PRESENTACIÓN DE JUAN BONILLA A “LA SUMA QUE NOS RESTA”

Poesía es pasar de la gravedad a la gracia, dijo Adam Zagajewski o por lo menos dice Gonzalo Gragera que dijo Adam Zagajewski. Así pues, poesía es pasar de la gravedad a la gracia, vale de acuerdo, pero qué es la gravedad y qué la gracia. Bueno, está claro que la primera es una fuerza mayor -una Ley de verdad- que nos ancla al centro de la tierra -y tan es así que en inglés tumba se dice grave. Y en cuanto a la gracia es un estado -también de verdad- un estado de ánimo, y ánimo es alma y alma es aliento. De gracia viene gratis por ejemplo, que en inglés es free, porque qué cosa puede haber más libre que lo que no cuesta nada. Pero de las definiciones de la gracia me quedo con la bíblica, aunque librándola de religiosidad: la gracia es el don que comprende a todos los demás, el don que irradia de la generosidad de quien da envolviendo en esa generosidad a quien la recibe, y ambas acciones se designaban con la misma palabra: tanto dar como recibir se dice con la misma palabra “gracia”. Es un fenómeno sin duda poético, porque la poesía, igualmente, no la hace quien la hace sino hasta el momento en que otro la recibe. Es por ahí por donde más me gusta la frase de Adan Zagajewski, si es que es de Adam Zagajewski: en la gravedad sencillamente se cae adonde sea, y se diría que sólo se pasa de la gravedad a la gracia cuando se produce el contagio, cuando el hecho de escribir se transforma en hecho de leer. Esto debe saberlo bien Gonzalo Gragera porque lo que llama inmediatamente la atención en sus poemas es su condición de poeta que se asume como lector de una tradición clara, a la que podrá ampliar o no, pero con la que se muestra no sólo respetuoso sino también eficazmente orgulloso, como si supiera que, contra las actualidades más o menos estridentes del ahora, le defenderán siempre las músicas genuinas de donde viene, porque son ellas las que, seguramente, hablo por mera intuición, le forzaron -aunque esto quizá es exagerado- a hacer poesía: recibir la gracia es el movimiento primero para la obligación de darla. La tradición en la que fácilmente se inscribe Gonzalo Gragera es una tradición más o menos sevillana, suficientemente estudiada por Fernando Ortiz, que naturalmente también pertenecía a ella, como Javier Salvago, y que alcanza a unos padres fundadores que son los Machado, y a un abuelo fundador que es Bécquer. En unos tiempos en los que lo que no se viste de novedad parece que está condenado a no decirle nada a nadie, lo cierto es lo contrario: de la novedad sólo sabemos una cosa, que pasa pronto, cada vez más rápido, dadas las urgencias que va imponiendo el mercado y las ganas que tiene cada generación de jibarizarse más -cuando yo era joven uno se conformaba con decir que pertenecía a la generación de los 80, ahora parece que hay una generación del año 11- otra del año 12, otra del año 13, y así: la poesía como la pasarela Cibeles, todos los años nuevos vestidos para que así resalten más los vestidos de siempre.  Vaya, me ha salido una estrofa de Salvago, o de Gragera. Para acogerse al peso de una tradición tan estipulada, hace falta, por paradójico que parezca, mucha personalidad: tratar de no parecerse a nadie es lo más fácil del mundo, lo difícil es parecerse a los mejores. Y eso es lo primero que llama la atención en el libro de Gragera: esa personalidad de quien no teme que su voz deje ver a las claras, y sin el menor complejo, los ecos que la han alimentado. Eso es, sin el menor género de dudas, un síntoma de madurez, pues sólo alguien maduro tiene muy claro dónde quiere militar y de qué manera. Ya sé que este no es el primer libro de Gragera, pero es el primero suyo que yo leo, y si no hubiera en la solapa una noticia de su año de nacimiento, no hubiera podido, por el contenido, ni intuir siquiera que se trata de un poeta tan joven.

