COPE

Lo encuentras en la junta de gobierno, en el grupo de guasap, en el RT de tuiter, en los artículos de la prensa local, en la familia –esto último si no tienes demasiada fortuna-. Hablamos del nostálgico, del nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es aquel que considera que “lo sublime”, que esas imágenes que invitan a decir “qué gusto tan exquisito”, siempre forman parte del pasado o “del ayer”. El nostálgico hispalense en su modalidad cofradiera es partidario, o mejor, “amante”, de esos cielos que, según sus idealizaciones, van cambiando a un color más apagado en las tardes de los Viernes Santos, cuando todo queda como a él le gusta: sin demasiada bulla, “como era en otros tiempos”. Tiempos de los que no sabemos con exactitud cuándo, o dónde, si alguna vez aquello existió o es tan sólo consecuencia de su imaginación –un paseíto por fotos de otra época, para espantar tópicos-, de su interés por hacer de esta fiesta algo que tan sólo existe en su mente: ya puede ir Montserrat con una bulla de tres mil pares –la que suele llevar- por Castelar y por Molviedro que él dirá, cuando todo pase, que “qué íntimo aquello, qué cofradía más romántica”. Entre sus colegas lo llaman “el místico”, hasta hace cuatro años era “el rancio”. Y es que mucho pensar “en otros tiempos”, pero siempre la moda presente –eso es: presente-. Aunque lo que más disfruta –goza- el nostálgico hispalense es “la Sevilla oculta”, idea no de los líos de falda de conocidos dirigentes de las cofradías, sino de esos ritos que él apunta que están “perdidos”, que son “clásicos y desconocidos”, palabras que asocia a ese gusto por lo “sublime”. Y ya pudieron ser tiempos de carestía, de riadas, de guerras civiles, que eso no importa: nada como una buena nostalgia para recrear lo que queremos que suceda, y que nunca pasó. Ni pasará.

COPE

Uno aspira a contar lectores, no apóstoles –esos los tengo a dos minutos de casa, en Los Terceros-, así que reconozco placer cuando alguien me demuestra su disenso, que es el principio de un hecho casi siempre conveniente: el debate. Y si tal discusión es con mala leche, también con sarcasmo, disfruto el doble: al argumento hay que sumarle el humor. Híbridas de disconformidad y de sarcasmo fueron las palabras de un amable lector ocasional en relación con la última venia, la cual deberán de haber olvidado –y hacen bien-. Me dijo así: “Todas grandísimas preocupaciones que nos quitan el sueño a los sevillanos. Vaya chuminá de la Carlota (provincia de Jaén) de artículo. Ah, y puestos a hablar del dinero que desapareció de las mayordomías, empecemos hablando de Montesión, y el famoso decreto de don Antonio Domínguez Valverde, que Dios lo tenga en su gloria”. Un agudo interlocutor apuntó, en generosa lección de geografía, que la Carlota nunca estuvo en Jaén sino en Córdoba; yo, bastante más previsible, comenté que para no preocupar nada el tema, y ser una chuminá, bien que entendía la materia. Tras la conversación, reflexioné sobre un entrañable personaje cofradiero: el capillita que trata con sorna –incluso vergüenza propia- asuntos capillitas. Este ser es alguien que tiende a la distancia respecto de las cofradías pero que suele, extraño fenómeno digno de análisis freudiano, conocer toda la trama del drama. En él convergen el rechazo y la aceptación de la afiliación cofradiera: “Oye, ¿te has enterado de lo de Antonio Santiago? –Mucha tela, yo por eso cada día paso más de ese mundo…”. Desconozco qué ha pasado en Montesión, nada sé del “famoso decreto” de don Antonio Domínguez Valverde, y menos aún si Dios lo tiene en su gloria. Por ahora me quedo con este común individuo –él se cree especial, lo que le añade comicidad-. Si digo que está en misa y repicando, me temo que estoy en lo cierto.

COPE

Pienso en tanto lío de falda de tanto miembro de junta de irreprochable moral católica e incuestionable reputación entre semejantes. Pienso en las reventas de las sillas de la carrera oficial, incógnita de la que aún no tenemos despejada solución alguna sobre el enigma, qué ocurrió con aquello, quién se benefició de aquella triquiñuela, qué falló para que sucediese, si alguien supo lo que pasaba. Pienso, también, en los 20000 euros que desaparecieron en la hermandad de Los Gitanos, cantidad de ceros que el hermano mayor puso de su bolsillo para que allí se corriera tupido velo, decisión que no sabemos cómo llamar: de salvación o de cómplice. Pienso en las cámaras de seguridad –con megafonía, control de aforo- que el ayuntamiento tiene planteadas para la Madrugada de 2018, cámaras que, según el delegado del Gobierno en Andalucía, no estarán disponibles en las calles de Sevilla, pues el burócrata papeleo se ha iniciado tarde, y resulta imposible –cuentan- llegar a la primavera con el tinglado listo –donde hay administración, no manda urgencia-. Pienso en el cartel de la Semana Santa, en que no estaría de más pagar al autor de la obra, por aquello del trabajo, de las horas, del esfuerzo, esas cosas por las que se come, se bebe, se pagan las facturas. Pienso, nada de paja en el ojo ajeno, en las guerrillas de intereses del propio periodismo: el corporativismo –mal de esta ciudad- también se encuentra entre el oficio. Pienso en todo esto, y en lo que quedará por ahí. Pero sólo hasta que llega el diecitanto de diciembre. Pero sólo hasta que pasa ese segundo. Tan breve, tan inmenso.

