ESTOS SON MIS COMPLEJOS

Lo escribió hace unos días Santiago Gerchunoff en Twitter: “Hay un 97.56 % de posibilidades de que una persona que utiliza la expresión “sin complejos” sea estúpida y tenga malas intenciones”. Desde hace unos años, últimos del zapaterismo, primeros de Rajoy, se ha puesto de moda en ciertos ambientes liberales y conservadores la expresión “sin complejos”. Hay en ese eufemismo, como también dijo Jorge de Palacio en El Mundo, una radicalidad que se asocia a la autenticidad; es decir, a tener la razón, por inercia, en las discusiones: el que habla sin complejos significa que algo de verdad lleva en lo que expone. Como si las posiciones moderadas o tibias fuesen ejemplo de que algo se silencia, algo se oculta, algo se calla. Una conducta que, en la época de la incontinencia verbal y de sobreexposición de nuestras ideas en internet, sugiere hipocresía.

Daniel Capó también ha escrito de este personaje. Quien habla “sin complejos” es la persona que se ampara en esa expresión para que todos toleremos sus exageraciones, sus medias verdades o sus opiniones sesgadas y con frecuencia estrambóticas. La coletilla le ofrece una inmunidad de reproche respecto de sus contrarios: es que es un outsider, un rebelde, un incomprendido. Entendedlo. Alguien que lee a intelectuales que no están bien vistos, a articulistas que dicen lo que otros callan. Con esa actitud que históricamente se asoció a la izquierda y que la derecha tomó, sobre todo desde plataformas como la de HazteOir  de Arsuaga y similares, para hacerlas suyas: el inconformista, el subversivo y el que va a contracorriente son personas a las que hay que escuchar, porque algo, casi por naturaleza, van a decir. El carácter imprime verdades sistemáticas.

La buscada posición de marginalidad concede un lugar de privilegio en los debates. Quien está en el margen, quien va adonde otros no acuden –normalmente por inteligencia o por vergüenza-, de manera deliberada, parte desde una extraña situación de ventaja. Esa inevitable pero más que discutible situación es aprovecha por la persona que “sin complejos” suelta su discurso. Quien no sólo busca que sus estridentes opiniones sean escuchadas sino, también, sean aceptadas. La coartada de ir sin complejos no es sólo un escudo para legitimar la mala intención y la estupidez pintoresca, también es una forma de que los demás me acepten, me compren, esas malas intenciones y esa estupidez tan folclórica. Es común que cuando se ignoren los argumentos o estos se refutan, adopte el carácter de ese rebelde quinceañero incomprendido, al que el mundo no ignora o discute, sino que censura y, por qué no, persigue. La superestructura contra ellos.

Lo que no quieren sospechar los “sin complejos” –quién con más complejos que aquel que advierte de que no los tiene- es que nos convienen analistas acomplejados, vecinos acomplejados, políticos acomplejados. Al menos en la manera en que ellos entienden el complejo, que es, para el resto, la complejidad. Desde un temperamento donde nos pensamos las ideas antes de comentarlas en público; desde una prudencia que es virtud en la persona y que le confiere sensación de debilidad y de duda. Algo que siempre viene bien a la hora de tomar decisiones y de emitir juicios críticos. También de cuidar eso a veces tan desdeñado y que se llama convivencia.

PREMIO BIBLIOTECA BREVE: DE ELVIRA SASTRE Y MÁS

Entre críticos, periodistas y escritores –y más gente de las letras- se ha manifestado una reacción general de asombro y de perplejidad desde que la pasada semana se supiera el nombre del Premio Biblioteca Breve de este año. Las reacciones, en privado muchas y en público no tantas, han mantenido ese tono de discrepancia –o sorpresa- respecto de la decisión del jurado. La ganadora, Elvira Sastre, es una autora joven –de mi década de los noventa- que ha publicado una poesía con seguidores pero que, al criterio de muchos, adolece de desahogos sentimentales y de adolescente testimonio de emociones. Yo leí a Sastre en la primavera de 2016, cuando, con tan sólo dos libros en la calle, le publicaron una antología en la editorial Valparaíso. Entonces vi a la misma poeta que hacía no mucho triunfaba en Youtube: detrás de la cáscara sentimental no se encontraba nada interesante. Ahí no se podía leer más que con el corazón, y no con la cabeza. Una lectura que, pasados los años de la pubertad, a cualquiera le resulta previsible, circunstancial y anodina.

