SOLO LES QUEDA LA AMBIGÜEDAD

Hay ocasiones en las que ponerse de perfil es un modo de mostrar, con claridad, sin titubeos, las intenciones. Podemos incurre en esta contradicción casi siempre, y es que tratan de maquillar su pensamiento con un resultado llamativo: se retratan con mayor contundencia. Diríamos que en la ambigüedad de su discurso está la exactitud –y decepción- de su pensamiento. Hemos asistido a la paradoja en multitud de discursos, actos, eventos, declaraciones. De la frivolidad y conveniencia del aliño indumentario –la camisa callejera para los mítines y las chaquetas formales para las ruedas de prensa- hasta los últimos comentarios de Miguel Urbán sobre la crisis que vive Venezuela. Comentarios en los que el político apuntó que desea una solución al problema. Cabría preguntar cuál. Aunque esa sea la clave, nunca responderán, claro. Mejor con las cartas, las pocas que van quedando, bocabajo.

El principal escollo de Podemos ha sido la ausencia de claridad, total o parcial, en sus propuestas. Demasiado moderados para los extremos y demasiado extremo para los moderados; demasiado institucional para el cántico anémico de cualquier atisbo de reflexión de la calle y demasiado callejero, infantil, para la compleja relación de los pasillos institucionales, solo aptos para mayores de edad, como las discotecas. Entre estos dos puntos, el partido no ha guardado, no ha sabido guardar, el equilibrio. Aunque lo hayan intentado. Aunque se hayan empeñado en demostrar que no es así. Pero sin el descontento general y difuso de la masa, sin las tesis de Laclau soplando en la nuca, sin la ingenua sospecha de una sociedad que considera que lo nuevo es lo mejor… nada.

Este disminuir en las expectaciones que nos sugería Podemos solo puede generar frustraciones. Donde sea: en interesados y en disidentes. En los primeros, porque tuvieron en su mano un partido transgresor que retocara, que reformulara, bases del sistema –respecto de su economía, de su sociedad, de su cultura-; en los segundos, porque qué será del periodismo sin una de sus mejores escuelas -junto con la literatura y la precariedad-: enfrentarse a un poder cuya cuestión e indagación produce enemigos y haters. Aun así, algo queda. Como ese Miguel Urbán en las calles de Madrid, indicando a los reporteros que su deseo es que se resuelva, sin responder al cómo ni condenar la situación, el problema de Venezuela; una respuesta con la que esquiva, aunque aparente transparencia, su pensamiento. Podemos en toda su dimensión; es decir, en su incesante paradoja.

SUSANA ES SUSUNA: TODOS A UNA

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó dos cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

¿TRIBUNALES PARTIDISTAS?

No sé si se trata de una etiqueta con la que colmar de visitas a los titulares de los periódicos o si bien es una realidad posible, total; desconozco si nos vence el interés de buscar una connotación ideológica a lo que no tiene más vuelta de hoja o si de verdad hay en el candidato una inclinación partidista manifiesta que pueda, en cierto modo, perturbar su oficio de autoridad pública. Es complicado establecer el límite, pues de la suposición y de la sospecha sobre la ideología del magistrado, y sobre si esa ideología afectará al principio de rectitud y de correcta interpretación de las normas que a tal cargo se le presume, no esperamos más que la especulación y la posibilidad, sin mayor garantía de que lo teórico se transforme en hecho. Todo esto viene a cuento del nuevo presidente del Tribunal Constitucional, Juan José González Rivas, de pensamiento conservador, y de su recién nombrada vicepresidenta, Encarnación Roca, más cercana a criterios progresistas, elegidos ambos por el Pleno del tribunal.

