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No se ha inaugurado una de las muchas exposiciones que abundan desde hace años en las salas que van del ayuntamiento a la calle Sierpes. No es de esas exposiciones monocordes, idénticas a las anteriores, cansinas y plagiadas con que nos deleitan –qué verbo más propio- desde hace unos pocos de años. No es de esas exposiciones que no se montan tanto para exponer como para exponerse, no tanto para enseñar como para enseñarse en esa importancia tan cofradiera de ser –creer ser- un don nombre a partir de las ocho de la tarde: la mesa de juntas, el despacho de la secretaría, la foto con los concejales que pretenden concejelear en esos mundos de Dios, en fin, esas cosas. “Pasión según Sevilla” no es la fórmula conocida que alguien descubrió y que todos imitan desde su descubrimiento, sino la muestra –a esto se le puede llamar muestra- que ha organizado la hermandad de Pasión en estos últimos días del mes de mayo. Cuánto se agradece, en un mundo tan estéticamente monótono, la originalidad en la forma y en el contenido. Es cierto que el último ayuda, cómo no. Ahí están las fotos de mi colega Fran Silva, y el trabajo de Daniel Salvador; la historia de la propia cofradía –los Montpensier, gente muy lista y algo complaciente para beneficio propio, y Turina, y los infantes-; ahí está Cayetano González, y Juan de Mesa, y un Martínez Montañés, y Rafael Laffón, y José María Izquierdo, y Luz Casal. Lo que queda, que es mucho, hasta el 3 de junio, domingo, en el ayuntamiento. Un lugar en el que, de vez en cuando, y con obras como esta, se permite la poética del arte entre el prosaísmo de la ordenanza, el pleno municipal, la micropolítica del alcalde que no cuida los baches. Y menos mal.

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Quizá no se trate de comprender sino de disfrutar o ignorar, pero si quedamos en casa en estos días en que se celebra la romería del Rocío, yo recomiendo –es nuestra condición- tres libros. El primero lo acaban de editar en Almuzara, de Antonio Sánchez Carrasco, fotógrafo, divulgador de las fiestas locales en la cámara y ahora en la escritura, con su El Rocío, presentado en este mes de mayo, a escasos días de que salgan las hermandades que tan bien retrata este retratista con quien comparto afinidad en dos placeres casi universales: la palmera de huevo y los chicharrones. De otro tono, El polvo del camino, de la siempre genial Eva Díaz Pérez, obra ajena –no abundan- a la servidumbre folclórica y a la apariencia de una fiesta que nunca es del todo lo que parece pero que tampoco suele ser lo que no parece. En esa media entre dos puntos de vistas –tan dogmáticos y categóricos como falsos e interesados-, esta novela. También podríamos hablar del libro que Antonio Burgos escribe en un ya lejano 1973, donde leemos curiosas palabras ya en desuso y paisajes perdidos en torno a la romería, donde no había tanta carretera y tanta carriola tipo halcón milenario con el famoseo de sobremesa y el político kitsch. Tres libros. Libros con los que estaremos allí sin estar allí; es decir, en el camino, pero con todas las comodidades de la vida occidental y contemporánea: una ducha caliente, una cama limpia, un sofá confortable: sin alergias ni picores de mosquitos inmensos como carretas juanrramonianas –tanto el picor como el mosquito- ni pies hinchados de kilómetros y arenas voluminosas. Porque aquello es para ir en el plan que tantos prejuiciosos que nunca han conocido el plan se suponen que es aquello: no me aguantan el primer día.

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El anuncio sobre el anuncio, la imagen sobre la imagen. Lo que ha pintado José María Pedernal rima –excúsame el ripio, que nada merece la obra- con lo genial de un concepto: la idea de un cartel contiene, a su vez, la propia idea del cartel. Un juego de significados que da bastante juego y, sobre todo, que vulnera todo precepto básico para las artes: evitar el aburrimiento. Y lo previsible, claro. En la pintura que celebra la fiesta del Corpus de Sevilla aparece una de esas numerosas convocatorias de cultos que los chavales del grupo joven pegan, cola y agua, en los blancos azulejos de las parroquias. Aunque el propósito, la utilidad, haya quedado en desuso, pues hoy día la comunicación exige otras formas, aún se ven estos carteles, estas convocatorias, por las calles y por los templos de esta ciudad nuestra. El cartel dentro del propio cartel, el concepto dentro del propio concepto. La obra de José María Pedernal propone, desde una dimensión tan limitada como un soporte que no tiene mayor profundidad, la profundidad; es decir, una nueva distancia, un nuevo límite, un nuevo espacio. Es el espejo del retrato de Giovanni Arnolfini, de Jan van Eyck; o el retrato de Felipe IV en Las meninas, de su paisano, de Velázquez, bautizado a pocos metros de donde Pedernal es el hermano mayor de su cofradía. Y ya que la intención, que aquí cuenta y logra, es transmitir un anuncio a quien se asome a esta pintura, en una de las esquinas queda retratado el logo de tuiter, principal canal de difusión en estos primeros años del siglo XXI. El único inconveniente de esta obra, el de todos: que aún no se pague. Que en el consejo de cofradías se siga confundiendo esa difusión, esa publicidad, por otra parte implícita en la idea del cartel, con el pan –motivo eucarístico- de cada día.