Creo que fue Borges quien escribió que la escritura es ver el asombro donde otros ven la costumbre. Elvira Sastre domina la costumbre –ahí se nota que ha leído, a diferencia de otra poesía de cantautor pop de nuestra generación-, pero no desde el asombro sino desde la declaración, y no más, de emociones. Su poesía, más allá de nimias cuestiones generacionales, no se distancia de Gabriel y Galán, de León Felipe o de Celaya; un estilo donde siempre importa más lo testimonial que la intención y el trabajo de la expresión, de la palabra y de otros criterios formales. Sí: lo que siempre se ha considerado con la vaga –como todas- etiqueta de poesía popular. Una poesía que tiene seguidores, admiradores y gente que hace cincuenta años iba a los recitales folclóricos y hoy sube las visitas de una cuenta de Instagram.

Esa capacidad de congregar público en torno a la autora es importante a la hora de comprender otro motivo del desencanto, del estupor, en el mundo literario. Muchos apuntan que el criterio que el jurado del Biblioteca Breve ha seguido no es de la calidad de la obra sino el de la cantidad de libros que se venderán con esa obra. Es probable que sea una opinión fundamentada: la editorial da el premio, pero también, en esa operación de marketing, se lo da a sí misma. Desde que se crearan los primeros premios literarios –en consonancia con un mercado que iba creciendo-, algunos críticos han señalado casos similares muy conocidos, como el del boom, y otros menos famosos, como el de los narraluces.

Aunque estos críticos de Elvira Sastre puedan estar en lo cierto, se olvidan de un detalle que por exceso de idealismo a la literatura buena quizá obvian: el mecanismo que el mundo editorial ha depositado sobre ella no es muy distinto al de otros autores de mayor prestigio. Donde siempre, si no se mira el pedigrí de la venta, sí se tienen en cuenta factores ajenos a la literatura, como el estilo personal o el pensamiento del autor. O las relaciones que pueda tener. O la reputación que lleve en su trayectoria. O de qué se hable en la obra, si esta dirá algo a un público que busca leer ese algo. Es una ingenuidad pensar que un premio se gana, o que una editorial publica tu libro, por el hecho de presentar un excelente manuscrito.

De las reacciones al Biblioteca Breve, también ha sido interesante leer cómo ha respondido la prensa cultural. Donde tantos artículos se han escrito sobre la decadencia de la literatura, vendida al criterio mercantilista y al balance de situación, pero donde pocas veces se rastrea en busca de nuevos autores jóvenes. Los cuales, por esa insistente crítica manida –que no busca valorar sino publicitarse ante el ágora de la cultura como gente leída-, pierden proyección y posibles lectores. Quien quiera conocerlos, algunos nombres: Juan Vico, Silvia Terrón o Cristian Crusat.

LO QUE NOS DEJÓ LA INVESTIDURA ANDALUZA

De la investidura en Andalucía, tres capítulos: un Vox que empieza a perder la relevancia política que buscaba, un Adelante Andalucía sin apenas fuerza ni mediática ni ideológica y un PSOE que se ha permitido el lujo de caer en otro error. Por lo demás, la relación entre Partido Popular y Ciudadanos se consolida en un pacto donde todos, según gente cercana, han salido satisfechos. Entre ellos prevalecen la cordialidad y la sintonía, un entendimiento sobre las formas y sobre el fondo. Jamás dos nombres de la política española pensaron llegar tan lejos: ni Moreno Bonilla ni Juan Marín.

Ya cumplida la sorpresa de la alternancia –el cambio para los más optimistas, ya veremos-, otra sorprendente aunque previsible coyuntura se viene: la de un Vox que empieza, paulatino, a perder el ímpetu de su estridente discurso y a quedarse ajeno al mando de las instituciones. De las primeras exigencias del partido de la derecha nostálgica y reaccionaria, apenas queda: las movilizaciones feministas se manifestaron contra la nada: Andalucía, en materia de violencia doméstica, machista, de género –como se quiera según confesión- seguirá tal como anduvo hasta hoy. De las otras peticiones, pues necesitan de unas mayorías parlamentarias que hoy día ni imaginan: no se puede reformar el estado de las autonomías con unos pocos diputados ni pueden echar a esos 52000 inmigrantes ilegales que más que molestar, podrían contribuir –este artículo del profesor Manuel Hidalgo demuestra evidencias-. Nos queda un partido que, como han apuntado varios analistas, ha envejecido demasiado pronto. Lo que Podemos hizo en cuatro años, Vox lo ha recorrido en apenas cuatro meses.

