QUINCE DE AGOSTO EN SANLÚCAR

Como la sal que se vence y vence en el suelo y recorre el caluroso asfalto, la sal que esconde poluciones, neumáticos, goma quemada, las altas temperaturas del mes de agosto, todo aquello que nos invade de vulgaridad y de monotonía. Con ese efecto de depuración -¿de salvación?- de las cosas convencionales, casi siempre ordinarias y prescindibles, busco el oficio de la escritura. Lo busco para eso, sí: para desprenderme, desprendernos, de la costumbre y preparar la emoción, el asombro, como lo quiso Borges. En el lugar de la sal, la precisión de la palabra; en el lugar de la larga vista que ofrece la alfombra, el ritmo, la música, que es arquitectura y proporción interna de la frase, de la sintaxis; en el lugar de la lograda geometría de sus formas, la composición y el acento que sólo da el estilo, el que cada uno consiga hilvanar. Con la sal se oculta una verdad –una realidad- para recrear una ficción: callamos la fealdad, por anodina y por común, de un pavimento para enriquecer de belleza, disenso de lo conocido, a las calles. Pero sucede que esa ficción perpetrada por los colores de la sal, al ser de belleza, será más verdadera que cualquiera de las realidades que podamos medir con los sentidos. El propósito de estas palabras debe asemejarse a esta observación.

Y con esas palabras evocamos este sol con ánimo de soberbia, de niño ingenuo e insolente, que cala como una lluvia de joyas sobre las piedras gaditanas de la parroquia. Este sol ilumina los guijarros de la Cuesta de Belén, ilumina los salones interiores, espíritu aristocrático y subversivo, del apellido nobiliario, ilumina el bullicio de las familias en los veladores de los bares del barrio alto, del primer barrio alto, ilumina la caída de las hojas, de la frondosa vegetación, por las fachadas de un edificio que recuerda las tardes de ocio de los Orleans, la ilustración de la clase alta en una España a la que aún le sonaba lejano el ruido de las ideas modernas. Y en este paisaje que el sol ilumina -sol que, al igual que el río, viene aquí a morir-, y con idéntica cadencia a la de ese oleaje de la desembocadura en Bonanza y en Bajo Guía, aparece por la esquina de la plaza la plata de las azucenas del paso, la eclosión de los nardos en cada esquina, la diminuta inmensidad de un bordado, de una artesanía. Todo en Sanlúcar supone y propone vocación de artesanía. Todo aquí parece, o está, hecho de la mano del hombre, no de la industria: de la gastronomía al paisaje de bodega y de mar; de las claras arenas de Doñana a los conventos, discretos y ricos, de la calle Descalzas, de Madre de Dios; de los húmedos muros de las casas, cicatrices y decadencias de los años en sus exteriores, a la playa que cita Cervantes en las primeras páginas de el Quijote. Playa de los que no necesitan playa. Porque en Sanlúcar esta es tan sólo un atributo más, un inicio, en contra de lo que sucede en la mayoría de los pueblos costeros de Andalucía.

Como la sal, voy esparciendo las palabras que escribo, y, del mismo modo, con el sol de esta tarde de agosto voy abriendo luces a las sombras de las claridades de la página en blanco. Y todo para llegar al punto de fuga de los horizontes traídos, de todos estos itinerarios, de todos estas venas por donde fluye el impulso de una emoción, emoción sin retórica y sin estridencia, sin discurso de impostura, ese tan contundente como banal. Nada de eso. Esta emoción es la emoción honda y serena, la que ahora está asomada en el balcón de la calle san Juan, o en las manos abiertas de un aplauso popular, o en el alfiler que un fiscal de paso cose a la camisa azul de un aguador cualquiera. Del modo en que ahora clavo, las deudas están para devolverlas, ya sea en El Arquillo o en un artículo, el porqué de todo lo que describo: la perla de un nombre. La Caridad.

DOS EXALTACIONES A LA SANTA CRUZ EN LA HERMANDAD DEL SILENCIO, RIQUEZA LITERARIA Y SOCIAL

PRIMEROS PASOS, LA LLAMADA CORTITA

Debe tener ciertas dosis de temeridad el que se enfrente a la tarea de buscar a quien  largue en la hermandad de El Silencio. Eso sin duda. Un inconsciente, vaya. ¿Tarado dice usted? Tiraremos también por esa posibilidad. Pero al igual que sabemos que la empresa es laboriosa,  suponemos que pocas cosas más llenas de motivación que los objetivos nublosos, quizá inciertos, difusos, elevados también, como ese incienso que os acompaña, Campana, atrio de San Antonio de Abad, calle Francos, cuando las fuerzas, aún tensas, empiezan a flaquear. No obstante, el propósito de encargo, lírica al margen, no es otro que ese: indagar, acaso investigar, en la hermandad donde nadie suelta ni mú. La faena se presenta con nombre de adversidad, de miura si lo tomamos por el pitón de la tauromaquia. Sin embargo, allá iremos.

