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La sala anduvo de bullicio, paisaje similar al de los tramos de la cofradía justo antes de salir a la calle; cofradía de barrio, popular, comprimida en la parroquia de la periferia. O también podríamos decir que fuimos, durante una hora y media, abonados no en la Campana o en la avenida, sino en el CICUS, para ver pasar a la hermandad de los heterodoxos. Gremio no posmoderno, sino contemporáneo, apuntemos la distancia. En esta hermandad gremial de hoy, como fueron la de los mulatos o la de los toneleros, los hermanos mayores son los directores de la revista La Muy, quienes organizaron, organizan, un triduo de mesas redondas con el que alcanzamos indulgencia plenaria respecto de la apertura de miras y del sentido cultural –por tanto trascendental, que nadie se equivoque- de la Semana Santa. Tras pedir la venia al palquillo de un público congregado en la calle Madre de Dios, dónde si no, el periodista Javier Gotor dio paso a la cruz de guía, es decir, a Eva Díaz Pérez, quien fue abriendo paso a los tres pasos de esta jornada: Lutgardo García, David González Romero y Julio Muñoz Gijón. Hubo risa, hubo reflexión, emoción y anécdotas, como en cualquier estación de penitencia. Y en el altar mayor, la obra del pintor Rafael Laureano. Nosotros seguíamos, mientras tanto, allí, en nuestro abono, viendo el discurrir de tanto ingenio y de tanto Núñez de Herrera, de tanto Eugenio Noel, de tanto Antonio Burgos, de tanto José Antonio Garmendia, de tanto Paco Robles. A la derecha de mí, Javier Leal, que no es padre sino amigo, aunque sí seamos, en según qué ocasiones, un solo espíritu. En los extremos, aunque ellos sean más bien centrados, Manuel Jesús Roldán y José María Rondón, y el escritor José María Jurado, quien contemplaba, como es precepto en su condición de buen observador, de Virgilio con acento poético andaluz, todo un género, por difícil, épico: el eclecticismo en la ciudad de los dogmas.

ROMANCE A UN DÍA FAMILIAR EN LA CAMPANA

El niño cuyos mofletes

son como dos guardabrisas:

coloraditos y curvos,

rechonchos y de piel fina,

casi voluta barroca

que adorna la canastilla,

casi cristal de los pasos,

el cristal de las tulipas

que llevan los candelabros…,

no sé, de La Borriquita,

que es la hermandad de este niño,

la hermandad de la familia.

El niño tiene más fondo

que el patiolamontería.

Y es que se come empanados

el manto, las bambalinas,

las escaleras del paso

de La Quinta o La Canina,

aunque canino no sea

el mote que lo adjetiva.

El niño tiene una madre,

que es quien lo lleva a la silla,

y un padre, que en penitencia

lo vemos todos los días:

cómo carga con el carro,

cómo carga con la vida,

cómo carga con la suegra

encalomada en sus sillas:

“Miguel, a ver si sacamos

en los palcos, la avenida,

que es que, vamos, aquí estamos,

no sé yo, como sardinas;

además, allí hay caché,

donde las tiene la Herminia”.

 

Y mientras tanto, ese niño

chutado de palomitas,

de paquetes de Risketos,

de Gublins, de golosinas,

mira al padre y le confiesa:

“Papi, tengo fatiguita”.

Y es que van a dar las nueve

y llegan de las cocinas

los olores posmodernos

de nuestra gastronomía.

¿Adobo Blanco Cerrillo?

¿Rebozado de pavías?

¿Un montadito de gambas?

¿O la miel de las torrijas?

Nada de eso, frío, frío:

algo más… imperialista.

Algo de esos otros dioses

que asoman las cabecitas

por los letreros que alumbran

las fachadas, las esquinas.

 

No son dioses que veneren

catedrales o capillas:

son los dioses de Inditex,

de McDonald’s, cuya Biblia

está en ese escaparate

donde ofrece su comida:

del big mac a los mcnuggets,

y al menú cuarto de libra.

Olores de Happy Meal

que al niño dan fatiguita.