El libro es una cuenta atrás, quiero decir, que lo primero que se encuentra el lector es el poema 36 tras el que viene el 35, el 34 y así hasta llegar al 3,2,1 con los que el libro termina. Naturalmente el título da una pista acertada por mucho que tenga un si es no es de adivinanza, pues ¿cuál será esa suma que nos resta? ¿Será el tiempo, la sucesión de días que nos dicen que cuantos más tengamos menos nos quedarán por fuerza? Por extensión, ¿será la vida la convocada, porque la suma de hechos vividos nos va restando por fuerza hechos por vivir? ¿Será la propia poesía, por esa ley según la cual el poema es una suma de palabras que acaba desplazando a la experiencia de la que nace, restando en nuestra memoria esa experiencia transformada ahora en poema? Todas las respuestas pueden servir, aunque en la última parte del libro, en el penúltimo poema, algo se resuelve de cualquier duda: Todo lo has dado/ Resta de ti que en otros, quizá, es suma. La poesía, ya se ha dicho, es como la gracia: no sólo reside en dar, sino también en recibir. La poesía como resta del poeta y suma del lector, o como en otro excelente poema se dice: el nombre en el yo de los otros/ el yo de los otros en tu nombre. Es en esa última parte donde el libro habla de sí mismo, donde esa resta sopla en el título y apaga la penúltima mecha. Buena prueba de que el libro no es una mera reunión de poemas ni se ha dejado llevar por la improvisación o la acumulación de materiales: se ha pensado como un artefacto que también se recogiese a sí mismo al recoger lo que pudiese del mundo, lugares deprimidos, como Victoria Station en hora punta, o trozos del paraíso como la Playa de la Antilla, ideales más éticos que políticos como esa Europa ficticia y categórica, y confesiones, libros en que te encuentras sin que nadie te haya llamado.

Es de destacar, en una época narcisista como la nuestra, que el yo del poeta que aquí va no abusa del autobiografismo ni tiende a colgarse medallas: su búsqueda se concentra en las pequeñas cosas, en una cotidianeidad mirada con la perplejidad de quien asiste a un milagro, en quien reprime el espanto con absoluta discreción y se guarda interjecciones y vítores para dedicarse al susurro. Caminas por la calle/y es estrecha y sinuosa/ como una cicatriz//Pero no cicatriza/ porque no es una calle/ y se llama memoria. Este un poema entero, no me gusta leer poemas enteros en las presentaciones porque le quito de alguna manera la posibilidad al poeta de que lo lea él, pero este tenía que leerlo: el tono sosegado, la pausa, la imagen brillante ma non tropo y de repente la revelación de una verdad, una magia sin trucos, que al fin y al cabo eso es la poesía.

No le teme Gragera a los metros clásicos, y hay algún soneto, y enumeraciones, y hasta una copla muy buena: Vino risas y tal / ni ropa ni palabras / menos por menos, más -aunque ningún gitano de Jerez se la va a cantar porque los gitanos de Jerez estamos contra las leyes de las matemáticas-, e imágenes memorables como un sol que se inserta entre edificios creyéndose moneda, y un dios de permiso, y ese segundo antes de la despedida, casi becario, en la expresión del poeta. Ráfagas de expresión que se te clavan fácilmente en las meninges. Hay también un tour de force, un poema largo, espléndido, titulado Victoria Station, que, con la imagen de Pound como referencia, examina en una estación de tren la locura de la vida contemporánea, el vacío donde las voces no suenan y en el que parecemos instalados desde hace tanto sin apenas preguntarnos, como se preguntaba Eliot, dónde estará toda esa vida que gastamos precisamente en no vivirla. La imagen final, hombres como pétalos y naipes recorriendo pasillos sin oxígeno, la hora punta en la que todos están dormidos, es aplastante.

En fin, no me quiero alargar mucho más. La suma que nos resta nos da la medida de un poeta ya hecho, nada dubitativo, seguro de sus armas y militante del batallón del sentimiento contra el sentimentalismo, de la claridad de lo que es difícil de expresar frente al hermetismo de lo que no alcanza a decir nada, pero también de los brindis a lo obvio, que tan buen curso están teniendo entre nosotros. Gragera sabe, porque sabe que la muerte que vemos es más que un juego, que la gravedad es una ley inevitable, que nos atrae hacia las entrañas, pero también que tenemos una forma antigua pero todavía válida de hacerla más soportable, de destilar a través de su contundencia, algo del misterio este en el que estamos embarcados, sin saber ni para qué ni hasta cuando, abdicación y ofrenda, dice en otro poema estupendo. Esa forma antigua es la gracia. Gonzalo Gragera tiene esa gracia de ir más allá de la gravedad.

