ENTREVISTA A RAFAEL COBOS

Es curioso: idéntico el sonido, distintas las lejanías -tanto de tiempo como de espacio-. Y es que desde el escritorio apenas nos separan unos metros del sonido de las campanas de esa torre de La Peste: La Giralda. Sin embargo, cuando vemos La Peste, obra de Alberto Rodríguez y de Rafael Cobos, hay, de ese sonido, siglos de distancia.

Sin distancias, cercano, nos atiende el segundo, Rafael Cobos, guionista de la serie, para conversar sobre su trayectoria, el oficio y los seis episodios de una trama que a nadie ha dejado indiferente, que levanta filias y fobias, criterios, opiniones, discernimientos, y todos esos daños colaterales del éxito, del reconocimiento de un público, del aplauso de la crítica.

La Peste, para quien interese disponible en Movistar +, cuenta la historia de una ciudad, Sevilla, capital del mundo, en un tiempo en que se adivina la decadencia del imperio, decadencia moral y decadencia económica. Una pérdida de hegemonía cultural y política que se lleva élites, nombres, victorias, mitos y pueblo. Tanto Alberto Rodríguez como Rafael Cobos centran la atención en estos últimos, en la intrahistoria de una época vibrante e intensa de nuestro pasado. Es ahí: despojado de toda grandilocuencia histórica, donde ambos retratan la sociedad de aquellos siglos, entre el comercio de América, los tribunales de la Inquisición, el protestantismo y la picaresca –género tan propio, tan español-.

 

P: ¿Por qué fracasa un guion?

R: Estaría bien saberlo, claro, para no hacerlo nunca. Pues no sé, la verdad, lo cierto es que no tengo una respuesta clara. Hay tantas circunstancias por las que un guion puede fracasar… muchísimas. Principalmente, pueden ser cuestiones de realización, porque la realización no acompañe y otro tipo de circunstancias por el estilo. Pero ya digo, es muy difícil limitar una definición a tu pregunta. Supongo que siempre que haya un poquito de sentido común y no te pases por el forro una serie de normas básicas, el buen camino, que no el éxito, está más o menos asegurado.

 

P: Supongo que desde 7 vírgenes algo han aprendido. Crecido, quiero decir. Y me interesa el cómo de esa trayectoria.

R: Crecido y aprendido, supongo. Pero eso no sé si puedo decirlo yo. Lo que está claro es que 7 vírgenes es la primera película que se rueda, y hay ahí un ánimo de valentía, de hacer algo nuevo, de pensamiento más salvaje. Este atrevimiento –o ingenuidad-, quizá, luego no ha estado.

Aprender, pues bueno, siempre se aprende, de una forma u otra. Es inevitable, cuando lees un texto tuyo, ver lo que se puede mejorar, lo que no. En ese sentido, los años y la experiencia te dan un ejercicio de decantación que a su vez es un ejercicio proporcional de maduración y de espontaneidad, que es por ejemplo Grupo 7: un ejercicio de crecimiento un poco más sólido, más cribado, más sofisticado. Pero sin perder nuestro interés por hacer un poco de laboratorio, de experimento.

 

P:¿Por qué cuesta tanto, en los oficios relacionados con las artes, el reconocimiento del público? Llevan más de diez años de dedicación al cine –incluso con premios-, pero hasta ahora sus nombres han pasado algo desapercibidos en el cine español.

R: Pues, Gonzalo, discúlpame que te diga: no estoy para nada de acuerdo con la pregunta que me haces. A ver, en mi caso quizá sí, porque soy guionista, y el anonimato es una parte casi consustancial a nuestro oficio, estamos detrás, nuestro nombre se pierde un poco entre los créditos, formamos parte de un gran equipo profesional. Pero Alberto Rodríguez alcanzó el éxito con Grupo 7, fue muy reconocido por su trabajo, merecido reconocimiento. Piensa en los Goya, por ejemplo. Luego, pues 7 vírgenes estuvo bien de público y tuvo acogida entre la crítica. Así que eso: no estoy para nada de acuerdo con lo que dices (risas).

 

P: En todas sus películas, por cierto, hay un interés por lo marginal, entendido como “lo que está al margen”, aquello que no suena común o convencional dentro de una sociedad.

