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Todo un siglo XXI ha llegado a las cofradías. Para que luego digan que esto de la cultura en la religiosidad popular es algo de otra época. Esta pátina de actualidad la pudimos comprobar el pasado fin de semana en dos hechos, días seguidos, sábado y domingo. La primera huella, el primer indicio, se sitúa en La Alfalfa; el segundo, en el Maestranza. El del sábado lleva nombre de cofradía pirata, asociación que no tiene por reglas la novela de Stevenson ni venera a David Jones, sino a la imagen de todo lo que somos; no adoran ni Cristo ni Virgen, más bien al tiempo en que vivimos. El del domingo, hecho más relacionado con la palabra que con la imagen, se centra en el discurso del delegado de Un Montón de Cosas, entre ellas Fiestas Mayores. ¿Que por qué esa cofradía pirata rinde culto al tiempo en que vivimos, y no a una imagen? Porque todo lo que allí merecía la atención de integrantes y espectadores,  aunque fuese representación de la trascendencia, fue banal, accesorio; del tallado del paso –cuya artesanía no pasaba de juego- a la calidad de la talla. Todo en el cortejo fue recreación, apariencia, como cualquier vida de los nuevos profetas de hoy día: los influencers. No hubo verdad, sino simulación de la verdad -¿habrá algo más actual?-, y de ahí el relativismo, y de ahí, ya que nada importa, todo vale: esa talla, ese cortejo, ese paso. La segunda prueba fue el populismo en el discurso del delegado de Fiestas Mayores, quien se atrevió a decir que no sobra ninguna cofradía. Menos mal que está la hemeroteca, oráculo de escépticos, para calmar emociones: el pasado mes de junio, 2016, el ayuntamiento “hacía un llamamiento a la autorregulación a la hora de pedir policías para cubrir procesiones”. Cabrera fue, por un instante, el Laclau que guía el repertorio de algún que otro movimiento social, tan de moda. Pero todo se olvida en cuanto entramos en la capilla de Jesús de la Pasión. Capilla en donde Pedro Domínguez, quien sí que está viviendo una víspera, quiso compartir su meditación. Un texto que nos enseñó que hay ausencias que todo abordan. Ya sea en el vientre de una madre o en la emoción de los oyentes. Ni que decir tiene que allí sí se paró el tiempo.

ROMANCE A UN ROMANCE COFRADIERO AFECTADO DE RIPIOTITIS*

-Doctor, ya llegó el paciente,

lleva un rato en la salita.

¿Le digo que pase ya

o le saco las revistas?

En cuanto oye las palabras,

se adecenta la camisa.

Se viste bata blanca,

se peina la coronilla

resopla, vamos al lío,

y estira las pantorrillas.

-Que pase, diga que pase,

muchas gracias, Margarita.

-Es ella la secretaria,

quien le concierta las citas-.

Se dirige hasta el paciente,

mirada amable y sonrisa.

-Discúlpeme, caballero,

le espera el doctor Macías.

La consulta de la izquierda,

sí, detrás de las plantitas.

Qué blancura de pasillos,

qué impoluta está la clínica.

De cuidada y de arreglada,

de inmaculada y de limpia.

 

-Tome asiento, por favor,

¿qué tal?, el doctor Macías.

¿Qué le sucede?, dígamelo.

Cuente cuáles son los síntomas.

-Pues doctor, desde hace meses,

tengo fobias a las rimas.

Desde que empezó Cuaresma,

desde que empezó las vísperas.

Y tengo miedo a la calle,

colegios de enfermería,

a tertulias cofradieras,

no digamos a capillas.

Es que es ver un concejal

y me tiembla la mandíbula.

Es que es oír una banda

y mire cómo tiritan

las muñecas y las piernas,

los hombros y las costillas.

¿Delegados del Consejo

sentados todos en fila?

¿Un chaqué con un atril?

¿Abogados con gomina?

¿Pena / suena / Macarena?

¿La mantilla con Sevilla?

¿Me muero con costaleros?

¿Y divina con espinas?

¿Ese buscar el aplauso

con un chilla que te chilla?

No puedo, doctor, no puedo.

Es que son cuarenta días

soportando estoicamente

lo que nadie aguantaría.

Usted es que no lo sabe,

es que usted no se imagina

lo que algunos consideran

o entienden por poesía.

 

El romance está tumbado,

y tiene la mirada ida.

El doctor, mientras, apunta,

medita y traga saliva.

Tras pensarlo unos minutos

le receta las pastillas.

 

-Usted padece, romance,

ripiotitis agresiva.