QUINCE DE AGOSTO EN SANLÚCAR

Como la sal que se vence y vence en el suelo y recorre el caluroso asfalto, la sal que esconde poluciones, neumáticos, goma quemada, las altas temperaturas del mes de agosto, todo aquello que nos invade de vulgaridad y de monotonía. Con ese efecto de depuración -¿de salvación?- de las cosas convencionales, casi siempre ordinarias y prescindibles, busco el oficio de la escritura. Lo busco para eso, sí: para desprenderme, desprendernos, de la costumbre y preparar la emoción, el asombro, como lo quiso Borges. En el lugar de la sal, la precisión de la palabra; en el lugar de la larga vista que ofrece la alfombra, el ritmo, la música, que es arquitectura y proporción interna de la frase, de la sintaxis; en el lugar de la lograda geometría de sus formas, la composición y el acento que sólo da el estilo, el que cada uno consiga hilvanar. Con la sal se oculta una verdad –una realidad- para recrear una ficción: callamos la fealdad, por anodina y por común, de un pavimento para enriquecer de belleza, disenso de lo conocido, a las calles. Pero sucede que esa ficción perpetrada por los colores de la sal, al ser de belleza, será más verdadera que cualquiera de las realidades que podamos medir con los sentidos. El propósito de estas palabras debe asemejarse a esta observación.

Y con esas palabras evocamos este sol con ánimo de soberbia, de niño ingenuo e insolente, que cala como una lluvia de joyas sobre las piedras gaditanas de la parroquia. Este sol ilumina los guijarros de la Cuesta de Belén, ilumina los salones interiores, espíritu aristocrático y subversivo, del apellido nobiliario, ilumina el bullicio de las familias en los veladores de los bares del barrio alto, del primer barrio alto, ilumina la caída de las hojas, de la frondosa vegetación, por las fachadas de un edificio que recuerda las tardes de ocio de los Orleans, la ilustración de la clase alta en una España a la que aún le sonaba lejano el ruido de las ideas modernas. Y en este paisaje que el sol ilumina -sol que, al igual que el río, viene aquí a morir-, y con idéntica cadencia a la de ese oleaje de la desembocadura en Bonanza y en Bajo Guía, aparece por la esquina de la plaza la plata de las azucenas del paso, la eclosión de los nardos en cada esquina, la diminuta inmensidad de un bordado, de una artesanía. Todo en Sanlúcar supone y propone vocación de artesanía. Todo aquí parece, o está, hecho de la mano del hombre, no de la industria: de la gastronomía al paisaje de bodega y de mar; de las claras arenas de Doñana a los conventos, discretos y ricos, de la calle Descalzas, de Madre de Dios; de los húmedos muros de las casas, cicatrices y decadencias de los años en sus exteriores, a la playa que cita Cervantes en las primeras páginas de el Quijote. Playa de los que no necesitan playa. Porque en Sanlúcar esta es tan sólo un atributo más, un inicio, en contra de lo que sucede en la mayoría de los pueblos costeros de Andalucía.

Como la sal, voy esparciendo las palabras que escribo, y, del mismo modo, con el sol de esta tarde de agosto voy abriendo luces a las sombras de las claridades de la página en blanco. Y todo para llegar al punto de fuga de los horizontes traídos, de todos estos itinerarios, de todos estas venas por donde fluye el impulso de una emoción, emoción sin retórica y sin estridencia, sin discurso de impostura, ese tan contundente como banal. Nada de eso. Esta emoción es la emoción honda y serena, la que ahora está asomada en el balcón de la calle san Juan, o en las manos abiertas de un aplauso popular, o en el alfiler que un fiscal de paso cose a la camisa azul de un aguador cualquiera. Del modo en que ahora clavo, las deudas están para devolverlas, ya sea en El Arquillo o en un artículo, el porqué de todo lo que describo: la perla de un nombre. La Caridad.

DOS EXALTACIONES A LA SANTA CRUZ EN LA HERMANDAD DEL SILENCIO, RIQUEZA LITERARIA Y SOCIAL

PRIMEROS PASOS, LA LLAMADA CORTITA

Debe tener ciertas dosis de temeridad el que se enfrente a la tarea de buscar a quien  largue en la hermandad de El Silencio. Eso sin duda. Un inconsciente, vaya. ¿Tarado dice usted? Tiraremos también por esa posibilidad. Pero al igual que sabemos que la empresa es laboriosa,  suponemos que pocas cosas más llenas de motivación que los objetivos nublosos, quizá inciertos, difusos, elevados también, como ese incienso que os acompaña, Campana, atrio de San Antonio de Abad, calle Francos, cuando las fuerzas, aún tensas, empiezan a flaquear. No obstante, el propósito de encargo, lírica al margen, no es otro que ese: indagar, acaso investigar, en la hermandad donde nadie suelta ni mú. La faena se presenta con nombre de adversidad, de miura si lo tomamos por el pitón de la tauromaquia. Sin embargo, allá iremos.

