DONDE TUVO QUE ESTAR LA IZQUIERDA; Y DONDE ESTÁ

En lugar de cuidar de hospitales y de escuelas, en lugar de preparar una vuelta bien planeada a los colegios e institutos; en lugar de aclarar cómo sería este curso en las universidades, con un protocolo, unos criterios, unas pautas. En lugar de solventar los graves problemas de hoy, graves problemas que afectan a causan que consideran suyas (la educación, la sanidad), la izquierda institucional, la que tiene poder, ha preferido ocupar su tiempo en el franquismo, en la memoria democrática y en los piropos. La labor de distracción, sorprendentemente, ha salido bien. Sobre todo entre unos votantes que suelen presumir de críticos -como ha indicado Ricardo Dudda en un artículo en Letras Libres, esta idea es un tópico, un cliché-.

En lugar de plantear soluciones a otro aspecto de la vida de los españoles que la izquierda considera suyo, la cultura, el vicepresidente del Gobierno considera que es mejor seguir haciendo su política de oposición en el poder. Al igual que al principio de la pandemia, cuando animaba a convocar caceroladas contra la monarquía -para después lamentar las de la derecha- y se sorprendía de la empatía de la ministra Margarita Robles. Ahora se dedica a comentar, como un tuitero más, las series que ve. Mientras Iglesias prosigue en su labor de agitador tuitero con presupuesto público, la industria cultural apenas sobrevive como puede. Con ayudas que ya no se estiran mucho más y con un horizonte desolador: sin conciertos, sin espectáculos, y sin espectadores que tengan lo suficiente como para gastar en el ocio, en la cultura.

Pocas protestas al respecto, ni declaraciones, ni objeciones. Tan sólo el vídeo viral de Antonio Resines, y poco más. Sí ha habido repulsa, diaria, incesante y sustanciosa, contra la gestión de Díaz Ayuso, en Madrid. Una gestión que ha sido deficiente, ahí están los resultados, pero que a la izquierda mainstream parece importar más por Díaz Ayuso que por esa deficiencia innegable. Asombra también, cuando vives en otra provincia de España, la sobredimensión informativa de lo que ocurre en Madrid. Como también asombra el análisis tan simple y maniqueo sobre los barrios madrileños. Un análisis que se suele leer en esos votantes de izquierdas muy críticos, muy leídos y muy concienciados, aunque con frecuencia den la sensación de que prefieren pregonar una catequesis dogmática antes que analizar, racionalmente, un hecho.

No se sabe muy bien cuánto le durará al gobierno esta estrategia de distracción. Ni cuánto nos entretendrán con Franco, la Guerra Civil y otros hechos del pasado -un pasado que por supuesto no quieren que llegue-. Es probable que cuando este seductor truco anacrónico se termine nos saquen los juegos de mesa del aborto, del heteropatriarcado, de los pronombres para referirse a los alumnos o de cualquier cosa que nos niegue y distraiga de la realidad social, social, que vivimos: que son los carteles de se vende en los comercios, las ayudas de los ERTE que se acaban, los despidos en las empresas, la infinita subida de los alquileres, la precariedad de una generación joven, desencantada y frustrada, las familias sin ingresos en meses. El otro valle de los caídos, digamos

NO SE PUEDE CONSENTIR

Es un hecho que Podemos propició los primeros escraches. Fue en aquellos años de, cuando menos, controvertidos lemas: la democracia está en las calles, la legitimidad política es de los movimientos populares… e ideas por el estilo. Se aceptaba, con buena acogida de crítica y público, que personas salieran a la calle e increpar a otras personas. A otras personas con responsabilidades en cargos públicos, políticos. Recuerdo a Cristina Cifuentes o a Rosa Díez, esta última en una charla en la universidad. A los políticos de entonces, a todos, sin matices, se les hacía responsables del desastre social y económico que vivíamos. Daba igual el nombre. El puesto. Todo respondía a un único criterio: una oligarquía, corrupta de forma sistemática, que nos había robado y empobrecido en favor de sus intereses partidistas y personales. Ese contexto bastaba: se merecen lo que les pasa.

