LUTGARDO GARCÍA, CANTE Y POEMA

Comparten flamenco y poesía el destello de la medida conmoción, un golpe que, sin levantar la atención por su fuerza, por su contundencia, se impone sobre el resto de las atenciones que nos acompañan, fruto de su persuasión, de su llamada, sensual y sonora, rítmica y sugerente. Digamos que ambos son un grito en su tono, justo, preciso, en el momento exacto. Con más emoción de la debida acaso nos dejen el estruendo y la parodia de su arte; la timidez que no eleva la voz, que carece de determinación y de potencia, una oportunidad perdida. Una extraña suerte de equilibrios los salva, y si tal no sucede, tan solo esperamos la frustración, la ausencia de cualquier estímulo.

Lutgardo García (Sevilla, 1979) conoce las claves de la poesía y los interiores del flamenco, mundos abundantes de enigma. El último sustantivo que, junto a lo que ya hemos comentado, completa sus correlaciones y sus similitudes. De ese enigma emerge el título de este libro, La llave misteriosa, editado por Renacimiento. Y es que poesía y flamenco son llaves, como todo arte, que abren puertas desconocidas –misteriosas- y, si unimos calidad del artificio y dedicación / talento, asombrosas, enriquecedoras, atractivas, que despiertan ánimos y describen emociones. Pero no solo hay prodigio en las puertas abiertas, ahora conocidas,  también lo hay en el objeto con el que se abren. Los modos de llegar a lo que guarda la infinita posibilidad del arte. De ahí que misterioso sea lo que nos espera, claro, pero no menos lo que nos desenmascara el fin de esa espera. La llave misteriosa, el título es oportuno.

De un lado el flamenco, del otro, la poesía. Con sus cercanías, sus rasgos comunes, sus aproximaciones. ¿Pero qué prevalece? ¿Quién destaca? Sin duda, el poema. Un acierto de Lutgardo García, cabe añadir. Si el autor hubiese escrito un libro menor, circunstancial, de aficionado y para aficionados, la poesía habría quedado en un segundo plano, detrás del tema, cuya sombra taparía las luces necesarias. Un mal libro de poemas sobre un asunto concreto –rock, amor, ciudades- es aquel en el que la poesía pierde interés en favor del tema, aquel en el que el tema distrae el contenido, dejando la publicación como pieza de interés de “turistas de la literatura” o de expertos en tal materia, pero no de lectores de poesía. El tema no determina el poema, pues son las cualidades de este las que nos avisan –algo impertinentes pero justas- de si su fin ha sido o no logrado, cualidades universales y totales, de pura poética: de modo, de acento, de métrica, de retórica, de estilo. Y está bien que así sea.

Otra cualidad de este libro, de esta llave misteriosa, como bien apuntó el escritor Francisco Robles en la presentación, es la de unir, sin complejos ni prejuicios, lo que suelen llamar alta y baja cultura. Cómo el metro endecasílabo o alejandrino acoge temáticas que se prestan más al verso de arte menor, según el canon, o lo que acostumbra, de la tradición. Versos elegantes, cadenciosos, serenos, sosegados, para una fiesta o un cante en el que se da la tragedia y la alegría, la agitación, en donde cabe el gozo y la tristeza. Traemos, aunque algo extenso, el poema El compás (Chano Lobato), repleto de imágenes de belleza, cuyas palabras tanto evocan: “Hay que llevar el mar metido en los bolsillos, / el Atlántico entero con soles concentrados, / con barcos que no saben si marchan o regresan / e historias de naufragios e islotes prodigiosos. / Hay que tener el alma con escamas, / con escamas de bailas y peces caleteros / y un son de caracolas cantándote al oído. / Hay que tener un sur en cada hueso, / y una pleamar de espuma entre los labios / y un vendaval que a veces se levante / conduciendo al rebaño de las olas / hasta ese malecón de las costillas. / Hay que llevar el mar dentro del nombre / para cantar así y tocar palmas, / y a la vez que una mano recorre el horizonte / -como la atardecida con su jarra de plata- / rociar las estrellas por el cielo de junio”.

Autores del cante se suceden en las páginas del poemario, así como palos del flamenco y anécdotas e historias de personajes míticos de este mundo tan interesante y rico, como Manuel Torre o José Menese, entre otros. Acompañados de la destreza técnica, virtuosismo sin impostura, de Lutgardo García, los poemas de  La llave misteriosa se escriben desde el aserto de un paisano que introdujo a la poesía española en el camino de la modernidad: “Cuando siento, no escribo”. Y es que no se ha escrito desde la afición, o el sentimiento, sino desde el olfato poético, la sensibilidad. Y desde el oído. Desde el buen gusto.

