QUÉ FUERON LOS ERES

Asombra, pero tras años de crisis institucional (en casi todas las estructuras sociales, del fútbol a la monarquía, de los sindicatos a  la universidad) aún no se aprende la lección, y la corrupción política tiende a ser menor o mayor corrupción en función de nuestra cercanía ideológica con aquel que defrauda. Cuesta desprendernos de nuestras afinidades a la hora de valorar los hechos, quizá porque nos da la sensación de que nosotros también hemos sido estafados o, peor, de que hemos contribuido con nuestras ideas a las acciones (en ninguna de las dos tesituras nos queremos ver). Con los ERE así ha sido, y mientras buena parte de sus votantes insisten en que son errores que ya pasaron, otra sociedad andaluza, tendente a partidos de derechas, insiste en que el mayor caso de corrupción casi ha pasado desapercibido. La clásica tergiversación cínica o victimista, según optemos por unos u otros, que favorece una tesis.

Pero nada de eso: no se trata de un simple error que ya pasara (sorprende el cinismo: lo que ahora es un error que ya pasó, hace diez años era un tema tabú) ni tampoco de un caso de corrupción del que apenas se haya hablado. Ahí están las condenas, a pesar de una investigación con demasiadas demoras y algún que otro error sustancial. E intereses partidistas, presiones políticas, injerencias. Hace quince años, cuando empezaba la trama de los ERE, nadie hubiese acertado con el pronóstico: el PSOE fuera del gobierno, sin apenas margen de poder, y sus dos principales líderes políticos condenados. Hablamos de unos nombres, y de otros tantos nombres (Antonio Fernández, Carmen Martínez Aguayo, Francisco Javier Guerrero), con una considerable influencia en la sociedad andaluza. Con una notable agenda de contactos que abarcaba amplias y distintas parcelas de esa sociedad andaluza. Sorprendería la buena relación de muchos políticos importantes del PSOE con otros importantes empresarios de derechas.

Esa es la clave que explica los ERE, tanto en lo social como en lo político. Más allá de la corrupción política o de la sentencia que ayer todos conocimos, lo importante de los ERE es cómo se desarrollaron. Cómo fue posible que políticos en el poder lograran burlar toda una administración pública. Cómo pudieron construir, durante tantos años, toda una trama de corrupción sistemática. Sin que nadie sospechara nada. Sin que nadie lo advirtiera. Es evidente que todo pudo ser posible porque los límites de esa corrupción iban más allá de la propia corrupción política. Porque el beneficio era repartido no sólo entre los suyos, entre los políticos del PSOE en el poder o sus más próximos, sino también entre aquellos que de algún modo u otro tenían acceso o cercanía a un poder, aunque fuesen de ideologías contrarias. Conservadores, empresarios, gente de derechas. Todos ganaban. Silencio cómplice. Y a seguir.

Los ERE han sido un caso de corrupción, pero también el signo de un tiempo, casi una mentalidad que arrastraba y lastraba a Andalucía. Los círculos cerrados, la endogamia, el trato preferente de los míos, el favor a quien me interesa, el clientelismo. Es ingenuo creer que los ERE son la causa de unos políticos malos que llegaron al poder y se aprovecharon de su posición para enriquecerse. Es ingenuo pensar que un caso de corrupción de este calibre no ha sido posible sin la connivencia de esa etiqueta fácil y engañosa que llamamos sociedad civil. De una parte, claro, de la sociedad civil. Tendremos que hablar de ese incómodo capítulo.

LO PACÍFICO NO ES EXCUSA (ALGUNAS TRAMPAS DEL INDEPENDENTISMO)

El independentismo catalán es un movimiento político que ha trabajado muy bien su imagen, su publicidad. Lo tenían fácil: el que va a la contra, el rebelde, suele tener buena prensa. Es el subversivo, el que trata de doblegar, el débil. Un conjunto de circunstancias, de adjetivaciones, que en el mundo moderno generan simpatías: nadie quiere ir con otro que no sea el actor épico de una discusión. Los independentistas aprovecharon esa circunstancia para fabricar una imagen de ciudadanos cívicos, exquisitos, pacíficos y dialogantes que le echaban el pulso a un Estado semianalfabeto, castizo, bárbaro y folclórico. Era, en esa tergiversación de la historia, la cultura ilustrada centroeuropea contra un país que apenas había conocido nada más allá de las guerras cainitas, la peineta y el casino provinciano.