Evite hermanos mayores,

colegios de enfermería,

ateneos y tertulias,

y deje pasar las vísperas.

El domingo de pasión

la tele está prohibida.

Y ya verá cómo sale,

y ya verá cómo olvida

tanta décima ripiosa,

tanto ripio en cada rima,

tanto poema repipi,

tanto grita que te grita,

tanta pena / Macarena,

y divina con espinas,

y muero con costaleros,

y mantilla con Sevilla.

*Inédito en la radio. Lo dejamos fuera de la serie, del conjunto.

ROMANCE A LA TRASERA DE UN PALIO

Algo suma esta distancia
de vértigo, plomo, peso.
Tan medido, tan pausado,
tanto de tono y de acento.
Platas y costuras suenan
tras un fluir de nazarenos.
Sedas, tules orientales
sanan el puñal de un pecho.
Equilibrio de sentidos
que al aire saben suspensos.
Roma, Bizancio, Londres:
idioma de antiguo imperio.
Y este todo de absolutos:
músicas, calles, inciensos.
Gravedad de sus contornos
elevados, tan intensos,
que en la memoria elaboran
precisiones del recuerdo.
Acaso ideas, verdades,
contemplaciones, bosquejos.
Cómo emigran del ayer,
cómo salvan ya del tiempo,
imágenes, tactos, gustos,
nombres, paisajes, conceptos.

Los altos muros enuncian
sombras de un palio, de un cuerpo
que prende de lunas cálidas
por Castelar y Molviedro.
Ropas de astros. No: de cosmos.
Profundo enigma disperso
en la concreción del tú,
en la vaguedad del ellos.
Asume flautas y tubas,
y al paso van descendiendo,
ya de lejano, acordes
últimos de este concierto
en el que pronuncian voces,
y afinan dones, vencejos,
multitudes, peticiones,
días ociosos, cortejos,
anonimatos, ausencias,
artesanías, deseo,
calores, salves latinas,
mitos, logos, ojos, fuegos,
ceras, teles, campanarios,
horarios, terciopelos.

Es de incógnito esta cifra
que desnuda el segundero.
¿Quién podría descifrar
los nombres de este momento?
Abundar, sin conjeturas,
sin márgenes, todo aciertos,
al instante que, de claro,
ciega palabras al hecho.
Cuánto de fugaz retrato,
cuánto de cómputo eterno,
este palio que se vence
a los dictados del tiempo.
Que ya se pierde, cadencia
y célebre, tras lo ajeno.
Que distante deposita
su vibrar en tus adentros.

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Es inevitable por su propia condición, y una redundancia apuntarlo, pero cabe precisar que toma verdad el tiempo. Verdad de paso, de evolución, de transformación, de sucesión; pues claro, de qué si no. Su dialéctica de meses muda de la introspección del otoño y del invierno –donde acaso la ciudad es más cierta- a la explosión de los sentidos de marzo y de abril. Aunque su relato de seducción no descansa, suponiendo que las ciudades aún conserven estos dones, es en estos días cuando todo se desborda, asumiendo los riesgos y celebrando los aciertos. Un equilibrio del que no siempre se escapa con prudencia, con medida, con moderación. Si no, veamos los bares y los comercios, la industria cofradiera y los noticieros sobre la Semana Santa: todo es proliferación y abundancia, excesos y rumores, actos e imposturas. Pero lejos de toda esa acústica, de ese eco sin mayor cuerpo que el de lo efímero y el de las vanidades, los escaparates, acontece una realidad de belleza, de emoción, de hondura. La vemos en la preparación de la fiesta, en el cuidado de los priostes, en la dignidad del oficio anónimo, tantas horas dedicados a la perfección, a la preocupación de que nada falte, de que todo salga como merece: que si el altar de insignias, que si la fundición de la cera, que si la rectitud y proporción de esos faroles. Todo se asemeja a la santa voluntad de Kant: las cosas se hacen porque es correcto hacerlas, no por otras inclinaciones o intereses; no por ánimo de estar, sino de ser; no por ganas de aparecer, sino de contribuir. Y esa es la razón, práctica, supongo, de la fiesta. Razón que se percibe en este tiempo que toma verdad. Un tiempo que se queda, a su vez, como la subida del Cristo, el que en estas semanas vemos en la intimidad de los templos: suspendido.

ROMANCE A UN ALMUERZO DE FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

No es esa ciudad de bullas,

de multitudes, de masas.

La que se sube a las setas,

la que desde Gradas Altas

tiene palco de gañote,

tiene palco por la cara:

la silla de los chinos,

bocata en papel de plata,

de mortadela o tortilla,

¿francesa?, no: de patatas.