Cuando los medios informan de que han sido elegidos nuevos magistrados del Constitucional, buena parte de la atención de la noticia gira en torno a su pensamiento político, y, consecuencia de este inevitable interés, a si el método de la elección, en una democracia liberal, es el adecuado. Junto con el patriotismo constitucional, con la economía social de mercado, con el Estado aconfesional y con el cuidado de los derechos fundamentales y de las libertades públicas, uno de los cimientos de cualquier sistema político democrático moderno es la independencia de jueces y de magistrados. Pero que una persona, un cargo público, en la intimidad –por personal, no por necesidad de ocultar nada, claro- de su pensamiento, sea de tal o cual inclinación política, ¿es sinónimo de falta de independencia en el sistema judicial? ¿O, en cambio, hay que asumir con naturalidad la ideología y confiar, verbo tan de democracia, en que esto no suponga injerencia alguna?

Que no vendría mal una reforma en el proceso de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional es innegable. De hecho, hola Ciudadanos, cualquier partido reformista y liberal debería aspirar a tal. No obstante, acaso el equilibrio sea la intuición y aviso de la prensa y la confianza y paciencia de la sociedad. Unido al buen funcionamiento de la institución pública. A pesar de los alarmistas y de los incendiarios, es lo que suele suceder.

JUSTICIA SIN SENTIMIENTOS

Las sentencias cumplen en el ruedo ibérico un doble cometido: tanto enjuician y determinan una causa como, no sé si por acción u omisión, emiten un juicio crítico, o un retrato, sobre la sociedad en la que persisten. Daños, benditos daños, colaterales del Estado de derecho, acaso. Lo vemos con frecuencia en las reacciones del español medio a las noticias vinculadas a casos de corrupción –que en el argot jurídico se apodan cohecho, malversación, tráfico de influencias-: “Más años le deberían haber caído”, “poco es para lo que ha hecho”, “la justicia es un cachondeo”. Estos comentarios se deben a que al individuo en cuestión no le satisfacen las penas, las instrucciones o los años de pena de prisión, pues en su criterio el resultado o el, perdón por la exageración, castigo no se corresponde con el hecho delictivo que aquí los magistrados tratan de dirimir. Pero, ah, el asunto no es tan simple, y detrás de toda esta nimiedad se esconde un complejo laberinto de intereses y conductas.

Desconozco si este comportamiento es usual en otras naciones, pero en España no cesa. Un ejemplo: la condena de dos años al ex presidente de la Generalitat, Artur Mas, por perpetrar ese esperpento que llamaron referéndum. Sí, el del 9 de noviembre. Los apuntes no se han demorado. En la mayoría de los casos tratados, personales, y leídos, vecindario del post y los 140 caracteres, la disconformidad es notable. Y es que nadie anduvo satisfecho, ya sea por exceso o por defecto. Hay dos grupos: los que creen en que es un final decepcionante, que más dura debía haber sido la pena; y los que piensan en que todo es una exageración, como así lo estima Pablo Iglesias, quien a golpe de tratado tuitero consideró que condenar a una persona por sacar las urnas a las calles es un despropósito. Es evidente que Mas no solo sacó las urnas a las calles sino que en esas urnas propuso una secesión que vulnera cualquier precepto constitucional. Iglesias, al ser jurista y politólogo, lo sabrá, claro: por eso mismo sesga tal advertencia. Pero bueno, para qué mayores indicaciones sobre los modos de lo que ya cansa. En este caso, la situación se presta más al humor que al análisis.

Lo que aquí ocurre es una colisión entre ideología y derecho, choque de trenes del que, a pesar de todo, la justicia española escapa con la destreza que da el conocimiento; es decir, el saber qué se hace, con independencia de otras inclinaciones. Parece que nada más punk que la defensa de los tribunales como garantes del funcionamiento de la democracia, y de su sociedad, que no es más que el consenso de las leyes; vamos, el cumplimiento de sus deberes y el goce de sus derechos. Que se podría retocar y acicalar el edificio, pues claro, ¿pero dónde está el pacto que acordaron Ciudadanos y Partido Popular, pacto que, entre otros puntos, trataba una reforma en la elección de los magistrados del CGPJ? Mientras llega la buena nueva, nos conformamos con la cita del clásico, esa que dice que la justicia es la continua y perpetua voluntad de atribuir a cada su derecho. Por aquí, pese a los instintos, no cabe contrario.