Se ha insistido en que el independentismo es un movimiento pacífico. Es un argumento recurrente en las conversaciones. Como si el hecho de no secundar violencia ya fuese una razón suficiente para tolerar la manera en que ejecutaron sus fines políticos, que recordamos: al margen de la ley y de la Constitución. El independentismo puede ser pacífico, pero eso no exime ni atenúa ninguno de los delitos por los que los políticos independentistas han sido condenados. Deliberadamente, estos tratan de tergiversar los hechos: una cosa es una idea legítima (claro que la independencia de un país lo es) y otra la forma en que se ha perpetrado esa idea legítima (en resumen: imponiendo la voluntad de unos sobre la ley de todos). A nadie, en España, se le ha condenado por sus ideas. A lo sumo, por la forma en que han consumado esas ideas. Hasta ahí.

Un empresario podrá ser pacífico a la hora de incurrir en delitos fiscales. O en cometer un fraude laboral. Pero en ningún caso eso será excusa para absolverlo de unos hechos probados (el argumento, más o menos, sería: en mi empresa llevo una contabilidad B con la que me evito pagar impuestos y así costearme una nueva casa, pero de buen rollo, amigos inspectores, amigos jueces). Cuando el independentismo habla de idea pacífica, parece que nos quieren decir que por no entrar a tiros en el Congreso tienen potestad para cumplir cada uno de sus planes, y sin que una sola institución pueda cuestionar el modo de cumplir con sus propósitos. Es evidente que eso se inventó hace siglos, y es una opción política que oscila entre el absolutismo y el régimen autoritario.

Esa trampa del retrato sofisticado y rebelde trae consigo otras consecuencias: es una recreación que ha seducido, durante años, a buena parte de la izquierda española, quien temía encontrar complicidades con ciertos enemigos culturales del catalanismo: la derecha reaccionaria, los partidarios de la centralización (casi siempre gente de derechas) y esa España de clavel y tardes de toros que asocian con el franquismo. El resultado ha sido una izquierda que algunas veces ha visto con buenos ojos este movimiento y que en otras ocasiones lo ha tolerado, ya sea por acción o por omisión. En estos días de barricadas y agitación, hemos podido ver unos cuantos ejemplos: yo no voy con nadie, es una guerra de élites y esto conmigo no va, no apoyo a ningún nacionalismo, etc.

Este independentismo catalán, el de estos últimos siete años, no ha sido, aunque lo hayan querido vender así, un conflicto entre dos nacionalismos. Mucho menos la escisión de un país europeo lastrado por esa España ibérica de secarral. Ha sido un movimiento político que ha querido imponer su voluntad ante la voluntad de todos, ante la voluntad de una sociedad que es soberana de las leyes que nos ayudan a convivir, a limitar nuestras acciones, a ser, en definitiva, libres.

COSAS QUE UN DÍA FUERON DE IZQUIERDAS Y AHORA SON DE DERECHAS. O AL REVÉS

Cuántas veces definimos nuestra personalidad política por la decisión del contrario, por lo que otra ideología contraria defiende o propone. Es habitual, incluso entre los amigos ilustrados, el hecho de predicar la idea no por un razonamiento personal propio sino por el razonamiento del adversario, del amigo de la otra opinión. Así, pensaremos no por lo que nosotros creamos que tenemos que pensar, por el peso del argumento, sino por lo que otros dicen o quieren pensar. Se ha escrito mucho del tema: somos lo que de otros nos causa rechazo. Crecemos, nos hacemos, por lo que elegimos, pero también por lo que declinamos. Necesitamos de un enemigo para conocer nuestro rol, para saber de nuestra personalidad, de nuestra identidad, para conocernos a nosotros mismos.

Pero la consecuencia de esa situación es que incurrimos en contradicciones e incongruencias, en una comunión de ideas incompatibles pero que conviven en una misma ideología, en una tribu ideológica. Una contradicción aparentemente armoniosa y lógica. Pienso en esto sobre tres temas: la gentrificación, el aborto/gestación subrogada y la noción de liberal.