Los primeros indicios nos llevan, qué digo, nos guían, verbo bastante más cofradiero, a las salas de la casa hermandad, la de la calle Alfonso XII, donde el escribidor tan buenos recuerdos guarda, y algún que otro amigo, de esos que tratas de dilucidar bajo el antifaz del capirote cada Madrugada de Dios, recuerdo de Rafael Montesinos, o de Rafael Roblas, y en poco o nada logras acertar su nombre, incluso cuando no dejas de tratar, día sí y no, con su presencia. Dicen que hay que tener amistades hasta en el infierno, aunque uno prefiera reservarlas en esta leve gloria de primitivos nazarenos. Con ellos inicio, valga ripio, el oficio, la proposición.

En primer lugar, acudo a Francisco Javier Villar Atienza, hombre de cuatro nombres a los que, para gente cercana, le sobran tres, número de preguntas con las que le abordo. Absoluta rectitud, hieratismo extremo. Que no suelta nada, digo. Insisto. Persisto. Repito. Reitero. Hasta persevero. Nada. La callada por respuesta, como esa venia que piden fiscales cada noche de marzo o de abril, y que es, luna de inspiración mediante, la principal productora de atriles y pregoneros al uso y al desuso de sus metáforas y poemas vergonzantes. Pero quita, quita, aparte de mí ese cáliz. De Francisco Villar Atienza no obtengo mayor pista que la de la no respuesta. Me temo que será más complicado de lo que aún pensé.

Me dispongo entonces a barrer las negaciones, no de San Pedro sino de Javier, del tablero, y así me acerco a Federico León Ybarra, quien junto con Luis García Ridao e Ignacio del Rey alguna que otra tertulia formamos en noches de Cuaresma y tal. Otro primitivo, como se suelen llamar con pequeñas muestras de guasa y cercanía. Primitivo que custodia la imagen primitiva en la calle primitiva de los primitivos señores burgueses: San Vicente. Recordemos ahora el dicho de los estratos sociales según el callejero de la ciudad: “De la Catedral a la Magdalena, / se almuerza, se come y se cena; / de la Magdalena a san Vicente, / se come solamente; / de san Vicente a la Macarena, / ni se almuerza, ni se come, ni se cena”. Y con esto nos encontramos, de nuevo, silencio, missing según los posmodernos. No sueltan ni prenda.

Así que, visto el panorama, y yendo a lo seguro, tomo el camino, pues claro, más corto de mis pies no descalzos sino arropados por la piel, creo que piel, a saber, de mis botas color tierra. Y en este camino más corto, cómo no, llego al secretario segundo de la cofradía, hombre con quien comparto afinidades e inquietudes de vocación y dedicación. Por el camino más corto llego a Rafael Roblas Caride. Y es él quien me entrega, tras la travesía, los dos ejemplares necesarios para cometer el encargo que al principio de esta introducción concertamos. ¿Que cuál? El de comparar –en estilo, fondo y forma- dos de los más brillantes escritores contemporáneos que la ciudad ha dado, y, por supuesto, desde un acto que organiza la propia hermandad: la exaltación a la Santa Cruz. Son dos los nombres que nos ocupan: Antonio Burgos y Francisco Robles. Tópico de la dualidad mediante, tan cultivado en sus obras. Y representado, sí, en ese Jano bifronte, patio de la Casa Pilatos, que tanto les gusta a la hora de interpretar los dones de la ciudad.

