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Histórico, el adjetivo de moda en los eventos cofradieros. No hay titular del periodismo o comentario de barra de bar que no lo incorpore al discurso. El día en que se fundió el último candelero de la salida extraordinaria en el año extraordinario del mes extraordinario de un extraordinario día, histórico; el altar de cultos que los priostes montaron con motivo del quinto aniversario del estreno de la nueva madera de las trabajaderas de la parihuela de ensayo, histórico; la hora en la que Amparito, señorona siempre fiel a su mesa de estampitas y medallitas, limpió el polvo del tapete de ciertopelo, histórica; el pleno en que Sainz de la Maza se percató de que tiene el Caballo de Troya en casa y que no todos los males del Consejo emanaron de Bourrelier, uh, eso sí que es histórico. Todo es histórico, y lo peor es que cualquier excusa es suficiente para pedirle la mano al especificativo. Más aún desde que lo extraordinario es que no haya ninguna salida extraordinaria en la calle. A lo histórico le sucederá lo que a las coronaciones, que de tanto abundar, lo exquisito será no concederlo. Me huelo que en estos actos y celebraciones de las cofradías hay mucho de histórico y muy poco de necesario, que es como decir que nos inventamos la efemérides de turno para figuronear con la letra que cantaba El Barrio cuando se iba a Madrid: sin remordimientos. Y así nos saciamos, un poquito al mayordomo, otro poquito al teniente, otro poquito al diputado mayor de gobierno, de su jugosa ración de vanidad. Dicen que la fe mueve montañas, pero en determinados cenáculos capillitas es, en todo caso, el ego. Pero ya llegará la que sale el Sábado Santo para ponerlo todo en su sitio: a la historia y al capillismo. ¿La Soledad? No, La Canina.

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Del aire de Roma andaluza de Aquilino Duque en el siglo XX a la Roma triunfante en ánimo y nobleza de Cervantes en los primeros balbuceos del español universal, allá por el Siglo de Oro. Las comparaciones de Sevilla con Roma no han sido odiosas. A lo sumo, ociosas: más líricas que veraces. Pero ¿y las diferencias? ¿Nadie ha hablado de las diferencias? La principal es que Sevilla, en contra de lo que sucedía en el imperio, sí paga traidores. Y no digamos ya en el mundo cofradiero. Si no, que se lo pregunten a más de un miembro de la junta directiva del Consejo de Cofradías. Por eso uno procura rodearse de buena compañía, como la que pudo disfrutar el pasado domingo en la Virgen del Amparo, nombre que escribió Bécquer en una de sus más famosas leyendas. Ahí estaba Enrique Belloso, y mi hermano Javier Atienza, y Joaquín Domínguez, y Jesús Ríos, y Antonio Mavit, y Tarno, y Carlos Magariño, y Javier Abad, y alguno que otro que mañana me llamará diciendo que cómo se me ha olvidado su nombre. La Virgen cruzaba la Puerta de Triana entre unas palmeras con propósito de fuegos artificiales y el olor a carne industrial de la hamburguesería, ese dios del capitalismo posmoderno. El paso, con tiempo de péndulo, como un árbol frondoso, mecido por el viento de izquierda a derecha –sí, como Ciudadanos, pero ese es otro tema-, abandonaba el barrio de la Magdalena para marchar, la llamada muy cortita, a la calle Santas Patronas y al Arenal. Del Amparo a la Amargura de este fin de semana, y de la Amargura, en esa diferencia de días entre noviembre y diciembre que tanto se parece a una calle Feria del calendario, a la Esperanza. ¿O es que nadie se ha percatado?

