PRESENTACIÓN DE JUAN BONILLA A “LA SUMA QUE NOS RESTA”

Poesía es pasar de la gravedad a la gracia, dijo Adam Zagajewski o por lo menos dice Gonzalo Gragera que dijo Adam Zagajewski. Así pues, poesía es pasar de la gravedad a la gracia, vale de acuerdo, pero qué es la gravedad y qué la gracia. Bueno, está claro que la primera es una fuerza mayor -una Ley de verdad- que nos ancla al centro de la tierra -y tan es así que en inglés tumba se dice grave. Y en cuanto a la gracia es un estado -también de verdad- un estado de ánimo, y ánimo es alma y alma es aliento. De gracia viene gratis por ejemplo, que en inglés es free, porque qué cosa puede haber más libre que lo que no cuesta nada. Pero de las definiciones de la gracia me quedo con la bíblica, aunque librándola de religiosidad: la gracia es el don que comprende a todos los demás, el don que irradia de la generosidad de quien da envolviendo en esa generosidad a quien la recibe, y ambas acciones se designaban con la misma palabra: tanto dar como recibir se dice con la misma palabra “gracia”. Es un fenómeno sin duda poético, porque la poesía, igualmente, no la hace quien la hace sino hasta el momento en que otro la recibe. Es por ahí por donde más me gusta la frase de Adan Zagajewski, si es que es de Adam Zagajewski: en la gravedad sencillamente se cae adonde sea, y se diría que sólo se pasa de la gravedad a la gracia cuando se produce el contagio, cuando el hecho de escribir se transforma en hecho de leer. Esto debe saberlo bien Gonzalo Gragera porque lo que llama inmediatamente la atención en sus poemas es su condición de poeta que se asume como lector de una tradición clara, a la que podrá ampliar o no, pero con la que se muestra no sólo respetuoso sino también eficazmente orgulloso, como si supiera que, contra las actualidades más o menos estridentes del ahora, le defenderán siempre las músicas genuinas de donde viene, porque son ellas las que, seguramente, hablo por mera intuición, le forzaron -aunque esto quizá es exagerado- a hacer poesía: recibir la gracia es el movimiento primero para la obligación de darla. La tradición en la que fácilmente se inscribe Gonzalo Gragera es una tradición más o menos sevillana, suficientemente estudiada por Fernando Ortiz, que naturalmente también pertenecía a ella, como Javier Salvago, y que alcanza a unos padres fundadores que son los Machado, y a un abuelo fundador que es Bécquer. En unos tiempos en los que lo que no se viste de novedad parece que está condenado a no decirle nada a nadie, lo cierto es lo contrario: de la novedad sólo sabemos una cosa, que pasa pronto, cada vez más rápido, dadas las urgencias que va imponiendo el mercado y las ganas que tiene cada generación de jibarizarse más -cuando yo era joven uno se conformaba con decir que pertenecía a la generación de los 80, ahora parece que hay una generación del año 11- otra del año 12, otra del año 13, y así: la poesía como la pasarela Cibeles, todos los años nuevos vestidos para que así resalten más los vestidos de siempre.  Vaya, me ha salido una estrofa de Salvago, o de Gragera. Para acogerse al peso de una tradición tan estipulada, hace falta, por paradójico que parezca, mucha personalidad: tratar de no parecerse a nadie es lo más fácil del mundo, lo difícil es parecerse a los mejores. Y eso es lo primero que llama la atención en el libro de Gragera: esa personalidad de quien no teme que su voz deje ver a las claras, y sin el menor complejo, los ecos que la han alimentado. Eso es, sin el menor género de dudas, un síntoma de madurez, pues sólo alguien maduro tiene muy claro dónde quiere militar y de qué manera. Ya sé que este no es el primer libro de Gragera, pero es el primero suyo que yo leo, y si no hubiera en la solapa una noticia de su año de nacimiento, no hubiera podido, por el contenido, ni intuir siquiera que se trata de un poeta tan joven.