COPE

Hablamos, el pasado jueves, del niñaterío que suele merodear en la Madrugada. Niñaterío de toda clase y condición y barrio y familia –retratos simplistas, ninguno-. Los veo: van ahí con su lote, con sus grupos en modalidad camada –salvajes-, al río, al puente, a las setas, también por la calle Feria o por donde más o menos, según hora, vaya pillando. Tomando aquel recuadro de Antonio Burgos “y sabes que la sorpresa / por todas partes te aguarda”, aunque en este supuesto no sea un nazareno con su lírica de túnica blanca, sino la pota o la pelea o los cristales rotos y las bolsas de plástico. Realidad menos poética que todo ese relato de la cera ardida y la Madrugada de Dios, sin embargo más verosímil, me temo que más exacta. Pero, aun así, la Semana Santa no es esa efervescencia de vulgaridades que algunos suelen ver, grupo de guasap y foto viral mediante, comentario superficial –medalla, abriguito largo- en los corrillos de los hermanos en un besamanos: “Es que no sé adónde vamos llegar, mira, mira, con su mesa, su sandía…”, “Lo de las sillitas es tremendo”, “Y coge y se pone ahí a comer pipas y me dice a mí que no se puede pasar, ¿que no se puede pasar?”. Tenemos, a pesar del drama manido, una fiesta en donde predomina tolerancia, buen comportamiento, razonable educación. Y si no, un vistazo, analogía, a la historia –prueba del algodón contra supuestos males modernos-. Ahí veremos niños en las canastillas de los pasos, cruces de guía abandonadas en las puertas de las iglesias, nazarenos –no niñatos- bebiendo en los bares. Incluso años en los que no se pudo, guerra, tiesedad, celebrar la Semana Santa. En efecto: menos latigazos en la espalda, aunque sí, aunque todo este embrollo, esta fiesta, sea motivo de penitencia.

COPE

Con estos fríos de diciembre, que tanto se prestan a las coplillas ripiosas de Miguel Cid y a la prosa preciosista sobre los cielos inmaculados, azules, que hemos perdido y tal y cual, nada mejor que entrar en calor. Con la realidad, si es posible. El inconveniente de entrar en calor con la realidad, más aún en esta ciudad tan dada a lo desconcertante, es que te deje helado. Por lo que estaríamos en el punto de partida en el que empezamos. Aun así, hagamos, de honestidad y convicción en nuestras ideas, el trabajo fino. De las tres reformas –cómo suena: reforma- que se plantearon tras la Semana Santa de 2017, se han cumplidos dos: la del Martes y la de la Madrugada. Reformas, en cierto modo insustanciales, sobre horarios, recorridos, callecita por aquí, cruce por allá. Ajustes que se nos presentan, pienso, modo tráiler o teaser, anticipo, para el gran cambio, la medida esperada, enigmática novedad: cómo será, seguridad y prevención y altavoces y vallas, la Madrugada de 2018. Aunque el alcalde Espadas nos dijera, en la primavera de este año, que antes del verano estaría todo culminado, lo cierto es que sólo sabemos rumores, informaciones aisladas. Concreción, confirmación, poca: de ninguna institución, menos aún de ese Consejo que siempre –ellos son muy tradicionales- se pone de perfil. He de suponer –quiero suponer- que para los próximos meses –enero, febrero- será presentado un plan para actuar –de nombre pedante y correcto y burocráticamente relamido- contra las avalanchas, las peleas y el mal ambiente que se da en esas horas en las que el lote de ginebra y el niñaterío autóctono hacen su aparición. Yo sólo espero –y creo- que esta demora en la concreción sea fruto de la exigencia, y no de la desidia. Pues de no ser así, seremos nosotros los que, sin duda, saldremos corriendo.

COPE

Con los años he perdido dos bienes, uno material y otro abstracto: pelo y vergüenza. Se lo comentaba el pasado sábado a don Eusebio León –quien vive en África, de los León de allí de toda la vida-, el día después de un tiempo nuevo en la sociedad cívico-cofradiera: tenemos acuerdo, aleluya, para las cofradías de la Madrugada. Tener acuerdos –donde digo “acuerdos”, leemos “horarios”- es sin duda un hecho que cualquier persona relacionada con ese microcosmos debería celebrar. No tanto por los horarios en sí, que eso en el fondo me da lo mismo, sino por ahorrarnos un trabajo agotador: tener una opinión efectiva y posible sobre el asunto. Estás en la reunión, en el bar, en la comida familiar, y de esto que, entre conversación y conversación, sale el tema de los horarios de la Madrugada. Y ahí se va, complejo de CECOP y concejalía de Fiestas Mayores, a proponer una oferta irrefutable. Dice el tópico que hay tantas Semana Santas como personas las ven, así que imaginamos la cantidad de propuesta-soluciones que nos hemos encontrado a lo largo de estos cuatro años de abrir Google Maps y ponernos como locos a trazar recorridos. Tanta exigencia es muy cansada, también incómoda, encima gratuita. Y no la podíamos soportar más. Así que gracias a las hermandades de la Madrugada por ponerse de acuerdo en esas cuatro o cinco horas, aunque para tal hayamos tardado cuatro años, aunque para tal estemos como estábamos, pues por lo visto el cambio, si no se cumplen los horarios, no sirve de nada. ¿Será que en lugar de los horarios, quienes debemos de cambiar somos nosotros? Esperemos entonces no cuatro años, sino la eternidad.

COPE

La Madrugada del Viernes Santo: único día del año en que vuelvo a casa a las nueve de la mañana sin arrepentirme de algo, sin vivir anécdota vibrante. Aunque, bueno, es cierto que la noche se está convirtiendo en una experiencia más emocionante que cualquier deporte de riesgo. En pura adrenalina, vaya: sabes cómo sales pero no cómo regresas –dicen que hay medidas para que no repitamos “la vivencia”, sintagma cofradiero de recurrente puesta pregonera, ya se verá-. Volvía el otro día a las nueve, no de la mañana sino de la tarde, a casa, tras ir al triduo de esa hermandad del Viernes Santo en la que de Madrugada, desde hace unos años, salgo. Iba con un colega ateo. Ir con un colega ateo a un triduo es una historia que todos deberíamos vivir alguna vez en la vida, como el atasco en el cruce del semáforo de la plaza de san Pedro o el papeleo burocrático del autónomo. Iba este colega mío detrás de mí, más Pokémon que colega, perdido, preguntando, escéptico, inseguro, nervioso. Aquello le era extraño, tan ajeno como una lengua balcánica o la fórmula de la Coca-Cola. “Bueno, qué, ¿qué te ha parecido?”, le pregunté al salir de la iglesia. Hizo gesto de mueca, labios arqueados de forma cóncava, elevación de hombros. Expectante, quedé en suspensión, momento-película-cámara lenta en el que el desenlace se hace esperar, no sabemos si por glorioso o por temor al ridículo. Y entonces, venga, sí, me miró. El veredicto, la conclusión: “Es una interrupción en el paradigma del mundo de hoy, pero para mí poco más”. Con la frase, mi amigo, que además de ateo es un poco cursi, dio en el clavo –hablamos sobre cofradías- de la cuestión. En estos montajes hay un ideal cercano a lo sublime que rompe con el esquema de la modernidad, tan dada, en cuestiones estéticas, al edificio gris y funcional, al pragmatismo, a la utilidad. Aquel altar de la hermandad de El Calvario era eso: una interrupción. Interrupción de lo sublime.

COPE

El ilustrado capillita, qué gran tema. Yo conozco a unos pocos, amigos, compañeros, que reúnen condiciones para hablar de ese personaje, escisión del ilustrado laico sevillano. El ilustrado capillita posee todos los tópicos del capillita al uso pero con un rasgo peculiar: considera, épico, que va contra todos los tópicos. Ir contra el cliché en esta ciudad es algo tan manido como el propio cliché, y con el añadido, acaso irrisorio, de ir contra algo que hoy día no existe, pues no es más que eso, un cliché, una idea preconcebida. Jugar a ser Blanco White en el siglo XXI es ir doscientos años tarde a la batalla. Pero los ilustrados capillitas, que me caen bien, que tengo amigos, siguen instalados en ese mito –no logos- de la sociedad progresista contra la sociedad sevillana cofradiera, una dualidad –esta palabrita para acercarse a “la esencia” sí que está vista- que ya no se da, pues por suerte vivimos en una sociedad mucho más heterogénea, moderna. Otra sospecha del ilustrado capillita es la de que las cofradías tienen algún tipo de poder social y político en la ciudad de Sevilla, algo así como una especie de iluminados que se reúnen en el subsuelo de las antiguas iglesias para influir en el pensamiento del ciudadano común o en las tareas de los plenos del ayuntamiento. Sí: viene Dan Brown y no lo mejora, tiene usted razón. Llegados a este punto discernimos entre el que tiene poder y el que se cree que tiene poder. El que tiene poder es el político; quienes se creen que tienen poder son las cofradías, las cuales usa el político de turno para darse a conocer y rascar votos de las túnicas. Ejemplos, de todos los colores: Torrijos y las medallas rocieras; Zoido y Serrano en las procesiones gloriosas, etc. ¿Ven estos nombres por algún costero o por alguna vara, ahora que no mandan en Sevilla? Ah, amigo intelectual. La política local saca rédito –desde los Montpensier así ha sido- del alcance social –no es lo mismo que poder o influencia- de las cofradías, y no al revés. Porque no es lo mismo mandar que hacerle creer a alguien, ingenuo, que manda.

COPE

Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

COPE

Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.