RODEAR EL CONGRESO

Ni voté al candidato a la investidura ni a sus listas ni a su partido. Un partido con el que tengo, como con tantas opiniones ajenas a mí, discrepancias y cercanías. Sí, como los trenes. Porque el pensamiento y las ideas no son un todo uniforme, un monolito. Un pack de seis latas de Coca Cola, de las que compras en el super. Hay matices, puntos de encuentro y de fuga.

Ni me interesa un gobierno del Partido Popular ni considero que Rajoy sea el candidato idóneo para formar gobierno. Pero es que hay un problema: la mayoría de los españoles, por incomprensible que me resulte, sí lo desea. Y así lo manifiesta el escrutinio de los votos. Así lo traduce la bancada de los escaños. La soberanía de España. La democracia, vaya. La expresión de la voluntad general.

Ideas como rodear el Congreso el día de la investidura al ser “un gobierno ilegítimo” lo que allí se va a proclamar -según el manifiesto de los convocantes- no solo me parece descabellado, sino que es una tesis que, inevitablemente, me lleva a cuestionar los principios democráticos de estos individuos.

Está claro que hay mecanismos, reglas, normas, funciones y métodos en la CE del 78 que merecerían una revisión. Desde la elección de los miembros del CGPJ hasta la reforma del Senado, pasando, por qué no, por un debate sobre el modelo territorial del Estado. Pero eso no se consigue rodeando el Congreso, mucho menos imponiendo el parecer de una minoría por cauces “populares” que son, en resumidas cuentas, el atajo de quien no puede soportar -ni tiene garantías de éxito- el proceso común de las instituciones, con el respeto, claro está, a la legalidad vigente. Que no es otra que el acuerdo de todos.

TEORÍA POLÍTICA EN LA BARRA DE UNA CASETA DE FERIA

Nos ocurrió el pasado viernes, y no di crédito a la conversación. Sucedió en una feria de pueblo. El lugar más insospechado. O no. No sé. La cuestión es que salió en el corrillo que tuvimos montado en la barra de la caseta el tema de la política, un asunto en el que deberían, al igual que en la conducción, prohibir su uso a partir de una tasa indecorosa de bebida en sangre. Pero bah, nos tiramos a la piscina, y dimos por empezado el debate. Mi interlocutor, militante de las juventudes en un conocido partido, me comentó que él arreglaría las calles del barrio en donde hubiese mayor número de habitantes partidarios de sus políticas para, claro, garantizar la supervivencia de su partido en el gobierno. Lo llamó gestión pública, y lo argumentó del siguiente modo: si barajo dos calles en las que arreglar el pavimento, y debo decidir, prefiero la que, electoralmente, me conviene. Lo llamó, repito, gestión pública. Yo le apunté que eso era un abuso partidista de los recursos públicos. Me contestó con un fundamento irrebatible: que lo había estudiado en Ciencias Políticas y que así es la teoría. Y punto. Con mucho énfasis me sentenció ese “y punto”. Acompañó el comentario con una mano en posición horizontal y un leve giro de muñeca, como si espantara moscas.

Lo peor no es la barbaridad, al menos en mi criterio, que el muchacho soltó por la boca. Lo que más lástima me da es escuchar estos argumentos en chavales de veintidós, veintitrés, veinticuatro años. Gente joven con esa conciencia crítica.

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

Puede ser que te digas: “El verano que viene
quiero volver a Italia”, o: “El año que hoy empieza
tengo que aprovecharlo; con un poco de suerte
acabaré mi libro”, y también: “Cuando crezca
mi hijo, ¿qué haré yo sin el don de su infancia?”.
Pero el verano próximo, en verdad, ya ha pasado;
terminaste hace muchos años el libro aquel
en el que ahora trabajas; tu hijo se hizo un hombre
y siguió su camino, lejos de ti. Los días
que vendrán ya vinieron. Y luego cae la noche.
A la vez respiramos la luz y la ceniza.
Principio y fin habitan en el mismo relámpago.