El libro es una cuenta atrás, quiero decir, que lo primero que se encuentra el lector es el poema 36 tras el que viene el 35, el 34 y así hasta llegar al 3,2,1 con los que el libro termina. Naturalmente el título da una pista acertada por mucho que tenga un si es no es de adivinanza, pues ¿cuál será esa suma que nos resta? ¿Será el tiempo, la sucesión de días que nos dicen que cuantos más tengamos menos nos quedarán por fuerza? Por extensión, ¿será la vida la convocada, porque la suma de hechos vividos nos va restando por fuerza hechos por vivir? ¿Será la propia poesía, por esa ley según la cual el poema es una suma de palabras que acaba desplazando a la experiencia de la que nace, restando en nuestra memoria esa experiencia transformada ahora en poema? Todas las respuestas pueden servir, aunque en la última parte del libro, en el penúltimo poema, algo se resuelve de cualquier duda: Todo lo has dado/ Resta de ti que en otros, quizá, es suma. La poesía, ya se ha dicho, es como la gracia: no sólo reside en dar, sino también en recibir. La poesía como resta del poeta y suma del lector, o como en otro excelente poema se dice: el nombre en el yo de los otros/ el yo de los otros en tu nombre. Es en esa última parte donde el libro habla de sí mismo, donde esa resta sopla en el título y apaga la penúltima mecha. Buena prueba de que el libro no es una mera reunión de poemas ni se ha dejado llevar por la improvisación o la acumulación de materiales: se ha pensado como un artefacto que también se recogiese a sí mismo al recoger lo que pudiese del mundo, lugares deprimidos, como Victoria Station en hora punta, o trozos del paraíso como la Playa de la Antilla, ideales más éticos que políticos como esa Europa ficticia y categórica, y confesiones, libros en que te encuentras sin que nadie te haya llamado.

Es de destacar, en una época narcisista como la nuestra, que el yo del poeta que aquí va no abusa del autobiografismo ni tiende a colgarse medallas: su búsqueda se concentra en las pequeñas cosas, en una cotidianeidad mirada con la perplejidad de quien asiste a un milagro, en quien reprime el espanto con absoluta discreción y se guarda interjecciones y vítores para dedicarse al susurro. Caminas por la calle/y es estrecha y sinuosa/ como una cicatriz//Pero no cicatriza/ porque no es una calle/ y se llama memoria. Este un poema entero, no me gusta leer poemas enteros en las presentaciones porque le quito de alguna manera la posibilidad al poeta de que lo lea él, pero este tenía que leerlo: el tono sosegado, la pausa, la imagen brillante ma non tropo y de repente la revelación de una verdad, una magia sin trucos, que al fin y al cabo eso es la poesía.

No le teme Gragera a los metros clásicos, y hay algún soneto, y enumeraciones, y hasta una copla muy buena: Vino risas y tal / ni ropa ni palabras / menos por menos, más -aunque ningún gitano de Jerez se la va a cantar porque los gitanos de Jerez estamos contra las leyes de las matemáticas-, e imágenes memorables como un sol que se inserta entre edificios creyéndose moneda, y un dios de permiso, y ese segundo antes de la despedida, casi becario, en la expresión del poeta. Ráfagas de expresión que se te clavan fácilmente en las meninges. Hay también un tour de force, un poema largo, espléndido, titulado Victoria Station, que, con la imagen de Pound como referencia, examina en una estación de tren la locura de la vida contemporánea, el vacío donde las voces no suenan y en el que parecemos instalados desde hace tanto sin apenas preguntarnos, como se preguntaba Eliot, dónde estará toda esa vida que gastamos precisamente en no vivirla. La imagen final, hombres como pétalos y naipes recorriendo pasillos sin oxígeno, la hora punta en la que todos están dormidos, es aplastante.

En fin, no me quiero alargar mucho más. La suma que nos resta nos da la medida de un poeta ya hecho, nada dubitativo, seguro de sus armas y militante del batallón del sentimiento contra el sentimentalismo, de la claridad de lo que es difícil de expresar frente al hermetismo de lo que no alcanza a decir nada, pero también de los brindis a lo obvio, que tan buen curso están teniendo entre nosotros. Gragera sabe, porque sabe que la muerte que vemos es más que un juego, que la gravedad es una ley inevitable, que nos atrae hacia las entrañas, pero también que tenemos una forma antigua pero todavía válida de hacerla más soportable, de destilar a través de su contundencia, algo del misterio este en el que estamos embarcados, sin saber ni para qué ni hasta cuando, abdicación y ofrenda, dice en otro poema estupendo. Esa forma antigua es la gracia. Gonzalo Gragera tiene esa gracia de ir más allá de la gravedad.

