DE AHÍ QUE SEAN INFLUENCERS

Los influencers, gremio que se reproduce y multiplica por obra y gracia de las redes sociales, sobre todo en esa reinvención de Narciso que apodaron Instagram, han invertido la lógica del ídolo: ya no es necesario admirar a alguien por una habilidad extraordinaria que nos emociona o que nos disecciona –nos desvela- los entresijos tantas veces inescrutables de la condición humana, ahora el ídolo lo será en la medida en que se parezca, se acerque, al seguidor; en la medida en que sea celebrada impersonalidad de la masa –contra la primera impresión que nos llevamos de ellos-. Así, la función de esta gente tan cool no es la creación de un estilo que se ponga de moda –influir- sino la afirmación de una identidad estética respecto de unos seguidores ya convencidos en esa moda. No es tanto influir en el gusto como darles a los seguidores lo que estos buscan en su propio gusto. La personalidad del seguidor está hecha: tan sólo falta que alguien le diga que está correctamente hecha.

Cualquiera con buena planta –término, en un mundo tan abierto como Internet, más asequible de lo que pudiera parecer-, una cámara de fotos y una red social puede convertirse en un referente –influencer– para multitud de personas. Pero ya que su influencia es servicial, dar a los demás lo que estos buscan, será un referente en la medida en que siga las pautas que sus seguidores esperan para que sea un referente; es decir, será un referente de partida limitado, y por tanto bastante simple o, al menos, visto. Esto sucede también en Youtube, con los youtubers, personas que suben vídeos de aparente originalidad a una plataforma. Pero suficiente consultar unos cuantos para ver que todos sugieren un guion más o menos parecido: en la edición, en el modo de contar, en la producción del vídeo –efectos en los cortes, gesticulación sobreactuada, proclive a un mensaje de tono contundente y viral-. Son tipos que resultan divertidos en cuanto los conoces, aunque aburran cuando los has conocido demasiado. Como la gente moderna o las personas simpáticas.

El éxito del influencer es que prescinde del concepto de éxito como lugar lejano al que muchos aspiran pero pocos llegan: no hay requisito laborioso para ser como ellos, todos tenemos –o podríamos tener- lo que ellos tienen: una cámara, una cuenta en una red social. De ahí que “conecten” con un público tan diverso, y es que quién quiere penitencia si se puede pasar directamente por el paraíso sin conocerla. El influencer no es más que cualquier persona con la que hayas tratado, cualquier individuo, mujer, que te encuentres en los pasillos de una discoteca o de una biblioteca universitaria –dada la edad de muchos de ellos-, alguien que tampoco milita fuera de los límites de lo común, y por eso, precisamente, tiene multitud de seguidores -la única diferencia respecto de esa gente convencional que te encuentras a diario-. Por lo demás: compran la ropa que cualquier usuario compra –de ahí que sean influencers-, salen por los lugares en los que cualquier usuario de la red social podría salir –de ahí que sean influencers-, en sus blogs cuentan las anécdotas personales que cualquier usuario podría contar –de ahí que sean influencers-. Estos, contra el cliché sobre las teorías de su fama, no imponen un estilo sino que toman el estilo de cualquiera, es decir, un estilo que desecha el estilo, y le dan un rango de autoridad, de canon, por el hecho de ser ellos los que copan –o copian- las listas de los más seguidos. Así de simple. No es tanto la influencia como la apropiación de la influencia. No es tanto la tendencia como la toma de esa tendencia. Quizá sea esa una distinción entre el artista y el influencer –por suerte aún hay clases-. Unos inspiran; otros conceden el visto bueno a unos fans para que estos puedan decir, sin duda alguna, qué es lo que inspira.

