ECLOSIÓN LITERARIA: FELIPE BENÍTEZ REYES

Cada novedad de Felipe Benítez Reyes es certeza de literatura. De la mejor literatura. Como bien indica el crítico José Luis García Martín, tan sólo se le puede comparar con escritores como Ramón Gómez de la Serna, tanto por su original mirada como por su virtuosismo verbal, sintáctico y estético. Por esos hallazgos estilísticos que nos reserva en esta página y en aquella. Benítez Reyes publica, en la editorial Renacimiento, Por regiones fingidas, un volumen donde hace acopio de relatos y microrrelatos escritos durante años, algunos de estos ilustrados con preciosos collages de evocación decimonónica. Los lectores asiduos al escritor gaditano se volverán a encontrar con el estilo de aquel joven narrador de Chistera de duende o Tratándose de ustedes. También con esa escritura suya tan dada a la elegancia formal y al humor inteligente. También el finísimo lector (cada reseña era casi un ejercicio de creación literaria) de Bazar de ingenios.

Esa reminiscencia de lo teatral, del ilusionismo, de la fantasía, está presente en todo el desarrollo de esta obra, donde cada pieza, aunque pudiera parecer independiente, forma parte de un conjunto. Como una de esas cajas de música infantiles, donde se cuida la artesanía y el detalle. El libro empieza con una serie de relatos donde Benítez Reyes despliega una de sus cualidades: el juego de la identidad literaria. Similar a la idea de su libro de poemas Vidas improbables, Felipe Benítez Reyes camufla su voz entre distintas voces reconocibles de la historia de la literatura: el cuento árabe, el relato bíblico, lo kafkiano, la fábula infantil… Cada entrega es una máscara nueva, donde siempre se nos guarda un instante de asombro y un pase de ingenio. El escritor que se esconde detrás de los distintos estilos pero que, sin embargo, sigue presente entre bambalinas (por seguir con las referencias a la teatralidad).

La segunda parte de este carrusel literario es un surtido de relatos muy breves, algunos entrarían en el género de aforismos, donde destaca el humor corrosivo. Dice así en La novela: “Jacinto Riquelme, el celebrado autor de microrrelatos, ante la insistencia del gremio de comentaristas de novedades, se sentó a escribir, por fin, su primera novela, ambientada en la España visigoda, cuya primera frase era: “Por mí, ya”. Le pareció suficiente y se la mandó al editor”. Después vendrá una serie de retratos y collages, hermosísimos. Por último, Destino y pantomima, donde Benítez Reyes cierra con una Muestra de los milagros urbanos de los que ha quedado constancia en el archivo histórico provincial de Cádiz.

La lectura de una obra de Benítez Reyes es conocer a un autor ajeno a cualquier cliché repetitivo, a cualquier creación previsible (esas propuestas estéticas que simulan distinción pero que no son más que copia y complaciente adaptación al medio). Un nombre que no se adscribe a moda alguna y que ofrece algo distinto y único. Siempre conservando sus principales rasgos: el humor, la inteligencia, la elegancia formal, la precisa recreación de imágenes mediante la cuidada expresión. Por regiones fingidas es la eclosión literaria de todas esas particularidades.

COBOS WILKINS HIERE, MATA, PERO DA VIDA

En Matar poetas, el último libro de Juan Cobos Wilkins, destacan dos recursos: el símil y el símbolo. Los poemas se construyen en torno a las metáforas y a la comparación, que evocan emociones, sensaciones: “ La magnolia en el vaso de agua, curvada como la reverencia de / una bailarina de ballet. / Los zapatos paralelos, inertes, a los pies de la cama. / El traje, sin tu cuerpo, colgando inmóvil de la percha. / La tristeza. / La serenidad”. Es una poesía que busca el nombre exacto de las cosas, pero sin nombrarlo con exactitud. Una poesía de lo sensorial, aunque no evita el sentido. “Estas palabras tan sólo son espinas de palabras”, escribe Cobos Wilkins en un poema.

Poesía que no termina en el discurso del propio poema sino que traslada a otros discursos. La imagen que es puente de otras imágenes. El verso que dice tanto en su escritura como en la escritura que no leemos, la que queda en el margen de nuestras sensaciones. No recuerdo quién dijo que el poema viene de un silencio y a su vez va a otro silencio. Mucho de eso hay aquí: “Que los copos que nievan el pisapapeles perduren en tus hombros, que las hojas que arrastra octubre te camuflen con la piel del guepardo, que cada noche bordes tus iniciales en sábanas sin cuerpo, con fantasmas…, no importa, casi vivo en tu propio exoesqueleto vivo, esto –y no más- eres: holograma. Tu mismo holograma errático en un azaroso laberinto especular. Y no ves, no te ven: peligrosamente te reflejas sólo en el ángulo muerto de la felicidad”.

Aunque leamos poemas en prosa, Cobos Wilkins esquiva el prosaísmo con el sonido de la palabra y el soniquete del propio fraseo. Domina el ritmo del verso sin incurrir en la versificación, y en todo el conjunto se nota el buen oído, la destreza en la música interna, que en todo momento acompaña a la lectura, casi sin tropiezo, casi sin traspiés. Hay una lograda composición en la musicalidad del libro y en el tono (o en el estilo) que discurre en cada una de sus páginas, de los poemas. Poemas que llevan consigo mucho de Cernuda o de Lorca: “Hoy me recuerdas a él en esa foto / -abril, 1936, en bata, / y detrás, / una planta / en maceta de barro / que evidencia aún más el desamparo, que incrementa  / el vacío-, / la foto / en la que está ya con su Muerte retratado. / (…) / Y tú estabas también / en esa foto a solas con la Vida: eras / ya este poema que hoy te escribe / y le escribes: / corona / de espinas y luciérnagas hiriendo luminosa tu cabeza”. O en este otro: “El tiempo perdido es un gigante / hecho de azucenas abiertas como bocas / omnívoras. Abiertas. / De espanto. / De estupor. / Los días perdidos son un gigante de flores de ceniza, de seda y de ansiedad”.