JUAN MANUEL DE PRADA, EL MIRLO BLANCO

Aunque el autor nos haya acostumbrado a entregarnos en sus novelas personajes que se parecen a su yo más personal, más íntimo, jamás hubo tanto de él en uno de sus libros. Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) nos ofrece en Mirlo blanco, cisne negro una experiencia personal, biográfica, aunque trazada, construida, sobre la inevitable arquitectura de la ficción. Lo que sucede en esta novela no ocurrió, no fue historia, pero sí las conductas que manifiestan y que perfilan los personajes. O eso simula. Unas actitudes que parecen representar al propio Prada en cada una de las voces de este libro, como si el autor se hubiese dispersado en la personalidad que acompaña a cada uno de sus personajes.

La historia cuenta los inicios literarios –abundantes de precariedad, como tantos- de Alejandro Ballesteros, escritor joven y con talento que aterriza en un Madrid en donde las principales estrellas del mundo literario deambulan de fiesta en fiesta, de acto social en acto social, aplaudidas por la crítica y elogiados por la corte de siempre, por la camarilla que ansía ocupar el prestigio de los escritores reconocidos, estimados, respetados. Alejandro, Álex para su círculo de amistades, para su novia, Paloma, acude a una de esos actos alrededor de la literatura en los que su debate es lo de menos. Mucho más importante el codearse, el dejarse ver, hacer relaciones, repartir saludos, conversaciones, agregar contactos a la agenda. El protagonista, cuya indumentaria trata de renovar para ir a la moda, es decir, para la moda de la moda dominante, lleva en una bandolera unos cuantos ejemplares de su primer libro, un conjunto de cuentos. Libro que, a pesar de su calidad, es ignorado por el interés, por la pluma, de la crítica, cuya revista principal es Barataria, título que evoca una conocida publicación cultural española. Tras varios rodeos, titubeos, intentos de entablar trato y afinidad, desencuentros con la camarilla allí presente, y cuando Ballesteros decide que ya está bien, irrumpe Nieves, la mujer de Octavio Saldaña, escritor brillante pero de carrera en notable decadencia, superviviente de su propio éxito a base de presentar un programa de radio en una cadena en que la línea editorial es sectaria y dogmática, y en la que el poder de los grandes partidos en los contenidos de los programas es considerable.

Tras el fortuito encuentro entre Nieves y Álex, encuentro que posibilita la relación entre Saldaña y el joven escritor, admirador este de aquel, comienza a crecer un vínculo entre la pareja y Álex que determina el curso de la novela, y sus principales pasajes, claro, su trama, o mejor, cómo se desenvuelve la trama y qué nos enseña. El abandono de Álex al editor de su primer libro, Ramiro Cifuentes, por otra editorial de mayor relevancia en el panorama cultural; el desgaste del noviazgo con Paloma, a causa de la literatura; el retrato de la intrahistoria de la industria cultural y de la televisión, cómo maquinan sus directivos, qué intereses mueven sus acciones, cómo funcionan y preparan los programas, según qué principios giran sus decisiones.

Hay acaso guiños prescindibles, como el del personaje de El Chulo de Cervantes o los nocilleros, quienes aportan adorno al contexto de la época, sí, pero un adorno, digamos, pasajero, su participación en la trama es secundaria, y no provoca nada más allá del fiel retrato. Similar, aunque distante, es lo que sucede con Rosario Tena, personaje que mantiene suspense e intriga, pero que llegado el momento de desnudar el enigma nos deja algo fríos. Una profundidad más viva, una historia más desgarradora y vibrante –atormentada-, quizá habría sido lo idóneo, pues es lo que el personaje iba pidiendo desde que apareció en las páginas, en la vida del mirlo blanco. Y en la del cisne negro.

Sintaxis depurada y rica de metáforas, símiles e imágenes prodigiosas, recorren los párrafos de los capítulos. Una depuración que es estilística, aunque también personal, del propio Prada, quien se acusa, quien deja testimonio de una época –o de varias en su vida- que ya pasó. Pero no es el cotilleo de la vida literaria, o el poner nombre a las rencillas, lo que merece atención, sino la tensión emocional que desprende Saldaña, su salvación y su pérdida; la ingenuidad de un autor novel, el joven  Alejandro Ballesteros; la conversación de las relaciones humanas entre el murmullo de las vanidades, de los recelos, de las debilidades.

