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Ajena al soniquete de la Sevilla de gala cofradiera-endogámica, a las crónicas de pregones que son retratos tópicos de ideas cursis –de serie, relamidas, planas, atorrijadas- de una fiesta heterogénea y poliédrica; ajena al monólogo de la columna viral, tan pobre en su reflexión como incendiaria, panfletaria, en el tono –éxito de masas asegurado-; ajena, en fin, a tantas nimiedades –de gente que se cree algo- que constituyen el acervo, diremos ecosistema, de la Semana Santa. Así viene Rocío Plaza, investigadora sin vanidad académica –a ella la leen-, erudita sin pelmazo, excelencia de cosecha propia, tan discreta, elegante e inteligente; así viene con su último libro “Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla”, editado en El Paseo, que es decir querido David González. Del ejemplar, aquí en la mesa, podríamos citar multitud de capítulos –hay algo de novela, de relato-, pero nos quedamos con una de las ideas principales, extraída de aquellos: vivimos en la mejor Semana Santa de cuantas hemos conocido. No hay más que comparar los conflictos que antes sucedían con los de ahora; no hay más que cotejar, entre otras tantas circunstancias, lo institucionalmente asentadas que están las cofradías en la sociedad sevillana de hoy en comparación con la de aquellos años, el público que convocan, los medios que las atienden, la gente que, incluso, vive de ellas –cofradías sinónimo de mercado-. Así que si alguien, charlita distendida, pescao frito, casa hermandad, os viene con la matraca de que esto no tiene solución, de que esto ha tomado un rumbo que no veas, regaladle el libro de Rocío Plaza. Para que aquella persona comprenda –algo casi siempre saludable- la realidad de la fiesta que vive; para que aquella persona entienda que su crítica, más que análisis de un hecho, es toma prestada de cliché, demostración de entrañable ignorancia.

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En un asunto difieren tanto el conservador capillita como el indie cofrade: el modo de entender la religiosidad popular. Mientras en el primero ubicamos rechazo de aquello que suena a folclore, cultura popular -casi todo lo que salga del credo oficialista es culto a la sospecha-, en el segundo atisbamos aprobación –y defensa de dogma alternativo- de que esto de la Semana Santa es un “hecho social total”, la sabida definición de Isidoro Moreno, a quien toman por predicador, por profeta, por apóstol de su idea underground de las confesiones locales. El pasado viernes, en la charla, en ese diremos clásico ejercicio de la mesa redonda de la casa hermandad, escuché a quien decía que “todo esto” –hablaba de que cada vez hay más gente en el tramo y menos en el banco de la iglesia- empezó cuando algunos –no especificó quiénes- vieron con buenos ojos lo de “las cofradías se pueden entender desde otros puntos de vista”. Yo intuyo, sin entrar en ese previsible género del indie cofrade, que claro que se puede entender la Semana Santa “desde otros puntos de vista”, como se puede disfrutar de la mezquita Azul de Estambul sin ser musulmán o de un poema renacentista sin haber conocido destierro en Nápoles. Es más: veo conveniente el hecho de que la Semana Santa sea “también” esos “otros puntos de vista”: el ensayo, la pintura, la escritura, la estética. Al igual que esos “otros puntos de vista”  formen parte de “la religiosidad”, pues también la constituyen. De no ser así, de obviar “esos puntos de vista”, nos veremos simples, básicos, superficiales; es decir, como nos ven los amigos que discuten nuestras creencias. Unas creencias que, de un modo algo torpe e integrista, tantos dicen –presumen- defender.