Los escraches de aquellos años fueron maniobras de acoso que excedían límites democráticos, donde las responsabilidades políticas se piden en los parlamentos -se concretan en las urnas- y los fraudes y delitos se enjuician en los tribunales. Respetando, siempre, la intimidad del político, que es ante todo persona. Pero este razonamiento no terminaba de entenderse entre una izquierda que iba allanando el camino del populismo. Era un razonamiento que sonaba a connivencia con una oligarquía corrupta por sistema. Argumento cómplice de un régimen del 78 cuya casta siempre se nos queda impune -no es cierto: Rato, Cristina de Borbón-.

Ahora, estos políticos que legitimaban la acción política del escrache -práctica que roza el fascismo- han llegado al poder. Y ahora otros son los que acosan con gritos y malas formas, impidiendo que Juan Carlos Monedero cene donde él quiera cenar. Han cambiado los participantes, pero la idea y el hecho son los de entonces. Y llevan al mismo rechazo. No se puede consentir que se eche a una persona, casi a empujones, por pensar distinto. No valen excusas. No importa quién empezara. No importa lo irritante que nos resulte tal persona en tuiter. No es excusa el posible odio que nos provoque. Justificar un escrache es apoyar el acoso. La intimidación. La violencia.

Es cierto que el propio Monedero ha aprovechado el desagradable episodio para hacer lo que mejor sabe: combinar el victimismo y el cinismo, para así sacar ventaja de la situación. Se ha comparado con Lorca. Y ha buscado, tras el incidente, proyectar esa imagen guerracivilista de una España que no hoy por hoy no existe. Es como la credibilidad del propio Monedero, y del que fue su partido: apenas lo vemos.

La división y la tensión social es una estrategia que se le da bien al populismo de izquierdas. Aunque con efectos secundarios a largo plazo: puede volverse en contra. Como se ha vuelto desde hace unos meses, con los escraches a Iglesias en la facultad, en su propia casa; con los insultos a Yolanda Díaz. Y aún hay quien se extraña -y hasta se burla- de que se firmen manifiestos en contra de las persecuciones, los linchamientos y la censura.

QUÉ HA SIDO PODEMOS

Recordamos las plazas llenas: las acampadas, las pancartas, las frases cursilonas, el eslogan efectista. Era mayo de 2011. Fin de semana. Coordinadas por plataformas como Democracia Real Ya, multitudes de personas se agruparon en capitales de provincias: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla. Al leer los motivos de aquellas manifestaciones…

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2020: QUÉ PELICULÓN, PERO SIN ÓSCAR

Un sectarismo ideológico que no sólo ignora errores ajenos, también eleva a mito o a objeto de veneración. Es lo que ha sucedido con Fernando Simón, quien ha incurrido en considerables imprudencias y en decisiones no demasiado acertadas (Maite Rico las ha enumerado en una soberbia columna en El Mundo). Es cierto que han sido meses de trabajo en la incertidumbre inesperada, por tanto meses de trabajo con un escaso margen para el ensayo y con una alta probabilidad para el error; pero de ahí a este retrato buenrrollista y simpático que algunos pretenden de Simón, a este culto de imagen del pop, media una distancia. No está el hombre para las exageradas peticiones de la derecha populista (ellos ya pedían su cese a mitad de marzo), pero tampoco para estampar su cara en camisetas.

Camisetas como las que vi el otro día en una tienda del centro de Sevilla. En ellas, un lema con algo de chispa: 2020, escrito por Stephen King. Se ha convertido en una broma recurrente la de catalogar de guion de película distópica a estos hechos que nos van sucediendo -sacudiendo- este año.

Una trama que se podría explotar para el cine es la que va de una pandemia mundial a manifestaciones donde se protesta contra el racismo, y donde se considera racista a Churchill (?). Pasando por un surtido variado de conspiraciones: la última que he leído incluye como principales protagonistas a Bill Gates y a George Soros (este último es un fetiche para la causa de todos nuestros males, como en otro tiempo lo pudo ser el demonio o los judeo-masones).

Otra trama, bastante más interesante y relacionada con la anterior, podría ser la que hace unas semanas señalaba Felipe Benítez Reyes: la capacidad que tenemos de proyectar nuestras paranoias personales a las causas de los problemas comunes. Lo hemos visto en el novelesco análisis de Miguel Bosé, en las pintadas a Indro Montanelli, en una parte de la sociedad que habla de dictadura en el Gobierno pero que a su vez te prepara una manifestación donde celebran el apoyo recibido. Ese sectarismo ideológico que afecta a los simoners es muy parecido al sectarismo ideológico que parece aprovechar la situación adversa para vendernos su cambalache de causas propias. Los grupis de Fernando Simón le aplauden no por sus aciertos o por los hechos, sino porque despierta el agrado de una izquierda tuitera: es un crisol de sus afinidades. Quienes han salido a la calle contra la gestión de este Gobierno no suelen salir tanto por la gestión como por el Gobierno. Todo se resume en qué hay de lo mío.

