PERDIENDO LOS PAPELES

Tiene el periodismo de investigación triunfos y pecados. Dualidades, sombras y luces, como todo lo que es delicado y hermoso. Hay que insistir en que este género periodístico de alcoba lo es, aunque nunca se sepa con certeza qué límites estás cruzando: tambalear los cimientos de un gobierno o dar entretenimiento al chismorreo hispánico. No debe de ser fácil, digo yo, acertar en la colisión de intereses, en la fina balanza que sopesa privacidad e interés público. Y muchas veces se acierta, pero otras, a mi pesar, lector de periódicos, no tanto. Y ese me temo que es el resultado de nuestra historia, la historia de la que se habla en medios y rellanos: Papeles de Panamá.

Vendieron la exclusiva –creación de offshore por personajes públicos- a precio de morbo, de enigma, y el asunto quedo en que los que tienen posibles se llevan su montante al paraíso, que este infierno para escépticos, lleno de retenciones y de tasas, no hay dios que lo aguante. Las novedades son los nombres, el poner cara a esos harenes del paraíso. Se podría entrar en el debate, como ya todos hemos entrado, de si es moralmente aceptable que esos nombres se lleven su dinero para evitar el coste del Estado del Bienestar; pero no es lícito llamar delincuente a quien no tiene más culpa que ser rico y administrar su capital como cree conveniente. Otra cosa es evadir impuestos o financiar a los miserables del terrorismo.

Este periodismo de investigación necesitaría, quizá, explicar tanto como se enseña y se nombra. Para enseñar y dar nombres sin explicar nada ya tenemos el erotismo. Porque hay una diferencia enorme entre husmear en la trascendencia, hurgar en faldas ajenas o preparar el próximo guion de una novela de Javier Sierra. En la primera se gana, en la segunda se goza y en la tercera se pierden. Se pierden los papeles.*

*Publicado en El Subjetivo de The Objective el pasado mes de abril.