La gentrificación, hasta hace pocos años, hasta hace unos diez o quince años, era bien vista por la izquierda. Por partidos de izquierda. Y es que sobre esas propuestas había atmósfera de modernidad y de progreso. Aquí, en mi Sevilla natal, se peatonalizaron calles, se abrieron nuevos comercios, se remodelaron antiguos edificios. Todo era pretexto para traer una modernidad a la ciudad localista, para parecernos a otras ciudades de Europa, para seguir una línea estética y funcional de ciudad sostenible y habitable (por copiar el lenguaje relamido de muchos de sus políticos entusiastas). Quien argumentara razones en contra fue etiquetado de rancio, de carca y casi de simpatizante de un cateto chovinismo parafascista, de hortera provinciano (cuando nada más provinciano que creer que lo extranjero, por ser extranjero, es mejor). Así, en otras ciudades, como Bilbao o como Barcelona. Ahora, diez o quince años después, quienes apoyaron a partidos políticos con medidas similares, prefieren el encanto de la mercería de siempre, los negocios de siempre en las calles de siempre, la estética que ellos conocieron tal como ellos la conocieron. Una apología del casticismo esencialista.

Parecido ocurre con el aborto y la gestación subrogada. Quienes hace unos nueve años (la ley de Zapatero es de 2010) defendían el derecho al aborto como un principio incuestionable de la libertad personal, rechazan la idea de que una mujer decida qué hacer con su propio cuerpo. El principal argumento para abortar, todos lo recordamos, era que nadie podía condicionar la voluntad de la persona sobre su propio cuerpo, muchos menos una idea conservadora o la doctrina de la Iglesia católica. Algunos de los amigos que entonces se manifestaron a favor del aborto, hoy se manifiestan en contra de la gestación subrogada. Cuando ambos temas convergen en un mismo punto. El problema, claro, es quién lo defiende, y también quién lo discute.

El concepto de liberal también ha transitado por diferentes horizontes ideológicos. Lo que en su día fue una palabra que se asociaba la izquierda (o al menos contraria a los reaccionarios de la derecha), es ahora una palabra que causa grima y repulsa en los fervorosos militantes de la izquierda, sobre todo en esa izquierda de clase media errejonista. Lo que hace treinta años era una ideología denostada por la mayoría de la derecha española, ahora es parte de su base ideológica. Igual con las izquierdas de este país, pero al revés.

Es asombroso cómo las ideas evolucionan en tan poco tiempo, ver cómo estas operan en una dirección u otra en función de quién las defienda, de quién se haga con ellas en sus discursos políticos. Tan asombroso como comprobar cuántas veces no pensamos por criterio propio o por el fin de la idea misma, sino por quién haga causa de una idea. Por lo que estéticamente nos sugiera esta, no por lo que razonadamente esta nos diga.

QUÉ UNE A PLÁCIDO DOMINGO, LA LISTERIOSIS, EL AMAZONAS

Tanto las acusaciones de acoso a Plácido Domingo como el brote de listeriosis y los incendios en el Amazonas guardan un sesgo que los une: son temas de índole política, sensibles temas de índole política. En el caso del tenor, la impunidad de grandes referentes de la historia reciente, de quienes ahora se destapan abusos que han sido silenciados, por miedo y por interés, durante años, todo esto dentro del contexto del movimiento Me Too. En cuanto a la listeriosis, la mala gestión de las autoridades públicas; es decir, políticas. De los incendios en el Amazonas, la pérdida de la flora y de la fauna, con el evidente telón del ecologismo.

La connotación política, ideológica, de estos hechos suele complicar el análisis sosegado. El activismo militante de las redes sociales, casi siempre más preocupado en defender una idea que en estudiar esa idea, tampoco ayuda. En apenas horas después de que salten las informaciones, es habitual leer grupos de opinión sobre estos temas. Bandos que responden a una posición ideológica, y que emiten el juicio que de ellos se suele esperar. Así, por ejemplo, cuestionar el anonimato y la falta de pruebas en los acosos sexuales será catalogado, por un bando, como cómplice del machismo y de los acosadores. Proponer debates sobre la prescripción de este tipo de delitos será etiquetado, por otros, como una idea partidaria de la turba feminazi. Encontrar personas que tan sólo busquen la razón de los hechos y que traten de aportar soluciones meditadas, no eslóganes prefabricados para complacer a los suyos, un hallazgo.

Con los incendios en el Amazonas ha ocurrido algo parecido. Al margen de fotos virales de Instagram en las que deseamos mostrar lo buenos que somos -en lugar de aportar una solución útil, que por otra parte no depende de nosotros-, también se han publicado análisis en los que se despachaban animadversiones ideológicas. Sus enfoques buscaban, más bien, la crítica política (la hipocresía social, el silencio mediático, el consumo de carne), y no la calmada disección de unos tristes acontecimientos. En resumen: la pretensión no era tanto contar qué estaba sucediendo como buscar responsables políticos que me resulten antipáticos.