2020 es una película, pero no sabemos si pasará los posibles criterios que serán necesarios para producir en el arte. En esa creatividad que en Hollywood quizá exija unas pautas; es decir, unas limitaciones. Es decir: propaganda, catequesis, como escribía Alberto Olmos. Ahora que parece que la ficción se confunde con el didactismo, dudo mucho que nos compren esta película de actualidades donde unos tratan con displicencia a otros por arrodillarse; sin embargo dicen, con soberbia, que ellos (Girauta, José Manuel Soto) sólo se arrodillan ante dios. Dudo mucho que nos compren esta película de actualidad donde la frivolidad ideológica destroza pedestales al tiempo que construye otros para hombres que se equivocan en ruedas de prensa (donde se trata de salud pública). Dudo mucho que nos compren este argumento donde podemos aprender de todo, menos buenos ejemplos.

LA DÉCADA POPULISTA

Uno de los efectos políticos de la recesión de 2008 fue la llegada de partidos cuya naturaleza política oscilaba entre el populismo iliberal y la propaganda antipolítica; es decir, partidos que surgen del desencanto de una sociedad que buscaba culpables de la crisis en lo que llamaron las élites extractivas. Recordamos conceptos como la casta, los de abajo contra los de arriba, las oligarquías, el que no, que no nos representan. La desafección social fue canalizada en plataformas -en principios sin líderes, asamblearias- como Democracia Real Ya o en las protestas del 15M. Durante años, estos movimientos se mantuvieron ajenos a la política institucional. Eran rasgos que caracterizaron estas manifestaciones (tan llenas de buenas intenciones como de ingenuidades): sin estructura definida, transversal, maniquea. Su análisis de la realidad fue una dicotomía infantil: los ciudadanos buenos y los políticos malos.
Pero llegó enero de 2014, y un grupo de politólogos vinculados al ámbito académico aprovecharon la coyuntura para promover la acción política. Nació Podemos. Con una buena, aunque favorable, estrategia de comunicación consiguieron entrar en esos despachos de los que desconfiaban. Primero organizaron marchas en torno a valores universales, como el de la dignidad; luego trataron de cuestionar la salud política de nuestra democracia, tras ese lema del “régimen del 78”; mientras, buscaron la manera de erosionar la convivencia y el ideal de la transición, que tanto les estorbaba para sus intereses. Errejón propuso que se tenían que escribir novelas sobre estas “nuevas ideas” (la literatura complaciente, megáfono de la propaganda política: un falangismo de vuelta). Podemos se hizo con los ayuntamientos gracias a sus marcas blancas: las candidaturas “ciudadanas”. Hasta hoy, ese partido ha olvidado algunas de sus estrategias, otras las ha corregido. Pero lo que sigue constante es el principio del populismo: agitar a la sociedad en contextos de crisis, para provecho político propio.
Es lo que ahora vemos en Vox (similar reverso de aquellos politólogos idealistas). Como nos hablaba Monedero del “régimen del 78” en los circenses debates de la Sexta, ahora Abascal nos habla de “dictadura comunista”. Como Iglesias invitaba a sus seguidores a ocupar la calle en nombre de “la dignidad”, en Vox ahora nos dicen que lo hagamos en nombre de “la libertad” (se busca identificar un valor al signo político). Como Irene Montero nos insistía en la amenaza del patriarcado; Monasterio hace lo suyo con una idea muy personal de “la familia”, que también está amenazada. Si para aquellos hubo fantasmas del franquismo en cualquier habitación democrática, para estos la dictadura progre es el eje que todo lo vertebra.
El lenguaje contundente, la confrontación, la erosión de la convivencia pública. Todo en un tiempo de inquietud (de miedo) y de incertidumbre, en esta década que va de la Gran Recesión a la pandemia del covid-19. Para el populismo, el coste de la estabilidad social es un riesgo más que asumible para llegar al poder. La sociedad que tanta atención merece en sus discursos no es más que el medio para hacerse con las instituciones públicas. Pero el desenlace será el de siempre: votantes que verán cómo sus líderes, más allá de la palabrería, procrastinan la ansiada revolución. Y seguirá el régimen del 78 o la dictadura progre. Donde siempre estuvo: en las cabezas de algunos, en la imaginación de tantos.