EL LECTOR -Y EL AUTOR- POLÍTICO

Cuando en el escritor predomina alguna cualidad extraliteraria, principalmente política o social, es difusa la distancia entre los autores que nos gustan y los que nos defienden. Se suele dar con frecuencia: lectores que toman al autor no por su obra sino por afinidades ajenas a esta. Ya sean estéticas o de pensamiento o de opiniones sobre asuntos que poca relación guardan con el oficio de escribir. Son casos, un par de ejemplos, como el de Vargas Llosa o el de autoras cuya etiqueta política es la del feminismo. Para muchos de sus lectores, la condición política prevalece a la calidad o al interés de lo que hayan producido como autores, de los libros que hayan publicado y de la notable destreza que demuestren en sus páginas, en sus personajes, en sus tramas. De ellos no importa tanto, aunque encontremos justificaciones en sus libros, cómo han contribuido a la literatura sino el modo en que pueden representarnos en la ideología y, claro, nutrir a nuestros argumentos de ideas –de nombres- solventes. Así, estos lectores toman al autor como un medio para defenderse en el debate político ante los contrarios. Sus libros atraen por las ideas del autor o de la autora: a ellos no llegan por el camino de la curiosidad lectora estrictamente literaria sino por la cercanía política de estos lectores. Los valoran no por lo que escriben sino por lo que piensan. Aunque tantas veces nos hagan creer lo contrario.

Esa apropiación del artista, lejos de asombrarnos, se ha dado a lo largo de la historia en multitud de disciplinas artísticas. Recordemos la relación entre el gusto imperante de una época –por ejemplo: arquitectura, pintura- y su vinculación al poder político que por aquel entonces predominara. En este sentido, la sociedad se interesaba por autores que trabajaran según el criterio del que ponía pan y jornal, pago con el que se buscaba influir en la estética de cada tiempo. A su vez, la estética de cada tiempo se ahormaba al interés político, y quien dice político dice también social, de su época. Conocidos son los retratos colectivos de la burguesía flamenca del siglo XVII. Si en el Flandes católico se encargaron obras que invitaran a la devoción, los protestantes del norte preferían los retratos de grupo o de profesiones liberales. Otro caso: la Florencia de los Médicis o la corte de Urbino. Así retrató el historiador Guicciardini, con sutil tono de peloteo, a Lorenzo de Médici: “Dio mucho que hacer a todos los  hombres de Italia que sobresalían en las letras, en la pintura, en la escultura o en artes semejantes; pues, o bien los mantenía él con grandes emolumentos, o bien eran considerados con mayor reputación por los demás príncipes, que temían que, si no los mimaban, se irían junto a Lorenzo”.

En La responsabilidad del artista, Jean Clair apunta cuestión semejante: la colaboración de las vanguardias del siglo XX en la construcción de la identidad totalitaria, ya sea por la servidumbre del comunismo o por la exaltación triunfante de los fascismos. En ambos, el arte supuso propaganda, justificación para la base ideológica de una sociedad, el argumento de prestigio con que la política justifica sus planes. Y eso es, salvando las obvias distancias de cada ejemplo, lo que el lector político espera de sus autores de referencia de hoy día. Los cuales, como decimos, no se leen –no se celebran- tanto por su calidad de página como por la prédica de su pensamiento. Pensamiento que, más que ayudarnos a pensar, nos define, nos delimita la personalidad política y, por tanto, nos acomoda. Y aquí lo fundamental: nos da la razón.

ESTO EN ALEMANIA NO PASABA

En cuanto en la tele salta un caso de corrupción, en cuanto alguien lee una chapuza burocrática, política o de cualquier gestión institucional, suele ser comentario previsible: ¡anda que igualito en Alemania, o en Francia, o en Noruega -o en cualquier país cercano del que tenemos una imagen un tanto idealizada-! Estoy convencido de que la historia se habrá vivido, ya sea en el corrillo de la empresa o en la conversación ajena, metro, sala de espera del hospital, cola del supermercado. A estos países les suponemos un principio de absoluta eficacia que, por otra parte, nosotros nos negamos. Con temperamento de pobrecitos nosotros, ricos ellos; nivel de vida humilde nosotros, sueldos de ejecutivos y trabajo regalado ellos; impuestos asfixiantes y educación pésima nosotros, calles limpias y parques y edificios –monumentos- cuidados ellos. Para Europa el civismo y para nosotros la barbarie. Es una de las tantas ideas que circulan en el esquema mental que los españoles tenemos de nuestro país: la de la patria inútil, o irremediablemente visceral, o incluso irracional –devoción, supersticiones, exotismo-, o castiza; la nación destinada al fracaso, cuartos de final, el olor a ajo, el presidente del Gobierno que no tiene ni papa de inglés en una convención con dirigentes siempre resolutivos, firmes, casi héroes históricos –o santos- de esos que aparecen en las pinturas de los museos y se suben a los pedestales de piedra de las plazas públicas.