 

SOCIEDAD Y LITERATURA

Del 28 de mayo de 1988 es la exaltación de Burgos y del 11 de mayo de 2007, la de Robles, apenas diecinueve escasos años de diferencia, dirán. Pero entre ambas media una distancia considerable. Más aún en estos últimos años del siglo XX y primeros del XXI, en donde el tiempo –y las consiguientes revoluciones que suponen sus cambios- evoluciona a un ritmo de vuelta de cofradía por la calle Javier Lasso de la Vega, para entendernos. Aunque la aceleración de este tiempo, en donde como causas podríamos hablar de cambio de siglo o incidencia de nuevas tecnologías en el quehacer diario, no se debe tanto a motivos generales como puntuales. ¿Qué motivos? Proponemos dos: la Expo 92 y la irrupción de la televisión, Internet y las nuevas vertientes de comunicación: las redes sociales. Hechos que transformarían el modo de entender la Semana Santa y la ciudad. ¿Y qué relación guardan con el estilo, fondo y forma de estos dos escritores? Alguna, no nos adelantemos. ¿Y con las exaltaciones a la Santa Cruz de la hermandad de El Silencio? Dos parámetros en que asentarnos.

Es significativo, con todo, cómo, si la manera y trato de Antonio Burgos y Francisco Robles en su literatura representa dos estilos no similares aunque complementarios o sucesorios el segundo del primero, el discurso del hermano mayor de la cofradía no varía en ningún momento en la presentación a los dos autores. Es decir, mientras esa sociedad sevillana de los años ochenta, y su vinculación con las cofradías, en poco se asemeja a la de los primeros años de la década del 2000 –variaciones que sustentamos en la Expo del 92 y la llegada de Internet-, las palabras con que la primera cabeza visible de la institución organizadora de la exaltación a la Santa Cruz, el hermano mayor, se dirige a su público son muy parecidas tanto en intención como en expresión en los dos momentos. Copiamos dos fragmentos, correspondientes a la exaltación del 88 el primero y a la del 2007 el segundo:

“El transeúnte que esta noche pase por la antigua calle de Las Armas y oiga el estruendo de tambores, trompetas y demás instrumentos, que resuenan a través de la cerrada puerta de la Real Iglesia del Sr. San Antón; los concurrentes a este acto sorprendidos por el exorno del compás del Convento; los propios hermanos de esta primitiva y silenciosa Hermandad; pensarán sin duda que como se dice hoy día –éstos se están pasando. Esta no es la Hermandad del Silencio que nosotros conocemos.

Pero es un pensamiento alejado de la realidad, porque en esta Hermandad a través de los siglos,  todo lo que se hace está regido por dos normas fundamentales: la Regla y la Tradición”.

Ahora, año 2007:

“Como proclamó en el primer acto de exaltación a la Santa Cruz, en mayo de 1998, nuestro entonces hermano mayor Eduardo Ybarra Hidalgo, esta celebración sorprende a cuantos nos contemplan hoy en este compás revestido con tan extraordinario exorno. La entrada a la Real Iglesia de San Antón es hoy absolutamente distinta. Y el estruendo de la música, otro año más, también hace posible una estética singular. Quienes esta noche se asombran deben saber que tan auténtica es la seriedad de la cofradía que ven cada Madrugada camino de la Catedral para alabar a Jesús Sacramentado, como la hermandad que ven hoy reunida en este patio engalanado en torno a la cruz o la hermandad que ven celebrar la Resurrección de Nuestro Señor con un ágape fraternal en este mismo atrio.

Como esta hermandad lo tiene todo regulado en sus Reglas y de ellas nunca se sale, hoy no hacemos más que cumplir uno de sus cánones”.

Estilo y conciencia de la hermandad de El Silencio se mantiene casi sin alterar una coma. Como si el tiempo por esta no hubiese sucedido, conservando idéntica finalidad en sus normas y sus modos. No ocurre así –y bien está-, como veremos, en el contenido de los dos textos: Burgos y Robles.

 

DOS ESCRITORES CON LOS QUE COMPRENDER UN TIEMPO Y UNA CIUDAD

Es la literatura un documento con el que diseccionar e indagar las pulsaciones de un tiempo; desde ella, con ella, averiguamos y llegamos a comprender el cómo y el qué del dónde. En la literatura nos acercamos a las costumbres, a las maneras, a los paradigmas culturales, a los acervos de una sociedad, de su mentalidad, de sus formas. Y dentro de este arte, de esta literatura, los autores. Los escritores, claro. Voces representativas, mediante su estilo y su tema, de todo esto que venimos hablando. Ellos son quienes dan cuerpo a eso que llamamos literatura, ellos son los que dotan de sentido y de contenido la abstracción total de un concepto tan universal como es el literario. Nosotros, desde este tiempo –finales del XX y principios del XXI- y desde este lugar –Sevilla y sus cofradías- hemos escogido dos, aunque más se den, se entiende. Como ya hemos indicado son Antonio Burgos y Francisco Robles.