R: ¿Conoces al poeta Pablo García Casado? Tiene escrito un verso que dice todo lo importante ocurre en las afueras. Y es cierto, es así: todo lo que interesa sucede en las afueras, más allá de los límites convencionales. La sociedad y las personas las conocemos por lo periférico, por su propia periferia, en un amplio sentido, por lo que está más allá, lo que no se ve, también.  

 

P: Eso suele conectar con el público. No sé por qué, pero lo marginal o esos puntos de vistas “no oficiales” suelen vender.

R: Pues bueno, no lo sé, no sé por qué. Será que es un muy difícil hacer una historia creativa, un mensaje creativo desde esa convencionalidad que te digo. Quizá eso ya lo tenga cada uno en su casa y en su ámbito personal, por lo que no le atraiga conocer del resto, le aburra. Además, las historias tienen que buscar ese lado oculto de las cosas, de lo contrario podríamos estar hablando de propaganda. Esa es la idea que hemos tenido en La Peste, por ejemplo, airear un poco los tópicos de nuestra historia y hacer reflexionar al espectador.

 

 

P: ¿Qué determina que la acción de una película fluya con naturalidad? ¿Ahí está el logro del buen guionista?

R: Principalmente, una película funciona cuando los conflictos que en ella se dan también funcionan, cuando estos crecen de una forma progresiva. Ahí entra el guion, claro, que tiene que saber llevar unos personajes dentro de ese conflicto, dentro de esa trama, de esa sucesión de acontecimientos. Ahí, sí, claro, ahí está el logro de un buen guionista y de un buen guion.

 

P: ¿La interpretación de un actor influye en la calidad de un guion?

R: Por supuesto, siempre, claro. Los actores son los que dan la vida en las películas, son los que corporativizan esas ideas y se las hacen llegar a un espectador. Un mal casting, por ejemplo, te puede arruinar todo el trabajo de un equipo.

 

P: ¿Qué le ha parecido la interpretación de los actores de La Peste?

R: Pues a mí me ha gustado mucho, y los actores que intervienen en la serie tienen un pulso muy acertado. En esto Alberto Rodríguez sabe sacar el máximo partido. Y me parece que los resultados son más que reconocibles: ahí están los premios que tantos actores se han llevado.  Desde 7 vírgenes y más. Algo habrá cuando hay ese reconocimiento. Así que ya digo, en este caso, desde luego que me ha gustado la interpretación. No esperaba menos ni de ellos, los actores, ni del trabajo de Alberto Rodríguez.

 

P: Hay quien dice que no se les entendía, o que hablaban “muy bajito”.

R: Qué polémica más absurda. Una polémica en la que, además, si me permites, no quiero entrar. No voy a darle el mínimo de importancia, ni de interés. Dicen eso, que los actores susurran, que hay un problema de vocalización, de sonorización… Pues no: no estoy de acuerdo. En absoluto. Los actores me parecen maravillosos y esa polémica está bastante de más.

 

P: ¿Hay que sacrificar el rigor histórico en aras del espectador o de la propia trama?

R: Pues claro que sí, a veces sí, ¿por qué no? Lo que hacemos no tiene por qué ser desde lo veraz, desde el hecho histórico propiamente dicho. Pueden ser historias verosímiles, dentro de la misma ficción. Se puede tomar como base un tiempo histórico, pero adaptándolo a la historia que quieres contar. Mientras sea lógico, ¿qué problema hay? Respeto la documentación, la valoro, la trato, como la hemos tratado en la serie de La Peste, pero si, por cuestiones sin relativa importancia, tengo que saltarla, pues la salto, no hay problema. Me molesta, si vas por ahí, el ruido que ha generado esta serie respecto de esa crítica a que no hemos respetado la historia, que más que una crítica es una opinión oportunista y negativa que lo único que busca es echarnos tierra.

 

P: ¿Y cómo se equilibra el rigor histórico y el entretenimiento o la amenidad?