El brote de listeriosis, aunque en otro registro distinto, también ha sido una especie de caballo de Troya con el que hacer política. Como esos políticos locales en la oposición que señalan en Twitter aceras en mal estado o suciedad en las calles para denunciar la mala gestión del gobierno municipal. Ni que decir tiene que a ninguno de ellos, de la oposición, se les ocurriría una idea similar en el supuesto de que estuvieran gobernando. Aunque hubiese aceras en mal estado y mismos dos contenedores llenos de basura. El caso es que si se trata de entorpecer la labor del adversario, qué importan las soluciones a problemas graves. Estas pueden llegar, pero sin olvidarse de que hay que desgastar al contrario.

El trasfondo político es inherente a estos temas. Y de ahí que con frecuencia los veamos desde las gafas de la ideología. Unas gafas que distorsionan realidades y que nos apartan de una verdad material, impidiendo el debate racional y constructivo. Como ese tuit en el que un doctor en Comunicación (un doctor en Comunicación) criticaba el servilismo de los medios de comunicación españoles respecto de la Casa Real. Cuando sólo eran periodistas que se agachaban para facilitar el trabajo a los compañeros que, detrás, grababan las declaraciones del rey. Aunque, claro, fuese otro el que se coronara.

JANE AUSTEN: LA ÚLTIMA MISÓGINA

Se repite desde hace unos años: la prensa cultural publica el testimonio o el análisis de personas vinculadas a la cultura donde se señalan actitudes machistas en obras que, hasta ahora, no eran tomadas como un ejercicio de proselitismo misógino, como una subliminal propaganda del machismo. Persiste, con asiduidad, un revisionismo que critica roles machistas en contextos que hasta hoy pasaban de largo. Es una labor que pudiera parecer interesante y que, de hecho, ayuda a comprender cómo han funcionado las relaciones sociales entre hombres y mujeres en nuestra cultura, incluso la más reciente. Esa búsqueda, ese análisis, de determinadas actitudes machistas es saludable: evitar que se repitan esas situaciones no admite enmienda.

Pero a mínimo que se disponga de criterio propio y de experiencia, alcanzamos una certeza absoluta: no todo es tan simple. No todo es tan sencillo. Hasta los propósitos más nobles pueden llevarnos al error, y hasta las mejores de nuestras intenciones pueden traernos ocurrencias y despropósitos. Un ejemplo es lo que pasó con las canciones de Sabina, donde se afirmó que Contigo, uno de los temas más conocidos del cantautor, era una letra con contenido machista. Recuerdo que buena parte de los amigos de la cultura, incluso gente mayor de edad, con sensibilidad y libros, apoyaron esa tesis. La de que la letrilla de la canción es un catecismo del machote ibérico. Veamos lo que dice en algunos de sus versos: “Yo no quiero un amor civilizado / con recibos y escena del sofá. / Yo no quiero que viajes al pasado / y que vuelvas del mercado con ganas de llorar. /(…) Yo no quiero cargar con tus maletas. / Yo no quiero que elijas mi champú. / Yo no quiero mudarme de planeta, / cortarme la coleta, brindar a tu salud”. Es cierto, como algunos amigos apuntaron, que en la canción se recrean escenas de la pareja convencional, y que también se habla de expresiones que rozan el machismo (dentro de esa relación convencional). Pero los amigos críticos no se dieron cuenta de que la frase iba precedida de un adverbio de negación. Es decir, hay machismo, claro, pero todo el machismo que puede haber en yo no comparto que los hombres y las mujeres deban tener distintos derechos laborales.

Ocurre cuando se unen redes sociales, exposición moral y afán de protagonismo con las buenas intenciones: de tanto querer ser –nosotros- éticas que resplandecen, tratamos de acomodar una realidad que no existe a lo que queremos que exista. Para así ser salvadores, redentores, héroes de un tiempo. Y vistos por todos los que deseamos que nos vean. El machismo ha sido una constante en nuestra cultura, pero la persona que se sacrifica por los demás y obtiene la recompensa de la épica y de la leyenda, también. Algo de esto hay en el último caso de misoginia en la historia de la literatura: Jane Austen. En un artículo publicado en La Vanguardia, nos invitaban a reflexionar sobre el machismo en la obra Orgullo y prejuicio. Que una obra escrita hace dos siglos ofrezca pasajes y episodios que narren posibles situaciones machistas no es una sorpresa. Cómo esperar lo contrario, cómo esperar, no sé, que en una novela del siglo XVI se cuenten trenes de alta velocidad, contratos basura o la última infidelidad de Isa Pantoja.

