VIVIRÁS PEOR QUE TUS PADRES

Los discursos drásticos y apocalípticos suelen tener clientela. Bien lo saben los publicistas y los lazarillos de toda idea sesgada e interesada, partidista pero no partidaria. Por eso, quizá convenga huir de las frases absolutas, esas que se construyen sobre un tono solemne de púlpito: suelen ser, tan sólo por evidente razón de espacios, simples, y alarmistas, y se sostienen más en el prejuicio que en el argumento, y esconden un mensaje que, lejos de lo que en un principio pretenden decir, busca inculcar doctrina –el para qué es demasiado complejo, y entra en el terreno de la conjetura-. Esas frases se manifiestan en forma de clichés y de tópicos que todos tenemos más o menos asumidos pero sobre los que no indagamos el alcance de su significado. Como todo cliché cuyo absurdo no es revelado, claro. Entre mi generación, chavales de veinte a treinta y tantos, finales de los ochenta, principio de los noventa, cunde la idea de que vivirás peor que tus padres. Es una expresión que ha surgido en torno a los años de la crisis (2007-?), a causa del desencanto general de una sociedad, joven, sobrecualificada en algunos casos, que ha visto frustradas sus aspiraciones laborales: recortes, disminución de los salarios, precariedad, emigración.

La primera idea que se extrae de ese vivirás peor que tus padres está en el verbo. Futuro. Por tanto, es una frase que en su primera palabra, ya, te limita un tiempo que aún no has conocido. Te condiciona, preestablece un lugar en el que aún, a no ser que dispongas de un don sobrenatural, no te encuentras. Esto es interesante, pues si el verbo concluye un futuro es señal de que te están determinando, del mismo modo, un presente. Aquello será, si estamos de acuerdo en que el tiempo histórico es lineal, una conclusión, un efecto, que tendrá una causa, un origen. Quizá lo mejor sea, como es costumbre, empezar por el principio. Y ahí habrá que acudir.

El principio de aquel vivirás se traslada al hoy, la generación aquella que vivirá por la generación esta que vive. ¿Y cuál es el contexto, punto de partida, de esa generación que vivirá peor que sus padres? Pues en lo político, por ejemplo, son –somos- unos jóvenes que han conocido una democracia liberal cuya Constitución e instituciones están resistiendo a la corrupción, al nacionalismo y al populismo –lo que en la historia reciente de España es mucho resistir-. Sus –nuestros- padres no lo tuvieron tan fácil: ahí estuvo perenne una dictadura cuartelera. En cuanto a lo social, son –somos- unos jóvenes que disfrutan de una sociedad en la que el analfabetismo es, presupuesto y biblioteca pública mediante, una opción; una sociedad que crece europea, cosmopolita y liberal, con unos valores, por suerte indiscutibles para la mayoría, que van del principio de igualdad formal a la tolerancia con las minorías: raza, religión… que cada uno exponga su caso. Tanto es así que hasta existen personas cansadas de que a los problemas se les den soluciones moderadas y bienintencionadas, lo que algunos han llamado “buenismo”. Digamos que nos podemos permitir el lujo de hartarnos de una conducta cuyo defecto, en el peor de los casos, no pasa de una ingenua sentimentalidad por hacer el bien. En lo político y en lo social no sé si se vivirá peor, lo que está claro es que en esta generación sobre la que pesa la losa del cliché no se vive peor que en la anterior, en la de sus padres: por algo se empieza. Distinto es lo económico, gritan desde el público. Y eso es cierto: cuesta decir adiós en casa –sólo un 35.1% de los jóvenes de entre 25-29 años se ha emancipado, según informe del Consejo de la Juventud-, trabajos temporales –aunque las reformas de 2010 y de 2012 quisieron ponerlo difícil- y sueldos bastante modestos –qué nos vamos a contar-. Aun así, qué atrevido adelantar acontecimientos. Sobre todo cuando estos serán, a lo sumo, una posibilidad, y no una conclusión.

