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Hablamos, el pasado jueves, del niñaterío que suele merodear en la Madrugada. Niñaterío de toda clase y condición y barrio y familia –retratos simplistas, ninguno-. Los veo: van ahí con su lote, con sus grupos en modalidad camada –salvajes-, al río, al puente, a las setas, también por la calle Feria o por donde más o menos, según hora, vaya pillando. Tomando aquel recuadro de Antonio Burgos “y sabes que la sorpresa / por todas partes te aguarda”, aunque en este supuesto no sea un nazareno con su lírica de túnica blanca, sino la pota o la pelea o los cristales rotos y las bolsas de plástico. Realidad menos poética que todo ese relato de la cera ardida y la Madrugada de Dios, sin embargo más verosímil, me temo que más exacta. Pero, aun así, la Semana Santa no es esa efervescencia de vulgaridades que algunos suelen ver, grupo de guasap y foto viral mediante, comentario superficial –medalla, abriguito largo- en los corrillos de los hermanos en un besamanos: “Es que no sé adónde vamos llegar, mira, mira, con su mesa, su sandía…”, “Lo de las sillitas es tremendo”, “Y coge y se pone ahí a comer pipas y me dice a mí que no se puede pasar, ¿que no se puede pasar?”. Tenemos, a pesar del drama manido, una fiesta en donde predomina tolerancia, buen comportamiento, razonable educación. Y si no, un vistazo, analogía, a la historia –prueba del algodón contra supuestos males modernos-. Ahí veremos niños en las canastillas de los pasos, cruces de guía abandonadas en las puertas de las iglesias, nazarenos –no niñatos- bebiendo en los bares. Incluso años en los que no se pudo, guerra, tiesedad, celebrar la Semana Santa. En efecto: menos latigazos en la espalda, aunque sí, aunque todo este embrollo, esta fiesta, sea motivo de penitencia.

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Con estos fríos de diciembre, que tanto se prestan a las coplillas ripiosas de Miguel Cid y a la prosa preciosista sobre los cielos inmaculados, azules, que hemos perdido y tal y cual, nada mejor que entrar en calor. Con la realidad, si es posible. El inconveniente de entrar en calor con la realidad, más aún en esta ciudad tan dada a lo desconcertante, es que te deje helado. Por lo que estaríamos en el punto de partida en el que empezamos. Aun así, hagamos, de honestidad y convicción en nuestras ideas, el trabajo fino. De las tres reformas –cómo suena: reforma- que se plantearon tras la Semana Santa de 2017, se han cumplidos dos: la del Martes y la de la Madrugada. Reformas, en cierto modo insustanciales, sobre horarios, recorridos, callecita por aquí, cruce por allá. Ajustes que se nos presentan, pienso, modo tráiler o teaser, anticipo, para el gran cambio, la medida esperada, enigmática novedad: cómo será, seguridad y prevención y altavoces y vallas, la Madrugada de 2018. Aunque el alcalde Espadas nos dijera, en la primavera de este año, que antes del verano estaría todo culminado, lo cierto es que sólo sabemos rumores, informaciones aisladas. Concreción, confirmación, poca: de ninguna institución, menos aún de ese Consejo que siempre –ellos son muy tradicionales- se pone de perfil. He de suponer –quiero suponer- que para los próximos meses –enero, febrero- será presentado un plan para actuar –de nombre pedante y correcto y burocráticamente relamido- contra las avalanchas, las peleas y el mal ambiente que se da en esas horas en las que el lote de ginebra y el niñaterío autóctono hacen su aparición. Yo sólo espero –y creo- que esta demora en la concreción sea fruto de la exigencia, y no de la desidia. Pues de no ser así, seremos nosotros los que, sin duda, saldremos corriendo.