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Edad en la que nada más cómico –irrisorio- que estar serio –amargado-, pues ya se han abandonado del melodrama, de la preocupación accesoria –incluso de las principales-, de esas cosas insustanciales que a nosotros –jóvenes e ingenuos- nos aprietan la existencia pero que nada importan, que son todo prescindibles. Eso lo saben ellas, tan sabias, evidente, que tanto han pasado y de tanto han salido: la necesidad, la España adversa, la familia numerosa, el amor de siempre, ese al que hoy tanto echan en falta en este besamanos de su Virgen –ay, suspira, al ver la Imagen, que ahí está él, que no se ha ido, que está con el vestidor, a las tantas de la mañana-. Yo las veo sentadas en la mesa petitoria, que es una cosa con muchas medallas, muchas estampitas y muchas monedas. Las veo en grupito, compartiendo confidencias y bromas pícaras, discretas e inocentes, presumiendo de yerno, que es no sé qué en inglés –una cosa mú rara- allí en Madrid, y que tiene sucursales –niña, sucursales- por no sé qué sitios de medio mundo. Con algo de María Teresa Campos, con algo de Clara Campoamor, van las señoras de las cofradías en esta mesa petitoria que no es tan petitoria como camilla: ellas están como en casa. De hecho, lo más probable es que esta hermandad sea más propiedad que todas las cosas suyas con papeles y con notarios. Esas que levantaron, qué de fatiguitas, a base de ingenio y de dolores de espalda –de cabeza-.  A ellas me acerco hoy del modo en que me acerqué el pasado domingo, atravesando la bulla de la parroquia, las caras de siempre, los íntimos desconocidos de esta ciudad en sus domingos de marzo. A ellas me acerco, y si allí les dejé un eurito y toma, niño, esta estampita te la regalo, hoy les dejo las gracias. Las gracias por esa estampita. Y por casi todo.

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Aunque aquel asunto se resolviera –final feliz- hace muchos años, fui al viacrucis de la hermandad del Santo Entierro con gabardina beige, evidente uniforme preceptivo para estos casos, halo de inspector de policía o de brigada secreta contra los criminales. No sé si confundido con el inspector Gadget o con la espía Mata Hari, un buen conocido se acercó al tímpano de mi oreja y me dijo -efusividad de la que jamás presumiré un domingo por la tarde o cualquier día de la semana antes de las diez-: “Gragera, esto ya está aquí”. Al terminar la frase se marchó y, como en el poema de San Juan de la Cruz, aquello me dejó sin gemido. Qué desconcierto, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”, repetía mientras otro buen amigo me contaba su jornada dominguera, la cual dio comienzo con una tortura cívica: una maratón. Pasaba el cortejo de hermanos con cirio y este amigo me narraba los hechos con precisión de novelista decimonónico: ahora los tiempos, ahora los cronómetros, ahora malos momentos, ahora las fatigas, ahora los sudores, ahora la tensión en los músculos. Cabe decir que me entraron ganas de parar el andar del paso y pedir otro semejante para este colega mío: ¡una camilla –urgente- para este hombre! Y es que sólo de oírlo me entraron sudores fríos. Los mismos que tuve durante la tarde –ya casi noche- mientras volvía a recordar aquellas palabras, metido en mi papel de detective de enigmas y novelas policíacas, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”. ¿Sería un código que tendríamos que pasarnos entre una sociedad secreta hasta llegar a la clave final?  Me coge Dan Brown y me monta un libro superventas. Así que terminé en el McDonald’s, para añadir tópico de peli americana al caso, y me dio por decirle al hombre que me atendió: “Esto ya está aquí”. Pero me temo que no hubo suerte, y que junto con el Big Mac buscó psiquiatra cercano en Google. Como yo estoy buscando, de perdidos al Guadalquivir, qué significará eso tan enigmático de esto -¿esto?- ya está aquí.

