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El informe de la hermandad de El Gran Poder, en donde se escribe la Madrugá según el evangelio de los diputados del Señor, ha retratado a sociedad y a política, si es que alguna vez fueron ámbitos opuestos o distantes. A la sociedad, por cumplir sin titubeos con el que debiera ser el compromiso de una ciudad en relación con sus asuntos públicos cuando estos merecen debate, pues de un modo u otro necesitan de atención: hablar, siempre que se sostengan hechos veraces, contrastados y argumentados, sin miedo. Por otra parte, a la política, y en especial a Juan Carlos Cabrera, quien apuntó la pasada semana que él no era partidario de que cada hermandad sacara sus conclusiones personales. Se refería al informe, ya público, de la hermandad de El Gran Poder. Cabrera, hombre astuto, invierte o juega con las palabras para presentar un contexto no como es, sino como a las instituciones les convendría que fueran. Si no es la intención, a tal nos lleva, según sus palabras y nuestro juicio crítico. La clave es el sintagma “conclusiones personales”. Cuando se habla de “conclusiones personales”, la mente del sevillano medio lo asocia con “opinión”, es decir, con “pienso esto porque me da la gana pensarlo, y en el terreno de las subjetividades, del por mi cuenta”. Sobre este parecer, la hermandad de El Gran Poder presenta un informe en el que redacta “sus visiones”. Pero no es así, pues no son “sus conclusiones”, sino hechos, un leve pero contundente matiz. Hechos objetivos, motivados y, unidos al testimonio de los tenderos de la calle Arfe, contrastados. El sospechado interés del poder público, leídas sus declaraciones y analizadas sus direcciones, en que se mantenga, sobre todo en el ruido de la charla informal, un único relato, relato cuya fuente es este poder público, levanta inevitables suspicacias. Aunque no sea el ánimo con que acordamos la cuestión.


 

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Calma la tarde su oleaje de luces pardas, y pícaro lo plagia el bamboleo, leve, manso, aireado, de las aguas del río en sus márgenes, río con figuraciones de otra edad, no sé si ciertas o ficticias: pareciera que por él cursa, que por él se vertebra, las aspiraciones del liberalismo, el aperturismo de Blanco White, el trato de riquezas lejanas, de transacciones de cualquier mundo. Estos intercambios, estas “operaciones”, ahora estarán sucediendo en Nueva York o en Dubái, al igual que sucedieron en los mares del Mediterráneo o en el Nilo, en Roma o en Egipto. Y sobre este río, sonoras y fugaces palmeras, fuegos, anuncian la misa de ocho, misa templada, sosegada, acaso suspendida de estos atributos cuando canta la muchacha del coro, el conjunto de voces al son de la guitarra, canciones populares, estribillos sentimentales, coplas y letrillas que son herencia de las serranillas medievales, de las letras de las lenguas mozárabes. Aunque fuese la parroquia conquista de una estirpe castellana, lo fugitivo, como escribió Quevedo, permanece y dura. Fugacidad del sonido de los cohetes; fugacidad de las letras que este coro entona y que en la bóveda, humedad y frescor de puerto, se pierden. Y en contraposición, la quietud. Quietud de la luz en la vidriera de la parroquia, quietud de la corriente de las aguas, quietud de las horas del sesteo, sopor y digestión, por Palacio y Villamanrique, quietud de la memoria cuando recuerda otros años, otros nombres. Fugacidad y quietud, eso es. Eso es este Rocío que toma camino, trote, por la certeza de la experiencia, saber lo que viene, y por el Condado de Huelva –La Palma, Rociana- y las dunas de Doñana –Sanlúcar-. Eso es este Rocío que celebra novena en Triana. En un par de sílabas, la humanidad y su historia. Por si alguien diese más.

