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Se prodigan por estas fechas de octubre y de noviembre, también en los últimos días del mes de junio, cuando el ruido tachero tacherorá de las cornetas aún es un eco de nostalgias, como dirían los pregoneros de distrito y colegio profesional, mis preferidos. Son las elecciones a las juntas de gobierno, un relato complicado, un asunto que quema tanto como ese chorreón de cera que nos cae en la mano justo cuando llevamos más de un cuarto de hora de parón en la calle Velázquez, ¿o no, hermanos de El Calvario? Tema espinoso me está tocando usted. Unas espinas con las que más de uno se corona, todo sea dicho. Pero ni morbo ni peleas que acaban como el rosario, ya que estamos en su mes, de la aurora. De las elecciones a las juntas de gobierno me puede el humor. Es inevitable. ¿Qué me dicen de esas fotos, como de equipo de fútbol en el ascenso o gobierno en las escaleras de La Moncloa, con el photoshop de pluriempleado en los dos o tres candidatos ausentes en el evento, uniforme oficial patrocinado por blazer azulón S.L.? ¿Y de las presentaciones de la candidatura, con aire de Donald Trump? ¿Y de esos currículum perfectamente detallados, desglosados, punto por punto, en la página web? ¿Y qué hay de la página web? ¿Y de esas llamadas con los, apunto literal, colectivos de la hermandad? Campañas con sus lemas, sus vídeos promocionales, sus disputas y sus proyectos. En algo sí coinciden todas las candidaturas: en la unión de sus hermanos. Se presentan dos, dos, y los dos piden la unión de la hermandad. Ay, lo que se ha perdido el psicoanálisis. No digamos la politología. No digamos la sede de Ferraz.

ETA Y SU FIN

Siempre se suele ser más de la última copa que de la resaca, aunque en este día tengamos que invertir los términos. Tras el miércoles festivo del 12-O, el paraguas de Cristina Cifuentes, el esnobismo de los que nada creen celebrar y el eterno debate, nivel jardín de infancia, sobre el genocidio, el exterminio y la opresión, la noticia: encuentran en un zulo de Francia lo que parece ser los últimos coletazos de los terroristas de la ETA. Arsenal con el que, según nos advierten, se aprovecharían para la enésima extorsión al Estado: yo te entrego las armas y negociamos la condición de los presos. Por suerte, y gracias a esta jugada por sorpresa, el chantaje nunca sucederá –al menos a corto plazo-, aunque ya haya sucedido en épocas pasadas. El trueque del Estado y el terrorismo, digo. Algo, sin duda, horrible.

Pero por ahora la ETA entrega las armas, o, mejor dicho, no ha tenido más salida que entregarlas. Hace apenas quince años que el terrorismo era uno de los principales problemas de España, uno de los que más preocupaba a los españoles. Ese fascismo cobarde de tiro en la nuca y pasamontaña en los comunicados a la prensa. Hoy se podría decir que es historia, pasado. Y ochocientos veintinueve muertos por el camino que no se olvidan. Al igual que tampoco pasamos por alto el maquillaje del conflicto. Que no nos vendan esa palabra. Porque no fue cosa de dos.

El discurso del terror de la ETA mengua, se disgrega, casi desaparece. No así su discurso político, en boca y en boga de Arnaldo Otegi. Un relato que seduce a los partidos políticos cercanos al populismo y a la lucha antisistema, como Podemos. Se entiende. Ambos coinciden en la articulación de las emociones, de los sentimentalismos, de las irracionalidades, para construir un guion ajeno a cualquier juicio crítico, racional, de análisis. En sus estrategias prevalecen el gesto, la arenga, el adanismo, el enemigo, y no la medida, la proposición, el debate, el adversario. Con tales puntos en común, cómo no ir de la mano. Lo peor es que no sabemos adónde.

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La Semana Santa es un compendio de elementos vinculados con las sensaciones y las emociones, un conjunto de significantes que podríamos resumir en tres: luz, tiempo, música. De todos, el primero se lleva la palma. Palma de El Cristo de Burgos, de La Lanzada o de El Buen Fin. Como prefieran. Y es que la luz siempre ha sido un recurso atractivo, dominante, para acercar la fiesta a la complejidad de los sentidos;  para dibujar, junto con otros, la atmósfera que la rodea y así servir a los ojos del lector aquello que en el recuerdo habita. Desde Luis Cernuda en su Luna llena en Semana Santa  hasta los artículos de Antonio Burgos en ABC, la luz ha sido una de las claves preferidas por los escritores para descifrar el enigma de la Semana Santa. Sin ir más lejos, el nombre de este programa, Candelería, es uno de los pasajes de Cruz de guía, libro de Manuel Sánchez del Arco. En estos días del otoño, contra todo pronóstico, uno intuye esa luz en la que tantos se apoyaron para escribir de Semana Santa. Pero con un matiz relevante: desnuda de todo tópico. Ausente de clichés. De la caricatura tras la que muchos viven, y bajo la que pretenden esbozar, con cuatro embustes ripiosos, a la primavera en Sevilla. Esta luz del otoño, tan fina y fría, posee más ciudad que otras de marzos y abriles. O al menos así lo percibo. Y no digo ya cuando cruce por el dintel de san Lorenzo, manos color de las hojas caducas, esparcidas en la plaza, la Verdad de las verdades. La que nos hace libres.

PARA QUÉ VIDA ETERNA

La revista Nature ha publicado un ensayo en el que asegura una edad imposible de driblar cuando se asoma por las campanas el toque de agonía. Cuando nos espera paciente el domicilio social del otro barrio. Aquel desde el que, excepto Lázaro y Cristo, nadie más vuelve, nadie más pica billete. Al menos que se sepa. Los autores del artículo son para recitarlos a las seis de la mañana, regreso de boda en el autobús, cuando por cierto, ahora que sacamos el tema, aquello se asemeja más a un capítulo deThe Walking Dead que al fin de una fiesta. Pero los nombres de los genios, que nos salimos por la tangente: Xiao Dong, Brandon Milholland y Jan Vijg. Obviando la ironía de que un científico se dedique a estas investigaciones y estudios sobre la muerte con el nombre de Xiao, el artículo pone el límite de nuestra vida en 122 años. A lo sumo, 125.

Alrededor de la muerte siempre hubo una curiosidad tan eterna como la propia condición de aquella. En los primeros pasos de la civilización, fue el germen de religiones, creencias y filosofías. Casi un objeto de culto. Ahora, en estos compases de la posmodernidad, tan dados a la negación/relativismo de las categorías universales, la muerte es un ser que nadie se atreve a mirar a la cara. Que se esquiva como a solidarios de onegés en las avenidas de las capitales. Desde el botox de Carmen Lomana al interés que despiertan estudios como este que hoy traemos.

Y yo que la vida eterna no la quiero ni en pintura. No una vida de materia, carnal, me refiero. Qué sopor. Qué hastío. Qué apatía. Qué desgana. Ver cómo se suceden los acontecimientos de la historia, repetidos no en tiempo pero sí en forma, saber con certeza de funcionario lo que pasará por la mente de aquel, por la estrategia del otro, por el curso de los acontecimientos. Saludar las mismas guerras de siempre, los mismos desconciertos, alegrías, seducciones, inventos, catástrofes. Ver que al fin España acordó un pacto de gobierno justo antes de que alguien diga que nos vamos a juicio. ¿Al de la Gürtel? No, amigo, al final.

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Ni destituyeron a un capataz ni rescindieron el contrato de una banda. Así que no esperen del asunto gran difusión ni correveidiles en los grupos de guasap de los colegas de la tertulia cofradiera, del grupo joven, de la junta de gobierno. Aquí tan sólo se divulgó cultura en una parroquia mudéjar del siglo XIV, la de san Andrés. ¿Y la charla sobre quién? Pues Ortega Bru. Organizada por la hermandad de Santa Marta, en la mesa estuvo mi querido Manuel Jesús Roldán. Didáctico y lúcido, como siempre. Nunca seré partidista, pero sí partidario, y habrá que reconocer los méritos con adjetivos, el premio del escritor, ¿no? Pues eso, que sin ojana, el profesor Roldán apuntó a los asistentes un tanto que merece un minuto de reflexión: Ortega Bru fue un escultor que supo conjugar el canon clásico y el tiempo presente; en las artes, claro. Un hombre más de reforma que de ruptura. Un acento de gubia sin pastiches ni malas imitaciones. Una tercera España, un autor de síntesis en el pensamiento y en la ejecución, a lo Chaves Nogales, si hablamos de literatura. Una apuesta por la obra original. Dicen que quien no tiene padrino no se bautiza, pero en Sevilla, y más en las cofradías, será quien no tiene bando. Y Ortega Bru fue un hombre libre de etiquetas. Como Roldán. ¿Y cuál es el resultado de todo esto? Pues la incomprensión, la indiferencia de sus coetáneos. Los mismos que diluyen charlas como estas en la destitución de aquel capataz o en la rescisión de aquel contrato con la banda, atasco en según qué casos, de turno.

BREVE ENSAYO SOBRE EL TINDER

En Londres han lanzado un Tinder para donantes de esperma, que es algo así como reconocer, al fin, para qué sirve, con sinceridad, la aplicación. El Tinder, con artículo, sí, con esa familiaridad de barrio, con ese el tan popular, tan de lengua hablada, la lengua del coloquio y de la naturalidad, lengua con la l de las lejanas academias, de la frialdad de los manuales de filología. El Tinder es uno más de la pandilla, al menos desde hace unos meses, desde que surgió en nuestras vidas. Quedas el sábado, ahora que aún se aprovechan los días de sol y otoño, en la barbacoa y en el chalet, en el campo y en el bar de la esquina, y ahí que está el largo, el negro, el canijo, el bola y el Tinder. Confieso que jamás lo descargué, pero siempre me provocó sospechas y recelos, curiosidad y rechazo. Yo en Tinder preferiría no entrar, quizá. Pero no por eso que alguien pueda llegar a imaginarse. No entraría en un lugar que trata estas sucursales de la lascivia con ese ánimo tan burgués, inclinando la balanza del gozo hacia lo prohibido, lo oculto, lo proscrito, lo marginal. Como si el placer fuese pecado para los sentidos.

Dicen que los británicos no hablan ni de sexo ni de dinero. Mienten, obvio. Si no que me digan a mí por qué son pioneros en este Tinder para donantes de esperma. Tengo un buen amigo que le dio su uso durante un tiempo. Hombre de leyes, de puntualidades, de formalidades. Hombre elegante en el fondo y en la forma. Un británico con acento del sur, que por algo veranea cercano al Estrecho de Gibraltar. Así que fuera tópicos en este tema.

Desde esta costa gaditana en la que mi amigo veranea, un poco más allá, me habló el escritor Montero Glez de un mundo orgánico, no mecánico. Todo funciona como un todo. Estamos conectados. Me recetaba pastillas para el capitalismo, pero yo creo que este planteamiento también se puede aplicar al éxito del Tinder. ¿Y qué es el Tinder? Pues me da que el único lugar que le queda a Pedro Sánchez para probar a qué saben los éxitos.

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Cuando la vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos me acorde de eso que Sthendal propuso como fundamento del relato literario: “Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino”. Al escritor que uno intuye dentro de sí le sucede lo mismo con las cofradías. Hay hermandades que son un espejo en el que te retratas. O te retratan. En estas descubres tus años de adolescencia, en esas los de madurez, en aquellas los de la infancia. Los tiempos de la persona, que es como si dijeses todo, vaya. Con la Virgen de la Paz me adscribo al último tiempo, que es el primero: el del niño. Esa patria del hombre. La vi alcanzar la altura de la Puerta de los Palos como el verso de Juan Ramón: pura, vestida de inocencia. La blancura del magnolio cernudiano que diese colores de lecturas en las primeras noches de la pubertad. Yo quise, bajo ese palio casi de claridades, tan blanco, como si de un sobre se tratara, enviar en él envuelto esta breve nota que hoy redacto, tarde de septiembre tan lejana a la del Domingo de Ramos que nos espera. Mucho más aún de los Domingos de Ramos que se fueron. Hay cofradías que pasan delante de ti y son como el espejo que imaginó Sthendal para explicar el sentido estético de la novela. Y en ellas me observo. Y en ellas me reflejo. Y en ellas, justo donde otros ven tejidos y coronas, me arde el recuerdo, al igual que la cera en la candelería, de la memoria de mis padres cruzando el Prado, conmigo de la mano. Que ya daban las dos en el Parque de María Luisa.