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Bien lo comentaba uno de los presentadores de este programa, Mario Daza: una institución, ya sea el arzobispado o el consejo de cofradías, debería preparar un proyecto común para todas las hermandades respecto de las decisiones de sus cultos y de su actividad. La improvisación no suele ser lo aconsejable en complejas situaciones a su vez improvisadas o sobrevenidas. Aun así, en general, las hermandades de Sevilla han reaccionado de manera solvente a la propagación de la pandemia del coronavirus. Y de una forma sosegada y adulta. Como las palabras de Félix Ríos, hermano mayor del Gran Poder, cuya declaración ha sido ejemplo de cordura y de inteligencia. Si se suspende la Semana Santa no es ningún drama personal, y la fecha en el calendario siempre quedará presente. Por ahí hay quien piensa que en las cofradías predomina un ambiente casi tribal y arcaico (la imagen tópica del andaluz bárbaro y exótico). Y nada más lejos de una realidad que nos acompaña y a la que las hermandades le están dando, con muy buen criterio, respuestas.

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Los comunicadores Alberto González e Isaac Sánchez han concretado una idea que llevan trabajando durante año, y ayer se presentó. Una propuesta útil y oportuna que se ha celebrado ayer jueves, cinco de marzo, en la hermandad de Santa Genoveva. Todo viene de la encíclica del Papa Francisco “Laudato Si”, donde el pontífice reflexiona acerca de cuestiones relacionadas con el calentamiento global y el cambio climático. La intención de esta propuesta, que tiene apoyo de Marcelino Manzano y del arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, servirá para difundir, a través de diferentes talleres y charlas, el mensaje del Papa sobre el cuidado de lo que habitamos en común. Las cofradías de Sevilla no son ajenas a sus coetáneos debates, a la realidad social de su tiempo. Esta útil y oportuna propuesta es una prueba.

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Escribió de la Semana Santa sin la pringue emocional a la que tantos nos tienen acostumbrados, sin el menor signo de caspa expresiva, de refrito de la palabra azucarada. Juan Sierra supo ver lo que muchos aún no ven: que la Semana Santa se escribe desde el lenguaje del tiempo que nos toque vivir. A ser posible un lenguaje propio, original y distinto. Primero, por consideración a la fiesta de la que estás hablando; segundo, por un mínimo de deferencia al oficio de la palabra, asunto de siglos. Sierra une la vanguardia surrealista, la imagen de ruptura, la metáfora onírica, con crucificados barrocos y vírgenes populares. El resultado es bueno, y casi único. Todas estas lecciones están recogidas en el volumen de sus obras completas, con edición de José María Rondón y publicadas en El Paseo. Para aquellos que vean en esta fiesta algo más que propuestas de itinerarios y demás debates tan pertinentes como insustanciales.

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Ir a la exposición de la hermandad de El Gran Poder en Cajasol es discurrir por buena parte de la historia del siglo XX en la ciudad de Sevilla. Ahí los nombres de los pintores, de los músicos, de los arquitectos, de los escritores, de los políticos. Ahí el periodismo, la tauromaquia, las instituciones públicas, la sociedad diaria y anónima. También la huella y el signo de la artesanía, de la propia intrahistoria, de tantos nombres y de tantas vidas. La hermandad de El Gran Poder es epítome de la historia de una ciudad. Punto de fuga desde el que se proyectan años, décadas, más de un siglo. Y todo queda resumido en las salas de una exposición que, a pesar de un recorrido un poco caótico, deja idea clara: El Gran Poder lleva en su nombre parte de la ciudad de Sevilla. De la Sevilla que fue y de la Sevilla que es.

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Mi generación entra en una etapa en la que ya puede ir diciendo aquello de que hace veinte años de todo. Menos de los años veinte, de los que en esta década celebramos el siglo. Los años veinte, en la creación artística, fueron los años de la vanguardia; asomándose estaba la historia a los precipicios del horror del siglo XX, ese siglo de monstruos, cuando aún festejaba la originalidad, la despreocupación, el propio júbilo. Uno de los nombres que predominó en esos años fue el del escritor argentino Oliverio Girondo. Junto con Roberto Arlt, fue uno de los grandes escritores hispanoamericanos que conocieron esa Semana Santa de los años veinte y treinta. Ambos la retrataron. Girondo, como escribió Paco Robles, desde la provocación y la lírica. Divertidas son las páginas en las que precisa imágenes de la madrugada del Viernes Santo, que tanto vivió y, también, padeció. Habla de “pies desmenuzados como albóndigas”. La comparación es acertada. Y curiosa. Cómo pasa el siglo, pero hay situaciones que permanecen.

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El mes de junio del año pasado, la hermandad de El Museo aprobó nuevas cartelas para el paso de cristo. Las aprobó en un cabildo extraordinario que eligió al imaginero Darío Fernández. Darío Fernández es un escultor con un trabajo extraordinario, aunque en Sevilla no sea un autor demasiado popular. Es un hecho que llama la atención, y que quizá se deba a dos motivos: el primero, la escasa demanda de imaginería de calidad; el segundo, que en la cultura del arte cofradiero (y creo que de todos) prevalecen el clientelismo y el amiguismo, u otro tipo de afinidades que nada tienen que ver con el oficio. Darío Fernández sobresale del resto de imagineros de su generación y, al menos, de las dos anteriores. Ahí el Cristo de la Coronación de Elche o la Magdalena de la Vera Cruz de Castilleja: un apolíneo clasicismo que se aleja del acostumbrado pastiche anacrónico. Ya que no abunda su obra en Sevilla, que al menos se valore la que tiene dispersa por pueblos y ciudades de España.

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En la hermandad de Los Estudiantes, el pintor y restaurador Carlos Peñuela nos ha dado una lección. La lección de cómo pintar un cartel. El artista fue elegido por la hermandad para trabajar en el cartel que anuncia el pregón universitario de la Semana Santa de Sevilla. En el cartel de Carlos Peñuela hay un concepto original y un buen resultado en la concreción de ese concepto. La carpeta con estampas y recuerdos de la Semana Santa es una de las imágenes que todos los estudiantes cofrades llevan consigo: el tablón de corcho con las entradas del pregón, los tickets de entrada a los palcos en la mesita de noche. Muchas veces, en el arte de las cofradías, recurrimos a discursos solemnes que distraen e incluso mienten. Carlos Peñuela ha ido al objeto sin mayor importancia y, con técnica y una vuelta de tuerca, le ha dado la trascendencia que de por sí tiene. Aunque no la veamos. Eso es ser artista. Eso es un paso para la genialidad.