Similar, por significativa insignificancia, resulta Adelante Andalucía, ese conglomerado de la izquierda populista, andalucista y romántica que lleva lo más adolescente de la izquierda y del andalucismo: la emoción de las letrillas populares de Carlos Cano y esa perezosa autocomplacencia del siempre andaluz derrotado que lucha contra la opresión de los otros. Fingen la postura incómoda y revolucionaria, pero en el fondo es la más sencilla, la más confortable: la de los pobrecitos por destino. Hablamos de un partido que son dos escisiones: de Podemos y del Partido Andalucista -sobre todo del Partido Andalucista de afinidad izquierdista, el mayoritario en los últimos años-. Sin propuestas interesantes, sin la capacidad de llamar la atención de su electorado –más importante aún en la táctica populista: la atención del electorado adversario-, Adelante Andalucía se queda en las instituciones con un discurso desfasado, ajeno a su tiempo, y sin socio con el que gobernar. Al menos ahí mantienen coherencia, y es de agradecer: nadie como ellos, sobre todo Teresa Rodríguez o Juan Moreno Yagüe, le hicieron oposición al PSOE.

Y ya sólo nos queda, como ellos solos se han quedado, un PSOE que con nombres como Susana Díaz o Verónica Pérez ha acudido al peor de los aliados en la derrota: la desesperación. En una estrategia que enseña sin pudor la peor cara de ese partido en Andalucía, han usado la causa feminista y el aumento de las simpatías respecto de la derecha radical como justificación de lo necesarios que son para todos los andaluces. No importan aquí las histriónicas medidas de Vox o el feminismo: lo que importa es usar esas causas, de las que saben de su apoyo social y mediático, para posicionarse a favor de esa mayoría aplaudida. Y así dar esa pretendida y cínica imagen de buenos. Todo con un rodeo al parlamento que hasta hace dos meses no hubiesen secundado: cuántas veces hemos visto a Susana Díaz declinando esa práctica populista. Y así de gris termina un partido que se creyó Andalucía: sin poder, sin socios y sin credibilidad.

EL POPULISMO, AUNQUE POLÍTICO, IGNORA LA POLÍTICA

Aunque lo lleve en la raíz de la palabra, para el populismo ese pueblo es tan sólo un medio. Nunca un fin. Similar al déspota dieciochesco, el populista coetáneo toma el concepto de pueblo como un medio para otros fines: la atención mediática, la acumulación de poder, el escaño en la institución pública, el chalet de Galapagar. Lo que diferencia al político que presta servicio público del adanista que predica tierra prometida es que para el primero la sociedad siempre será un problema que necesita de soluciones mientras que para el segundo la solución es tan sólo señalar el problema. Incluso cuando estos no presentan síntomas de gravedad, para así favorecer la propia carrera política; es decir, el bienestar personal, profesional, económico. Lo vimos hace unos años en Podemos, cuando denunciaban las privatizaciones –el deterioro- de la sanidad pública en Madrid. O ahora en Santiago Abascal y sus medidas contra la inmigración ilegal. Unos fueron atendidos por esos hospitales públicos y todo fue gratitud y elogios; el otro, cuando le preguntaron en una entrevista en El Mundo, no supo qué cifra dar respecto de esa entrada masiva de inmigrantes en España. La credibilidad, pues ahí.

El populismo diagnostica el problema – y de manera superficial-, pero rara vez ofrece solución. Y si la ofrece, siempre será compendio de frivolidades, sentimentalismos, simplicidad. Frivolidades, sentimentalismo y simplicidad que atraen la firma del analista inteligente y del periodista agudo, y así llega a una sociedad cuya conversación no sale de esos límites: ahora Vox en el parlamento de Andalucía como ya fue Podemos en aquellos años de 2015 y 2016. La primera consecuencia de esta constante atención –noticias, debates, charlas distendidas- a partidos que tan sólo promueven ideas que o bien erosionan la convivencia o bien son utopías sin demasiada concreción en su desarrollo es que ignoramos propuestas interesantes y que nos afectan directamente. Propuestas que sí condicionan nuestra vida o nuestras instituciones, que hacen política. Ejemplos: el reparto de vocales del Consejo General del Poder Judicial o una revisión de la cuota para autónomos según el nivel de ingresos.

