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Con los años he perdido dos bienes, uno material y otro abstracto: pelo y vergüenza. Se lo comentaba el pasado sábado a don Eusebio León –quien vive en África, de los León de allí de toda la vida-, el día después de un tiempo nuevo en la sociedad cívico-cofradiera: tenemos acuerdo, aleluya, para las cofradías de la Madrugada. Tener acuerdos –donde digo “acuerdos”, leemos “horarios”- es sin duda un hecho que cualquier persona relacionada con ese microcosmos debería celebrar. No tanto por los horarios en sí, que eso en el fondo me da lo mismo, sino por ahorrarnos un trabajo agotador: tener una opinión efectiva y posible sobre el asunto. Estás en la reunión, en el bar, en la comida familiar, y de esto que, entre conversación y conversación, sale el tema de los horarios de la Madrugada. Y ahí se va, complejo de CECOP y concejalía de Fiestas Mayores, a proponer una oferta irrefutable. Dice el tópico que hay tantas Semana Santas como personas las ven, así que imaginamos la cantidad de propuesta-soluciones que nos hemos encontrado a lo largo de estos cuatro años de abrir Google Maps y ponernos como locos a trazar recorridos. Tanta exigencia es muy cansada, también incómoda, encima gratuita. Y no la podíamos soportar más. Así que gracias a las hermandades de la Madrugada por ponerse de acuerdo en esas cuatro o cinco horas, aunque para tal hayamos tardado cuatro años, aunque para tal estemos como estábamos, pues por lo visto el cambio, si no se cumplen los horarios, no sirve de nada. ¿Será que en lugar de los horarios, quienes debemos de cambiar somos nosotros? Esperemos entonces no cuatro años, sino la eternidad.

ANUNCIO DE UN MATRIMONIO SUBLIME: FEMINISMO REAL

Hasta las almas más concupiscentes encuentran el justo medio, el sosiego, la virtud. Así le ha sucedido al príncipe Harry, de quien han anunciado boda con la actriz Meghan Markle. Será el próximo mes de mayo de 2018, en una fecha que es metáfora de la nueva luz, del estreno, del despojar, del renacer, por aquello de la estación en que se encuentra, por aquello de la primavera. Yo en el príncipe Harry, ya digo, también veo esa especie de purificación, de renovación de uno mismo: del eterno enfant terrible –siempre más niños que terribles- a un ciudadano de vida doméstica, estable, alejada de los excesos y de las polémicas que han ido marcando la caricatura de su persona, la máscara de su nombre. Las connotaciones del mes de la boda –sus sugerencias- y la personalidad de uno de los futuros cónyuges se conjugan en una extraña simbiosis.

Pero si el virtuosismo y el espíritu noble –en todas las acepciones del concepto- son cualidades que extraemos del nuevo Harry, no hay menos de ellas en su futura mujer, Meghan Markle, a quien no conocemos, al menos la mayoría de los españoles, demasiado. Meghan Markle, actriz y modelo de profesión, hecha a sí misma, de nacionalidad estadounidense, leyó un discurso feminista que se hizo viral, allá por 2015. Uno lee el discurso de la actriz y es difícil no coincidir con los adjetivos que le atribuyeron en los medios: emocionante, vibrante, justo, efectivo. En el escrito, la defensa de dos valores indiscutibles: la igualdad y el respeto al semejante, sin importar el carácter de su condición sexual.

El ideal feminista avanza, en los últimos años, a un ritmo que no hubiésemos imaginado en otras décadas pasadas. Mientras leía la noticia del futuro matrimonio, revisaba manuales de teoría literaria; en ellos, un capítulo dedicado a la crítica feminista junto a unos apuntes sobre las dramaturgas dentro de un folio donde escribía los nombres de las escritoras del siglo XVI; y a su vez, mientras leía la noticia del futuro matrimonio y revisaba manuales de teoría literaria, escuchaba en la radio una tertulia sobre mujeres exponiendo su parecer en torno a la igualdad formal y efectiva –esta última cuesta un poco más- entre hombres y mujeres. En un segundo, una concatenación de feminismos: en el estudio, en las academias, en los debates políticos, en las universidades, en las redes sociales, en la radio. Y ahora también en las instituciones, en las instituciones que representan al conjunto global de una sociedad, en este futuro compromiso entre Harry y Meghan, o entre Meghan y Harry.  Un feminismo, perdón por el chiste fácil, más real que nunca.

