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El mes de junio del año pasado, la hermandad de El Museo aprobó nuevas cartelas para el paso de cristo. Las aprobó en un cabildo extraordinario que eligió al imaginero Darío Fernández. Darío Fernández es un escultor con un trabajo extraordinario, aunque en Sevilla no sea un autor demasiado popular. Es un hecho que llama la atención, y que quizá se deba a dos motivos: el primero, la escasa demanda de imaginería de calidad; el segundo, que en la cultura del arte cofradiero (y creo que de todos) prevalecen el clientelismo y el amiguismo, u otro tipo de afinidades que nada tienen que ver con el oficio. Darío Fernández sobresale del resto de imagineros de su generación y, al menos, de las dos anteriores. Ahí el Cristo de la Coronación de Elche o la Magdalena de la Vera Cruz de Castilleja: un apolíneo clasicismo que se aleja del acostumbrado pastiche anacrónico. Ya que no abunda su obra en Sevilla, que al menos se valore la que tiene dispersa por pueblos y ciudades de España.

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En la hermandad de Los Estudiantes, el pintor y restaurador Carlos Peñuela nos ha dado una lección. La lección de cómo pintar un cartel. El artista fue elegido por la hermandad para trabajar en el cartel que anuncia el pregón universitario de la Semana Santa de Sevilla. En el cartel de Carlos Peñuela hay un concepto original y un buen resultado en la concreción de ese concepto. La carpeta con estampas y recuerdos de la Semana Santa es una de las imágenes que todos los estudiantes cofrades llevan consigo: el tablón de corcho con las entradas del pregón, los tickets de entrada a los palcos en la mesita de noche. Muchas veces, en el arte de las cofradías, recurrimos a discursos solemnes que distraen e incluso mienten. Carlos Peñuela ha ido al objeto sin mayor importancia y, con técnica y una vuelta de tuerca, le ha dado la trascendencia que de por sí tiene. Aunque no la veamos. Eso es ser artista. Eso es un paso para la genialidad.

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La Semana Santa de Málaga tiene cartel. Y es un buen cartel tanto por la idea como por su ejecución, tanto por la estética como por el concepto. Por si no se ha visto aún, el cartel representa diferentes carteles de la Semana Santa malagueña, simulando a esa cartelería de las convocatorias de cultos que se anuncian en las fachadas de las parroquias. Su autor, José Luis Puche, ha querido así indicar que la Semana Santa es una acumulación de experiencias en el pasado, un eco de nuestra memoria sentimental que a su vez forma parte de la voz de lo que hoy somos, y de lo que ayer fuimos. Quizá uno de los principios del arte sea ese: desentrañar una verdad mediante una expresión. Puche nos ha descifrado una verdad de la Semana Santa.

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La exposición de Martínez Montañés en el museo de Bellas Artes de Sevilla no es sólo la obra de un imaginero excepcional, es también la idea un tiempo. Es la idea de los siglos barrocos, el paradigma del hombre de aquellos años condensado en unas obras que conmueven, que no han perdido, como señalan los que saben de esto, su finalidad. La oración del hombre posmoderno es la oración de esos otros hombres que vieron, por vez primera, la mirada misericordiosa del Cristo de los Cálices o la muerte apolínea del Cristo de los Desamparados. Es también una exposición que contrapone referentes. Si hoy el ídolo es la persona hedonista, la influencer de Instagram, allí el ídolo fue un Dios que ha fracasado, que ha muerto en la tortura de una cruz. Hoy el culto es al cuerpo, al placer inmediato, a la satisfacción personal de uno mismo; pero hubo un tiempo en que predominó un estoicismo cristiano, humilde, sereno, que Martínez Montañés llevó al arte. Contemplarlo será motivo de reflexión.

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Quedará por su propuesta estética, tan propia, tan bien trabajada; quedará por traer a la pintura española un estilo que acierta en el planteamiento y en la técnica, que es ruptura de los nombres pasados y a su vez comunión con estos. Rafael Laureano quedará por su trato del color, de las perspectivas, de las formas. Por cómo combina materiales, imágenes, paisajes. Un recurso donde consigue una proporción equilibrada de todos esos elementos. A Rafael Laureano se le nota el oficio y la idea en cada obra, un oficio y una idea que ha aprendido en las academias, no en el compadreo endogámico de las casas hermandades y la gente de cofradías. Sólo así se llega a su homenaje a Murillo, a su Asunción de Cantillana, a su Sé siempre nuestra Esperanza. Sólo así se llega a todas esas obras que veréis en la Casa de la Provincia, del 3 de diciembre al 5 de enero, plaza del Triunfo. Lo que, convencido, le espera a Rafael Laureano. Otra vez.

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Chaves Nogales murió en 1944, en Londres. Murió con una obra, principalmente periodística, que apenas conoció lectores. Murió sin homenaje, sin tributo. Pero gracias a Andrés Trapiello y a Abelardo Linares se publicaron, cincuenta años después de su muerte, sus reportajes, sus libros, testimonio de un tiempo, sus colaboraciones. Gracias a la editorial Renacimiento empezamos a tratar al que hasta entonces había sido un periodista del hambre, de los totalitarismos, de las guerras. Guerras que contó no desde la propaganda, sino desde el periodismo, pagando el coste de los integristas de uno y otro bando. Pero Chaves Nogales también escribió de Sevilla y de su Semana Santa. Del Gran Poder, de San Lorenzo. Chaves Nogales nos enseñó, con su buen oficio, que escribir de lo local no es escribir de lo irrelevante. Chaves Nogales nos enseñó que el lugar o el tema no determina la calidad de la obra.