Olores que se propagan,

o que más bien nos conquistan,

y entran por la pituitaria

y siguen por la barriga.

Del dios del capitalismo

al Dios hombre que camina

sobre un paso de madera

que trabaja una cuadrilla.

Ni naranjos ni los tópicos

“mester de pregonería”.

La Campana huele a grasas,

huele a kilocalorías,

a esas prendas industriales

que venden en las franquicias.

Huele al bolso de La Chari,

al bolso Dolce & Cabina;

huele a chuches de ese niño

que está aburrido de pipas;

huele que huele a ese padre

que no ve más cofradía

que la de Santa Paciencia

cuando va de recogida.

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Los impresionistas franceses del XIX buscaron la deformación del paisaje, desde el trazo suave, ágil, difuso y casi arbitrario, para huir del retrato instantáneo y descriptivo –tan descriptivo que captaba el aspecto formal de la  realidad tal como lo veían nuestros ojos- de la fotografía. Surgía así, de esa, digamos, necesaria competencia, un nuevo modo de entender el arte: no desde la creatividad o la imaginación sino desde la tecnología, aunque fuese esta, por otra parte, claro, una invención del hombre. Pasarían unos años, que si las vanguardias, que si la muerte del arte, que si el pop, hasta llegar a las tesis neorrealistas de, por citar coetáneos de hoy día, Antonio López. Toda esa visión, todo ese recorrido, se condensa en la cámara de un fotógrafo –quien dice cámara dice ingenio, inventiva-, cuya firma responde por Santi León. Santi León adapta los cánones del barroco tomando como instrumento no el pincel, sino la fotografía; es decir, recoge los presupuestos teóricos de una mentalidad del siglo XVII, los enlaza con la modernidad del XIX, los nutre al ritmo del XX y los deja en los ojos de los lectores –mucho hay aquí de literatura, también- del XXI. Santi León reinterpreta una serie de conceptos pasados para incorporarlos al canon de la sociedad actual. El resultado, si aún no lo conocen, deberían verlo. Juego de luces, antítesis, sugerencias, claroscuros, volumen de las imágenes… y todo dispuesto en una escena tan original como conmovedora: el fotógrafo coloca las tallas en el suelo de las parroquias y de las iglesias,  atribuyendo a la imagen cualidades propias de lo  humano, de la realidad, alejando lo que en ella hay de madera, de artificio, incluso de fotografía. Santi León supera el escollo con el que se encontraron los impresionistas, pues usa la fotografía para trabajar con la pintura. O viceversa.

ROMANCE A UNOS CANGREJEROS MUY SENSIBLES

Sueles verlos ya de noche,

cuando vienen consumidos

los candelabros del palio,

las mechas de los pabilos

de los altos celadores,

de la cera de los cirios.

Sueles verlos ya de noche,

cuando el día ya se ha ido

en las hojas del programa,

arrugado en el bolsillo,

bolsillo de una chaqueta

que es de Scalpers o de Silbon,

con los botones dorados

y talla de niños chicos.

¿De color? Verdes, o blancas,

o también azul marino.

O como ellos las apodan:

azul pavo tono frío.

Los zapatos son burdeos,

de buen gusto, con estilo.

Muy limpios, casi de estreno,

con mucha piel, mucho brillo.

No son muchos, a lo sumo

son dos o tres, cuatro o cinco

-diremos que es esta cifra

su número favorito-.

Siempre delante del paso,

todos muy agarraditos,

con las manos en los hombros,

los pantalones pitillo,

y un tupé como un cirial,

en su defecto, flequillo.

 

En las fotos de Instagram

lucen morenos, guapitos,

rara vez no se acompañan

del género masculino,

con los que se echan las fotos

echándole los morritos.

Solo tienen amistades

de una acera: solo amigos.

Les encanta la priostía,

qué les gusta un acerico,

y una blonda, saya, manto,

un bordado en oro fino,

todo lo que sea clásico,

todo lo que sea antiguo.