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Aunque el asunto pase de damasco oscuro, lo cierto es que casi siempre va moderadamente desapercibido. Hablamos de las reventas de las sillas en la carrera oficial y del negocio en el reparto aleatorio de estas entre personas que, si bien cercanas –padres, colegas, compañeros de curro-, no son sus propietarios. Lo que genera una situación que en las cultas palabras se llama nepotismo y en el lenguaje  de las andanzas populares, mamoneo. Junto con esa fraudulenta cesión de derechos al modo compadre –motor de las relaciones de sociedad, y trabajo, en la ciudad-, ahora tenemos noticia de otra cuestión: hoteles que ofertan sillas a sus clientes. Turistas que vienen a pasar una semana y que por alojarse en una habitación tienen derecho a sentar sus germánicas y centroeuropeas espaldas en las sillas de Quidiello, las cuales son propiedad de a saber quién. Un sutil modo de enseñar un típico rasgo nuestra cultura, tan dada a la picaresca y al ingenio de la corruptela. En este sentido, un aplauso para los departamentos de marketing de estos hoteles: el turista conocerá, sin impostura ni cliché, las costumbres locales. Por supuesto que el precio de esa silla está tan inflado -en relación con el que oferta el Consejo de Cofradías, responsable de la gestión- que los hoteles se garantizan un beneficio que les salvan las cuentas de esos meses de primavera. Lo peor del tema es que ese dinero debería ir a las cofradías, quienes son las que se benefician del pago, durante una semana, de la gente que tiene su silla en cualquier punto de la carrera oficial. Dinero que se destina a cubrir gastos de salida, de restauración de patrimonio, de cultos internos. Es decir: el dinero que es de todos los que hacen la fiesta termina en el bolsillo de unos pocos que hacen su agosto y su primavera. De esto, parece ser –siempre parece ser-, ni el Consejo de Cofradías ni Sainz de la Maza tenían noticia alguna. En cualquier caso, bien está que empiecen a tomar soluciones. Pero que se mantengan más de un año, por favor.

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Lo he visto: jóvenes lectores que se acercan a la obra de Rafael Montesinos, que comparten fotos de sus poemas y de sus narraciones en Instagram, que se preguntan por qué el escritor no aparece en los libros de texto de sus bachilleratos. Son lectores que aún creen lo que los libros cuentan, y de ahí que se asombren de que haya manuales que ignoran obras con las que se conmueven –las que en principio nunca se olvidan-. En numerosas ocasiones, estos jóvenes lectores –si es que se puede ser lector de otra forma- montesinianos me preguntan por este libro, por qué pueden leer, qué título les podría recomendar. Me dicen que qué me parece, que qué destacaría de Montesinos.  Yo les comento que  hablen con el profesor Rafael Roblas o que lean las soleares, esa “Las mañanas eran claras / porque mi vida lo era, / no porque fueran mañanas”, esa “Déjame dormir la siesta / contigo, niña, en tu cama, / contigo aunque no la duerma”, esa “Buscaría aquellas piedras, / y en aquel mismo camino / tropezaría con ellas”. ¿Y de cofradías?, me vuelven a preguntar. Y es que son chavales que, además de sensibilidad en la lectura, llevan afinidad por lo cofradiero, quizá el camino más corto por el que llegan al nombre de Rafael Montesinos. Pero es que cada día estoy más convencido de que Montesinos –como el resto de autores que publicaron textos interesantes sobre el tema- no escribieron de cofradías sino de las emociones personales y universales que pueden suceder en las cofradías. Montesinos escribe su rito y la regla, hoy la memoria escoge el camino más corto para herirme, desde la conciencia de un autor de su época, no desde el atril del sevillano teatrero. Así que a los jóvenes lectores de filiación cofradiera que me preguntan por Montesinos, les digo lo que creo que fue su principal lección: escribió el mejor poema de la Semana Santa en el  camino más corto, pero desde largo.