UN FEMINISMO

Hoy es 10 de marzo de 2017, un día, supongo, anodino, rutinario, pasajero, propicio al olvido, como los rostros de los compañeros de viaje en el vagón del metro; un día sin expectativas de género épico o de mayores victorias, a lo sumo una noche de concupiscencias o desenfreno de las pasiones, de certezas universales e inconfesables, de todo lo que bajo la etiqueta de humano nos hace divinos. Pero eso acaso sea esperar demasiado. Hoy, que no hay cifra ni fiesta de calendario, leo una noticia en la que el alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta un dato bastante crudo: en varios países, Burundi o Rusia, dos ejemplos, uno lejano y otro más próximo, hay leyes que culpan a la mujer de la violencia doméstica; es decir, la mujer es la responsable de que cualquier animal denigre sus derechos fundamentales, su dignidad, su libertad, su igualdad.

Tanto asombra la noticia como su escasa difusión, aunque estos sean, cabe decir, asombros de distinta naturaleza. El primero se debe a la estupefacción, repulsa, rechazo; el segundo, más leve, de ahí lo secundario, lo accesorio, al modo en que lo afrontamos. Y es que no se suelen leer, ya sea en debates, exhortaciones políticas, comentarios… sucesos de este alcance. Sí abunda, al menos en lo que se puede comprobar desde la experiencia, la discusión feminista de tintes partidistas, o de sesgos ideológicos, en donde las propuestas –estamos en el incómodo campo de las intuiciones, de las sensaciones- no dirimen y centran su contenido en la mujer, sino en hacer de ellas un instrumento con el que ofrecer una conveniencia, un interés propio. Social, cultural, político. Como cuando alguien afea a una política una conducta o una mala gestión, y esta recrimina al contrario, para así evadir su supuesta responsabilidad, una actitud machista. No es la defensa de la igualdad formal lo que aquí importa, sino un sutil ejercicio de dialéctica cuyo fin es dar la vuelta a la tortilla. Esto no quita, claro está, un ápice de verdad a los que así defienden el feminismo, aunque lo estimen como un adorno snob; sin embargo, la honestidad, la otra cara de toda causa noble, se pierde. Una pérdida, simulemos un agujero, por la que entran tantos argumentos reaccionarios, aprovechando que la credibilidad pasa por Valladolid.

Mientras tanto, tal como relatan en la ONU, en países como Bangladesh o Burundi, sus códigos penales miran de soslayo cuando el asunto trata violaciones o desprecios varios a la mujer por el simple hecho de ser mujer. Pero eso no copa el retuit ni el mensaje viral; de eso no nos ocupamos, preocupamos, como conjunto; no son, en la generalidad, los temas sobre los que planteamos y en los que debatimos. Y ya sea de manera consciente o pecando de ingenuidad, pasan desapercibidos. Como este 10 de marzo de 2017.

TRUMP Y LOS CULPABLES

Si tuviéramos que elegir entre las conductas universales, en tiempo y en espacio, en época y en contexto, de los mandatarios con dotes y facilidades para el arte de lo excéntrico, una de ellas sería la del principio de exclusión. O de negación de lo propio y retrato malvado y conspirador de lo ajeno. Con tal de no irnos demasiado lejos en la historia, dejaremos algunos ejemplos recientes. Y es que Franco tuvo a sus masones como Chávez y Castro tuvieron al imperialismo yanqui, como el nacionalismo presume de un Estado en el que viven pero oprime. Trump, siguiendo esta actitud –acaso mejor hablar de conductas o gestos, de estrategias para colmar titulares, que de política-, la ha tomado con el periodismo y con Obama, a quienes acusa de enemigos del pueblo en el primer caso y de filtrar informaciones en el segundo.