No es esa ciudad que ignora

al escultor de tal talla,

o al vestidor de la Imagen;

o el término con que llaman

a los niños que, delante,

llevan ciriales de alpaca.

No es la ciudad que ve pocas

cofradías, para nada.

No es tampoco esa ciudad,

la que se marcha a la playa

cuando Los Negritos llegan,

cuando su Virgen alcanza,

bien la calle Recaredo,

bien Almirante Apodaca.

Negritos se ponen ellos,

tumbados en sus toallas.

Y El Valle un hotel rural

con vistas a las montañas.

 

Esta ciudad es distinta.

Ciudad de tarde ocupada

en cabildos, papeletas,

en actividades varias

que van desde la priostía

hasta las sabidas charlas

de formación: son tan nobles

como de público escasas.

Esta ciudad, traje oscuro,

cordón rojo la medalla,

pasea, va de camino,

por Sierpes o por Laraña,

al almuerzo de función.

Una fecha señalada.

 

Las manos que protestaron

la fe, ahora declaran

otra fe por las frituras

y por el queso de cabra,

servido en un canapé

con aspecto de cuchara.

Esa cuchara de plástico,

esa cuchara tan ancha,

inmensa como el cajón

donde guardan las dalmáticas.

Bacalao al secretario,

por si alguno lo dudaba.

El menú son cincuenta euros.

Una auténtica clavada,

según chismorrea Fina,

la del vestido esmeralda.

La de la falda de tubo

con tres mil kilos de laca.

La mujer del mayordomo,

que es quien gestiona la pasta.

 

Todos los años lo mismo:

ese solomillo en salsa,

más duro que los tornillos

de un submarino, palabra.

Más duro que los cristales

de los faroles de alpaca.

Y más seco que las suelas

de un botín o una alpargata.

Pero lo peor no es eso,

sino cuando alguien levanta

su copa, momento postre,

momento brindis de cava.

Y comienzan los discursos.

Discursos que nunca acaban.

Más peligro que un discurso

cuando ya la medio papa

de vinito villa Herminia

hace su entrada en Campana.

 

Y ya la tarde se pone

de colores azul malva.

Se desmontan los quinarios,

y unos vuelven para casa

mientras en El Rinconcillo

otros cierran la jornada

de esta función principal

que anuncia Semana Santa.

O la bronca de la Puri,

cuando Pepe llega a casa,

todo un hermano mayor,

aunque es ella la que manda.

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“Donde hay sociedad, hay derecho”, dijeron los romanos, esa cultura que trajo a Occidente, previo ensayo de los griegos, el concepto de civilización moderna. Con su ingeniería, su filosofía, su política. Con todas esas ciencias que salvan a lo humano de la barbarie y al barrio en donde vives de la selva amazónica o de la sabana de las ficciones del Rey León. La ley suele ser, por su propia condición, impopular en un tanto por ciento, pues no siempre está de nuestro lado, al contrario que el arbitrio o el caos, situaciones en las que cada uno resuelve el entuerto como mejor gusta, como le viene en gana. Sin embargo, no conocemos método más eficaz para la convivencia que la ley, ley para disponer de límites que, oh contradicción, nos permitan ejercer ese bien común al que llamamos libertad. ¿Y a qué esta divagación? Bueno, salvo que usted, homo cofrade, haya vivido en una burbuja ajena al mundo o tenga una vida demasiado atareada se habrá enterado: la policía ha intervenido en un ensayo de los armaos de la Macarena por una vecina, denuncia mediante, molesta con los ruidos que provocan las cornetas. Y hasta aquí, al margen de diversas especulaciones entre denunciante y denunciados, lo sucedido. Aunque el hecho en sí no pase de anécdota y en el criterio personal, incluso sentimental, me incline por la banda -también el ayuntamiento, más político que gestor-, hay que admitir que existe una normativa que delimita un ruido que, en ese preciso instante, estaba fuera de lugar; de ahí que las bandas tengan su local de ensayo. Donde hay sociedad, hay derecho; ubi societas, ibi ius. Y no lo dice ni mi voz ni mi palabra, sino la de Roma. Que por cierto, los que van a morir en la firma de lo impopular, te saludan.

ROMANCE A ESE/ESA DESAGRADABLE QUE NO DEJA PASAR EN LAS BULLAS

Son las ocho de la tarde

por Alemanes, por Francos,

por Velázquez o por Rioja,

por la Cuesta del Rosario.

