HOMENAJES

Todos los años se convierte el rito del homenaje al ridículo, desconocemos si por orden del decreto o de la ley autonómica. Lo peor es que es algo que suele pasar con frecuencia, sobre todo en los actos institucionales en torno a mitos e idealismos. Uno que no sabe muy bien de dónde viene, mucho menos adónde va, y le planta al homenajeado una chirigota en forma de corona de flores. Algo así ha sucedido en el Parlamento de Andalucía, en donde sus habitantes están tan faltos de lecturas como de, parece ser, decoro. En el Parlamento de Andalucía, por enésimo año consecutivo –y van…- le han preparado el tradicional breve tributo a Blas Infante en uno de los patios del edificio. A mí este tributo, con toda la pomposidad y con todo el boato posible, casi preceptivo en este tipo de solemnidades, me causa, y esto sí que es tradición, un poco de sonrojo. ¿Qué hacen los diputados, los consejeros y la presidenta celebrando, homenajeando al personaje de Blas Infante, a principios de julio? Que yo sepa, Blas Infante con el mes de julio tan sólo se vincula en el nacimiento, en el cumple, digo. Poco más. ¿Y para qué tantas flores y tanta solemnidad por un cumpleaños? Pues por algo muy sencillo: porque, en la realidad de las conciencias de los políticos andaluces, no es el culto al nacimiento lo que aquí se conmemora, sino su fusilamiento. Si Blas Infante pasó a la Historia no fue porque naciera, que eso, en mayor o menor medida, lo hacemos todos; Blas Infante pasó a la Historia fue por sus ideas, o mejor dicho, por el trágico final al que le llevaron sus ideas, que no es otro que la pena de muerte, el paredón, por parte de unos falangistas el 11 de agosto de 1936. Si el objetivo de estos individuos es el de respetar la obra y la vida de Blas Infante, sería, quizá, más coherente el hecho de que celebraran, paradojas, la muerte, es decir, el suceso histórico por el que han conseguido su escaño en el Parlamento. Sin estas ideas, sin la pólvora y la sangre de estas ideas, ni hubiese habido autonomía ni estos diputados gozarían de todos los privilegios, dietas y sueldos de los que gozan. Otra posible ocurrencia en este bochornoso homenaje, sospecha que cada día, cada año que pasa, intuyo con mayor claridad, es la de que estos individuos, representantes de la cursilería de la ciudadanía, no han abierto un libro de Blas Infante. Explico: la de que esta gente no se han leído ni un mísero párrafo del notario. O eso, o tienen los propósitos de sus programas políticos en una órbita del pensamiento tan lejana, tan utópica y descabellada, que causa cierto temor. Pero bueno, no le vayamos a pedir peras al colmo. Sí, al colmo. Al colmo de ver cómo, veranos y veranos, se repite la monótona vergüenza, el absoluto esperpento. El de comprobar cómo importan un pito los ideales, las muertes y los fusilamientos cuando toca hacer las maletas destino al pisazo playero. El de comprobar cómo no tienen ni respeto. Este homenaje del mes de julio no tiene otra explicación.

ROMANCE A LA CALLE IMAGEN

Estas horas pegajosas

de los días del verano

en que todo es abanico

y flatito del gazpacho,

y goles de la Eurocopa,

todo sopor y cansancio.

Estas horas sudorosas,

de espera al americano,

yes, el de la Casa Blanca

y oval, curvo, el despacho,

son horas, perdón Almansa,

de tortillón y desmayo,

que no queda más remedio

para pasar el mal trago.

 

La Sevilla solitaria

de los meses del verano

no tiene literatura,

divagaciones o ensayos,

o artículos en la prensa,

entrevistas, poemarios.

No tiene a Chaves Nogales

ni a Manuel Sánchez del Arco.

La Sevilla solitaria

de los meses del verano,

en las anchas avenidas

en donde pega el solano

lindando lo delictivo,

un calor de asesinato.