“Una sola luz / como el ojo rubí del ratón albino que tiembla en el laboratorio. / Los silencios. / Las palabras que intenta decir el que agoniza. / El ruido de la respiración del que agoniza. / Los sonidos que balbucea quien expira. / La palabra última que pronunció. / Su profundo suspiro, la exhalación final. / Lo que nunca te contó, lo que jamás tú le confesaste. / El silencio”. Matar poetas es un libro que deja al lector con el enigma delante de él, un enigma del que no cabe sospecha, que se aparece claro, que está ahí, que es evidente, pero que a su vez aguarda dentro de sí un misterio mayor. Ese misterio que no tiene nombre, pero que sabríamos nombrar sin nombrarlo. Hasta allí llegan los poemas de Cobos Wilkins. Quien nos hiere, quien nos mata. Quien nos da vida.

UN HOMBRE QUE VE Y QUE ESCUCHA

Siguiendo ese estilo tan suyo de libros sin género, sin una clasificación convencional, viene José Mateos con El ojo que escucha, una recopilación de reflexiones, divagaciones y sentencias. Similar a lo que ya nos ofreciera en Un año en la otra vida o Un mundo miniatura, el escritor jerezano descifra con palabra y con pensamiento, tan personal, tan interesante, diferentes disciplinas artísticas. Nos habla de la música, de la pintura y de la poesía. Y también de nociones generales como la crítica posmoderna –ese adjetivo tan resbaladizo- o el arte de hoy día, más moderno que contemporáneo.

Las ideas que el autor expone, de ecos neoplatónicos y con claras influencias de la doctrina cristiana, apuntan a un idealismo crítico con la sociedad de hoy, cuyo sentido humanista ha perdido a base de predicar un credo donde el dinero, la baja pasión hedonista y el mercantilismo ocupan el centro, acaparan todo interés. Así leemos en unos párrafos del primer capítulo, donde disecciona, con razón y con algo de poesía, nuestra realidad social: “Hay que proteger y cuidar esas pocas cosas invisibles que siguen sin contaminar, que siguen puras después de la revolución tecnológica: eso que no tiene marca, porque es único e inagotable, es decir, inconsumible; eso que nos pone frente a un silencio que se nos abre como revelación de lo que somos. Y hay que proteger esos pequeños restos de humanidad sin hacer de ellos ninguna bandera, sin promocionarlos, sin reivindicarlos, viviéndolos con naturalidad en las orillas del Imperio como en una reserva, sin huir ni entrar en él, hasta que llegue la catástrofe o la salvación”.

En la mayoría de los textos de este libro, de las reflexiones, hay más de intuición que de análisis, más de evocación del pensamiento que desarrollo de este; quizá algo más de poesía que de filosofía. Más emoción y hondura que realidad y descripción. No estamos ante un ensayo pero tampoco ante un poemario, aunque de los dos se tomen estilos, maneras e intenciones. Un ejemplo: un apunte de la segunda parte del libro, sobre el arte actual: “Qué ternura inspiran todos esos catedráticos, críticos, eruditos de lo moderno, que defienden la última proeza artística blandiendo su manual de Historia del Arte, como si el arte tuviera que llegar a parte alguna subiendo escalones y quemando etapas. Ciegos para el desafío indecible de la belleza, bestias de piel dura y pasos ligeros, aún no se han dado cuenta de que en el arte no hay historia, hay metamorfosis”.

Tanto el tono como el ritmo o la deliberada elección del lenguaje –signos que dan pistas de buen poeta- invitan al poema, te llevan a él; pero esas últimas frases, sobre todo en el cierre, sugieren una buena idea, que queda abierta a la interpretación de los lectores. Todos sabemos lo que José Mateos quiere decir, aunque no lo diga del todo. El silencio habla. El juego de lo evidente y lo implícito es un recurso que discurre por todo el libro.

Quizá haya lectores que acusen aquí ambigüedad o ambivalencia, y que ese juego constante entre el poeta y el ensayista confunda o no resulte pleno.  También es posible que se olviden de estas disquisiciones formales al leer párrafos como el siguiente, tan enigmático como cierto: “Ni la proporción, ni el encanto, ni la semejanza…, la característica más esencial de la belleza, la única que permanece a lo largo de los siglos y sus diferentes gustos, es la fragilidad. Y las obras humanas solo manifiestan su fragilidad cuando nos remiten a un más allá de sí mismas, poderosísimo e inalcanzable. La fragilidad es lo más digno de amor que posee un hombre. Solo nuestra propia fragilidad y el respeto a la fragilidad de todo lo que nos rodea, salvan al mundo. Sin fragilidad no hay, no puede haber belleza”.

Entre Juan de Mairena y Bobin, entre san Agustín y Antonio Porchia, José Mateos es un hombre que ve y que escucha, que tiene atención del fenómeno concreto y que percibe el sentido de las cosas sin nombre, aunque sepa aproximar la palabra. En esa personalidad tan dual, nos ofrece un libro que es poema y que es ensayo y que nada de eso. Porque puede ser mucho más. Puede ser un libro que nos abre la casa de un escritor con sensibilidad, emoción y acierto. Con vida.

(Publicado en el nº141 de la revista Clarín).