De tanto hablar y cuestionar programas políticos irrealizables o de contenido ingenuo o descabellado –sospecho que las conocidas cien medidas de Vox se han leído más en los adversarios que en los votantes de ese partido-, olvidamos problemas que repercuten y que necesitan de propuestas políticas meditadas, adultas y solventes. De propuestas que  fuesen capaces de contribuir al progreso de la sociedad, y que no se dedicaran a fomentar el conflicto a base de calculadas mentiras y de premeditados quejidos alarmistas. Con los que tan sólo se busca –se provoca- la adhesión del votante desencantado. Mediante esta fórmula fue como Podemos hizo la revolución: la suya propia. Por Vox, ya veremos.

Sí: el populismo ignora la política. Al menos la política posible y la política deseable: propositiva y no excluyente; con argumentos y no visceralidades; de análisis riguroso y no de prédicas interesadas. Nosotros, como sociedad, por inercia de ese alarmismo, llevados por la comprensible curiosidad hacia lo nuevo y promocionado aquí y allá, también ignoramos esa política que sí merece atención. La que nos resuelve el pan y la casa. La política que construye esa palabra con la que algunos hicieron el negocio de sus vidas: pueblo.

C. TANGANA, Y ROSALÍA, Y LA POLÉMICA

En este 2018 que ya cuenta días para su despido, la industria musical española ha cincelado dos nombres en la radio, en la discoteca y quizá en la memoria de una generación: C. Tangana y Rosalía. El primero con sus trabajados videoclips de evocación ochentera e imagen de patrón del crimen; la segunda con el inconfundible eco de los cantes populares y toda la gracia –la gracia virtuosa- de los sonidos flamencos. Ambos, trá, trá, tirando billetes de cien, con cita en eso que solemos llamar talento. Ahí, más o menos, coincidimos todos.

Es indudable que tanto C. Tangana como Rosalía convergen en un éxito temprano e inmenso al que le queda fijar trayecto pero que ya apunta destino. Ellos saben qué buscan, ellos saben qué quieren ofrecer. Y tienen, cumplido el dificultoso trámite de la idea propia y de la personalidad definida, lo más difícil: una industria que quiere apostar –pagar- y un público que quiere atender –pagando-. Con menos se han fundado religiones de notable repercusión.

El triunfo de ambos, de la amiga Rosalía y del amigo C. Tangana, reside en esa concepción del arte que algunos buenos artistas, por exceso de ingenuo romanticismo, con soberbia rechazan. Saber venderse. Y es que en el arte no deberíamos hablar, solo, de creación, también de cómo vender esa creación. Porque sin lectores en la novela, sin visitantes en las exposiciones, todo es insignificante. No sirve de nada entregar una vida al trabajo artístico si no se difunde y se sabe vender, si en lugar de conversación se sucede el monólogo. Arte y mercado, contra el trasnochado idealismo romántico, son dos realidades tan abstractas como complementarias.

Lo más probable es que tanto Rosalía como C. Tangana, si tan solo dependieran de su música, que sí, que convoca interés, que sí, que entrega calidad, no hubiesen alcanzando el reconocimiento que hoy día disfrutan ni hubiesen actuado delante de miles de personas. Si tan solo vendieran música, lo más probable es que fueran dos artistas conocidos –reconocidos, admirados- dentro sus propios círculos. Pero no se han conformado con eso y, ayuda de la industria, han elaborado un discurso que suscita polémica y que a su vez les sirve para crecer –darse a conocer- en sus carreras. En el caso de Rosalía, es el debate sobre las identidades –en un contexto político de nacionalismos y populismos-; en el caso de C. Tangana, es el artista cuya obra es irrelevante, porque la obra es el propio artista –en la época del narcicismo tuitero y de los nuevos líderes carismáticos-. Una idea similar a la noción del arte que predicó Andy Warhol, con esas medidas extravagancias suyas. Como aquella de desordenar su casa, mover muebles, tirar trastos, horas antes de una entrevista. Una entrevista de Pitita Ridruejo, quien siempre comenta que jamás se sorprendió ante la escena. Y es que cómo se va a sorprender de esa imagen alguien que habla con Jesucristo.

