PARA QUÉ VIDA ETERNA

La revista Nature ha publicado un ensayo en el que asegura una edad imposible de driblar cuando se asoma por las campanas el toque de agonía. Cuando nos espera paciente el domicilio social del otro barrio. Aquel desde el que, excepto Lázaro y Cristo, nadie más vuelve, nadie más pica billete. Al menos que se sepa. Los autores del artículo son para recitarlos a las seis de la mañana, regreso de boda en el autobús, cuando por cierto, ahora que sacamos el tema, aquello se asemeja más a un capítulo deThe Walking Dead que al fin de una fiesta. Pero los nombres de los genios, que nos salimos por la tangente: Xiao Dong, Brandon Milholland y Jan Vijg. Obviando la ironía de que un científico se dedique a estas investigaciones y estudios sobre la muerte con el nombre de Xiao, el artículo pone el límite de nuestra vida en 122 años. A lo sumo, 125.

Alrededor de la muerte siempre hubo una curiosidad tan eterna como la propia condición de aquella. En los primeros pasos de la civilización, fue el germen de religiones, creencias y filosofías. Casi un objeto de culto. Ahora, en estos compases de la posmodernidad, tan dados a la negación/relativismo de las categorías universales, la muerte es un ser que nadie se atreve a mirar a la cara. Que se esquiva como a solidarios de onegés en las avenidas de las capitales. Desde el botox de Carmen Lomana al interés que despiertan estudios como este que hoy traemos.

Y yo que la vida eterna no la quiero ni en pintura. No una vida de materia, carnal, me refiero. Qué sopor. Qué hastío. Qué apatía. Qué desgana. Ver cómo se suceden los acontecimientos de la historia, repetidos no en tiempo pero sí en forma, saber con certeza de funcionario lo que pasará por la mente de aquel, por la estrategia del otro, por el curso de los acontecimientos. Saludar las mismas guerras de siempre, los mismos desconciertos, alegrías, seducciones, inventos, catástrofes. Ver que al fin España acordó un pacto de gobierno justo antes de que alguien diga que nos vamos a juicio. ¿Al de la Gürtel? No, amigo, al final.

BREVE ENSAYO SOBRE EL TINDER

En Londres han lanzado un Tinder para donantes de esperma, que es algo así como reconocer, al fin, para qué sirve, con sinceridad, la aplicación. El Tinder, con artículo, sí, con esa familiaridad de barrio, con ese el tan popular, tan de lengua hablada, la lengua del coloquio y de la naturalidad, lengua con la l de las lejanas academias, de la frialdad de los manuales de filología. El Tinder es uno más de la pandilla, al menos desde hace unos meses, desde que surgió en nuestras vidas. Quedas el sábado, ahora que aún se aprovechan los días de sol y otoño, en la barbacoa y en el chalet, en el campo y en el bar de la esquina, y ahí que está el largo, el negro, el canijo, el bola y el Tinder. Confieso que jamás lo descargué, pero siempre me provocó sospechas y recelos, curiosidad y rechazo. Yo en Tinder preferiría no entrar, quizá. Pero no por eso que alguien pueda llegar a imaginarse. No entraría en un lugar que trata estas sucursales de la lascivia con ese ánimo tan burgués, inclinando la balanza del gozo hacia lo prohibido, lo oculto, lo proscrito, lo marginal. Como si el placer fuese pecado para los sentidos.

Dicen que los británicos no hablan ni de sexo ni de dinero. Mienten, obvio. Si no que me digan a mí por qué son pioneros en este Tinder para donantes de esperma. Tengo un buen amigo que le dio su uso durante un tiempo. Hombre de leyes, de puntualidades, de formalidades. Hombre elegante en el fondo y en la forma. Un británico con acento del sur, que por algo veranea cercano al Estrecho de Gibraltar. Así que fuera tópicos en este tema.

Desde esta costa gaditana en la que mi amigo veranea, un poco más allá, me habló el escritor Montero Glez de un mundo orgánico, no mecánico. Todo funciona como un todo. Estamos conectados. Me recetaba pastillas para el capitalismo, pero yo creo que este planteamiento también se puede aplicar al éxito del Tinder. ¿Y qué es el Tinder? Pues me da que el único lugar que le queda a Pedro Sánchez para probar a qué saben los éxitos.

