2020: QUÉ PELICULÓN, PERO SIN ÓSCAR

Un sectarismo ideológico que no sólo ignora errores ajenos, también eleva a mito o a objeto de veneración. Es lo que ha sucedido con Fernando Simón, quien ha incurrido en considerables imprudencias y en decisiones no demasiado acertadas (Maite Rico las ha enumerado en una soberbia columna en El Mundo). Es cierto que han sido meses de trabajo en la incertidumbre inesperada, por tanto meses de trabajo con un escaso margen para el ensayo y con una alta probabilidad para el error; pero de ahí a este retrato buenrrollista y simpático que algunos pretenden de Simón, a este culto de imagen del pop, media una distancia. No está el hombre para las exageradas peticiones de la derecha populista (ellos ya pedían su cese a mitad de marzo), pero tampoco para estampar su cara en camisetas.

Camisetas como las que vi el otro día en una tienda del centro de Sevilla. En ellas, un lema con algo de chispa: 2020, escrito por Stephen King. Se ha convertido en una broma recurrente la de catalogar de guion de película distópica a estos hechos que nos van sucediendo -sacudiendo- este año.

Una trama que se podría explotar para el cine es la que va de una pandemia mundial a manifestaciones donde se protesta contra el racismo, y donde se considera racista a Churchill (?). Pasando por un surtido variado de conspiraciones: la última que he leído incluye como principales protagonistas a Bill Gates y a George Soros (este último es un fetiche para la causa de todos nuestros males, como en otro tiempo lo pudo ser el demonio o los judeo-masones).

Otra trama, bastante más interesante y relacionada con la anterior, podría ser la que hace unas semanas señalaba Felipe Benítez Reyes: la capacidad que tenemos de proyectar nuestras paranoias personales a las causas de los problemas comunes. Lo hemos visto en el novelesco análisis de Miguel Bosé, en las pintadas a Indro Montanelli, en una parte de la sociedad que habla de dictadura en el Gobierno pero que a su vez te prepara una manifestación donde celebran el apoyo recibido. Ese sectarismo ideológico que afecta a los simoners es muy parecido al sectarismo ideológico que parece aprovechar la situación adversa para vendernos su cambalache de causas propias. Los grupis de Fernando Simón le aplauden no por sus aciertos o por los hechos, sino porque despierta el agrado de una izquierda tuitera: es un crisol de sus afinidades. Quienes han salido a la calle contra la gestión de este Gobierno no suelen salir tanto por la gestión como por el Gobierno. Todo se resume en qué hay de lo mío.

2020 es una película, pero no sabemos si pasará los posibles criterios que serán necesarios para producir en el arte. En esa creatividad que en Hollywood quizá exija unas pautas; es decir, unas limitaciones. Es decir: propaganda, catequesis, como escribía Alberto Olmos. Ahora que parece que la ficción se confunde con el didactismo, dudo mucho que nos compren esta película de actualidades donde unos tratan con displicencia a otros por arrodillarse; sin embargo dicen, con soberbia, que ellos (Girauta, José Manuel Soto) sólo se arrodillan ante dios. Dudo mucho que nos compren esta película de actualidad donde la frivolidad ideológica destroza pedestales al tiempo que construye otros para hombres que se equivocan en ruedas de prensa (donde se trata de salud pública). Dudo mucho que nos compren este argumento donde podemos aprender de todo, menos buenos ejemplos.