A mí este concepto tan recurrente, y por tantos apuntado, sobre el carácter de lo español, me recuerda a otra idea más o menos consensuada,  también previsible, general: la de que la cultura amansa las fieras. Sí: la de que la cultura es un lugar donde sólo se puede esperar almas nobles, cándidas, bondadosas, generosas, sublimes. Sobre esa idea, además, tratan de construir, para colmo de pelmas exquisitos, otras tantas: la telebasura es un mal ejemplo para la sociedad, la película siempre será mucho peor que el libro. Comentarios de personas que, por otra parte, no suelen abrir demasiados libros, ni acudir a teatros, ni visitar exposiciones, ni convivir, en fin, con eso que hemos terminado por llamar cultura. Si así fuera, me temo, si esas personas hubiesen acudido a una tertulia con poetas, a una pandilla –clanes, incluso- de escritores, a la redacción de una sección de Cultura, a una galería de arte, a la propia historia del arte, a un concierto de música, no sé, renacentista o alternativa –esas cosas-, se darían cuenta de que lo que dicen es tan sólo una manida versión idealizada de un término sobrestimado por gente que no lo ha visto ni de lejos –como todo lo que se valora más de lo debido-.

Y por esos derroteros circula esa noción de la España trágica y zafia  frente a la Europa magistral e intelectualmente adelantada. Como si la globalización no hubiese existido en el mundo. Como si aún viviéramos en esa Castilla melancólica y subdesarrollada –tragedia- del 98, de Unamuno, de Ortega. Como si, no sé con qué suerte o drama, cualquier calle del centro de casi cualquier capital de España no se pareciera a muchas calles de otros tantos sitios de más allá de Cataluña. Como si, en fin, la torpeza, la necedad, la chapuza fuesen patrimonio de un país y no condición de cualquier individuo. Pero, claro, esto se conoce cuando se ha viajado, cuando se ha trasteado, cuando se ha pateado lo que hablamos. Y es curioso: quien dice “esto en Alemania no pasaba” -y expresiones de ese tipo- pretende apuntar una falta de educación o de civismo de nuestro país en relación con aquellos países ejemplo de “buen hacer”. Pero el resultado es otro, pues al ser hoy en día –aunque su cabeza llena de tópicos y de imágenes preconcebidas no haya llegado a esa conclusión- sociedades más próximas de lo que se supone, se vuelve a insistir en una distancia que no es tal. Se describe algo que no existe, y así se vuelve a recrear. Insistiendo en el cliché. Fomentando la carencia que se denuncia.

ME LLENA DE ODIO -Y DE SATISFACCIÓN-

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo o incorrecto o equivocado.  Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

QUE LOS ÁRBOLES DE LOS BIENINTENCIONADOS NO NOS IMPIDAN VER EL BOSQUE

Sobre los ideales bienintencionados es conveniente evitarnos los valores, el asociar un valor a la idea, y preferir los contextos o la situación concreta respecto de esa idea. De no ser así, se suele incurrir en el integrismo, o en el sectarismo, o en el prejuicio. Es fácil: si yo creo que un ideal es bueno por su finalidad –sin más-, lo más probable es que no termine aceptando a quien discrepe de él como un contrario sino como un enemigo. Y es que a ese ideal tan depurado, cegador, absoluto, le habremos depositado una cualidad –virtuosa y necesaria, obvio- a su discurso. Un discurso que es, en principio, deseable, pero que no siempre tiene por qué darse dentro de los parámetros de esas expectativas que en él depositamos, pues de la idea a la ejecución de esa idea, a la realidad en la que se aplique, al modo en que se desarrolle, siempre habrá posibilidad de errores, o de decepciones. En palabras del ensayista Bo Winegard –traducción de Pablo de Lora-, en Revista de Libros: “Cuando se han ensayado teorías inspiradoras que malinterpretan o comprenden deficientemente la naturaleza humana, los resultados han sido invariablemente trágicos”.