Plena bulla, muchedumbre

en las calles taponando

las aceras, que es lo propio

en un Domingo de Ramos.

Como La Paz en el parque

con su escuadrón, sus caballos.

O los puestos de hamburguesas

enfrente del Rectorado,

eso, cerca del bar Citroën,

pero en la acera del Prado.

Con regalices de fresa

y sus juguetes de plástico.

O niñas quinceañeras,

de pandillas, y estrenando

tacones y sobaduras,

botellón de ron barato

con el Jonathan, su novio,

impecable traje blanco,

y una camisa magenta,

a juego con los zapatos.

El peinado es otro rollo:

los laterales, rapados,

y en la cabeza, de punta,

tupé con volumen, alto.

El estilo, según dicen,

lo catalogan de fashion.

 

Lo normal en estos días:

Lunes, Martes, Jueves Santo…,

es que haya gente en las calles,

de aquí y de allá, caminando,

y que se formen tapones,

que se limite el espacio

ante la gente que viene

de los pueblos, de los barrios,

o del mismo centro: Dueñas,

Alfalfa, Mateos Gago.

Pero esto cuesta entenderlo

en según, vemos, qué casos.

Uno que todos conocen,

tan típico, todo un clásico,

es el del desagradable,

puntito maleducado,

que no te deja pasar

cuando pasas por su lado.

 

Un ser, supongo, que piensa

en que ese metro cuadrado

que rodea su contorno

es un cortijo privado.

Le molestan los chavales

que en hilera van cruzando:

“Tú por aquí ya no pasas”,

comenta, medio enfadado.

Con lo bien que la vería,

la Semana Santa, claro,

en un pisito en Conil,

en un dúplex en Los Caños

-con un salón donde quepan

los tramos de san Bernardo-.

Con el gran Pedro Domínguez

por este micro narrando

las tardes en la Campana,

o las tardes en los palcos.

Con lo bien que la vería

en su tresillo, tumbado,

¿que no te gusta la marcha

que le están tocando al palio?

Pues coge y cambia el canal,

mira qué fácil, muchacho.

Pero no: prefiere la calle

suya, sin ser empujado

en las bullas que se forman

entre los que van cruzando.

 

No dejará que pasemos,

no nos cederá su espacio.

No le cabe en la cabeza,

en el hueco de su cráneo,

el que haya gente en las calles

en un Domingo de Ramos,

en un Lunes, Martes, Miércoles,

en un Jueves, Viernes, Sábado.

Así que no nos queda otra

que quedarnos donde estamos.

No nos queda más remedio

que contarlo por la radio.

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La sala anduvo de bullicio, paisaje similar al de los tramos de la cofradía justo antes de salir a la calle; cofradía de barrio, popular, comprimida en la parroquia de la periferia. O también podríamos decir que fuimos, durante una hora y media, abonados no en la Campana o en la avenida, sino en el CICUS, para ver pasar a la hermandad de los heterodoxos. Gremio no posmoderno, sino contemporáneo, apuntemos la distancia. En esta hermandad gremial de hoy, como fueron la de los mulatos o la de los toneleros, los hermanos mayores son los directores de la revista La Muy, quienes organizaron, organizan, un triduo de mesas redondas con el que alcanzamos indulgencia plenaria respecto de la apertura de miras y del sentido cultural –por tanto trascendental, que nadie se equivoque- de la Semana Santa. Tras pedir la venia al palquillo de un público congregado en la calle Madre de Dios, dónde si no, el periodista Javier Gotor dio paso a la cruz de guía, es decir, a Eva Díaz Pérez, quien fue abriendo paso a los tres pasos de esta jornada: Lutgardo García, David González Romero y Julio Muñoz Gijón. Hubo risa, hubo reflexión, emoción y anécdotas, como en cualquier estación de penitencia. Y en el altar mayor, la obra del pintor Rafael Laureano. Nosotros seguíamos, mientras tanto, allí, en nuestro abono, viendo el discurrir de tanto ingenio y de tanto Núñez de Herrera, de tanto Eugenio Noel, de tanto Antonio Burgos, de tanto José Antonio Garmendia, de tanto Paco Robles. A la derecha de mí, Javier Leal, que no es padre sino amigo, aunque sí seamos, en según qué ocasiones, un solo espíritu. En los extremos, aunque ellos sean más bien centrados, Manuel Jesús Roldán y José María Rondón, y el escritor José María Jurado, quien contemplaba, como es precepto en su condición de buen observador, de Virgilio con acento poético andaluz, todo un género, por difícil, épico: el eclecticismo en la ciudad de los dogmas.