LA DÉCADA POPULISTA

Uno de los efectos políticos de la recesión de 2008 fue la llegada de partidos cuya naturaleza política oscilaba entre el populismo iliberal y la propaganda antipolítica; es decir, partidos que surgen del desencanto de una sociedad que buscaba culpables de la crisis en lo que llamaron las élites extractivas. Recordamos conceptos como la casta, los de abajo contra los de arriba, las oligarquías, el que no, que no nos representan. La desafección social fue canalizada en plataformas -en principios sin líderes, asamblearias- como Democracia Real Ya o en las protestas del 15M. Durante años, estos movimientos se mantuvieron ajenos a la política institucional. Eran rasgos que caracterizaron estas manifestaciones (tan llenas de buenas intenciones como de ingenuidades): sin estructura definida, transversal, maniquea. Su análisis de la realidad fue una dicotomía infantil: los ciudadanos buenos y los políticos malos.
Pero llegó enero de 2014, y un grupo de politólogos vinculados al ámbito académico aprovecharon la coyuntura para promover la acción política. Nació Podemos. Con una buena, aunque favorable, estrategia de comunicación consiguieron entrar en esos despachos de los que desconfiaban. Primero organizaron marchas en torno a valores universales, como el de la dignidad; luego trataron de cuestionar la salud política de nuestra democracia, tras ese lema del “régimen del 78”; mientras, buscaron la manera de erosionar la convivencia y el ideal de la transición, que tanto les estorbaba para sus intereses. Errejón propuso que se tenían que escribir novelas sobre estas “nuevas ideas” (la literatura complaciente, megáfono de la propaganda política: un falangismo de vuelta). Podemos se hizo con los ayuntamientos gracias a sus marcas blancas: las candidaturas “ciudadanas”. Hasta hoy, ese partido ha olvidado algunas de sus estrategias, otras las ha corregido. Pero lo que sigue constante es el principio del populismo: agitar a la sociedad en contextos de crisis, para provecho político propio.
Es lo que ahora vemos en Vox (similar reverso de aquellos politólogos idealistas). Como nos hablaba Monedero del “régimen del 78” en los circenses debates de la Sexta, ahora Abascal nos habla de “dictadura comunista”. Como Iglesias invitaba a sus seguidores a ocupar la calle en nombre de “la dignidad”, en Vox ahora nos dicen que lo hagamos en nombre de “la libertad” (se busca identificar un valor al signo político). Como Irene Montero nos insistía en la amenaza del patriarcado; Monasterio hace lo suyo con una idea muy personal de “la familia”, que también está amenazada. Si para aquellos hubo fantasmas del franquismo en cualquier habitación democrática, para estos la dictadura progre es el eje que todo lo vertebra.
El lenguaje contundente, la confrontación, la erosión de la convivencia pública. Todo en un tiempo de inquietud (de miedo) y de incertidumbre, en esta década que va de la Gran Recesión a la pandemia del covid-19. Para el populismo, el coste de la estabilidad social es un riesgo más que asumible para llegar al poder. La sociedad que tanta atención merece en sus discursos no es más que el medio para hacerse con las instituciones públicas. Pero el desenlace será el de siempre: votantes que verán cómo sus líderes, más allá de la palabrería, procrastinan la ansiada revolución. Y seguirá el régimen del 78 o la dictadura progre. Donde siempre estuvo: en las cabezas de algunos, en la imaginación de tantos.

LA INFORMACIÓN (Y SU RECEPCIÓN) EN LA PANDEMIA

Lo leí el otro día en el timeline de un periodista: qué buenos tiempos esos en los que las ruedas de prensa se agotan casi antes de empezar. Por tediosas. Por aburridas. Por nimias. Es evidente que ahora no estamos en esa época. Ahora las ruedas de prensa duran días. O al menos su debate. Sus declaraciones. Incluso sus protagonistas, cuya voz nos suena con una familiaridad más cercana que las voces de los amigos. Días llevamos hablando de la frase que José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, leyó o dijo el pasado domingo (el verbo influye en la versión). Unas afirmaciones que en tuiter, ese carrusel de opiniones viscerales, nos hicieron el día. Comentaba Santiago que ellos estaban trabajando en dos direcciones, “por un lado, evitar el estrés social que producen estos bulos, y por otro, minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. ¿Lapsus?, como dijo el ministro del Interior; ¿malversación de fondos públicos?, como sugería el abogado José María de Pablo. Ayer El Mundo publicó esta noticia cuyo titular es: “Una orden interna de la Guardia Civil ordenó recopilar bulos y fake news “susceptibles” de generar “desafección” al Gobierno”.

La información de la pandemia, casi inmanente a la cuestión política, suele despertar ideologías e intereses partidistas, tanto de los líderes como de la sociedad. Es un hecho que, si queremos discernir con criterio, complica las cosas. Las noticias nos llegan adulteradas de nociva praxis política. Nosotros, como sociedad, tampoco ayudamos demasiado a depurar esas informaciones: nos quedamos con lo que nos parece bien para retratar, mal, al adversario político, o nos conformamos con que nos digan lo que queremos oír de aquel al que no queremos escuchar.