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La prosa funcional de la burocracia se impone al relato narrativo de la imaginación, de la conjetura de una ciudad. Nada que refutar ni que objetar, salvo que en el lenguaje de los primeros, más que argumentos, hay convicciones; es decir, ausencia de razones que, sin embargo, motivan una conclusión. Cuando una ciudad se deja llevar por el discurso de la literatura –ya sea en la política, tan frecuente, como en otras facetas de la vida común-, conviene calmar las emociones. Nos lo enseñó Núñez de Herrera, quien nos advirtió de los peligros de un exceso de lírica en la interpretación de un municipio, que es historia, poética y cultura, cómo no, pero que también adolece de desigualdad, de paro, de deficiencia en el transporte y esas cosas. Desde los juzgados, determinan que en las avalanchas y carreras de la Madrugada no hubo premeditación ni pretensiones incendiadas de ideología y que todo se debe a una pelea puntual que propicia una histeria general en las calles de Sevilla. Un manifiesto idéntico al de la policía. Cuando todo era reciente, tanto el ayuntamiento como el consejo nos invitaron a que dejásemos trabajar a las autoridades en la investigación (sic). Y así lo hicimos. En parte, claro. La totalidad de la propuesta solo garantizaba orfandad de nuestro deber. Así que mantuvimos distancia respecto de la investigación de la policía, como no puede ser de otro modo, pero sin renunciar a la que nos permite nuestra conciencia. Ahora que todo parece concluir, tenemos: detenidos, una tesis que se mantiene tanto en la comisaría como en el juzgado –tesis que por cierto desmienten los propietarios de los comercios en donde sucede la pelea- y dos incógnitas aún por despejar: quién y por qué. Indican desde la investigación que la ideología no es la causa ni la excusa que vertebra una organización. Jamás lo dudamos. Pero eso no es sinónimo de ausencia total de un porqué. Algo habrá. De todas las posibilidades, inclinamos la vista a lo que Guillermo de Occam nos inculcó allá por el siglo XIV: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Y lo más sencillo es pensar en que nadie supo qué pasó, y que con tal de no reconocerlo, recibimos humos, nimiedades y teorías en donde abunda, como hemos dicho, más la conclusión que el argumento. No digamos la convicción.

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Este mayo que ha venido con anuncio de sus primeras luces, calores picosas, soles de idéntica intensidad al sabor de las tapas de caracoles; este mayo en que en la parroquia preparan, los jóvenes, altares de vírgenes antiguas, sayas de siglos cuáles y mantones en las barandas de los pisos; este mayo que descubre, ¿que descorre?, toda una connotación, toda una evocación, del tiempo del verano, abanicos en los veladores de un domingo por la tarde, la frescura del mármol en las calles estrechas, donde suenan televisores con el programa de sobremesa, con el partido de fútbol, eco de los platos enjuagándose en el fregadero, las labores domésticas, el perro que ladra por la azotea, el zumbido de la naturaleza y de la industria, del paisaje y de la manufactura: la chicharra y el aire acondicionado. En este mayo, en esta descripción de mayo, que es solo excusa para la literatura, para su verosimilitud y sus ficciones, con la distancia y la frustración que siempre acarrean, incluso con el fraude, encuentro la misma imagen. La imagen de los niños. La encuentro en cualquier plaza cuyo nombre, casi seguro, aún desconocen. Como desconocen esa cruz de la que emanan flores de papel y faldones artesanales, sonidos de tambores arrítmicos, ¿qué necesidad de perfilar la armonía, si ellos son la inocencia? La inocencia de no saber que son la inocencia. Y así discurren, llevando el peso de un símbolo cuyo nombre pronuncian pero lejano les queda. Como a mí me va quedando, del mismo modo, el suyo. Su memoria, su emoción, su historia, su impulso. Acaso compartimos soles, calles, lugares, horas. Pero nada es lo mismo: de todos soy, al contrario que estos niños, deuda. De todos soy la conciencia de esa cruz que ahora, delante de mí, y llevada por ellos, pasea.