No solo ellos se acercaron al atrio de San Antonio Abad por el mes de mayo. No fueron los únicos, por supuesto. También hubo escritores y estudiosos de la lengua que bien merecerían su sitio en este breve artículo. ¿Por qué entonces esta criba? ¿Por qué esta selección? ¿En qué se basa? Principalmente en que son autores representativos de una Sevilla, cada cual en su momento, y que, a su vez, se complementan el uno del otro. Desde sus dos estilos, tanto el de Burgos como el de Robles, se conoce a la ciudad, se podría hilvanar una teoría de esta: digamos que la obra de estos dos autores es un buen molde para experimentar con el paso del tiempo, y lo que él trajo, de la ciudad de Sevilla. Estilos cada uno independiente pero correlacionados, autónomos –en el aspecto literario y, supongo, en el laboral- y complementarios. Quizá por eso Robles sea discípulo de Burgos, y no su epígono, como tantos imitadores que por los alrededores del Arenal, buscando no sé qué inspiración, deambulan. Por eso, por otra parte, aunque Robles sea deudor de Burgos –en el estilo de la escritura, no pensemos mal-, tiene voz personal y escuela. Al igual que el segundo, obvio.

¿Y cuál es la voz y la escuela de uno y de otro? El documento que nos ocupa, el acto de exaltación a la Santa Cruz de Sevilla, es perfecto para abordar esta cuestión. Tanto por el contenido como por la facilidad que este nos presta para comparar preferencias a la hora de tomar partida en la producción de una obra. ¿Sería lícito escoger artículos de ABC de Sevilla o de El Mundo Andalucía para cometer este propósito? No lo dudemos. Pero quizá nos fallaría el tema. O mejor dicho: la exactitud del tema. Se hablaría de Sevilla, sí; incluso se hablaría de cofradías, vale; aun así, no hablaríamos de una Sevilla y de una cofradía. Con las dos exaltaciones en la mano nos acercamos al estilo de dos autores desde el contenido de la obra hasta el tema que ronda a la obra. Mucho más didáctico y, con probabilidad, más acertado el análisis.

Pero ¿cuál es la voz y la escuela de uno y otro? No más rodeos. En Burgos se sugiere un tono más cercano al retrato lírico e idealizado de la ciudad. Un tono aristocrático y, al mismo tiempo, popular. Elevado y coloquial; culto y conversacional. Profundo conocimiento de la costumbre y precisa recreación, mediante un elegante y elaborado uso del lenguaje, de lo que se busca transmitir. Una combinación de dos registros que nutren el ritmo y la cadencia del fraseo con, lo más difícil, aparente sencillez y facilidad. Como ejemplo: “La primavera toda sigue siendo la gran fiesta barroca de Sevilla. La fiesta de la Naturaleza en la ciudad. La proclamación de lo más hondamente sentido. Sevilla de los cabales… Id en estas tardes de domingo a la plaza de toros. La ladrillería a la vista os dirá la exactitud en la sevillanía de quienes allí están (…). Quien no comprenda los secretos de este rito, de nada le vale andar por caminos de pinares y arenas, de nada le sirve copear en trastiendas de lona, porque no se habrá enterado de nada de Sevilla. Que de Sevilla dijo su poeta romántico que tiene alegre la tristeza y alegre el vino. Como tienen alegre la tristeza o triste la alegría las viejas coplas que envidia le tienen al viento, celos a otra novia que es Sevilla misma, esta Sevilla honda le tiene, harta de que le ronden la calle los falsos amantes”. Extenso fragmento pero ilustrativo de lo que venimos comentando.