El triunfo del bulo no es tanto por quien lo fabrica como por el que se lo cree. Quien, por lo general, está predispuesto a creer en ellos. El entorno propicio para el bulo no es tanto la ingenuidad como el interés ideológico. De ahí que las labores de verificación sean bienintencionadas y pertinentes, pero no demasiado útiles. Quien las frecuenta suele ser es un profesional del periodismo o de la comunicación, o una persona con voluntad de conocer la verdad factual de un hecho. Los bulos están preparados para que nos confirmen nuestra realidad parcial sobre unas ideas preconcebidas. Si somos partidarios del PSOE o próximos a una sensibilidad de izquierdas, el asunto va de culpar al “centralismo capitalino” (así lo leí en un tuitero) de la propagación del virus hasta una denuncia de Unidas Podemos a la Fiscalía, donde asegura que detrás de todo esto de los bulos hay un “grupo criminal”. El adjetivo “criminal” también está presente en la consideración de Vox sobre la gestión del PSOE. Hablan de “censura” y “medidas dictatoriales” por parte de Sánchez. Ellos, que vetan a medios en sus actos públicos.

Hay momentos para el alivio de la comunicación política, como esa conversación de Maestre y Almeida, dos monedas de una misma cara (que ahí bien valen). También se publican excelentes trabajos periodísticos, críticos y reflexivos con el Gobierno y la situación, como este de dos periodistas de El Confidencial. Pero persiste la inquina, el enconamiento, la cacerolada con las propias ideas. Palabras y ruido que sólo son humo y confusión. Que impiden ver otra claridad. Y que vienen del CIS, de medios o de bots, pero también de nosotros.

IGLESIAS Y SUS DECLARACIONES: HACER MÁS DIFÍCIL LO DIFÍCIL

Escribe José Antonio Montano en El Español del perjuicio de la ideología en esta crisis del Covid-19. O mejor: del perjuicio que supone aprovechar una coyuntura convulsa y dramática para, en lugar de proponer medidas racionales y objetivas, dedicar todo ese tiempo a hacer propaganda política. Lo que Pablo Iglesias pretende, y ha pretendido en cada aparición pública, no es tanto solucionar un problema como usar ese problema en beneficio de su partido. Simulando, además, que trata de buscar un remedio. Es un oportunismo que causaría rechazo en cualquiera.

Se puede hablar de ejemplos recientes, como el que cita José Antonio Montano en su artículo, sobre las caceroladas en medio de una crisis sanitaria. Los partidarios de este tipo de manifestaciones se excusan en que pueden tener empatía con los fallecidos y, a su vez, protestar contra la Corona. Es cierto. Pero el problema es que, en ese momento, en ese preciso momento, Felipe VI emitía un discurso de cohesión social, de recuerdo a los que lo están pasando mal. De apoyo a una sociedad que vive con preocupación e incertidumbre.

La última polémica (que estamos ahora para eso) ha sido un tuit de Iglesias en el que decía que toda la riqueza del país debía estar supeditada al interés general, invocando el artículo 128 de la CE (una Constitución que hasta hace pocos años vinculaban a eso que ellos llamaban el Régimen del 78; es decir, un instrumento casi de opresión). Cuentan que esta declaración tuitera de ideólogas intenciones ha provocado malestar entre los ministros del PSOE, como ya sucediera en aquel consejo de ministros donde se debatieron las condiciones del, por primera vez decretado, estado de alarma.

Las constantes declaraciones políticas de Iglesias podrían generar un clima de tensión social que no necesitamos. Que tan sólo desembocan en tediosas discusiones que nos distraen de un objetivo común: curar enfermos, sanar pacientes, encontrar vacunas para el coronavirus, etc. Al tiempo que construimos un país con fuertes vínculos emocionales entre los conciudadanos, al margen, claro, de las inevitables y necesarias discrepancias políticas. Es paradójico que Iglesias siempre hable en ese lenguaje de valores neutros, las marchas por la dignidad, la solidaridad, la unidad, el bien común, la igualdad, el bienestar, pero que no sea capaz de mantener esos valores en sus acciones y declaraciones políticas. Y más en un país donde vamos contando los muertos casi por miles, cada día.

