DESCIFRANDO A ZAGAJEWSKI

“La poesía es pasar de la gravedad a la gracia”, comentó el poeta Adam Zagajewski en una ocasión, al enterarse de que recibía el Premio Princesa de Asturias. Con esta definición, que es verso y declaración de poética, se puede establecer el parámetro que limita, que determina, la obra del poeta polaco, emigrante en París, exiliado del régimen comunista. Disidente de las convenciones morales e ideológicas de su sociedad, de su tiempo. Una disidencia que no levanta la voz ni adopta gesto de queja o de acusación, sino que dedica su esfuerzo, su energía, a nombrar belleza, que es verdad según Keats. Nada más subversivo que decantar lo sublime en un mundo asolado por la mediocridad de la vulgaridad. Una belleza que se encuentra en el paisaje, en la anécdota, en la aparente sencillez de la vida común. Sencillez que esconde, a mínimo que observemos con intuición de escritor, complejidad y trascendencia. Para así evolucionar, pasar, de la gravedad, del peso de la realidad, a la gracia, a la levedad –abundante, no obstante, de enigma y de sustento vital, ético, cultural, social-. Acaso eso sea la buena literatura: depurar la intensidad que nos acontece hasta quedarnos con las cuatro verdades que todos sabemos pero que pocos logran nombrar con exactitud. Verdades no libres, por escasas o conocidas, de profundidad o de hondura.

Hondura de la depuración material de los hechos cotidianos. Zagajewski, miembro de la Generación del 68, se adscribe, de este modo, a cierta corriente que algunos llamarían de la experiencia. Aunque aquella definición nos sirva para etiquetar a la literatura desde que esta balbuceó sus primeros fonemas, su primera escritura, pasando por Ovidio, Virgilio, Dante, Milton, Eliot. La poesía del escritor polaco ahonda en el misterio sin desdeñar el atisbo de la expresión clara, del modo en que la palabra describa, con cadencia, sin caer en la monotonía narrativa o prosaica, las circunstancias, los objetos, las emociones. Un estilo que debe factura a Hölderlin, Joyce o Wordsworth, a la estirpe de los poetas románticos de Europa. También a sus colegas de generación y nación, como Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska o Tadeusz Rózewicz.

La poesía de Zagajewski oscila entre la impresión lírica, el gusto por la verdad histórica, el tono elegíaco y la celebración de la vida cotidiana, que es a su vez sublime. De tono irónico en ocasiones, acaso algo moralista en otras, sus poemas desprenden, no sólo en la música interna del metro, también en el curso de la narración, serenidad, calma, sosiego. No son poemas para leer con la urgencia con la que nos tomamos los deberes del día a día, sino con la mirada del que contempla. Reposado. Pausado. Comedido. Contemplación. Esa es la clave, la llave, que abre todas las puertas de la obra de Zagajewski.

Cualquier excusa, cualquier ocurrencia, cualquier hecho anodino y prescindible, esos accidentes previsibles de la rutina que pocos guardarán en la memoria, es suficiente para el elaborar el artificio del poema. Así en uno de sus más conocidos, Lienzo: “De pie, callado ante el cuadro sombrío, / ante el lienzo que hubiera podido tornarse / abrigo, camisa, bandera, / pero en cosmos se había convertido. / Permanecí en silencio, / colmado de encanto y rebelión, pensando / en el arte de pintar y el arte de vivir, / en tantos días fríos y vacíos, / en los momentos de impotencia / de mi imaginación, / que como el corazón de la campana / vive tan sólo en el balanceo, / golpeando lo que ama / y amando lo que golpea, / y pensé que este lienzo / también hubiera podido ser mortaja”.  O en Canción del emigrado, de clara connotación biográfica: “ En ciudades ajenas venimos al mundo / y las llamamos patria, aunque breve es / el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres. / Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda / el gran aro del sol / ardiente, a través del cual, como en el circo, / salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas / contemplamos las obras de viejos maestros / y, sin asombro, en añejos cuadros vemos / nuestros propios rostros. Habíamos existido  / antes, e incluso conocíamos el sufrimiento, / nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia / ortodoxa de París los últimos rusos blancos, / encanecidos, rezan a Dios, varios lustros / más joven que ellos y, como ellos, / imponente. En ciudades ajenas / permaneceremos, como los árboles, como las piedras.”

Es extraño: apenas quince años atrás, se trataba de un autor desconocido para la inmensa minoría de los lectores españoles –que es lo mismo que decir poetas y escritores-, este año, Zagajewski ha sido premiado con el Premio Princesa de Asturias. De un modo u otro, justicias poéticas al margen, una voz imprescindible para comprender la deriva de la poesía contemporánea europea en la segunda mitad del siglo XX.

JUAN MANUEL DE PRADA, EL MIRLO BLANCO

Aunque el autor nos haya acostumbrado a entregarnos en sus novelas personajes que se parecen a su yo más personal, más íntimo, jamás hubo tanto de él en uno de sus libros. Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) nos ofrece en Mirlo blanco, cisne negro una experiencia personal, biográfica, aunque trazada, construida, sobre la inevitable arquitectura de la ficción. Lo que sucede en esta novela no ocurrió, no fue historia, pero sí las conductas que manifiestan y que perfilan los personajes. O eso simula. Unas actitudes que parecen representar al propio Prada en cada una de las voces de este libro, como si el autor se hubiese dispersado en la personalidad que acompaña a cada uno de sus personajes.

La historia cuenta los inicios literarios –abundantes de precariedad, como tantos- de Alejandro Ballesteros, escritor joven y con talento que aterriza en un Madrid en donde las principales estrellas del mundo literario deambulan de fiesta en fiesta, de acto social en acto social, aplaudidas por la crítica y elogiados por la corte de siempre, por la camarilla que ansía ocupar el prestigio de los escritores reconocidos, estimados, respetados. Alejandro, Álex para su círculo de amistades, para su novia, Paloma, acude a una de esos actos alrededor de la literatura en los que su debate es lo de menos. Mucho más importante el codearse, el dejarse ver, hacer relaciones, repartir saludos, conversaciones, agregar contactos a la agenda. El protagonista, cuya indumentaria trata de renovar para ir a la moda, es decir, para la moda de la moda dominante, lleva en una bandolera unos cuantos ejemplares de su primer libro, un conjunto de cuentos. Libro que, a pesar de su calidad, es ignorado por el interés, por la pluma, de la crítica, cuya revista principal es Barataria, título que evoca una conocida publicación cultural española. Tras varios rodeos, titubeos, intentos de entablar trato y afinidad, desencuentros con la camarilla allí presente, y cuando Ballesteros decide que ya está bien, irrumpe Nieves, la mujer de Octavio Saldaña, escritor brillante pero de carrera en notable decadencia, superviviente de su propio éxito a base de presentar un programa de radio en una cadena en que la línea editorial es sectaria y dogmática, y en la que el poder de los grandes partidos en los contenidos de los programas es considerable.

Tras el fortuito encuentro entre Nieves y Álex, encuentro que posibilita la relación entre Saldaña y el joven escritor, admirador este de aquel, comienza a crecer un vínculo entre la pareja y Álex que determina el curso de la novela, y sus principales pasajes, claro, su trama, o mejor, cómo se desenvuelve la trama y qué nos enseña. El abandono de Álex al editor de su primer libro, Ramiro Cifuentes, por otra editorial de mayor relevancia en el panorama cultural; el desgaste del noviazgo con Paloma, a causa de la literatura; el retrato de la intrahistoria de la industria cultural y de la televisión, cómo maquinan sus directivos, qué intereses mueven sus acciones, cómo funcionan y preparan los programas, según qué principios giran sus decisiones.

Hay acaso guiños prescindibles, como el del personaje de El Chulo de Cervantes o los nocilleros, quienes aportan adorno al contexto de la época, sí, pero un adorno, digamos, pasajero, su participación en la trama es secundaria, y no provoca nada más allá del fiel retrato. Similar, aunque distante, es lo que sucede con Rosario Tena, personaje que mantiene suspense e intriga, pero que llegado el momento de desnudar el enigma nos deja algo fríos. Una profundidad más viva, una historia más desgarradora y vibrante –atormentada-, quizá habría sido lo idóneo, pues es lo que el personaje iba pidiendo desde que apareció en las páginas, en la vida del mirlo blanco. Y en la del cisne negro.

Sintaxis depurada y rica de metáforas, símiles e imágenes prodigiosas, recorren los párrafos de los capítulos. Una depuración que es estilística, aunque también personal, del propio Prada, quien se acusa, quien deja testimonio de una época –o de varias en su vida- que ya pasó. Pero no es el cotilleo de la vida literaria, o el poner nombre a las rencillas, lo que merece atención, sino la tensión emocional que desprende Saldaña, su salvación y su pérdida; la ingenuidad de un autor novel, el joven  Alejandro Ballesteros; la conversación de las relaciones humanas entre el murmullo de las vanidades, de los recelos, de las debilidades.

Mirlo blanco, cisne negro (Editorial Espasa) de Juan Manuel de Prada, 440 páginas, 21,90 €

LA BROMA, DE MILAN KUNDERA

Obra primera que, lejos de lo que suele ser usual en los escritores que se abren camino en la literatura, determinó todo el conjunto posterior, acaso menos acusada –esta novela- en el estilo, pero con rasgos similares. Hablamos de La broma, de Milan Kundera,  autor checo, aunque residente en París, del que prácticamente no conocemos su biografía, al margen de los datos convencionales que cualquier escritor dejaría para su público. Eterno candidato al Nobel, Kundera vive sus días recluido en un piso de París, ajeno a las entrevistas, a las conferencias, a las universidades, a las presentaciones. Inmerso en su propia obra, una obra en marcha, en curso, cuyo tema, como decimos, inicia en esta novela con la que se ganó el reconocimiento de sus primeros lectores, la atención de la crítica. Hasta llegar a su obra más conocida: La insoportable levedad del ser.

La broma cuenta la historia de un muchacho checo, Ludvik, afiliado al Partido Comunista. Ludvik envía una carta a una mujer con la que lleva tratando un tiempo, Marketa. En esta postal, de tono ingenuo y bobalicón, irrelevante y afectivo, el muchacho perpetra la ironía, desde la broma, no desde la burla, sobre las condiciones de vida y del entorno que rodea a la Checoslovaquia ocupada por las tropas de Stalin, por el ejército comunista, en el contexto de la Guerra Fría, “¡el optimismo es el opio del pueblo!”, escribe. Este hecho propicia el curso de la novela, desencadena la trama que, hasta entonces, se dedicaba a retratar una Europa del Este en donde no había ni necesidad ni miseria ni censura. En donde un Estado, un imperio, diríamos, llevó la paz social a un lugar siempre maltratado por el devenir de la historia. Una Europa del Este en que la dictadura del comunismo cumplió con su objetivo.

Pero la broma todo lo cambia, y entonces sucede una alteración tanto en el estilo en el que se iba desarrollando la obra como en la vida del protagonista, una genialidad de Kundera, quien vincula fondo y forma en un todo compacto, sin fisuras ni divisiones. En cuanto los controles, censores, jurídicos y políticos del Estado intervenido –policías, investigadores, jueces- se enteran del contenido de la carta, cuya delación corrió a cargo de Marketa, intentan –consiguen- por todos los medios hacer la vida imposible a quien la ha enviado. Lo dejan al margen de cualquier posibilidad de desarrollo personal y emocional: es un marginado a ojos de la sociedad. En este instante entran en el argumento el resto de personajes, quienes aparecen y desaparecen según convenga al narrador, dando saltos en el tiempo y en el espacio, lo que contribuye a generar esa sensación de no saber qué sucede, de desorden, de caos, que acompañará a la psicología del protagonista el resto de su vida. De nuevo, este ideal de Kundera de fundir en un único sentido tanto el fondo como la forma. Si la mente del autor, consecuencia del acoso y de la censura estatal, está perturbada, también lo estará el ritmo de la trama, que fluye por las páginas.

En La broma, su autor ensaya un modo de abordar la novela que será característico, tan personal, en los títulos posteriores. Es la novela-ensayo. Género que no sólo narra las historias vividas por unos personajes sino que busca ahondar en la psique de estos personajes. Exponer sus pasiones, sus inquietudes, sus miedos, sus inclinaciones. Pero no desde la descripción de sus particularidades, de sus rasgos, sino desde la divagación –recordemos sus apuntes sobre cómo la música europea ha influido en la identidad de las naciones- y la metáfora, desde por qué una persona llega a ese estado de nerviosismo, o de histeria, o de amor, y todo explicado con un lenguaje propio de la filosofía, el ensayo o la poesía. En las novelas de Kundera la imagen es fundamental no sólo para describir, para retratar, también para interpretar, no desde el significante, sino desde el significado, la complejidad de un carácter, de la mentalidad de una persona. Con pasajes llenos de incógnita, incluso oníricos, el autor pretende aclarar el interior de la condición humana. Con frecuencia, por otra parte, tan irracional.

Mucho hay en esta novela de visión personal, subjetiva, de “vivencia” del autor, quien también padeció, como tantos personajes de sus ficciones, la persecución ideológica en su tierra natal. La censura, la negación de sus derechos fundamentales, de sus libertades. Y todo por no mantener la afinidad al comunismo.

Con la traducción de Fernando de Valenzuela, y en la editorial Tusquets –colección de bolsillo-, leemos esta broma de Kundera. Broma tan seria, claro. Imprescindible para comprender, para asimilar, las circunstancias de un tiempo y de un lugar que supusieron en Europa un nuevo modo de concebir el mundo, su mundo. En su historia. En su propia memoria.

La broma (Ed. Tusquets) –traducción de Fernando de Valenzuela-, 325 páginas, 8.95 €