COPE

El ilustrado capillita, qué gran tema. Yo conozco a unos pocos, amigos, compañeros, que reúnen condiciones para hablar de ese personaje, escisión del ilustrado laico sevillano. El ilustrado capillita posee todos los tópicos del capillita al uso pero con un rasgo peculiar: considera, épico, que va contra todos los tópicos. Ir contra el cliché en esta ciudad es algo tan manido como el propio cliché, y con el añadido, acaso irrisorio, de ir contra algo que hoy día no existe, pues no es más que eso, un cliché, una idea preconcebida. Jugar a ser Blanco White en el siglo XXI es ir doscientos años tarde a la batalla. Pero los ilustrados capillitas, que me caen bien, que tengo amigos, siguen instalados en ese mito –no logos- de la sociedad progresista contra la sociedad sevillana cofradiera, una dualidad –esta palabrita para acercarse a “la esencia” sí que está vista- que ya no se da, pues por suerte vivimos en una sociedad mucho más heterogénea, moderna. Otra sospecha del ilustrado capillita es la de que las cofradías tienen algún tipo de poder social y político en la ciudad de Sevilla, algo así como una especie de iluminados que se reúnen en el subsuelo de las antiguas iglesias para influir en el pensamiento del ciudadano común o en las tareas de los plenos del ayuntamiento. Sí: viene Dan Brown y no lo mejora, tiene usted razón. Llegados a este punto discernimos entre el que tiene poder y el que se cree que tiene poder. El que tiene poder es el político; quienes se creen que tienen poder son las cofradías, las cuales usa el político de turno para darse a conocer y rascar votos de las túnicas. Ejemplos, de todos los colores: Torrijos y las medallas rocieras; Zoido y Serrano en las procesiones gloriosas, etc. ¿Ven estos nombres por algún costero o por alguna vara, ahora que no mandan en Sevilla? Ah, amigo intelectual. La política local saca rédito –desde los Montpensier así ha sido- del alcance social –no es lo mismo que poder o influencia- de las cofradías, y no al revés. Porque no es lo mismo mandar que hacerle creer a alguien, ingenuo, que manda.

DEBATES DE DOMINIO PÚBLICO

Que en esta primera semana del año era dura la competencia por el tema que nos mantendría ocupados durante siete días es innegable. Ahí estaba la Toma de Granada –tan tradicional su celebración como, creo que desde este 2017 recién estrenado, su cuestión y su polémica- y el vestido de Cristina Pedroche, quien encendía todo tipo de materias posibles: tangibles e intangibles, cuerpos y palabras. A ver quién, tomando la toma de la tangente, se colaba entre esas dos discusiones, carne de remix tuitero en el ruedo hispánico, con r de redes sociales. Del tema al toma, y del toma al tomo. De lomo, se entiende.

Ya digo que entre ambos debates era complicado destacar, y así ha sido, pasando este asunto desapercibido. ¿Que de qué hablamos? Pues de que los libros de los autores fallecidos en 1936 –Lorca, Valle-Inclán, Hinojosa, Eugenio Noel, entre otros tantos- pasan a ser de dominio público. ¿Y qué supone eso? En resumidas cuentas: en sus obras han expirado los derechos de autor; es decir, son obras que pueden ser difundidas con total libertad según la Ley de Propiedad Intelectual.

En estos días, primeros de enero, todo se ha abordado desde el titular y la noticia, sin profundizar, sin indagar, sin meditar sobre las consecuencias del hecho. O mejor dicho: sobre las posibles consecuencias que podríamos especular en torno al hecho. Una de ellas las puso sobre la mesa, con tino y acierto, Enrique Baltanás –profesor, novelista, ensayista, poeta, traductor…-: ¿por qué no pasa a ser de dominio público la fortuna o el capital de una familia en el transcurso de los años y sí la obra de un autor? ¿Por qué en un supuesto de propiedad tal el dominio es hereditario y, en principio, imperecedero y en el supuesto de obras de autor no?

Como todo debate de cierta complejidad, se nos ocurren argumentos a favor y en contra. De unos, el provecho de una transmisión universal de la cultura –una vez fallecido el creador y pasados los setenta años pertinentes según el canon de la legislación española, claro-; de otros, una expropiación sin más rédito para los herederos. Habrá más, evidente. Pero esos los dejamos para, ojalá, una discusión que pronto suceda. Aunque me temo que el Cremades, el caranchoa, la Pedroche o la Toma de turno serán, también en 2017, los únicos debates… de dominio público.