Responder a este tipo de juicios críticos tan desnortados supone un peligro: puedes estar razonando desde la crítica formal pero, al ser una cuestión política –y muy sensible-, casi de manera automática dejas de ser crítico de una valoración y pasas a ser sospechoso crítico político de una valoración. Lo que te etiqueta de machista y, claro, te sitúa fuera del debate: ya no tienes legitimidad social de réplica. Pero la respuesta es clara, y la resumimos: primero la razón, después la ideología y, si nos sobra tiempo y queda entre amigos, la ocurrencia, el despropósito y la última infidelidad de Isa Pantoja.

 

RTVA: CUANDO LO PÚBLICO ES POLÍTICO

Debe haber una prudente distancia, pero aún vemos cómo persiste la cercanía entre el poder político y las administraciones públicas. Aunque fue, junto con el debate sobre la ley electoral, un tema que se trataba, se denunciaba, en partidos afines a eso que se llamó regeneración o transversales, aún se mantiene esa dinámica, esa manera de entender la relación entre los gobiernos y la cosa pública, en concreto con los medios y la administración. Seis o cinco años después, vemos aún esa España en la que un funcionario no podía aspirar a un alto cargo de la administración sin que esa administración se enterara de que el funcionario era del partido del gobierno. O esa España en la que los presentadores de la tele pública, también sus productoras, o sus redactores, o sus directivos, tendrían que mantener indisimulada proximidad al ideario de las siglas del poder. Aceptamos como habitual que un funcionario no haga, no pueda hacer, carrera en las consejerías más allá de determinados puestos, reservados para gente afiliada a un partido político, y casi que se sobreentiende que los medios públicos no son tan públicos como políticos.

Así es: hubo partidos que propusieron ideas nuevas, mayor independencia, neutralidad política, de la tele pública y de las administraciones. Pero, al igual que esas otras iniciativas (ley electoral, por ejemplo), fueron puntos del programa político que se fueron, poco a poco, disipando, hasta quedar en simples menciones anecdóticas o en buenas intenciones pasadas. La tarea sigue pendiente, y lo vemos en Andalucía, donde los partidos políticos proponen nombres para el consejo de administración de RTVA y para el Consejo Audiovisual. Es cierto que no todos los partidos han actuado igual, y que en sus propuestas hay diferencias, pero sigue la dinámica del partido que elige a un profesional del propio partido, cuando no un político que se ha quedado sin hueco dentro de este.

Así en el PSOE andaluz, quien lleva a políticos de su propia casa –sin más-: Antonio Pradas, Antonio Martínez Rodríguez y Olga Manzano. En el PP, partido que ha acertado con la elección de Rafael Porras para presidir el consejo de administración de RTVA, han elegido a una política que perdió las elecciones municipales en un municipio malagueño: las decisiones acertadas de allí se pierden en las formas de siempre de aquí. Al igual que el PSOE y el PP, Adelante Andalucía también ha optado por un nombre cercano al partido. Ciudadanos y Vox son los únicos que han propuesto profesionales relacionados con medios de comunicación. Ajenos a las listas electorales, a las carreras políticas y a los mítines de campaña.

Habrá que insistir: los medios son públicos, y como tal lo gestionan políticos, pero sin que se confundan los conceptos de lo público y de lo político. Esa tele pública es una tele de todos, y así claro que deben estar todos los partidos, pero con gente que busque el criterio periodístico, no el cacareo político. Desde el poder se busca un mayor control de la comunicación, de las noticias, de los informativos y de los contenidos que se emiten. Así creen, un poco ingenuos, que se reservan un lugar importante para influir en electorado y sociedad. Cuando en realidad, lo único que consiguen, es una programación que sólo sirve para rellenar contenido de zapping.

LAURA FREIXAS DICE QUE

La pasada semana, la escritora Laura Freixas escribió un tuit en el que difundía unas líneas del último ensayo del filósofo político Manuel Arias Maldonado, editado en Anagrama. El texto del tuit, que a su vez acompañaba una foto con el párrafo del libro, decía así: “Juro que he empezado este libro sin prejuicios, con buena voluntad. He resistido 59 páginas (de argumentos sinuosos, tramposos, tirar la piedra y esconder la mano) y lo he dejado al llegar a este párrafo. No hará falta que lo comente, ¿verdad?”.

