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Una reforma a prueba de opinión capillita –que ya es probar-, un tiempo sin duda inesperado –apenas lluvia, incluso ambiente de primavera para penitencia de alérgicos- y unas cuantas anécdotas que han mantenido vivas las conversaciones de los cangrejeros en las delanteras de los pasos, de la gente de hermandad en las barras de los bares, que han contribuido a la broma ingeniosa, viral y moderadamente maligna en los grupos de Whatsapp. La Semana Santa de 2018 ha sido, para casi todos, una sorpresa. Al menos en dos de sus temas de actualidad: el tiempo que se ha disfrutado y el Martes Santo que, preveo, se mantendrá para los años futuros. Del primer asunto, la lluvia, deduzco impresión que celebro: hermandades que abandonan esa ridícula prudencia –asociada a una imagen de cofradía de carácter “serio”- a la hora de poner los pasos en las calles cuando la probabilidad de lluvia es mínima. En esta semana de la Semana ha ganado el criterio de sacar los tramos de nazarenos y, en caso de que venga el agua, cobijar al personal donde sea posible. Porque, menos mal que lo asumimos, el agua no moja la dignidad de una cofradía. El segundo asunto, Martes Santo a la inversa en la carrera oficial, ha sido aprobado por la mayoría aun con algún que otro disenso. Lo cierto es que la idea ha resuelto problemas mayores –los que se pretendían resolver-, aunque ha dejado abiertos otros tantos, leves. Cuestión de solventar errores sobrevenidos y, al igual que estos días, santas pascuas. De solución más complicada, la Madrugá. Noche que sigue copada de túnica de cola con ron del chino y esa tensión de que en cualquier momento algo puede salir mal –como casi sucede, de no ser por la policía y por la admirable calma del escaso personal que esperaba en Reyes Católicos-. Y del resto, lo acostumbrado. Costumbres que, aunque no lleven noticia, suelen ser lo extraordinario.

ESTO EN ALEMANIA NO PASABA

En cuanto en la tele salta un caso de corrupción, en cuanto alguien lee una chapuza burocrática, política o de cualquier gestión institucional, suele ser comentario previsible: ¡anda que igualito en Alemania, o en Francia, o en Noruega -o en cualquier país cercano del que tenemos una imagen un tanto idealizada-! Estoy convencido de que la historia se habrá vivido, ya sea en el corrillo de la empresa o en la conversación ajena, metro, sala de espera del hospital, cola del supermercado. A estos países les suponemos un principio de absoluta eficacia que, por otra parte, nosotros nos negamos. Con temperamento de pobrecitos nosotros, ricos ellos; nivel de vida humilde nosotros, sueldos de ejecutivos y trabajo regalado ellos; impuestos asfixiantes y educación pésima nosotros, calles limpias y parques y edificios –monumentos- cuidados ellos. Para Europa el civismo y para nosotros la barbarie. Es una de las tantas ideas que circulan en el esquema mental que los españoles tenemos de nuestro país: la de la patria inútil, o irremediablemente visceral, o incluso irracional –devoción, supersticiones, exotismo-, o castiza; la nación destinada al fracaso, cuartos de final, el olor a ajo, el presidente del Gobierno que no tiene ni papa de inglés en una convención con dirigentes siempre resolutivos, firmes, casi héroes históricos –o santos- de esos que aparecen en las pinturas de los museos y se suben a los pedestales de piedra de las plazas públicas.

A mí este concepto tan recurrente, y por tantos apuntado, sobre el carácter de lo español, me recuerda a otra idea más o menos consensuada,  también previsible, general: la de que la cultura amansa las fieras. Sí: la de que la cultura es un lugar donde sólo se puede esperar almas nobles, cándidas, bondadosas, generosas, sublimes. Sobre esa idea, además, tratan de construir, para colmo de pelmas exquisitos, otras tantas: la telebasura es un mal ejemplo para la sociedad, la película siempre será mucho peor que el libro. Comentarios de personas que, por otra parte, no suelen abrir demasiados libros, ni acudir a teatros, ni visitar exposiciones, ni convivir, en fin, con eso que hemos terminado por llamar cultura. Si así fuera, me temo, si esas personas hubiesen acudido a una tertulia con poetas, a una pandilla –clanes, incluso- de escritores, a la redacción de una sección de Cultura, a una galería de arte, a la propia historia del arte, a un concierto de música, no sé, renacentista o alternativa –esas cosas-, se darían cuenta de que lo que dicen es tan sólo una manida versión idealizada de un término sobrestimado por gente que no lo ha visto ni de lejos –como todo lo que se valora más de lo debido-.