EL LATIFUNDIO CAMBIÓ DE MANO

 

No sé si recuerdan lo de la ardilla que podía recorrer España de norte a sur pisando las tierras en manos de un único propietario. Hablo del latifundismo, cuyo estigma era uno de los síntomas del subdesarrollo en Andalucía, herencia del feudalismo, cuando en Europa la revolución industrial y la prosperidad de la sociedad del capital eran una realidad asumida. Esto, la Andalucía del latifundio y del subdesarrollo, pertenece ya a la Historia. Al menos eso dicen. Dicen que es Historia pues llegó la reforma agraria, y los planes de desarrollo, y la Transición, y Plácido Fernández Viagas, y Manuel Clavero, y la autonomía, y Rafael Escudero, y el socialismo, y el socialismo, y el socialismo, y el socialismo. Llegaron las primeras, las segundas y las terceras modernizaciones, y los portátiles gratis en el instituto público, y las subvenciones a empresas, y el pan y el aceite como un bálsamo de nostalgia cada 28 de febrero, y las medallas, y el aplauso en la investidura, y el cacareado tiempo nuevo. Si uno creyera en el progreso moral de la condición humana apostaba todo al uno sin dudarlo: cómo hemos cambiado. Pero resulta que, con todo lo anterior, también llegaron las redes clientelares, y los autos de las instrucciones en los juzgados, y el dinero para asar una vaca, y Viera, y Zarrías, y el señalar a los disidentes como enemigos de Andalucía, y el déficit, y los contratos públicos en los reservados del restaurante.

En el libro Andalucismos, de Santiago Montoto, editado en 1915, ya hablaba de la necesidad de una Andalucía regenerada. Regeneración de la vida pública, política e industrial: caciquismo y latifundios. Cien años de vida y la vida sigue igual. Idénticos males con distintos horizontes. Tantos años y tanta promesa para seguir siendo los mismos. Andalucía siempre conjugada en un futuro imperfecto que nunca cumple: llegará, mejorará, traerá, invertirá, progresará. Si ayer una ardilla podía recorrer los latifundios de España –y de Andalucía- de norte a sur sin cambiar de propietario, hoy podría hacerlo sin mudar, por ejemplo, de administración: tele pública, Universidad, Administración Pública, Consejo de Gobierno… Todo bajo un mismo poder. Y la vida, lo dicho, que sigue igual.

18 DE JULIO, CON DOS DÍAS DE RETRASO

Esa España que mañana irá al trabajo, con una débil pereza, con un ejercicio de responsable monotonía, contando los días para las vacaciones, en el metro, en el bus, hurgando en el móvil para pasar el tiempo, sin épicas ni proezas de ningún tipo. Esa España que no sale en las tertulias ni interesa a los politólogos, la de las generalidades, la de las conversaciones banales, la de las historias anónimas, la de la cortesía con los desconocidos. Esa España que toma el 18 de julio como otro día más que ya ha pasado, como un oficio de bibliotecas, como un preguntar qué tal te ha ido todo, cariño. Esa es la España que me trae oxígeno. La España mártir y heroica de hoy día.

EL DECLIVE DE LAS IDEOLOGÍAS

 