Los primeros indicios nos llevan, qué digo, nos guían, verbo bastante más cofradiero, a las salas de la casa hermandad, la de la calle Alfonso XII, donde el escribidor tan buenos recuerdos guarda, y algún que otro amigo, de esos que tratas de dilucidar bajo el antifaz del capirote cada Madrugada de Dios, recuerdo de Rafael Montesinos, o de Rafael Roblas, y en poco o nada logras acertar su nombre, incluso cuando no dejas de tratar, día sí y no, con su presencia. Dicen que hay que tener amistades hasta en el infierno, aunque uno prefiera reservarlas en esta leve gloria de primitivos nazarenos. Con ellos inicio, valga ripio, el oficio, la proposición.

En primer lugar, acudo a Francisco Javier Villar Atienza, hombre de cuatro nombres a los que, para gente cercana, le sobran tres, número de preguntas con las que le abordo. Absoluta rectitud, hieratismo extremo. Que no suelta nada, digo. Insisto. Persisto. Repito. Reitero. Hasta persevero. Nada. La callada por respuesta, como esa venia que piden fiscales cada noche de marzo o de abril, y que es, luna de inspiración mediante, la principal productora de atriles y pregoneros al uso y al desuso de sus metáforas y poemas vergonzantes. Pero quita, quita, aparte de mí ese cáliz. De Francisco Villar Atienza no obtengo mayor pista que la de la no respuesta. Me temo que será más complicado de lo que aún pensé.

Me dispongo entonces a barrer las negaciones, no de San Pedro sino de Javier, del tablero, y así me acerco a Federico León Ybarra, quien junto con Luis García Ridao e Ignacio del Rey alguna que otra tertulia formamos en noches de Cuaresma y tal. Otro primitivo, como se suelen llamar con pequeñas muestras de guasa y cercanía. Primitivo que custodia la imagen primitiva en la calle primitiva de los primitivos señores burgueses: San Vicente. Recordemos ahora el dicho de los estratos sociales según el callejero de la ciudad: “De la Catedral a la Magdalena, / se almuerza, se come y se cena; / de la Magdalena a san Vicente, / se come solamente; / de san Vicente a la Macarena, / ni se almuerza, ni se come, ni se cena”. Y con esto nos encontramos, de nuevo, silencio, missing según los posmodernos. No sueltan ni prenda.

Así que, visto el panorama, y yendo a lo seguro, tomo el camino, pues claro, más corto de mis pies no descalzos sino arropados por la piel, creo que piel, a saber, de mis botas color tierra. Y en este camino más corto, cómo no, llego al secretario segundo de la cofradía, hombre con quien comparto afinidades e inquietudes de vocación y dedicación. Por el camino más corto llego a Rafael Roblas Caride. Y es él quien me entrega, tras la travesía, los dos ejemplares necesarios para cometer el encargo que al principio de esta introducción concertamos. ¿Que cuál? El de comparar –en estilo, fondo y forma- dos de los más brillantes escritores contemporáneos que la ciudad ha dado, y, por supuesto, desde un acto que organiza la propia hermandad: la exaltación a la Santa Cruz. Son dos los nombres que nos ocupan: Antonio Burgos y Francisco Robles. Tópico de la dualidad mediante, tan cultivado en sus obras. Y representado, sí, en ese Jano bifronte, patio de la Casa Pilatos, que tanto les gusta a la hora de interpretar los dones de la ciudad.

 

SOCIEDAD Y LITERATURA

Del 28 de mayo de 1988 es la exaltación de Burgos y del 11 de mayo de 2007, la de Robles, apenas diecinueve escasos años de diferencia, dirán. Pero entre ambas media una distancia considerable. Más aún en estos últimos años del siglo XX y primeros del XXI, en donde el tiempo –y las consiguientes revoluciones que suponen sus cambios- evoluciona a un ritmo de vuelta de cofradía por la calle Javier Lasso de la Vega, para entendernos. Aunque la aceleración de este tiempo, en donde como causas podríamos hablar de cambio de siglo o incidencia de nuevas tecnologías en el quehacer diario, no se debe tanto a motivos generales como puntuales. ¿Qué motivos? Proponemos dos: la Expo 92 y la irrupción de la televisión, Internet y las nuevas vertientes de comunicación: las redes sociales. Hechos que transformarían el modo de entender la Semana Santa y la ciudad. ¿Y qué relación guardan con el estilo, fondo y forma de estos dos escritores? Alguna, no nos adelantemos. ¿Y con las exaltaciones a la Santa Cruz de la hermandad de El Silencio? Dos parámetros en que asentarnos.

