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Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

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Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.

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Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.

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Acabamos de llegar de Roma, por tanto será como la sombra que, telón o bambalina –mejor esto último-, decora los cuadros de Caravaggio. Con ese efecto de las obras del pintor se están desarrollando los acontecimientos que deben aclarar, solucionar, el próximo Martes Santo. Mucho de enigma y, al mismo tiempo, como todo buen tenebrismo barroco, claridad: quizá porque no es una sombra que oculta, sino que muestra. Digamos que el retraso de las decisiones, las reuniones aplazadas, el secretismo… lejos de aportar confusión e incertidumbre, dejan evidencias y certezas. La primera es el modo de actuar de este Consejo. Siempre de perfil, acaso ambiguo, demasiado prudente, delegando cada decisión polémica o compleja en el ayuntamiento –CECOP- o en el arzobispado, en las instancias superiores. Ya lo pudimos comprobar en las avalanchas y estampidas de la Madrugada. En cada pregunta al presidente, la respuesta esquiva, evitar en todo caso la posición, el criterio de la institución. El vértigo o respeto de que la declaración no se entienda, o se tergiverse, o se manipule. Mejor el silencio que el error. Es una estrategia de comunicación eficaz, e inteligente; pero gobernar, o administrar, es decidir, y en algún momento, ya sea de palabra o de hecho, tendrán que dar el paso. Por ahora nada de eso. Predomina la respuesta callada, que es el primer desencadenante de las filtraciones y de los rumores; es decir, de una consecuencia contraproducente a sus intereses: si buscan la ausencia de tergiversación, mejor hablar sin tapujos. O sentarse de una vez –con voluntad de determinar una solución, no de aplazar el problema- y asumir que ellos son los que tienen la última palabra, consensuada con el resto, pero no supeditada.

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Pregunta un amigo que qué me parece el pregón. Suele ser usual, pregunta previsible, cuando se acercan estas fechas de luz moneda en las que se desvela la incógnita del elegido –suerte, pregonero-, o cuando venimos de vuelta, camisa cansada, castellanos quejosos, un domingo de primavera. Cuando formulan la pregunta, nunca sé qué responder. Porque tampoco sé muy bien qué pensar. Quizá porque nada me importe. Pero a mis amigos, seríamos unos insensibles, nunca les niego la palabra honesta. Así que trato, dentro de la complejidad, construir un argumentario creíble, que tranquilice las dudas. Les digo que para mí el pregón es cosa nimia y nada interesante. Les digo que cómo en una sociedad en donde predominan los 140 caracteres de tuiter y el mundo audiovisual, el pregón aún mantiene un formato que se centra en la oralidad, en el discurso de hora y media, casi propagandístico, de radio de cretona y de sofá de escay revestido de punto -el resultado, natural: bostezos, distracciones, consultas al móvil-. Les digo, también, que aquello es un acto social, extraliterario, pues en la elección del afortunado –suerte, pregonero- prevalecen unos intereses clientelares, incluso personales, entre el Consejo de Cofradías y demás partícipes en el evento. Es una fiesta narcisista de ellos, para ellos, donde en unos hay vanagloria de qué bien hemos elegido y otros sueltan en un atril lo que se ha dicho hasta la saciedad, mientras un teatro –en el amplio sentido del concepto- llena un aforo cuyas entradas no están a la venta, al menos en su mayoría, en una taquilla, como en cualquier espectáculo, sino que se dan de manera arbitraria entre los mismos de siempre. Poco importa la ciudad; menos, la literatura. Y llegados a este punto, miro a mi amigo, quien me observa con cara de romano tallado por Castillo Lastrucci. Ahí pienso que por hoy es suficiente. Y que, por no quebrar costumbres, he dicho.

