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Tiene este calor de mediodía de invierno, cansado en el umbral, paisaje de infancia, calle Córdoba, antigua tienda de los Tres Reyes, bar La Alicantina; este niño se los sabe todos, mira, coge los coleccionables esos de ABC, a ver, este Cristo quién es. Este calor de invierno que ahora veo, que intuyo, desde la intimidad del escritorio, altar al que consagramos ocurrencias y otras literaturas, incluso tiene, en su propia luz,  sabor; calor disperso, impresionista, como en un cuadro de Monet, intensidad de años pasados, niños de pronta edad, corre que corre, detrás de las palomas, madera de rampla, chiquillería que corrió como corren y recorren estos recuerdos que ahora evocas. Con el pulso de la verdad; con el tono de lo que fue y no vuelve.  Y es que este Salvador que hoy describes es como una entidad, una idea, un álbum al aire libre en donde la ciudad guardara sus primeras memorias. Un punto de partida de los años de inicio. Años que se van, y que en esta plaza, y sólo en ella, se conservan. Cruzas el patio de los naranjos, árboles como los globos que venden en los márgenes del paso de las cofradías, árboles como apunto del estallido y la elevación. Entonces alcanzas al Señor. De Pasión. Y te acuerdas de Heidegger, el hombre es un ser de lejanías. Lejanía de aquel que fuiste. Te acuerdas del existencialismo, ese híbrido entre el nihilismo y el racionalismo, en la casa del Dios eterno. En la cuna de la infancia de la ciudad, donde no hay ni ser ni tiempo. En esta sociedad posmoderna, de culto a la mercantilización y al consumo, aún presientes verdad y belleza en este Nazareno, serenidad y meditación, como un verso suelto de Milton. Y entiendes que si hay calores en los mediodías del invierno, no es obra ni de la temperatura ni del ambiente de esta plaza.

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En esta ciudad tan dada a los perfiles, que no son los de esos pasos que cruzan delante de ti y a los que les ves la canastilla a media cuarta de tus párpados, calle Francos, calle Alemanes, calle Cervantes, sino los de miro para el otro lado y que no se me note, no digo nada no vaya a ser que, silencio, silencio, ruegos y preguntas que en el cabildo general se toman por unanimidad y que en el montaje del besamanos, con los cuatro o cinco de siempre, los cercanos, los amigos, largamos con la efusividad de los chorreones de cera que, al introducir el cirio en el candelero, salpican. Misma intensidad y misma quemadura las de sus comentarios. En esta ciudad donde pocos se atreven a seguir la voz del capataz, venga de frente, y solo unos inconscientes dan el primer paso; en esta ciudad en que tan complicado se hace el encontrar a alguien que mire, observe y diga, más aún cuando somos nosotros mismos los que estamos en la encrucijada; en esta ciudad, en resumidas cuentas, en la que parece que nada es ruán de san Isidoro o impoluta túnica de mi cofradía tocaya, en el nombre, no en la santidad, y que es san Gonzalo; es decir, una ciudad donde nada es negro o blanco, y no porque nos dé reparo los absolutos sino por miedo a posicionarnos. En esta ciudad cobardona, cuánto se agradecen trabajos como el de Javier Abad, quien desde su cámara ha retratado, sin medias tintas ni leves concesiones, la salida de El Gran Poder en el pasado mes de noviembre. La ciudad y las cosas se titula el trabajo, y ahí se desnuda el todo por cada parte: a Dios desde la emoción, desde el azulejo del escaparate, desde el bullicio de la plaza. Yo le doy la venia para que estos audiovisuales no se queden ahí, y sigan adelante. No estamos para perdernos estos lujos.