C. Tangana y Rosalía, además de invertir en la promoción y en la imagen, también han invertido el propósito común del artista: primero el discurso, que ahora viene el arte. Aunque este ya de por sí, una vez planteado, pueda seguir generando otros discursos. Los éxitos de C. Tangana y Rosalía están en que han sabido leer la sensibilidad de una generación para así captar atenciones, construir debates, encender discusión. Y ahí, cuando la hipnosis de la polémica –calculada por la industria, y qué- ha contagiado sus efectos, han diseminado la buena música, su buena música. Dando sentido, propósito cumplido, a su trabajo. Y uniendo factores que a veces, por prejuicios, algunos creen incompatibles pero que mutuamente se necesitan: el talento y la industria.

DEBATES PARA NO DEBATIR: POLÉMICAS, RETUITS Y MÁS

Conversaciones que en las redes sociales se definen como “guerras culturales” no pasan de anodino intercambio de impresiones en la sobremesa. Lo que en un lugar se predispone a palabras como “incendiar”, “polémica” o “ruido”, en el trato personal no va más allá de un debate moderado donde se exponen dos versiones de un mismo hecho. Y sin demasiada efusividad, sin intenso entusiasmo: el tema queda entre dos orillas cuyo río es de un caudal manso, de sosegado temperamento. Yo opino esto, tú opinas lo otro y poco más. Suele ser así: hay considerable diferencia en la manera en que tratamos los debates en las redes sociales y en la vida ajena al digital ruido.

Es extraño: por el modo en que los abordamos, parece que ni el contenido machista en las letras de Sabina o la connotación homófoba de las palabras o los límites del humor dan síntomas de importar demasiado a la sociedad distante de las redes sociales. Sin embargo, cuando estas cuestiones emergen en el ágora tuitera, transmiten sensación de ser temas relevantes, importantes, temas que captan toda nuestra atención, que generan comentarios, incluso artículos, incluso ensayos. Aunque nunca se llegue a conclusión, aunque siempre sea el perenne cacareo de dos partes que jamás se entienden. Porque quizá no haya nada que entender.

Las redes sociales dan apariencia de “diálogo”, pero su dinámica es distinta. Lo que triunfa en ellas no es el debate: no están diseñadas para el pensamiento sino para el ocio, la dispersión, las distracciones de otras tareas intelectuales. Tuiter se concibe desde el narcisismo, no desde la divulgación altruista o el foro de ideas; ahí no se va a aprender sino a lucirse o dar el espectáculo –en Rufián, por ejemplo, convergen ambas pretensiones-. No importa tanto dilucidar un hecho como ser el que mayor número de retuits e interacciones tenga al comentar ese hecho. Normalmente, desde el tono irónico, burlesco, de gracieta de instituto. Y casi siempre desde el cliché, desde el balbuceo, con el argumento de catálogo, la idea enlatada o el préstamo del tuitero. El por qué la palabra “mariconez” es homófoba qué más da, lo importante es que todo mi timelime sepa lo que pienso de la palabra “mariconez”; y sobre todo, que todos los que piensan como yo vean que pertenezco a su sensibilidad, que soy afín a ellos, que formo parte de su comunidad. Construyendo así no un pensamiento sobre una cuestión, sino identidades.

Lo que las redes sociales tienen de debate no es más que una sobreexposición de argumentos previsibles que no buscan el diálogo sino la identidad, que otros vean que perteneces a su camada. De ahí que estas cuestiones sean tan polémicas, tan “incendiarias” en Tuiter, y tan moderadas o apáticas o insulsas en la calle –un polémico en Tuiter y un moderado en la calle-. Porque en el fondo nos dan igual los planteamientos y los problemas que suscitan estas discusiones, porque no nos importan “los límites del humor” o el machismo en las letras de Sabina. Lo que nos interesa es que seamos nosotros, a base de retuits y de comentarios, los que tengamos alcance, los que tengamos difusión.