No sé si viviremos peor que nuestros padres. Desconozco, visto el plan, las fórmulas del azar. Sólo sospecho, al igual que los colegas novelistas, que para configurar las tramas del futuro hay que entender los códigos del presente. Y este ahora, este presente, aun con adversidades, es el mejor de todos los posibles, de todos los que nos han precedido. De aquí en adelante, como la copla popular, a hacer camino. Y a mirar la fecha de caducidad de esos discursos enlatados.

MADURO Y SU CONSTITUCIÓN

Qué difícil es poner límites y nombres a la historia. Cuando la vives, cuando sigues su curso, cuando no es heredada de la prudente distancia de los hechos y de los libros. Pero eso, junto con la exactitud de la palabra, es lo que exige el oficio, y de este modo, aun conscientes de la posibilidad de incurrir en el error, abandonamos la conducta de los indiferentes. Y de los interesados, claro. Sólo así, despojados de ambas inclinaciones, puede uno acercarse a la realidad, o al contexto, de lo que sucede en Venezuela, en donde las últimas noticias de esta semana nos llevan a un alzamiento militar -¿golpe de Estado?, ¿ruido de sables?- de veinte hombres en Valencia, la tercera ciudad de Venezuela en cuanto a población, con más de dos millones de habitantes. La insurrección concluyó con dos fallecidos, ocho detenidos y el control del cuartel por parte de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Aunque los cabecillas de la rebelión no sean novatos en la lucha clandestina contra el Gobierno de Maduro –el líder de la revuelta fue expulsado del ejército al estar, dicen, involucrado en una conspiración en contra del presidente, allá por 2014-, es significativo que un sector de la sociedad tan cercano a los intereses del chavismo se tome la justicia por su mano. Incluso en los grupos que se presumen afines a los ideales del chavismo hay disidencias, reflejo de un país dividido, fraccionado, también en los simpatizantes, colaboradores, del partido del Gobierno.

Ejemplo de esa división dentro de las piezas del engranaje del chavismo es la destitución de la fiscal general, Luisa Ortega. Una decisión que ha tomado la Asamblea Constituyente de manera discrecional y arbitraria, lo que levanta, de nuevo, sospechas sobre la legitimidad del proceso constituyente. Un proceso constituyente que se considera, con observar sus primeros pasos es suficiente, un fraude: casualmente hay una excesiva coincidencia entre los intereses del Ejecutivo de Maduro y la primera consecuencia que origina este proceso, que es la disolución del Legislativo, institución cuya potestad tomó la oposición en 2015. Cualquiera diría que si la institución política no es altavoz de la ideología chavista, no tiene validez; que el movimiento del chavismo debe ser concomitante del Estado venezolano. Pero esa tensión no se da sólo entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, también en el Judicial, cuyos magistrados se pronunciaron en contra de Maduro por intentar crear un Estado “con fines golpistas”.

Respecto de la sociedad venezolana ajena a las instituciones públicas, la polarización no es menor. Las manifestaciones y concentraciones públicas han sido prohibidas por el Gobierno, mientras que la oposición insiste en “tomar Venezuela”. El resultado: las revueltas callejeras, los disturbios, los heridos. También la investigación y la censura de cuentas en las redes sociales de Voluntad Popular, partido de la oposición. Y la frustración de una sociedad que ve sus opiniones reprimidas a base de tiroteos, junto con el recelo del chavismo, al comprobar que no todo “el pueblo” coincide con sus aspiraciones.

Y en medio de todo este conflicto, en medio de estas diferencias, cada día más distantes, ¿qué Constitución podrá salir de la Asamblea Constituyente? ¿Qué texto que sirva de punto de partida del ordenamiento jurídico venezolano? ¿Qué proceso constituyente legítimo –donde todas las fuerzas políticas han de estar representadas- cuenta con una oposición, tanto en sus partidos como en la sociedad, silenciada, denostada y censurada? El único destino posible, vistos los sucesos, es el perpetuo conflicto civil entre las partes, conflicto de ideas enfrentadas que podría desembocar –ya hay amagos- en una guerra civil. O la redacción de un texto constitucional cuyas garantías democráticas sean simple adorno: el chavismo será un absoluto. En uno u otro supuesto, Constitución en el caos.