La llave misteriosa (Editorial Renacimiento) de Lutgardo García Díaz, 100 páginas, 14,90 €

CIORAN, EL AFORISMO Y LA SANTIDAD

Asumen los lectores, a base de argumentos ya recurrentes, que los aforismos son un género que crece con la ayuda de las redes sociales, plataformas virtuales en donde  nos invitan a plasmar nuestros pensamientos en píldoras, en pequeños fragmentos, ya sea por límite de caracteres o por lógica de espacio en la entrada de un perfil, acumulando así epigramas, haikus, diarios y otros modos de expresión de la literatura y de la filosofía. El acceso a estas plataformas virtuales, tan sencillo, tan fácil, con un correo electrónico, una contraseña e Internet es suficiente, contribuiría al auge y a la difusión –el fenómeno viral, la multiplicación de un mensaje en el conjunto de la sociedad- de esa expresión mínima entre las personas con inquietudes humanísticas, o con vocación de escritura. Este es el planteamiento que tanto se suele leer últimamente. Pero basta un breve repaso a la historia para ver que esta afirmación es más un tópico, cuando no una obviedad, que un argumento sólido para explicar la relevancia social y cultural del aforismo.

Un ejemplo contemporáneo de autor de aforismos, aunque en vida no disfrutara de una cuenta gratuita en Facebook o Twitter, es Emile Michel Cioran (Rasinari, 1911 – París, 1995), filósofo y escritor de origen rumano, autor de De lágrimas y de santos, obra que hoy nos ocupa. Cioran toma en las páginas de este libro una forma común de divulgación del pensamiento: la sentencia y el aforismo. De Hipócrates hasta Bobin; de Nietzsche a Juan Ramón Jiménez. Quien quiera ver, tras el ruido de la moda, novedad en la concisión de la expresión siempre se perderá su auténtica procedencia, que no es el tecleo del Smartphone, sino el eco de los clásicos. Unido a que la comunicación, ya sea en papel o digitalizada, es un medio que nunca pierde vigencia, por más que los apocalípticos se empeñen en hacernos creer que somos cada vez más individualistas y distantes unos de otros, tomando como estudio el vistazo en un vagón del metro o en una parada del bus.

Escrito en 1937, cuando el autor contaba aún con años de juventud, De lágrimas y de santos reflexiona sobre cómo plantear los absolutos –en este caso, Dios- en un mundo en donde predomina el nihilismo y el escepticismo, en un mundo en donde nada mantiene autoridad y todo es objeto de duda, de sospecha, anticipando los rasgos que determinarán el acervo cultural de Occidente en la segunda mitad del siglo XX. Cioran también se pregunta por la necesidad de Dios en un tiempo en el que el hombre es ya, desde Marx y el positivismo, partícipe de su voluntad, sin concesiones. Nada impide el desarrollo moral e intelectual de un individuo, tan solo él mismo. El hombre es el único responsable de su proyecto vital, sin intervención de una voluntad ajena o de entidades sin sustento racional, apoyadas tan solo en la superstición. O en el dolor: “La religión es una sonrisa que planea sobre un sinsentido general, como un perfume final sobre una onda de nada. De ahí que, sin argumentos ya, la religión se vuelva hacia las lágrimas. Sólo ellas quedan para asegurar, aunque sea escasamente, el equilibrio del universo y la existencia de Dios. Una vez agotadas las lágrimas, el deseo de Dios desaparecerá también”.

Cioran reprocha a la santidad que sea un atributo de debilidad, suponer más un defecto que una virtud en el espíritu de los hombres. El santo, o el místico, también así lo llama, es un hombre que ha anulado su voluntad, dejando su devenir, o su impulso vital, en manos de la voluntad todopoderosa de Dios. Determinando este la moral, la conducta, la ética de las sociedades. Guiando su logos. De esta situación, según Cioran, nos libra la conciencia: “La llegada del hombre equivale a una conmoción cuyos ecos alimentan la pesadilla divina. Pues el hombre añade una paradoja a la naturaleza situándose a medio camino entre ella y la Divinidad. Desde la irrupción de la conciencia, las relaciones entre el cielo y la tierra han cambiado. Y Dios ha aparecido como lo que realmente es: un cero más”.