¿UNA DERECHA QUE QUIERE SER IZQUIERDA? EL CASO JOSÉ MANUEL SOTO

Elegido embajador de Tabarnia en su ciudad natal, José Manuel Soto declara en un medio digital sevillano que se siente “un poquito como los cantautores que hacían canción protesta en los años sesenta”. Obviamos la diferencia primera, que es ética y política: en aquellos años hubo dictadura autoritaria donde hoy hay democracia liberal. Obviamos la diferencia segunda, que es estética: el interés que sugieren las canciones de unos comparado con las canciones del otro: donde antes escuchábamos reivindicaciones hoy tan sólo oímos folclore. Y que no podemos equiparar la censura franquista con el aburrimiento de tuiteros desahogados, que es lo que muchas veces pretende nuestro cantante embajador: posicionarse como alguien que sufre por decir sus verdades. Todo, apuntamos, por comentarios con faltas de ortografía en una red social.

Pero esa tesis de José Manuel Soto no es aislada, y además coincide con el criterio político de la derecha española, casi siempre más sociológica que política. Como todo grupo minoritario –la derecha conservadora de José Manuel Soto lo es-, palabras y hechos que suenen a persecución, linchamiento, censura, aislamiento social, contribuyen a formar una imagen de pensamiento marginal que es oportuna para legitimar posiciones, para dotar de razones políticas necesarias: lo que queda fuera de lo convencional, siempre seduce, siempre produce empatías, consecuencia de esa extraña –por otra parte también convencional- relación entre lo marginal y lo heroico, o entre lo minoritario y lo justo. La imagen de debilidad, en este caso, suple toda carencia de argumento o de propuesta motivada –Daniel Gascón hablaba, no hace mucho, de una idea similar-. Es significativo que de sus ideas los seguidores siempre dicen que son valientes, aunque el valor no suponga mérito alguno en este caso. Las ideas no necesitan de ser valientes sino inteligentes.

José Manuel Soto sufre un acoso tuitero en el que se siente como los cantautores perseguidos en la dictadura por motivos ideológicos. Pero Soto, inconsciente, necesita de esas notificaciones en el teléfono móvil, casi que disfruta de ellas, pues lo llevan a que “se sienta” como estos cantautores censurados, lo que a su vez coloca al cantante folclórico en la tesitura del hombre-héroe que se sacrifica por la idea, por sus principios, por sus convicciones. Una opción que, en la época de Marvel y de las películas de Hollywood, no es tan sufrida como rentable, atractiva.

Hay una derecha que se apropia de esa buena consideración social que tienen los movimientos sociales minoritarios, los que siempre quedan fuera de toda idea mayoritaria. Ese prestigio moral que denota la condición de outsider es el sustrato ideológico y ético de buena parte de los conservadores de hoy. Quienes son, claro, los conservadores de siempre. Tan sólo muta la estrategia. El caso de José Manuel Soto es otro más, uno de tantos que se disfrazan de apartados para captar la atención de los oyentes, de los lectores de su cuenta tuitera. Se diría que disfruta de lo que hace, que lo pasa bien en ese personaje épico: qué adrenalina en el cerebro cada vez que refresca las notificaciones. Se asemeja a aquellos ejecutivos de clase media que en las vacaciones se visten de atuendos hippies, desaliñados, para pasar la tarde en el chiringuito cool de Formentera o de Ibiza.

Pero lejos de esa pose de reivindicación que sirve casi de ocio, que no pasa de ser una experiencia momentánea, como el que compra uno de esos pack para bucear con tiburones o para salta de un puente, José Manuel Soto guarda coherencia en su discurso político, en ese nuevo propósito de embajador de Tabarnia. Por aquello que cantaba de dónde está la pared, pam, pam, que separa tu vida y la mía. Eso hay que reconocerlo.

A MÍ LA CORRUPCIÓN ME GUSTA MUCHO

Ocurre: muchas veces, sobre todo cuando se charla de política desde visiones opuestas, la corrupción deja de ser un hecho para el análisis y se convierte en un argumento para desacreditar las ideas de quien tengamos delante de nosotros. Sucede que en los casos de corrupción en los que estén implicados los ideológicamente afines a mi contrario, encontramos un gusto de absolvernos nosotros, de absolución de lo propio. Así, muchas de las noticias que compartimos en Twitter o en Facebook, en los grupos de Whatsapp de los amigos o en las charlas de sobremesa, no pretenden tanto debatir, encontrar errores y soluciones, como demostrar cómo de equivocada está la idea del que me discute: si se charla, por ejemplo, sobre políticas públicas –educación, sanidad, temas recurrentes-, casi siempre habrá quien recuerde casos de corrupción de uno y otro partido, de una y otra perspectiva, más liberal o más socialdemócrata, para demostrar que el otro se equivoca. “Cómo van a gestionarlo así, si mira lo que hicieron con esto”, sería el argumento.