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Leo en la prensa que han detenido a los dos implicados en la pelea de la calle Arfe. Sí, la que originó, según la investigación de la policía, las avalanchas de la Madrugada del 2017. Parece que ya tenemos consecuencias, aunque nos las vistan de causas: no nos olvidemos de que los comercios de la calle niegan que una pelea originara las estampidas en el Postigo. Por tanto, por ahora tenemos detenidos, detenidos que pudieron provocar un conato de pánico, sí, pero que en ningún caso cierran los sucesos de la Madrugada ni concluyen las dudas que nos aguardan. Entre la multitud de preguntas que aún no tienen respuesta, enumeramos las siguientes: ¿por qué hay teléfonos móviles que registran llamadas en Dueñas y en la plaza del Triunfo a la misma hora, llamadas alertando de carreras? ¿Lo podríamos fundamentar con el argumento del efecto dominó? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué hay varias carreras en una misma calle y en horas distintas? ¿A qué vienen los cantos de reminiscencia musulmana en varios puntos de la ciudad y con testigos que corroboran los hechos? ¿Por qué en uno de los vídeos que suben a Youtube, en Reyes Católicos, se aprecia a una persona arrojando algo, cualquier objeto, con el brazo y, en ese preciso instante, la masa se aparta y corre? Que haya detenidos es un avance respecto de otros años en los que nunca supimos no solo qué paso, tampoco quiénes estuvieron detrás, ya sea causas o personas. Pero este avance no debería satisfacer las explicaciones ni concluir cualquier tipo de interrogante. Sobre todo porque, de lo contrario, tan solo nos quedará la sensación de impunidad y de no saber, desde las administraciones, cómo afrontar situaciones similares. Es más, como bien indica Rafael Roblas, si esto sucede sin premeditación, ¿qué esperamos cuando haya una organización? Pues que estaremos, otra vez, vendidos. Ah, y para propaganda, nos basta con la de los veladores.

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Quienes hemos leído algo más que los boletines de una hermandad, conocimos, en la adolescencia, el famoso comic de Alan Moore y la repetida frase de George Orwell; frase que bien podríamos aplicar a cualquier faceta del periodismo, esa búsqueda perpetua de la verdad material. Búsqueda que no descansa, aunque por ella nos llamen morbosos y nos envíen descalificaciones que, con frecuencia, descalifican más al que las enuncia que a aquel que las recibe. Ni Moore ni Orwell fueron becarios de pregonero en un colegio de enfermería ni dedicaron su vida a hablar de candidaturas de juntas de gobierno en las teles locales, de ahí que acaso no suenen, en algunos corrillos, demasiado. Pero hoy aliviaremos olvidos e ignorancias. El primero dijo que las palabras siempre conservarán su poder, pues las palabras hacen posible que algo tome significado y, si se escuchan, enuncian la verdad; el segundo apuntó que si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. Sobre la palabra y la libertad, me temo -sin autoridad- que los dos ejes del periodismo, vamos a hablar de las avalanchas que se dieron en la Madrugá del Viernes Santo en Sevilla. El relato oficial nos cuenta que una pelea en Arfe desencadenó un efecto dominó que llegó desde la plaza del Triunfo hasta la calle Dueñas. Para asegurar esta tesis nos hemos ido a la calle Arfe y hemos preguntado -¿qué ocurrencia, cierto?- si vieron una pelea en torno a las 3:45h de la mañana y si esa pelea provoca una estampida. En uno de los comercios –justo enfrente del bar donde sucede la pelea- nos afirman que sí, que es cierto, que esa pelea ocurrió, pero que no desató estampida alguna; esta llega a las 4:35h, al paso de Jesús de El Gran Poder. ¿De dónde viene, según marca la llamada que Paco Robles hizo a esta casa, una estampida a las 4:11h en la plaza del Triunfo? ¿Por qué a esa misma hora hay una avalancha en la calle Dueñas? ¿El efecto dominó es también, como Dios, ubicuo y omnipresente? Las palabras y los hechos, cuando discernimos en libertad, tienen un inconveniente, y es que con ellos averiguamos realidades. Y la realidad de esa Madrugá es que, por ahora, no nos cuentan qué pasó. Cabe precisar que dogmas de fe, en esa semana, ya tuvimos los que necesitamos.

