COPE

Suele ser pregunta casi obligada, casi inevitable, en las reuniones de los amigos hispalenses, en las tertulias de la vida cofradiera: ¿darías el pregón? Salvo algunas  noches puntuales, noches de entusiasmo de garrafón en que me hayan dado más de las tres de la mañana con la hermandad de la canallesca, no recuerdo haber dicho que sí. Lo usual es que responda que no, que aquello del pregón no me interesa demasiado: porque es una dinámica algo desfasada, porque no concibo la escritura desde la complacencia y porque sospecho que levantarse un domingo tan temprano, y gratis, es una falta de respeto a los domingos. Y porque no se puede preparar nada interesante en un acto que tan sólo es social y en el que el público, en el fondo, no espera nada de ti, mucho menos algo interesante. A lo sumo, lo que ese público del teatro –y de esa Sevilla- busca es que alegres la mañana con la estampita previsible, con el poemita sentimental; lo que el público del teatro busca es que le cuentes lo que ellos quieren oír. Que es lo que ya oyeron el año pasado, y el otro, y el otro. No se puede concebir arte donde hay un público que desea propaganda. No se puede ofrecer un trabajo que sea original, es decir, bueno y propio, donde hay público de gusto predeterminado, y que además no admite otra alternativa. El formato tampoco ayuda: la misma imagen desde hace setenta años: alguien contando su historia durante una hora y media. Así que mejor dar a Dios lo que es de Dios, a los pregoneros profesionales –existen- lo que es de los pregoneros profesionales y a mí los domingos de pijama. Que como ellos, ninguno.

COPE

Lo confiesan en la camilojoseceliana colmena de la calle san Gregorio: el consejo de cofradías es institución que ha perdido todo prestigio. Antes en privado y ahora en público, tanto Antonio Piñero como Francisco Vélez –dos hombres con un mismo destino, como cantara David Bustamante- coinciden en criterio: la degradación de ese consejo, de su consejo, se ha pasado de castaño oscuro. Castaño oscuro del color del café de Sainz de la Maza, claro. El hombre que con mayor alegría y ganas de fiesta vio un Santo Entierro y al que sólo le quedó beberse, precisamente, el producto que en familia fabricaba. Pero ahora que el agua pasada –y lo que no es el agua pasada- no mueve molinos de esta quijotesca historia, tanto la gente de Vélez como los nombres que acompañan a Piñero se han propuesto enmendar la plana y corregir la deriva moral de una casa que desde los tiempos de Adolfo Arenas y sus filtraciones es lo más parecido al Cluedo que se pueda imaginar. Con buenas palabras, sí; con buenas intenciones, más; con ideas concretas, pocas. Lo de siempre en estos casos. Ninguna de las dos candidaturas, más allá de los santos propósitos que todo el mundo desearía para sanear aquello, ha dejado nada claro. Ni tampoco ha ofrecido soluciones a los problemas de siempre y que hasta pereza da recordar: madrugada, Martes Santo, carrera oficial. En fin. Visto el panorama, recomiendo que vayan estos próximos días a ver a la Amargura. Que aunque paradojas, quita todas las penas. Y sin necesidad de sainzmazearse.

COPE

Hay que disponer de mucha fe para creer en los tópicos que hacen fiesta a la Semana Santa de Sevilla. Incluso hay que disponer de más fe que en el motivo principal de la fiesta: el hombre que resucitó de entre los muertos y que así nos salvó y que así nos reserva la vida eterna. Es la Semana Santa de Sevilla celebración abundante de ficciones, idealismos, mitos, cuentística palabrería. Leyendas fantasiosas y clichés de serie que en muchas ocasiones dicen de la fiesta cosas que, con historiografía y lectura, no son. Hay veces que este desajuste entre realidad y ficción –mentira, a secas- sucede a causa de la memoria, otras a causa de la nostalgia y otras, mayoría, porque a los cofrades nos conviene. De estos clichés de serie, prefabricados en masa, es lugar común el de presumir de antigüedad, de presumir que la Semana Santa de Sevilla es una fiesta de no sé cuántos siglos, que parece que Colón salió de representación en El Corpus y que Carlos V, cuando se casó aquí en Sevilla, fue al palquillo de la Campana a que Manuel Cuevas le cantara una saeta. Pero no. La Semana Santa, la Semana Santa de Sevilla que hoy conocemos, es el resultado de una operación de marketing de Antonio de Orleans y de una renovación –o reinterpretación- estética en el siglo XX: bandas, flores, bordados, etc. Aunque haya quien presuma de siglos sin más convicción que la de su palabra. Pero esto, claro, es otra historia.