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Suele ser oficio común entre los escritores de estilo atorrijado –escritura esponjosa y melosa, texto dulzón-: citar autores que más que aportar algo interesante a lo que se escribe, tan sólo son un adorno, un pinturero abalorio para la bonitura y el floripondio verbal. El registro es –como casi todo en los escritores torrija- limitado, y su nómina no pasa de Bécquer, de Machado, de Cernuda y de poco más –a quienes por supuesto han leído de oídas-. El escritor torrija los toma, los incluye en su pasaje lírico y cofradiero –como si las cofradías, a esos autores, les hubiesen importado lo más mínimo- y empieza a mezclar el simbolismo becqueriano con la nostalgia propia y el ripio casposo. Dicen que el sentido de su ejercicio es reivindicar autores pasados, pero lo cierto es que tan sólo se reivindican ellos: su apropiación –descontextualización- de la obra ajena no es un homenaje, sino un modo de justificar que ellos son “cultos”. Así, hablan de donde habite el olvido y de como quien espera el alba con una imagen de la Macarena por la calle Escoberos; o te hablan del estos días azules y este sol de la infancia y te lo llevan a un Domingo de Ramos por la mañana, Domingo de Ramos donde puede llover, y donde no hay sol de la infancia por ningún sitio, sino botellona del Yona, padres abnegados con carros, bares imposibles de conversación y niñas de quince años con sus primeros tacones agarradas las unas a las otras –quilla, espérame-. El escritor torrija habita en el olvido de estos pequeños detalles, que son los que hacen la Semana Santa de hoy, pero que no le sirven para el aplauso fácil y para la ingenua admiración infantil de sus paisanos.

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Abunda en nuestro microcosmos capillita –y todo lo que abunda, cansa- la persona que va a la bulla, a la aglomeración, a buscar gresca, pelea, conflicto. Es personaje novedoso, reciente, sin demasiada proyección en nuestra historia local –como casi todo lo cofradiero, por otra parte, que esto es cosa, sacrifiquemos idólatras y mitómanos, de no tanto-. Este personaje que hoy traemos es aquel que se irrita con facilidad en todo lo relacionado con las conductas más o menos incívicas de sus conciudadanos, conductas que pasan por pedir permiso entre una plebe -¿puedo pasar?- o perder el equilibrio –y por tanto el breve roce, acaso leve empujón- en medio de una masa humana taponada. Gestos sin duda intolerables. Cuando así ocurre, nuestro personaje, susceptible, entona su monólogo de buenas maneras –pero con notable enfado-: “es que no puede ser”, “es que ya no respetan nada”, “es que, vamos, que no se puede pasar”, “¡cómo es la gente!” y demás letanías a nuestra señora del desconsuelo victimista. A este personaje, parece, le cuesta asimilar que la fiesta es un conjunto de gente en la calle y que, así, tiene que compaginar convivencia y paciencia, o tolerancia y empatía, con el resto. Pero no: se prefiere el clamar –pregonar- al aire, a esa bulla, por la nimiedad y la circunstancia irrelevante. Un gesto susceptible que no busca el reproche al otro, sino la autocomplacencia –esto es lo más bochornoso-. Sentirse por encima, y satisfecho de uno mismo. Digamos que su buena educación pasa por ahí: por un egoísmo exquisito.

DISCURSO A LA BANDA DEL MAESTRO TEJERA

Atriles sevillanos, peligro: mucho ripio y poca ganancia. Pero aun así me atrevo, que los atrevimientos son errores de juventud, a salir a este atril de Cajasol, petición de mi querido Pedro Domínguez, quien me dice ven y naturalmente lo dejo todo. O todo menos la palabra, claro. La que es necesaria para venir hoy a depositarme en este tiempo vuestro de ahora; un tiempo que es, a su vez, el mío. La Semana Santa no es más que eso: la fiesta de ese tiempo compartido, o mejor, la del tiempo compartido entre aquellos que no conocemos: nos damos –os dais, Banda del Maestro Tejera- a personas que no sabemos cómo se llaman, cuál es su nombre, de dónde vinieron, adónde van -¿a ver El Cristo de la Salud por la calle Ancha?, ¿a la avenida de La Soleá a por el Polígono?-, cuáles son sus complejos, o sus preocupaciones, o sus alegrías, su familia, su carencias emocionales, su pasado. Nos cruzamos, cuántos ojos, cuántos gestos que se olvidan, con las multitudes de la bulla, con los tapones de las esquinas de las calles breves de espacio, con la pareja en la bronca –este carrito aquí no cabe, me está usted pisando, por aquí no pasa nadie más- o con la pandilla imberbe, con algo de tribu y de hormona revolucionada e intensa.