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Lo cierto es que el asunto no pinta demasiado bien. Como todos los años, claro, nada grave: esto de las cofradías es un bucle, monótono, cíclico, en el que todo vuelve, revuelve y se repite. Como la salsa del mantecado al güisqui de un bar con hipérbaton en su nombre –no damos más pistas- o como la noria de la feria. Decía que el asunto no pinta nada bien, ¿Cataluña?, no, algo más suave, respiremos un poco. Hablamos de la elección del cartel de este año, Consejo de Cofradías mediante. No quiero decir, para los Longinos de la causa capillita, siempre lanza en mano, a la defensiva, que no me parezca oportuno el nombre de Pepillo Gutiérrez Aragón para este propósito. Nada de eso. De hecho, esta venia es una defensa –nos ponemos en plan Batman con antifaz de ruán, ustedes disculpen- de su oficio. Esta venia, y lo que se considera que no pinta demasiado bien, señala al vacío que dejan en el bolsillo del pintor al que encargan el trabajo, reitero, el trabajo, del cartel de la Semana Santa de Sevilla. Pone las croquetas, pone los pinceles, pone el ingenio, pone el dibujo y no pone la mano. Mentalidad que deberíamos cambiar de una vez –llamemos a las hermandades del Martes Santo, que, al igual que aquel anuncio de Tecafil, tienen siempre la solución-. El Consejo de Cofradías, con tal de esquivar el incómodo asunto, dice que el privilegio de pintar el cartel es una contraprestación, que con eso, a ver, es suficiente. Nosotros, sin embargo, creemos que si una institución –hablamos de un Consejo de Cofradías, no de una Real Academia de Bellas Artes- es la que da prestigio a un autor, y no al revés, malo. Mientras tanto, mientras todo cambia, y se obra un milagro que ni el de Lázaro, seguiremos pidiendo lo nuestro. Que es lo vuestro, el reconocimiento a un oficio; oficio que todos disfrutamos.

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Ignoro el motivo, pero el capillita con cargo institucional –cuya proliferación es mayor, por asombroso que resulte, a la del capillita sin llave de la casa hermandad- tiende a la tragedia, al dramatismo, al acabose. No sé si será porque convive, ya sea en tabernas o en fotografías en el despacho, con la pasión de Cristo. Y claro, en este caso el hábito hace al monje. Puede ser una teoría, no lo sé. La cuestión es que de todo logra una sobredimensión de los problemas, una exageración de la circunstancia, una flagelación de cuanto acontece. Este temperamento tremendista aumenta de manera considerable al tratar una reforma, un cambio, una novedad, casi siempre insustancial, que varía lo que él haya conocido. Sucedió en la Madrugada, un problema de fácil solución –cambio de recorrido en las cofradías- que no prosperó, pues en el asunto se buscaron, más que soluciones, comodidades; en el peor de los casos, beneficios. Todo unido a ese previsible carácter reaccionario del capillita con cargo institucional. Pero cuando dimos todo por perdido, llegó el Martes Santo. Y trastocó, con su excepción, la norma del tópico. Al fin se da una propuesta, conjunta, con voluntad y ánimo –dos requisitos básicos para que prospere cualquier idea-. Sin embargo, al llegar el proyecto esta semana al Consejo de Cofradías, más cobarde que prudente, decide aplazarlo, estudiarlo: no sé si por temor a La Bofetá de las otras jornadas de la semana –café para todos, Saimaza- o por rendir homenaje a la cofradía que sale de la Universidad. Si bien muy aplicados ellos, la solución se sabe desde finales de junio: ¿no ha dado tiempo a estudiar sus aciertos y sus inconvenientes? Uno sospecha que es, una vez más, marcharse por los cerros del águila. Y así lavarse las manos, como Pilatos. No vaya a ser que la cosa, aunque esté peor, salga mal, y nos lluevan críticas. Que de llover en el Martes Santo, saben.

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La Milagrosa lleva su nombre hasta las últimas consecuencias, y así sucede lo que todos sospechamos: pretende obrar el milagro. El milagro de pertenecer a la nómina de las cofradías que van a la Catedral en Semana Santa. De entrada, por la Puerta de san Miguel, evidente, dos adversidades casi insalvables debe superar la propuesta, perdón, el milagro, que la cofradía ha dejado encima de la mesa del Consejo: la del espacio  y la del tiempo. Pequeños inconvenientes que limitan, que estorban, los quehaceres de la vida diaria, incluso nuestros sueños, qué le vamos a hacer. En cuanto al espacio, ¿dónde la colocamos?, y en cuanto al tiempo, ¿a qué hora la cuadramos? Las hermandades de víspera, aunque el interés económico y de prestigio social –parece que no es lo mismo salir y dar una vuelta por el barrio que ir al centro, a pesar de que todo es la misma ciudad- sea relevante, tendrán que asumir una realidad común: no hay sitio ni tiempo en el que introducir a una cofradía más. Tampoco estaría de más asimilar que por salir un Sábado de Pasión o un Viernes de Dolores no son menos hermandad que cualquiera que sale un Miércoles o un Viernes Santo. Pero no terminamos de enterarnos, o no terminan de enterarse. Aunque conozcan de sobra la realidad que acarrea el entrar con calzador, entrar por el hecho de entrar, sin mayor justificación: una hermandad perdida en el día, número de hermanos que no crece, recorridos sin público. ¿No suena la imagen? ¿A nadie se le ocurre ningún ejemplo? Pero allá cada cual con sus propósitos. O con sus milagros. Como el que nos prometió Juan Espadas cuando el tema de la Madrugada, el de las avalanchas y carreras, estaba aún como las calles que no hemos perdido: candente. “Bastante antes del verano tendremos perfectamente diseñado el dispositivo del 2018”, comentó en una reunión del pasado mes de abril, declaraciones que recoge Diario de Pasión, periódico digital en el que escribe el compañero Pablo Lastrucci. Entre unos y otros, no nos ponen muy difícil la práctica del motivo principal de la fiesta: queda claro que sin fe, en este mundo del capillismo militante, no vamos a ningún sitio.