ERREJÓN Y CIERRA ESPAÑA

Aunque la RAE, ejercicio de mérito notable, haya provocado un debate –mediático, ¡mediático!- entre filólogos, y en pleno verano, la noticia política de esta semana es el acuerdo que firmaron en el Congreso las cúpulas del PSOE y de Podemos. Un acuerdo que busca afinidad ideológica, puntos en común, entre dos partidos no tan semejantes como pudiera parecer, vista primera, al ciudadano medio. Las medidas con las que ambos partidos mostraron su colaboración son, como se puede imaginar, de carácter social; es decir, mayor prestación de becas, aumento del gasto público para contribuir al empleo entre los jóvenes, medidas de emancipación, etc. Lo que cualquier dirigente de aspiración socialdemócrata desea. Pero no todo fue concordia. La distancia llegó en cuanto se habló de Cataluña. Mejor: del referéndum que los nacionalistas e independentistas catalanes plantean para el 1 de octubre. Las discrepancias, siempre presentes entre ambos partidos en cuanto el derecho a decidir decide aparecer, son, por ahora, insalvables. Ante estas diferencias respecto del nacionalismo catalán, optan por el silencio: lenguaje que en la política, al igual que en la literatura, es clave para entender una parte del todo.

El coqueteo de Podemos con las formaciones nacionalistas, y sus intereses, es de sobra conocido. Jamás se han pronunciado sobre las dos preferencias que permite el asunto, aunque seamos fan de la casuística y de la alternativa: o se está por el cumplimiento de los preceptos constitucionales o se está por el referéndum, que es la vulneración de la legalidad vigente y la apuesta por el juego del arbitrio de un partido, de hago esto porque me da la gana, sin respeto ni consideración a los límites de la norma. De esa tímida postura, ellos, tan vehementes y convencidos en otras, estos lodos. O estos desacuerdos. La oposición conjunta con el PSOE, un camino que bien podría traer votos y escaños, y lo más importante, progreso, se torna un imposible.

Sobre nacionalismo, patriotismo y sus formas ha hablado Errejón, quien sigue a la sombra del pensamiento de su partido, acaso el papel más interesante en el poder. ¿Alguien dudaba de que su figura iba a ser sustituida o desplazada? Errejón ha propuesto un patriotismo fuerte y desacomplejado desde ideas progresistas y democráticas. Lo que se percibe de estas inclinaciones, dada la trayectoria, es una llamada al patriotismo como un elemento de cohesión populista. Como lo fue en el peronismo. Como en aquellas marchas de la dignidad, perfectamente orquestadas en tiempo y forma. Un valor, dignidad, al que le atribuimos un referente, nuestras siglas. Por tanto, quien no apoye esa manifestación no estará a favor de un valor como la dignidad, valor que representa, en el ideario de Podemos, su partido. Aunque sea, evidente, universal y ajeno a una determinada política. Con la idea de patriotismo de Errejón sucedería algo similar: ellos representarían el valor de España, del pueblo –el apelativo cursi e idealista de sociedad-, enfrentado con otros que han ensuciado, corrupción y paro mediante, su nombre.

Raro es el populismo que convence sin un elemento nacionalista o de patriotismo emocional. La patria como propiedad de un pueblo que se encuentra en un eje opuesto al de una casta de dirigentes que han llevado a su nación al abismo. Errejón lo sabe. Y va a empezar, se masca la estrategia, por ahí. Más aún cuando necesitan despojar su prejuicio patriótico en relación con un PSOE que le pide una vuelta de tuerka, con K. Errejón es un inamovible, una santidad de su cúpula. Ahora que se acercan las fiestas de Santiago, habrá que cambiar la popular consigna medieval: Errejón y cierra España. O cierta España.