El párrafo al que Freixas se refiere, sin prejuicios, con buena voluntad (sic),  es una cita que Arias Maldonado toma de otro autor, donde se escribe: “(…) Volkmar Sigusch, director durante treinta años del Instituto Científico Sexual ligado a la Universidad Goethe de Frankfurt, ha afirmado que una sociedad sin prostitución le resulta inimaginable, pues en ella se multiplicarían los homicidios y las agresiones sexuales, lamentando de paso la mezcla de hipocresía y puritanismo que nos impide reconocer su funcionalidad social”.

Quizá Laura Freixas no tenga nada más que comentar, pero cualquier lector, incluso con muchos prejuicios y con muy mala voluntad, podría advertir que no es lo mismo la cita de un autor cualquiera y el argumento o el criterio político del autor que firma el ensayo. Es decir, que el hecho de que un autor, en su ensayo, tome las palabras de otra persona no significa que este esté de acuerdo con las de aquel. Es una deducción tan simple que da un poco de reparo comentarla.

Pero parece que la escritora no sólo no ha caído en la obviedad sino que la expone, sin el menor pudor, en su cuenta personal de Twitter, donde tantos seguidores son sensibles, contrarios, a lo que se enuncia en las palabras que Arias Maldonado toma prestadas. Aquí abandono las verdades materiales y entro en el sinuoso y sin dudas tantas veces tramposo lugar para las conjeturas y las hipótesis, aunque tirando la piedra y sin esconder la mano. Laura Freixas es consciente de que cualquier párrafo en el que un autor insinúe las ventajas de la prostitución en la sociedad de hoy –bueno, y de cualquier época- será repudiado (compartido) por sus seguidores, siempre a favor de la autora del tuit-protesta y en contra del autor que defienda esa tesis. E imaginamos, porque todos la hemos vivido, la satisfacción moral que nos provocamos al ver que trescientas personas apoyan lo bueno que somos. Como cuando, de niños, decíamos a los compañeros que nuestro dibujo no era tan bueno como el de ellos, pero sólo para que nos dijeran que éramos pequeños genios de la pintura. O como cuando, de adultos, tratamos de señalar nuestros defectos pero para compararlos con los del otro y no quedar tan mal. En fin, cinismo, fariseísmo tuitero, oportunismo viral. Todo eso.

Las defensa de las causas políticas nobles, cuando todo el mundo nos observa, cuando en todo ese mundo buscamos saciar nuestras vanidades, no son tan defensa de las causas políticas nobles como de nosotros mismos, de nuestro estatus personal o de nuestra reputación. Cuando así ocurre, ese interés en nuestra sociedad que aparenta, en principio, altruismo,  alcanza colores más egocéntricos, como cuando contamos en el perfil de Facebook nuestro desinteresado viaje de verano para ayudar a personas desfavorecidas.

Qué bien que Laura Freixas esté en contra de las palabras de la cita. Pero todo se distorsiona cuando parece que trata a la realidad no como es, sino como le gustaría que fuese. Y todo para así seguir reafirmándose en su propia cosmovisión ideológica. Es curioso: al final, para seguir perpetuando una realidad de la que disiente.

TRAMPAS DEL INDEPENDENTISMO: LA SOLUCIÓN POLÍTICA

Durante estos días de procedimientos parlamentarios y de necesarias formalidades democráticas, políticos independentistas con escaños en el Congreso y entrevistas en medios nacionales hablaban de represiones del Estado español. También comentaban que lo que Cataluña necesita es una solución política al conflicto. Es una frase enlatada que se repite en los círculos de partidos afín a la secesión: solución política al conflicto, solución política al conflicto. Junto con la mitificación, la deliberada idealización victimista, del uno de octubre, la solución política al conflicto es una de las trampas más difundidas por la propaganda independentista.

Cuando ellos hablan de solución política lo que quieren decir es nuevas concesiones gratuitas (de las que además saben que son inviables) y cuando hablan de conflicto lo que buscan es un enemigo con el que justificar una falsa imagen de represión. Ha sido la estrategia que el nacionalismo (después independentista) ha adoptado desde hace años: aprovechar la vaga percepción, heredada de la dictadura, de Cataluña como un lugar culturalmente sometido a la hegemonía del españolismo. Esa idea de pueblo oprimido con el que tenemos una deuda pendiente es la coartada para sentirse con el derecho, con la potestad, de exigir todo tipo de demanda política, hasta el punto de imaginar, de pretender, que la voluntad de nacer en un sitio, la voluntad de pertenecer a un lugar, es motivo suficiente para eludir la ley de todos, incluso de los suyos. De los propios catalanes.