LA INFORMACIÓN (Y SU RECEPCIÓN) EN LA PANDEMIA

Lo leí el otro día en el timeline de un periodista: qué buenos tiempos esos en los que las ruedas de prensa se agotan casi antes de empezar. Por tediosas. Por aburridas. Por nimias. Es evidente que ahora no estamos en esa época. Ahora las ruedas de prensa duran días. O al menos su debate. Sus declaraciones. Incluso sus protagonistas, cuya voz nos suena con una familiaridad más cercana que las voces de los amigos. Días llevamos hablando de la frase que José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, leyó o dijo el pasado domingo (el verbo influye en la versión). Unas afirmaciones que en tuiter, ese carrusel de opiniones viscerales, nos hicieron el día. Comentaba Santiago que ellos estaban trabajando en dos direcciones, “por un lado, evitar el estrés social que producen estos bulos, y por otro, minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. ¿Lapsus?, como dijo el ministro del Interior; ¿malversación de fondos públicos?, como sugería el abogado José María de Pablo. Ayer El Mundo publicó esta noticia cuyo titular es: “Una orden interna de la Guardia Civil ordenó recopilar bulos y fake news “susceptibles” de generar “desafección” al Gobierno”.

La información de la pandemia, casi inmanente a la cuestión política, suele despertar ideologías e intereses partidistas, tanto de los líderes como de la sociedad. Es un hecho que, si queremos discernir con criterio, complica las cosas. Las noticias nos llegan adulteradas de nociva praxis política. Nosotros, como sociedad, tampoco ayudamos demasiado a depurar esas informaciones: nos quedamos con lo que nos parece bien para retratar, mal, al adversario político, o nos conformamos con que nos digan lo que queremos oír de aquel al que no queremos escuchar.

El triunfo del bulo no es tanto por quien lo fabrica como por el que se lo cree. Quien, por lo general, está predispuesto a creer en ellos. El entorno propicio para el bulo no es tanto la ingenuidad como el interés ideológico. De ahí que las labores de verificación sean bienintencionadas y pertinentes, pero no demasiado útiles. Quien las frecuenta suele ser es un profesional del periodismo o de la comunicación, o una persona con voluntad de conocer la verdad factual de un hecho. Los bulos están preparados para que nos confirmen nuestra realidad parcial sobre unas ideas preconcebidas. Si somos partidarios del PSOE o próximos a una sensibilidad de izquierdas, el asunto va de culpar al “centralismo capitalino” (así lo leí en un tuitero) de la propagación del virus hasta una denuncia de Unidas Podemos a la Fiscalía, donde asegura que detrás de todo esto de los bulos hay un “grupo criminal”. El adjetivo “criminal” también está presente en la consideración de Vox sobre la gestión del PSOE. Hablan de “censura” y “medidas dictatoriales” por parte de Sánchez. Ellos, que vetan a medios en sus actos públicos.

Hay momentos para el alivio de la comunicación política, como esa conversación de Maestre y Almeida, dos monedas de una misma cara (que ahí bien valen). También se publican excelentes trabajos periodísticos, críticos y reflexivos con el Gobierno y la situación, como este de dos periodistas de El Confidencial. Pero persiste la inquina, el enconamiento, la cacerolada con las propias ideas. Palabras y ruido que sólo son humo y confusión. Que impiden ver otra claridad. Y que vienen del CIS, de medios o de bots, pero también de nosotros.

IGLESIAS Y SUS DECLARACIONES: HACER MÁS DIFÍCIL LO DIFÍCIL

Escribe José Antonio Montano en El Español del perjuicio de la ideología en esta crisis del Covid-19. O mejor: del perjuicio que supone aprovechar una coyuntura convulsa y dramática para, en lugar de proponer medidas racionales y objetivas, dedicar todo ese tiempo a hacer propaganda política. Lo que Pablo Iglesias pretende, y ha pretendido en cada aparición pública, no es tanto solucionar un problema como usar ese problema en beneficio de su partido. Simulando, además, que trata de buscar un remedio. Es un oportunismo que causaría rechazo en cualquiera.