COPE

Este pasado domingo, en Diario de Sevilla, el periodista Carlos Navarro Antolín  preguntó si el personal hispalense estaba un tanto cansado de tanta procesión. El pueblo hispalense del ágora tuitera respondió que sí, y quedó duda solventada, y menos mal: si no, la semana hubiese quedado con intriga, con sospecha. Y así no se llega a ningún sitio, dejando las intrigas de un domingo sin resolver. En mi caso, hace años que llegué a una conclusión parecida: ser capillita convencional, en esta ciudad, es algo muy cansado. Casi todos los fines de semana tienes evento festivo, y es que tan sólo libran algunos de agosto y poco más. Si no es una procesión de gloria, es una salida extraordinaria; si no es una procesión eucarística, es una coronación; si no es un vía crucis, es un concierto de bandas; si no es la última recuperación histórica de algo que no se hacía desde hace cuatro siglos pero que el archivero descubrió un sábado ocioso a la par que aburrido, es una charla, muy amena, sobre la catequesis kerigmática y mistagógica. Cómo no va a ser agotador pertenecer al gremio del capillismo, y encima gratis: cuadrar cuentas gratis, reuniones mensuales gratis, cargadores de trastos gratis. Lo que yo me pregunto, ahí va la incógnita que tendrá que solventarse esta semana, es si los medios no tenemos culpa, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, en esa saturación de las cofradías. Porque es cierto que todo lo que hemos escrito, pasa. Y no es menos cierto que allá donde pasa esta nimiedad con la que hemos sonreído, la contamos. Y la difundimos. Y la rentabilizamos. Y con las treinta monedas que nos sobran, pues nos callamos la conciencia.

COPE

Hace años que en los cónclaves cofradieros circula la frase tópica: “De tantas coronadas que hay, lo extraordinario es que no esté coronada”. Aunque sea frase de pensamiento precongelado, así es. Desde que en los primeros años dos mil empezaran a aceptarse trámites de coronación tomando la palabra trámite en unos sentidos demasiado literales, llegó la moda de las coronaciones por criterios de acción de social, que no es más que el eufemismo que permite la coronación allá donde se desea. ¿Qué hermandad de Sevilla no cuida la ayuda a los necesitados? ¿Qué hermandad de Sevilla no presta colaboración a un comedor social? Ninguna: es lo que está mandado. Lo mínimo que se exige. Por esa puerta de la ayuda al que menos tiene, que no es estrecha como la de san Esteban sino ancha como la de El Salvador, salieron coronaciones de todo tipo. Un hecho que devalúa lo extraordinario del hecho. Además, y aquí un aspecto importante pero desapercibido, hay en estas coronaciones un interés histórico en lugar de un motivo devocional. Sí: parece que importa más el pasar a la historia, que el nombre de aquella junta figure en las placas de la casa hermandad, que la celebración en sí. Algunos cofrades de hoy, que saben del alcance social de estos acontecimientos, que han visto fotos y oído historias de los mayores,  deciden coronar a sus imágenes en conciencia de lo que otros hicieron. Porque intuyen que serán siempre recordados. Porque se coronan ellos en un tiempo, en una memoria.