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Antes de que la poética de tu nombre venga a cubrir de emoción lo impersonal del raciocinio; antes de que tomes la puerta por la que entraron las lenguas vernáculas de la modernidad, que son las de Europa, imperio de Carlos V y casamiento de Isabel de Portugal; antes de que recuerdes de tu memoria el inicio del soneto “de pura honestidad templo sagrado / cuyo bello cimiento y gentil muro / de blanco nácar y alabastro duro / fue por divina mano fabricado”; antes de que la ola moribunda de su encaje te invite a concluir que ahí se oye un eco de verdad, calma de desembocadura del Guadalquivir a su paso por Bonanza, paseo por esa playa blanca, tan de Cádiz, tan de la bahía, que cantara Rocío Jurado en la Exposición del 92… una playa, una iglesia, eso ahora no importa lo más mínimo; antes de que la Vía Láctea de sus mariquillas, todo el simbolismo de Verlaine y de Darío en sus reflejos parisinos, te indique que esto es obra de otro mundo, o al menos de otro reino; antes de todo eso, te imaginan, y yo te imagino, está claro. ¿Y cómo? Pues al final, como es de precepto en tu nombre, siempre al final, donde ya no queda casi oportunidad alguna, donde tan sólo hay una puerta, entornada, se entiende, con una luz imperceptible, pero que sana, basta, vaya si sana y basta. Yo te imagino camino y destino, medio y fin, que son los rasgos de tu condición. Y te imagino sin tanta filosofía, sin tanta literatura, elevando dignidades de hombres y mujeres: concejales del Ayuntamiento y empresarios de tu junta, toxicómanos de El Pumarejo y sin techos de la calle san Luis. Porque ya es dieciocho de diciembre, un día de inviernos y de bufandas, sí, pero es que hay fríos que abrigan, y la Esperanza es uno de ellos.

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Ha pasado el mes en el que es protagonista, y nadie ha hablado de su persona. Hasta para eso discurre tangencial, secundaria. Hasta para eso es levemente marginal. Escribo de La Canina, es obvio. La que el Sábado Santo sale de san Gregorio y no lleva más música que el sonido de muerte del arpa de sus costillas. La ves venir de lejos, por la tele, en el bullicio de Alfonso XII, cuando la cámara enfoca ese más allá, terrenal y alegórico: de un lado, la muerte, por otro, lo que sucede en las fronteras de la Carrera Oficial. Cuando La Canina hace aparición en escena, uno prefiere mirar las caritas de la bulla. Confieso públicamente esta manía, algo macabra. Los veo tiesos, formales, todos más rectos y hieráticos que esos cipreses de camposanto en este mes de noviembre que se nos va, o que los acólitos de una hermandad vecina, la de El Silencio. Que en cuestión de comparar edades -Canina, cipreses de camposanto, acólitos de El Silencio- no sabe uno por dónde tirar. Pero al lío. Lo que más me gusta de La Canina es lo ajena que está al discurso de la cultura cofradiera oficial, de atril de pregonero. Sucede lo mismo que con la lluvia. Nadie las menciona. Y están ahí, en la Semana Santa. Pero no: para el discurso de la cultura cofradiera oficial todos los días son soleados y La Canina no merece su lugar. Eso les otorga a ambas una condición de marginalidad que no sólo aviva su veracidad, también su mito. Eso en lo cofradiero. ¿Y en lo teológico? Aquí La Canina es el punto de inflexión, hasta ella todos lo tenemos muy clarito. De ahí en adelante comenzó la discusión de dos mil años. ¿No es asombroso? Perdón por el olvido, Canina. Aunque sabes que siempre vas conmigo, y no en la estampita de la cartera. No: mucho más adentro.

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Histórico, el adjetivo de moda en los eventos cofradieros. No hay titular del periodismo o comentario de barra de bar que no lo incorpore al discurso. El día en que se fundió el último candelero de la salida extraordinaria en el año extraordinario del mes extraordinario de un extraordinario día, histórico; el altar de cultos que los priostes montaron con motivo del quinto aniversario del estreno de la nueva madera de las trabajaderas de la parihuela de ensayo, histórico; la hora en la que Amparito, señorona siempre fiel a su mesa de estampitas y medallitas, limpió el polvo del tapete de ciertopelo, histórica; el pleno en que Sainz de la Maza se percató de que tiene el Caballo de Troya en casa y que no todos los males del Consejo emanaron de Bourrelier, uh, eso sí que es histórico. Todo es histórico, y lo peor es que cualquier excusa es suficiente para pedirle la mano al especificativo. Más aún desde que lo extraordinario es que no haya ninguna salida extraordinaria en la calle. A lo histórico le sucederá lo que a las coronaciones, que de tanto abundar, lo exquisito será no concederlo. Me huelo que en estos actos y celebraciones de las cofradías hay mucho de histórico y muy poco de necesario, que es como decir que nos inventamos la efemérides de turno para figuronear con la letra que cantaba El Barrio cuando se iba a Madrid: sin remordimientos. Y así nos saciamos, un poquito al mayordomo, otro poquito al teniente, otro poquito al diputado mayor de gobierno, de su jugosa ración de vanidad. Dicen que la fe mueve montañas, pero en determinados cenáculos capillitas es, en todo caso, el ego. Pero ya llegará la que sale el Sábado Santo para ponerlo todo en su sitio: a la historia y al capillismo. ¿La Soledad? No, La Canina.