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En este mes de altar de ánimas en la antigua parroquia, esquelas en el periódico y camposanto; en este mes de piel plomiza, muerte prematura de las horas de sol, atardeceres de color flor de talco en la delicada y transparente hornacina de los conventos, de los altos pasillos, casonas de la calle san Vicente y los días de septiembre como una piedad cayendo entre tus brazos. En este mes del tópico tempus fugit, cráneo y mitra, alegoría de Valdés Leal,  qué solos están, qué solos se quedan, casi alcanzo por la calle doña María Coronel, historias del Medievo, los primeros pasos de la otra leyenda: Maese Pérez. En este mes de difuntos, como Lázaro, volvió, mentira, resucitó, el Gran Poder. Poder de un reino que no es de este mundo. Yo lo vi en aquella mañana de domingo en la que la ciudad llevaba de la mano un silencio desgastado por los siglos. Lo vi como un incendio que nadie se atreviera a calmar, a apagar, a sofocar. No eran las calles del naranjo o estas otras de la tamborería, no eran las calles manoseadas por la pringue del cliché y la mala literatura, siempre tan predispuesta a surgir en escena, donde menos lo esperas. No. Allí hubo verdad. Verdad desnuda, sin atributos, sin mancha. Una verdad a la que nadie se acerca, pues su luz y su hondura ciega y causa vértigo a partes iguales. La verdad de la ciudad en otoño. La verdad de Dios en la calle. Una verdad tan absoluta que no admite la refutación, tan sólo la pregunta. Y yo me pregunto cómo hablar de lo que es infinito en un palmo de terreno. Cómo hablar de Dios cuando sale al encuentro de la ciudad.

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Si decimos que hoy Dios sale a la calle, es probable que no alcancemos, mejor dicho, que no midamos, la longitud, el horizonte, la altura, la dimensión, hasta el vértigo, de nuestro convencimiento. Hoy sale Dios a la calle, sí, pero hay mucho más. Hay otra interpretación, quizá mayor, en aquello que viviremos en una hora y media. Hoy sale una Imagen con la que podríamos definir un concepto de ciudad desde hace más de cuatro siglos. La Imagen del Señor de El Gran Poder no se agota en un credo o una fe, aunque en esto de la teología y la devoción popular sea imposible, bajo su nombre, ocupar más espacio. En estas categorías todo lo llena, todo lo logra. Pero irá, siempre, más allá. Porque no puede quedarse ahí, incluso cuando eso sea más que suficiente, más que necesario. El Gran Poder es una Imagen con la que se podría escribir a la ciudad de Sevilla desde multitud de enfoques, de ciencias, de ramilletes del pensamiento. Son la sociología, la literatura, la antropología, la historia, el arte, la política, la economía. Y es que El Gran Poder tiene reservado, en cada uno de estos nombres, un lugar propio. ¿O no se podría estudiar la historia de Sevilla, diacrónica y sincrónicamente, desde la talla de El Gran Poder? Pero aún hay adverbio en el verbo primero. Aún hay más. Y no es cuestión de gramática ni de morfología. El Gran Poder es una Imagen que articula a la ciudad de Sevilla. Incluso hasta en los que no creen en él, pues en la negación de estos hay algo de afirmación, de admitir la realidad de una Imagen como símbolo de un acervo cultural, o de una ciudad, claro. El Gran Poder es una devoción en la que cada uno de nosotros nos hemos buscado,  hemos acudido; en él nos encontramos todos, pues en sus manos, en su talón, está lo único que nos hace hombres, lo único que nadie nos puede quitar. Y eso es, cómo no, la palabra.

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Si alguien preguntara cuál es el enemigo de la Semana Santa en la calle, la popular y de masas, pocos dudarían la respuesta: la lluvia. La lluvia es la única cofradía que, como le dé por salir, jamás se quedará en casa. No divagamos aquí sobre lo que llueve en el mundo cofradiero, en sentido figurado. Si tomamos ese terreno, probablemente nos resbalaríamos. O perderíamos el total de lo ocurrido, dada la cantidad de eventos que se suceden en una sola semana. En la pasada, sin ir más lejos, pregonero y cartelista de las hermandades de Gloria y un responsable de comunicación con nombre de profeta: Moisés. Tiene guasa el asunto. Pero no, ya decimos que no, que aquí hemos venido para hablar de lluvia sin más intención.