COPE

Mejor será que la calle Sierpes siga con las salidas de emergencias obstruidas, con los espacios taponados, con los propietarios de las sillas convertidos en una única masa, como si aquello fuese un kraken vestido de traje oscuro y falda de la temporada primavera verano de Mango. Mejor será, claro, que la Campana incumpla todos los requisitos de seguridad y que si ocurre desgracia que propicie aglomeración, aquello sea una plaza sin más salida que el caos y el bullicio descontrolado, que siempre es lo idóneo en situaciones de pánico que todos, sin demasiado esfuerzo para la memoria, podemos recordar. Lo mejor en la carrera oficial será que apenas haya posibilidad de mover la pierna y estirar el brazo, pues lo más probable es que nos pisemos con el vecino de dos sillas más allá y, apurando, con las patatas del Big Mac que se está tomando el de enfrente. Lo mejor, lo conveniente, será que hagamos de las esencias, que siempre son falsedades, un argumento racional. Lo mejor será protestar por motivos estéticos, pues todos sabemos que la zona de la Campana, en comparación con el Paseo Colón, es  lugar de una inconfundible personalidad y de una, pongamos cursilada, arrebatadora belleza. Lo mejor, pero es que no hay ni que pensarlo, será que si se tienen que suprimir sillas para cumplir normativa, se supriman, aunque haya posibilidad de que esos usuarios puedan seguir disfrutándolas, con una modificación que ni grave ni costosa ni descabellada. Lo mejor será, es obvio, que todo siga su curso a pesar de que el curso ha cambiado. Lo mejor será esperar, como cantó el gran Julio Iglesias, que la vida siga igual. Esperar sentados, comodones, por supuesto. De toda la vida se ha hecho así.

COPE

El pasado 19 de septiembre, la hermandad de la Macarena organizó una charla con periodistas –entre ellos el presentador de esta candelería que hoy se estrena- que han contado la salida de la cofradía, lo que llevó a una pregunta siempre compleja: ¿qué es la Macarena? Podríamos hablar de la noción de la Esperanza, del sentido de su virtud teológica en la Iglesia; podríamos describir el qué de la Imagen en el barrio, podríamos aproximarnos, desde el hecho, al concepto de la Virgen. Pero, aun diciendo todo desde el juicio objetivo, nos quedaríamos en nada. No es suficiente la descripción, la correcta definición de glosario; que es exacta, pero por exacta, limitada, y la Virgen de la Esperanza supera sus propios límites: devocionales, sociales, culturales. Desde una descripción objetiva de la Imagen no pasaremos de la frustración, de la palabra que siempre necesita de algo más. Que siempre necesita de la experiencia íntima, que es suma de memoria y de emociones. La Virgen de la Esperanza Macarena, al igual que la fiesta de la Semana Santa de Sevilla, no se define en los ensayos de los buenos divulgadores ni en los programas de mano que tan sólo sirven para mencionar el dato recurrente y la cifra prescindible. Porque la Virgen de la Esperanza Macarena tan sólo se asume desde la apreciación subjetiva, desde la intimidad de los recuerdos de quien la haya conocido en la mañana personal del Viernes Santo, en la estampa de la casa paterna. De ahí que estos periodistas dijeran que “se quedan sin palabras” cuando se acercan con un micro en la mano para narrar la salida del paso: contar su Imagen es contarse ellos. Y acaso mejor así: denostar toda lógica, toda explicación. Porque La Macarena no precisa de definiciones. Porque es una definición en sí misma.

COPE

Los cronistas y los escritores de cabecera –de guardia- en esta noble ciudad tratan la mañana del Corpus en sus artículos, en sus divagaciones, en sus elucubraciones, en esos breves y elocuentes ensayos con que ofrecen erudición y buen oficio a las fiestas locales. Ahí hablan de una ciudad que ya no es la de no se sabemos cuándo y que ha perdido la medida de no sé sabe nunca muy bien qué. Una galería de conceptos abstractos, constructos difusos, ideas vagas: un paraíso que ya no existe y que, me temo, nunca existió más allá de la literatura personalísima que crece en la nostalgia, esa cruel mentira de la memoria. Desde ahí parten a la descripción, a la disección de una estética que cruza las calles durante cuatro horas y que luego, como en el soneto de Cervantes, no hubo nada. Tan sólo, aunque no sabría decir si es poco, la teatralidad pasajera, nuestra mayor virtud. Pero tras la juncia, el romero, el seise y la plata indiana gastada de siglos, queda el tedio perezoso, la siesta languidecida, el comercio cerrado y el guiri sin rumbo. Tras el canto del coro y los graves sonidos en la vieja catedral, queda el eco cuya voz es nuestra voz. Y ahí vamos el resto de los días, y ahí vamos el resto de los meses. La festividad del Corpus enseña no tanto en su fachada como en su reverso, no tanto en esos cofrades que salen como en el instante en que ya no están delante de nosotros, discurriendo, saludando, vara en mano y medalla al cuello. Y es que la principal moraleja, la principal conclusión de esta fiesta que ya pasó no está en esa retratada mañana sino en la tarde que se ignora. Cuando su ciudad se muestra tal como es; es decir, tal como nadie la quiere ver: anodina y convencional. Una ciudad más. O sin más: una menos.