R: Bueno, como te decía, el principal objetivo que buscamos es hacer una ficción que entretenga, que el espectador la disfrute y encontrar, también, esa media entre el entretenimiento y ajustarnos a una época que desconocíamos. Aunque dando nuestro particular punto de vista. Es evidente, en la serie de La Peste hay una declaración total de intenciones, es innegable. Pero siempre hay historia rigurosa, aunque desde nuestro punto de vista, subjetivo, siempre subjetivo, nuestro. Ahí está el riesgo, por otra parte. Y yo prefiero lo arriesgado, preferimos lo arriesgado. No sé si acertado o no, pero siempre arriesgado.

 

P: ¿Se suelen volcar las aspiraciones o frustraciones propias –o de una sociedad tal- en los personajes históricos, cuando se tratan temas pasados?

 

R: Puede ser. Pero en mi caso, te digo: yo no lo hago. Aunque bueno, algo siempre se vuelca, y la condición humana es la que es, eso no cambia, se reflejan pasiones, vanidades, decepciones, traiciones. Todos hemos vivido algo de eso, y de ahí, bueno, pues algo se vuelca. Pero no es mi intención proyectar los grandes problemas de nuestro tiempo en una serie de un tiempo distinto. Intentamos proyectar conflictos universales, dados en cualquier época. En La Peste hablamos de géneros, de la persecución a los distintos, de la corrupción y de la propia condición humana, con ese juego de significado entre la peste como la enfermedad que sucedió en un tiempo concreto y la peste como la corrupción moral de las personas. Pero eso, te digo, ha sucedido siempre.

 

P: No sé, me acuerdo del personaje de la pintora, que es mujer y excelente –inteligencia, ecuanimidad, exquisitos modales-, pero está condicionada por las circunstancias de su tiempo y no puede ejercer ni administrar su oficio –tampoco ser considerada entre los suyos-. Ahí hay una vindicación feminista, pero también, quizá, se esté encorsetando demasiado a un personaje, predeterminándolo a una conducta. El papel, aunque de buena y necesaria intención, resulta muy previsible. Y es por lo que hablábamos, por tratar de ofrecer un mensaje a la sociedad actual desde una sociedad pasada.

R: A ver, es que la mujer, en aquel tiempo, solo existía por referencia masculina y era una mujer vinculada a Dios y a un hombre. O a un chulo, si esa mujer era prostituta. Mira, había un dicho popular que decía ni espada rota ni mujer que no trota. La mujer era un mero objeto sin mayor importancia, un utensilio cualquiera. No era una persona libre ni de ejercicio ni de conciencia. No se da un mensaje, se trata simplemente de contar la realidad de una época.

 

P: Algo así sucede con el obispo –o arzobispo-. En este caso, para mal: manipulador, codicioso, soberbio. Contrario a muchos de los valores que, en principio, defiende su institución, la Iglesia.

R: La Inquisición fue lo que fue. La Inquisición fue una gran hija de la gran puta. Pero no hemos querido, y en la serie está, plantear a un personaje tan estereotipado. Tan básico. De hecho, es un hombre que perdona, y que busca la cultura, pero siempre respetando los criterios de su propia doctrina. Ese es su conflicto. Ya como cada uno lo quiera ver. Es verdad que la quema de herejes y el intento de purgar a los diferentes caracteriza, son elementos que caracterizan a un personaje, pero teniendo siempre presente que era alguien preocupado por la reforma –o por la contrarreforma, mejor dicho-, que creía hacer lo correcto. Piensa que el catolicismo estaba al servicio de la Corona, quien se adscribe, del mismo modo, al catolicismo. Las normas de su tiempo veían correcta la conducta del obispo. Ese matiz es importante. Y en cualquier caso, hay hechos evidentes –los que te cuento- que deben marcar la naturaleza del personaje.

 

P: Y otra cuestión que me da vueltas en la cabeza: ¿por qué idealizamos lo pasado?

R: Pues probablemente sea una condición de la persona: es mucho más fácil manejar la nostalgia, el pasado, la puedes moldear a tu gusto. En ese sentido, los sevillanos somos muy de lo que fuimos, de ese mito de la Nueva Roma que iba a cambiar el mundo, un mundo que dependía económicamente de la Sevilla de aquel tiempo. Nos vemos reflejados en ese espejo, nos interesa vernos, y de ahí la idealización. Por otra parte, yo creo que eso nos ha marcado genéticamente, a los sevillanos, con un punto de orgullo arrogante.