Pero si pesan calores,

si es este calor pesado,

qué decir del que te insiste

del calor que está pasando.

Y en medio de esta calima,

salve aire acondicionado,

quien va a morir te saluda

cuando el reloj dé las cuatro

y sea Sevilla envidia

del continente africano.

¿Angola, Sudán, Uganda,

Sáhara, Burkina Faso?

No: Viapol o la Buhaira

cuando dan cuarenta grados.

Se van de estas avenidas

las placas de los notarios,

y las placas de los médicos,

y las de los abogados.

Por quedar casi ni quedan

los granitos del asfalto,

los pasos de peatones

y las señales de tráfico.

Yo discurro en avenidas

cuyo fin es un milagro.

Salvarlas, cruzarlas, digo,

sobrevivir a sus pasos,

los inmensos horizontes

que nos tienen reservados.

Pero entre todas aquellas,

una yo debo entregaros.

 

Una de entre todas ellas

es la que, sin duda, salvo,

la avenida más horrenda

de cuantas habrás pisado.

Os digo la calle Imagen,

ya lo habrán adivinado.

 

Esas fachadas grisáceas

entre comercios y bancos.

Fachadas de un siglo XX

que trajo todo lo malo

que pudiera aquí traerse,

lo que nunca imaginamos.

Los maletines de cuero,

los pitidos, los atascos,

ese rumor de las prisas,

los vencimientos y plazos.

Una calle nihilista,

si le tiramos por lo alto.

Esta Sevilla de nada

de los meses del verano.

La ciudad de indiferencia,

ciudad de hormigón armado,

industrial y posmoderna,

de vencimientos y plazos,

rutina sin más mayores

que este calor tan pesado.

Y horrendo como la Imagen

que pronuncio con mis labios.

Y horrendo como la Imagen

de estos cielos tan grisáceos.

VIAJE A ASTURIAS

Ni era novedad ni una publicación reciente, pero es que los amigos nos suelen proponer ofertas que no podemos rechazar, no sé si por su condición de mafia tolerada por la legislación vigente o por la simple satisfacción del encuentro con una persona a la que admiras. Todos admiramos a los amigos, ya sea por filias o por fobias, por fervor o por iconoclastia. Con este pretexto nos fuimos a Oviedo y a Gijón, que es, para alguien de Sevilla, como acudir a un edén al fondo y a mano derecha, como los cuartos de baño. Qué temperatura, qué sosiego, qué buen vivir de la ciudad, burguesa y próspera. Tras seis horas de viaje y tres de sueño en el cuerpo, desembarcamos, casi como Normandía, en el andén de la estación de Oviedo. Ahí nos recogieron, tanto el cansancio como las maletas, tres jóvenes poetas ovetenses: Mario Vega, Lorenzo Roal y Rocío Acebal. Con ellos nos fuimos a almorzar, y a hablar de literatura, y a hablar de las claves ocultas y las figuras retóricas de la literatura, que no es otra cosa, al margen de lo que digan los manuales y los eruditos, que los cotilleos, intrahistoria si queremos ponernos cursis, de todo el paisanaje poético ya conocido y tratado. De lo debatido no pronunciaremos secreto: mejor guardarlo, para así valorar lo que siempre será carne de devaluación. De carne no estuvo el almuerzo, pero sí de llenar el buche, que fue lo único aquí importante. Invitó Mario, de cuya venganza propia ya daré buena cuenta. De ahí nos subimos al coche de aquel, dirección Gijón, destino en el que nos alojaríamos el resto de los días. El coche de Mario es algo así como el BatMóvil, pero con ITV, o con presunción de ITV, digo yo. Llegamos a Gijón, ciudad con olor a cruasán en el desayuno y a gaviotas a todas horas, y ducha ligera, deshacer las maletas, ibuprofeno para el dolor de cabeza del viaje y a Oviedo, que no es gerundio, sino topónimo, y el primer lugar en el que debíamos presentar nuestro libro, La vida y algo más. La librería Santa Teresa nos esperó con los libros abiertos. Allí estaba sentado, en el sofá de un piso superior, con atmósfera de faraón o emperador de los ejércitos de Roma, corte y séquito mediante, José Luis García Martín. José Luis García Martín, que tuvo la amabilidad de reseñar el libro de forma lúcida y magistral, adivinando en el ejemplar de sus manos propósitos e intenciones que ni yo supe muy bien medir y conjugar en su momento, me saludó, me vio y venció, desde su atmósfera de faraón o emperador de los ejércitos de Roma. Fue como un incendio fortuito que nadie se atrevió a apagar, pero no por temor o por la probabilidad de la quemadura, sino por viveza e incandescencia, o mejor dicho, por la necesidad de los allí presentes de esa viveza y de esa incandescencia, con algo de astro o de epicentro del sistema poético-solar. A mí las buenas lenguas literarias de Sevilla me recomendaron leer mucho y hablar poco, y así hice, en una presentación que quizá recuerde para lo que nos queda en este barrio, y en la que el poeta Miguel Floriano desenvainó la espada de la confrontación, de la sana y útil confrontación estética, para jugar como adversario del esgrima. Yo fui educado y acepté el reto, y por poco no terminamos como Luke Skywalker y Darth Vader, pero la cosa no pasó de ahí y terminamos, como caballeros –no sé si por honestidad o por respeto-, en tablas. Finiquitadas las salves y las firmas del acto nos marchamos a cenar, a un bar en el que al fin alguien se dispone a elaborar el picadillo como está mandando: con carne. Y con chorizo. Y con patatas. Y con sidra, mucha sidra. Si no fue así, que venga Menchu y nos lo niegue. Cansados del día nos retiramos a nuestro piso, también ofrecido por el poeta –a estas alturas amigo, claro- Mario Vega. Y mañana será, si José Luis García Martín quiere, otro día.