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La Madrugada del Viernes Santo: único día del año en que vuelvo a casa a las nueve de la mañana sin arrepentirme de algo, sin vivir anécdota vibrante. Aunque, bueno, es cierto que la noche se está convirtiendo en una experiencia más emocionante que cualquier deporte de riesgo. En pura adrenalina, vaya: sabes cómo sales pero no cómo regresas –dicen que hay medidas para que no repitamos “la vivencia”, sintagma cofradiero de recurrente puesta pregonera, ya se verá-. Volvía el otro día a las nueve, no de la mañana sino de la tarde, a casa, tras ir al triduo de esa hermandad del Viernes Santo en la que de Madrugada, desde hace unos años, salgo. Iba con un colega ateo. Ir con un colega ateo a un triduo es una historia que todos deberíamos vivir alguna vez en la vida, como el atasco en el cruce del semáforo de la plaza de san Pedro o el papeleo burocrático del autónomo. Iba este colega mío detrás de mí, más Pokémon que colega, perdido, preguntando, escéptico, inseguro, nervioso. Aquello le era extraño, tan ajeno como una lengua balcánica o la fórmula de la Coca-Cola. “Bueno, qué, ¿qué te ha parecido?”, le pregunté al salir de la iglesia. Hizo gesto de mueca, labios arqueados de forma cóncava, elevación de hombros. Expectante, quedé en suspensión, momento-película-cámara lenta en el que el desenlace se hace esperar, no sabemos si por glorioso o por temor al ridículo. Y entonces, venga, sí, me miró. El veredicto, la conclusión: “Es una interrupción en el paradigma del mundo de hoy, pero para mí poco más”. Con la frase, mi amigo, que además de ateo es un poco cursi, dio en el clavo –hablamos sobre cofradías- de la cuestión. En estos montajes hay un ideal cercano a lo sublime que rompe con el esquema de la modernidad, tan dada, en cuestiones estéticas, al edificio gris y funcional, al pragmatismo, a la utilidad. Aquel altar de la hermandad de El Calvario era eso: una interrupción. Interrupción de lo sublime.

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El ilustrado capillita, qué gran tema. Yo conozco a unos pocos, amigos, compañeros, que reúnen condiciones para hablar de ese personaje, escisión del ilustrado laico sevillano. El ilustrado capillita posee todos los tópicos del capillita al uso pero con un rasgo peculiar: considera, épico, que va contra todos los tópicos. Ir contra el cliché en esta ciudad es algo tan manido como el propio cliché, y con el añadido, acaso irrisorio, de ir contra algo que hoy día no existe, pues no es más que eso, un cliché, una idea preconcebida. Jugar a ser Blanco White en el siglo XXI es ir doscientos años tarde a la batalla. Pero los ilustrados capillitas, que me caen bien, que tengo amigos, siguen instalados en ese mito –no logos- de la sociedad progresista contra la sociedad sevillana cofradiera, una dualidad –esta palabrita para acercarse a “la esencia” sí que está vista- que ya no se da, pues por suerte vivimos en una sociedad mucho más heterogénea, moderna. Otra sospecha del ilustrado capillita es la de que las cofradías tienen algún tipo de poder social y político en la ciudad de Sevilla, algo así como una especie de iluminados que se reúnen en el subsuelo de las antiguas iglesias para influir en el pensamiento del ciudadano común o en las tareas de los plenos del ayuntamiento. Sí: viene Dan Brown y no lo mejora, tiene usted razón. Llegados a este punto discernimos entre el que tiene poder y el que se cree que tiene poder. El que tiene poder es el político; quienes se creen que tienen poder son las cofradías, las cuales usa el político de turno para darse a conocer y rascar votos de las túnicas. Ejemplos, de todos los colores: Torrijos y las medallas rocieras; Zoido y Serrano en las procesiones gloriosas, etc. ¿Ven estos nombres por algún costero o por alguna vara, ahora que no mandan en Sevilla? Ah, amigo intelectual. La política local saca rédito –desde los Montpensier así ha sido- del alcance social –no es lo mismo que poder o influencia- de las cofradías, y no al revés. Porque no es lo mismo mandar que hacerle creer a alguien, ingenuo, que manda.

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Los bares, junto con las ordenanzas municipales y los manuales de teoría literaria, son los sitios donde se exponen las cuestiones más inquietantes que jamás vi, tanto por compleja profundidad como por enigma. El otro día entré en el mío, en mi bar de cabecera, y antes del saludo convencional de estos lugares, me preguntaron que qué pienso de los pregoneros longinianos, que son aquellos que lanza en astillero –ellos son muy quijotescos- van por ahí, pueblo de provincia, colegio de enfermería, rascando las cuentas de tal  hermandad, de cual asociación. En la vida procuro siempre dos objetivos: pagar muy poco mientras lo paso muy bien y no hablar gratis sobre asuntos de los que nos podamos avergonzar en un futuro. Pero como se me da muy mal cumplir objetivos, volvimos a fracasar, y emití –así es, vamos a ponernos un poco estupendos en el verbo- una opinión. Les comenté a mis amigos parroquianos, gente canalla y aviesa, que eso de cobrar por el oficio no está mal, pero que en la especie pregonera, en buena parte de la fauna –flora según qué amanerados casos- la escritura no es oficio sino una coartada de notoriedad social, de dejarse ver en los saraos, de que la sociedad, para la que eres insignificante, te tenga algo de consideración. Una estrategia más antigua que muchas cofradías que hoy alcanzan la gracia divina, que es la subvención del Consejo y el derecho a veinte minutos de lucimiento flamenco en la tele local, repeticiones en Youtube para el que guste del sadomasoquismo. Así que el pan mediante la dedicación no pide sospecha; lo que entendamos por dedicación, sin embargo, no sé. En cualquier caso, qué más da, amigos parroquianos, si cuando llegan adonde tienen que cambiarse las mentalidades –pregones oficiales de catedral y teatro concurrido, hay ejemplos- aceptan el gratis en la propuesta.  Porque son, claro, unos vendidos.