No puede haber solución política si eludimos el perímetro legal que entre todos, nosotros como representados y ellos como representantes, hemos elaborado. El independentismo lo sabe, el independentismo, de Torrent a Rufián, de Junqueras a Turull, entiende las consecuencias de sus actos, pero, lejos de asumir realidades evidentes, continúa explotando la idea del perseguido, del preso político, del censurado, del Estado que reprime una aspiración legítima. El político que toma decisiones fuera de la norma se sale del acuerdo legal, del pacto legal básico, que hace funciona cualquier democracia con un mínimo de garantías para ser llamada así. El político que incurre en hechos punibles empieza a ser otra cosa. Las causas de los independentistas hoy juzgados en el Supremo no pueden tener respuesta política: son ellos mismos los que dejaron de hacer política para imponer la voluntad de sus propios deseos a cualquier coste. Aun así, insisten en esa idea tan tramposa de la solución política, pues conviene sugerir la imagen del Estado intransigente que no admite negociación ni palabra. De nuevo: la posición de víctima es, en este caso, un privilegio.

Los diputados en prisión preventiva no pueden ejercer sus derechos porque lo impide el reglamento del Congreso, no por un ánimo de censura o de prohibición de expresión política, como irresponsable insinuaba Iglesias a los periodistas en la rueda de prensa del pasado lunes.  Es más: la propuesta política de ERC ocupa asientos y escucharemos sus discursos desde la tribuna. Pero la política siempre queda dentro de las leyes que en ese Congreso se debaten, se deciden y se redactan. Los que vayan más allá de la decisión acordada por todos, es tema de otros edificios donde, por mucho que la propaganda independentista quiera inculcarnos su credo, se ofrece justicia, y no venganza. Porque es derecho de un país democrático y no imposición autoritaria.

ESTOS SON MIS COMPLEJOS

Lo escribió hace unos días Santiago Gerchunoff en Twitter: “Hay un 97.56 % de posibilidades de que una persona que utiliza la expresión “sin complejos” sea estúpida y tenga malas intenciones”. Desde hace unos años, últimos del zapaterismo, primeros de Rajoy, se ha puesto de moda en ciertos ambientes liberales y conservadores la expresión “sin complejos”. Hay en ese eufemismo, como también dijo Jorge de Palacio en El Mundo, una radicalidad que se asocia a la autenticidad; es decir, a tener la razón, por inercia, en las discusiones: el que habla sin complejos significa que algo de verdad lleva en lo que expone. Como si las posiciones moderadas o tibias fuesen ejemplo de que algo se silencia, algo se oculta, algo se calla. Una conducta que, en la época de la incontinencia verbal y de sobreexposición de nuestras ideas en internet, sugiere hipocresía.

Daniel Capó también ha escrito de este personaje. Quien habla “sin complejos” es la persona que se ampara en esa expresión para que todos toleremos sus exageraciones, sus medias verdades o sus opiniones sesgadas y con frecuencia estrambóticas. La coletilla le ofrece una inmunidad de reproche respecto de sus contrarios: es que es un outsider, un rebelde, un incomprendido. Entendedlo. Alguien que lee a intelectuales que no están bien vistos, a articulistas que dicen lo que otros callan. Con esa actitud que históricamente se asoció a la izquierda y que la derecha tomó, sobre todo desde plataformas como la de HazteOir  de Arsuaga y similares, para hacerlas suyas: el inconformista, el subversivo y el que va a contracorriente son personas a las que hay que escuchar, porque algo, casi por naturaleza, van a decir. El carácter imprime verdades sistemáticas.

La buscada posición de marginalidad concede un lugar de privilegio en los debates. Quien está en el margen, quien va adonde otros no acuden –normalmente por inteligencia o por vergüenza-, de manera deliberada, parte desde una extraña situación de ventaja. Esa inevitable pero más que discutible situación es aprovecha por la persona que “sin complejos” suelta su discurso. Quien no sólo busca que sus estridentes opiniones sean escuchadas sino, también, sean aceptadas. La coartada de ir sin complejos no es sólo un escudo para legitimar la mala intención y la estupidez pintoresca, también es una forma de que los demás me acepten, me compren, esas malas intenciones y esa estupidez tan folclórica. Es común que cuando se ignoren los argumentos o estos se refutan, adopte el carácter de ese rebelde quinceañero incomprendido, al que el mundo no ignora o discute, sino que censura y, por qué no, persigue. La superestructura contra ellos.