 

P: ¿Conocemos nuestro pasado? Hablo de nuestra historia general, colectiva.

R: Si la conociéramos en profundidad, no cometeríamos los errores que cometemos. Tendrías otra capacidad de reacción ante los acontecimientos que nos ocurren.

 

P: En Sevilla, ciudad donde se desarrolla la trama de  La Peste, se tiende a esa idealización. Hablas de esos siglos del imperio, donde “fuimos la Nueva Roma de su tiempo”, y parece que aquello era algo así como el paraíso.  

R: La Peste, en resumidas cuentas, viene a contar que el paraíso o la posibilidad del dorado -o la posibilidad de cruzar el océano- convivía con la miseria, con la calamidad, con la falta de salubridad, con la corrupción. Viene a desmitificar ese lugar común. Una frase: frente al florentino extranjero o al genovés que comerciaba, había un cinturón de pobreza en los arrabales extramuros de la ciudad. Esa dicotomía es la que nos interesa.

 

P: Pero, aunque era evidente que había corrupción y decadencia moral, ¿eso es motivo para negar o no creer en los logros históricos de aquellos siglos?

R: En absoluto, para nada. Si de La Peste se deduce esa tesis, o algo así se ha desprendido de ella, o no hemos logrado el fin o no se ha entendido nuestra intención. Hay que reconocer determinados méritos que tenemos, nuestro objetivo, que quede claro, era subrayar otras realidades que existían y que son tan responsables como la otra.

LA VIRGEN DE LA AMARGURA Y LOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Dos conceptos, al menos de primera impresión, antagónicos: la austeridad y el absoluto. Pasa cada mes de noviembre, cuando las luces de las tardes últimas del otoño apagan sus vibraciones, sus intensidades, sus gravedades, y queda la parroquia sola. Y sola está la Virgen en el presbiterio. Con la ropa humilde, y los ojos de vacío, como pesando, conteniendo, del modo en que estos soles del otoño también contienen esa potencia de melancolía apunto de la eclosión: síntesis del tiempo y del espacio, de la Imagen y de la imagen. Ahí está: la Virgen de la Amargura en sus horas previas al besamanos. Ahí está, de sencillez toda, sin más atributo que la tela, desprendida de la geometría, del color, de la abundancia; desprendida también de los claros reflejos de la plata, del adorno efímero, de la laboriosidad del artificio –natural artificio- de la priostía, de la ofrenda de las flores. La Virgen, desprovista de todo aquello -¿lo accesorio?-. Sea cual sea el caso, ahí es el retrato austero, incluso de incógnita, de pregunta, que recuerda a Rembrandt, o al Zóbel de la abstracción, la Imagen que evoca la cadencia pausada del metro petrarquista, la convulsa serenidad de un Juan Ramón, de un Eliot, de un Yeats. Y así, del mismo modo, desde ese concepto de la austeridad, el absoluto.

En aquellos ya lejanos días de noviembre en que la Virgen levanta su afirmación de belleza, siempre se da la contradicción: apenas nada material, todo paupérrimo y escueto, y es, sin embargo, donde ahí queda todo lo sublime. Donde queda el absoluto. En estas edades en las que la posmodernidad y las secuelas de la filosofía de la sospecha –Marx, Nietzsche, Freud- han derribado cualquier posibilidad de idea categórica, de verdad, de ausencia de relativismo, la Amargura es más que una Imagen: es la convicción de que aún sobrevive el ideal del canon, de las jerarquías, de los estadios superiores; la convicción de que aún hay ideas totales, y por tanto esperanzas: el nihilismo que impregna el discurso de la sociedad moderna encuentra aquí su oposición.

Desde la estética de la humildad a la ética del absoluto; desde la posibilidad de la pobreza material a la riqueza del ánimo, del espíritu. Lo enseñó hace más de dos mil años un hombre hijo de un carpintero en Belén, y lo recuerda, cada mes de noviembre, esta mirada casi vencida pero elevada, tan contenida pero tan torrencial, tan introspectiva pero tan común y universal, que la Amargura nos deja cuando sola está, sin más compañía que su nombre, que su mano, a la que ya acuden las familias, las amistades, la parte del pueblo, como acudirán cuando suene la música en las naves interiores y calurosas de San Juan de la Palma, y esta misma Virgen esté en el límite del dintel, como ahora lo está en el límite del presbiterio. Un límite que es el  infinito, un límite que es el todo que siempre alcanza.

PRESENTACIÓN DE JUAN BONILLA A “LA SUMA QUE NOS RESTA”

Poesía es pasar de la gravedad a la gracia, dijo Adam Zagajewski o por lo menos dice Gonzalo Gragera que dijo Adam Zagajewski. Así pues, poesía es pasar de la gravedad a la gracia, vale de acuerdo, pero qué es la gravedad y qué la gracia. Bueno, está claro que la primera es una fuerza mayor -una Ley de verdad- que nos ancla al centro de la tierra -y tan es así que en inglés tumba se dice grave. Y en cuanto a la gracia es un estado -también de verdad- un estado de ánimo, y ánimo es alma y alma es aliento. De gracia viene gratis por ejemplo, que en inglés es free, porque qué cosa puede haber más libre que lo que no cuesta nada. Pero de las definiciones de la gracia me quedo con la bíblica, aunque librándola de religiosidad: la gracia es el don que comprende a todos los demás, el don que irradia de la generosidad de quien da envolviendo en esa generosidad a quien la recibe, y ambas acciones se designaban con la misma palabra: tanto dar como recibir se dice con la misma palabra “gracia”. Es un fenómeno sin duda poético, porque la poesía, igualmente, no la hace quien la hace sino hasta el momento en que otro la recibe. Es por ahí por donde más me gusta la frase de Adan Zagajewski, si es que es de Adam Zagajewski: en la gravedad sencillamente se cae adonde sea, y se diría que sólo se pasa de la gravedad a la gracia cuando se produce el contagio, cuando el hecho de escribir se transforma en hecho de leer. Esto debe saberlo bien Gonzalo Gragera porque lo que llama inmediatamente la atención en sus poemas es su condición de poeta que se asume como lector de una tradición clara, a la que podrá ampliar o no, pero con la que se muestra no sólo respetuoso sino también eficazmente orgulloso, como si supiera que, contra las actualidades más o menos estridentes del ahora, le defenderán siempre las músicas genuinas de donde viene, porque son ellas las que, seguramente, hablo por mera intuición, le forzaron -aunque esto quizá es exagerado- a hacer poesía: recibir la gracia es el movimiento primero para la obligación de darla. La tradición en la que fácilmente se inscribe Gonzalo Gragera es una tradición más o menos sevillana, suficientemente estudiada por Fernando Ortiz, que naturalmente también pertenecía a ella, como Javier Salvago, y que alcanza a unos padres fundadores que son los Machado, y a un abuelo fundador que es Bécquer. En unos tiempos en los que lo que no se viste de novedad parece que está condenado a no decirle nada a nadie, lo cierto es lo contrario: de la novedad sólo sabemos una cosa, que pasa pronto, cada vez más rápido, dadas las urgencias que va imponiendo el mercado y las ganas que tiene cada generación de jibarizarse más -cuando yo era joven uno se conformaba con decir que pertenecía a la generación de los 80, ahora parece que hay una generación del año 11- otra del año 12, otra del año 13, y así: la poesía como la pasarela Cibeles, todos los años nuevos vestidos para que así resalten más los vestidos de siempre.  Vaya, me ha salido una estrofa de Salvago, o de Gragera. Para acogerse al peso de una tradición tan estipulada, hace falta, por paradójico que parezca, mucha personalidad: tratar de no parecerse a nadie es lo más fácil del mundo, lo difícil es parecerse a los mejores. Y eso es lo primero que llama la atención en el libro de Gragera: esa personalidad de quien no teme que su voz deje ver a las claras, y sin el menor complejo, los ecos que la han alimentado. Eso es, sin el menor género de dudas, un síntoma de madurez, pues sólo alguien maduro tiene muy claro dónde quiere militar y de qué manera. Ya sé que este no es el primer libro de Gragera, pero es el primero suyo que yo leo, y si no hubiera en la solapa una noticia de su año de nacimiento, no hubiera podido, por el contenido, ni intuir siquiera que se trata de un poeta tan joven.

El libro es una cuenta atrás, quiero decir, que lo primero que se encuentra el lector es el poema 36 tras el que viene el 35, el 34 y así hasta llegar al 3,2,1 con los que el libro termina. Naturalmente el título da una pista acertada por mucho que tenga un si es no es de adivinanza, pues ¿cuál será esa suma que nos resta? ¿Será el tiempo, la sucesión de días que nos dicen que cuantos más tengamos menos nos quedarán por fuerza? Por extensión, ¿será la vida la convocada, porque la suma de hechos vividos nos va restando por fuerza hechos por vivir? ¿Será la propia poesía, por esa ley según la cual el poema es una suma de palabras que acaba desplazando a la experiencia de la que nace, restando en nuestra memoria esa experiencia transformada ahora en poema? Todas las respuestas pueden servir, aunque en la última parte del libro, en el penúltimo poema, algo se resuelve de cualquier duda: Todo lo has dado/ Resta de ti que en otros, quizá, es suma. La poesía, ya se ha dicho, es como la gracia: no sólo reside en dar, sino también en recibir. La poesía como resta del poeta y suma del lector, o como en otro excelente poema se dice: el nombre en el yo de los otros/ el yo de los otros en tu nombre. Es en esa última parte donde el libro habla de sí mismo, donde esa resta sopla en el título y apaga la penúltima mecha. Buena prueba de que el libro no es una mera reunión de poemas ni se ha dejado llevar por la improvisación o la acumulación de materiales: se ha pensado como un artefacto que también se recogiese a sí mismo al recoger lo que pudiese del mundo, lugares deprimidos, como Victoria Station en hora punta, o trozos del paraíso como la Playa de la Antilla, ideales más éticos que políticos como esa Europa ficticia y categórica, y confesiones, libros en que te encuentras sin que nadie te haya llamado.

Es de destacar, en una época narcisista como la nuestra, que el yo del poeta que aquí va no abusa del autobiografismo ni tiende a colgarse medallas: su búsqueda se concentra en las pequeñas cosas, en una cotidianeidad mirada con la perplejidad de quien asiste a un milagro, en quien reprime el espanto con absoluta discreción y se guarda interjecciones y vítores para dedicarse al susurro. Caminas por la calle/y es estrecha y sinuosa/ como una cicatriz//Pero no cicatriza/ porque no es una calle/ y se llama memoria. Este un poema entero, no me gusta leer poemas enteros en las presentaciones porque le quito de alguna manera la posibilidad al poeta de que lo lea él, pero este tenía que leerlo: el tono sosegado, la pausa, la imagen brillante ma non tropo y de repente la revelación de una verdad, una magia sin trucos, que al fin y al cabo eso es la poesía.

No le teme Gragera a los metros clásicos, y hay algún soneto, y enumeraciones, y hasta una copla muy buena: Vino risas y tal / ni ropa ni palabras / menos por menos, más -aunque ningún gitano de Jerez se la va a cantar porque los gitanos de Jerez estamos contra las leyes de las matemáticas-, e imágenes memorables como un sol que se inserta entre edificios creyéndose moneda, y un dios de permiso, y ese segundo antes de la despedida, casi becario, en la expresión del poeta. Ráfagas de expresión que se te clavan fácilmente en las meninges. Hay también un tour de force, un poema largo, espléndido, titulado Victoria Station, que, con la imagen de Pound como referencia, examina en una estación de tren la locura de la vida contemporánea, el vacío donde las voces no suenan y en el que parecemos instalados desde hace tanto sin apenas preguntarnos, como se preguntaba Eliot, dónde estará toda esa vida que gastamos precisamente en no vivirla. La imagen final, hombres como pétalos y naipes recorriendo pasillos sin oxígeno, la hora punta en la que todos están dormidos, es aplastante.

En fin, no me quiero alargar mucho más. La suma que nos resta nos da la medida de un poeta ya hecho, nada dubitativo, seguro de sus armas y militante del batallón del sentimiento contra el sentimentalismo, de la claridad de lo que es difícil de expresar frente al hermetismo de lo que no alcanza a decir nada, pero también de los brindis a lo obvio, que tan buen curso están teniendo entre nosotros. Gragera sabe, porque sabe que la muerte que vemos es más que un juego, que la gravedad es una ley inevitable, que nos atrae hacia las entrañas, pero también que tenemos una forma antigua pero todavía válida de hacerla más soportable, de destilar a través de su contundencia, algo del misterio este en el que estamos embarcados, sin saber ni para qué ni hasta cuando, abdicación y ofrenda, dice en otro poema estupendo. Esa forma antigua es la gracia. Gonzalo Gragera tiene esa gracia de ir más allá de la gravedad.

QUINCE DE AGOSTO EN SANLÚCAR

Como la sal que se vence y vence en el suelo y recorre el caluroso asfalto, la sal que esconde poluciones, neumáticos, goma quemada, las altas temperaturas del mes de agosto, todo aquello que nos invade de vulgaridad y de monotonía. Con ese efecto de depuración -¿de salvación?- de las cosas convencionales, casi siempre ordinarias y prescindibles, busco el oficio de la escritura. Lo busco para eso, sí: para desprenderme, desprendernos, de la costumbre y preparar la emoción, el asombro, como lo quiso Borges. En el lugar de la sal, la precisión de la palabra; en el lugar de la larga vista que ofrece la alfombra, el ritmo, la música, que es arquitectura y proporción interna de la frase, de la sintaxis; en el lugar de la lograda geometría de sus formas, la composición y el acento que sólo da el estilo, el que cada uno consiga hilvanar. Con la sal se oculta una verdad –una realidad- para recrear una ficción: callamos la fealdad, por anodina y por común, de un pavimento para enriquecer de belleza, disenso de lo conocido, a las calles. Pero sucede que esa ficción perpetrada por los colores de la sal, al ser de belleza, será más verdadera que cualquiera de las realidades que podamos medir con los sentidos. El propósito de estas palabras debe asemejarse a esta observación.

Y con esas palabras evocamos este sol con ánimo de soberbia, de niño ingenuo e insolente, que cala como una lluvia de joyas sobre las piedras gaditanas de la parroquia. Este sol ilumina los guijarros de la Cuesta de Belén, ilumina los salones interiores, espíritu aristocrático y subversivo, del apellido nobiliario, ilumina el bullicio de las familias en los veladores de los bares del barrio alto, del primer barrio alto, ilumina la caída de las hojas, de la frondosa vegetación, por las fachadas de un edificio que recuerda las tardes de ocio de los Orleans, la ilustración de la clase alta en una España a la que aún le sonaba lejano el ruido de las ideas modernas. Y en este paisaje que el sol ilumina -sol que, al igual que el río, viene aquí a morir-, y con idéntica cadencia a la de ese oleaje de la desembocadura en Bonanza y en Bajo Guía, aparece por la esquina de la plaza la plata de las azucenas del paso, la eclosión de los nardos en cada esquina, la diminuta inmensidad de un bordado, de una artesanía. Todo en Sanlúcar supone y propone vocación de artesanía. Todo aquí parece, o está, hecho de la mano del hombre, no de la industria: de la gastronomía al paisaje de bodega y de mar; de las claras arenas de Doñana a los conventos, discretos y ricos, de la calle Descalzas, de Madre de Dios; de los húmedos muros de las casas, cicatrices y decadencias de los años en sus exteriores, a la playa que cita Cervantes en las primeras páginas de el Quijote. Playa de los que no necesitan playa. Porque en Sanlúcar esta es tan sólo un atributo más, un inicio, en contra de lo que sucede en la mayoría de los pueblos costeros de Andalucía.

Como la sal, voy esparciendo las palabras que escribo, y, del mismo modo, con el sol de esta tarde de agosto voy abriendo luces a las sombras de las claridades de la página en blanco. Y todo para llegar al punto de fuga de los horizontes traídos, de todos estos itinerarios, de todos estas venas por donde fluye el impulso de una emoción, emoción sin retórica y sin estridencia, sin discurso de impostura, ese tan contundente como banal. Nada de eso. Esta emoción es la emoción honda y serena, la que ahora está asomada en el balcón de la calle san Juan, o en las manos abiertas de un aplauso popular, o en el alfiler que un fiscal de paso cose a la camisa azul de un aguador cualquiera. Del modo en que ahora clavo, las deudas están para devolverlas, ya sea en El Arquillo o en un artículo, el porqué de todo lo que describo: la perla de un nombre. La Caridad.