A esa conclusión –¿a esa verdad?- sobre ideas y realidades se llega tarde o temprano. Lo que asombra es que personas adultas sigan insistentes, no sé si por comodidad o por ingenuidad, en esa asociación infantil y primaria: si mi ideal es bueno, la realidad en la que se desenvuelva, qué importan sus consecuencias, también lo será. En todos los horizontes ideológicos hay personas adultas -¿debo tirar la primera piedra?- que siguen confiando –con fe secularizada- en la innegable propiedad virtuosa de un ideal, pero de todas las opciones de la baraja del pensamiento político, durante las últimas semanas –meses, incluso- una idea domina el panorama del periodismo, de las redes, de buena parte de la sociedad: el feminismo.

Al feminismo, que es un propósito –una idea- deseable, le está sucediendo lo que a otros compañeros de utopías y de idearios bienintencionados –por otra  parte, como casi todos: es extraño que alguien secunde una idea que proponga el incordio o el fin detestable- les pasó a lo largo de la historia: piensan que su verdad es una –absoluta- y que el error es múltiple. No tienen en cuentan las variables de una circunstancia o de un contexto, tan sólo le atribuyen al ideal, un valor: el feminismo es bueno porque busca la igualdad entre hombres y mujeres. Y ahí no hay objeción alguna –de hecho, creo que no conozco a nadie mentalmente sano que discrepe de ese aserto-. Sin embargo, ocurre que la realidad es más compleja que la simple intención de una frase. Y de esta pueden derivarse hechos que pongan en duda la ejecución de una idea, aunque no la idea misma. Tal como escribió Guillermo Carnero en El Mundo, este pasado lunes.

Ese distinguir entre la conveniencia del desarrollo de una idea –en un contexto concreto- y denostar la idea misma –como entidad- es una asignatura pendiente entre algunos defensores del feminismo, quienes tantas veces confunden las intenciones de sus semejantes. Y es por lo de siempre: por dar un valor consustancial a esa idea, en lugar de un contexto, donde se determina ese ideal. El resultado de la confusión no puede ser más que otra confusión, que va de la censura en los museos a la nula capacidad de discernimiento entre vida y obra en Woody Allen –para colmo con ese carácter de sentirse justo, tomando las palabras de Job-. Y es que idealizar es una opción que merece toda prudencia: el idealista no es más que un cegado de una luz intensa a cuya ceguera, provocada por esa luz, le pone nombre de claridad.

LOS ÁNIMOS DE INCLINACIÓN ARISTOCRÁTICA NO DEBERÍAN CELEBRAR EL FIN DE AÑO

Ángel Garó transfigurado en el brillo de los vestidos, en la purpurina de los antifaces, en los colores de las serpentinas: no esperemos más. La noche de Fin de Año es una fiesta de José Luis Moreno pero sin José Luis Moreno ni plató de televisión, es decir, sin ficciones, sin posibilidad de huir mediante el mando a distancia: la realidad persigue, acecha, y contra ella no queda más solución que soportar, resignados, su inevitable compañía. Su galería de horrores, de horrores horteras, cuya horquilla de posibilidades va desde la ropa interior de este color o del otro, una obscenidad hablar de tales temas, hasta una cadena interminable de mensajes cursis deseando lo mejor para lo que, en el mejor de los casos, seguirá más o menos igual: nada se inaugura, nada se renueva, nada cambia. Entre tanto, queda el cotillón, que no es más que una fiesta por obligación de fiesta, o sea, una felicidad impostada, programada, previsible, artificial, una felicidad por mandato, que es algo muy triste, muy pobre.

Es cierto que hay una Navidad de Arcadia, casi bucólica, de idilio, cultivada –sublime-, villancicos populares, enigma, pero esa es la de la epifanía, la del veinticuatro de diciembre, no ésta que ahora sucede. La Navidad de Año Nuevo no tiene adoración de los Magos de Velázquez ni obra renacentista y es, sin duda, la contraposición de todo aquello, es la Navidad de la pubertad, del territorio ya impuro, mancillado,  nada inocente, del tiempo del primer alcohol, de las primeras mañanas de recogida, mañanas inexpertas, en pandilla, colectivistas, indecisas: inmaduras dentro de la cercana madurez, un experimento que con los años traerá, más que nostalgias, bochornos. No es, no es, en absoluto, la Navidad del río de plata, la Navidad que contiene su filosofía y sus humanidades. Navidad no de familia, sino de individuos –agolpados en un guardarropa, en la cola de un baño, en la barra de una discoteca-;  Navidad del exceso, no de la fraternidad; Navidad de la juerga, no de la celebración.