De lágrimas y de santos agrupa una serie de aforismos que bien sonrojaría a la masa común que predica en el género sus ocurrencias o sus intimidades, sus bromas o sus juegos de palabras: “Todas las decadencias existen para sostenerme”, “Si la verdad no fuera tan aburrida, la ciencia habría eliminado rápidamente a Dios. Pero al igual que los santos, Dios es una ocasión de escapar a la abrumadora trivialidad de lo verdadero”, “Poseemos en nosotros mismos toda la música: yace en las capas profundas del recuerdo. Todo lo que es musical es una cuestión de reminiscencia. En la época en que no teníamos nombre debimos haberlo oído todo”, “Dios ha explotado todos nuestros complejos de inferioridad, empezando por el que nos impide creernos dioses”.

Solventada la dificultad de traducir filosofía escrita sobre el lenguaje de la poesía con éxito, trabajo de Rafael Panizo, este De lágrimas y de santos procura lo que cualquier libro de su clase, o de su estirpe, debería: promover, mejor dicho, provocar, la convulsión del juicio crítico. A favor y en contra, nunca en la indiferencia. En esto estarán de acuerdo, en esto convergerán, tanto partidarios como disidentes de los aforismos de Cioran. Y tan solo por esa actitud cabe celebrar obras de este tipo.

De lágrimas y de santos (ed. Tusquets) de E.M. Cioran, traducción de Rafael Panizo, 120 páginas, 10 €

AZAHARA PALOMEQUE: ELEGÍA Y DISTANCIA

Un tono, híbrido de metafísica y emoción, recorre desde el tren de lo meditativo las páginas de “En la ceniza blanca de las encías”, de la poeta y doctoranda Azahara Palomeque (1986), editado en la colección Tierra de La Isla de Siltolá. Autora de cuentos y poemas, recogidos estos en la plaquette “El Diente del Lobo” y en el libro “American Poems”, también editado en Siltolá, Palomeque se caracteriza por un estilo melódico en el verso pero sin necesidad de subordinar este ritmo al metro convencional o a estructuras rítmicas preconcebidas, preestablecidas, acaso demasiado encorsetadas. En este sentido, la autora apunta a una originalidad en el desarrollo formal del poema –de acento, disposición de los versos y arquitectura interna del sonido de las palabras- y a un estilo cercano a lo orínico, al surrealismo, dos puntos de partida que recuerdan al Lorca de “Poeta en Nueva York”.

Entre citas de Salinas, de Clara Janés, de Alejandra Pizarnik, de Martín López Vega… se suceden los poemas, o el poema, mejor dicho, pues el libro se concibe como un todo en el que se reflexiona sobre la memoria, la herencia de la familia en la personalidad del joven que empieza a madurar, el exilio, el mundo moderno, la soledad, la muerte. Los temas de siempre. Y de ahora. La intensidad en la que se desenvuelve la obra nos va dejando casi sin respiración: velocidad, celeridad, nervio, energía, potencia. Fuerza verbal –saber qué palabra hay que escoger para generar en el discurso interno del poema una conjunción de estética, connotación de esas palabras y cuidado en la expresión-  y carga sustantiva en los poemas que Palomeque nos muestra; imágenes y metáforas que, si bien en ocasiones nos confunden y distraen, cercanas casi a la escritura automática de las vanguardias, dotan al poema de riqueza y de enigma, de sugerencia y de misterio:

La calle vacía,

todo está listo para el despeinar del tiempo, las sienes de

       los hombres de heno nos ladran desde los ladrillos.

La ciudad parece un alud que nos entreverara, un animal

con nuestro secreto amarrado a los pulsos.

Me asomo

a las espuelas del cristal: nadie por las aceras, un alma tal

     vez recorra

el cercén de los carteles, los coches

que descarrilaron, desbordados en el asfalto de mis ojos.

Ha ocurrido

la materia de la camada gris que balbuceaba mi sueño, el

    funeral

de las hormigas. Y no hago más

que mentir a los párpados, incitándoles a caminar el

      temblor

de este silencio, invadiéndoles

la privación de la bilis

que quiere ser llanto.

Palomeque define la lengua con la que se acerca a los dones de la poesía desde la elegía y desde la distancia:

Un ramo de botellas verdes es el paisaje del cuarto,

manteles de saliva blanca entre los cuévanos

de mis ojos.

Si por el alcohol me sanara el rastro de las espinas, comiesen

      de mí

en los lacrimales,

me bautizaran con flores.

Los árboles que entre tanto vidrio han de nacer, ancianos

     a la mesa.

Sus raíces torcidas.