A la mañana siguiente, viernes, guiados por Rocío Acebal, Lorenzo Roal y Mario Vega, turisteamos por Oviedo, nos pateamos Oviedo, monumentos de Oviedo, iglesias de Oviedo, bares de Oviedo, cafés de Oviedo, piedras de Oviedo, librerías, cómo no, de viejo, y sí, de Oviedo. Menchu agradeció esta tregua, este son de paz de la monotonía literaria. Para celebrarlo, nos fuimos los dos solos a recorrer lo que nos quedaba, que era nada, pero que, no sé cómo lo consigue, con ella suele ser todo. Los jóvenes y coetáneos poetas se dispersaron en la tertulia que todos los viernes celebran en un café de la ciudad. Nosotros nos incorporamos después de cenar, con el estómago lleno, y la dialéctica, junto con la batería del móvil, recargada. En corro charlaban los tertulianos, y Miguel Floriano, el que es mención aparte, por la intensidad y seguridad de los argumentos, por el retorno al sable enfundado, por el aspaviento de sus brazos, la rotundidad del verbo, la modulación del raciocinio en cada sintaxis. Yo estaba desarmado, casi solitario, diremos, y me dediqué a leer un número de Escrito en el agua, una revista de poesía, años ochenta, en la que se publicó, por lo que leí, un estupendo poema de José Luis Piquero. Mientras tanto, Menchu y García Martín intercambiaron la baraja de la monarquía liberal-conservadora de una y la república felipista de otro. Miguel Floriano siguió, si es que algún instante de la eternidad desistió, y nosotros hicimos acopio de ofrendas –revistas, libros y bolsos-, y retornamos a Gijón, ciudad de nuestro sábado.