JE SÓC ESPAÑOL

Por las calles de Cataluña ya han aparecido los primeros carteles en los que se califica de “enemigos del pueblo” a aquellos que sólo buscan el noble ejercicio de la legalidad democrática. Los protagonistas son políticos conocidos –líderes de sus respectivos partidos en Cataluña- del PSOE, PP, CSQP y Ciudadanos. El cartel dice así: “Los que nieguen el derecho democrático de la autodeterminación son enemigos del pueblo”. Esa etiqueta de “enemigos del pueblo” suele ser un lema común entre los que no poseen argumentos, sino retórica. Cuando estos perciben que el cómputo general -y ni eso, suficiente con lo parcial- de una sociedad sostiene razones, motivos, con los que rebatir sus propuestas, se dedican a la difamación, al insulto, a la tergiversación. A seguir con su único destino, el de siempre en el terruño de la mentalidad nacionalista, aunque en esta tesitura no sólo pasen los límites de la democracia –algo a lo que ya nos acostumbran- sino del civismo, al transformar la condición de adversario político en enemigo.

Argucia decimonónica es esto del nacionalismo, un siglo, una época, en que la modernidad era aún infante, adolescente. De ahí, entiendo, el triunfo de las ideas nacionalistas, su influencia en el ideario general de la sociedad española: ideología y edad mental de un siglo –el cual aún iba conociendo el desarrollo vital de un nuevo modo de pensamiento, la modernidad- van de la mano. Por suerte, crecimos, y llegó el siglo XX, y su cara opuesta, coetánea de este XIX: la democracia liberal, representativa, constitucional. Su teoría se impuso al relato del esencialismo, pensamiento siempre reduccionista, de la mitología política, y se impuso tras la Transición en España y la Segunda Guerra Mundial, junto con la caída del muro, en Europa. Basándonos en hechos reales, ni Puigdemont ni Junqueras ni los independentistas catalanes se han coscado de nada. De qué va la película.

Puigdemont prepara la consulta para octubre, días en que la propaganda política de su gobierno coincide con los rescoldos del día de Cataluña y sucesivos, circunstancia que aprovechan –cuántas veces van ya- para presumir de su poder de convocatoria en las calles y en el “sentir del pueblo”, apropiándose de una jornada que es de todos los catalanes, no sólo de los nacionalistas. Ya que las estadísticas y las urnas no garantizan tal apoyo, refugiémonos en abstracciones y vaguedades. Para fomentar la imagen de una Cataluña siempre acorde al nacionalismo; es decir, a los intereses de JxS, obvio.

Si los nacionalistas, en un lejano y discutible supuesto, invocan la consulta posible, lo harán desde el conjunto de la sociedad, pues para eso la soberanía es patrimonio general de todos los españoles, residan en Vigo, Albacete o Móstoles. La democracia representativa, constitucional, del Estado de derecho, concede la voluntad general de las decisiones políticas a ese cómputo total de la sociedad. Cabe recordar que la secesión no es unilateral, sino bilateral, y afecta a dos partes. Dicho de otro modo: si los nacionalistas catalanes pretenden la consulta sobre la independencia, esta deberá contar con el voto –favorable o no, claro- de la nación a la que, al menos hoy, pertenecen. De pleno derecho. Quien quiera pruebas, en los puntos primero y segundo del artículo noveno de la Constitución las podrá comprobar sin que el lector atisbe carácter autoritario de ningún tipo. Es más, estoy convencido de que pensará, y dirá: “Jo sóc español”.

LA CONEXIÓN DE LOS POPULISMOS

 