Y por esos derroteros circula esa noción de la España trágica y zafia  frente a la Europa magistral e intelectualmente adelantada. Como si la globalización no hubiese existido en el mundo. Como si aún viviéramos en esa Castilla melancólica y subdesarrollada –tragedia- del 98, de Unamuno, de Ortega. Como si, no sé con qué suerte o drama, cualquier calle del centro de casi cualquier capital de España no se pareciera a muchas calles de otros tantos sitios de más allá de Cataluña. Como si, en fin, la torpeza, la necedad, la chapuza fuesen patrimonio de un país y no condición de cualquier individuo. Pero, claro, esto se conoce cuando se ha viajado, cuando se ha trasteado, cuando se ha pateado lo que hablamos. Y es curioso: quien dice “esto en Alemania no pasaba” -y expresiones de ese tipo- pretende apuntar una falta de educación o de civismo de nuestro país en relación con aquellos países ejemplo de “buen hacer”. Pero el resultado es otro, pues al ser hoy en día –aunque su cabeza llena de tópicos y de imágenes preconcebidas no haya llegado a esa conclusión- sociedades más próximas de lo que se supone, se vuelve a insistir en una distancia que no es tal. Se describe algo que no existe, y así se vuelve a recrear. Insistiendo en el cliché. Fomentando la carencia que se denuncia.

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Ajena al soniquete de la Sevilla de gala cofradiera-endogámica, a las crónicas de pregones que son retratos tópicos de ideas cursis –de serie, relamidas, planas, atorrijadas- de una fiesta heterogénea y poliédrica; ajena al monólogo de la columna viral, tan pobre en su reflexión como incendiaria, panfletaria, en el tono –éxito de masas asegurado-; ajena, en fin, a tantas nimiedades –de gente que se cree algo- que constituyen el acervo, diremos ecosistema, de la Semana Santa. Así viene Rocío Plaza, investigadora sin vanidad académica –a ella la leen-, erudita sin pelmazo, excelencia de cosecha propia, tan discreta, elegante e inteligente; así viene con su último libro “Los orígenes modernos de la Semana Santa de Sevilla”, editado en El Paseo, que es decir querido David González. Del ejemplar, aquí en la mesa, podríamos citar multitud de capítulos –hay algo de novela, de relato-, pero nos quedamos con una de las ideas principales, extraída de aquellos: vivimos en la mejor Semana Santa de cuantas hemos conocido. No hay más que comparar los conflictos que antes sucedían con los de ahora; no hay más que cotejar, entre otras tantas circunstancias, lo institucionalmente asentadas que están las cofradías en la sociedad sevillana de hoy en comparación con la de aquellos años, el público que convocan, los medios que las atienden, la gente que, incluso, vive de ellas –cofradías sinónimo de mercado-. Así que si alguien, charlita distendida, pescao frito, casa hermandad, os viene con la matraca de que esto no tiene solución, de que esto ha tomado un rumbo que no veas, regaladle el libro de Rocío Plaza. Para que aquella persona comprenda –algo casi siempre saludable- la realidad de la fiesta que vive; para que aquella persona entienda que su crítica, más que análisis de un hecho, es toma prestada de cliché, demostración de entrañable ignorancia.