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Cuánto describe el día del Corpus. Y no sólo en la víspera, en el balcón cuidado, en la música de las orquestas, en la opulencia de la plata decimonónica, en el gregario desfile de las corporaciones, de las instituciones, de las personalidades. Ahí encontramos descripción, nadie lo duda; pero es una descripción parcial, algo sesgada, abundante de impostura y de ficciones, válida para la literatura, pero no para la sociología. Si nos decantamos por sustraer el todo de una ciudad desde ese todo, erramos, pues su hechura es fantasmagoría, espejismo, distorsión. Como esas celebraciones, artificio y boato, que las casas nobles preparaban en los antiguos salones de sus casas, mudéjares, renacentistas. El día del Corpus describe a la ciudad, la completa, aunque de sus horas tengamos que tomar no sólo la mañana sino también la tarde, tiempo en que un calor sofocante y una jornada de fiesta mantienen a las calles en estado de soledad y de nadería. Cuando conozcamos ese estado, cuando valoremos su alcance y su medida, cuando observemos no sólo la mañana, también la tarde, seremos conscientes de cuánto de ciudad hay en ese día del Corpus. Y el modo en que este retrata. Si por la mañana todo es representación, simbología, ropas elegantes, canto, siglos, flores; la tarde será comercios cerrados, calles vacías, tiempo muerto, aires acondicionados, convencionalismos, nostalgias. En efecto, en el día del Corpus se sucede la manera en que la ciudad vive: pasajeras grandezas de unas horas, con su correspondiente ilusión, creernos que tal majestuosidad es regla común de nuestros días, y la perpetua decadencia, cuando todo se acaba, cuando no hay ya renta de mira lo que fuimos de la que tirar, cuando la banalidad de una ciudad provinciana se cuela como una luz impertinente por las sombras interiores de la conciencia. Y es esta última la realidad que nos acompaña, que nos acompañará, aunque supongamos, soberbios y autocomplacientes, que la excepción es lo que hace norma.

 

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Esta semana contamos con una procesión extraordinaria que nada de extraordinario tiene. O sí, según se mire. Si por extraordinario asumimos las cualidades que suelen reunir esas procesiones, y que acotamos, para entendernos, desde las etiquetas de efeméride convencional –cualquier celebración que se le ocurra al hermano mayor de turno para decir “yo hice esto”-  y de débil recorrido histórico con el que excusar esa efeméride –veinticinco, cincuenta, setenta y cinco años de tal en una fiesta de siglos no es historia-, esta salida nada guarda de extraordinaria. En cambio, si por extraordinario nos referimos a una imagen poco usual, cuyo hecho en la historia ha ocurrido en contadas ocasiones, y que tiene sentido, esencia y finalidad, un motivo de peso, como se suele decir, esta procesión sí es, al fin, extraordinaria. Hablamos, desvelemos el misterio de una vez, del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel. Talla de Montañés cuya figura evoca una apolínea convulsión, cuyo cuerpo es muerte, pero una muerte que constituye belleza. Como la mayoría de las imágenes que hoy tallan, perdón, fabrican. Por supuesto. Confesemos el cansancio sin que nos tiemble el pulso, como esas manos del capataz que toman el martillo y de un golpe, seco y conciso, levanta la parihuela de los pasos: las procesiones extraordinarias se asemejan a estas calores que bajan tensiones y provocan fatigas, sin duda agotadoras en número y en insistencia. Desde hace unos años, y sin contar pueblos y capitales cercanas, lo extraordinario es que no haya un paso en la calle durante el fin de semana, para gloria de frikis y de aburridos. Pero la de este sábado no tiene relación alguna con esos esperpentos, monótonos e inagotables, que todos imaginamos. Recordemos que Dios aprieta, pero no ahoga. No se pierdan el que sale del Santo Ángel.