PERO ¿QUÉ ES EL RÉGIMEN DEL 78?

Por aquel entonces, tanto Pablo Iglesias como Juan Carlos Monedero eran dos tipos de fama modesta que salían en la tele, en tertulias de monólogo papagayo y discurso seriado. Dos personajes de un círculo íntimo, universitario y poco más, cuyo gusto oscilaba entre la erudición marxista y el entretenimiento belenestebista. La estrategia de esa exposición televisiva, evidente: salir de, como dicen los niños moderadamente pijos de las Big Four y parábolas de coaching, la zona de confort, con frontera en las facultades de Ciencias Políticas, en el aula de bancos pintados con símbolos anarquistas y frases de ingenuas revoluciones -¿pleonasmo?-. Y así, poco a poco, fueron ganando posiciones en el escaparate, en los vídeos virales que los padres comparten en los grupos de guasap –abriéndolos con el dedo índice-: Iglesias ft. Jiménez Losantos, Iglesias ft. Eduardo Inda. La clave: acudir al precipicio a hacer política, y en lugar de caer en ese abismo, retratarlo, y salir ganando.

En aquellas ya lejanas tertulias –y eso que han pasado tres años: qué mal envejecen las viejas ideas-, una palabra se abría hueco en el vocabulario de la España general: casta. Pasillos de oficinas, barbacoas de sábado, redes sociales. Era la expresión de moda: “esto es casta”, “tío, eres casta”, “qué buen coche, fuera, casta”. Iglesias y Monedero, Errejón recién incorporado, introdujeron en las charlas de sociedad un concepto con el que hacían referencia a una plutocracia política y empresarial que había llevado a un país a la subida de la prima de riesgo, al paro y a la vida precaria. Era una idea que explicaba la razón de tanto desahucio, de tanta liquidación por cierre, de tanto bolsillo pelado. Y, además, con una atractiva y cómoda imagen: el enemigo es una clase a la que ni mis cercanos ni yo pertenecemos, la culpa es el otro. Y en esos otros entraban, más o menos, el PPSOE (sic) y los empresarios. Así, dos ejes: políticos corruptos-enriquecidos-vida resuelta y gente honesta-precariedad-supervivencia. Ellos, Iglesias, Monedero y Errejón, representarían a la gente frente a la casta, y así, un poquito de cabreo en la sociedad, otro tanto de suerte, llegarían a hacerse con las instituciones públicas para, ah, nadie supo nunca muy bien qué –sus propuestas siempre fueron, más allá de lo que todos con un mínimo de sensibilidad queremos, paz, tolerancia, un mundo mejor, ambiguas y esquivas-. Pero esa estrategia que empezó en los platós de las cadenas de televisión no logró el éxito previsto, y entonces hubo que remodelar el plan.

Y ese plan tuneado nos trajo un nuevo, aunque inspirado en su predecesor, referente: el régimen del 78. ¿Y qué es -pronunciémoslo con tono de gravedad y salmo- el régimen del 78? Pues para Podemos es la renovación de la estrategia populista, de ese maniqueísmo simplista entre el político corrupto y el pueblo inmaculado, aunque en esta ocasión con claras connotaciones autoritarias, como si el sistema democrático en el que hoy vivimos fuese herencia del Movimiento Nacional del franquismo. Y todo con la complicidad de la monarquía y de los partidos que no son Podemos, lo que sus seguidores llaman el PPSOECS –dos partidos más y ya tengo clave nueva para el wifi-.