El cultivo de esta desgana, este tedio, esta única voluntad

de partir.

En la ceniza blanca de las encías (de Azahara Palomeque), La Isla de Siltolá, 73 páginas, 10 €

MÁS INÉDITOS: POEMAS DE MIGUEL D´ORS

La felicidad consiste en no ser feliz y que no te importe, escribe Miguel d´Ors. Con esa frase se podría resumir, aunque acaso fuese osadía tal propósito, la trayectoria poética del escritor gallego, en cierto modo también andaluz: por pertenencia, vinculación, y por docencia. Y es que ese aserto, tan próximo a lo que ahora llamamos aforismo –cuánto tiene un buen poema, o una novela, de reunión o conjunto de buenos aforismos-, enuncia la apuesta, estética, se entiende, que d´Ors hace de su obra. Una estética que se ocupa del humor y de la ironía, del doble sentido, sí, del juego de opuestos, de las contraposiciones de conceptos, paisajes, pensamientos, ocurrencias, que, más que confundir o la esbozar una leve sonrisa en el supuesto de las ironías, contribuyen a esclarecer. El reverso, la cara opuesta, si bien nos supone la complejidad, siempre ayuda, en manos de los buenos escritores, a definir un todo, incluso a dotarlo de riqueza expresiva, de belleza, por otra parte. Eso es lo que consigue d´Ors en la mayoría de sus poemas. Miguel d´Ors descubre, desde el trasfondo o la paradoja del hecho, incluso desde su no es, la realidad total de lo que en él acontece. Y elaborado con un lenguaje claro, conciso, sencillo por trabajado, no por simple, claro.

Pocos como d´Ors juegan con la trascendencia, con la elevación y manejo de la palabra, de su finalidad y de su expresión, uno de los elementos fundamentales de la literatura. Trascendencia que no se ocupa ni pierde el tiempo en pretensiones, en imposturas, mejor dicho, en presentar la erudición con envoltorio de humo, forzando al lenguaje no al hermetismo, que no necesita de presiones y complicaciones forzosas, sino a lo vacuo, a lo que en apariencia es solemne pero no deja de ser nimio –la peor de las abstracciones-. Miguel d´Ors, desde la naturalidad y la claridad, alcanza ese otro terreno, ese más allá que tan bien sienta a la poesía, pues no solo la justifica, también la completa. ¿Trascendencia de la intrascendencia?, es probable. Y aquí otra vez el contrasentido; contrasentido que aporta lucidez y que no se pierde en vaguedades o arbitrarias imprecisiones, en pretender decir más de lo que, en realidad, se dice.  En errar en la sugerencia de las connotaciones, o de las evocaciones, en resumidas cuentas.

Estos apuntes fluyen por los inéditos que el poeta acoge en El misterio de la felicidad, antología publicada en la editorial Renacimiento. Un buen ejemplo es el primer poema de este apartado, À une passante:

Mira que es ordinaria y gorda. ¡Y esa falda!

seguro que se llama Encarni o Chary

(no serás tan cenizo de suponerla Yénifer).

Seguro que se sabe todos los culebrones.

Seguro que habla azín –y con el chicle

asomando por medio de cada tontería-.

Peluquera o cajera, muy sincera,

moderna con su pircin,

chismosa, con un punto rociero

y loca por “salir”: todos los requisitos

de la mujer que tú siempre has soñado

en tus más negras pesadillas.

 

Y,

sin embargo –confiésalo-, por un instante, sólo

el tiempo de un destello,

algo dentro de ti la ha envidiado: esa mano

apoyada en su hombro,

la mano de ese novio de barriada,

también vulgar y chata, hecha al ladrillo,

y el soplete, esa mano que, pese a todo, tú

sabes que, a su manera, es el Amor.

 

O en Made in Pakistan, en donde una anécdota, en principio una anécdota, que sucede en el contexto de la sociedad de consumo, de la globalización, es el punto de inicio para un final deslumbrante:

 

Manos pakistaníes

que en un insospechado rincón del tiempo, anónimas

y remotas, pasasteis sobre este mismo pliegue

en que ahora están las mías; que por unos momentos

dejasteis vuestra áspera tibieza

sobre este colorido que ahora mismo,

aquí en mi casa de Granada, España,

acaba de salir de su paquete,

como el pollo del huevo,

hacia la luz de un mundo con que muchos

sueñan en Pakistán

y luego os alejasteis para siempre,

al fondo de una oscura cadena de trabajo.