Mirlo blanco, cisne negro (Editorial Espasa) de Juan Manuel de Prada, 440 páginas, 21,90 €

EL NORTE DE CASTILLA

Rafael Morales, profesor de poesía española contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, envía esta reseña de “La suma que nos resta”, publicada en El Norte de Castilla:

La suma que nos resta de Gonzalo Gragera, Pre-Textos, 2017 (Premio de Poesía Joven, Radio Nacional de España 2017)

Ha escrito Gonzalo Gragera (1991), sin nada que ver con los otros dos poetas de su apellido, uno de esos libros llamados de la edad. No vinculada al sentido de la meditación madura de Fernández de Andrada, sino de la juventud y el desenfado desde el primer gran caer en la cuenta, con agilidad por añadidura. Un libro de línea clara, nítido, con el anclaje en lecturas de la generación previa o de los 90, y en el fino estilismo sevillano (pienso en Juan Lamillar) o gaditano-sevillano de Felipe Benítez Reyes por citar a la carrera. Se inscribe en ello frente a los nombres de la generación precedente (los nacidos por 1975), del malestar y muy abierta al poema dodecafónico, sin márgenes claros, ashberyano, o de la evolución de las poéticas del silencio, desde Jorge Gimeno a Julieta Valero, Marcos Canteli o Fruela Fernández. Mucho menos desde los aledaños próximos al proema o poema en prosa, al ejercicio versicular (en la práctica indiferenciable), según demostró Carlos Arribas en un divertido ejercicio y tras un libro de referencia junto a Marta Agudo.

La suma que nos resta, con su homenaje sucinto a Juan Ramón, ha puesto el retrovisor en los 90 para impulsarse. Lo ha hecho sin maniera, es decir, atendiéndose desde la vicisitud, la melancolía y la frescura en el saber decir, diría Ángel Gabilondo o la preceptiva clásica, la fermosa cobertura. Gonzalo Gragera en su elegancia en busca de voz propia todavía, sitúa su mundo en fuga y rememora en la peripecia o tránsito de edades pasados casi ayer y en la anécdota vívida de un flirt imposible, entre otras veredas. Lo sabe ahormar con diversidad incluso en sonetos de elegancia perfilada con oficio, comprensible en quien tiene escuela, talento y aventura, decía mi admirado amigo Claudio Rodríguez. A ningún lector se le escapará que algunos anticlímax y esa honradez del decirse dejan durezas de oído, ni esa Lisboa cansina ya en tiempos de Luis Muñoz y Benítez Reyes. Sonetos, atención a los versos cortos y su actualidad, querer relatarse en alegrías y penas de la nostalgia que se van dando de lado, habitan un poemario de quien todavía anda en búsqueda, pero apunta con maneras, decían los críticos taurinos de otra época, en esta en que los hermeneutas citamos a Blanchot y a Barthes olvidándonos de esa vida que puja y a veces no es amarga, ni tan filtrada por la sospecha. O una poesía nada desdeñable si sabe atender a esa fragilidad, soledad del último de la fiesta con Benítez y Marzal, o evitar la ambición de leerse en Eliot y el hombre deshabitado de Alberti, el no ser nada o nadie en la multitud o en las teorías, según corrigió Ezra Pound, para intentar cantar como desea desde esa magnitud aún grande… no es ese el camino, sino el otro, el de esos poemas donde se duele de lo próximo, hijo como es, de la sensibilidad emocional, y no del dibujo de la muerte o lo arquitectónico, para Guillermo Carnero, antes de su implicarse en Verano inglés o el virtuosismo inmediato y quizá más hábil, próximo, a su manera. A mí me parece que esa intimidad ávida, insurgente e inteligente, lectora y contempladora, tiene ahora el reto de los lenguajes propios para no caer en lo reconocible que a tantos poetas de línea clara ha dejado en el mero buen hacer, tanto como poseyó vivencias que ha sabido trasmitir. Algunos poetas jóvenes se van a reconocer en él, tanto como lo hicieron en Carlos Pardo, con otro sinclinal, más tambaleado, irónico y no entregado en el mejor malestar de sus primeros libros muy atractivos y plenos de talento (renovadores), antes de una madurez resentida y no renovada en los poemas contra el padre que recuerdan los peores de Jon Juaristi (los tiene buenos en las endechas a Goyo Marticorena y similares, amén de los satíricos menos bersolaris). Una cuestión compleja para el artista, eso de renovarse. Y si bien el libro tiene mimbres para una casa, es a la vez de irresuelto apetecible, en su horizonte prometedor. El de un escritor en crecimiento, sin duda, de quien tantas cosas esperamos, escribió Miguel Hernández a un joven poeta. Porque esas cosas no solo las ha escrito Rilke.