Esta campaña de Trump, el ademán, no nos asombra: se puede ver a diario en colegios de primaria. Así que apuntemos la obviedad: no es de este asunto la postura infantil lo que extraña sino que esta haya alcanzado altas cotas de la administración del Estado. Que el Despacho Oval de la Casa Blanca se convierta en un jardín de infancia, vaya. Si quieren mayores pruebas, busquemos en Google la foto de una de sus asesoras. Aunque cabe decir que esta falta de consideración por el bien público no es exclusiva del gobierno de Trump –hubo quien aplaudió, en otros dirigentes, esa “naturalidad”-. Pero acaso sí premeditada. O buscada. O quién sabe. Ventajas del populismo: al no tener principios ni ideario definido más allá de la voluntad de un pueblo, voluntad acotada a conveniencia desde el seno de un partido, el contrario nunca intuye lo que va a suceder, o cuáles son las intenciones de sus actos. En la nada de su ideología, el todo de su impredecible pensamiento.

Trump llegó al poder gracias a la confrontación de opuestos que no existen, al menos desde el retrato que nos ofreció. Ahora es el momento, cuarenta días después, de consolidar ese conflicto, vacío y ficticio. Del también sencillo e infantil tirar la piedra y esconder la mano. Desde la ocurrencia, hay que dar motivos para el titular de la prensa y para el debate en el mundo. Debate no solo del hecho, también de la finalidad que esconde el hecho, incluso de su propia veracidad, de que sea real, de que quiera llegar a algo más allá del simple escándalo. Pero en esa cuestión, parece, solo nos calma el tiempo. Qué buen socio de gobierno. Qué encuestador. Qué gran politólogo.

UN VIAJE A TRUMP

El modo en que Trump pisará Reino Unido aún se mantiene en la incertidumbre, y el debate, qué agradable, al menos para el mitómano británico y extranjero, no cesa. En el Parlamento, los diferentes grupos políticos discuten y proponen las diferencias y las cercanías, escasas estas últimas. En una tónica similar, las calles que rodean al parlamonumento –apodo a ese edificio que es mezcla de órgano político-burocrático y símbolo de la nación- acogen a los manifestantes, los cuales protestan en contra de la llegada del presidente de los Estados Unidos de América, país con el que los británicos guardan tantas vinculaciones históricas y, digamos, culturales. No quiere decir esto, en absoluto, que las relaciones diplomáticas entre Reino Unido y EE.UU. hayan alcanzado la discrepancia de la genial, por literaria, no por apetecible, distopía de Alan Moore. Remenber, remenber

¿Y a qué el debate? Pues a que más de 1,8 millones de personas han pedido, petición formal mediante, que Trump sea recibido como presidente pero no como invitado de Estado; una petición que asume, razona y detalla dos de sus mejores cualidades: misógino y vulgar. Hasta ahora, ningún escrito ha resumido mejor la personalidad política del líder norteamericano. De lo vulgar a lo misógino, y viceversa, ¿no son actitudes casi sinónimas? Respecto del asunto ha habido argumentos, ora pro nobis democracia liberal, para todos los gustos e inclinaciones políticas. Los laboristas sugieren que la invitación, por parte de Theresa May, primera ministra británica, no hace sino poner en apuros a las instituciones de Reino Unido;  juicio que se opone al de los conservadores, como James Cartlidge o Nigel Evans, quien ni siquiera contempla la posibilidad de que Trump sea un racista.

El desenlace, como todo lo que aún sigue su curso, es una incógnita. Y eso es lo más atractivo de esta encrucijada. Ni la llegada de Trump a Europa ni la posición de Reino Unido en relación con las políticas del estridente republicano. La clave de esta noticia es el debate, es decir, el que una nación eleve a sus instituciones lo que considera idóneo, en virtud de los principios que la articulan como sociedad, de sus valores o de sus leyes. Algunos quizá evoquen, en este punto, al Brexit. En ese caso me temo que las comparaciones serán odiosas. Las diferencias, aunque saltan a la vista, las abreviamos en cuatro criterios: dimensión del hecho para con el futuro de los británicos –no se cuestiona que Trump acuda, eso es inevitable, sino la manera-; repercusión en su economía y relaciones con otros países; no se perciben aquí medidas de connotaciones nacionalistas-proteccionistas; el discurso se decide en el Parlamento, invocando la democracia representativa, dirección opuesta al Brexit. Aun así, nos sumamos a las palabras de otra propuesta popular, también dirigida a los representantes políticos del Parlamento: “es [Trump] un líder del mundo libre y el Reino Unido es un país que apoya la libertad de expresión, por lo que las personas con puntos de vista diferentes a los propios no deben ser amordazadas”. Sino cuestionadas, añadiría.