 

(…)

 

Manos

que ahora mismo las mías adivinan y sienten

ligadas a una vida

desconocida pero que misteriosamente

es la mía también, y estrechan, en un gesto

de secreta unidad,

por encima del tiempo y la distancia.

 

Canción, por donde vayas

proclama que entre todas mis horas hubo una

en que una camisa comprada en las rebajas

vi que todas las vidas son una misma Vida.

 

Bueno es el cierre del soneto  Regreso al “Savoy”, poema en que el café no es sólo un establecimiento, un comercio, sino que forma parte de la emoción y de la memoria sentimental del poeta. Un lugar en el que, tomando tópicos de estilo barroco, se identifica con su yo, con su experiencia, con su historia. Más que cafetería, espejo para una biografía, ¿cuántos tenemos uno?:

 

para saber que todo está llamado

a la ceniza, que estos ojos míos

que hoy miran estos muros claudicantes

 

pronto se reunirán con ellos, que

lo que aquí se hunde no es sólo el “Savoy”:

es mi infancia, mi vida, lo que soy.

 

La gratitud del campo, penúltimo poema de este ramillete de inédito, incurre, en nuestro criterio, en uno de los riesgos que, junto con el efectismo, asume este estilo tan personal de d´Ors: el prosaísmo. Lo salva el ritmo interno del poema. Y la temática, el olor del campo lluvioso, de tanta significación:

 

Y para que la tierra me perdone

la ceguedad, aquí salvo del tiempo esta

perfumada mañana vegetal,

24 de julio del año 2007,

que un vuelo ajedrezado de abubilla,

cruzará para siempre.

 

Por último, Bécquer. O la reinvención de Bécquer, en Rima LIII. ¿No es la literatura la reinvención constante de lo mismo? Con ese propósito, Miguel d´Ors culmina esta ofrenda de poemas aún sin libro bajo el que cobijarse. De nuevo su estilo. Su voz propia –lo más difícil de lograr-. Y la belleza formal ausente de mayores mitificaciones o ambiciones pretenciosas, con el peso de su propio nombre es suficiente. Con eso basta:

 

Las palabras ardientes son las de aquellas tardes

en que el mundo y la calle Petritxol

también tenían veinticinco años

y nosotros medíamos el tiempo por “t´estimo”.

 

Y el amor con que nadie

podrá jamás quererte, desengáñate,

es éste que mi vida te pone en cada sílaba

de la rima LIII de Bécquer.

 

El misterio de la felicidad (Renacimiento). Antología poética de Miguel d´Ors. 280 páginas. 12 €

UN AÑO EN LA OTRA VIDA, CON JOSÉ MATEOS

Capacidad para la contemplación, para observar el sustrato de la realidad y tomar de él su honda claridad poética. Con estas notas, rasgos generales, nos sumergimos en Un año en la otra vida, del escritor José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963). El conjunto lo componen –hablemos de composición, sí- diversos fragmentos en los que el escritor jerezano disecciona la rutina que acontece en su diario, atribuyendo a la monotonía y convencionalidad de aquella la sensualidad y emoción, belleza, de este. En un ejercicio de transformación, de evolución de un estadio a otro, la vida común y general, previsible –la rutina-, adquiere literatura –el diario-. Acaso esta diferencia sea crucial para distinguir entre la mera recopilación de anécdotas personales –que solo a curiosos incumbe- y la elaboración de una pieza literaria, del diarismo, género que comparte con el aforismo, con el libro de aforismo, cierta proximidad: su abundancia es proporcional al auge de las interacciones en las redes sociales.

Dicción, musicalidad, proporción, armonía. De ahí que en el anterior párrafo habláramos de composición: en las páginas del libro se intuye un sentido e interés por el cuidado de la estructura que soporta el interior de cada pasaje, como si las partes del libro fueran las piezas de una maquinaria en la que nada sobra, en la que nada es prescindible, pues solo con la colaboración de todas estas partes es posible la creación total de la obra. En Un año en la otra vida, José Mateos, junto con este sentido de armonía, también domina el ritmo del fraseo, la pausa necesaria para lograr el efecto de la cadencia en la palabra, en sus acentos; la fuerza verbal –carga sustantiva de cada fragmento- idónea en cada imagen, ni demasiado intensa, que roce la cursilería, ni demasiado leve, que incurra en la ingenuidad. Cada palabra se escoge con precisión, con minuciosidad de orfebre, con el rigor del escritor que conoce las infinitas posibilidades del idioma. El vértigo por la palabra exacta, la eterna duda. Vértigo que, en los escritores solventes, lejos de proponer reparos y límites, ayuda a la exigencia, contribuye a enriquecer la estética de la obra; como si ese freno, ese respeto, fuese una ventaja para alcanzar las pocas palabras verdaderas que todos buscan.