En Gijón vi el mar, y como el poeta, no pensé en nada, si acaso en el libro de poemas, premio Hiperión, del escritor Jesús Montiel –quien se acercó a presentar mi libro en su ciudad natal, Granada-. El Hiperión de Montiel me resultó del todo preciso, cegador, casi. Anduvimos por la costa, por el borde del Cantábrico, que tuvo silueta de galleta aún por devorar, y cogimos mesa en el Foster Hollywood, restaurante de comida grasienta e industrial que es como un parque de atracciones para Menchu y para mí. Como niños disfrutamos, a pesar de una lluvia repetitiva y molesta, de las horas del mediodía, entre calles peatonales y cerros frondosos. En Gijón también dimos a conocer nuestro libro, en La Revoltosa. Pero antes saludamos a Candela de las Heras, escritora y casi graduada, simpática y cervecera. En la cafetería de la calle Instituto hicimos tiempo hasta las 19:30 horas, momento en el que los editores de la revista Maremágnum –Mario, Rocío y Lorenzo- presentarían sus ejemplares, al igual que yo el mío, al terminar este breve y agradable acto. La revista crece, madura, se expande, casi como el universo. En ella se encuentra una buena panda de poetas, en su estilo todos interesantes, como mi amigo Aitor Francos. Lorenzo, acompañado con un público joven y con ganas de literatura, es decir, casi un milagro, demostró sus actitudes de maestro y nos enseñó, didáctico y ameno, que se pueden fabricar grandes logros a base de pequeñas y exactas proezas, de dedicación y de ilusiones. Esta revista es un ejemplo; las antípodas de mis circunstancias, obvio. A ver quién subía el listón después de todo, e hicimos lo que pudimos. Mario fue, en esta ocasión, además del culpable de esta peripecia asturiana –y de que probablemente la repita- el maestro de la ceremonia de apertura, camarlengo público. En Gijón sí hable, demasiado, quizá, y leí. Como lo último que pretendo en este tipo de festejos es aburrir al que tengo delante, procuré despachar el asunto con contenido y brevedad, extraño equilibro de conceptos. Pero creo que lo logramos, o al menos nadie se desmayó o se despidió a la francesa. O será que las nuevas generaciones están muy bien educadas.

El domingo llegó, pero apareció disfrazado de jueves. Qué pronto se acaba lo que no tiene por qué acabarse. Ya nos despedimos de Lorenzo y Rocío, hasta muy pronto. Mario nos llevó, por última vez y no sé cuántas deudas van ya, a la estación de trenes de Oviedo, en donde paramos a almorzar dos hamburguesas y un sándwich, los cuales tardaron lo necesario para pillar de paso el día del juicio final. Por suerte, el día del juicio final no llegó, pero sí el de abrazarse y desear un buen viaje, y el de cumplir la venganza aquella de la primera invitación. El viaje de vuelta es algo que nunca contaremos, poco hay en él que contar, y es casi una señal de mala educación contar lo que no tiene interés alguno. Quizá, por apuntar algo, que fue el tramo de toda esta historia en el que decidí lo más trascendental hasta entonces. Que Menchu debería llevar el nombre de Covadonga, y no por asturiana, sino por santa.

PERDIENDO LOS PAPELES

Tiene el periodismo de investigación triunfos y pecados. Dualidades, sombras y luces, como todo lo que es delicado y hermoso. Hay que insistir en que este género periodístico de alcoba lo es, aunque nunca se sepa con certeza qué límites estás cruzando: tambalear los cimientos de un gobierno o dar entretenimiento al chismorreo hispánico. No debe de ser fácil, digo yo, acertar en la colisión de intereses, en la fina balanza que sopesa privacidad e interés público. Y muchas veces se acierta, pero otras, a mi pesar, lector de periódicos, no tanto. Y ese me temo que es el resultado de nuestra historia, la historia de la que se habla en medios y rellanos: Papeles de Panamá.

Vendieron la exclusiva –creación de offshore por personajes públicos- a precio de morbo, de enigma, y el asunto quedo en que los que tienen posibles se llevan su montante al paraíso, que este infierno para escépticos, lleno de retenciones y de tasas, no hay dios que lo aguante. Las novedades son los nombres, el poner cara a esos harenes del paraíso. Se podría entrar en el debate, como ya todos hemos entrado, de si es moralmente aceptable que esos nombres se lleven su dinero para evitar el coste del Estado del Bienestar; pero no es lícito llamar delincuente a quien no tiene más culpa que ser rico y administrar su capital como cree conveniente. Otra cosa es evadir impuestos o financiar a los miserables del terrorismo.