¿Y Francisco Robles? Pues no distante de Burgos, aunque en él se adivina, junto con la incorporación de sesgos de carácter culturalista –mención abundante de otros poetas y escritores universales, incluso ajenos a la fiesta-, una intensidad en el texto más meditativa, reflexiva, intimista, de conversación con el hombre que con él camina, o que lleva dentro. Robles es aquí un poco filósofo, un poco cronista y un poco poeta. Y el humor. El humor de Robles. No quiere decir esto que Burgos no sea un autor que lleve al humor de la ciudad a las más altas cotas literarias, solo que en Robles este término es rasgo inconfundible, y maestro, de su oficio. Dos fragmentos, para que todo quede, espero, más claro:

“Frente a los que piensan que no hay vida más allá de una religión mal entendida y peor digerida, el mensaje abierto a todos los hombres. A los que duermen en ese letargo de la indiferencia, y a los que nos debatimos en esta tierra de nadie donde se reciben más cosquis, que diría un castizo, que en ningún sitio. Los meapilas, con perdón, nos ven como si fuéramos unos degenerados y unos farsantes. Y los practicantes del fundamentalismo ateo nos desprecian por nuestra debilidad intelectual. Menos mal que sentimos el abrazo cálido de vuestra cofradía”.

“¿Pescao frito? Hemos mentado a la bicha, la sierpe que anida en el estómago y provoca la secreción de los jugos gástricos. Y calmaremos la sed con ese ritual tan sevillano que consiste en volver al lugar que dio origen a la Semana Santa. Volveremos, una vez más, a la Cruz del Campo. ¿Lo veis? Me habéis llamado para hablar de la Cruz de Mayo y la cruz se hace presente en todas sus formas y maneras. La Cruz del Campo provoca esa réplica de los candelabros de guardabrisas que es la copa de cerveza, el fanal que contiene uno de los líquidos más valorados por el sevillano rancio”.

UNA REFLEXIÓN, A MODO DE, RIPIOSA, CONCLUSIÓN

En el apartado de sociedad y literatura y en algún que otro párrafo del artículo se trata el asunto, pero, a la vez, se esquiva. Se plantea y se declina. Tan solo se esboza. ¿Cuál? El del motivo que fundamenta el estilo de uno y otro autor y que, del mismo modo, nos entrega las claves para entender a la sociedad de su tiempo. Recuerden: año 1988 y 2007, Burgos y Robles, respectivamente. Nosotros ofrecemos una teoría, o más bien, una especulación.

Centramos el punto de inflexión de ambos años en la Expo de 1992 y en el origen generacional de los autores. Burgos proviene de un tiempo en que el idealismo y la creencia, la fe, en el cambio de los opositores al autoritarismo del régimen franquista facilitó el entendimiento entre todas las partes y la concreción de una democracia que conoció, casi adolescente, Francisco Robles. Esta aspiración y firmeza en el valor de los ideales se lee y percibe en el estilo de Burgos, en esa solemnidad de trato –vista en el anterior apartado- con conceptos como la ciudad, sus ritos, su esencialismo, su inmaterialidad. Pero es entonces cuando nace una generación, la de los sesenta, casi crecida en esa democracia que otros ayudaron a forjar y en una época que los sociólogos llaman posmodernismo, con su actitud de escepticismo y relativismo en torno al mundo que conocieron sus abuelos y sus padres. Este relativismo y negación de los absolutos coinciden, en la generación de Francisco Robles, con la decepción en el idealismo democrático cultivado por sus antecesores. Corrupción, desengaño de la buena práctica de las instituciones democráticas, desilusión con la política liberal de partidos, anuncio de los primeros síntomas de estancamiento en el crecimiento económico… todo notas de una generación en la que maduró Francisco Robles. ¿Y en qué momento se rompe con el idealismo de aquellos y llega el posmodernismo de estos? Nuestra opción, en relación con las cofradías y Sevilla, es la Expo del 92. Con sus, por otra parte, surgimientos de mass media y redes sociales.

Y de ahí el humor, sí. De ahí la posibilidad de que Robles, en la hermandad de la tradición, la primitiva, compare los candelabros de guardabrisa con los vasos cerveza y hasta el cardenal suelte alguna que otra carcajada: es un tiempo de negación de absolutos, y aunque no sea este el criterio -o el pensamiento- ni del escritor ni de los asistentes, en sus conciencias existe la posibilidad de que esto así sea, y no suponga escándalo alguno, pues, queramos o no, somos producto de nuestro tiempo. De ahí, también, que Burgos tome, en cambio, por un registro más cercano a la solemnidad que se le presume al acto.

Esta es la vinculación de la literatura con la sociedad, y viceversa. Con la Semana Santa, claro, también, como parte de la ciudad. Pues no es esta un fósil ni una antigualla, como muchos pretenden presentarla. Pero ese otro tema. Uno ya se calla. Que para eso hemos venido a hablar en el silencio.