El riesgo de este tipo de obras se encuentra en el constante soniquete de un único tono –inconveniente que podría agotar al lector, quien percibe, pasadas varias páginas, que todo es similar, que ya nada conmueve, que lo ha visto todo, por tanto-. Un año en la otra vida es un libro breve si lo tomamos por el género de la narrativa y extenso si nos decantamos por el poema en prosa. A este apunte cabría añadir que tampoco es, en esencia, ni lo uno ni lo otro, circunstancia que suma, por otra parte, aún más incertidumbre en cuanto al acierto de su extensión, y a si esa extensión favorece o no el tono con que se aborda el libro, para que no nos agote, como decíamos al principio. Pero ese peligro se salva con pasajes como los siguientes: “Las nubes y los pájaros nunca hablan de sí mismos, sino de lo que han visto allí de donde vienen. Las nubes lo dibujan en el papel del cielo. Cada una a su manera. Los pájaros nos lo relatan sin cesar. Y lo que han visto parece tan maravilloso que las nubes no saben dibujarlo sin transfigurarse y los pájaros no saben decirlo sin cantar”; “todo lo que tiene alas tiene un secreto”; “los periódicos saben cómo hacer para que la verdad engañe”.

Naturaleza, humanismo, meditación, mundo actual… Mateos indaga, desde esos horizontes, para hallar, a través de la literatura, respuestas; respuestas a las inquietudes que surgen en lo cotidiano; respuestas que el autor encuentra, aunque las aplique en esta, en la otra vida, pues, con una visión neoplatónica de la existencia, la validez y autenticidad del mundo del autor solo tiene sentido cuando se complementa con estadios superiores, estética y acaso moralmente, como la naturaleza o las artes. De lo material que tenemos, de lo irrelevante o insustancial, a la trascendencia que nos espera. De lo histórico de la rutina a lo ahistórico de la literatura. Como todo buen poeta, como todo buen pensador.

Un año en la otra vida (Editorial Pre-Textos) de José Mateos, 127 páginas, 18.00 €

AL RITMO LATINO DE JORGE BARCO

Suele ser una cualidad de los buenos poetas: negar la apariencia de pose de poeta en el texto. Negar para afirmar, para mostrar, la voz del poema; es decir, dejar que este hable por sí solo. Cuando siento, no escribo, dijo el romántico, y esa máxima la podríamos aplicar tanto a los que se pasan con el barniz de la sentimental como a aquellos que abusan de la palabra que suena poética –por tomar los dos caminos sobre los que, cuentan, navega la poesía- y de la construcción sintáctica retorcida, también del concepto abstracto. Tan abstracto que incurre en la arbitrariedad. De tanto reducir al misterio y a lo intangible, al final terminamos por apuntar imprecisiones, vaguedades, la nada, vaya. Tanta divagación sin dirección precisa lo deja todo perdido de humo; tanto misterio nos invita a olvidar que la buena poesía busca, precisamente, descifrar su enigma. Jorge Barco (Salamanca, 1977) nos da la impresión de que no escribe cuando siente, y de que desea, mientras dura el recorrido de esta obra, abandonar esa pose, la apariencia, de poeta. Desde esa actitud, acaso los lectores ortodoxos, es decir, los despistados, supongan que eso es un demérito, y que tal condición resta calidad a este Ritmo latino (XV Premio Emilio Alarcos). Nada más lejos de la realidad.

Hay veces en que no tomarse demasiado en serio un asunto es un método eficaz para explorar nuevos caminos y traer algún tesoro: pocas cosas como la decorosa despreocupación de un credo o de una teoría para ahondar en el arte y aportar, claro, propuestas de acento propio. Desinhibirse de las etiquetas y de los legados, una vez conocidos y vistos, es un principio para la originalidad, para lo genuino, para la autenticidad. Estas notas son constantes en Ritmo latino. Barco las conoce, sabe de qué va el tema, y aunque juegue con la naturalidad, con la espontaneidad y con una supuesta improvisación de las formas poéticas, todo tiene intención y finalidad. En esa ambivalencia aguarda el don, la riqueza, la valía de este libro: ni ortodoxo, pues eso tan solo genera lo ya tratado; ni demasiado pretencioso en lo original, pues así caeremos en esa novedad que Juan de Mairena contrapuso a la originalidad. Nuevas propuestas sin más sustento que la novedad; es decir, nada nuevo.