Este periodismo de investigación necesitaría, quizá, explicar tanto como se enseña y se nombra. Para enseñar y dar nombres sin explicar nada ya tenemos el erotismo. Porque hay una diferencia enorme entre husmear en la trascendencia, hurgar en faldas ajenas o preparar el próximo guion de una novela de Javier Sierra. En la primera se gana, en la segunda se goza y en la tercera se pierden. Se pierden los papeles.*

*Publicado en El Subjetivo de The Objective el pasado mes de abril.

ROMANCE-TRIBUTO AL PERIODISMO LOCAL

Pues no seremos nosotros

ni la tinta de estas letras

los que demos soluciones

al porqué de este problema.

No busquen varitas mágicas

al hueco de mi chaqueta.

No tengo trucos ni nada

prodigioso en la cabeza,

no sé qué final aguarda

ni qué tiempos nos esperan.

Por no tener yo no tengo

ni muy claras las ideas.

Sólo traigo estas palabras

que ruedan sobre una mesa

cada martes en la radio,

en COPE, para más señas.

Sólo palabras. Minúsculas,

diminutas y pequeñas;

insignificantes, pobres,

delicadas, pasajeras.

Mas lo único que nos une,

y lo único que nos lleva

de la mano en este oficio

que se sabe a puño y tecla.

Con ellas, con las palabras,

que la unión hace la fuerza,

os fabrico este tributo,

este elogio y reverencia.

 

Cuántos quieren funerales,

cuántos brindan las exequias,

esos que abrieron portadas:

los golfos y sinvergüenzas

que en otros años felices,

que en otros meses, otra época,

en que todo era derroche,

en la que todo era fiesta,

robaban ante los ojos

de los que ahora protestan,

los que se ponen medallas

de honradez y de decencia,

los regeneracionistas

del a ver si así me cuelan

en el gabinete de turno,

cerca de la presidenta.

Cuando todo fue silencio,

la callada por respuesta,

y el sabes qué es de lo mío,

del interés, conveniencia,

estaba vuestro trabajo

vuestras horas y paciencias,

investigando, siguiendo,

golpe a golpe, corruptelas.

Que nadie se olvide de esto…

Si es que alguno lo recuerda.

 

El periodismo local,

milagro, vocación, épica,

un trocito de papel

hundido de letra negra

y que tanto se parece

a lo que llaman belleza.

Plenos, cultura, sucesos,

verdades y confidencias,

el levantar, con sigilo,

sin suscitar la sospecha,

lo que próximo te esconden

y nadie quiere que veas;

ofrecer las libertades

para saciar tu conciencia

de crítica y pensamiento,

dos caras de una moneda

que nunca se devalúa,

que nunca pierde riqueza.

 

Lo que cantó ese paisano

que nació en la calle Dueñas,

eso de que vais conmigo,

que mi corazón os lleva,

quiero dejarlo aquí mismo,

posado en estas frecuencias.

Y el final de este romance,

este final que se acerca,

y al que le pongo por punto

la p de, claro, la prensa,

la p de este periodismo

que nadie hará que se muera.

El 27 J

Es la politología la ciencia de los videntes. La aritmética del 803 y de las pitonisas. Y así, con esos pronósticos como de bola de cristal, de curandero por la vía de la sociología y del doctorado, casi ni aciertan en los candidatos que presentan los partidos, huy, por poco, al palo. Esto demuestra, por enésima vez en quince meses, cuatro elecciones pasadas entre las autonomías, los municipios y las generales, una conclusión que se desprendía del propio peso del raciocinio: el CIS no es la soberanía de los españoles. Y me alegro que al fin, poco a poco, suavecito, que esto sí que está costando sudores y reflexiones, y no al regeneración mainstream que con los brazos abiertos nos espera, nos demos cuenta de aquella circunstancia.