Pero yo miro al régimen del 78, el régimen del 78 me mira, vuelvo a mirar al régimen del 78 y, no sé, a mí me dice cosas distintas. A mí me dice, como apuntó Andrés Trapiello, que es la culminación de la España reformista y moderna, la que fracasó en los dos grandes proyectos políticos ilustrados y progresistas de su historia reciente: las dos repúblicas. A mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema político con una de las constituciones más avanzadas de Europa –lenguas cooficiales, Estado aconfesional, procedimientos de revisión y de reforma, etc-; a mí, el régimen del 78, me dice que es el sistema en el que la Fiscalía puede trabajar, sin injerencias, en casos de corrupción que involucran al partido del Gobierno; a mí, el régimen del 78, me dice que es un sistema en el que la censura es más un mecanismo de publicidad que de opresión, un sistema en el que el cosmopolitismo y Europa son una realidad común; un sistema en el que, al fin, no hay una idea hegemónica que se apropie del Estado, o de sus símbolos, de su bandera, de su himno; a mí, el régimen del 78, me dice que ha vencido con la ley al terrorismo de ETA y que quien no lo hizo así pagó las consecuencias de un país que, sufragio universal, decide quién gobierna la cosa pública; a mí, el régimen del 78, vamos terminando, me ha traído una generación que no ha conocido más clandestinidad que la de guardar los preservativos en casa de sus padres, me ha traído la posibilidad de la blasfemia, de la ofensa, de las libertades, y sin más coste que el del debate y, en la mayoría de los casos, la indiferencia.

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Cuando en la cofradía se acercan elecciones todo es comunicación, avisos, mensajes al guasap, preparación de páginas .com/.org/.es, reuniones, charlas, y tal. Incluso vídeos virales, de naturaleza más bien cutre y casera, entre anuncio de Skoda Fabia –un clásico de la tele local- y el vídeo de tu graduación en bachillerato. Y el eslogan, claro; y el discurso sensible y épico de siempre, que no falte (mientras tanto, pregunto, como Josep Pla, y esto quién lo paga). Para mí, lo más gracioso de estos fenómenos de competencia electoral en las cofradías –que no es nuevo, contra los asombrados del tópico comentario de adónde vamos a llegar- es lo que, grandes rasgos, en ellos suelen prometer: unión entre los hermanos y trabajo común por la hermandad. Es decir, que llaman a la unión de los hermanos pero desde candidaturas dividas, enfrentadas en el peor de los casos -que suelen ser mayoría de casos-. Como se puede comprobar, es difícil tomarse en serio este espectáculo. De hecho, de tanto bochorno, lo mejor que puede suceder es que ni te enteres de cuándo son las elecciones. Será síntoma de buena convivencia, de ausencia total de cisma, de polémica y desencuentro. De hermandad, vaya, que es para lo que estamos. Así ha sucedido en la mía, que sale el lunes, tiene un Nicodemo que viste de jedi y no damos más pistas. “¿Sabes que son las elecciones este martes?”, me dijeron. “¿Este martes?”, respondí. “Este martes”, me dijeron. Pues ni idea. Y eso que en ella llevo amigo. Pero lejos del desconcierto, pudo la calma. La calma de saber que el cambio es monotonía. Que todo sigue igual, aunque adelante. Una situación, si comparamos con lo que pasa por ahí, que se parece a las luces que entraban por los cristales el pasado domingo, cuando supe de estas elecciones mías: mezcla de milagro y de naturalidad.

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Ventaja de madurar, más por azar que por convicción, en el periodismo extraacadémico, antirreglamentario: conoces, no hay remedio, “ese otro” periodismo. Y lo conoces sin necesidad de desengaño previo, sin necesidad de olvidar lo que en algún remoto lugar de tu pasado –apuntes de deontología de no sé qué- pensaste que era este oficio. En la ciudad -así enseñaron los maestros- del trampantojo, la ficción y el espejismo barroco, es un ahorro considerable de tiempo y de energías. De energías románticas e idealistas, las cuales resultan, y si no póngale un email a la historia de la humanidad y lo veremos, un fraude. Esta semana hemos vuelto, los que somos intrahistoria de esta manada de pícaros, canallas y deslenguados, a comprobar cómo funciona la trastienda, o una de sus habitaciones, del periodismo local y capillita. Fue en la elección al pregonero y cartelista de las Glorias. Apariencia de enhorabuenas y titulares con los agraciados al margen, hay un trasfondo oculto –con lo que nos gusta eso de la Sevilla oculta, hoy vamos a aprender de una- que acaso pase desapercibido para el cofrade amateur. Primero, las horas y los modos en los que cita el asesor de comunicación del Consejo de Cofradías, de los que el público presente empieza a extrañarse, y, natural por las horas y lo precipitado del aviso, a ausentarse; segundo, la escasa influencia, contra todo pronóstico –acertar en los pronósticos nunca fue nuestro fuerte, no digamos cuando vienen de Huelva-, de ese Polanco de una Prisa cofradiera. Además de la precariedad y de la soledad, dos adversidades siempre provechosas, el periodismo extraacadémico te enseña otras muchas, como la propia realidad del oficio, como no callar ante el poder. Aunque cuando se observa que es tan minúsculo e insignificante, aburre.