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En un asunto difieren tanto el conservador capillita como el indie cofrade: el modo de entender la religiosidad popular. Mientras en el primero ubicamos rechazo de aquello que suena a folclore, cultura popular -casi todo lo que salga del credo oficialista es culto a la sospecha-, en el segundo atisbamos aprobación –y defensa de dogma alternativo- de que esto de la Semana Santa es un “hecho social total”, la sabida definición de Isidoro Moreno, a quien toman por predicador, por profeta, por apóstol de su idea underground de las confesiones locales. El pasado viernes, en la charla, en ese diremos clásico ejercicio de la mesa redonda de la casa hermandad, escuché a quien decía que “todo esto” –hablaba de que cada vez hay más gente en el tramo y menos en el banco de la iglesia- empezó cuando algunos –no especificó quiénes- vieron con buenos ojos lo de “las cofradías se pueden entender desde otros puntos de vista”. Yo intuyo, sin entrar en ese previsible género del indie cofrade, que claro que se puede entender la Semana Santa “desde otros puntos de vista”, como se puede disfrutar de la mezquita Azul de Estambul sin ser musulmán o de un poema renacentista sin haber conocido destierro en Nápoles. Es más: veo conveniente el hecho de que la Semana Santa sea “también” esos “otros puntos de vista”: el ensayo, la pintura, la escritura, la estética. Al igual que esos “otros puntos de vista”  formen parte de “la religiosidad”, pues también la constituyen. De no ser así, de obviar “esos puntos de vista”, nos veremos simples, básicos, superficiales; es decir, como nos ven los amigos que discuten nuestras creencias. Unas creencias que, de un modo algo torpe e integrista, tantos dicen –presumen- defender.

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Edad en la que nada más cómico –irrisorio- que estar serio –amargado-, pues ya se han abandonado del melodrama, de la preocupación accesoria –incluso de las principales-, de esas cosas insustanciales que a nosotros –jóvenes e ingenuos- nos aprietan la existencia pero que nada importan, que son todo prescindibles. Eso lo saben ellas, tan sabias, evidente, que tanto han pasado y de tanto han salido: la necesidad, la España adversa, la familia numerosa, el amor de siempre, ese al que hoy tanto echan en falta en este besamanos de su Virgen –ay, suspira, al ver la Imagen, que ahí está él, que no se ha ido, que está con el vestidor, a las tantas de la mañana-. Yo las veo sentadas en la mesa petitoria, que es una cosa con muchas medallas, muchas estampitas y muchas monedas. Las veo en grupito, compartiendo confidencias y bromas pícaras, discretas e inocentes, presumiendo de yerno, que es no sé qué en inglés –una cosa mú rara- allí en Madrid, y que tiene sucursales –niña, sucursales- por no sé qué sitios de medio mundo. Con algo de María Teresa Campos, con algo de Clara Campoamor, van las señoras de las cofradías en esta mesa petitoria que no es tan petitoria como camilla: ellas están como en casa. De hecho, lo más probable es que esta hermandad sea más propiedad que todas las cosas suyas con papeles y con notarios. Esas que levantaron, qué de fatiguitas, a base de ingenio y de dolores de espalda –de cabeza-.  A ellas me acerco hoy del modo en que me acerqué el pasado domingo, atravesando la bulla de la parroquia, las caras de siempre, los íntimos desconocidos de esta ciudad en sus domingos de marzo. A ellas me acerco, y si allí les dejé un eurito y toma, niño, esta estampita te la regalo, hoy les dejo las gracias. Las gracias por esa estampita. Y por casi todo.

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Aunque aquel asunto se resolviera –final feliz- hace muchos años, fui al viacrucis de la hermandad del Santo Entierro con gabardina beige, evidente uniforme preceptivo para estos casos, halo de inspector de policía o de brigada secreta contra los criminales. No sé si confundido con el inspector Gadget o con la espía Mata Hari, un buen conocido se acercó al tímpano de mi oreja y me dijo -efusividad de la que jamás presumiré un domingo por la tarde o cualquier día de la semana antes de las diez-: “Gragera, esto ya está aquí”. Al terminar la frase se marchó y, como en el poema de San Juan de la Cruz, aquello me dejó sin gemido. Qué desconcierto, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”, repetía mientras otro buen amigo me contaba su jornada dominguera, la cual dio comienzo con una tortura cívica: una maratón. Pasaba el cortejo de hermanos con cirio y este amigo me narraba los hechos con precisión de novelista decimonónico: ahora los tiempos, ahora los cronómetros, ahora malos momentos, ahora las fatigas, ahora los sudores, ahora la tensión en los músculos. Cabe decir que me entraron ganas de parar el andar del paso y pedir otro semejante para este colega mío: ¡una camilla –urgente- para este hombre! Y es que sólo de oírlo me entraron sudores fríos. Los mismos que tuve durante la tarde –ya casi noche- mientras volvía a recordar aquellas palabras, metido en mi papel de detective de enigmas y novelas policíacas, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”. ¿Sería un código que tendríamos que pasarnos entre una sociedad secreta hasta llegar a la clave final?  Me coge Dan Brown y me monta un libro superventas. Así que terminé en el McDonald’s, para añadir tópico de peli americana al caso, y me dio por decirle al hombre que me atendió: “Esto ya está aquí”. Pero me temo que no hubo suerte, y que junto con el Big Mac buscó psiquiatra cercano en Google. Como yo estoy buscando, de perdidos al Guadalquivir, qué significará eso tan enigmático de esto -¿esto?- ya está aquí.