Se puede hablar de ejemplos recientes, como el que cita José Antonio Montano en su artículo, sobre las caceroladas en medio de una crisis sanitaria. Los partidarios de este tipo de manifestaciones se excusan en que pueden tener empatía con los fallecidos y, a su vez, protestar contra la Corona. Es cierto. Pero el problema es que, en ese momento, en ese preciso momento, Felipe VI emitía un discurso de cohesión social, de recuerdo a los que lo están pasando mal. De apoyo a una sociedad que vive con preocupación e incertidumbre.

La última polémica (que estamos ahora para eso) ha sido un tuit de Iglesias en el que decía que toda la riqueza del país debía estar supeditada al interés general, invocando el artículo 128 de la CE (una Constitución que hasta hace pocos años vinculaban a eso que ellos llamaban el Régimen del 78; es decir, un instrumento casi de opresión). Cuentan que esta declaración tuitera de ideólogas intenciones ha provocado malestar entre los ministros del PSOE, como ya sucediera en aquel consejo de ministros donde se debatieron las condiciones del, por primera vez decretado, estado de alarma.

Las constantes declaraciones políticas de Iglesias podrían generar un clima de tensión social que no necesitamos. Que tan sólo desembocan en tediosas discusiones que nos distraen de un objetivo común: curar enfermos, sanar pacientes, encontrar vacunas para el coronavirus, etc. Al tiempo que construimos un país con fuertes vínculos emocionales entre los conciudadanos, al margen, claro, de las inevitables y necesarias discrepancias políticas. Es paradójico que Iglesias siempre hable en ese lenguaje de valores neutros, las marchas por la dignidad, la solidaridad, la unidad, el bien común, la igualdad, el bienestar, pero que no sea capaz de mantener esos valores en sus acciones y declaraciones políticas. Y más en un país donde vamos contando los muertos casi por miles, cada día.

Pero el mecanismo, casi más perverso que cínico o político, es el de siempre: Iglesias no cita ese artículo 128 de la Constitución en nombre del interés general. Lo cita porque es su manera de publicitar su interés personal, de difundir su ideología política. Insiste mucho en lo colectivo, en lo que “a todos nos afecta”, pero siempre con la intención puesta en un posible rédito mediático. Sabe la lectura que se le podría aplicar a ese artículo, y sabe lo incómodas que resultan, en estos momentos, esas insinuaciones partidistas. Pero nos vuelve a demostrar, como es marca de la casa en el populismo, que un problema social no es más que una oportunidad para ocupar un espacio de poder.

LA CUQUIZQUIERDA: IDEALES DE INSTAGRAM

Hablamos de una izquierda cursi y adolescente que no va más allá de simples ecos estéticos: corazones, sentimentalismo e ideas naif. Es la misma izquierda que, ante el debate o la disidencia, ante propuestas contrarias, suele responder con chistes frívolos, exageraciones, melodramas en post de Internet o un sarcasmo impostado que elude cualquier discusión seria. Es una izquierda que funciona bien en redes sociales y en la propaganda de agitación en tuiter. Sus discursos, al ser simples, directos, con frecuencia tendenciosos y partidistas, congregan a un número importante de usuarios que inmediatamente, sin necesidad de demasiada reflexión, se suman al eslogan de la causa. Esta izquierda lleva años dejando de lado dos principios básicos de la ilustración (ideas a las que, al menos históricamente, tan vinculada está): la reflexión basada en verdades factuales y la honestidad intelectual. El asunto es que así no les va del todo mal: ahí están los resultados electorales, los ministerios y las hipotecas.

Esta izquierda cuqui de Instagram, donde prevalece el meme al argumento, la cosmética ideológica a la solución política, es la que el otro día pudimos ver en el conocido vídeo del cumpleaños de Irene Montero. O en ese OT tan medido y estudiado. Donde unos directivos de una productora y una televisión conocen las preferencias y las sensibilidades del público al que se dirigen, para así generar audiencia; es decir, dinero. Todo con la colaboración de unos jóvenes ingenuos, entre los concursantes y entre su público, que se creen en una especie de revolución generacional cada domingo por la noche. Una revolución de nombres que nadie recuerda en apenas seis meses y cuyo final es el de siempre: que unos ganen dinero, y que otros lo vean, haciendo de los ideales un objeto de consumo más. Hoy será esto porque provoca adeptos; mañana será aquello porque tendrán otras adhesiones.