COPE

No se ha inaugurado una de las muchas exposiciones que abundan desde hace años en las salas que van del ayuntamiento a la calle Sierpes. No es de esas exposiciones monocordes, idénticas a las anteriores, cansinas y plagiadas con que nos deleitan –qué verbo más propio- desde hace unos pocos de años. No es de esas exposiciones que no se montan tanto para exponer como para exponerse, no tanto para enseñar como para enseñarse en esa importancia tan cofradiera de ser –creer ser- un don nombre a partir de las ocho de la tarde: la mesa de juntas, el despacho de la secretaría, la foto con los concejales que pretenden concejelear en esos mundos de Dios, en fin, esas cosas. “Pasión según Sevilla” no es la fórmula conocida que alguien descubrió y que todos imitan desde su descubrimiento, sino la muestra –a esto se le puede llamar muestra- que ha organizado la hermandad de Pasión en estos últimos días del mes de mayo. Cuánto se agradece, en un mundo tan estéticamente monótono, la originalidad en la forma y en el contenido. Es cierto que el último ayuda, cómo no. Ahí están las fotos de mi colega Fran Silva, y el trabajo de Daniel Salvador; la historia de la propia cofradía –los Montpensier, gente muy lista y algo complaciente para beneficio propio, y Turina, y los infantes-; ahí está Cayetano González, y Juan de Mesa, y un Martínez Montañés, y Rafael Laffón, y José María Izquierdo, y Luz Casal. Lo que queda, que es mucho, hasta el 3 de junio, domingo, en el ayuntamiento. Un lugar en el que, de vez en cuando, y con obras como esta, se permite la poética del arte entre el prosaísmo de la ordenanza, el pleno municipal, la micropolítica del alcalde que no cuida los baches. Y menos mal.

COPE

Quizá no se trate de comprender sino de disfrutar o ignorar, pero si quedamos en casa en estos días en que se celebra la romería del Rocío, yo recomiendo –es nuestra condición- tres libros. El primero lo acaban de editar en Almuzara, de Antonio Sánchez Carrasco, fotógrafo, divulgador de las fiestas locales en la cámara y ahora en la escritura, con su El Rocío, presentado en este mes de mayo, a escasos días de que salgan las hermandades que tan bien retrata este retratista con quien comparto afinidad en dos placeres casi universales: la palmera de huevo y los chicharrones. De otro tono, El polvo del camino, de la siempre genial Eva Díaz Pérez, obra ajena –no abundan- a la servidumbre folclórica y a la apariencia de una fiesta que nunca es del todo lo que parece pero que tampoco suele ser lo que no parece. En esa media entre dos puntos de vistas –tan dogmáticos y categóricos como falsos e interesados-, esta novela. También podríamos hablar del libro que Antonio Burgos escribe en un ya lejano 1973, donde leemos curiosas palabras ya en desuso y paisajes perdidos en torno a la romería, donde no había tanta carretera y tanta carriola tipo halcón milenario con el famoseo de sobremesa y el político kitsch. Tres libros. Libros con los que estaremos allí sin estar allí; es decir, en el camino, pero con todas las comodidades de la vida occidental y contemporánea: una ducha caliente, una cama limpia, un sofá confortable: sin alergias ni picores de mosquitos inmensos como carretas juanrramonianas –tanto el picor como el mosquito- ni pies hinchados de kilómetros y arenas voluminosas. Porque aquello es para ir en el plan que tantos prejuiciosos que nunca han conocido el plan se suponen que es aquello: no me aguantan el primer día.