París bien vale una musa. Pero menos mal que no le pusieron por nombre el de Marine. El de Marine Le Pen. De haber sido así, de haberse cumplido temores, rumores, más que musa hubiese sido musaraña. En las que Europa iba pensando y al final se desengañó. O la desengañaron. Al menos por ahora: habrá que ver la deriva que marcan las legislativas en Francia. Cabe apuntar que ideólogos cercanos a las tesis del eurocomunismo asumen que Macron es tan sólo un parche al problema, y que, como ha escrito Errejón en su cuenta de tuiter –púlpito de los profetas 2.0-, sus políticas son el cauce perfecto para llevar al Frente Nacional a la presidencia, pues no son políticas, según su criterio, alternativas y populares. ¿Qué más alternativo que el voto a una de las dos opciones y qué más popular que la legitimidad de un presidente que sale de unas urnas en donde una sociedad vota en libertad, entre otros factores, claro, pero en libertad? En esos comentarios es donde se percibe el punto en común entre los populismos, sean xenófobos o comunistas o nacionalistas: la identidad de un pueblo coincide –o buscan coincidir- con la identidad de un ideal que siempre excluye a otros ideales, quien no entre en esa relación entre ideal y pueblo no es sociedad y, por tanto, queda al margen de cualquier debate. Cuando Errejón dice que Europa necesita una política alternativa y popular se refiere a su política alternativa y popular. Menos mal que se inventaron las leyes y el consenso del pluralismo constitucional en los Estados modernos.

Y así surge una figura como Jorge Verstrynge, cuyo pensamiento ha evolucionado, no cambiado, de las formas reaccionarias del autoritarismo franquista al bolchevismo nacionalista, como él mismo lo llama. Verstrynge comentaba el pasado domingo que cómo una fuerza política que representa a la clase obrera (sic), refiriéndose al Frente Nacional, ha podido perder unas elecciones en un contexto de paro y de recortes. Es decir: toda una clase pertenece a un partido, sin excepciones. Toda una identidad pertenece a un ideal por el siempre hecho de que este ideal dice que los defenderá, defensa que mantiene incógnita en el qué y en el cómo, claro. Tanto en su juventud autoritaria como en su madurez populista hay una conexión: el político no representa al ciudadano en condición de igualdad, de verticalidad, sino que es la sociedad la que representa al político en una simbiosis de la que es imposible escapar, a no ser que quieras que te llamen traidor. Este pensamiento es de un sectarismo que asombra y que, por suerte hoy día, causa cierto sonrojo. Sólo eso. Pues ahora lo que importa: Macron, al siglo XXI.

NO SON AVALES, HAY MÁS

Si en algo estarán de acuerdo los tres candidatos –Díaz, López y Sánchez- es que en el PSOE necesitan mucho más que avales y militancia. Necesitan ideas, difícil misión, y consenso para planificarlas, proponerlas y realizarlas, objetivo más complicado aún; recordemos: un partido dividido en facciones y en intereses, ¿por ejemplo?: el referéndum de Cataluña o el entenderse, para alcanzar una coalición en el Parlamento y en quién sabe qué más, con Podemos. No es poca cosa. De uno se desprenden las directrices respecto del nacionalismo catalán –uno de los grandes problemas que España arrastra y atraviesa- y del otro depende buena parte de sus fines ideológicos, del color con que contemplarán, abordarán, durante los próximos años la política socialista del partido. Así que ganara Susana –caballo ganador, por otra parte, e incluso de Troya, para otros- o Pedro o Patxi, el debate que importa seguirá su curso, caótico a veces, en las habitaciones interiores del PSOE. Esto es tan sólo una bomba de oxígeno para salvar, de momento, la respiración.

La otra bomba, esta letal, la tiene Iglesias. Bomba de relojería partidista. Bomba de relojería partidista que activó en cuanto propusieron una moción de censura al Gobierno. O al menos eso vendieron. Pero la realidad, como siempre, era otra. La realidad es que con esa moción de censura trataban de debilitar la credibilidad de PP, PSOE y Cs respecto de la corrupción que persiste en el primero. La jugada es magistral. Presento una moción, moción sin candidato aparente, pues eso, en este caso, es lo de menos; PP, PSOE y Cs dudan de las intenciones de esa propuesta, la descartan y no la apoyan; en el ideario común de la sociedad se percibe que los tres partidos protegen los intereses del Gobierno. La conspiración de la trama está servida. Y ya, de paso, el electorado del PSOE toma partido por Podemos. ¿Evitar corrupciones a la sociedad o ingresar adeptos en los círculos? De la moción se deduce lo primero; del modo en que la elaboran, lo segundo.