Pero el mecanismo, casi más perverso que cínico o político, es el de siempre: Iglesias no cita ese artículo 128 de la Constitución en nombre del interés general. Lo cita porque es su manera de publicitar su interés personal, de difundir su ideología política. Insiste mucho en lo colectivo, en lo que “a todos nos afecta”, pero siempre con la intención puesta en un posible rédito mediático. Sabe la lectura que se le podría aplicar a ese artículo, y sabe lo incómodas que resultan, en estos momentos, esas insinuaciones partidistas. Pero nos vuelve a demostrar, como es marca de la casa en el populismo, que un problema social no es más que una oportunidad para ocupar un espacio de poder.

LA CUQUIZQUIERDA: IDEALES DE INSTAGRAM

Hablamos de una izquierda cursi y adolescente que no va más allá de simples ecos estéticos: corazones, sentimentalismo e ideas naif. Es la misma izquierda que, ante el debate o la disidencia, ante propuestas contrarias, suele responder con chistes frívolos, exageraciones, melodramas en post de Internet o un sarcasmo impostado que elude cualquier discusión seria. Es una izquierda que funciona bien en redes sociales y en la propaganda de agitación en tuiter. Sus discursos, al ser simples, directos, con frecuencia tendenciosos y partidistas, congregan a un número importante de usuarios que inmediatamente, sin necesidad de demasiada reflexión, se suman al eslogan de la causa. Esta izquierda lleva años dejando de lado dos principios básicos de la ilustración (ideas a las que, al menos históricamente, tan vinculada está): la reflexión basada en verdades factuales y la honestidad intelectual. El asunto es que así no les va del todo mal: ahí están los resultados electorales, los ministerios y las hipotecas.

Esta izquierda cuqui de Instagram, donde prevalece el meme al argumento, la cosmética ideológica a la solución política, es la que el otro día pudimos ver en el conocido vídeo del cumpleaños de Irene Montero. O en ese OT tan medido y estudiado. Donde unos directivos de una productora y una televisión conocen las preferencias y las sensibilidades del público al que se dirigen, para así generar audiencia; es decir, dinero. Todo con la colaboración de unos jóvenes ingenuos, entre los concursantes y entre su público, que se creen en una especie de revolución generacional cada domingo por la noche. Una revolución de nombres que nadie recuerda en apenas seis meses y cuyo final es el de siempre: que unos ganen dinero, y que otros lo vean, haciendo de los ideales un objeto de consumo más. Hoy será esto porque provoca adeptos; mañana será aquello porque tendrán otras adhesiones.

La cuquizquierda suele tratar temas que tan sólo interesan a una minoría, y que en ningún momento provocan un debate mayoritario en la sociedad. Salvo en tuiter, donde confunden una comunidad digital de usuarios virtuales con el conjunto de un país. Pero en esta red social ni siquiera es exactamente interés lo que despiertan estos temas, sino posiciones políticas. Son asuntos cuyas discusiones no resuelven demasiada cosa, ni tampoco alcanzan un interés considerable, pero sí son indicativos de las sensibilidades ideológicas de cada cual, por lo que, quien participa de estas polémicas, sutilmente emite a sus posibles destinatarios un mensaje sobre la preferencia política. Lo que los sitúa en un momento y sirve de notoriedad social. Es decir: hablamos de narcisismo y de vanidad.

Y ese es el principal problema de esta cuquizquierda hueca y de cáscara: que precisamente los principales problemas, algunos graves y urgentes, que pudiera atender la izquierda, quedan ignorados. Sin propuestas. Sin ideas. Y cuando llegan, apenas tienen difusión. Lo que puede dar la sensación de “que no se está haciendo nada”. O de que se hace, pero que es lo mismo que ya otros hacían: la destitución del periodista Fernando Garea en Efe, por ejemplo. O el nombramiento de la fiscal general del Estado, otro. Al final tanta manifestación, tanta huelga y tanta promesa para esto: para una cuquizquierda en el ministerio; para un régimen del 78 en el Rodilla.