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Romero Murube trató a Evita Perón y al Sha de Persia, se relacionó con la alta cultura de su tiempo, con González Ruano y con Lorca, y leyó a los clásicos, y era un humanista, inteligente, honesto en sus ideas (ese pulso al cardenal Segura). Romero Murube se interesó en lecturas de otros autores, europeos, como Paul Morand o André Gide. No fue el poeta provinciano de ripios acartonados ni el pregonero verbena, oportunista, cuyo único interés al escribir de cofradías es el de escribirse a sí mismo: dejarse ver en sociedad. Porque Romero Murube escribió de Semana Santa, pero no de Semana Santa, como todos los escritores que nos interesan, que importaron. Él nos dejó la lección que nos dejan los autores interesantes: con los buenos sentimientos solo se hacen malas novelas. Romero Murube escribió de la Semana Santa con oficio, no con sentimentalidad. Y si lo lees que seas consciente de que no será por el cofrade, sino por el escritor.

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Tienen las cofradías de Sevilla un discreto eco social que algunos confunden con el prestigio o la fama. Es una confusión comprensible: hablamos de ambientes muy endogámicos donde esa endogamia facilita que cualquier asunto o nombre suene, aunque en realidad, lejos de sus microscópicos cenáculos, nos encontremos con un ruido casi imperceptible. Manolo Cruz, hermano mayor de la hermandad del Calvario, no era de ese gremio. Manolo Cruz fue uno de esos hombres de cofradía que tantas horas han dedicado a lo que se ve y a su vez no se ve: ser amable con los otros, montar altares para los cultos, convivir en la hermandad. Ahora que se ha ido, recuerdo a Manolo Cruz y a tantos como él. A tantos que tantas horas han entregado, sin mayor interés que esa entrega, a los demás. Tantos cuyo propósito ha sido minúsculo en el gesto e inmenso en la lección: darse a los otros, sin exigir que esos otros lo noten. Descansa en paz.

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Frase común entre un prototipo de cofrade hispalense, esa que dice que se ha perdido el sentido de la medida. Es habitual leer la expresión, tan abstracta como vacía, en artículos de la prensa cofradiera, en comentarios catastrofistas que insisten en un tiempo de absoluta hecatombe, el de hoy, frente a otro tiempo que ya pasó, donde todo era idílico, impoluto e inmaculado. El problema es que nunca se sabe muy bien dónde está ese tiempo, si en una Semana Santa donde las juntas de gobierno  tenían que reunirse en un cabildo para saber si había dinero para salir o si está, quién sabe, en aquella Semana Santa de los años setenta u ochenta, donde el exceso –que no nos falte de nada- era criterio común en la estética de la fiesta. Los partidarios de esa idea de haber perdido algo que se llama medida rara vez nos especifican dónde estuvo esa medida que se ha perdido, y en cuanto echamos un repaso a la historia de la Semana Santa sevillana, empezamos a sospechar, a tener indicios: la Semana Santa que ellos buscan tiene más de literatura que de historia, más de cuento costumbrista que de análisis histórico. Es, puede, una medida que nunca ha existido más allá de las idealizaciones de cada uno y que, además, no se puede cuantificar, pues casi siempre coincide con lo que cada persona considera que es la medida. Al final, parece, que todo se resume en que se ha perdido la Semana Santa que a mí me gusta, y la que yo quiero que, sobre el resto, prevalezca. El apuro llega cuando toca descubrir que esa fiesta perdida nunca ha existido. Ni existió. Ni existirá.

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Las elecciones cofrades en estos meses de junio, desde hace años tan habituales, suelen darse entre dos candidaturas que ofrecen proyectos que no disienten tanto entre sí, que no se diferencian demasiado unos de otros. Los lemas, por ejemplo, más o menos los mismos: palabras con buenas intenciones, unión entre los hermanos, cuidar y querer mucho a la gente. Tampoco se distinguen, y basta con echar un vistazo por las webs de las hermandades, los programas de cada candidatura: como mucho, donde uno pretende apostar en una estética, otros apuestan otra. A primera vista, asombra que todas las candidaturas llamen a la unidad entre hermanos pero sean estas las que rompen esa pretensión de unidad, y asombra que leamos lo que se supone que son dos proyectos diferentes y encontremos diferencias que son, a lo sumo, nimiedades estéticas sin la menor importancia. ¿Por qué, si no hay diferencias relevantes, suelen presentarse dos opciones? Porque estas candidaturas tan habituales de junio, también de octubre, son, más que propuestas de unos, cuentas pendientes a los otros. Y porque, en el fondo, lo único que se busca es liquidar fobias personales, inquinas de unos, reticencias de otros. Estas candidaturas casi siempre se plantean sobre temas que afectan a la hermandad pero, si indagas, descubres que tan sólo se procuran asuntos personales. El nombre de la hermandad y sus necesidades son el pretexto sobre el que se satisfacen las necesidades de unos pocos nombres que apenas nadie conoce y que, en realidad, nada importan.