Yo no sé si la habéis contado, músicos que formáis parte de la Banda del Maestro Tejera, no sé si contáis esa bulla con la que os topáis a cada lado. Debo de suponer que no, que demasiado que toca que toca con esta marcha, con el que quiere cruzar, con el que no se sube a la acera, con el qué cansancio y qué agotamiento. Pero pensadlo, pensad cuántas personas os han visto, cuántas personas recuerdan, al tarareo, la música que vosotros, después de tantos años, trabajáis en las calles, o en la plaza, pasodoble de Domingo de Resurrección. Pensad en todos ellos, en todo lo que habéis dado durante tantos años. Pensadlo, y ahí tendréis una respuesta, y ahí tendréis una de las virtudes de esta fiesta tan personal, tan poliédrica, tan inmensa y tan extraña: dar a los otros. Aunque esos otros sean, pues eso, una indefinición, un nadie a quien no le ponemos nombre, una masa abstracta y clara de incógnitas.

“Yo sé quién soy”, escribe Cervantes, vecino –y casi inquilino- de esta sala, en el Quijote. Cervantes, con esa frase, nos inculcó en un infinito de posibles interpretaciones, interpretaciones que pasan por la conciencia individual y por la idea del hombre moderno, con identidad y pensamiento, capacidad de discernir, propio. Yo también sé quién soy, Banda del Maestro Tejera, y sé quién soy en esta ciudad al escuchar la música de esos instrumentos que hoy tenéis entre las manos. Yo sé quién soy porque esos sones, esas partituras que cada tarde suenan, son las que definen y limitan mi –o nuestras- personalidad, que está hecha de recuerdos, de memorias y de pasados. Yo sé quién soy al prestar atención, poner oído, a las composiciones que podría tararear ahora mismo. Sonidos que son evocaciones, sugerencias, traslaciones, idiomas, espejos en los que, obviedad, me veo reflejado. Un espejo al que le pongo, aunque no sea necesario, el nombre de Amarguras, de Ione, de Margot, de Soleá dame la mano, de Jesús de las Penas. Y sin incurrir en sentimentalismos, cuya pena es el floripondio verbal, tan cursi y tan empalagoso, algo de torrija y algo de pestiño –en todos los sentidos-. Sentimentalismo que es apología de la vivencia, y del discurso soporífero y del romance de taladro emocional, que es una variante del romance de la tradición hispánica, pero cuyos octosílabos –el ritmo, los acentos, la versificación- están más apretados que los nazarenos de La Macarena en la Campana y cuya dicción es mitad de bronca de hermano impertinente en el cabildo de incidencias de la cofradía y mitad de sobrepasada afectación en la saeta mal entonada.

Resumimos: queda clara la propuesta, el propósito, Banda del Maestro Tejera. Esto no es sólo un premio, es también una deuda pendiente. Deuda de tanto oficio, de tanto genio, de tanta entrega dada, ofrecida, a quien es probable que ni siquiera sepáis quién es, aunque ellos sí sepan, cuando cae la tarde del Lunes Santo e interpretáis los primeros acordes, quiénes son. Y gracias a vosotros.

Enhorabuena.