POR UNA IZQUIERDA QUE

No traerá el nuevo gobierno los propósitos de una izquierda que no se suele ver en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas, aunque cada vez sean más los votantes de izquierdas que demanden esas políticas en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas. Es cierto que son unos votantes aún dispersos, puntuales, que sobre todo comentan en conversaciones personales, privadas. Es habitual en la izquierda un temor a no parecer de izquierdas. El disenso de cualquiera de las tesis que predominan en la izquierda, aunque sea un disenso que proponga, no que rechace, será visto como una idea sospechosa de ser de derechas. En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria.

La política representativa de hoy se mueve en función de las sensibilidades políticas de la sociedad. Su ideario depende de hacia dónde se oriente el discurso general de cada ideología. Lo hemos visto en un Casado o un Rivera que usaron un lenguaje cada vez más contundente tras la aparición de Vox; o en esa actitud de moderado profesor universitario de Iglesias, cuando leía la Constitución con un tono pausado y didáctico en los debates de la televisión. La política representativa de hoy es una política efectista, donde las decisiones y los idearios se preparan según lo quieran los votantes de cada partido. Es en cierto modo inevitable, pero el problema de este exceso de política en función de la coyuntura de cada momento es que así no se puede hacer política a largo plazo. Y en ocasiones, no se puede siquiera hacer política responsable.

Pero aun así, incluso con este contexto, habrá que decir que hay quien espera una izquierda que comprenda que España ha cambiado en cincuenta años, que hoy día el nacionalismo, los nacionalismos, no son ideologías minoritarias que necesitan una entregada y desmedida atención política, sino que son ideologías excluyentes y esencialistas que van contra los principios básicos de cualquier ideario de izquierdas: generan desigualdad, son clasistas por causas etnolingüísticas. Una izquierda que olvide y reflexione conceptos tan desfasados como la conveniencia de la desobediencia civil (¿justificamos a los defraudadores de impuestos?) o que cambie ese carácter tan frívolo, naif, cuqui y sentimental de los últimos años. Una izquierda que atienda los hechos desde el contexto de los propios hechos, no desde el cínico  interés partidista, tendencioso y estratégicamente dramático, en asuntos que afectan al ecologismo o al feminismo.

Por una izquierda que se desentienda del lenguaje bronco del apóstol tuitero, y que abra un debate riguroso y adulto sobre la educación, sobre las prestaciones sociales, sobre la natalidad, sobre las universidades, sobre las pensiones, sobre la prostitución, sobre Europa, sobre la globalización. Sobre el tiempo del poscapitalismo, sobre los nuevos contextos ideológicos, sobre las interesantes respuestas que nos generan disciplinas como la bioética. Por una izquierda que no sabemos si va a venir, pero por la que habrá que ir.

NO ES MALA POESÍA, ES UN FRAUDE

Hace años que se habla del tema, incluso que se habla del tema y que el tema cansa. Poetas que triunfan entre público adolescente y cuyos poemas discurren en capturas de Instagram y publicaciones de Facebook. El hecho ha merecido debates, coloquios, charlas, intervenciones de oyentes en mesas redondas, preguntas en entrevistas a autores que habían ganado un premio tal e incluso sesudos ensayos y artículos de lenguaje académico. Por si no tuvieran ya suficiente publicidad desde sus propias editoriales –con tanta logística y potencial de difusión-, también nos hemos encargado de contribuir a sus éxitos. Aunque fuese por la buena intención de procurar una explicación a ese éxito. Yo por eso prefiero, cuando preguntan por estos poetas de redes sociales –más o menos así se suele etiquetar el asunto-, hablar de otros poetas, de redes sociales o no, que sí merecen atención, lecturas e interés. La nómina puede ser Miguel d’Ors, Javier Salvago, Amalia Bautista, Susana Benet, Jesús Montiel, José Mateos, González Iglesias, Ada Salas, María Alcantarilla. Etecé. Etecé. Etecé.