Lo que no quieren sospechar los “sin complejos” –quién con más complejos que aquel que advierte de que no los tiene- es que nos convienen analistas acomplejados, vecinos acomplejados, políticos acomplejados. Al menos en la manera en que ellos entienden el complejo, que es, para el resto, la complejidad. Desde un temperamento donde nos pensamos las ideas antes de comentarlas en público; desde una prudencia que es virtud en la persona y que le confiere sensación de debilidad y de duda. Algo que siempre viene bien a la hora de tomar decisiones y de emitir juicios críticos. También de cuidar eso a veces tan desdeñado y que se llama convivencia.

PREMIO BIBLIOTECA BREVE: DE ELVIRA SASTRE Y MÁS

Entre críticos, periodistas y escritores –y más gente de las letras- se ha manifestado una reacción general de asombro y de perplejidad desde que la pasada semana se supiera el nombre del Premio Biblioteca Breve de este año. Las reacciones, en privado muchas y en público no tantas, han mantenido ese tono de discrepancia –o sorpresa- respecto de la decisión del jurado. La ganadora, Elvira Sastre, es una autora joven –de mi década de los noventa- que ha publicado una poesía con seguidores pero que, al criterio de muchos, adolece de desahogos sentimentales y de adolescente testimonio de emociones. Yo leí a Sastre en la primavera de 2016, cuando, con tan sólo dos libros en la calle, le publicaron una antología en la editorial Valparaíso. Entonces vi a la misma poeta que hacía no mucho triunfaba en Youtube: detrás de la cáscara sentimental no se encontraba nada interesante. Ahí no se podía leer más que con el corazón, y no con la cabeza. Una lectura que, pasados los años de la pubertad, a cualquiera le resulta previsible, circunstancial y anodina.

Creo que fue Borges quien escribió que la escritura es ver el asombro donde otros ven la costumbre. Elvira Sastre domina la costumbre –ahí se nota que ha leído, a diferencia de otra poesía de cantautor pop de nuestra generación-, pero no desde el asombro sino desde la declaración, y no más, de emociones. Su poesía, más allá de nimias cuestiones generacionales, no se distancia de Gabriel y Galán, de León Felipe o de Celaya; un estilo donde siempre importa más lo testimonial que la intención y el trabajo de la expresión, de la palabra y de otros criterios formales. Sí: lo que siempre se ha considerado con la vaga –como todas- etiqueta de poesía popular. Una poesía que tiene seguidores, admiradores y gente que hace cincuenta años iba a los recitales folclóricos y hoy sube las visitas de una cuenta de Instagram.

Esa capacidad de congregar público en torno a la autora es importante a la hora de comprender otro motivo del desencanto, del estupor, en el mundo literario. Muchos apuntan que el criterio que el jurado del Biblioteca Breve ha seguido no es de la calidad de la obra sino el de la cantidad de libros que se venderán con esa obra. Es probable que sea una opinión fundamentada: la editorial da el premio, pero también, en esa operación de marketing, se lo da a sí misma. Desde que se crearan los primeros premios literarios –en consonancia con un mercado que iba creciendo-, algunos críticos han señalado casos similares muy conocidos, como el del boom, y otros menos famosos, como el de los narraluces.

Aunque estos críticos de Elvira Sastre puedan estar en lo cierto, se olvidan de un detalle que por exceso de idealismo a la literatura buena quizá obvian: el mecanismo que el mundo editorial ha depositado sobre ella no es muy distinto al de otros autores de mayor prestigio. Donde siempre, si no se mira el pedigrí de la venta, sí se tienen en cuenta factores ajenos a la literatura, como el estilo personal o el pensamiento del autor. O las relaciones que pueda tener. O la reputación que lleve en su trayectoria. O de qué se hable en la obra, si esta dirá algo a un público que busca leer ese algo. Es una ingenuidad pensar que un premio se gana, o que una editorial publica tu libro, por el hecho de presentar un excelente manuscrito.

De las reacciones al Biblioteca Breve, también ha sido interesante leer cómo ha respondido la prensa cultural. Donde tantos artículos se han escrito sobre la decadencia de la literatura, vendida al criterio mercantilista y al balance de situación, pero donde pocas veces se rastrea en busca de nuevos autores jóvenes. Los cuales, por esa insistente crítica manida –que no busca valorar sino publicitarse ante el ágora de la cultura como gente leída-, pierden proyección y posibles lectores. Quien quiera conocerlos, algunos nombres: Juan Vico, Silvia Terrón o Cristian Crusat.