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Artículo reciente, publicado en Diario de Sevilla, firma de Carlos Colón –de quien tanto se ha aprendido-, nos habla de lo incompatible que resulta la fotografía en el móvil y la experiencia, el recuerdo, personal respecto de la imagen que uno pretende retratar en el Iphone, en el Samsung, en el Huawei –este si la cosa va de tiesos, es decir, de mí, que para eso soy joven precario y  nazareno de ruán-. Parece que guardar recuerdos en la memoria y en la tarjeta del teléfono móvil son hechos imposibles de simultaneidad, un ejercicio que se escapa a toda lógica: como volar desde, no sé, la Campana; como el don de la ubicuidad; como que el Consejo de Cofradías pague al autor del cartel de nuestra Semana Santa. Cuestiones ajenas, por evidencia empírica, con papeles y estudios serios, a las posibilidades. Yo, por el contrario, aunque soy hombre de fe discreta, creo en que sí es posible disfrutar de un momento cualquiera y grabar con el teléfono la chicotá del paso, y subirla a tu canal de Youtube, a tu cuenta de Instagram, o mandárselo a tu madre –que si nos ponemos sentimentales y melodramáticos está en el hospital y necesita ver esa Imagen que siempre veía contigo en aquella esquina todos los Martes Santos y ya paro que me pongo pregonero- o a la parienta, que anda de Erasmus por media Europa mientras el palio de su padre, que es mayordomo de una cofradía de Sevilla –hay gente muy loca-, se marcha a lo lejos con los últimos sones de la música. Es sencillo: todo es cuestión de darle al play del móvil durante unos minutos en un tiempo limitado, mientras en otros tantos, que suelen ser mayoría, te dedicas a darle al otro play, al de la memoria. O a no estar pendiente de lo que hagan o dejen de hacer los demás con sus móviles, no vaya a ser que pierdas ese momento que para ti es inolvidable.

LE ENSEÑÉ LA SEMANA SANTA A UN GUIRI Y FUE EL GUIRI QUIEN ME LA ENSEÑÓ

De esto que vas con el guiri, de esto que vienes con el guiri, doce horas de calle, bulla, tapones, venga nazarenos, y venga nazarenos, sudor, pies hinchados. Esta fiesta es muy barata pero cansa mucho, le digo, mientras gotea la pringue de la hamburguesa sobre los castellanos y me mira con esa expresión de Buen Ladrón de La Carretería –mi guiri lleva idéntica tortura en ese cuerpo tan blanco nuclear-. Y es que empezamos prontito, en los barrios, para así ir tachando las primeras del día en las hojas del programa. Es un truquillo, le comento, a eso de las seis y algo ya nos habremos visto la mitad de lo que ves ahí –asiente de un modo que no sé qué quiere decir: si resignación o asombro-. Cogemos el metro, la línea del metro, bajamos las escaleras, picamos, y ya el guiri empieza a tomar fotos con su móvil, a observar –sorprendido- la estación. Venga, vamos, corre, que está ahí, ¿qué haces mirando esto –suelto una risa moderada en busca de la complicidad, aunque realmente no podía creer que se parara en una estación de metro que no tiene más de diez años-? Es que está muy limpia, mejor, como él me dice: es… está… limpia… -gesto de frotar lámpara del genio-. Luego lo pensé, mientras esperábamos el metro, y es cierto: en comparación con el de su ciudad –grafitis, ratas-, este metro le parecerá algo así como la Antártida o una maravilla del mundo antiguo.

Llegamos a nuestro destino. Este barrio se llama El Cerro del Águila, le digo, con esa soberbia paternalista que de repente nos da al traer a alguien de fuera, a alguien que desconoce esta ciudad o que desconoce cualquier cosa, a secas. –Gesto de manos aladas, abiertas-. Sí, del Águila, le respondo. Me pregunta, inquieto, que por qué del águila. En ese momento titubeo –cómo reconocer que no sé algo- y cuando voy a soltar la excusa para salir del paso, se ve, a lo lejos, ese paso. Ahí los aplausos, ahí los primeros tambores, ahí una cruz que cimbrea. Me señala con el dedo, y los ojos como los del globo de Piolín, esos que venden los gitanos en los cruces de tráfico que corta la policía. Ahí está el primero, ya vas a ver tu primer paso, a ver si te gusta, le digo, como si en lugar de guiri fuese un niño de cinco años, o tonto –también hay veces en las que le hablo como si fuera sordo-. Justo cuando el paso discurre delante de nosotros, vuelve a sacar el móvil, desbloqueo, cámara –para Instagram, me dice, acercándose a mi oído-. Pasa la banda y empieza a mover la cabeza y parte de la cadera –le sonrío, aunque con ganas de que pare ya que me está empezando a dar algo de vergüenza ajena-. Miro a mi izquierda y una señora vestida con bata veraniega de estampados de flores y sentada en una silla de playa me devuelve la mirada con gesto de complicidad. Esto es lo que hay, miarma, me dice. Pienso en que es por mi invitado, que en realidad es un compromiso –encasquetado- de mi hermano, cuando de pronto añade: esto es lo que hay, así es el poderío del Cerro el Martes Santo –sonrisa, ladeo de cabeza, cruce de brazos, y sigue a otra cosa-.