OTRO CIELO, DE SANTIAGO DE NAVASCUÉS

De los 565 trabajos presentados, fue este libro el que se alzó con el XX Premio Internacional Alegría, editado y acogido por la editorial Rialp. ¿Su título? Otro cielo; ¿su autor? Santiago de Navascués, nacido en Pamplona, en 1993, estudiante de doctorado en Historia Contemporánea por la Universidad de Navarra. Su nombre quizá no suene dentro del panorama poético español, y es que es con esta obra, Otro cielo, con la que se estrena, ópera prima. 565 trabajos, recordamos, número que impone respeto y ofrece primeras pistas sobre lo que nos encontraremos al abrir el ejemplar. Pero vayamos de lo cuantitativo a lo cualitativo.

Divido en cuatro vientos –norte, sur, este, oeste-, y rematado por una coda –dejando a un lado los agradecimientos-, denominada puntos cardinales, el libro arranca con un ideal de unidad: del título a su vinculación con los conceptos en los que se diseccionan las diferentes partes de la obra. El lector podría intuir, con las indicaciones dadas, que se trata de un conjunto bien construido, en donde la medida es el orden de todas las cosas, arquitectura de la palabra poética, y no como simple ejercicio de taller para aspirantes, no como tímida apariencia de aquel que busca, desde lo ya conocido, desde ciertas corrientes, sin ánimo de nuevos caminos por los que transitar, la aprobación general y el aplauso convencional y seguro.

Comienza el libro con un buen primer poema, con cadencia, tono preciso y proporción en el desarrollo de sus ideas, sonoridad de la palabra y el concepto, la atmósfera, que se pretende evocar, cierto corte culturalista, leve, de reminiscencias a las civilizaciones pasadas y su puesta en escena en el mundo de hoy. Su título, Vida contemplativa. Mucho de contemplación, necesario y maduro don del buen poeta, hay en este recorrido literario. Recorrido en el que saltan, salpican en cierto modo, las influencias, naturales por otra parte, del joven poeta. Una de estas la adivinamos en, más o menos, un rasgo formal: la firma del poema. Constituida por una fecha, su huella surge al final del último verso, en cada poema, recordando las famosas fechas de los poemas de Miguel d’Ors. Quizá sea esto un traspiés, y no un acierto, pues del discípulo al epígono media menos de un paso. Pero Santiago de Navascués da para mucho más, y a la sorprendente soltura, y lectura, de sus poemas se une la calidad de estos. Un ejemplo hay en Luz esfumada: “Después, la luz es un recuerdo, breve / parpadeo de vida vacilante, sueño / iluminado en un instante eterno / que se queda conmigo como el gato: / jugando con su sombra en la cocina”. O en Beyond the Missouri sky: “El cielo no se detiene en Missouri, / vislumbré brevemente aquella tarde. / Tenía antojos de espejismo / y los pájaros huían con el secreto de las nubes. / Se escapaba el azul albatros / por las rendijas del horizonte. / Yo contemplaba la escena / y creía ser otro: el viento, / un árbol, los montes”.

Antecede al último poema de Otro cielo un conjunto de haikus medidos y bien acentuados. No todos igual de deslumbrantes, pero sí, al menos, convincentes. Los que, en nuestro criterio, sobresalen: “Las hojas muertas / hasta en el aire tienen / cierta vanidad”; “Crecen jazmines: / la pared andaluza / sube a la luna”; “Casa desierta. / El vacío angustioso / todo lo llena”. Los hay algo más débiles, pues en ellos no se logra la trascendencia de la significación, de lo que se quiere decir, más allá de la solemnidad del significante, de las palabras sobre las que se apunta lo que se quiere decir: “Las olas del mar / se entierran con la luna / bajo la arena”; “Una flor gris / bajo las escaleras / nadie la ve”; “Sobre la torre / destellos de pájaros, / lluvia de sol”.

Pero deja Santiago de Navascués una joya para el final, uno de esos poemas torrenciales, justos, exactos, que justifican cualquier publicación. Walt Whitman tiene por título. Evito transcribir el texto, pues es ese un placer que habrá de reservarse para los lectores. Como invitación, los dos últimos versos, con los que se cierra la obra; versos que son, en su intención, broche y conciencia para los que gusten de acercarse a la poesía: “para que en silencio traspasen este libro / las manos temblorosas de lector”.