Es un extraño regocijo en el error del otro. En la corrupción ajena, cuando no coincidimos con las ideas de esos otros, nos invade una sensación de triunfo de nuestro criterio. En ese planteamiento, en esa conducta, la corrupción no es más que un medio de legitimación de nuestros intereses. Al exponerla al público, al compartirla en nuestras redes sociales, a nuestros seguidores, no se busca tanto la acusación o la solución de un problema que afecta a la sociedad como una autoafirmación de nuestras creencias. Si el votante de derechas lee en la prensa un caso de corrupción de un partido de izquierdas, irá a compartirlo, para enseñar a los demás lo equivocados que están. La corrupción no importa tanto. O importa en la medida en que me beneficia en el proselitismo.

Esa manera de comportarse se asemeja a los lectores que mantienen fobias con periodistas de ideas contrarias, normalmente columnistas relevantes en sus medios –y en la sociedad-. Apenas leerán columnas suyas, apenas seguirán lo que publican; pero basta con que haya un día en que publiquen una columna que ofrezca polémica para que estos acudan a su odiado columnista de cabecera y compartan -para aplauso de todos-  las opiniones, según ellos, tan despreciables que el columnista ha escrito. Hay un componente narcisista de recreo en la idea propia, de volver a dar –a darte, a ti mismo- la razón una vez más. El concepto: no me gusta este tipo y, aunque tenga mayoría de columnas durante el año en las que se pueda discrepar de pasada e incluso estar de acuerdo, compartiré la que tanto rechazo causa a los míos, a los que piensan como yo. Incluso se ha llegado a pensar que ellos, esta gente que odia tanto, necesitan de ese columnista más que sus lectores.

Este uso de la corrupción para definirse en la idea, para darse la razón, para tener ocasión de decir “disfruten lo votado” también es similar a quien comparte hechos circunstanciales que hace pasar por habituales, y todo porque concibe que ese hecho circunstancial, que regala el papel de víctima, es lo habitual. Este criterio es común en minorías sociales y en confesiones religiosas: una pintada de un símbolo anarquista en las puertas de una iglesia es consecuencia de una sociedad anticlerical.

En ocasiones, de manera inconsciente o deliberada, buscamos respuestas en la corrupción, bien para justificar nuestras ideas, bien para desprestigiar los argumentos de los otros, bien para confirmar nuestros prejuicios y nuestras fobias. Mientras, claro, todo lo que sí importa sigue sin remedio, y casi sin culpa.

ESOS RAROS PACÍFICOS: DE GOLPE A GOLPES

Casi un año desde que el nacionalismo catalán comenzara –invocara- el procés y la cronología advierte evidencia: el independentismo no opta por el pacifismo, no es un movimiento político pacífico. Contra el cuento macabeo, el relato, impuesto desde la propaganda de la política independentista catalana, apenas nada en él se ha preparado desde la intención de las buenas maneras: ni políticas ni jurídicas ni sociales. No ha habido ejemplo ni demostración alguna de civismo, aunque en su legítima perorata traten de venderse en lo contrario. En este casi año que ha durado, está durando, su pretensión separatista, en multitud de ocasiones hemos visto, leído, oído, cómo se insistía, desde ese tono tan soberbio de quien explica una trasparente obviedad, en que el independentismo era ante todo un proyecto pacifista. Recordemos las comparaciones de Puigdemont con Mandela, por citar uno de los tantos irrisorios capítulos que esta trama nos ha regalado.

Pero nada de pacifismo en quien en la calle agrede sedes de partidos adversarios y en las instituciones desprecia, coacciona, ignora, las ideas del que se mantiene al margen. No han sido pocos los momentos en los que el independentismo ha mostrado una actitud violenta respecto de sus contrarios: desde ataques a los locales de Ciudadanos hasta tratar de imponer la voluntad personal –popular apuntan ellos- a la ley de todos, al consenso cívico de una sociedad democrática en la que dudamos que crean, tanto por interés partidista como por estrategia política. Aquello del nacionalismo  moderado, hoy día, se reserva para una sociedad catalana que no sabemos muy bien dónde está. Desde luego que no se encuentra entre quienes apoyan con votos a los separatistas ni entre los que permiten, aunque sea por omisión, la intromisión de la idea –la mentira- en unas calles que bien estarían ajenas a la mancha de la discordia, de la provocación, cuyo nombre lleva lazo de color amarillo.