La tragedia de mi vida –excuse la confesión personal- es la misma que la de María Isabel o la de Joselito: conocí sus éxitos –aquí digo placeres- en edad prematura. Conocí pronto la clave, el secreto que me era, hasta entonces, reservado. Hoy cuento mis Años Nuevos con los dedos de la mano, y voy justo de dedos. Del primero hace ya diez años –para Gil de Biedma siempre hacía veinte años de todo-. Aún me recuerdo en un local del extrarradio de mi ciudad natal, todo de mí obsceno, entregado a la efervescencia de anécdotas que dejaron buenos amigos y versos malos. Y de aquel 2007, llegarían otras noches, otros días últimos de diciembre, cada vez más escuetos y modestos, o quizá ya repetidos, y de ahí, de esa monotonía, el aburrimiento, y de ahí, el desistir, el ver que tampoco es para tanto: veintitantos y ya todo descubierto. Ya todo visto, probado.

Desde hace un par de años no salgo en Fin de Año, deserté. Encontré mayor placer, mayor gozo, en los paseos de mañana, bien temprano, del uno de enero; encontré el sosiego –lujo propio de caracteres sabios- y el equilibrio, la culminación del deseo, en el control de los instintos primeros. De este modo, tomo las uvas y a las doce y media en la cama, a alcanzar la plenitud de las opciones correctas, que siempre son las menos sexys. Me abandono a la negación de una noche que sólo es álbum de vulgaridades, de paisajes casposos. Cada 365 días lo tengo más claro: los ánimos de inclinación aristocrática –algo a lo que aspiro- no deberían celebrar el Fin de Año.

AMIGOS REPORTEROS, AMIGOS COLUMNISTAS: CARRÈRE RECONCILIA

Tema/problema tópico, polémico, absurdo y repetitivo –monótono-: rasgos clásicos en el debate de mis semejantes. Hablo de un asunto que, cada cierto tiempo, vuelve a emerger entre amigos, colegas de oficio: el conflicto –al menos aparente- entre columnistas y reporteros. Se está distraído, hurgando en Facebook, buscando algo que alivie esta soledad de espera en la cola de la burocracia, y ahí sale, un respingo, la coletilla: “No hacen falta columnistas, sino reporteros”. A los columnistas les han dicho de todo en estos últimos meses, desde que son “el cáncer” hasta que lo suyo “no es periodismo”, tan sólo una frívola “opinión” que cualquiera, sin necesidad de formación reglada –ni de otro tipo-, de simple intuición, podría solventar en escasos diez minutos –el que dijo lo de “el cáncer”, apuntó que tardaba “diez minutos” en hacer un artículo, nosotros confirmamos que no es mentira, y que se nota-. Junto con la facilidad en la elaboración del trabajo, otro reproche notable y recurrente es el de “la literatura”. Se está en la facultad y dicen “esto es literatura”; se está en la redacción y comentan “esto no vale, esto es literatura”. Sobre uno y otro argumento habría que discernir que en el articulismo no tributa la opinión, sino el estilo y el criterio; y que “la literatura” es lo que mantiene sobre el oficio una calidad que, en esta era de tanta titulación, no supera la de épocas pasadas –tampoco empeora, tragedias las justas-. El periodismo sin literatura es un texto administrativo, un auto judicial o un parte de accidente.

Detrás de todo debate, cuando en este hay posiciones sin un argumento definido o una razón consolidada, las quejas son apariencias de algo oculto, palabras que suelen esconder un trasfondo que va más allá de la conversación de besugos que creemos contemplar. En este conflicto, pasajero pero cíclico, así sucede: en él adivinamos otras cuestiones que van más por lo social y por lo económico que por el periodismo en sí. Cuestiones relacionadas con diferencias de nóminas –no son tales-, con prestigio respecto de una sociedad –ya ves tú, hoy nadie tiembla con un editorial- y con la fama de una firma. En resumidas cuentas, con el impulso que mueve el arte –el periodismo lo es-: la vanidad.