PONGAMOS QUE HABLO DEL MACHISMO

Cuando leímos la noticia, en un periódico de provincias, de pura casualidad, dudamos entre cinco o diez minutos la conveniencia de compartirla en las redes sociales. El efecto de darle voz podría ser peor que el hecho, pues en su difusión, más que dejar en evidencia al contenido de la publicación, la acción sería la contraria: te dejaría en ridículo a ti. O favorecería la teoría expuesta por la persona. La legitimaría. Ya sea dándole publicidad o relevancia. Relevancia por el simple hecho de ceder una parcela de tu cosecha virtual. Pero al fin nos decidimos, y la enlazamos. Clic. El titular –y el contenido, donde nos asegurábamos de que no se trataba de una broma de El Mundo Today- lo dejaba clarito: una musicóloga afirma que en las letras de las canciones de Joaquín Sabina hay evidencias de machismo. También en la de otros grupos, como The Police. No obstante, por cuestiones de espacio, nos ceñimos al cantautor.

Al margen de que profesemos, desde la adolescencia, simpatía por el letrista de canciones como Y sin embargo o ese Boulevard de los sueños rotos, ay, ay, ay… o Contigo –la musicóloga toma como ejemplo de expresión misógina esta última, sí-, y aun suponiendo que hubiese, en una lectura literal y acaso retorcida de las letras, rasgos machistas, hay un aspecto que no podemos obviar: son ficciones. Recreaciones. A esta mujer le ocurre lo que le sucedió al Quijote hace cuatro siglos –que por algo es un clásico, sirve para todos los tiempos-: ve gigantes donde otros ven molinos. La lectura insaciable, en este caso no de libros de caballerías, sino de heteropatriarcados,  la ha llevado a un estado mental en el que no es capaz de discernir contextos. Cuándo es una historia escrita, ficticia, ideada con la finalidad de contar un suceso, o cuándo se está denigrando la dignidad de una persona. Como en el supuesto de los titiriteros. O el de, ripio va, tuiteros.

No nos deberíamos tomar demasiado en serio el asunto –no seremos el mejor ejemplo, eso está claro-, aunque acaso sobrevuele un apunte en el que percibimos una leve gravedad. Este apunte no es otro que el de devaluar un ideal de progreso. Algo tan noble, y tan necesario, y tan fundamental, como la igualdad formal entre las personas, con independencia de su raza, religión o, como hoy, sexo, se reduce a una anécdota, al mira lo que ha dicho, a la ocurrencia esperpéntica. Pero, bah, como dijo Sabina en su Noche de bodas: “Que el diccionario detenga las balas”.

CIUDADANOS, QUO VADIS?

La IV Asamblea de Ciudadanos se ha saldado con la definición de un partido que adolece de un estilo más sólido en su retórica que en su práctica. Y de enormes diferencias según qué regiones: el Ciudadanos de Andalucía y el de Cataluña son dos partidos distintos. Al contrario de lo que sucedía en UPyD, quien pudo ser su socio y terminó de enemigo, Ciudadanos es un partido fuerte en el liderazgo y débil en el peso de su ideario. ¿Por tesis? No: por los nombres que lo defendían, o defienden. Con frecuencia desencantados de uno y otro partido mayoritario que más que convicciones en el cambio y en el atractivo modo del pragmatismo idealista de la nueva formación vieron la oportunidad de destacar y hacer carrera política en un lugar en donde los puestos relevantes los adjudicaban a medida que los candidatos iban llegando. Si no, reitero, que pregunten en Andalucía, donde Juan Marín, predispuesto al pacto con el poder de Susana Díaz antes que al complicado ejercicio de oposición, prometía consejerías a antiguos simpatizantes del Partido Popular. Simpatizantes que vieron una oportunidad única. Y que ahí están.