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La idea fue acogida con trágico escepticismo –cualidad del creyente cofrade común, aunque suene contradictoria a su condición-, luego fue celebrada con júbilo –siempre nos adelantamos a los hechos, tan soberbios- y, por último, ha sido descartada de planes futuros –en esa inesperadas decisiones a las que tan acostumbrados nos suelen tener-. Por si alguien no se ha enterado, vive en Narnia o está pendiente de asuntos importantes: el Martes Santo vuelve a sus orígenes carreroficiales. A pesar de que ya no sabemos cuáles son estos; a pesar de que ya no sabemos si decir que vuelve al derecho o al revés pues, según el cristal con que se mire, aquello acepta cualquier punto de vista en cuanto a direcciones. Si tomamos la referencia de este año, el Martes Santo será a la inversa; si tomamos la referencia del año pasado a este año, el Martes Santo será al derecho. ¿Puede volver al derecho lo que ha sucedido del revés si en ese revés ha sucedido al derecho? Qué cosa más enrevesada. Hasta estos derroteros más liados que la pata de un romano –macareno, por supuesto- nos ha llevado el Consejo de Cofradías que preside don Joaquín Sainz de la Maza. Unos derroteros que, dada su envergadura ontológica, ya no precisan de capillitas un tanto aburridos –Dios los salve, qué haríamos sin ellos- para explicarnos sus esencias y sus fundamentos, sino de teólogos o de teóricos de la política y de la filosofía. Y es que la conclusión a la que el Consejo ha llegado requiere complejas explicaciones. No se entiende que una medida que la mayoría aprueba, que la mayoría ve con buenos ojos, que favorece a las cofradías, que resuelve problemas, termine, por nadie sabe muy bien qué, obviada, descartada, dejada de lado. Decían que el Martes Santo de 2018 era, en esas exageraciones tan propias –tan nuestras-, histórico. Lo peor es que me temo que así será, al menos por su desenlace. Estoy convencido de que un final tan ridículo no pasará desapercibido en los libros de Historia.

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Una reforma a prueba de opinión capillita –que ya es probar-, un tiempo sin duda inesperado –apenas lluvia, incluso ambiente de primavera para penitencia de alérgicos- y unas cuantas anécdotas que han mantenido vivas las conversaciones de los cangrejeros en las delanteras de los pasos, de la gente de hermandad en las barras de los bares, que han contribuido a la broma ingeniosa, viral y moderadamente maligna en los grupos de Whatsapp. La Semana Santa de 2018 ha sido, para casi todos, una sorpresa. Al menos en dos de sus temas de actualidad: el tiempo que se ha disfrutado y el Martes Santo que, preveo, se mantendrá para los años futuros. Del primer asunto, la lluvia, deduzco impresión que celebro: hermandades que abandonan esa ridícula prudencia –asociada a una imagen de cofradía de carácter “serio”- a la hora de poner los pasos en las calles cuando la probabilidad de lluvia es mínima. En esta semana de la Semana ha ganado el criterio de sacar los tramos de nazarenos y, en caso de que venga el agua, cobijar al personal donde sea posible. Porque, menos mal que lo asumimos, el agua no moja la dignidad de una cofradía. El segundo asunto, Martes Santo a la inversa en la carrera oficial, ha sido aprobado por la mayoría aun con algún que otro disenso. Lo cierto es que la idea ha resuelto problemas mayores –los que se pretendían resolver-, aunque ha dejado abiertos otros tantos, leves. Cuestión de solventar errores sobrevenidos y, al igual que estos días, santas pascuas. De solución más complicada, la Madrugá. Noche que sigue copada de túnica de cola con ron del chino y esa tensión de que en cualquier momento algo puede salir mal –como casi sucede, de no ser por la policía y por la admirable calma del escaso personal que esperaba en Reyes Católicos-. Y del resto, lo acostumbrado. Costumbres que, aunque no lleven noticia, suelen ser lo extraordinario.