(Publicado en la revista Quimera).

LA BROMA, DE MILAN KUNDERA

Obra primera que, lejos de lo que suele ser usual en los escritores que se abren camino en la literatura, determinó todo el conjunto posterior, acaso menos acusada –esta novela- en el estilo, pero con rasgos similares. Hablamos de La broma, de Milan Kundera,  autor checo, aunque residente en París, del que prácticamente no conocemos su biografía, al margen de los datos convencionales que cualquier escritor dejaría para su público. Eterno candidato al Nobel, Kundera vive sus días recluido en un piso de París, ajeno a las entrevistas, a las conferencias, a las universidades, a las presentaciones. Inmerso en su propia obra, una obra en marcha, en curso, cuyo tema, como decimos, inicia en esta novela con la que se ganó el reconocimiento de sus primeros lectores, la atención de la crítica. Hasta llegar a su obra más conocida: La insoportable levedad del ser.

La broma cuenta la historia de un muchacho checo, Ludvik, afiliado al Partido Comunista. Ludvik envía una carta a una mujer con la que lleva tratando un tiempo, Marketa. En esta postal, de tono ingenuo y bobalicón, irrelevante y afectivo, el muchacho perpetra la ironía, desde la broma, no desde la burla, sobre las condiciones de vida y del entorno que rodea a la Checoslovaquia ocupada por las tropas de Stalin, por el ejército comunista, en el contexto de la Guerra Fría, “¡el optimismo es el opio del pueblo!”, escribe. Este hecho propicia el curso de la novela, desencadena la trama que, hasta entonces, se dedicaba a retratar una Europa del Este en donde no había ni necesidad ni miseria ni censura. En donde un Estado, un imperio, diríamos, llevó la paz social a un lugar siempre maltratado por el devenir de la historia. Una Europa del Este en que la dictadura del comunismo cumplió con su objetivo.

Pero la broma todo lo cambia, y entonces sucede una alteración tanto en el estilo en el que se iba desarrollando la obra como en la vida del protagonista, una genialidad de Kundera, quien vincula fondo y forma en un todo compacto, sin fisuras ni divisiones. En cuanto los controles, censores, jurídicos y políticos del Estado intervenido –policías, investigadores, jueces- se enteran del contenido de la carta, cuya delación corrió a cargo de Marketa, intentan –consiguen- por todos los medios hacer la vida imposible a quien la ha enviado. Lo dejan al margen de cualquier posibilidad de desarrollo personal y emocional: es un marginado a ojos de la sociedad. En este instante entran en el argumento el resto de personajes, quienes aparecen y desaparecen según convenga al narrador, dando saltos en el tiempo y en el espacio, lo que contribuye a generar esa sensación de no saber qué sucede, de desorden, de caos, que acompañará a la psicología del protagonista el resto de su vida. De nuevo, este ideal de Kundera de fundir en un único sentido tanto el fondo como la forma. Si la mente del autor, consecuencia del acoso y de la censura estatal, está perturbada, también lo estará el ritmo de la trama, que fluye por las páginas.

En La broma, su autor ensaya un modo de abordar la novela que será característico, tan personal, en los títulos posteriores. Es la novela-ensayo. Género que no sólo narra las historias vividas por unos personajes sino que busca ahondar en la psique de estos personajes. Exponer sus pasiones, sus inquietudes, sus miedos, sus inclinaciones. Pero no desde la descripción de sus particularidades, de sus rasgos, sino desde la divagación –recordemos sus apuntes sobre cómo la música europea ha influido en la identidad de las naciones- y la metáfora, desde por qué una persona llega a ese estado de nerviosismo, o de histeria, o de amor, y todo explicado con un lenguaje propio de la filosofía, el ensayo o la poesía. En las novelas de Kundera la imagen es fundamental no sólo para describir, para retratar, también para interpretar, no desde el significante, sino desde el significado, la complejidad de un carácter, de la mentalidad de una persona. Con pasajes llenos de incógnita, incluso oníricos, el autor pretende aclarar el interior de la condición humana. Con frecuencia, por otra parte, tan irracional.

Mucho hay en esta novela de visión personal, subjetiva, de “vivencia” del autor, quien también padeció, como tantos personajes de sus ficciones, la persecución ideológica en su tierra natal. La censura, la negación de sus derechos fundamentales, de sus libertades. Y todo por no mantener la afinidad al comunismo.