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Todo un siglo XXI ha llegado a las cofradías. Para que luego digan que esto de la cultura en la religiosidad popular es algo de otra época. Esta pátina de actualidad la pudimos comprobar el pasado fin de semana en dos hechos, días seguidos, sábado y domingo. La primera huella, el primer indicio, se sitúa en La Alfalfa; el segundo, en el Maestranza. El del sábado lleva nombre de cofradía pirata, asociación que no tiene por reglas la novela de Stevenson ni venera a David Jones, sino a la imagen de todo lo que somos; no adoran ni Cristo ni Virgen, más bien al tiempo en que vivimos. El del domingo, hecho más relacionado con la palabra que con la imagen, se centra en el discurso del delegado de Un Montón de Cosas, entre ellas Fiestas Mayores. ¿Que por qué esa cofradía pirata rinde culto al tiempo en que vivimos, y no a una imagen? Porque todo lo que allí merecía la atención de integrantes y espectadores,  aunque fuese representación de la trascendencia, fue banal, accesorio; del tallado del paso –cuya artesanía no pasaba de juego- a la calidad de la talla. Todo en el cortejo fue recreación, apariencia, como cualquier vida de los nuevos profetas de hoy día: los influencers. No hubo verdad, sino simulación de la verdad -¿habrá algo más actual?-, y de ahí el relativismo, y de ahí, ya que nada importa, todo vale: esa talla, ese cortejo, ese paso. La segunda prueba fue el populismo en el discurso del delegado de Fiestas Mayores, quien se atrevió a decir que no sobra ninguna cofradía. Menos mal que está la hemeroteca, oráculo de escépticos, para calmar emociones: el pasado mes de junio, 2016, el ayuntamiento “hacía un llamamiento a la autorregulación a la hora de pedir policías para cubrir procesiones”. Cabrera fue, por un instante, el Laclau que guía el repertorio de algún que otro movimiento social, tan de moda. Pero todo se olvida en cuanto entramos en la capilla de Jesús de la Pasión. Capilla en donde Pedro Domínguez, quien sí que está viviendo una víspera, quiso compartir su meditación. Un texto que nos enseñó que hay ausencias que todo abordan. Ya sea en el vientre de una madre o en la emoción de los oyentes. Ni que decir tiene que allí sí se paró el tiempo.

ROMANCE A UN ROMANCE COFRADIERO AFECTADO DE RIPIOTITIS*

-Doctor, ya llegó el paciente,

lleva un rato en la salita.

¿Le digo que pase ya

o le saco las revistas?

En cuanto oye las palabras,

se adecenta la camisa.

Se viste bata blanca,

se peina la coronilla

resopla, vamos al lío,

y estira las pantorrillas.

-Que pase, diga que pase,

muchas gracias, Margarita.

-Es ella la secretaria,

quien le concierta las citas-.

Se dirige hasta el paciente,

mirada amable y sonrisa.

-Discúlpeme, caballero,

le espera el doctor Macías.

La consulta de la izquierda,

sí, detrás de las plantitas.

Qué blancura de pasillos,

qué impoluta está la clínica.

De cuidada y de arreglada,

de inmaculada y de limpia.

 

-Tome asiento, por favor,

¿qué tal?, el doctor Macías.

¿Qué le sucede?, dígamelo.

Cuente cuáles son los síntomas.

-Pues doctor, desde hace meses,

tengo fobias a las rimas.

Desde que empezó Cuaresma,

desde que empezó las vísperas.

Y tengo miedo a la calle,

colegios de enfermería,

a tertulias cofradieras,

no digamos a capillas.

Es que es ver un concejal

y me tiembla la mandíbula.

Es que es oír una banda

y mire cómo tiritan

las muñecas y las piernas,

los hombros y las costillas.

¿Delegados del Consejo

sentados todos en fila?

¿Un chaqué con un atril?

¿Abogados con gomina?

¿Pena / suena / Macarena?

¿La mantilla con Sevilla?

¿Me muero con costaleros?

¿Y divina con espinas?

¿Ese buscar el aplauso

con un chilla que te chilla?

No puedo, doctor, no puedo.

Es que son cuarenta días

soportando estoicamente

lo que nadie aguantaría.

Usted es que no lo sabe,

es que usted no se imagina

lo que algunos consideran

o entienden por poesía.

 

El romance está tumbado,

y tiene la mirada ida.

El doctor, mientras, apunta,

medita y traga saliva.

Tras pensarlo unos minutos

le receta las pastillas.

 

-Usted padece, romance,

ripiotitis agresiva.

Evite hermanos mayores,

colegios de enfermería,

ateneos y tertulias,

y deje pasar las vísperas.