Las citas que inauguran los libros, para aquel que sepa usar las herramientas que sirven para elaborar una obra, son una declaración de intenciones. Preparar el terreno para el cultivo del lector. En este libro nos topamos con personas tan dispares –o no- como Bizet, san Mateo o Boyero. Incluso con cantantes de ritmos caribeños y canciones comerciales, propias del verano. Hay que ser muy poeta para atribuir a cada uno de estos personajes una mirada poética. Para establecer correspondencias, como se hace en Ritmo latino, entre las palabras de Horacio y las de Shakira. Para interpretar, incluso allí donde pocos verían poética, su validez y su naturaleza. El primer poema del libro, Ice ice baby, inicia una estética que veremos en otros poemas de Ritmo latino: la aguda sátira del hombre contemporáneo. Y construida sobre un lenguaje conversacional, aunque con un trasfondo y una connotación tan eruditos –por pensamiento, imagen, sentido poético, originalidad- como cualquier estancia de Petrarca u octava gongorina. Veamos: “Por tu barba y tu pelo diría que has pasado / varios meses perdido en el desierto. / Por tu ropa rasgada parece que has venido / de luchar cuerpo a cuerpo contra un tigre. / Por tus palabras nuevas que eres extranjero. / Por tu gusto musical, un poco idiota. / Sin embargo me dices que eso se llama moda / y que la gente cambia según se va llevando. / No juzgan, solo siguen los preceptos ajenos. / Toca el flautista y todos van detrás. / Quiero ver vuestras fotos a lo largo del tiempo, / catálogo de un bosque / que no nos deja ver solo una rama. / Prefiero al que se estanca en el pasado / por haber encontrado su camino. / Mira Vanilla Ice, / que sigue igual después de veinte años, / cuando dijo: Yo no sigo las modas, / yo las impongo.” Persiste esta sátira al hombre moderno –quien se siente único, pero solo es molde del resto-, aunque en este caso sobre el deterioro de las Humanidades en el pensamiento y en la enseñanza, en Hoy Aristóteles no ha venido a la academia: “Atrás quedó aprender filosofía, pensar / por uno mismo; hoy lo único que importa / es conseguir una plaza de funcionario”.

Hay versos que acaso disuenen en el conjunto, pues esa naturalidad que mencionamos se convierte en normalidad, incluso cierto lenguaje del vulgo: “grita y hace con que no mira /  tu inmensa polla al sol”. No obstante, ese tropiezo, tan común e inevitable por otra parte, remonta en el siguiente poema, El empresario poético, en donde Barco medita, sucintamente, sobre la función del poema una vez se deprende del autor, incluso del propio libro: “Querido lector, / yo ahora probablemente esté durmiendo, / mientras este poema / continúa trabajando para mí”.

Aún hay tiempo para remover las arenas de los tópicos barrocos y adaptar su esencia y su finalidad al contexto actual –destreza de buenos poetas, recurrir a lo clásico para interpretar el qué y el cómo de hoy-. Así ocurre en Lo que queda del César, dicotomía del finis gloriae mundi y de los hechos cotidianos de la vida moderna. El discurso barroco se aplica a las circunstancias de hoy día: “Cayo Julio César escribe en Google / Cayo Julio César es / y como un golpe en su mandíbula aparece un desplegable  / que autocompleta la frase con búsquedas comunes: / Cayo Julio César es gay / Cayo Julio César es tonto / Cayo Julio César es de izquierda o de derecha / Cayo Julio César es cantautor / Cayo Julio César es adoptado / Cayo Julio César es venezolano / Cayo Julio César es zurdo / Nadie parece acordarse de sus victorias militares / ni de la enorme amplitud de sus conquistas. / Nadie ha leído los diarios de un hombre / que un día lo fue todo, pero que poco a poco / su fama y su fortuna se fueron apagando. / Ahora es solo un anciano que vive del recuerdo / de los días gloriosos, y se queja / a quien le quiera escuchar de que su hijo Bruto / apenas va a visitarle a la residencia”.