También les va el critiqueo,

lo comentan muy bajito,

cuando se acercan al otro

y le dicen al oído,

en besapiés o quinarios,

en besamanos o triduos:

“Anda que poner gardenias,

en lugar de poner lirios”.

“Es que el Rubén lo ha bordado,

es que, vamos, se ha lucido”.

“Qué toca de sobremanto

más horrorosa, Dios mío”.

“Andevá con ese altar,

¿a quién se le habrá ocurrido?”.

 

Pero esas lenguas de víboras

se ocultan al misticismo

de este palio, ya de vuelta,

con los cirios consumidos.

Les pirra una marcha clásica,

todo lo que suene a antiguo.

Miércoles o Viernes Santo,

con sus chaquetas de Silbon

y sus tupés de dos metros

-ahí se puede hacer windsurf-.

De Montserrat al Museo,

del Buen Fin al Baratillo,

van delante de los pasos,

cangrejeros, en grupitos.

Cómo observan los detalles:

de la plata a los tejidos.

O a la espalda de ese poli

que controla del bullicio.

Que enciende sus guardabrisas.

Que levanta… sus suspiros.

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Alrededor de su iglesia leíste por vez primera Madrugada de Dios, una recopilación de poemas de Rafael Montesinos. Poemas cercanos, adjetivamos con mucho cuidado e intención, a la Semana Santa. En ese libro descubriste el acento, el tono, el pensamiento –conceptos juanrramonianos con que medir la buena literatura- necesario para elaborar el artificio –idealista, neopopular, costumbrista, realista, surrealista, pop- de la fiesta, un artificio que debía sonar a naturalidad. En él averiguaste cuál era el equilibrio, la distancia, que pide la Semana Santa, si de ella pretendemos el retrato literario. El acierto es el tema. O mejor: el modo en que tratamos el tema. Los poemas de Semana Santa son buenos en la medida en que sea la literatura la que diga, no el tema el que condicione. En la medida en que la finalidad del discurso sea universal, en el sentido de que hable de sensaciones por todos conocidas, aunque el medio en el que se desarrolle ese discurso no traspase, por circunstancias, lo local. El camino más corto de Montesinos podría servir en cualquier poema, sea o no de Semana Santa. Y a pesar de que la expresión haya sido tomada de las reglas de una cofradía. Todo esto aprendiste, no heredado, en esa plaza. En esa plaza en la que ahora se eleva el Cristo, la Virgen, con su orquesta de cirios y de platas, de teatralidad y de trampantojo. Con una imagen que te devuelve, año tras año, a tu pubertad. Porque si en la plaza conociste el qué de una parte, una de tantas, de la literatura, en el interior de esta iglesia mudéjar asimilas la única, casi la última, de las lecciones: la del tiempo. De la caducidad de la ceniza a la caducidad de tus propios recuerdos, del origen que fuiste al inevitable epílogo que serás. La plaza se llama san Andrés; la cofradía, Santa Marta.

 

 

ROMANCE A LA RAMPA DE LA PLAZA DEL SALVADOR

De anuncio la plaza viste.

¿Eco? Más: voz de tu infancia.

Álbum en blanco, memorias

del todo que aquí se guardan.

¿De nombre? Marzos, abriles,

y este sol, de verdad clara,

artesanía de oficio

antiguo en la luz que emana.

No la verdad porque haya sido,

la verdad porque nos habla.

 

Hay vocación de horizontes:

cada una de sus palabras.

Que pronuncian eternidades:

bares, dioses, nubes altas.

De himno suenan sus esquinas,

pueblo cruza, días pasan,

de las calores del Corpus

a la fría Madrugada

en que los inciensos colman

las lunas en que se calman,

en que se pierden, ya lejanos,

¿los humos de tu nostalgia?

Sentido y sonido vencen,

materia y sustancia alcanzan

en este punto inefable,

que es cercanía y distancia.

Que tiene cuerpo de tiempo,

aunque solo sea plaza.

 

Y en el centro de este canto

en el que ahora alguien canta,

una lengua que lo entona,

la lengua por donde bajan

todo niños y antifaces,

todo de túnicas blancas.