Con la traducción de Fernando de Valenzuela, y en la editorial Tusquets –colección de bolsillo-, leemos esta broma de Kundera. Broma tan seria, claro. Imprescindible para comprender, para asimilar, las circunstancias de un tiempo y de un lugar que supusieron en Europa un nuevo modo de concebir el mundo, su mundo. En su historia. En su propia memoria.

La broma (Ed. Tusquets) –traducción de Fernando de Valenzuela-, 325 páginas, 8.95 €

AZAHARA PALOMEQUE: ELEGÍA Y DISTANCIA

Un tono, híbrido de metafísica y emoción, recorre desde el tren de lo meditativo las páginas de “En la ceniza blanca de las encías”, de la poeta y doctoranda Azahara Palomeque (1986), editado en la colección Tierra de La Isla de Siltolá. Autora de cuentos y poemas, recogidos estos en la plaquette “El Diente del Lobo” y en el libro “American Poems”, también editado en Siltolá, Palomeque se caracteriza por un estilo melódico en el verso pero sin necesidad de subordinar este ritmo al metro convencional o a estructuras rítmicas preconcebidas, preestablecidas, acaso demasiado encorsetadas. En este sentido, la autora apunta a una originalidad en el desarrollo formal del poema –de acento, disposición de los versos y arquitectura interna del sonido de las palabras- y a un estilo cercano a lo orínico, al surrealismo, dos puntos de partida que recuerdan al Lorca de “Poeta en Nueva York”.

Entre citas de Salinas, de Clara Janés, de Alejandra Pizarnik, de Martín López Vega… se suceden los poemas, o el poema, mejor dicho, pues el libro se concibe como un todo en el que se reflexiona sobre la memoria, la herencia de la familia en la personalidad del joven que empieza a madurar, el exilio, el mundo moderno, la soledad, la muerte. Los temas de siempre. Y de ahora. La intensidad en la que se desenvuelve la obra nos va dejando casi sin respiración: velocidad, celeridad, nervio, energía, potencia. Fuerza verbal –saber qué palabra hay que escoger para generar en el discurso interno del poema una conjunción de estética, connotación de esas palabras y cuidado en la expresión-  y carga sustantiva en los poemas que Palomeque nos muestra; imágenes y metáforas que, si bien en ocasiones nos confunden y distraen, cercanas casi a la escritura automática de las vanguardias, dotan al poema de riqueza y de enigma, de sugerencia y de misterio:

La calle vacía,

todo está listo para el despeinar del tiempo, las sienes de

       los hombres de heno nos ladran desde los ladrillos.

La ciudad parece un alud que nos entreverara, un animal

con nuestro secreto amarrado a los pulsos.

Me asomo

a las espuelas del cristal: nadie por las aceras, un alma tal

     vez recorra

el cercén de los carteles, los coches

que descarrilaron, desbordados en el asfalto de mis ojos.

Ha ocurrido

la materia de la camada gris que balbuceaba mi sueño, el

    funeral

de las hormigas. Y no hago más

que mentir a los párpados, incitándoles a caminar el

      temblor

de este silencio, invadiéndoles

la privación de la bilis

que quiere ser llanto.

Palomeque define la lengua con la que se acerca a los dones de la poesía desde la elegía y desde la distancia:

Un ramo de botellas verdes es el paisaje del cuarto,

manteles de saliva blanca entre los cuévanos

de mis ojos.

Si por el alcohol me sanara el rastro de las espinas, comiesen

      de mí

en los lacrimales,

me bautizaran con flores.

Los árboles que entre tanto vidrio han de nacer, ancianos

     a la mesa.

Sus raíces torcidas.

El cultivo de esta desgana, este tedio, esta única voluntad

de partir.