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Del aire de Roma andaluza de Aquilino Duque en el siglo XX a la Roma triunfante en ánimo y nobleza de Cervantes en los primeros balbuceos del español universal, allá por el Siglo de Oro. Las comparaciones de Sevilla con Roma no han sido odiosas. A lo sumo, ociosas: más líricas que veraces. Pero ¿y las diferencias? ¿Nadie ha hablado de las diferencias? La principal es que Sevilla, en contra de lo que sucedía en el imperio, sí paga traidores. Y no digamos ya en el mundo cofradiero. Si no, que se lo pregunten a más de un miembro de la junta directiva del Consejo de Cofradías. Por eso uno procura rodearse de buena compañía, como la que pudo disfrutar el pasado domingo en la Virgen del Amparo, nombre que escribió Bécquer en una de sus más famosas leyendas. Ahí estaba Enrique Belloso, y mi hermano Javier Atienza, y Joaquín Domínguez, y Jesús Ríos, y Antonio Mavit, y Tarno, y Carlos Magariño, y Javier Abad, y alguno que otro que mañana me llamará diciendo que cómo se me ha olvidado su nombre. La Virgen cruzaba la Puerta de Triana entre unas palmeras con propósito de fuegos artificiales y el olor a carne industrial de la hamburguesería, ese dios del capitalismo posmoderno. El paso, con tiempo de péndulo, como un árbol frondoso, mecido por el viento de izquierda a derecha –sí, como Ciudadanos, pero ese es otro tema-, abandonaba el barrio de la Magdalena para marchar, la llamada muy cortita, a la calle Santas Patronas y al Arenal. Del Amparo a la Amargura de este fin de semana, y de la Amargura, en esa diferencia de días entre noviembre y diciembre que tanto se parece a una calle Feria del calendario, a la Esperanza. ¿O es que nadie se ha percatado?

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En este mes de altar de ánimas en la antigua parroquia, esquelas en el periódico y camposanto; en este mes de piel plomiza, muerte prematura de las horas de sol, atardeceres de color flor de talco en la delicada y transparente hornacina de los conventos, de los altos pasillos, casonas de la calle san Vicente y los días de septiembre como una piedad cayendo entre tus brazos. En este mes del tópico tempus fugit, cráneo y mitra, alegoría de Valdés Leal,  qué solos están, qué solos se quedan, casi alcanzo por la calle doña María Coronel, historias del Medievo, los primeros pasos de la otra leyenda: Maese Pérez. En este mes de difuntos, como Lázaro, volvió, mentira, resucitó, el Gran Poder. Poder de un reino que no es de este mundo. Yo lo vi en aquella mañana de domingo en la que la ciudad llevaba de la mano un silencio desgastado por los siglos. Lo vi como un incendio que nadie se atreviera a calmar, a apagar, a sofocar. No eran las calles del naranjo o estas otras de la tamborería, no eran las calles manoseadas por la pringue del cliché y la mala literatura, siempre tan predispuesta a surgir en escena, donde menos lo esperas. No. Allí hubo verdad. Verdad desnuda, sin atributos, sin mancha. Una verdad a la que nadie se acerca, pues su luz y su hondura ciega y causa vértigo a partes iguales. La verdad de la ciudad en otoño. La verdad de Dios en la calle. Una verdad tan absoluta que no admite la refutación, tan sólo la pregunta. Y yo me pregunto cómo hablar de lo que es infinito en un palmo de terreno. Cómo hablar de Dios cuando sale al encuentro de la ciudad.

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Si decimos que hoy Dios sale a la calle, es probable que no alcancemos, mejor dicho, que no midamos, la longitud, el horizonte, la altura, la dimensión, hasta el vértigo, de nuestro convencimiento. Hoy sale Dios a la calle, sí, pero hay mucho más. Hay otra interpretación, quizá mayor, en aquello que viviremos en una hora y media. Hoy sale una Imagen con la que podríamos definir un concepto de ciudad desde hace más de cuatro siglos. La Imagen del Señor de El Gran Poder no se agota en un credo o una fe, aunque en esto de la teología y la devoción popular sea imposible, bajo su nombre, ocupar más espacio. En estas categorías todo lo llena, todo lo logra. Pero irá, siempre, más allá. Porque no puede quedarse ahí, incluso cuando eso sea más que suficiente, más que necesario. El Gran Poder es una Imagen con la que se podría escribir a la ciudad de Sevilla desde multitud de enfoques, de ciencias, de ramilletes del pensamiento. Son la sociología, la literatura, la antropología, la historia, el arte, la política, la economía. Y es que El Gran Poder tiene reservado, en cada uno de estos nombres, un lugar propio. ¿O no se podría estudiar la historia de Sevilla, diacrónica y sincrónicamente, desde la talla de El Gran Poder? Pero aún hay adverbio en el verbo primero. Aún hay más. Y no es cuestión de gramática ni de morfología. El Gran Poder es una Imagen que articula a la ciudad de Sevilla. Incluso hasta en los que no creen en él, pues en la negación de estos hay algo de afirmación, de admitir la realidad de una Imagen como símbolo de un acervo cultural, o de una ciudad, claro. El Gran Poder es una devoción en la que cada uno de nosotros nos hemos buscado,  hemos acudido; en él nos encontramos todos, pues en sus manos, en su talón, está lo único que nos hace hombres, lo único que nadie nos puede quitar. Y eso es, cómo no, la palabra.