El domingo de pasión

la tele está prohibida.

Y ya verá cómo sale,

y ya verá cómo olvida

tanta décima ripiosa,

tanto ripio en cada rima,

tanto poema repipi,

tanto grita que te grita,

tanta pena / Macarena,

y divina con espinas,

y muero con costaleros,

y mantilla con Sevilla.

*Inédito en la radio. Lo dejamos fuera de la serie, del conjunto.

ROMANCE A LA TRASERA DE UN PALIO

Algo suma esta distancia
de vértigo, plomo, peso.
Tan medido, tan pausado,
tanto de tono y de acento.
Platas y costuras suenan
tras un fluir de nazarenos.
Sedas, tules orientales
sanan el puñal de un pecho.
Equilibrio de sentidos
que al aire saben suspensos.
Roma, Bizancio, Londres:
idioma de antiguo imperio.
Y este todo de absolutos:
músicas, calles, inciensos.
Gravedad de sus contornos
elevados, tan intensos,
que en la memoria elaboran
precisiones del recuerdo.
Acaso ideas, verdades,
contemplaciones, bosquejos.
Cómo emigran del ayer,
cómo salvan ya del tiempo,
imágenes, tactos, gustos,
nombres, paisajes, conceptos.

Los altos muros enuncian
sombras de un palio, de un cuerpo
que prende de lunas cálidas
por Castelar y Molviedro.
Ropas de astros. No: de cosmos.
Profundo enigma disperso
en la concreción del tú,
en la vaguedad del ellos.
Asume flautas y tubas,
y al paso van descendiendo,
ya de lejano, acordes
últimos de este concierto
en el que pronuncian voces,
y afinan dones, vencejos,
multitudes, peticiones,
días ociosos, cortejos,
anonimatos, ausencias,
artesanías, deseo,
calores, salves latinas,
mitos, logos, ojos, fuegos,
ceras, teles, campanarios,
horarios, terciopelos.

Es de incógnito esta cifra
que desnuda el segundero.
¿Quién podría descifrar
los nombres de este momento?
Abundar, sin conjeturas,
sin márgenes, todo aciertos,
al instante que, de claro,
ciega palabras al hecho.
Cuánto de fugaz retrato,
cuánto de cómputo eterno,
este palio que se vence
a los dictados del tiempo.
Que ya se pierde, cadencia
y célebre, tras lo ajeno.
Que distante deposita
su vibrar en tus adentros.

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Es inevitable por su propia condición, y una redundancia apuntarlo, pero cabe precisar que toma verdad el tiempo. Verdad de paso, de evolución, de transformación, de sucesión; pues claro, de qué si no. Su dialéctica de meses muda de la introspección del otoño y del invierno –donde acaso la ciudad es más cierta- a la explosión de los sentidos de marzo y de abril. Aunque su relato de seducción no descansa, suponiendo que las ciudades aún conserven estos dones, es en estos días cuando todo se desborda, asumiendo los riesgos y celebrando los aciertos. Un equilibrio del que no siempre se escapa con prudencia, con medida, con moderación. Si no, veamos los bares y los comercios, la industria cofradiera y los noticieros sobre la Semana Santa: todo es proliferación y abundancia, excesos y rumores, actos e imposturas. Pero lejos de toda esa acústica, de ese eco sin mayor cuerpo que el de lo efímero y el de las vanidades, los escaparates, acontece una realidad de belleza, de emoción, de hondura. La vemos en la preparación de la fiesta, en el cuidado de los priostes, en la dignidad del oficio anónimo, tantas horas dedicados a la perfección, a la preocupación de que nada falte, de que todo salga como merece: que si el altar de insignias, que si la fundición de la cera, que si la rectitud y proporción de esos faroles. Todo se asemeja a la santa voluntad de Kant: las cosas se hacen porque es correcto hacerlas, no por otras inclinaciones o intereses; no por ánimo de estar, sino de ser; no por ganas de aparecer, sino de contribuir. Y esa es la razón, práctica, supongo, de la fiesta. Razón que se percibe en este tiempo que toma verdad. Un tiempo que se queda, a su vez, como la subida del Cristo, el que en estas semanas vemos en la intimidad de los templos: suspendido.