De vuelta al centro, me lo llevo a San Esteban, y de ahí a Los Javieres, y de ahí a Los Estudiantes, y luego a San Benito, y luego a Santa Cruz, y luego a La Candelaria, y luego a La Bofetá. ¿La cara de ese Jesús por la calle Conde de Barajas? ¿Los cirios ya gastados y negros de fuego y de cera –esa imagen- del palio de la Virgen del Dulce Nombre? Pues así va este guiri mío de vuelta, con las manos en los bolsillos, tras explicarle quién bordó ese manto, quién talló esa canastilla, quién es el capataz –lo que me costó explicar, creo que sin éxito, qué es un capataz- de este paso. Así va, tras hablarle también –por si no tenía suficiente información- de que hasta el año pasado estas hermandades recorrían a la inversa la carrera oficial -¿la cuál?, me preguntó-, y que eso generó mucha polémica –no lo entiendo, me dijo, aunque no sé si no entendía lo que le decía o el por qué generó mucha polémica, o ambos-. Y ya en la ducha –¡mañana a las dos empezamos en San Bernardo!, le grité desde el baño-,  llegué a una conclusión, a una idea así un poco a pinceladas en la que nunca había caído: si no tienes una relación personal con las cofradías, si no hay ahí un apego, si las imágenes de este Cristo o de esta Virgen no traen la “memoria sentimental”, tanto la historia de siglos como el valor artístico y esas cosas no importan nada. O importan, pero no deja de ser algo pasajero, algo que te cuentan, que sí, y que poco más. Esta fiesta se articula sobre la experiencia de lo que se ha vivido durante años, y el resto –patrimonio, siglos- es tan sólo un adorno que viste a los manuales y a los libros, que entretiene a los extranjeros y a los visitantes, pero que es, aunque lo creamos relevante y principal, accesorio.

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En una ciudad tan corporativista y tan gregaria como Sevilla, la afinidad y la mimetización son los caminos más cómodos –directos- para el reconocimiento de nuestros paisanos –y para nuestros logros-. Aunque lo podríamos probar en numerosas disciplinas artísticas, lo suelo ver en la escritura: si quieres que te aplaudan –sobre todo en el Maestranza, pero también en el papel impreso- nada como escribir buscando la complicidad o el agrado de los demás, el estilo que otros trabajaron o las ideas inculcadas –tópicas- en el ideario colectivo de la sociedad sevillana. Cuando alguien lee sobre cofradías, lo que este quiere es que le cuenten lo ya conocido, o  aquello con lo que reserva un vínculo personal. El artículo, la crónica, la narración, no gustan por cómo estén trabajados, sino por el número de veces que nos adulen, que nos regalen los oídos con la estampa consabida. El resultado, evidencias, es una ristra de epígonos, una escritura como esculpida por Castillo Lastrucci, de discípulos tan aplicados como impersonales, que tan sólo provocan una imagen ya vista, un recuerdo manido en la memoria de los oyentes y de los lectores; recuerdo que, como todos, es en buena medida una ficción de la memoria, un espejismo de un tiempo pasado. De este modo, lo que estás contando no es sólo un pastiche anacrónico –que algunos confunden con el buen gusto- sino que es, además, mentira. Pero, sorpresa, eso es lo que se pide, eso es lo que se exige. Prefieren el falso cliché ya tantas veces conocido a algo que nos sepa original, renovado. Prefieren –qué conservadores, qué aburridos- lo mediocre conocido a lo bueno por conocer.