APUNTES SOBRE EL ACOSO ESCOLAR

Ciberbullying no es el antagonista de la nueva saga de Star Wars ni la última creación del mercado tecnológico. Nada de eso. Ciberbullying es el mote con el que han dado los expertos para nombrar al acoso escolar, un problema de la educación que llevamos años viendo por la tele. Tantos como sin hacer nada serio al respecto, sin plantearnos salidas, soluciones; sin abordar el drama desde dentro: en las instituciones, en las aulas, en los despachos. Parece que hubiese un silencio pactado, un silencio de vergüenza al que nadie diese importancia, y no porque no la tuviese, sino por miedo a averiguar la envergadura de la tragedia en la sociedad. El ninguneo del que no se atreve a mirar a los ojos. El ninguneo cómplice del que prefiere apartar la cabeza para otro lado. De todo esto saco unos breves apuntes.

El primero es el de la dimensión. Las medidas del problema. El acoso escolar es la adversidad primera. La desnudez total de la inocencia. El fracaso emocional de quien, hasta entonces, solo ha conocido el juego, la imaginación, la ingenuidad, los días discurriendo sin más gravedad que la de su propia rutina, la de sus propias tareas. Demasiado injusto. Según un estudio elaborado por la Fundación Anar, un 10 % de los niños españoles han tenido intención de suicidarse. Pensamiento de suicidio en alguien que aún sueña con hacer de Batman en las calles del barrio.

El segundo es el de ese afán tan cobarde como estúpido de no llamar a las cosas por su nombre. Una conducta que se repite hasta la saciedad en ciertos ambientes de la educación y de la enseñanza.  Maquillar la tragedia para que suene menos cruel, menos verdadera. Cortina de humo para no levantar sospechas, pues no somos capaces de soportar el relato de este abuso. Hay veces en que los adultos se esfuerzan más de lo debido en ser niños.

El tercero es el de comprobar cómo el avance de las nuevas tecnologías nunca proporcionará el progreso, digamos, humanista. O cómo la humanidad evoluciona a un ritmo envidiable en la maquinaria, la robótica, el utensilio, y sin embargo abandona, o al menos descuida, la prosperidad de los valores, de esa voluntad santa con la que nos iluminó Kant hace un par de siglos.

UN SUSPENSO PREMATURO

El otro día estuvimos charlando con amigos de la educación que deberían recibir sus hijos. Chavales de veintipocos hablando de asuntos tan trascendentes, casi metafísicos, como qué futuro es el preferido para la formación de la prole. La vida es estar siempre planeando, imaginando, suponiendo, planteando, proponiendo… no digamos cuando aún se presume esa edad de los pájaros en la cabeza; esa edad tan propicia a la estupidez como a la ausencia total de cualquier rasgo de determinismo. A mí me recordó a aquellas fiestas en las que siempre se termina en la cocina, vasos de plástico usados y un fregadero con aspecto de cráter, asignando, casi con don de dictador, las ocupaciones laborales de cada uno. Tú mi médico, tú mi abogado, tú mi arquitecto. Y de gratis, claro, que lo que aquí importa no es la buena vida que se desea a los amigos cercanos, sino que aquella nos facilite los quehaceres de la nuestra. Pero ya alcanzamos estos propósitos, y el que más el que menos tuvo el placer de colgar su título para mayor vanidad de LinkedIn.

El ameno debate, breve parlamento entre cafés y refrescos, derivó en detalles relacionados con el tipo de colegio que mejor se adapta a las necesidades de un niño, público o privado; el modelo de la educación religiosa/laica; el horario de mañana o de tarde; las clases diferenciadas o las aulas mixtas. Siempre que se discute de educación, ya sea en un velador o en los despachos de un ministerio, ésta queda consumida en su propia cáscara, en una serie de conceptos, términos, etiquetas… que sólo favorecen a lo accesorio respecto de lo fundamental. La última discusión, la enésima reforma, se ciñe a la reválida. La discrepancia se resume en la idoneidad o no de un examen. 240.000 firmas ha recogido un alumno de Cádiz con el siguiente fin: que no se implante esta medida. Ni rastro de contenidos de asignaturas, incremento de horas en los idiomas, salarios del profesorado, resolución de los casos de acoso. De temas que sí deciden el rumbo de la educación. Me huelo a otro suspenso. Y eso que sólo estamos a mitad de septiembre.