Es significativo, con todo, cómo, si la manera y trato de Antonio Burgos y Francisco Robles en su literatura representa dos estilos no similares aunque complementarios o sucesorios el segundo del primero, el discurso del hermano mayor de la cofradía no varía en ningún momento en la presentación a los dos autores. Es decir, mientras esa sociedad sevillana de los años ochenta, y su vinculación con las cofradías, en poco se asemeja a la de los primeros años de la década del 2000 –variaciones que sustentamos en la Expo del 92 y la llegada de Internet-, las palabras con que la primera cabeza visible de la institución organizadora de la exaltación a la Santa Cruz, el hermano mayor, se dirige a su público son muy parecidas tanto en intención como en expresión en los dos momentos. Copiamos dos fragmentos, correspondientes a la exaltación del 88 el primero y a la del 2007 el segundo:

“El transeúnte que esta noche pase por la antigua calle de Las Armas y oiga el estruendo de tambores, trompetas y demás instrumentos, que resuenan a través de la cerrada puerta de la Real Iglesia del Sr. San Antón; los concurrentes a este acto sorprendidos por el exorno del compás del Convento; los propios hermanos de esta primitiva y silenciosa Hermandad; pensarán sin duda que como se dice hoy día –éstos se están pasando. Esta no es la Hermandad del Silencio que nosotros conocemos.

Pero es un pensamiento alejado de la realidad, porque en esta Hermandad a través de los siglos,  todo lo que se hace está regido por dos normas fundamentales: la Regla y la Tradición”.

Ahora, año 2007:

“Como proclamó en el primer acto de exaltación a la Santa Cruz, en mayo de 1998, nuestro entonces hermano mayor Eduardo Ybarra Hidalgo, esta celebración sorprende a cuantos nos contemplan hoy en este compás revestido con tan extraordinario exorno. La entrada a la Real Iglesia de San Antón es hoy absolutamente distinta. Y el estruendo de la música, otro año más, también hace posible una estética singular. Quienes esta noche se asombran deben saber que tan auténtica es la seriedad de la cofradía que ven cada Madrugada camino de la Catedral para alabar a Jesús Sacramentado, como la hermandad que ven hoy reunida en este patio engalanado en torno a la cruz o la hermandad que ven celebrar la Resurrección de Nuestro Señor con un ágape fraternal en este mismo atrio.

Como esta hermandad lo tiene todo regulado en sus Reglas y de ellas nunca se sale, hoy no hacemos más que cumplir uno de sus cánones”.

Estilo y conciencia de la hermandad de El Silencio se mantiene casi sin alterar una coma. Como si el tiempo por esta no hubiese sucedido, conservando idéntica finalidad en sus normas y sus modos. No ocurre así –y bien está-, como veremos, en el contenido de los dos textos: Burgos y Robles.

 

DOS ESCRITORES CON LOS QUE COMPRENDER UN TIEMPO Y UNA CIUDAD

Es la literatura un documento con el que diseccionar e indagar las pulsaciones de un tiempo; desde ella, con ella, averiguamos y llegamos a comprender el cómo y el qué del dónde. En la literatura nos acercamos a las costumbres, a las maneras, a los paradigmas culturales, a los acervos de una sociedad, de su mentalidad, de sus formas. Y dentro de este arte, de esta literatura, los autores. Los escritores, claro. Voces representativas, mediante su estilo y su tema, de todo esto que venimos hablando. Ellos son quienes dan cuerpo a eso que llamamos literatura, ellos son los que dotan de sentido y de contenido la abstracción total de un concepto tan universal como es el literario. Nosotros, desde este tiempo –finales del XX y principios del XXI- y desde este lugar –Sevilla y sus cofradías- hemos escogido dos, aunque más se den, se entiende. Como ya hemos indicado son Antonio Burgos y Francisco Robles.

No solo ellos se acercaron al atrio de San Antonio Abad por el mes de mayo. No fueron los únicos, por supuesto. También hubo escritores y estudiosos de la lengua que bien merecerían su sitio en este breve artículo. ¿Por qué entonces esta criba? ¿Por qué esta selección? ¿En qué se basa? Principalmente en que son autores representativos de una Sevilla, cada cual en su momento, y que, a su vez, se complementan el uno del otro. Desde sus dos estilos, tanto el de Burgos como el de Robles, se conoce a la ciudad, se podría hilvanar una teoría de esta: digamos que la obra de estos dos autores es un buen molde para experimentar con el paso del tiempo, y lo que él trajo, de la ciudad de Sevilla. Estilos cada uno independiente pero correlacionados, autónomos –en el aspecto literario y, supongo, en el laboral- y complementarios. Quizá por eso Robles sea discípulo de Burgos, y no su epígono, como tantos imitadores que por los alrededores del Arenal, buscando no sé qué inspiración, deambulan. Por eso, por otra parte, aunque Robles sea deudor de Burgos –en el estilo de la escritura, no pensemos mal-, tiene voz personal y escuela. Al igual que el segundo, obvio.

¿Y cuál es la voz y la escuela de uno y de otro? El documento que nos ocupa, el acto de exaltación a la Santa Cruz de Sevilla, es perfecto para abordar esta cuestión. Tanto por el contenido como por la facilidad que este nos presta para comparar preferencias a la hora de tomar partida en la producción de una obra. ¿Sería lícito escoger artículos de ABC de Sevilla o de El Mundo Andalucía para cometer este propósito? No lo dudemos. Pero quizá nos fallaría el tema. O mejor dicho: la exactitud del tema. Se hablaría de Sevilla, sí; incluso se hablaría de cofradías, vale; aun así, no hablaríamos de una Sevilla y de una cofradía. Con las dos exaltaciones en la mano nos acercamos al estilo de dos autores desde el contenido de la obra hasta el tema que ronda a la obra. Mucho más didáctico y, con probabilidad, más acertado el análisis.

Pero ¿cuál es la voz y la escuela de uno y otro? No más rodeos. En Burgos se sugiere un tono más cercano al retrato lírico e idealizado de la ciudad. Un tono aristocrático y, al mismo tiempo, popular. Elevado y coloquial; culto y conversacional. Profundo conocimiento de la costumbre y precisa recreación, mediante un elegante y elaborado uso del lenguaje, de lo que se busca transmitir. Una combinación de dos registros que nutren el ritmo y la cadencia del fraseo con, lo más difícil, aparente sencillez y facilidad. Como ejemplo: “La primavera toda sigue siendo la gran fiesta barroca de Sevilla. La fiesta de la Naturaleza en la ciudad. La proclamación de lo más hondamente sentido. Sevilla de los cabales… Id en estas tardes de domingo a la plaza de toros. La ladrillería a la vista os dirá la exactitud en la sevillanía de quienes allí están (…). Quien no comprenda los secretos de este rito, de nada le vale andar por caminos de pinares y arenas, de nada le sirve copear en trastiendas de lona, porque no se habrá enterado de nada de Sevilla. Que de Sevilla dijo su poeta romántico que tiene alegre la tristeza y alegre el vino. Como tienen alegre la tristeza o triste la alegría las viejas coplas que envidia le tienen al viento, celos a otra novia que es Sevilla misma, esta Sevilla honda le tiene, harta de que le ronden la calle los falsos amantes”. Extenso fragmento pero ilustrativo de lo que venimos comentando.

¿Y Francisco Robles? Pues no distante de Burgos, aunque en él se adivina, junto con la incorporación de sesgos de carácter culturalista –mención abundante de otros poetas y escritores universales, incluso ajenos a la fiesta-, una intensidad en el texto más meditativa, reflexiva, intimista, de conversación con el hombre que con él camina, o que lleva dentro. Robles es aquí un poco filósofo, un poco cronista y un poco poeta. Y el humor. El humor de Robles. No quiere decir esto que Burgos no sea un autor que lleve al humor de la ciudad a las más altas cotas literarias, solo que en Robles este término es rasgo inconfundible, y maestro, de su oficio. Dos fragmentos, para que todo quede, espero, más claro:

“Frente a los que piensan que no hay vida más allá de una religión mal entendida y peor digerida, el mensaje abierto a todos los hombres. A los que duermen en ese letargo de la indiferencia, y a los que nos debatimos en esta tierra de nadie donde se reciben más cosquis, que diría un castizo, que en ningún sitio. Los meapilas, con perdón, nos ven como si fuéramos unos degenerados y unos farsantes. Y los practicantes del fundamentalismo ateo nos desprecian por nuestra debilidad intelectual. Menos mal que sentimos el abrazo cálido de vuestra cofradía”.

“¿Pescao frito? Hemos mentado a la bicha, la sierpe que anida en el estómago y provoca la secreción de los jugos gástricos. Y calmaremos la sed con ese ritual tan sevillano que consiste en volver al lugar que dio origen a la Semana Santa. Volveremos, una vez más, a la Cruz del Campo. ¿Lo veis? Me habéis llamado para hablar de la Cruz de Mayo y la cruz se hace presente en todas sus formas y maneras. La Cruz del Campo provoca esa réplica de los candelabros de guardabrisas que es la copa de cerveza, el fanal que contiene uno de los líquidos más valorados por el sevillano rancio”.

UNA REFLEXIÓN, A MODO DE, RIPIOSA, CONCLUSIÓN

En el apartado de sociedad y literatura y en algún que otro párrafo del artículo se trata el asunto, pero, a la vez, se esquiva. Se plantea y se declina. Tan solo se esboza. ¿Cuál? El del motivo que fundamenta el estilo de uno y otro autor y que, del mismo modo, nos entrega las claves para entender a la sociedad de su tiempo. Recuerden: año 1988 y 2007, Burgos y Robles, respectivamente. Nosotros ofrecemos una teoría, o más bien, una especulación.

Centramos el punto de inflexión de ambos años en la Expo de 1992 y en el origen generacional de los autores. Burgos proviene de un tiempo en que el idealismo y la creencia, la fe, en el cambio de los opositores al autoritarismo del régimen franquista facilitó el entendimiento entre todas las partes y la concreción de una democracia que conoció, casi adolescente, Francisco Robles. Esta aspiración y firmeza en el valor de los ideales se lee y percibe en el estilo de Burgos, en esa solemnidad de trato –vista en el anterior apartado- con conceptos como la ciudad, sus ritos, su esencialismo, su inmaterialidad. Pero es entonces cuando nace una generación, la de los sesenta, casi crecida en esa democracia que otros ayudaron a forjar y en una época que los sociólogos llaman posmodernismo, con su actitud de escepticismo y relativismo en torno al mundo que conocieron sus abuelos y sus padres. Este relativismo y negación de los absolutos coinciden, en la generación de Francisco Robles, con la decepción en el idealismo democrático cultivado por sus antecesores. Corrupción, desengaño de la buena práctica de las instituciones democráticas, desilusión con la política liberal de partidos, anuncio de los primeros síntomas de estancamiento en el crecimiento económico… todo notas de una generación en la que maduró Francisco Robles. ¿Y en qué momento se rompe con el idealismo de aquellos y llega el posmodernismo de estos? Nuestra opción, en relación con las cofradías y Sevilla, es la Expo del 92. Con sus, por otra parte, surgimientos de mass media y redes sociales.

Y de ahí el humor, sí. De ahí la posibilidad de que Robles, en la hermandad de la tradición, la primitiva, compare los candelabros de guardabrisa con los vasos cerveza y hasta el cardenal suelte alguna que otra carcajada: es un tiempo de negación de absolutos, y aunque no sea este el criterio -o el pensamiento- ni del escritor ni de los asistentes, en sus conciencias existe la posibilidad de que esto así sea, y no suponga escándalo alguno, pues, queramos o no, somos producto de nuestro tiempo. De ahí, también, que Burgos tome, en cambio, por un registro más cercano a la solemnidad que se le presume al acto.

Esta es la vinculación de la literatura con la sociedad, y viceversa. Con la Semana Santa, claro, también, como parte de la ciudad. Pues no es esta un fósil ni una antigualla, como muchos pretenden presentarla. Pero ese otro tema. Uno ya se calla. Que para eso hemos venido a hablar en el silencio.

NOS FUIMOS A CÁDIZ, Y ESTO PASÓ

UN VIAJE DE LOS DE QUE YA NO QUEDAN

De sur a sur, viaje entre dos provincias, Sevilla y Cádiz, puntos cardinales del mapa andaluz en donde Fernando Villalón propuso su particular visión, o división, del mundo. En dos, se entiende. Si bien aquella cita pecaba de medianas dosis de ingenuidad, cierto es que mucho de dicotomía tienen estos paisajes, de dobles lecturas, como casi todo lo que merece la pena, como casi todo lo que merece la alegría. La dualidad es necesaria, conveniente, por tanto, a la hora de interpretar estas dos ciudades. De Sevilla vamos hasta Cádiz, sí, por la autopista, peaje mediante, con un precio que invita a dar la vuelta. “Es que la entrada en el paraíso tiene su coste, mire usted”, comenta la mujer de la ventanilla al adivinar el resoplido del conductor. Lebrija, antes Utrera, ahora Jerez… el viaje, a medida que avanzamos, nos da pistas de lo que encontraremos en el destino. Un poco de esto, otro de aquello. Todos los pueblos que vamos olvidando en el retrovisor del coche guardan un rasgo, un sesgo, una particularidad de la ciudad, de nuestro destino: Cádiz. Ya sea en circunstancias, digamos, más serias, como la coyuntura económica, hasta aspectos más lúdicos, culturales y artísticos, como el cante. No deja de ser curioso, en cualquier caso: antes de llegar ya te ponen antecedentes, te ofrecen adelantos.

Tras una hora y media de trayecto, se intuye el puente, las salinas, a lo lejos San Fernando, la isla de Camarón –quien cumplirá veinticinco años de mito el próximo mes de julio- y de Chano Lobato; más allá Puerto Real, y Chiclana, y la Barrosa de Montero Glez. Al bajar del puente, la extensa avenida, con aire, sabor y reminiscencias a las playas de los estados sureños de Norteamérica. “Perdone, ¿Cádiz?”, preguntamos. “Esto es Cádiz ya, sí, pero si quiere ir a Cádiz, Cádiz, hasta puertatierra”, nos responden. Nuestra cara, de asombro y estupefacción, no se distancia demasiado de la que pusimos en el control del peaje. ¿Cómo un pleonasmo puede dar sentido, y no redundancia, a un concepto? Digo: ¿cómo repetir dos veces una palabra no supone un sinsentido sino que refuerza, aún más, lo que se quiere decir? Por la normalidad con la que este caballero se despidió de nosotros debemos de imaginar que su indicación es lo usual; es decir, que repetir dos veces la palabra Cádiz, o, del mismo modo, abandonar la reiteración, implica un lugar de referencia. Y este criterio como patrón universal del sistema gaditano.  Una vara de medir distancias, creemos. Así que estábamos en Cádiz, sí, pero no en Cádiz, Cádiz, que es, por las señas dadas, el verdadero lugar al que nos dirigimos. El centro, la ciudad monumental, el casco histórico, en resumidas cuentas.

Cruzamos la avenida, a un lado el estadio Ramón de Carranza –alcalde propuesto a dedo durante el gobierno civil de Miguel Primo de Rivera-; al otro, la playa de la Victoria, desde donde podríamos observar, ya sí, los primeros ecos de la Catedral y su paseo marítimo, en el que llaman Campo del Sur, con todo el océano Atlántico delante, en la inmensidad, horizontal y plano, al igual que el terreno de juego de ese estadio de fútbol por el que ya hemos pasado. Al fondo, El Puerto de Santa María, el de Rafael Alberti, como un careo constante con el Cádiz de José María Pemán. Anécdotas, sin más, que la historia reserva. Cádiz, según vemos, está llena de ellas.

Y ya cruzamos la rotonda y el arco de Puerta de Tierra, puertatierra, como dicen los foráneos, perdiendo, por el camino, la preposición en el habla, economía del lenguaje, quizá. Pero consideraciones lingüísticas al margen, seguimos, y nos adentramos en el puerto, en uno de ellos –hay que recordar que Cádiz, como escribió Caballero Bonald, es un barco anclado en el mar-, y conducimos por la Cárcel Real –al que le tocara la celda de cara a la bahía menudo chollo-, extramuros del barrio del Pópulo, donde la venta y trapicheo de droga fue un festín en la década de los noventa. Aquí también está, según cuentan, una de las principales devociones de la ciudad: Jesús Nazareno. Nos da la sensación de que, desde nuestro racionalismo, nihilismo y existencialismo los sábado de resaca, tendremos que hacer un esfuerzo en concentrar energías, ya que el Pisuerga pasa por este gaditano barrio, para pedir un milagro. El del aparcamiento. Y es que si algo caracteriza a Cádiz, Cádiz, a este Cádiz, Cádiz que dinamitó puentes con tal de que no la ocuparan los franceses, este Cádiz, Cádiz, también decimonónico, de inspiración espiritual y literaria para Blanco-White, es la ausencia total de sitio libre para dejar el coche. De gratis, claro. Aun así, alcanzamos la gesta, y aparcamos junto a un monumento a la Constitución de 1812. Apuntad, dos hechos históricos en cien metros: la resistencia al ejército francés, consagrada en este monumento constitucional, y el haber aparcado en Cádiz, Cádiz, en menos de cuarenta y cinco minutos. Proezas varias, claro.

Y ahora sí, a cumplir con el objetivo al que hemos venido. Retrato de una de las fiestas más conocidas de nuestro país; o mejor dicho, el trato, desde dentro, con los personajes que en ella participan, con las historias que en ella se suceden, con los preparativos que ultiman, con las emociones que viven. En estos meses de enero y febrero la ciudad de Cádiz celebra sus carnavales, fiesta que trasciende las connotaciones que cualquier visitante, ajeno, pudiera imaginar. Por tanto, fuera prejuicios. Entre la expresividad del que se sucede en Canarias y el enigma del de Venecia, entre la sátira de la letra y el ingenio de la música. Calle General Luque hasta plazalasflores, nos indican.

SIN MÁSCARA, CARNAVAL PARA INICIADOS Y CURIOSOS

Un poco de seriedad, que vamos a escuchar, como dicen por aquí. Para comprender al carnaval de Cádiz, nos advierten en un ensayo al que acudimos, es fundamental partir de una distinción: la calle y el concurso. Lo oficial y lo oficioso, en cierto modo. El concurso lo forman las agrupaciones -cuatro tipos: cuartetos, chirigotas, comparsas y coros- que en él participan; el carnaval de la calle, cuya duración es de una semana, el núcleo de la fiesta, lo que da sentido a la competición que se celebra en el Gran Teatro Manuel de Falla, el Falla, como abrevian por aquí, también lo componen agrupaciones, sí, pero estas no tienen necesidad de pasar bajo el filtro, la competición, del denominado concurso. Aunque las actuaciones en el teatro, que es lo que solemos ver retransmitido por televisión, por tanto lo más conocido para el público general, ocurran antes que ese carnaval callejero que hemos comentado, es este el que da origen a aquel, y no al revés. Digamos que lo accesorio es el concurso y lo esencial, la calle. Para evitar mayores confusiones.

En pocas semanas, estas calles que hoy deambulamos, humedad en la piedra y olor a mar en las esquinas, verán a las agrupaciones entonar sus repertorios. ¿Y qué es eso de las agrupaciones? Por aquí nos instruyen, aunque algo ya hayamos adelantado. Como si de un género literario se tratara, el carnaval de Cádiz también se divide en diferentes modos, maneras, de expresión, diferentes cauces con los que tratar el arte en cuestión. Son cuatro: cuarteto, chirigota, comparsa y coro. El primero, de carácter más cómico que el coro pero menos que la chirigota, lo forman cuatro componentes; el segundo, retrato social a través de la ironía y el humor, entre siete y doce individuos; el tercero, de asuntos más cercanos a la denuncia y a la crítica, con una puesta en escena similar a la chirigota, de doce a quince componentes; el cuarto, un poco de todo, pero con mucha más gente –alrededor de cuarenta y cinco personas- cantando y con un ritmo y con un compás de entrada que te hace mover las caderas de izquierda a derecha.  Todas estas agrupaciones saldrán a las calles que ahora pisamos, rodeando ese mar que ya hemos descrito, y esas olas de La Caleta, playa de la capital, que es plata quieta, según las famosas Habaneras de Cádiz, letra de Antonio Burgos e interpretación de Carlos Cano.

Ahora bien, a pesar de que no sea el punto de partida ni la finalidad del carnaval de Cádiz, deberíamos echar mano, ya es hora, del concurso. ¿Qué es eso del concurso? Según las notas de nuestros guías, el concurso es una competición en la que participan las agrupaciones, llamémoslas modalidades, del carnaval de Cádiz y cuyo fin es la recompensa de un premio. Son tres por cada modalidad: primero, segundo y tercero. Es lo que se graba por la tele, vaya, y lo que miles de aficionados y extraños consumen mediante vídeos virales y Youtube. La dotación económica no es tanto como la relevancia social que adquiere el grupo, ya sea el cuarteto, la chirigota… Para llegar a tal distinción, chavales y mayores, de entre veinte hasta cincuenta y sesenta años, aproximadamente, dedican horas y horas de ensayo –incluso fines de semana- en locales de la capital, en busca, sí, del apreciado premio. Todo de gratis, sin mayor expectativa que la de llegar al telón y esperar a que se abran las cortinas para terminar con el ruido de los aplausos y los comentarios de los espontáneos, vitoreando. “¿Entre el Nobel y un primer premio? Qué preguntas tienes, hijo”, apuntan con guasa, que es el idioma de la gracia entre estas fronteras. Una actitud que recuerda a esa letrilla, de corte crítico, que dice… “Cádiz es un pueblo / lo más misterioso / y lo más gracioso / que cabe pensar: / cuanto menos come, / más contento está”.

Ya se conocían estas coplas carnavalescas –que es el mote que toman las letrillas de las agrupaciones, si hablamos con propiedad- en el siglo XIX, y testimonio de este hecho lo da Pío Baroja, en este breve fragmento:

“En la época en que yo era chico, en Pamplona, aparecieron los tangos gaditanos… Con aquellas canciones se inició el flamenquismo en los pueblos del Norte de España… Hubo algunas que corrieron por toda la Península…”.

Pero ¿y los orígenes? Los orígenes de estas coplas, de esta fiesta, digo. Bien: los amigos, en la charla, en el ensayo en el que nos encontramos, nos sugieren el libro De Cádiz y sus cantes, del paisano Fernando Quiñones. Con el ejemplar, traemos el siguiente texto, para aclararnos:

“En opinión de fundamentados criterios, la tradición carnavalesco-musical gaditana se remonta a los años, tan heroicos como prósperos para la ciudad, de la Guerra de la Independencia, y sus orígenes quizá estén asociados a María Antonio la Caramba, famosa tonadillera de la época. Ningún documento histórico, hasta ahora al menos, ha podido arrojarnos una probación definitiva de ello, pero las tendencias, gustos y abundancias musicales de Cádiz de aquellos tiempos parecen favorecer la tesis. También se ha aludido, como remotos elementos precursores, a las comparsas y coplas de negros de los siglos XVII y XVIII, al básico origen italiano del Carnaval gaditano (importado en principio por las numerosas colonias de mercaderes itálicos residentes en la ciudad) y a su posterior e indudable parentesco afrocubano”.

Es decir, del argumento de Fernando Quiñones nos quedamos, al margen, claro, del apunte histórico, con un rasgo del carnaval, un rasgo que lo define, básico: la influencia de otras músicas. De la instrumentación de las agrupaciones al tono en que se cantan las coplas, de la escenificación de los integrantes de las distintas modalidades hasta, incluso, los temas que se tratan. Laúdes, guitarras, bandurrias… ¿no son instrumentos que podríamos vincular a la música medieval, a su vez de tradición arábiga? ¿No es esta tradición donde se inserta buena parte del cante flamenco, del folclore y de las letras populares? ¿No salta a la vista –un par de vídeos y lo podremos comprobar- esa relación, instrumentos, temática popular y tono flamenco, en las chirigotas, las comparsas, los coros y los cuartetos? Ya digo, no hay más que acercarse a estos ensayos, ya casi finiquitados, para verlo con tus propios ojos. Y si queda alguna duda en el aire del Parque Genovés, balcón de la Alameda, prestad atención a esas modulaciones de voz de los octavillas. ¿Los octavillas? Sí: quienes aportan el matiz agudo entre todas las voces del conjunto. En ocasiones demasiado estridente; en otras, algo más suaves y melódicos. En todas significativas de lo que hemos hablado.

Creatividad y libertad. Esos términos, quizá, sean los que mejor resuman la esencia de esta fiesta. En el caso de que debamos proporcionar esencias a las cosas materiales, asunto y discusión que se escapa de nuestro propósito, claro. Uno sigue en el ensayo, involucrado en cuestiones menos dadas a la trascendencia, paparapaparapapá, suena el bombo y el platillo, la percusión de toda agrupación, pum, pum, pum, la que da ese ritmo tan pegadizo a las letras y a las coplas. Creatividad y libertad, no hay más, aunque esto ya sea mucho. Aun así, nos quedamos con la sensación de si los gaditanos, los que cada año preparan este carnaval, tan suyo, tan genuino, tan personal, son conscientes de la materia prima que tienen entre manos. Imaginamos que sí, aunque sea como aquel, no sé, privilegiado que vive vista al mar o a tal monumento. Que lo valora, sí; que sabe lo que tiene, también; pero que de tanto apreciarlo lo trata con normalidad. La costumbre de lo insólito. Sea lo que sea, lo que es innegable es el valor de este hecho. El de tantos y tantos músicos, letristas, decoradores, gestores… en una ciudad, en un espacio corto de tiempo, apenas un mes, una semana. ¿Dónde se concentra tanta calidad y tanto ingenio? Y ahora otra duda. Planteamiento que, por lo que veo en las reacciones a la pregunta, sustenta polémica: ¿nadie se ha planteado hacer industria de todo esto? Caras de disconformidad, consenso y medias tintas. Nos metemos en un buen lío.

ESTO ES CARNAVAL, ESTO ES CARNAVAL. ¿PERO ES INDUSTRIA?

No traeremos a este viaje las cifras de paro en la provincia gaditana. No por nada: cualquiera puede consultarlas en las miles de fuentes que pululan en internet. Además, las suponemos, ¿no? Pues eso: que cada cual busque y se haga su propia idea. Para insaciables, un adelanto: no son buenas. Nunca lo han sido. Los motivos de esta perpetua recesión también son de sobra conocidos. Mucho tiempo para esclarecer un tema que sigue, como la vida, igual. Así que nos ahorremos el aburrir, una vez más, tanto con causas como con consecuencias. Lo que sí nos interesa es retratar el alcance del carnaval de Cádiz, dimensión que se palpa, aún más, con esta visita, con este descenso, al centro de la celebración.

Es hora ya de contar con los nombres, con los principales nombres, los más conocidos, los punteros –no todos, pero sí algunos-, del carnaval gaditano, y de ver cómo su trayectoria carnavalesca, mezcla de capacidad para la creación y para la música, ha dado el salto a trabajos de otra índole, incluso de proyección internacional. Es el caso de Juan Carlos Aragón, de quien Alejandro Sanz interpretó una de sus más conocidas coplas; también el del comparsista –ese es el apodo de los que hacen comparsas- Antonio Martínez Ares, compositor de artistas como Pasión Vega o Joaquín Sabina; o el de Tino Tovar y su relación con el cantautor Jorge Drexler, quien fuera pregonero en 2013; o cómo olvidarnos del Yuyu, quien tan buenos momentos nos ha dado en la Cadena SER. La nómina no está para desdeñarla.

Aunque no siempre ha sido así -cabe recordar, por ejemplo, la censura del aparato franquista en la posguerra, en donde el carnaval pasó por un proceso de maquillaje que le hizo perder buena parte de su finalidad-, hoy día goza de buena salud. La tele, y el trabajo de los que se implican en este fenómeno, sobre todo, lo ha llevado por media España y parte de la otra. ¿No se podría aprovechar este tesoro para elaborar una industria en torno a él? Las opiniones son dispares, y no intuimos un acuerdo total, un consenso, entre los que tienen que decir –y decidir- qué hacer: los gaditanos. Pero el suceso es, está, y en pruebas nos basamos para pensar en que otro modo de carnaval, no distinto sino complementario, salvaría algún que otro bolsillo. Sin embargo, esto no es más que una apreciación personal. Demasiado personal.

Entre los argumentos –en contra- que nos cuentan, la diferencia, la enorme brecha, entre unos y otros. Entre los más conocidos y el resto. No es lo mismo, apuntan, los contratos que le ofrecen a agrupaciones famosas y premiadas que los que podrían conseguir chavales más o menos aficionados, o no tan conocidos por ahí fuera. Ni por cantidad ni por calidad. Es decir, que estaríamos en las mismas, vaya. No obstante, hay quien se posiciona en otra casilla, hay quien apuesta por otras formas para hacer rentable lo que es, por hoy, afición. Trabajada afición. Entre las propuestas: museos, actuaciones en el año, turismo.

El debate sigue, casi infinito, pero nosotros nos marchamos. Nos marchamos con la duda de no saber muy bien en qué decantarnos. Pero eso ya da igual, o al menos no creemos que importe mucho: ni tenemos autoridad ni potestad ni ocho horas en esta ciudad dan para comprender tanto. Ahora nos queda contemplar, ver, observar. Con eso será suficiente. Ya de vuelta. Dejamos atrás los locales de ensayo, el vino fuerte de la  manzanilla, los papeles con los repertorios, las últimas direcciones de los directores, de los autores. Seguimos, otra vez, plazalasflores camino del coche, de nuevo la humedad del pavimento, el aire templado de la playa, cada vez más lejana. Nos vamos de Cádiz con la sensación, con la convicción, de saber que pronto volveremos. Como hará más de uno de los que por aquí se han asomado. Nos jugamos una ronda en el Manteca.