Yo prefiero hablar de autores como Enrique García Máiquez, cuyo último libro tengo en el escritorio, pendiente de lectura, o como Ben Clark, a quien le debo el artículo. Fue en su tuiter donde leí compartida la publicación del autor Jesús Miguel Pacheco, quien señala un evidente plagio en el libro del último poeta de promoción para regalos de Reyes y Papá Noel: Alfred García, concursante de Operación Triunfo. Las palabras que García escribió en Otra luz son: “Ojalá ser valiente no cueste tan caro / y ser cobarde no merezca la pena”. Lo que a todos nos recuerda a aquella letra de Chavela Vargas, con versión de Joaquín Sabina, que se llamó Noche de bodas. Leemos: “Que ser valiente no salga tan caro, / que ser cobarde no valga la pena”. Yo prefiero no hablar de estos autores hasta que el asunto pasa de ser poesía para lectores que no leen y empieza a convertirse en estafa, en fraude. Hasta que estos autores no son autores. Hasta que son fraude para la industria editorial (quien por otra parte es principal responsable, no seamos ingenuos), fraude para ese padre que se gastará 16,95€ y fraude para esos lectores que no van a leer. Y peor: que no sólo no van a leer, sino que no van a leer nada original de un autor. Porque no es ni eso.

Hasta ahora, quien leía a estos poetas sin poema era un lector de ingenuidades, frases sentimentalmente solemnes, desahogos personales, versos que oscilan entre la autoayuda y las canciones de Manuel Carrasco. Ahora, con Alfred García, vamos un poco más. Alfred García es un Gimferrer o un Gil de Biedma entre los de su cuerda, huyendo de los corsés de estilo y de lenguaje de su tiempo y proponiendo una nueva estética que descubre corriente en la poesía española. Hasta ahora para triunfar con un libro de poemas era suficiente con no tener oído ni dominio de la métrica ni capacidad de crear símbolo, imagen, metáfora. Con Alfred García se ha ido a más, con Alfred García hemos llegado a la conclusión de que para escribir un libro de poemas es suficiente con no ser el autor de tus propios escritos. Con ser un fraude.

QUÉ FUERON LOS ERES

Asombra, pero tras años de crisis institucional (en casi todas las estructuras sociales, del fútbol a la monarquía, de los sindicatos a  la universidad) aún no se aprende la lección, y la corrupción política tiende a ser menor o mayor corrupción en función de nuestra cercanía ideológica con aquel que defrauda. Cuesta desprendernos de nuestras afinidades a la hora de valorar los hechos, quizá porque nos da la sensación de que nosotros también hemos sido estafados o, peor, de que hemos contribuido con nuestras ideas a las acciones (en ninguna de las dos tesituras nos queremos ver). Con los ERE así ha sido, y mientras buena parte de sus votantes insisten en que son errores que ya pasaron, otra sociedad andaluza, tendente a partidos de derechas, insiste en que el mayor caso de corrupción casi ha pasado desapercibido. La clásica tergiversación cínica o victimista, según optemos por unos u otros, que favorece una tesis.

Pero nada de eso: no se trata de un simple error que ya pasara (sorprende el cinismo: lo que ahora es un error que ya pasó, hace diez años era un tema tabú) ni tampoco de un caso de corrupción del que apenas se haya hablado. Ahí están las condenas, a pesar de una investigación con demasiadas demoras y algún que otro error sustancial. E intereses partidistas, presiones políticas, injerencias. Hace quince años, cuando empezaba la trama de los ERE, nadie hubiese acertado con el pronóstico: el PSOE fuera del gobierno, sin apenas margen de poder, y sus dos principales líderes políticos condenados. Hablamos de unos nombres, y de otros tantos nombres (Antonio Fernández, Carmen Martínez Aguayo, Francisco Javier Guerrero), con una considerable influencia en la sociedad andaluza. Con una notable agenda de contactos que abarcaba amplias y distintas parcelas de esa sociedad andaluza. Sorprendería la buena relación de muchos políticos importantes del PSOE con otros importantes empresarios de derechas.

Esa es la clave que explica los ERE, tanto en lo social como en lo político. Más allá de la corrupción política o de la sentencia que ayer todos conocimos, lo importante de los ERE es cómo se desarrollaron. Cómo fue posible que políticos en el poder lograran burlar toda una administración pública. Cómo pudieron construir, durante tantos años, toda una trama de corrupción sistemática. Sin que nadie sospechara nada. Sin que nadie lo advirtiera. Es evidente que todo pudo ser posible porque los límites de esa corrupción iban más allá de la propia corrupción política. Porque el beneficio era repartido no sólo entre los suyos, entre los políticos del PSOE en el poder o sus más próximos, sino también entre aquellos que de algún modo u otro tenían acceso o cercanía a un poder, aunque fuesen de ideologías contrarias. Conservadores, empresarios, gente de derechas. Todos ganaban. Silencio cómplice. Y a seguir.