Para reducir tensiones entre clanes, columnistas y reporteros, nada mejor que leer a un Chaves Nogales –hoy tan profesionalizado, tan rentable-, a un Norman Mailer o a un Emmanuel Carrère. Este último acaba de publicar en Anagrama Conviene tener un sitio adonde ir, una recopilación de reportajes, crónicas y ensayos sobre el periodismo. En ellos, la capacidad de contar –no siempre presente en la prensa-, el conocimiento de la técnica narrativa, la compleja claridad en la exposición de los hechos, la destreza –virtuosa- en la disección de los personajes que participan de un suceso, en el modo en que retrata el discurrir de ese suceso, en las aptitudes para recrear un paisaje, un pasaje, un ambiente, una personalidad. Pero por encima de todas estas cualidades, este Carrère posee un don que acredita la firma sobresaliente: se sale –con buen hacer- del género, del corsé del género, del pobre y preceptivo esquema que a todos nos enseñaron. Carrère es él, no una columna; Carrère es él, no un reportaje. Y ese es el fin que hay que perseguir, y ese es el fin que hay que alcanzar. Sin importar que estemos en uno u otro género –bando, tal como estamos-, porque el periodismo, me temo, merece por el resultado de la manera, y no por el lugar en que esta se prepare. Como todo oficio, supongo.

ANUNCIO DE UN MATRIMONIO SUBLIME: FEMINISMO REAL

Hasta las almas más concupiscentes encuentran el justo medio, el sosiego, la virtud. Así le ha sucedido al príncipe Harry, de quien han anunciado boda con la actriz Meghan Markle. Será el próximo mes de mayo de 2018, en una fecha que es metáfora de la nueva luz, del estreno, del despojar, del renacer, por aquello de la estación en que se encuentra, por aquello de la primavera. Yo en el príncipe Harry, ya digo, también veo esa especie de purificación, de renovación de uno mismo: del eterno enfant terrible –siempre más niños que terribles- a un ciudadano de vida doméstica, estable, alejada de los excesos y de las polémicas que han ido marcando la caricatura de su persona, la máscara de su nombre. Las connotaciones del mes de la boda –sus sugerencias- y la personalidad de uno de los futuros cónyuges se conjugan en una extraña simbiosis.

Pero si el virtuosismo y el espíritu noble –en todas las acepciones del concepto- son cualidades que extraemos del nuevo Harry, no hay menos de ellas en su futura mujer, Meghan Markle, a quien no conocemos, al menos la mayoría de los españoles, demasiado. Meghan Markle, actriz y modelo de profesión, hecha a sí misma, de nacionalidad estadounidense, leyó un discurso feminista que se hizo viral, allá por 2015. Uno lee el discurso de la actriz y es difícil no coincidir con los adjetivos que le atribuyeron en los medios: emocionante, vibrante, justo, efectivo. En el escrito, la defensa de dos valores indiscutibles: la igualdad y el respeto al semejante, sin importar el carácter de su condición sexual.

El ideal feminista avanza, en los últimos años, a un ritmo que no hubiésemos imaginado en otras décadas pasadas. Mientras leía la noticia del futuro matrimonio, revisaba manuales de teoría literaria; en ellos, un capítulo dedicado a la crítica feminista junto a unos apuntes sobre las dramaturgas dentro de un folio donde escribía los nombres de las escritoras del siglo XVI; y a su vez, mientras leía la noticia del futuro matrimonio y revisaba manuales de teoría literaria, escuchaba en la radio una tertulia sobre mujeres exponiendo su parecer en torno a la igualdad formal y efectiva –esta última cuesta un poco más- entre hombres y mujeres. En un segundo, una concatenación de feminismos: en el estudio, en las academias, en los debates políticos, en las universidades, en las redes sociales, en la radio. Y ahora también en las instituciones, en las instituciones que representan al conjunto global de una sociedad, en este futuro compromiso entre Harry y Meghan, o entre Meghan y Harry.  Un feminismo, perdón por el chiste fácil, más real que nunca.

PERO ¿QUÉ ES EL RÉGIMEN DEL 78?