ROMANCE A UN DÍA FAMILIAR EN LA CAMPANA

El niño cuyos mofletes

son como dos guardabrisas:

coloraditos y curvos,

rechonchos y de piel fina,

casi voluta barroca

que adorna la canastilla,

casi cristal de los pasos,

el cristal de las tulipas

que llevan los candelabros…,

no sé, de La Borriquita,

que es la hermandad de este niño,

la hermandad de la familia.

El niño tiene más fondo

que el patiolamontería.

Y es que se come empanados

el manto, las bambalinas,

las escaleras del paso

de La Quinta o La Canina,

aunque canino no sea

el mote que lo adjetiva.

El niño tiene una madre,

que es quien lo lleva a la silla,

y un padre, que en penitencia

lo vemos todos los días:

cómo carga con el carro,

cómo carga con la vida,

cómo carga con la suegra

encalomada en sus sillas:

“Miguel, a ver si sacamos

en los palcos, la avenida,

que es que, vamos, aquí estamos,

no sé yo, como sardinas;

además, allí hay caché,

donde las tiene la Herminia”.

 

Y mientras tanto, ese niño

chutado de palomitas,

de paquetes de Risketos,

de Gublins, de golosinas,

mira al padre y le confiesa:

“Papi, tengo fatiguita”.

Y es que van a dar las nueve

y llegan de las cocinas

los olores posmodernos

de nuestra gastronomía.

¿Adobo Blanco Cerrillo?

¿Rebozado de pavías?

¿Un montadito de gambas?

¿O la miel de las torrijas?

Nada de eso, frío, frío:

algo más… imperialista.

Algo de esos otros dioses

que asoman las cabecitas

por los letreros que alumbran

las fachadas, las esquinas.

 

No son dioses que veneren

catedrales o capillas:

son los dioses de Inditex,

de McDonald’s, cuya Biblia

está en ese escaparate

donde ofrece su comida:

del big mac a los mcnuggets,

y al menú cuarto de libra.

Olores de Happy Meal

que al niño dan fatiguita.

Olores que se propagan,

o que más bien nos conquistan,

y entran por la pituitaria

y siguen por la barriga.

Del dios del capitalismo

al Dios hombre que camina

sobre un paso de madera

que trabaja una cuadrilla.

Ni naranjos ni los tópicos

“mester de pregonería”.

La Campana huele a grasas,

huele a kilocalorías,

a esas prendas industriales

que venden en las franquicias.

Huele al bolso de La Chari,

al bolso Dolce & Cabina;

huele a chuches de ese niño

que está aburrido de pipas;

huele que huele a ese padre

que no ve más cofradía

que la de Santa Paciencia

cuando va de recogida.

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Los impresionistas franceses del XIX buscaron la deformación del paisaje, desde el trazo suave, ágil, difuso y casi arbitrario, para huir del retrato instantáneo y descriptivo –tan descriptivo que captaba el aspecto formal de la  realidad tal como lo veían nuestros ojos- de la fotografía. Surgía así, de esa, digamos, necesaria competencia, un nuevo modo de entender el arte: no desde la creatividad o la imaginación sino desde la tecnología, aunque fuese esta, por otra parte, claro, una invención del hombre. Pasarían unos años, que si las vanguardias, que si la muerte del arte, que si el pop, hasta llegar a las tesis neorrealistas de, por citar coetáneos de hoy día, Antonio López. Toda esa visión, todo ese recorrido, se condensa en la cámara de un fotógrafo –quien dice cámara dice ingenio, inventiva-, cuya firma responde por Santi León. Santi León adapta los cánones del barroco tomando como instrumento no el pincel, sino la fotografía; es decir, recoge los presupuestos teóricos de una mentalidad del siglo XVII, los enlaza con la modernidad del XIX, los nutre al ritmo del XX y los deja en los ojos de los lectores –mucho hay aquí de literatura, también- del XXI. Santi León reinterpreta una serie de conceptos pasados para incorporarlos al canon de la sociedad actual. El resultado, si aún no lo conocen, deberían verlo. Juego de luces, antítesis, sugerencias, claroscuros, volumen de las imágenes… y todo dispuesto en una escena tan original como conmovedora: el fotógrafo coloca las tallas en el suelo de las parroquias y de las iglesias,  atribuyendo a la imagen cualidades propias de lo  humano, de la realidad, alejando lo que en ella hay de madera, de artificio, incluso de fotografía. Santi León supera el escollo con el que se encontraron los impresionistas, pues usa la fotografía para trabajar con la pintura. O viceversa.