ME LLENA DE ODIO -Y DE SATISFACCIÓN-

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo o incorrecto o equivocado.  Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Suele ser oficio común entre los escritores de estilo atorrijado –escritura esponjosa y melosa, texto dulzón-: citar autores que más que aportar algo interesante a lo que se escribe, tan sólo son un adorno, un pinturero abalorio para la bonitura y el floripondio verbal. El registro es –como casi todo en los escritores torrija- limitado, y su nómina no pasa de Bécquer, de Machado, de Cernuda y de poco más –a quienes por supuesto han leído de oídas-. El escritor torrija los toma, los incluye en su pasaje lírico y cofradiero –como si las cofradías, a esos autores, les hubiesen importado lo más mínimo- y empieza a mezclar el simbolismo becqueriano con la nostalgia propia y el ripio casposo. Dicen que el sentido de su ejercicio es reivindicar autores pasados, pero lo cierto es que tan sólo se reivindican ellos: su apropiación –descontextualización- de la obra ajena no es un homenaje, sino un modo de justificar que ellos son “cultos”. Así, hablan de donde habite el olvido y de como quien espera el alba con una imagen de la Macarena por la calle Escoberos; o te hablan del estos días azules y este sol de la infancia y te lo llevan a un Domingo de Ramos por la mañana, Domingo de Ramos donde puede llover, y donde no hay sol de la infancia por ningún sitio, sino botellona del Yona, padres abnegados con carros, bares imposibles de conversación y niñas de quince años con sus primeros tacones agarradas las unas a las otras –quilla, espérame-. El escritor torrija habita en el olvido de estos pequeños detalles, que son los que hacen la Semana Santa de hoy, pero que no le sirven para el aplauso fácil y para la ingenua admiración infantil de sus paisanos.

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Abunda en nuestro microcosmos capillita –y todo lo que abunda, cansa- la persona que va a la bulla, a la aglomeración, a buscar gresca, pelea, conflicto. Es personaje novedoso, reciente, sin demasiada proyección en nuestra historia local –como casi todo lo cofradiero, por otra parte, que esto es cosa, sacrifiquemos idólatras y mitómanos, de no tanto-. Este personaje que hoy traemos es aquel que se irrita con facilidad en todo lo relacionado con las conductas más o menos incívicas de sus conciudadanos, conductas que pasan por pedir permiso entre una plebe -¿puedo pasar?- o perder el equilibrio –y por tanto el breve roce, acaso leve empujón- en medio de una masa humana taponada. Gestos sin duda intolerables. Cuando así ocurre, nuestro personaje, susceptible, entona su monólogo de buenas maneras –pero con notable enfado-: “es que no puede ser”, “es que ya no respetan nada”, “es que, vamos, que no se puede pasar”, “¡cómo es la gente!” y demás letanías a nuestra señora del desconsuelo victimista. A este personaje, parece, le cuesta asimilar que la fiesta es un conjunto de gente en la calle y que, así, tiene que compaginar convivencia y paciencia, o tolerancia y empatía, con el resto. Pero no: se prefiere el clamar –pregonar- al aire, a esa bulla, por la nimiedad y la circunstancia irrelevante. Un gesto susceptible que no busca el reproche al otro, sino la autocomplacencia –esto es lo más bochornoso-. Sentirse por encima, y satisfecho de uno mismo. Digamos que su buena educación pasa por ahí: por un egoísmo exquisito.