Nos tememos que la concreción en el discurso político de Ciudadanos, que pasa por una mutación de los principios socialdemócratas a los del liberalismo progresista, es más útil al objeto de los titulares de prensa que a la coyuntura, a la realidad. ¿Qué partido, a mínimo que uno lea con detenimiento el Título VII de la Constitución, se podría escapar de esos dos ejes, más aún del socialdemócrata? ¿Cómo puede obviar Ciudadanos su fin social con un proyecto en el que, entre otros muchos puntos similares, garantiza un premio, escribo literal, a las empresas que en sus sectores despidan menos? No nos escandalizamos de la medida, pero nos asombran estas pretensiones de índole liberal, y más al asomarnos a muchos de los propósitos que plantean.

Este giro de Ciudadanos los deja en una difícil situación respecto del electorado del Partido Popular, de donde viene buena parte de sus votantes: los decepcionados con el Gobierno y los hijos de estos. ¿Qué diferenciaría a Ciudadanos de los populares en este nuevo esquema de partido? ¿Cómo van a consolidar su voto, si ya nada los distancia de sus rivales ideológicos –en cuanto a votantes, no a políticas-, y el escepticismo de la sociedad para con los partidos tradicionales, motor de las fugas liberales-conservadores, es cada vez menor? ¿Será que en el PP buscan socios de gobierno? Preguntas que quedan sin respuestas a corto plazo. Habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos. Por ahora, como escribió Calderón, con poco espanto lo admiro y con mucha duda lo creo.

SEGUIDORES Y DETRACTORES DEL POPULISMO, ¿QUIÉN CONTRIBUYE MÁS?

Lo reaccionario del populismo subyace en su determinismo, en su capacidad de limitar, de antemano, la construcción de cualquier discurso. El mesiánico lo da todo hecho, como los cruceros concertados o las pizzas congeladas. Para los populistas siempre habrá un culpable, un enemigo, una mano negra a la hora de cubrir cualquier contexto: banca, inmigrantes, poderosos, los políticamente correctos, los que en todo ven el populismo. Así, en abstracto, en esa generalización del artículo los que articula, a su vez, el argumento que está por venir. Y es que el populista fija primero al adversario y luego da aire a la idea, en el sentido opuesto a las agujas del reloj de las ideologías. Por otra parte, nos encontramos, obvio, con que ese mundo tan sencillo, tan prefabricado, es una estupenda excusa para declinar motivos razonados, pensamientos, raciocinios, y así satisfacer nuestros instintos ideológicos más cercanos. ¿Para qué complicarnos más? ¿Para qué pensar?

De ahí que, acaso, cuando alguien compartió –o relacionó- el discurso de Bane, el malo de Batman, el Batman de las películas de Nolan, con la soflama de Pablo Iglesias, le llamaran de todo, en ese ejercicio tan nuestro por etiquetar de contrario al que ofrece, simplemente, una visión lejana de la que nosotros atisbamos. Lo curioso es que estos individuos son los mismos que ahora aplauden esa simetría entre el vídeo de Bane y el discurso de Trump. Como los mismos eran, Soto Ivars dixit, los que condenaban a Cremades y salvaban a Strawberry. La realidad, que termina cayendo por sus propios argumentos, es que uno, Iglesias, y otro, Trump, son el Bane, ese Bane de Nolan, de nuestro tiempo.

Pero ambos, los partidarios de Iglesias y de Trump, lo negarán. Y es que los líderes populistas no son tan insoportables por sus intenciones como por sus admiradores. E incluso, me temo, por algunos de sus detractores. Sobre todo cuando estos últimos alimentan dirigentes maniqueos y simplistas en el mejor de los casos, xenófobos y energúmenos en los peores, con bocanadas de odio y de pataleta, y no con un ideario crítico y solvente. Un buen abrigo con el que calmar el frío del sensacionalismo irracional de los apocalípticos es el dato. Pero eso, reitero, nos obliga a ejercitar el pensamiento o la investigación. Aunque ya sabemos lo que pasa, ahora estamos en el mes estrella, en los gimnasios justo después de la tragedia.