Andy Warhol, con esas medidas extravagancias suyas. Como aquella de desordenar su casa, mover muebles, tirar trastos, horas antes de una entrevista. Una entrevista de Pitita Ridruejo, quien siempre comenta que jamás se sorprendió ante la escena. Y es que cómo se va a sorprender de esa imagen alguien que habla con Jesucristo.

C. Tangana y Rosalía, además de invertir en la promoción y en la imagen, también han invertido el propósito común del artista: primero el discurso, que ahora viene el arte. Aunque este ya de por sí, una vez planteado, pueda seguir generando otros discursos. Los éxitos de C. Tangana y Rosalía están en que han sabido leer la sensibilidad de una generación para así captar atenciones, construir debates, encender discusión. Y ahí, cuando la hipnosis de la polémica –calculada por la industria, y qué- ha contagiado sus efectos, han diseminado la buena música, su buena música. Dando sentido, propósito cumplido, a su trabajo. Y uniendo factores que a veces, por prejuicios, algunos creen incompatibles pero que mutuamente se necesitan: el talento y la industria.

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En esta semana, que en Andalucía es política, el gran Manuel Jesús Roldán nos ilustró en su tuiter con dos fotos de un mismo año, 1917: una, de un altar del Señor de Pasión; otra, un cartel de la propaganda bolchevique. En la iglesia del Salvador de Sevilla se veneraba la idea de Dios mientras que en las fábricas de Petrogrado se iba fabricando, claro, una de las mayores revoluciones de la historia. Que como todas las revoluciones, siempre termina en una sustitución de tiranías: los que mandan ahora, el sanguinario dictador comunista, por los que mandaron antes, el autoritario absolutismo imperial. La Semana Santa de Sevilla convive con la historia política. Porque nada de lo humano le es ajeno; tampoco los siglos, el tiempo, que conoció. El tiempo de los Montpensier en Montserrat, el tiempo de Alfonso XIII en las Cigarreras, el tiempo de la Segunda República en la O, el tiempo del franquismo de Queipo de Llano en la Macarena, el tiempo de Luis Uruñuela en la Hiniesta, etc. La Semana Santa de Sevilla es sedimentación de los diferentes regímenes políticos de la historia contemporánea. Quienes, casi siempre, la usaron para beneficio propio: todo lo que congrega masas seduce, obvias razones, al interés político. Y de ahí que sea absurdo asociar etiquetas políticas a las hermandades por el hecho de que estas hermandades, en algún momento de la historia, tuvieran relación con tal o cual causa política. La Macarena no será franquista por Queipo de Llano del modo en que no es socialdemócrata si Susana Díaz acude el Jueves Santo a saludar a la junta de gobierno. La relación de las cofradías con la política de un tiempo, inevitable; la relación de la política con las cofradías, siempre deseada.

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Suele ser pregunta casi obligada, casi inevitable, en las reuniones de los amigos hispalenses, en las tertulias de la vida cofradiera: ¿darías el pregón? Salvo algunas  noches puntuales, noches de entusiasmo de garrafón en que me hayan dado más de las tres de la mañana con la hermandad de la canallesca, no recuerdo haber dicho que sí. Lo usual es que responda que no, que aquello del pregón no me interesa demasiado: porque es una dinámica algo desfasada, porque no concibo la escritura desde la complacencia y porque sospecho que levantarse un domingo tan temprano, y gratis, es una falta de respeto a los domingos. Y porque no se puede preparar nada interesante en un acto que tan sólo es social y en el que el público, en el fondo, no espera nada de ti, mucho menos algo interesante. A lo sumo, lo que ese público del teatro –y de esa Sevilla- busca es que alegres la mañana con la estampita previsible, con el poemita sentimental; lo que el público del teatro busca es que le cuentes lo que ellos quieren oír. Que es lo que ya oyeron el año pasado, y el otro, y el otro. No se puede concebir arte donde hay un público que desea propaganda. No se puede ofrecer un trabajo que sea original, es decir, bueno y propio, donde hay público de gusto predeterminado, y que además no admite otra alternativa. El formato tampoco ayuda: la misma imagen desde hace setenta años: alguien contando su historia durante una hora y media. Así que mejor dar a Dios lo que es de Dios, a los pregoneros profesionales –existen- lo que es de los pregoneros profesionales y a mí los domingos de pijama. Que como ellos, ninguno.

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Lo confiesan en la camilojoseceliana colmena de la calle san Gregorio: el consejo de cofradías es institución que ha perdido todo prestigio. Antes en privado y ahora en público, tanto Antonio Piñero como Francisco Vélez –dos hombres con un mismo destino, como cantara David Bustamante- coinciden en criterio: la degradación de ese consejo, de su consejo, se ha pasado de castaño oscuro. Castaño oscuro del color del café de Sainz de la Maza, claro. El hombre que con mayor alegría y ganas de fiesta vio un Santo Entierro y al que sólo le quedó beberse, precisamente, el producto que en familia fabricaba. Pero ahora que el agua pasada –y lo que no es el agua pasada- no mueve molinos de esta quijotesca historia, tanto la gente de Vélez como los nombres que acompañan a Piñero se han propuesto enmendar la plana y corregir la deriva moral de una casa que desde los tiempos de Adolfo Arenas y sus filtraciones es lo más parecido al Cluedo que se pueda imaginar. Con buenas palabras, sí; con buenas intenciones, más; con ideas concretas, pocas. Lo de siempre en estos casos. Ninguna de las dos candidaturas, más allá de los santos propósitos que todo el mundo desearía para sanear aquello, ha dejado nada claro. Ni tampoco ha ofrecido soluciones a los problemas de siempre y que hasta pereza da recordar: madrugada, Martes Santo, carrera oficial. En fin. Visto el panorama, recomiendo que vayan estos próximos días a ver a la Amargura. Que aunque paradojas, quita todas las penas. Y sin necesidad de sainzmazearse.