Los ERE han sido un caso de corrupción, pero también el signo de un tiempo, casi una mentalidad que arrastraba y lastraba a Andalucía. Los círculos cerrados, la endogamia, el trato preferente de los míos, el favor a quien me interesa, el clientelismo. Es ingenuo creer que los ERE son la causa de unos políticos malos que llegaron al poder y se aprovecharon de su posición para enriquecerse. Es ingenuo pensar que un caso de corrupción de este calibre no ha sido posible sin la connivencia de esa etiqueta fácil y engañosa que llamamos sociedad civil. De una parte, claro, de la sociedad civil. Tendremos que hablar de ese incómodo capítulo.

LO PACÍFICO NO ES EXCUSA (ALGUNAS TRAMPAS DEL INDEPENDENTISMO)

El independentismo catalán es un movimiento político que ha trabajado muy bien su imagen, su publicidad. Lo tenían fácil: el que va a la contra, el rebelde, suele tener buena prensa. Es el subversivo, el que trata de doblegar, el débil. Un conjunto de circunstancias, de adjetivaciones, que en el mundo moderno generan simpatías: nadie quiere ir con otro que no sea el actor épico de una discusión. Los independentistas aprovecharon esa circunstancia para fabricar una imagen de ciudadanos cívicos, exquisitos, pacíficos y dialogantes que le echaban el pulso a un Estado semianalfabeto, castizo, bárbaro y folclórico. Era, en esa tergiversación de la historia, la cultura ilustrada centroeuropea contra un país que apenas había conocido nada más allá de las guerras cainitas, la peineta y el casino provinciano.

Se ha insistido en que el independentismo es un movimiento pacífico. Es un argumento recurrente en las conversaciones. Como si el hecho de no secundar violencia ya fuese una razón suficiente para tolerar la manera en que ejecutaron sus fines políticos, que recordamos: al margen de la ley y de la Constitución. El independentismo puede ser pacífico, pero eso no exime ni atenúa ninguno de los delitos por los que los políticos independentistas han sido condenados. Deliberadamente, estos tratan de tergiversar los hechos: una cosa es una idea legítima (claro que la independencia de un país lo es) y otra la forma en que se ha perpetrado esa idea legítima (en resumen: imponiendo la voluntad de unos sobre la ley de todos). A nadie, en España, se le ha condenado por sus ideas. A lo sumo, por la forma en que han consumado esas ideas. Hasta ahí.

Un empresario podrá ser pacífico a la hora de incurrir en delitos fiscales. O en cometer un fraude laboral. Pero en ningún caso eso será excusa para absolverlo de unos hechos probados (el argumento, más o menos, sería: en mi empresa llevo una contabilidad B con la que me evito pagar impuestos y así costearme una nueva casa, pero de buen rollo, amigos inspectores, amigos jueces). Cuando el independentismo habla de idea pacífica, parece que nos quieren decir que por no entrar a tiros en el Congreso tienen potestad para cumplir cada uno de sus planes, y sin que una sola institución pueda cuestionar el modo de cumplir con sus propósitos. Es evidente que eso se inventó hace siglos, y es una opción política que oscila entre el absolutismo y el régimen autoritario.

Esa trampa del retrato sofisticado y rebelde trae consigo otras consecuencias: es una recreación que ha seducido, durante años, a buena parte de la izquierda española, quien temía encontrar complicidades con ciertos enemigos culturales del catalanismo: la derecha reaccionaria, los partidarios de la centralización (casi siempre gente de derechas) y esa España de clavel y tardes de toros que asocian con el franquismo. El resultado ha sido una izquierda que algunas veces ha visto con buenos ojos este movimiento y que en otras ocasiones lo ha tolerado, ya sea por acción o por omisión. En estos días de barricadas y agitación, hemos podido ver unos cuantos ejemplos: yo no voy con nadie, es una guerra de élites y esto conmigo no va, no apoyo a ningún nacionalismo, etc.

Este independentismo catalán, el de estos últimos siete años, no ha sido, aunque lo hayan querido vender así, un conflicto entre dos nacionalismos. Mucho menos la escisión de un país europeo lastrado por esa España ibérica de secarral. Ha sido un movimiento político que ha querido imponer su voluntad ante la voluntad de todos, ante la voluntad de una sociedad que es soberana de las leyes que nos ayudan a convivir, a limitar nuestras acciones, a ser, en definitiva, libres.