¿Lenguas? ¿O acaso la mano

que te ofreciera su palma

tras las palmas de un domingo

de asombros, muy de mañana,

en que el idioma del mundo,

catedral, damascos, platas,

es de virgen e inocencias,

de todas las circunstancias

del que fuiste en otra edad,

hoy recuerdo, quizás nada?

Esta lengua emerge altares

al final de su garganta.

 

En pronto día estará,

prontas serán las semanas

en que de pereza tumbe

la madera de sus tablas.

Como de un sueño difuso

en que nadie despertara.

Como de un sol ya sin hambres,

hoja de otoño, cansada.

Vendrá de nueva, de adverbio:

aún, hoy, siempre, mañana.

Adverbio para los nombres:

abriles, noches, arcadias.

Que viene Dios con recado

de muerte sobre la espalda.

Esa cruz que ya desciende,

por Amor, en esta rampa.

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Fuimos el pasado viernes, y probamos la experiencia. Madrugadas de febrero en torno a una parihuela. Ensayo de costaleros. Sí. Para quien no lo sepa: pantalones de chandita y blancas las camisetas; mochilita a las espaldas, costales y sudaderas. Y el paso, que aún no es paso sino un cuerpo de maderas, hierros, luces, voltios, radios con las marchas cofradieras marcando el pulso, el son que se mece en las caderas.

Hay bulla en el Pumarejo, Relator, Peris Mencheta. Los hombres con los costales descansan en las tabernas, en los bares posmodernos, en los bares culturetas de san Luis o del mercado, o también de La Alameda. Los de las mesas unidas y una lámpara que cuelga entre las sillas, dispares, y el cous cous con sus almendras. Los bares alternativos, sobre todo en las carteras. ¿Qué pensarán los Erasmus al ver esas arpilleras? ¿Al ver a cuarenta tipos cargando sobre sus piernas tantos kilos de cemento sobre un trozo de madera? Muchos besitos al cuello. Mucho… si eres un croqueta. Mucho los zancos al suelo. Mucho paso a la trasera. Mucho aspirante buscando dónde meter la cabeza.

Estuvo Víctor Castaño con Isaac Escalera -que igual que coge el micrófono da pases con la muleta-, por si quieren los testigos, por si desean las pruebas de esta crónica a un ensayo que no es de Sartre o de Ortega, sino de Antonio Santiago. Un Sócrates de la fiesta.

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¿Habéis visto el cartel, la foto, que ha editado la revista Cuaresma? ¿En serio la habéis visto? Decidme que sí. Qué prodigio. Qué retrato tan impresionante. Y qué guasa: anunciar el principio de la fiesta tomando su final. Con ese ímpetu tan del capillita jartible en los días posteriores al Miércoles de Ceniza: esto se está acabando. También los hay, algo más moderados, que lo comentan o bien el domingo de pregón o bien el Domingo de Ramos, cuando la Amargura, ¿número 26 de la calle Francos, Menchu?, le pisa los talones a la jornada del Lunes Santo, que ya, casi, hay por san Andrés consulta de las listas, que no son las del médico, aunque esa belleza sea pretexto para volverse loco. ¿Pero habéis visto el cartel, la foto, que ha editado la revista Cuaresma? Os lo cuento, atención, spoiler, como dicen ahora: la Soledad saliendo de la parroquia de san Lorenzo, y tomada desde un balcón enfrente de las puertas de la iglesia, sí, al otro lado de la plaza. Con los ciriales enfilando la calle, con esa cruz parroquial que precede al paso, con las losetas de casa antigua, la forja de hierro en la baranda, las puertas de la habitación asomando por la izquierda y por la derecha. Esta foto me ha recordado, en cierto modo, sí, al cartel de la pintora Nuria Barrera, el de las fiestas de la primavera, de similar propósito: dos puertas que se abren para anunciar el inicio de un tiempo nuevo, desde esa sutil evocación en torno al gesto de apertura, gesto que denota lo que está por llegar, la víspera, el umbral, el estreno, la renovación de. Felicitaremos a la revista con nombre de cercanía, de proximidad, Cuaresma, por esta foto con la que nos anuncia lo que está por venir. Desde el balcón, las puertas, de la plaza de san Lorenzo a las otras puertas de su parroquia.