En esa actitud tan insistente sobre el pacifismo en los discursos del independentismo subyace otra lectura. No hay tanta intención de ser pacífico como de buscar en el pacifismo un modo más de provocación y, a su vez, de activar un victimismo que es eje sobre el que depositan toda la arquitectura de su propaganda. Está premeditado, lo saben: los independentistas que apelan a una supuesta voluntad pacífica cuando al mismo tiempo imponen el criterio particular sin mayoría ni respaldo legítimo alguno, provocan a la sociedad, quien reaccionará con el rechazo a la propuesta, lo que propiciará esa caricatura de víctima, de imagen de la opresión de un Estado, de una sociedad que no comprende las aspiraciones del nacionalismo y que condiciona la libertad de una opción política que es legítima, pero que no acepta las reglas de la democracia.

Y así vamos para el año. Un año desde que todo empezara. Un año en el que el independentismo ha demostrado cuáles son sus objetivos, sus formas, sus prioridades y sus ventajas. Entre estas últimas, con los hechos en la memoria, ninguna; entre las primeras, la división de la sociedad catalana, la tergiversación, la provocación, el disturbio y un pacifismo muy raro: del golpe a los golpes. De la toma de las instituciones al odio en los parques.

DIGO LIBERAL EN EL ABORTO Y CONSERVADORA EN LA GESTACIÓN SUBROGADA, Y A LA IZQUIERDA LE PITAN LOS OÍDOS

Acude la izquierda al debate sobre la gestación subrogada. Un asunto en el que podría proponer juicios que contribuyeran a limitar, que es razonar, un dilema de la sociedad de hoy. Sin embargo, las únicas aportaciones que se oyen son de discrepancia, sin mayor propuesta o motivo. Una discrepancia sin aparente causa ni explicación argumentada que, al menos así se intuye, emana de intenciones morales: no se debe poner precio al vientre de una madre biológica para que otras familias, suelen apuntar que de mejor posición social, sean los padres de ese recién nacido. Así lo expusieron en una nota redactada desde Podemos: “(…) nos oponemos a cualquier cambio legislativo que permita esta práctica en España, porque consideramos que vulnera los derechos humanos de las mujeres en nuestro país y en el mundo, al introducir en las leyes del mercado la capacidad reproductiva de las mujeres, con el consiguiente riesgo de explotación”.

Está bien, aun a falta de conclusión razonada, que la izquierda ofrezca ese criterio, lo que asombra es que esos escrúpulos morales respecto de la gestación subrogada no se manifestaran en otro asunto de naturaleza similar: el aborto. Sorprende la inflexible certeza con la que la izquierda defiende sus ideas en relación con la gestación subrogada, ideas que pasarían por conservadoras –están próximas al humanismo cristiano- en un debate sobre el aborto, donde la voluntad de la persona era el principal argumento progresista para defenderlo. Mi cuerpo, mis decisiones, decían. Si en el aborto se interrumpe una vida en gestación por diversas razones personales, en la gestación subrogada una persona decide, del mismo modo, gestar una vida para ofrecerla a una familia, pareja, matrimonio, incapaz de procrear. ¿Por qué la izquierda toma en el aborto la decisión personal como un argumento para su defensa y no contempla ese criterio en la gestación subrogada? ¿Por qué se muestra tan liberal en un supuesto y, en principio, tan conservadora –aquí coincidirían con buena parte de la doctrina católica- en otro? No se sabe con precisión, aunque podría imaginarse una respuesta tan decepcionante como simple: porque la gestación subrogada es una medida propuesta por un partido socioliberal cuya etiqueta, para la mayoría del electorado de izquierdas, es de derechas: Ciudadanos.

Parece que las objeciones de la izquierda a la gestación subrogada –que podríamos tener objeciones; de hecho, hay debate-  no son por su contenido sino por quién enunció primero ese contenido. No es tanto un rechazo a la propuesta como un rechazo a quien formula esa propuesta, de dónde viene la idea. El desenlace de esa coyuntura es un ideario de letanía papagaya que incurre en obvias contradicciones, en tesis sin argumentos, en panfleto prefabricado.