El Pepé ha ganado las elecciones, que no solo le han copiado a la amalgama de Unidos Podemos cánticos de catequesis y de gradas de gol sur, sino también la mayoría social que algunos se echaron a las espaldas como si hubiese palabras, conceptos, que por el simple hecho de existir, les perteneciesen. Las caras lo decían todo, como sé de buena fe que habrán comprobado. La mueca de un país, con guasa marca de la casa tuitera. Lo que más me sorprende, sin duda, es que aún no hayan ganado en las urnas lo que sí fue victoria en las calles. Tienen en su poder la manipulación de un discurso que, gracias al contexto de la crisis, su verdadero aliado en las campañas, le ha venido regalado; tienen la vanguardia de los despachos –de los despechos- y de las cátedras de las universidades en su erudita y grasienta cabeza; tienen la atención servicial de las teles y de los medios; tienen la favorable dirección de las redes sociales; tienen los poemas y las canciones casposas y cursis de Benedetti y de Paco Ibáñez para cerrar los mitines; tienen el voto de una población tan joven como algo iletrada y muy ingenua. ¡Lo tienen todo para ganar en esta España tan conservadora y esteticista en el voto, en donde siempre prevalece la simplicidad del valor de la identidad a la complicación de ahuyentar los sesgos tras las señas del razonamiento, de darle un poco al coco, al análisis! Y que no hay manera, ni así son capaces de arañar simpatizantes. Manera tampoco se advierte en un PSOE que celebra el cataclismo, con una pátina de orquesta del Titanic que causa estupor, misericordia, ternura y grima a partes iguales. Algo así como la dentadura de Margarita Robles. Y hablando de dientes, que es lo que les jode, pantojilmente hablando, un Rivera, no Kiko sino Albert, que parecía aún estar en una arenga de la campaña y propuso reformar la Ley Electoral, que la efusividad en los discursos suele ser de barra libre. De la Ley Electoral no se ha dicho absolutamente nada en estos meses de invierno, primavera y primeros del verano, tema enterrado en el nicho profundo de los intereses partidistas, pero ahora Albert, ahora Albert, se ha planteado la posibilidad de toquetear esa farragosa compilación de palabrería para juristas con vocación de arqueólogos por el plan de Indiana Jones.

En la tele se sentó Javier Nart, lúcido y sentencioso, cabalgante, a lomos de una sensatez mimetizada con su cabello: frondosa y casi transparente. De melenas casi mitológicas, paso de Diana cazadora o de Dionisio en el after, también estuvo el bipartidismo presente. Un bipartidismo que, visto con los dos dedos  de la frente, no ha muerto. Un bipartidismo que nunca murió, obvio, que tan sólo se fragmentó en cuatro partidos, sí, pero que daban dos bloques, o dos golpes, de ciego, según se mire. Y en el punto del ni frío ni calor de la noche, esos felices y desinhibidos individuos en las sedes de los partidos, cantando, bebiendo y celebrando, tan parecidos a los de los matasuegras y los gorritos de purpurina en Fin de Año. ¿Tendrán derechos políticos? Lo suponemos. Lo suponemos tanto como esta España, como esta noche que se estudiará en las universidades.

-¿En las de Historia?

-No, amigo mío, en las de Psicología.

SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica, de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis al salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepultada la Atlántida,
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el amor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

Rubén Darío, 1905.

LA VIDA Y ALGO MÁS: OVIEDO Y GIJÓN

La próxima semana presentaremos La vida y algo más en Oviedo y en Gijón, patria querida de jóvenes poetas, de buenos jóvenes poetas. Sí, sé que no es novedad, sé que no es una publicación reciente, pero mi amigo Mario Vega me ofreció cama y literatura en la pasada edición de la Feria del Libro de Sevilla. Y yo a los amigos no les puedo decir que no.

Más información:

La vida y algo más (Oviedo)_01

La vida y algo más (Gijón)_01