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Con los años he perdido dos bienes, uno material y otro abstracto: pelo y vergüenza. Se lo comentaba el pasado sábado a don Eusebio León –quien vive en África, de los León de allí de toda la vida-, el día después de un tiempo nuevo en la sociedad cívico-cofradiera: tenemos acuerdo, aleluya, para las cofradías de la Madrugada. Tener acuerdos –donde digo “acuerdos”, leemos “horarios”- es sin duda un hecho que cualquier persona relacionada con ese microcosmos debería celebrar. No tanto por los horarios en sí, que eso en el fondo me da lo mismo, sino por ahorrarnos un trabajo agotador: tener una opinión efectiva y posible sobre el asunto. Estás en la reunión, en el bar, en la comida familiar, y de esto que, entre conversación y conversación, sale el tema de los horarios de la Madrugada. Y ahí se va, complejo de CECOP y concejalía de Fiestas Mayores, a proponer una oferta irrefutable. Dice el tópico que hay tantas Semana Santas como personas las ven, así que imaginamos la cantidad de propuesta-soluciones que nos hemos encontrado a lo largo de estos cuatro años de abrir Google Maps y ponernos como locos a trazar recorridos. Tanta exigencia es muy cansada, también incómoda, encima gratuita. Y no la podíamos soportar más. Así que gracias a las hermandades de la Madrugada por ponerse de acuerdo en esas cuatro o cinco horas, aunque para tal hayamos tardado cuatro años, aunque para tal estemos como estábamos, pues por lo visto el cambio, si no se cumplen los horarios, no sirve de nada. ¿Será que en lugar de los horarios, quienes debemos de cambiar somos nosotros? Esperemos entonces no cuatro años, sino la eternidad.

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La Madrugada del Viernes Santo: único día del año en que vuelvo a casa a las nueve de la mañana sin arrepentirme de algo, sin vivir anécdota vibrante. Aunque, bueno, es cierto que la noche se está convirtiendo en una experiencia más emocionante que cualquier deporte de riesgo. En pura adrenalina, vaya: sabes cómo sales pero no cómo regresas –dicen que hay medidas para que no repitamos “la vivencia”, sintagma cofradiero de recurrente puesta pregonera, ya se verá-. Volvía el otro día a las nueve, no de la mañana sino de la tarde, a casa, tras ir al triduo de esa hermandad del Viernes Santo en la que de Madrugada, desde hace unos años, salgo. Iba con un colega ateo. Ir con un colega ateo a un triduo es una historia que todos deberíamos vivir alguna vez en la vida, como el atasco en el cruce del semáforo de la plaza de san Pedro o el papeleo burocrático del autónomo. Iba este colega mío detrás de mí, más Pokémon que colega, perdido, preguntando, escéptico, inseguro, nervioso. Aquello le era extraño, tan ajeno como una lengua balcánica o la fórmula de la Coca-Cola. “Bueno, qué, ¿qué te ha parecido?”, le pregunté al salir de la iglesia. Hizo gesto de mueca, labios arqueados de forma cóncava, elevación de hombros. Expectante, quedé en suspensión, momento-película-cámara lenta en el que el desenlace se hace esperar, no sabemos si por glorioso o por temor al ridículo. Y entonces, venga, sí, me miró. El veredicto, la conclusión: “Es una interrupción en el paradigma del mundo de hoy, pero para mí poco más”. Con la frase, mi amigo, que además de ateo es un poco cursi, dio en el clavo –hablamos sobre cofradías- de la cuestión. En estos montajes hay un ideal cercano a lo sublime que rompe con el esquema de la modernidad, tan dada, en cuestiones estéticas, al edificio gris y funcional, al pragmatismo, a la utilidad. Aquel altar de la hermandad de El Calvario era eso: una interrupción. Interrupción de lo sublime.

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El ilustrado capillita, qué gran tema. Yo conozco a unos pocos, amigos, compañeros, que reúnen condiciones para hablar de ese personaje, escisión del ilustrado laico sevillano. El ilustrado capillita posee todos los tópicos del capillita al uso pero con un rasgo peculiar: considera, épico, que va contra todos los tópicos. Ir contra el cliché en esta ciudad es algo tan manido como el propio cliché, y con el añadido, acaso irrisorio, de ir contra algo que hoy día no existe, pues no es más que eso, un cliché, una idea preconcebida. Jugar a ser Blanco White en el siglo XXI es ir doscientos años tarde a la batalla. Pero los ilustrados capillitas, que me caen bien, que tengo amigos, siguen instalados en ese mito –no logos- de la sociedad progresista contra la sociedad sevillana cofradiera, una dualidad –esta palabrita para acercarse a “la esencia” sí que está vista- que ya no se da, pues por suerte vivimos en una sociedad mucho más heterogénea, moderna. Otra sospecha del ilustrado capillita es la de que las cofradías tienen algún tipo de poder social y político en la ciudad de Sevilla, algo así como una especie de iluminados que se reúnen en el subsuelo de las antiguas iglesias para influir en el pensamiento del ciudadano común o en las tareas de los plenos del ayuntamiento. Sí: viene Dan Brown y no lo mejora, tiene usted razón. Llegados a este punto discernimos entre el que tiene poder y el que se cree que tiene poder. El que tiene poder es el político; quienes se creen que tienen poder son las cofradías, las cuales usa el político de turno para darse a conocer y rascar votos de las túnicas. Ejemplos, de todos los colores: Torrijos y las medallas rocieras; Zoido y Serrano en las procesiones gloriosas, etc. ¿Ven estos nombres por algún costero o por alguna vara, ahora que no mandan en Sevilla? Ah, amigo intelectual. La política local saca rédito –desde los Montpensier así ha sido- del alcance social –no es lo mismo que poder o influencia- de las cofradías, y no al revés. Porque no es lo mismo mandar que hacerle creer a alguien, ingenuo, que manda.