COSAS QUE UN DÍA FUERON DE IZQUIERDAS Y AHORA SON DE DERECHAS. O AL REVÉS

Cuántas veces definimos nuestra personalidad política por la decisión del contrario, por lo que otra ideología contraria defiende o propone. Es habitual, incluso entre los amigos ilustrados, el hecho de predicar la idea no por un razonamiento personal propio sino por el razonamiento del adversario, del amigo de la otra opinión. Así, pensaremos no por lo que nosotros creamos que tenemos que pensar, por el peso del argumento, sino por lo que otros dicen o quieren pensar. Se ha escrito mucho del tema: somos lo que de otros nos causa rechazo. Crecemos, nos hacemos, por lo que elegimos, pero también por lo que declinamos. Necesitamos de un enemigo para conocer nuestro rol, para saber de nuestra personalidad, de nuestra identidad, para conocernos a nosotros mismos.

Pero la consecuencia de esa situación es que incurrimos en contradicciones e incongruencias, en una comunión de ideas incompatibles pero que conviven en una misma ideología, en una tribu ideológica. Una contradicción aparentemente armoniosa y lógica. Pienso en esto sobre tres temas: la gentrificación, el aborto/gestación subrogada y la noción de liberal.

La gentrificación, hasta hace pocos años, hasta hace unos diez o quince años, era bien vista por la izquierda. Por partidos de izquierda. Y es que sobre esas propuestas había atmósfera de modernidad y de progreso. Aquí, en mi Sevilla natal, se peatonalizaron calles, se abrieron nuevos comercios, se remodelaron antiguos edificios. Todo era pretexto para traer una modernidad a la ciudad localista, para parecernos a otras ciudades de Europa, para seguir una línea estética y funcional de ciudad sostenible y habitable (por copiar el lenguaje relamido de muchos de sus políticos entusiastas). Quien argumentara razones en contra fue etiquetado de rancio, de carca y casi de simpatizante de un cateto chovinismo parafascista, de hortera provinciano (cuando nada más provinciano que creer que lo extranjero, por ser extranjero, es mejor). Así, en otras ciudades, como Bilbao o como Barcelona. Ahora, diez o quince años después, quienes apoyaron a partidos políticos con medidas similares, prefieren el encanto de la mercería de siempre, los negocios de siempre en las calles de siempre, la estética que ellos conocieron tal como ellos la conocieron. Una apología del casticismo esencialista.

Parecido ocurre con el aborto y la gestación subrogada. Quienes hace unos nueve años (la ley de Zapatero es de 2010) defendían el derecho al aborto como un principio incuestionable de la libertad personal, rechazan la idea de que una mujer decida qué hacer con su propio cuerpo. El principal argumento para abortar, todos lo recordamos, era que nadie podía condicionar la voluntad de la persona sobre su propio cuerpo, muchos menos una idea conservadora o la doctrina de la Iglesia católica. Algunos de los amigos que entonces se manifestaron a favor del aborto, hoy se manifiestan en contra de la gestación subrogada. Cuando ambos temas convergen en un mismo punto. El problema, claro, es quién lo defiende, y también quién lo discute.

El concepto de liberal también ha transitado por diferentes horizontes ideológicos. Lo que en su día fue una palabra que se asociaba la izquierda (o al menos contraria a los reaccionarios de la derecha), es ahora una palabra que causa grima y repulsa en los fervorosos militantes de la izquierda, sobre todo en esa izquierda de clase media errejonista. Lo que hace treinta años era una ideología denostada por la mayoría de la derecha española, ahora es parte de su base ideológica. Igual con las izquierdas de este país, pero al revés.

Es asombroso cómo las ideas evolucionan en tan poco tiempo, ver cómo estas operan en una dirección u otra en función de quién las defienda, de quién se haga con ellas en sus discursos políticos. Tan asombroso como comprobar cuántas veces no pensamos por criterio propio o por el fin de la idea misma, sino por quién haga causa de una idea. Por lo que estéticamente nos sugiera esta, no por lo que razonadamente esta nos diga.