Sucedió este domingo pasado, cuando la Virgen de Rosario hubo de quedarse en la Basílica. A causa de la lluvia, claro. Paseando, recordé aquella Madrugada de 2011, noche en la que todas las hermandades se quedaron en sus templos. Al igual que aquella Madrugada, el domingo salí a la calle, solo, que es como mejor se suele ir en estos casos. Y en esa lluvia que yo vi, en esa ausencia de cofradías en la calle, reafirmé un aserto que me enseñó mi maestro, Francisco Robles: “La Semana Santa es un estado del alma”. Lo cofradiero no depende, por tanto, de su concreción material, de que haya chunta chunta en las calles, para entendernos. Va más allá de todo eso. Es algo que llevamos dentro. Tan dentro que incluso lo vemos cuando no podemos percibirlo con los sentidos. Yo sabía que esa tarde estaba en la calle la Virgen del Rosario, como supe que saldría en aquella Madrugada la Esperanza Macarena. Y no sólo lo supe, lo viví. Sin verlo. ¿No es ese el fundamento de esta película? ¿No es eso la fe? Y toda esta elucubración tan barroca es gracias a la lluvia, quien comparte con Pilatos, en lo cofradiero, eso de ser tan odiada como necesaria.

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Se prodigan por estas fechas de octubre y de noviembre, también en los últimos días del mes de junio, cuando el ruido tachero tacherorá de las cornetas aún es un eco de nostalgias, como dirían los pregoneros de distrito y colegio profesional, mis preferidos. Son las elecciones a las juntas de gobierno, un relato complicado, un asunto que quema tanto como ese chorreón de cera que nos cae en la mano justo cuando llevamos más de un cuarto de hora de parón en la calle Velázquez, ¿o no, hermanos de El Calvario? Tema espinoso me está tocando usted. Unas espinas con las que más de uno se corona, todo sea dicho. Pero ni morbo ni peleas que acaban como el rosario, ya que estamos en su mes, de la aurora. De las elecciones a las juntas de gobierno me puede el humor. Es inevitable. ¿Qué me dicen de esas fotos, como de equipo de fútbol en el ascenso o gobierno en las escaleras de La Moncloa, con el photoshop de pluriempleado en los dos o tres candidatos ausentes en el evento, uniforme oficial patrocinado por blazer azulón S.L.? ¿Y de las presentaciones de la candidatura, con aire de Donald Trump? ¿Y de esos currículum perfectamente detallados, desglosados, punto por punto, en la página web? ¿Y qué hay de la página web? ¿Y de esas llamadas con los, apunto literal, colectivos de la hermandad? Campañas con sus lemas, sus vídeos promocionales, sus disputas y sus proyectos. En algo sí coinciden todas las candidaturas: en la unión de sus hermanos. Se presentan dos, dos, y los dos piden la unión de la hermandad. Ay, lo que se ha perdido el psicoanálisis. No digamos la politología. No digamos la sede de Ferraz.

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La Semana Santa es un compendio de elementos vinculados con las sensaciones y las emociones, un conjunto de significantes que podríamos resumir en tres: luz, tiempo, música. De todos, el primero se lleva la palma. Palma de El Cristo de Burgos, de La Lanzada o de El Buen Fin. Como prefieran. Y es que la luz siempre ha sido un recurso atractivo, dominante, para acercar la fiesta a la complejidad de los sentidos;  para dibujar, junto con otros, la atmósfera que la rodea y así servir a los ojos del lector aquello que en el recuerdo habita. Desde Luis Cernuda en su Luna llena en Semana Santa  hasta los artículos de Antonio Burgos en ABC, la luz ha sido una de las claves preferidas por los escritores para descifrar el enigma de la Semana Santa. Sin ir más lejos, el nombre de este programa, Candelería, es uno de los pasajes de Cruz de guía, libro de Manuel Sánchez del Arco. En estos días del otoño, contra todo pronóstico, uno intuye esa luz en la que tantos se apoyaron para escribir de Semana Santa. Pero con un matiz relevante: desnuda de todo tópico. Ausente de clichés. De la caricatura tras la que muchos viven, y bajo la que pretenden esbozar, con cuatro embustes ripiosos, a la primavera en Sevilla. Esta luz del otoño, tan fina y fría, posee más ciudad que otras de marzos y abriles. O al menos así lo percibo. Y no digo ya cuando cruce por el dintel de san Lorenzo, manos color de las hojas caducas, esparcidas en la plaza, la Verdad de las verdades. La que nos hace libres.

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Ni destituyeron a un capataz ni rescindieron el contrato de una banda. Así que no esperen del asunto gran difusión ni correveidiles en los grupos de guasap de los colegas de la tertulia cofradiera, del grupo joven, de la junta de gobierno. Aquí tan sólo se divulgó cultura en una parroquia mudéjar del siglo XIV, la de san Andrés. ¿Y la charla sobre quién? Pues Ortega Bru. Organizada por la hermandad de Santa Marta, en la mesa estuvo mi querido Manuel Jesús Roldán. Didáctico y lúcido, como siempre. Nunca seré partidista, pero sí partidario, y habrá que reconocer los méritos con adjetivos, el premio del escritor, ¿no? Pues eso, que sin ojana, el profesor Roldán apuntó a los asistentes un tanto que merece un minuto de reflexión: Ortega Bru fue un escultor que supo conjugar el canon clásico y el tiempo presente; en las artes, claro. Un hombre más de reforma que de ruptura. Un acento de gubia sin pastiches ni malas imitaciones. Una tercera España, un autor de síntesis en el pensamiento y en la ejecución, a lo Chaves Nogales, si hablamos de literatura. Una apuesta por la obra original. Dicen que quien no tiene padrino no se bautiza, pero en Sevilla, y más en las cofradías, será quien no tiene bando. Y Ortega Bru fue un hombre libre de etiquetas. Como Roldán. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? Pues la incomprensión, la indiferencia de sus coetáneos. Los mismos que diluyen charlas como estas en la destitución de aquel capataz o en la rescisión de aquel contrato con la banda, atasco en según qué casos, de turno.

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Cuando la vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos me acorde de eso que Sthendal propuso como fundamento del relato literario: “Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino”. Al escritor que uno intuye dentro de sí le sucede lo mismo con las cofradías. Hay hermandades que son un espejo en el que te retratas. O te retratan. En estas descubres tus años de adolescencia, en esas los de madurez, en aquellas los de la infancia. Los tiempos de la persona, que es como si dijeses todo, vaya. Con la Virgen de la Paz me adscribo al último tiempo, que es el primero: el del niño. Esa patria del hombre. La vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos como el verso de Juan Ramón: pura, vestida de inocencia. La blancura del magnolio cernudiano que diese colores de lecturas en las primeras noches de la pubertad. Yo quise, bajo ese palio casi de claridades, tan blanco, como si de un sobre se tratara, enviar en él envuelto esta breve nota que hoy redacto, tarde de septiembre tan lejana a la del Domingo de Ramos que nos espera. Mucho más aún de los Domingos de Ramos que se fueron. Hay cofradías que pasan delante de ti y son como el espejo que imaginó Sthendal para explicar el sentido estético de la novela. Y en ellas me observo. Y en ellas me reflejo. Y en ellas, justo donde otros ven tejidos y coronas, me arde el recuerdo, al igual que la cera en la candelería, de la memoria de mis padres cruzando el Prado, conmigo de la mano. Que ya daban las dos en el Parque de María Luisa.

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Más de moda que una magna. Está el ir a votar en las elecciones, los politólogos en las cadenas de televisión, cazar Pokémons y acudir a las magnas. Por ese orden van las tendencias de hoy día. ¿Acudir a mangar a dicho usted? No: acudir a la magna. Aunque aquello también. Lo que no está tan en boga, con lo que prometió el asunto, es el nuevo Consejo de Cofradías. Por ahora sólo han decidido las fechas para ver qué cartel, pregonero y tal se eligen. Algo así como cuadrar los presupuestos generales del Estado, pero al cofradiero modo. Lo tranquilo que duerme uno cuando se entera de que ya hay día para nombrar pregonero, ¿verdad? La vida se ve de otra forma. Sin embargo, el punto que nunca aparece reseñado en las agendas de la calle san Gregorio es el de las sillas de la carrera oficial. Sí, lo de las reventas. Trama que quedó resuelta en un par de reportajes en Cuaresma, y eso que el relato venía pidiendo, como mínimo, novelón. ¿Qué fue de esta historia? Pues silencio. Pero no el silencio de la Plaza de Toros del Arenal ni el silencio en el que al fin tendrán voz las mujeres. No. Es un silencio sin tanta lírica pero con inmensas verdades en esta ciudad: el cobardón. ¿Nadie piensa explicar nada, ahora que tanto bombo y platillo de agrupación musical le iban a dar a la comunicación? Me temo que habrá que seguir investigando. O abrir un referéndum. Eso sí que está de moda.