Ritmo latino (Visor) –XV Premio Emilio Alarcos- de Jorge Barco Ingelmo, 56 páginas, 12 €

AYER NO MÁS, DE ANDRÉS TRAPIELLO

En el año 2012 publicó Andrés Trapiello, en Destino, su novela Ayer no más, en donde aborda un asunto siempre delicado, mezcla de social y político –espinosa combinación-, acaso histórico, rara vez historiográfico, que mantuvo a España durante unos años en la constante discusión. La memoria histórica. Y el horror de la Guerra del 36, claro. Acercarse a todo lo que concierne a estos temas de la memoria histórica, de un modo u otro, es jugar con fuego. Casi con total seguridad habrá un no estoy de acuerdo, un receloso, hasta un ofendido, nos atreveríamos a decir. Incluso cuando hacemos ficción con ellas. Incluso cuando tratamos de inventar un discurso con el que retratar esta realidad, y del modo más equitativo y natural posible, con los claroscuros propios de cualquier suceso. Como sucede en la novela.

El argumento arranca en el León natal del autor, años de la pasada década, dos mil y algo. Y tiene como personaje principal a Pepe Pestaña, destacado académico e historiador, estudioso e investigador de este tiempo de nuestra historia. Hombre erudito sin resultar pretencioso ni engolado, intelectual sin caer en la pedantería, leído sin necesidad de sonar solemne, rara avis en el ambiente en el que se desenvuelve. Con un expediente laboral notable y un bagaje cultural lleno de méritos y consideración, regresa a la que fue la casa de sus padres, con su familia, la cual lo considera, según avanza la novela, un familiar, digamos, polémico, problemático, siempre dando disgustos a su padre, viajando, apartado de sus raíces, despreocupado de ese ambiente, núcleo familiar. Esta imagen que tiene la familia de él se traduce, o al menos eso se insinúa en la novela, en envidias y celos; envidias y celos del triunfador que consiguió lo que se propuso, aunque eso lo llevara a abandonar a los más cercanos. No importa la distancia, sino lo que Pepe hizo con ella: alcanzar el éxito.

Pero al llegar a León, Pepe se encuentra con una figura clave en el desarrollo de la trama, alguien que trastoca todos sus planes, y los de la novela: su padre. Con un pasado vinculado al Movimiento, de afinidad falangista –ocupó cargos relevantes en los gobiernos del franquismo-, su padre fue testigo de un asesinato a uno de los vecinos del municipio, cercano al ideario republicano, claro. Setenta años después, el hijo de este hombre asesinado, quien estuvo presente en aquel momento, se encuentra, en una cafetería, con el padre de Pepe Pestaña. Sobre este encuentro se sucede uno de los hilos con los que tejer la novela, aunque no el único.

Por otra parte tenemos el mundo universitario, docente e investigador de Pepe Pestaña, reducto de burocracia académica y vida laboral en el departamento de la facultad. Ahí conocemos a José Antonio, director del departamento, a Mariví, su mujer, también profesora e investigadora –sugerente guiño a la endogamia académica-, y a Raquel,  joven y talentosa historiadora, ingenua y algo idealista, que ayuda, en la caracterización de los personajes, a confrontar cómo toman el estudio de este tiempo las dos generaciones que sucedieron a la guerra: la de José Antonio y Mariví, y la de Raquel; unos desde los prejuicios propios de la cercanía, de quien todavía arrastra cuestiones personales, dada la proximidad del hecho; la otra desde la predisposición a pasar página y a construir más ciencia que rencores. Quizá adolecen, a excepción de Mariví, de complejidad en el trasfondo de sus personalidades. Algo previsibles. Aunque no por ello menos creíbles.

En torno a estos dos tiempos/lugares narrativos discurre la novela. Sin desvelar demasiado su contenido, qué interesante es ver cómo las emociones o los intereses personales, las pasiones, el lado oscuro de la conciencia humana, interfieren en la elaboración de un ejercicio tan noble como el de tratar a la Guerra Civil desde la historiografía. Cómo, por ejemplo, Mariví, ya decimos que uno de los mejores retratos de este libro, antepone el reconocimiento, la vanidad, el ego… a la verdad material de los hechos, a si sus investigaciones esclarecen o no, desde un punto de vista histórico, científico, de provecho para los lectores, los asesinatos de la Guerra Civil. Ella está más interesada en la gratitud de la prensa, las asociaciones y las instituciones que en la utilidad, hasta la veracidad, de su trabajo.

De estilo claro y fluido, en apariencia ligero y sencillo aunque no libre de interpretaciones y matices, también sin necesidad de atribuir a la prosa florituras ni postizos vacuos –el tema ya de por sí dota de potencia-, Andrés Trapiello nos ofrece una novela en la que salva un periodo convulso de la Historia de España. O dos, según se mire.

Ayer no más (Destino) de Andrés Trapiello, 310 páginas, 20 €