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Si alguien preguntara cuál es el enemigo de la Semana Santa en la calle, la popular y de masas, pocos dudarían la respuesta: la lluvia. La lluvia es la única cofradía que, como le dé por salir, jamás se quedará en casa. No divagamos aquí sobre lo que llueve en el mundo cofradiero, en sentido figurado. Si tomamos ese terreno, probablemente nos resbalaríamos. O perderíamos el total de lo ocurrido, dada la cantidad de eventos que se suceden en una sola semana. En la pasada, sin ir más lejos, pregonero y cartelista de las hermandades de Gloria y un responsable de comunicación con nombre de profeta: Moisés. Tiene guasa el asunto. Pero no, ya decimos que no, que aquí hemos venido para hablar de lluvia sin más intención.

Sucedió este domingo pasado, cuando la Virgen de Rosario hubo de quedarse en la Basílica. A causa de la lluvia, claro. Paseando, recordé aquella Madrugada de 2011, noche en la que todas las hermandades se quedaron en sus templos. Al igual que aquella Madrugada, el domingo salí a la calle, solo, que es como mejor se suele ir en estos casos. Y en esa lluvia que yo vi, en esa ausencia de cofradías en la calle, reafirmé un aserto que me enseñó mi maestro, Francisco Robles: “La Semana Santa es un estado del alma”. Lo cofradiero no depende, por tanto, de su concreción material, de que haya chunta chunta en las calles, para entendernos. Va más allá de todo eso. Es algo que llevamos dentro. Tan dentro que incluso lo vemos cuando no podemos percibirlo con los sentidos. Yo sabía que esa tarde estaba en la calle la Virgen del Rosario, como supe que saldría en aquella Madrugada la Esperanza Macarena. Y no sólo lo supe, lo viví. Sin verlo. ¿No es ese el fundamento de esta película? ¿No es eso la fe? Y toda esta elucubración tan barroca es gracias a la lluvia, quien comparte con Pilatos, en lo cofradiero, eso de ser tan odiada como necesaria.

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Se prodigan por estas fechas de octubre y de noviembre, también en los últimos días del mes de junio, cuando el ruido tachero tacherorá de las cornetas aún es un eco de nostalgias, como dirían los pregoneros de distrito y colegio profesional, mis preferidos. Son las elecciones a las juntas de gobierno, un relato complicado, un asunto que quema tanto como ese chorreón de cera que nos cae en la mano justo cuando llevamos más de un cuarto de hora de parón en la calle Velázquez, ¿o no, hermanos de El Calvario? Tema espinoso me está tocando usted. Unas espinas con las que más de uno se corona, todo sea dicho. Pero ni morbo ni peleas que acaban como el rosario, ya que estamos en su mes, de la aurora. De las elecciones a las juntas de gobierno me puede el humor. Es inevitable. ¿Qué me dicen de esas fotos, como de equipo de fútbol en el ascenso o gobierno en las escaleras de La Moncloa, con el photoshop de pluriempleado en los dos o tres candidatos ausentes en el evento, uniforme oficial patrocinado por blazer azulón S.L.? ¿Y de las presentaciones de la candidatura, con aire de Donald Trump? ¿Y de esos currículum perfectamente detallados, desglosados, punto por punto, en la página web? ¿Y qué hay de la página web? ¿Y de esas llamadas con los, apunto literal, colectivos de la hermandad? Campañas con sus lemas, sus vídeos promocionales, sus disputas y sus proyectos. En algo sí coinciden todas las candidaturas: en la unión de sus hermanos. Se presentan dos, dos, y los dos piden la unión de la hermandad. Ay, lo que se ha perdido el psicoanálisis. No digamos la politología. No digamos la sede de Ferraz.