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Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

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Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.

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Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.

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Acabamos de llegar de Roma, por tanto será como la sombra que, telón o bambalina –mejor esto último-, decora los cuadros de Caravaggio. Con ese efecto de las obras del pintor se están desarrollando los acontecimientos que deben aclarar, solucionar, el próximo Martes Santo. Mucho de enigma y, al mismo tiempo, como todo buen tenebrismo barroco, claridad: quizá porque no es una sombra que oculta, sino que muestra. Digamos que el retraso de las decisiones, las reuniones aplazadas, el secretismo… lejos de aportar confusión e incertidumbre, dejan evidencias y certezas. La primera es el modo de actuar de este Consejo. Siempre de perfil, acaso ambiguo, demasiado prudente, delegando cada decisión polémica o compleja en el ayuntamiento –CECOP- o en el arzobispado, en las instancias superiores. Ya lo pudimos comprobar en las avalanchas y estampidas de la Madrugada. En cada pregunta al presidente, la respuesta esquiva, evitar en todo caso la posición, el criterio de la institución. El vértigo o respeto de que la declaración no se entienda, o se tergiverse, o se manipule. Mejor el silencio que el error. Es una estrategia de comunicación eficaz, e inteligente; pero gobernar, o administrar, es decidir, y en algún momento, ya sea de palabra o de hecho, tendrán que dar el paso. Por ahora nada de eso. Predomina la respuesta callada, que es el primer desencadenante de las filtraciones y de los rumores; es decir, de una consecuencia contraproducente a sus intereses: si buscan la ausencia de tergiversación, mejor hablar sin tapujos. O sentarse de una vez –con voluntad de determinar una solución, no de aplazar el problema- y asumir que ellos son los que tienen la última palabra, consensuada con el resto, pero no supeditada.

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Pregunta un amigo que qué me parece el pregón. Suele ser usual, pregunta previsible, cuando se acercan estas fechas de luz moneda en las que se desvela la incógnita del elegido –suerte, pregonero-, o cuando venimos de vuelta, camisa cansada, castellanos quejosos, un domingo de primavera. Cuando formulan la pregunta, nunca sé qué responder. Porque tampoco sé muy bien qué pensar. Quizá porque nada me importe. Pero a mis amigos, seríamos unos insensibles, nunca les niego la palabra honesta. Así que trato, dentro de la complejidad, construir un argumentario creíble, que tranquilice las dudas. Les digo que para mí el pregón es cosa nimia y nada interesante. Les digo que cómo en una sociedad en donde predominan los 140 caracteres de tuiter y el mundo audiovisual, el pregón aún mantiene un formato que se centra en la oralidad, en el discurso de hora y media, casi propagandístico, de radio de cretona y de sofá de escay revestido de punto -el resultado, natural: bostezos, distracciones, consultas al móvil-. Les digo, también, que aquello es un acto social, extraliterario, pues en la elección del afortunado –suerte, pregonero- prevalecen unos intereses clientelares, incluso personales, entre el Consejo de Cofradías y demás partícipes en el evento. Es una fiesta narcisista de ellos, para ellos, donde en unos hay vanagloria de qué bien hemos elegido y otros sueltan en un atril lo que se ha dicho hasta la saciedad, mientras un teatro –en el amplio sentido del concepto- llena un aforo cuyas entradas no están a la venta, al menos en su mayoría, en una taquilla, como en cualquier espectáculo, sino que se dan de manera arbitraria entre los mismos de siempre. Poco importa la ciudad; menos, la literatura. Y llegados a este punto, miro a mi amigo, quien me observa con cara de romano tallado por Castillo Lastrucci. Ahí pienso que por hoy es suficiente. Y que, por no quebrar costumbres, he dicho.