Por tanto, y dadas las circunstancias que rodean al PSOE, su supervivencia necesita algo más que avales y un candidato. Es cuestión de adaptar su discurso –obsoleto en la sociedad moderna de hoy- a un Estado social y democrático en el que todo lo que proponen está cumplido. Mirar a Europa, sí. ¿Pero eso lo hará Susana Díaz, quien ha dejado a medias la mayoría del programa que presentó en las últimas autonómicas de 2015, en Andalucía? Ahí está, entre otras medidas, la oficina contra el fraude, idea estrella de su legislatura. Hoy estrellada. Medidas a medias. Como este PSOE que sobrevive a base de propaganda de avales.

MACRON Y SUS POSIBILIDADES

De todas las opciones posibles y probables, la más favorable. Hablamos de Francia, país en donde se está debatiendo, como ya sucediera en otros países de Europa, España entre ellos, el careo entre la democracia liberal y representativa y su ocaso, debacle que responde al nombre del populismo, la xenofobia, el euroescepticismo, el nacionalismo y el proteccionismo, con media dosis de modelo asambleario y de políticos que se atribuyen el don de ser los verdaderos representantes de los intereses de una nación. Intereses que, oh casualidad, suelen coincidir con su ideario. Estos políticos, se llamen Le Pen o Iglesias, una francesa y el otro español, convergen en un mismo idioma. Si no, que le pregunten al periodista Rubén Amón, quien, con tergiversación como medio y finalidad, ha tenido que soportar el ninguneo y la caricatura de Iglesias en el único formato, junto con la televisión, en el que gana público: la red social. Luego está la realidad, pero ese es un campo que suele decepcionar a los que tratan de ver el mundo desde la óptica del prejuicio y del sesgo.

Pero de esa dialéctica entre democracia liberal –con su imperio de la ley y la conciencia de su vulnerabilidad, consecuencia, por otra parte, de su humanidad- y populismo, parece que apoyamos la primera opción, pese a todas las adversidades que han acompañado a Europa en la última década. Primero Holanda y ahora Francia. Si bien es cierto que el recorrido es aún largo y la incertidumbre considerable, todo apunta a que Macron saldrá victorioso de esta competición con Le Pen. Al menos en cuanto al voto y al discurso de sus políticas. Acaso será más complicado implantarlas. Mucho más, me temo, hacerlas efectivas. Pero lo dijo el escritor: todo es probable y nada es seguro.

De Macron esperan, esperamos, mucho. Sobre todo de su perfil liberal y progresista, un perfil que en España escasea, que incluso suena, para los Le Pen y los Iglesias, a contradicción. Quizá porque ahí vean a su primer adversario; su primer adversario con posibilidad material de tumbar las propuestas del populismo. Por otra parte, esa actitud y ese discurso de corte reformista y liberal brilla más, al menos hoy día, por la abstracción de las ideas que por la concreción formal de un partido, de una estructura, de un programa. Como sucede con Ciudadanos. Esa concreción formal de las ideas –saber a qué atenerse, primer requisito para saber adónde vamos- es el primer paso que deberían afrontar. Más aún cuando los otros, los del proteccionismo y el nacionalismo, lo tienen tan claro. Es evidente: destruir y cerrar siempre fue más sencillo que elaborar y crecer. Que proponer medidas originales, posibles, difíciles y constructivas. Que progresar.

POR UN BESO

POR UN BESO

El jueves de esta semana, ayer, fue el Día Internacional del Beso. Aunque mantengamos, firmes en nuestra sospecha sobre el mundo de hoy, que esto de los días internacionales es un santoral laico repleto de cursiladas, acaso demasiado ingenuas, por tanto prescindibles, este día en concreto levanta ternura y debilidades a los que somos esquivos y distantes. No obstante, besos en la historia los ha habido de todo tipo y condición. No hay que irse demasiado lejos. Esta semana tenemos un ejemplo: el beso de Judas. Beso de traidor. De una traición que, para la historia de la humanidad, cambio el curso de todo lo que estaba por venir. ¿Qué hubiese sido del humanismo y de la dignidad de la persona, del concepto del ser del individuo –en hombres y en dioses- sin ese beso del amigo fariseo y vendido por treinta monedas? Y es que los besos son eso, perdón por el ripio: revoluciones, cambios, transformaciones, ¡terremotos emocionales!, si nos dejamos llevar por ese horror llamado sentimentalidad.