La cuquizquierda suele tratar temas que tan sólo interesan a una minoría, y que en ningún momento provocan un debate mayoritario en la sociedad. Salvo en tuiter, donde confunden una comunidad digital de usuarios virtuales con el conjunto de un país. Pero en esta red social ni siquiera es exactamente interés lo que despiertan estos temas, sino posiciones políticas. Son asuntos cuyas discusiones no resuelven demasiada cosa, ni tampoco alcanzan un interés considerable, pero sí son indicativos de las sensibilidades ideológicas de cada cual, por lo que, quien participa de estas polémicas, sutilmente emite a sus posibles destinatarios un mensaje sobre la preferencia política. Lo que los sitúa en un momento y sirve de notoriedad social. Es decir: hablamos de narcisismo y de vanidad.

Y ese es el principal problema de esta cuquizquierda hueca y de cáscara: que precisamente los principales problemas, algunos graves y urgentes, que pudiera atender la izquierda, quedan ignorados. Sin propuestas. Sin ideas. Y cuando llegan, apenas tienen difusión. Lo que puede dar la sensación de “que no se está haciendo nada”. O de que se hace, pero que es lo mismo que ya otros hacían: la destitución del periodista Fernando Garea en Efe, por ejemplo. O el nombramiento de la fiscal general del Estado, otro. Al final tanta manifestación, tanta huelga y tanta promesa para esto: para una cuquizquierda en el ministerio; para un régimen del 78 en el Rodilla.

POR UNA IZQUIERDA QUE

No traerá el nuevo gobierno los propósitos de una izquierda que no se suele ver en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas, aunque cada vez sean más los votantes de izquierdas que demanden esas políticas en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas. Es cierto que son unos votantes aún dispersos, puntuales, que sobre todo comentan en conversaciones personales, privadas. Es habitual en la izquierda un temor a no parecer de izquierdas. El disenso de cualquiera de las tesis que predominan en la izquierda, aunque sea un disenso que proponga, no que rechace, será visto como una idea sospechosa de ser de derechas. En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria.

La política representativa de hoy se mueve en función de las sensibilidades políticas de la sociedad. Su ideario depende de hacia dónde se oriente el discurso general de cada ideología. Lo hemos visto en un Casado o un Rivera que usaron un lenguaje cada vez más contundente tras la aparición de Vox; o en esa actitud de moderado profesor universitario de Iglesias, cuando leía la Constitución con un tono pausado y didáctico en los debates de la televisión. La política representativa de hoy es una política efectista, donde las decisiones y los idearios se preparan según lo quieran los votantes de cada partido. Es en cierto modo inevitable, pero el problema de este exceso de política en función de la coyuntura de cada momento es que así no se puede hacer política a largo plazo. Y en ocasiones, no se puede siquiera hacer política responsable.

Pero aun así, incluso con este contexto, habrá que decir que hay quien espera una izquierda que comprenda que España ha cambiado en cincuenta años, que hoy día el nacionalismo, los nacionalismos, no son ideologías minoritarias que necesitan una entregada y desmedida atención política, sino que son ideologías excluyentes y esencialistas que van contra los principios básicos de cualquier ideario de izquierdas: generan desigualdad, son clasistas por causas etnolingüísticas. Una izquierda que olvide y reflexione conceptos tan desfasados como la conveniencia de la desobediencia civil (¿justificamos a los defraudadores de impuestos?) o que cambie ese carácter tan frívolo, naif, cuqui y sentimental de los últimos años. Una izquierda que atienda los hechos desde el contexto de los propios hechos, no desde el cínico  interés partidista, tendencioso y estratégicamente dramático, en asuntos que afectan al ecologismo o al feminismo.

Por una izquierda que se desentienda del lenguaje bronco del apóstol tuitero, y que abra un debate riguroso y adulto sobre la educación, sobre las prestaciones sociales, sobre la natalidad, sobre las universidades, sobre las pensiones, sobre la prostitución, sobre Europa, sobre la globalización. Sobre el tiempo del poscapitalismo, sobre los nuevos contextos ideológicos, sobre las interesantes respuestas que nos generan disciplinas como la bioética. Por una izquierda que no sabemos si va a venir, pero por la que habrá que ir.