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De las ideas para remodelar la basílica de El Gran Poder derivamos, más allá de las maquetas presentadas, dos conclusiones: ni abunda la comprensión lectora ni ganas hay de ahondar en ese sorprendente más allá que nos ofrecen los titulares de la prensa. Menos mal que estuvo Félix Ríos para resolver las dudas en las entrevistas que le hicieron durante la pasada semana. Lo que en la Caja Rural se exponen son ideas, no proyectos. Ideas de un concurso en el que se han presentado propuestas de arquitectura acordes a un tiempo y a un lugar, que es Sevilla en el siglo XXI. ¿Y la necesidad de reformar la basílica? Pues, al margen de debates sobre el espacio para la salida de la cofradía o la celebración de los cultos, sospechamos que no demasiada. ¿Y retomar el anterior proyecto de Delgado Roig? Pues en principio no sugiere mala idea, aunque, a mínimo que profundicemos, nos topamos con el inconveniente. Y es que partimos de que la basílica actual es un templo de corte historicista, es decir, un parche en la realidad de su época, una ficción barroca que no se corresponde con el curso de su tiempo. Como vestir con ropas de cortesanos medievales castellanos en 2017: agradable a la vista, sí, pero fuera de lugar. No olvidemos que el arte, en este sentido, cumple doble función: se nutre del contexto en el que se desarrolla y, a su vez, lo interpreta. Un altar barroco en una era posmoderna no tiene, más allá de un simple elemento de decoración,  razón de ser, pues está desfasado y disuena al ritmo de su momento: ni toma referencias de su época ni nos sirve para explicar las circunstancias de esta. De ahí que no haya mayor escándalo en ajustar la estética de un edificio a las horas que marcan el tiempo que lo, que nos, construye. Ideas no vanguardistas o conservadoras sino contemporáneas para la construcción de un templo en el siglo XXI. Eso busca la hermandad de El Gran Poder. ¿Necesario?, acaso no; ¿conveniente?, seguro que sí.

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Alrededor de su iglesia leíste por vez primera Madrugada de Dios, una recopilación de poemas de Rafael Montesinos. Poemas cercanos, adjetivamos con mucho cuidado e intención, a la Semana Santa. En ese libro descubriste el acento, el tono, el pensamiento –conceptos juanrramonianos con que medir la buena literatura- necesario para elaborar el artificio –idealista, neopopular, costumbrista, realista, surrealista, pop- de la fiesta, un artificio que debía sonar a naturalidad. En él averiguaste cuál era el equilibrio, la distancia, que pide la Semana Santa, si de ella pretendemos el retrato literario. El acierto es el tema. O mejor: el modo en que tratamos el tema. Los poemas de Semana Santa son buenos en la medida en que sea la literatura la que diga, no el tema el que condicione. En la medida en que la finalidad del discurso sea universal, en el sentido de que hable de sensaciones por todos conocidas, aunque el medio en el que se desarrolle ese discurso no traspase, por circunstancias, lo local. El camino más corto de Montesinos podría servir en cualquier poema, sea o no de Semana Santa. Y a pesar de que la expresión haya sido tomada de las reglas de una cofradía. Todo esto aprendiste, no heredado, en esa plaza. En esa plaza en la que ahora se eleva el Cristo, la Virgen, con su orquesta de cirios y de platas, de teatralidad y de trampantojo. Con una imagen que te devuelve, año tras año, a tu pubertad. Porque si en la plaza conociste el qué de una parte, una de tantas, de la literatura, en el interior de esta iglesia mudéjar asimilas la única, casi la última, de las lecciones: la del tiempo. De la caducidad de la ceniza a la caducidad de tus propios recuerdos, del origen que fuiste al inevitable epílogo que serás. La plaza se llama san Andrés; la cofradía, Santa Marta.