Desde la fragmentación de los grandes imperios coloniales durante todo el siglo XIX  y las consecuencias de las guerras mundiales en la década de los años cincuenta del siglo XX, ha surgido en la civilización occidental un deseo de escepticismo y de un relativismo, curioso contraste, total y absoluto; los dos ejes de lo que, aún difuso y manoseado, podríamos llamar posmodernidad. Ya no poseemos esa sensación de pertenencia a un valor concreto y a una idea exacta, tan sólo nos dedicamos a la oscilación entre diferentes premisas, por todos, en mayor o menor medida, aceptadas. Son las siguientes: la economía social de mercado, la defensa de los derechos humanos y de las libertades públicas, el sufragio universal, la igualdad de oportunidades y de ley de los ciudadanos y el sistema liberal de partidos políticos. Pero más allá de estas convenciones –o convicciones-, no se ha percibido en las sociedades occidentales, al menos en los últimos cuarenta años, un afán por transformar e idear unas bases radicalmente distintas. Se ha hecho, por decirlo de otro modo, más política que ideología; entendiendo la primera como un recreo de lo objetivo, de la ciencia, y la segunda como un cúmulo de circunstancias en donde importa más la emoción o la adherencia a la identidad antes que la suma de planteamientos argumentados y de razones expuestas y sólidas. Esta propuesta, en principio de origen marxista, ha sido tomada por todas las esferas y capas sociales, incluso por las más antagónicas al socialismo primero, como por ejemplo, en ciertos idearios partidarios del liberalismo. En breves esbozos, podríamos intuir que han madurado y vencido las tesis del pragmatismo de Sartori –cuyo contenido afecta a toda apuesta ideológica, desde los más conservadores hasta los más progresistas, desde los más socialistas hasta los anarcocapitalistas-, o al menos el consenso de unos rasgos que definen el concepto de sociedad contemporánea, avanzada y satisfecha de sus realizaciones; la necesidad de no seguir cargando de experimentos los cimientos de la cosa pública. Quizá la causa sea el final de la ideología, o mejor dicho, la muerte de la ideología en aras de su propio triunfo.  Las sociedades de hoy día se agrupan en complejos esquemas en donde destaca la pluralidad del pensamiento, pero no entre los semejantes, que también, sino en la propia mentalidad del individuo.

La defunción de las ideologías es consecuencia de su propio éxito, de su absoluta consumación. Desde que Feuerbach –seguido de los maestros de la sospecha: Nietzsche, Marx y Freud- atribuyese a las religiones una falsa conciencia y el credo cristiano en Europa se diseminara de la argamasa del poder público y de la colectividad de los individuos, han sido las ideologías quienes han ocupado el terreno deshabitado. Toda esta novedosa concepción de la cultura estuvo favorecida, claro está, por el inicio de las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848; el crecimiento de la sociedad industrial y urbana; las corrientes románticas en las artes liberales; la creación, o la consolidación, de las democracias parlamentarias modernas. Pero la ideología no dejó de ser una abstracción de la realidad, la falsa conciencia de las creencias políticas, en este caso, en contraposición con las creencias religiosas que hasta entonces, junto con teorías absolutistas e imperialistas, de derecho divino, hubo de gobernar el destino de las naciones. La ideología no fue una revolución, sino una traslación del concepto de superstición popular de las religiones, en donde la creencia única se dividió en creencias particulares, aunque creencias, en resumidas cuentas. Con esto, las ideas de la Ilustración copiaron de la religiosidad un principio demoledor para cualquier sociedad cuyo propósito aspire a la convivencia de la pluralidad y de la diversidad de opciones: la verdad es una y el error es múltiple.

Tras el enunciado de la verdad es una y el error múltiple se esconde un mensaje de hegemonía político-ideológica. Mi alternativa es superior, por tanto, todos están equivocados. Este precepto se elevó en los diferentes campos ideológicos de la sociedad, y las consecuencias del mismo fueron terribles. En primer lugar, la concentración de dos instintos opuestos, extremos, los cuales derivaron en las dos guerras mundiales hasta hoy conocidas –o al menos, reconocidas por la Historia-; en segundo lugar, la posibilidad y el auge de las primeras corrientes escépticas y relativistas en torno a las ideologías, ¿quién iba a confiar en una abstracción en que se persigue, en último lugar, este horror, que es la guerra?; en tercer lugar, la supervivencia de dos modelos económicos que dictarían las directrices de todo el siglo XX: capitalismo y comunismo –la Guerra Fría-. La ideología fue fulminada por su propio triunfo; es decir, la perpetración de su fundamento fue, también, la declaración de su aniquilación, de su, si se quiere ver así, suicidio. Las ideas hubieron de dar todas sus respuestas, se agotaron en sí mismas, alcanzaron el culmen de su esencia, pero, paradojas, esas fueron sus últimas palabras.