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Ajena al soniquete de la Sevilla de gala cofradiera-endogámica, a las crónicas de pregones que son retratos tópicos de ideas cursis –de serie, relamidas, planas, atorrijadas- de una fiesta heterogénea y poliédrica; ajena al monólogo de la columna viral, tan pobre en su reflexión como incendiaria, panfletaria, en el tono –éxito de masas asegurado-; ajena, en fin, a tantas nimiedades –de gente que se cree algo- que constituyen el acervo, diremos ecosistema, de la Semana Santa. Así viene Rocío Plaza, investigadora sin vanidad académica –a ella la leen-, erudita sin pelmazo, excelencia de cosecha propia, tan discreta, elegante e inteligente; así viene con su último libro “Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla”, editado en El Paseo, que es decir querido David González. Del ejemplar, aquí en la mesa, podríamos citar multitud de capítulos –hay algo de novela, de relato-, pero nos quedamos con una de las ideas principales, extraída de aquellos: vivimos en la mejor Semana Santa de cuantas hemos conocido. No hay más que comparar los conflictos que antes sucedían con los de ahora; no hay más que cotejar, entre otras tantas circunstancias, lo institucionalmente asentadas que están las cofradías en la sociedad sevillana de hoy en comparación con la de aquellos años, el público que convocan, los medios que las atienden, la gente que, incluso, vive de ellas –cofradías sinónimo de mercado-. Así que si alguien, charlita distendida, pescao frito, casa hermandad, os viene con la matraca de que esto no tiene solución, de que esto ha tomado un rumbo que no veas, regaladle el libro de Rocío Plaza. Para que aquella persona comprenda –algo casi siempre saludable- la realidad de la fiesta que vive; para que aquella persona entienda que su crítica, más que análisis de un hecho, es toma prestada de cliché, demostración de entrañable ignorancia.

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En un asunto difieren tanto el conservador capillita como el indie cofrade: el modo de entender la religiosidad popular. Mientras en el primero ubicamos rechazo de aquello que suena a folclore, cultura popular -casi todo lo que salga del credo oficialista es culto a la sospecha-, en el segundo atisbamos aprobación –y defensa de dogma alternativo- de que esto de la Semana Santa es un “hecho social total”, la sabida definición de Isidoro Moreno, a quien toman por predicador, por profeta, por apóstol de su idea underground de las confesiones locales. El pasado viernes, en la charla, en ese diremos clásico ejercicio de la mesa redonda de la casa hermandad, escuché a quien decía que “todo esto” –hablaba de que cada vez hay más gente en el tramo y menos en el banco de la iglesia- empezó cuando algunos –no especificó quiénes- vieron con buenos ojos lo de “las cofradías se pueden entender desde otros puntos de vista”. Yo intuyo, sin entrar en ese previsible género del indie cofrade, que claro que se puede entender la Semana Santa “desde otros puntos de vista”, como se puede disfrutar de la mezquita Azul de Estambul sin ser musulmán o de un poema renacentista sin haber conocido destierro en Nápoles. Es más: veo conveniente el hecho de que la Semana Santa sea “también” esos “otros puntos de vista”: el ensayo, la pintura, la escritura, la estética. Al igual que esos “otros puntos de vista”  formen parte de “la religiosidad”, pues también la constituyen. De no ser así, de obviar “esos puntos de vista”, nos veremos simples, básicos, superficiales; es decir, como nos ven los amigos que discuten nuestras creencias. Unas creencias que, de un modo algo torpe e integrista, tantos dicen –presumen- defender.

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Edad en la que nada más cómico –irrisorio- que estar serio –amargado-, pues ya se han abandonado del melodrama, de la preocupación accesoria –incluso de las principales-, de esas cosas insustanciales que a nosotros –jóvenes e ingenuos- nos aprietan la existencia pero que nada importan, que son todo prescindibles. Eso lo saben ellas, tan sabias, evidente, que tanto han pasado y de tanto han salido: la necesidad, la España adversa, la familia numerosa, el amor de siempre, ese al que hoy tanto echan en falta en este besamanos de su Virgen –ay, suspira, al ver la Imagen, que ahí está él, que no se ha ido, que está con el vestidor, a las tantas de la mañana-. Yo las veo sentadas en la mesa petitoria, que es una cosa con muchas medallas, muchas estampitas y muchas monedas. Las veo en grupito, compartiendo confidencias y bromas pícaras, discretas e inocentes, presumiendo de yerno, que es no sé qué en inglés –una cosa mú rara- allí en Madrid, y que tiene sucursales –niña, sucursales- por no sé qué sitios de medio mundo. Con algo de María Teresa Campos, con algo de Clara Campoamor, van las señoras de las cofradías en esta mesa petitoria que no es tan petitoria como camilla: ellas están como en casa. De hecho, lo más probable es que esta hermandad sea más propiedad que todas las cosas suyas con papeles y con notarios. Esas que levantaron, qué de fatiguitas, a base de ingenio y de dolores de espalda –de cabeza-.  A ellas me acerco hoy del modo en que me acerqué el pasado domingo, atravesando la bulla de la parroquia, las caras de siempre, los íntimos desconocidos de esta ciudad en sus domingos de marzo. A ellas me acerco, y si allí les dejé un eurito y toma, niño, esta estampita te la regalo, hoy les dejo las gracias. Las gracias por esa estampita. Y por casi todo.