En la ceniza blanca de las encías (de Azahara Palomeque), La Isla de Siltolá, 73 páginas, 10 €

ESTACIÓN POESÍA

Juan Bello Sánchez, figuración y asombro

Tras ganar el IV Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena” con El futuro es un bosque que ya ardió en alguna parte (2011) y el VI Premio de Poesía Joven RNE con Todas las fiestas de mañana (2014), Juan Bello Sánchez (Santiago de Compostela, 1986) recibió el XIV Premio de Poesía Emilio Prados por el libro Nada extraordinario (2016). Una trayectoria poética notable, y que asombra, dada la juventud del autor, aunque la edad, en estos casos, y valorando la calidad de la obra, no sea más que una anécdota. Importará, en cualquier caso, el contenido. Cuando leímos su libro Todas las fiestas de mañana percibimos en cada uno de los poemas del conjunto unos rasgos estilísticos propios y originales cuyo fondo y forma se traducía en una unión entre el simbolismo y el surrealismo, como si entre ambas corrientes se hubiese perdido un eslabón, una pieza del engranaje que Bello Sánchez rescata. Poesía figurativa, sí, pero sin decodificar de manera total el significado del lenguaje; sin suprimir, de la finalidad del poema, lo descriptivo. Una supresión en su justa medida. Lo necesario para entablar una conversación y no ahogar uno u otro modo. Esta apuesta estética sigue en pie en Nada extraordinario.

El libro mantiene un ritmo constante, una proporción de tono y tema en el transcurso de sus diferentes entregas, interrumpida tan solo por la pausa de diversos autores y sus citas. Los poemas funcionan como un todo orgánico, un cuerpo en donde cada parte toma su función y su cometido, su responsabilidad, como si el poeta les hubiese asignado una tarea. En este supuesto, la del retrato. En Nada extraordinario se recrea un paisaje vinculado a un pueblo costero, y en él, experiencias, memorias, emociones: “Y entre todas esas cosas / -el sol que cae de los árboles, los coches cansados, / la mujer empujando el carrito de un bebé- / va ofreciendo puerta por puerta / el vendedor ambulante / una primavera en miniatura”.

Tomando el ejemplo de la pintura impresionista del XIX o de los primeros pasos de las vanguardias, este escenario no se dibuja desde el naturalismo o el realismo, aunque no haya en él, por otra parte, alguna nota radical de irracionalismo o de intención onírica. La metáfora prevalece, la imagen trasciende a la palabra con trazos sueltos, ligeros, quizá arbitrarios, de aquí y de allá; pero lejos de suponer un estropicio o de invitarnos al caos del sinsentido, los versos logran ensamblar una sólida construcción entre unos y otros, como si tuviésemos que leer el poema con distancia para percibir y limitar los contornos de la totalidad de su esencia. Una distancia que te lleva, por otra parte, a la cercanía, a comprender el qué y el cómo: “El coche detenido en una curva / y tú hablas de los días más felices de nuestras vidas / como quien recuerda que ha de ir / a comprar clavos a una ferretería. La nostalgia / es un perro callejero que cruza la carretera / en la oscuridad, pero sabe perfectamente a dónde se dirige. / Y las ciudades se construyen por acumulación, me dices, igual que los veranos o la memoria”.

Abunda en el libro la greguería, el aforismo, el apunte, la sentencia. Género tan de moda en una generación como la de Bello –como la mía- nacida entre urgencias, redes sociales, post, clicks, marketing, eslóganes. El aforismo de Juan Bello se integra en el conjunto, sí, pero al diseccionarlo, podemos tomar algunos ejemplos, los cuales, por cierto, ni se resisten ni se diluyen, no pierden ni un gramo de masa, de consistencia: “Y el mar tan limpio que podemos ver el fondo, / no como una fuente, quizá como un vaso de agua / del que nadie ha bebido”. “El tiempo transcurre como un abrigo / colgado en una percha”. “La lluvia igual que el sonido de un violín”. “Y el pasado es un barco / que no termina nunca de hundirse”.

En Nada extraordinario se canta a la cotidianeidad de un tiempo y de un lugar sin abandonar, por supuesto, y aquí una de las principales claves de la obra, lo que en ellos hay de sorpresa, de particular, que no es otra cosa que su propia condición. Los objetos se suceden, al igual que la costumbre; sin embargo, la óptica desde la que se mira este mundo, este paisaje, es la del asombro. Decir asombro donde otros dicen costumbre, dijo Borges, una lección que Bello Sánchez parece tener aprendida. Como conclusión, los últimos versos del libro, pertenecientes al poema al final yo también me marché de la fiesta: “Te hablo de un bosque que sólo es útil para un incendio. / Te hablo de un edificio que se desploma / y nadie escucha su canción. / Te hablo de una tormenta que pasa y después ya no queda / nada. / Y eso es todo. No quieras volver a una playa / que ya no está donde solía”.

Juan Bello Sánchez

Nada extraordinario

Pre-textos, 2016.

 

Reseña publicada en el décimo número de la revista Estación Poesía (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla).