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Ignoro el motivo, pero el capillita con cargo institucional –cuya proliferación es mayor, por asombroso que resulte, a la del capillita sin llave de la casa hermandad- tiende a la tragedia, al dramatismo, al acabose. No sé si será porque convive, ya sea en tabernas o en fotografías en el despacho, con la pasión de Cristo. Y claro, en este caso el hábito hace al monje. Puede ser una teoría, no lo sé. La cuestión es que de todo logra una sobredimensión de los problemas, una exageración de la circunstancia, una flagelación de cuanto acontece. Este temperamento tremendista aumenta de manera considerable al tratar una reforma, un cambio, una novedad, casi siempre insustancial, que varía lo que él haya conocido. Sucedió en la Madrugada, un problema de fácil solución –cambio de recorrido en las cofradías- que no prosperó, pues en el asunto se buscaron, más que soluciones, comodidades; en el peor de los casos, beneficios. Todo unido a ese previsible carácter reaccionario del capillita con cargo institucional. Pero cuando dimos todo por perdido, llegó el Martes Santo. Y trastocó, con su excepción, la norma del tópico. Al fin se da una propuesta, conjunta, con voluntad y ánimo –dos requisitos básicos para que prospere cualquier idea-. Sin embargo, al llegar el proyecto esta semana al Consejo de Cofradías, más cobarde que prudente, decide aplazarlo, estudiarlo: no sé si por temor a La Bofetá de las otras jornadas de la semana –café para todos, Saimaza- o por rendir homenaje a la cofradía que sale de la Universidad. Si bien muy aplicados ellos, la solución se sabe desde finales de junio: ¿no ha dado tiempo a estudiar sus aciertos y sus inconvenientes? Uno sospecha que es, una vez más, marcharse por los cerros del águila. Y así lavarse las manos, como Pilatos. No vaya a ser que la cosa, aunque esté peor, salga mal, y nos lluevan críticas. Que de llover en el Martes Santo, saben.

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La Milagrosa lleva su nombre hasta las últimas consecuencias, y así sucede lo que todos sospechamos: pretende obrar el milagro. El milagro de pertenecer a la nómina de las cofradías que van a la Catedral en Semana Santa. De entrada, por la Puerta de san Miguel, evidente, dos adversidades casi insalvables debe superar la propuesta, perdón, el milagro, que la cofradía ha dejado encima de la mesa del Consejo: la del espacio  y la del tiempo. Pequeños inconvenientes que limitan, que estorban, los quehaceres de la vida diaria, incluso nuestros sueños, qué le vamos a hacer. En cuanto al espacio, ¿dónde la colocamos?, y en cuanto al tiempo, ¿a qué hora la cuadramos? Las hermandades de víspera, aunque el interés económico y de prestigio social –parece que no es lo mismo salir y dar una vuelta por el barrio que ir al centro, a pesar de que todo es la misma ciudad- sea relevante, tendrán que asumir una realidad común: no hay sitio ni tiempo en el que introducir a una cofradía más. Tampoco estaría de más asimilar que por salir un Sábado de Pasión o un Viernes de Dolores no son menos hermandad que cualquiera que sale un Miércoles o un Viernes Santo. Pero no terminamos de enterarnos, o no terminan de enterarse. Aunque conozcan de sobra la realidad que acarrea el entrar con calzador, entrar por el hecho de entrar, sin mayor justificación: una hermandad perdida en el día, número de hermanos que no crece, recorridos sin público. ¿No suena la imagen? ¿A nadie se le ocurre ningún ejemplo? Pero allá cada cual con sus propósitos. O con sus milagros. Como el que nos prometió Juan Espadas cuando el tema de la Madrugada, el de las avalanchas y carreras, estaba aún como las calles que no hemos perdido: candente. “Bastante antes del verano tendremos perfectamente diseñado el dispositivo del 2018”, comentó en una reunión del pasado mes de abril, declaraciones que recoge Diario de Pasión, periódico digital en el que escribe el compañero Pablo Lastrucci. Entre unos y otros, no nos ponen muy difícil la práctica del motivo principal de la fiesta: queda claro que sin fe, en este mundo del capillismo militante, no vamos a ningún sitio.

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Cuánto describe el día del Corpus. Y no sólo en la víspera, en el balcón cuidado, en la música de las orquestas, en la opulencia de la plata decimonónica, en el gregario desfile de las corporaciones, de las instituciones, de las personalidades. Ahí encontramos descripción, nadie lo duda; pero es una descripción parcial, algo sesgada, abundante de impostura y de ficciones, válida para la literatura, pero no para la sociología. Si nos decantamos por sustraer el todo de una ciudad desde ese todo, erramos, pues su hechura es fantasmagoría, espejismo, distorsión. Como esas celebraciones, artificio y boato, que las casas nobles preparaban en los antiguos salones de sus casas, mudéjares, renacentistas. El día del Corpus describe a la ciudad, la completa, aunque de sus horas tengamos que tomar no sólo la mañana sino también la tarde, tiempo en que un calor sofocante y una jornada de fiesta mantienen a las calles en estado de soledad y de nadería. Cuando conozcamos ese estado, cuando valoremos su alcance y su medida, cuando observemos no sólo la mañana, también la tarde, seremos conscientes de cuánto de ciudad hay en ese día del Corpus. Y el modo en que este retrata. Si por la mañana todo es representación, simbología, ropas elegantes, canto, siglos, flores; la tarde será comercios cerrados, calles vacías, tiempo muerto, aires acondicionados, convencionalismos, nostalgias. En efecto, en el día del Corpus se sucede la manera en que la ciudad vive: pasajeras grandezas de unas horas, con su correspondiente ilusión, creernos que tal majestuosidad es regla común de nuestros días, y la perpetua decadencia, cuando todo se acaba, cuando no hay ya renta de mira lo que fuimos de la que tirar, cuando la banalidad de una ciudad provinciana se cuela como una luz impertinente por las sombras interiores de la conciencia. Y es esta última la realidad que nos acompaña, que nos acompañará, aunque supongamos, soberbios y autocomplacientes, que la excepción es lo que hace norma.

 

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Esta semana contamos con una procesión extraordinaria que nada de extraordinario tiene. O sí, según se mire. Si por extraordinario asumimos las cualidades que suelen reunir esas procesiones, y que acotamos, para entendernos, desde las etiquetas de efeméride convencional –cualquier celebración que se le ocurra al hermano mayor de turno para decir “yo hice esto”-  y de débil recorrido histórico con el que excusar esa efeméride –veinticinco, cincuenta, setenta y cinco años de tal en una fiesta de siglos no es historia-, esta salida nada guarda de extraordinaria. En cambio, si por extraordinario nos referimos a una imagen poco usual, cuyo hecho en la historia ha ocurrido en contadas ocasiones, y que tiene sentido, esencia y finalidad, un motivo de peso, como se suele decir, esta procesión sí es, al fin, extraordinaria. Hablamos, desvelemos el misterio de una vez, del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel. Talla de Montañés cuya figura evoca una apolínea convulsión, cuyo cuerpo es muerte, pero una muerte que constituye belleza. Como la mayoría de las imágenes que hoy tallan, perdón, fabrican. Por supuesto. Confesemos el cansancio sin que nos tiemble el pulso, como esas manos del capataz que toman el martillo y de un golpe, seco y conciso, levanta la parihuela de los pasos: las procesiones extraordinarias se asemejan a estas calores que bajan tensiones y provocan fatigas, sin duda agotadoras en número y en insistencia. Desde hace unos años, y sin contar pueblos y capitales cercanas, lo extraordinario es que no haya un paso en la calle durante el fin de semana, para gloria de frikis y de aburridos. Pero la de este sábado no tiene relación alguna con esos esperpentos, monótonos e inagotables, que todos imaginamos. Recordemos que Dios aprieta, pero no ahoga. No se pierdan el que sale del Santo Ángel.

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El informe de la hermandad de El Gran Poder, en donde se escribe la Madrugá según el evangelio de los diputados del Señor, ha retratado a sociedad y a política, si es que alguna vez fueron ámbitos opuestos o distantes. A la sociedad, por cumplir sin titubeos con el que debiera ser el compromiso de una ciudad en relación con sus asuntos públicos cuando estos merecen debate, pues de un modo u otro necesitan de atención: hablar, siempre que se sostengan hechos veraces, contrastados y argumentados, sin miedo. Por otra parte, a la política, y en especial a Juan Carlos Cabrera, quien apuntó la pasada semana que él no era partidario de que cada hermandad sacara sus conclusiones personales. Se refería al informe, ya público, de la hermandad de El Gran Poder. Cabrera, hombre astuto, invierte o juega con las palabras para presentar un contexto no como es, sino como a las instituciones les convendría que fueran. Si no es la intención, a tal nos lleva, según sus palabras y nuestro juicio crítico. La clave es el sintagma “conclusiones personales”. Cuando se habla de “conclusiones personales”, la mente del sevillano medio lo asocia con “opinión”, es decir, con “pienso esto porque me da la gana pensarlo, y en el terreno de las subjetividades, del por mi cuenta”. Sobre este parecer, la hermandad de El Gran Poder presenta un informe en el que redacta “sus visiones”. Pero no es así, pues no son “sus conclusiones”, sino hechos, un leve pero contundente matiz. Hechos objetivos, motivados y, unidos al testimonio de los tenderos de la calle Arfe, contrastados. El sospechado interés del poder público, leídas sus declaraciones y analizadas sus direcciones, en que se mantenga, sobre todo en el ruido de la charla informal, un único relato, relato cuya fuente es este poder público, levanta inevitables suspicacias. Aunque no sea el ánimo con que acordamos la cuestión.


 

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Calma la tarde su oleaje de luces pardas, y pícaro lo plagia el bamboleo, leve, manso, aireado, de las aguas del río en sus márgenes, río con figuraciones de otra edad, no sé si ciertas o ficticias: pareciera que por él cursa, que por él se vertebra, las aspiraciones del liberalismo, el aperturismo de Blanco White, el trato de riquezas lejanas, de transacciones de cualquier mundo. Estos intercambios, estas “operaciones”, ahora estarán sucediendo en Nueva York o en Dubái, al igual que sucedieron en los mares del Mediterráneo o en el Nilo, en Roma o en Egipto. Y sobre este río, sonoras y fugaces palmeras, fuegos, anuncian la misa de ocho, misa templada, sosegada, acaso suspendida de estos atributos cuando canta la muchacha del coro, el conjunto de voces al son de la guitarra, canciones populares, estribillos sentimentales, coplas y letrillas que son herencia de las serranillas medievales, de las letras de las lenguas mozárabes. Aunque fuese la parroquia conquista de una estirpe castellana, lo fugitivo, como escribió Quevedo, permanece y dura. Fugacidad del sonido de los cohetes; fugacidad de las letras que este coro entona y que en la bóveda, humedad y frescor de puerto, se pierden. Y en contraposición, la quietud. Quietud de la luz en la vidriera de la parroquia, quietud de la corriente de las aguas, quietud de las horas del sesteo, sopor y digestión, por Palacio y Villamanrique, quietud de la memoria cuando recuerda otros años, otros nombres. Fugacidad y quietud, eso es. Eso es este Rocío que toma camino, trote, por la certeza de la experiencia, saber lo que viene, y por el Condado de Huelva –La Palma, Rociana- y las dunas de Doñana –Sanlúcar-. Eso es este Rocío que celebra novena en Triana. En un par de sílabas, la humanidad y su historia. Por si alguien diese más.

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La prosa funcional de la burocracia se impone al relato narrativo de la imaginación, de la conjetura de una ciudad. Nada que refutar ni que objetar, salvo que en el lenguaje de los primeros, más que argumentos, hay convicciones; es decir, ausencia de razones que, sin embargo, motivan una conclusión. Cuando una ciudad se deja llevar por el discurso de la literatura –ya sea en la política, tan frecuente, como en otras facetas de la vida común-, conviene calmar las emociones. Nos lo enseñó Núñez de Herrera, quien nos advirtió de los peligros de un exceso de lírica en la interpretación de un municipio, que es historia, poética y cultura, cómo no, pero que también adolece de desigualdad, de paro, de deficiencia en el transporte y esas cosas. Desde los juzgados, determinan que en las avalanchas y carreras de la Madrugada no hubo premeditación ni pretensiones incendiadas de ideología y que todo se debe a una pelea puntual que propicia una histeria general en las calles de Sevilla. Un manifiesto idéntico al de la policía. Cuando todo era reciente, tanto el ayuntamiento como el consejo nos invitaron a que dejásemos trabajar a las autoridades en la investigación (sic). Y así lo hicimos. En parte, claro. La totalidad de la propuesta solo garantizaba orfandad de nuestro deber. Así que mantuvimos distancia respecto de la investigación de la policía, como no puede ser de otro modo, pero sin renunciar a la que nos permite nuestra conciencia. Ahora que todo parece concluir, tenemos: detenidos, una tesis que se mantiene tanto en la comisaría como en el juzgado –tesis que por cierto desmienten los propietarios de los comercios en donde sucede la pelea- y dos incógnitas aún por despejar: quién y por qué. Indican desde la investigación que la ideología no es la causa ni la excusa que vertebra una organización. Jamás lo dudamos. Pero eso no es sinónimo de ausencia total de un porqué. Algo habrá. De todas las posibilidades, inclinamos la vista a lo que Guillermo de Occam nos inculcó allá por el siglo XIV: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Y lo más sencillo es pensar en que nadie supo qué pasó, y que con tal de no reconocerlo, recibimos humos, nimiedades y teorías en donde abunda, como hemos dicho, más la conclusión que el argumento. No digamos la convicción.

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Este mayo que ha venido con anuncio de sus primeras luces, calores picosas, soles de idéntica intensidad al sabor de las tapas de caracoles; este mayo en que en la parroquia preparan, los jóvenes, altares de vírgenes antiguas, sayas de siglos cuáles y mantones en las barandas de los pisos; este mayo que descubre, ¿que descorre?, toda una connotación, toda una evocación, del tiempo del verano, abanicos en los veladores de un domingo por la tarde, la frescura del mármol en las calles estrechas, donde suenan televisores con el programa de sobremesa, con el partido de fútbol, eco de los platos enjuagándose en el fregadero, las labores domésticas, el perro que ladra por la azotea, el zumbido de la naturaleza y de la industria, del paisaje y de la manufactura: la chicharra y el aire acondicionado. En este mayo, en esta descripción de mayo, que es solo excusa para la literatura, para su verosimilitud y sus ficciones, con la distancia y la frustración que siempre acarrean, incluso con el fraude, encuentro la misma imagen. La imagen de los niños. La encuentro en cualquier plaza cuyo nombre, casi seguro, aún desconocen. Como desconocen esa cruz de la que emanan flores de papel y faldones artesanales, sonidos de tambores arrítmicos, ¿qué necesidad de perfilar la armonía, si ellos son la inocencia? La inocencia de no saber que son la inocencia. Y así discurren, llevando el peso de un símbolo cuyo nombre pronuncian pero lejano les queda. Como a mí me va quedando, del mismo modo, el suyo. Su memoria, su emoción, su historia, su impulso. Acaso compartimos soles, calles, lugares, horas. Pero nada es lo mismo: de todos soy, al contrario que estos niños, deuda. De todos soy la conciencia de esa cruz que ahora, delante de mí, y llevada por ellos, pasea.

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Leo en la prensa que han detenido a los dos implicados en la pelea de la calle Arfe. Sí, la que originó, según la investigación de la policía, las avalanchas de la Madrugada del 2017. Parece que ya tenemos consecuencias, aunque nos las vistan de causas: no nos olvidemos de que los comercios de la calle niegan que una pelea originara las estampidas en el Postigo. Por tanto, por ahora tenemos detenidos, detenidos que pudieron provocar un conato de pánico, sí, pero que en ningún caso cierran los sucesos de la Madrugada ni concluyen las dudas que nos aguardan. Entre la multitud de preguntas que aún no tienen respuesta, enumeramos las siguientes: ¿por qué hay teléfonos móviles que registran llamadas en Dueñas y en la plaza del Triunfo a la misma hora, llamadas alertando de carreras? ¿Lo podríamos fundamentar con el argumento del efecto dominó? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué hay varias carreras en una misma calle y en horas distintas? ¿A qué vienen los cantos de reminiscencia musulmana en varios puntos de la ciudad y con testigos que corroboran los hechos? ¿Por qué en uno de los vídeos que suben a Youtube, en Reyes Católicos, se aprecia a una persona arrojando algo, cualquier objeto, con el brazo y, en ese preciso instante, la masa se aparta y corre? Que haya detenidos es un avance respecto de otros años en los que nunca supimos no solo qué paso, tampoco quiénes estuvieron detrás, ya sea causas o personas. Pero este avance no debería satisfacer las explicaciones ni concluir cualquier tipo de interrogante. Sobre todo porque, de lo contrario, tan solo nos quedará la sensación de impunidad y de no saber, desde las administraciones, cómo afrontar situaciones similares. Es más, como bien indica Rafael Roblas, si esto sucede sin premeditación, ¿qué esperamos cuando haya una organización? Pues que estaremos, otra vez, vendidos. Ah, y para propaganda, nos basta con la de los veladores.

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Quienes hemos leído algo más que los boletines de una hermandad, conocimos, en la adolescencia, el famoso comic de Alan Moore y la repetida frase de George Orwell; frase que bien podríamos aplicar a cualquier faceta del periodismo, esa búsqueda perpetua de la verdad material. Búsqueda que no descansa, aunque por ella nos llamen morbosos y nos envíen descalificaciones que, con frecuencia, descalifican más al que las enuncia que a aquel que las recibe. Ni Moore ni Orwell fueron becarios de pregonero en un colegio de enfermería ni dedicaron su vida a hablar de candidaturas de juntas de gobierno en las teles locales, de ahí que acaso no suenen, en algunos corrillos, demasiado. Pero hoy aliviaremos olvidos e ignorancias. El primero dijo que las palabras siempre conservarán su poder, pues las palabras hacen posible que algo tome significado y, si se escuchan, enuncian la verdad; el segundo apuntó que si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. Sobre la palabra y la libertad, me temo -sin autoridad- que los dos ejes del periodismo, vamos a hablar de las avalanchas que se dieron en la Madrugá del Viernes Santo en Sevilla. El relato oficial nos cuenta que una pelea en Arfe desencadenó un efecto dominó que llegó desde la plaza del Triunfo hasta la calle Dueñas. Para asegurar esta tesis nos hemos ido a la calle Arfe y hemos preguntado -¿qué ocurrencia, cierto?- si vieron una pelea en torno a las 3:45h de la mañana y si esa pelea provoca una estampida. En uno de los comercios –justo enfrente del bar donde sucede la pelea- nos afirman que sí, que es cierto, que esa pelea ocurrió, pero que no desató estampida alguna; esta llega a las 4:35h, al paso de Jesús de El Gran Poder. ¿De dónde viene, según marca la llamada que Paco Robles hizo a esta casa, una estampida a las 4:11h en la plaza del Triunfo? ¿Por qué a esa misma hora hay una avalancha en la calle Dueñas? ¿El efecto dominó es también, como Dios, ubicuo y omnipresente? Las palabras y los hechos, cuando discernimos en libertad, tienen un inconveniente, y es que con ellos averiguamos realidades. Y la realidad de esa Madrugá es que, por ahora, no nos cuentan qué pasó. Cabe precisar que dogmas de fe, en esa semana, ya tuvimos los que necesitamos.