Por aquel entonces, tanto Pablo Iglesias como Juan Carlos Monedero eran dos tipos de fama modesta que salían en la tele, en tertulias de monólogo papagayo y discurso seriado. Dos personajes de un círculo íntimo, universitario y poco más, cuyo gusto oscilaba entre la erudición marxista y el entretenimiento belenestebista. La estrategia de esa exposición televisiva, evidente: salir de, como dicen los niños moderadamente pijos de las Big Four y parábolas de coaching, la zona de confort, con frontera en las facultades de Ciencias Políticas, en el aula de bancos pintados con símbolos anarquistas y frases de ingenuas revoluciones -¿pleonasmo?-. Y así, poco a poco, fueron ganando posiciones en el escaparate, en los vídeos virales que los padres comparten en los grupos de guasap –abriéndolos con el dedo índice-: Iglesias ft. Jiménez Losantos, Iglesias ft. Eduardo Inda. La clave: acudir al precipicio a hacer política, y en lugar de caer en ese abismo, retratarlo, y salir ganando.

En aquellas ya lejanas tertulias –y eso que han pasado tres años: qué mal envejecen las viejas ideas-, una palabra se abría hueco en el vocabulario de la España general: casta. Pasillos de oficinas, barbacoas de sábado, redes sociales. Era la expresión de moda: “esto es casta”, “tío, eres casta”, “qué buen coche, fuera, casta”. Iglesias y Monedero, Errejón recién incorporado, introdujeron en las charlas de sociedad un concepto con el que hacían referencia a una plutocracia política y empresarial que había llevado a un país a la subida de la prima de riesgo, al paro y a la vida precaria. Era una idea que explicaba la razón de tanto desahucio, de tanta liquidación por cierre, de tanto bolsillo pelado. Y, además, con una atractiva y cómoda imagen: el enemigo es una clase a la que ni mis cercanos ni yo pertenecemos, la culpa es el otro. Y en esos otros entraban, más o menos, el PPSOE (sic) y los empresarios. Así, dos ejes: políticos corruptos-enriquecidos-vida resuelta y gente honesta-precariedad-supervivencia. Ellos, Iglesias, Monedero y Errejón, representarían a la gente frente a la casta, y así, un poquito de cabreo en la sociedad, otro tanto de suerte, llegarían a hacerse con las instituciones públicas para, ah, nadie supo nunca muy bien qué –sus propuestas siempre fueron, más allá de lo que todos con un mínimo de sensibilidad queremos, paz, tolerancia, un mundo mejor, ambiguas y esquivas-. Pero esa estrategia que empezó en los platós de las cadenas de televisión no logró el éxito previsto, y entonces hubo que remodelar el plan.

Y ese plan tuneado nos trajo un nuevo, aunque inspirado en su predecesor, referente: el régimen del 78. ¿Y qué es -pronunciémoslo con tono de gravedad y salmo- el régimen del 78? Pues para Podemos es la renovación de la estrategia populista, de ese maniqueísmo simplista entre el político corrupto y el pueblo inmaculado, aunque en esta ocasión con claras connotaciones autoritarias, como si el sistema democrático en el que hoy vivimos fuese herencia del Movimiento Nacional del franquismo. Y todo con la complicidad de la monarquía y de los partidos que no son Podemos, lo que sus seguidores llaman el PPSOECS –dos partidos más y ya tengo clave nueva para el wifi-.

Pero yo miro al régimen del 78, el régimen del 78 me mira, vuelvo a mirar al régimen del 78 y, no sé, a mí me dice cosas distintas. A mí me dice, como apuntó Andrés Trapiello, que es la culminación de la España reformista y moderna, la que fracasó en los dos grandes proyectos políticos ilustrados y progresistas de su historia reciente: las dos repúblicas. A mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema político con una de las constituciones más avanzadas de Europa –lenguas cooficiales, Estado aconfesional, procedimientos de revisión y de reforma, etc-; a mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema en el que la Fiscalía puede trabajar, sin injerencias, en casos de corrupción que involucran al partido del Gobierno; a mí, el régimen del 78, me dice que es un sistema en el que la censura es más un mecanismo de publicidad que de opresión, un sistema en el que el cosmopolitismo y Europa son una realidad común; un sistema en el que, al fin, no hay una idea hegemónica que se apropie del Estado, o de sus símbolos, de su bandera, de su himno; a mí, el régimen del 78, me dice que ha vencido con la ley al terrorismo de ETA y que quien no lo hizo así pagó las consecuencias de un país que, sufragio universal, decide quién gobierna la cosa pública; a mí, el régimen del 78, vamos terminando, me ha traído una generación que no ha conocido más clandestinidad que la de guardar los preservativos en casa de sus padres, me ha traído la posibilidad de la blasfemia, de la ofensa, de las libertades, y sin más coste que el del debate y, en la mayoría de los casos, la indiferencia.