Hay besos que han trastocado los planes de la historia, de la historia oficial y de la historia personal, de la historia colectiva y de la historia de cada individuo, de la historia de los manuales y las academias y de la historia de los olvidados, que es la única que importa. Y sobre ellos se han construido novelas, y propósitos, y familias, y recuerdos. ¿Quién olvida el primero? Ese beso que nos lleva de la mano a la pubertad por el camino de los instintos y de las sensaciones, binomio que nos ayuda a dar el primer paso a la madurez, y a decir hasta luego a la infancia. Y ya nada será lo mismo, empezando por nosotros.

Un beso nos recibe en el mundo y, probablemente, un beso nos despida. La primera y última palabra de lo que todo dice sin decir nada. Aquí en el ahora y allí en el siempre. Aquí en el escritorio y allí en donde cada uno imagina: un metro de Londres, una playa de Dubái, una granja perdida en cualquier poblado de Australia, qué se yo. Día Internacional de Beso solo hay uno, me temo. Sin embargo, procuraremos marcarlo a diario en el almanaque.

SOLO LES QUEDA LA AMBIGÜEDAD

Hay ocasiones en las que ponerse de perfil es un modo de mostrar, con claridad, sin titubeos, las intenciones. Podemos incurre en esta contradicción casi siempre, y es que tratan de maquillar su pensamiento con un resultado llamativo: se retratan con mayor contundencia. Diríamos que en la ambigüedad de su discurso está la exactitud –y decepción- de su pensamiento. Hemos asistido a la paradoja en multitud de discursos, actos, eventos, declaraciones. De la frivolidad y conveniencia del aliño indumentario –la camisa callejera para los mítines y las chaquetas formales para las ruedas de prensa- hasta los últimos comentarios de Miguel Urbán sobre la crisis que vive Venezuela. Comentarios en los que el político apuntó que desea una solución al problema. Cabría preguntar cuál. Aunque esa sea la clave, nunca responderán, claro. Mejor con las cartas, las pocas que van quedando, bocabajo.

El principal escollo de Podemos ha sido la ausencia de claridad, total o parcial, en sus propuestas. Demasiado moderados para los extremos y demasiado extremo para los moderados; demasiado institucional para el cántico anémico de cualquier atisbo de reflexión de la calle y demasiado callejero, infantil, para la compleja relación de los pasillos institucionales, solo aptos para mayores de edad, como las discotecas. Entre estos dos puntos, el partido no ha guardado, no ha sabido guardar, el equilibrio. Aunque lo hayan intentado. Aunque se hayan empeñado en demostrar que no es así. Pero sin el descontento general y difuso de la masa, sin las tesis de Laclau soplando en la nuca, sin la ingenua sospecha de una sociedad que considera que lo nuevo es lo mejor… nada.

Este disminuir en las expectaciones que nos sugería Podemos solo puede generar frustraciones. Donde sea: en interesados y en disidentes. En los primeros, porque tuvieron en su mano un partido transgresor que retocara, que reformulara, bases del sistema –respecto de su economía, de su sociedad, de su cultura-; en los segundos, porque qué será del periodismo sin una de sus mejores escuelas -junto con la literatura y la precariedad-: enfrentarse a un poder cuya cuestión e indagación produce enemigos y haters. Aun así, algo queda. Como ese Miguel Urbán en las calles de Madrid, indicando a los reporteros que su deseo es que se resuelva, sin responder al cómo ni condenar la situación, el problema de Venezuela; una respuesta con la que esquiva, aunque aparente transparencia, su pensamiento. Podemos en toda su dimensión; es decir, en su incesante paradoja.

SUSANA ES SUSUNA: TODOS A UNA

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó dos cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.