PUIGDEMONT NO QUIERE EL DIÁLOGO

No es civismo, sino cinismo. Aunque hay que reconocer que el Govern derrocha ganancias en ese cínico victimismo debido a una asociación de conceptos tan ingenua como, aquí lo peor, de buena fe por parte de sus conciudadanos. El Govern ha vendido, y le han quedado beneficios, la imagen de la represión, del pueblo, de un sólo pueblo –esta es otra clave-, sin disidencias ni opiniones contrarias a las de sus intereses, silenciado por la fuerza de un Estado ajeno. La policía que cumple el auto de una jueza y que garantiza los derechos de todos los ciudadanos contra los que pretenden, fuera de la ley, imponer el suyo, es el agresor; los partidos que aprueban leyes sin el más mínimo respeto al procedimiento legislativo estipulado –es decir, sin considerar los cauces establecidos, democracia representativa mediante, por toda la sociedad catalana-, son justos, pacíficos y democráticos; el Gobierno y el Estado que, aplicando el artículo 155 de la Constitución, no suspende la autonomía –como escribe Ignacio Camacho- ni provoca injerencias sino que restituye el orden constitucional y la legalidad vulnerada, casi un invasor, un opresor.

Lo peor de esa asociación de ideas tan tergiversada no es la defensa que de ella hacen en el Govern y sus medios afines –tele, prensa, radio-, lo peor es que son falacias que calan en personas con buenas intenciones. Las más peligrosas y radicales, pues en sus irresponsables actitudes creen estar logrando algún bien. ¿Cómo convencer o persuadir a quien piensa que está actuando de manera correcta, ya sea por ignorancia, idealismo, ficción propia, interés, afinidad con la causa o de todo un poco? Puigdemont y sus socios saben que ahí está su público más rentable. Y explotan, de él, todos los recursos posibles.

Esa ficción, ese espejismo, del pueblo sacrificado y reprimido por parte del Estado alcanza su apogeo en el no tan desproporcionado como torpe e improvisado despliegue de la Policía Nacional y de la Guardia Civil del pasado uno de octubre. Ahí los independentistas volvieron a ganar en el victimismo cínico, apoyado a su vez por sentimentalistas cínicos que no estaban tanto por los heridos –fueron más bien atendidos en la mayoría de los casos, obviando la cantidad de noticias falsas y fotos retocadas que circularon- como por mostrar esa imagen de Gobierno despiadado que usa la violencia contra un pueblo que quiere un fin, en principio noble, como es el de votar en una urna. Esa es otra lectura de todo lo que está sucediendo: muchos de los apoyos que tienen los secesionistas en España –ciudadanos y partidos- no van por sus ideas, sino al desgaste de Rajoy. Quien, a su vez, ha gestionado tarde esta crisis institucional, pero también de la mejor forma posible: dentro de los márgenes de la Constitución y de las leyes. No es poco.

Una vez conseguida la retórica de la imagen, de la asociación de conceptos, catalanes oprimidos, Estado poderoso e intransigente, arbitrario y discrecional, viene Forcadell e insiste, ayer en la radio, en la propuesta de mediación. ¿Qué mediación, qué diplomacia, no digamos ya diálogo, se puede mantener con quien impone? Aun así, Felipe VI ofreció en su discurso “mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles”; Puigdemont entendió, quiso entender, que no hubo ánimo de diálogo. De este modo, está claro quién no quiere dialogar, y por algo muy sencillo: porque no encontrará beneficio alguno en ese diálogo. Porque, en el caso de haber un referéndum legal y pactado, dialogado, como tantos dicen, el Govern tendría todas las de perder: veamos la soberanía y los datos de apoyo a la independencia en el referéndum del pasado domingo. Así que mejor, más cómodo y rentable, este discurso viciado de victimismo cínico, con el que insisten en un problema creado de la nada –o de sus particulares pretensiones- y que a la nada, aunque se esfuercen por remediarlo, va.