LA CUQUIZQUIERDA: IDEALES DE INSTAGRAM

Hablamos de una izquierda cursi y adolescente que no va más allá de simples ecos estéticos: corazones, sentimentalismo e ideas naif. Es la misma izquierda que, ante el debate o la disidencia, ante propuestas contrarias, suele responder con chistes frívolos, exageraciones, melodramas en post de Internet o un sarcasmo impostado que elude cualquier discusión seria. Es una izquierda que funciona bien en redes sociales y en la propaganda de agitación en tuiter. Sus discursos, al ser simples, directos, con frecuencia tendenciosos y partidistas, congregan a un número importante de usuarios que inmediatamente, sin necesidad de demasiada reflexión, se suman al eslogan de la causa. Esta izquierda lleva años dejando de lado dos principios básicos de la ilustración (ideas a las que, al menos históricamente, tan vinculada está): la reflexión basada en verdades factuales y la honestidad intelectual. El asunto es que así no les va del todo mal: ahí están los resultados electorales, los ministerios y las hipotecas.

Esta izquierda cuqui de Instagram, donde prevalece el meme al argumento, la cosmética ideológica a la solución política, es la que el otro día pudimos ver en el conocido vídeo del cumpleaños de Irene Montero. O en ese OT tan medido y estudiado. Donde unos directivos de una productora y una televisión conocen las preferencias y las sensibilidades del público al que se dirigen, para así generar audiencia; es decir, dinero. Todo con la colaboración de unos jóvenes ingenuos, entre los concursantes y entre su público, que se creen en una especie de revolución generacional cada domingo por la noche. Una revolución de nombres que nadie recuerda en apenas seis meses y cuyo final es el de siempre: que unos ganen dinero, y que otros lo vean, haciendo de los ideales un objeto de consumo más. Hoy será esto porque provoca adeptos; mañana será aquello porque tendrán otras adhesiones.

La cuquizquierda suele tratar temas que tan sólo interesan a una minoría, y que en ningún momento provocan un debate mayoritario en la sociedad. Salvo en tuiter, donde confunden una comunidad digital de usuarios virtuales con el conjunto de un país. Pero en esta red social ni siquiera es exactamente interés lo que despiertan estos temas, sino posiciones políticas. Son asuntos cuyas discusiones no resuelven demasiada cosa, ni tampoco alcanzan un interés considerable, pero sí son indicativos de las sensibilidades ideológicas de cada cual, por lo que, quien participa de estas polémicas, sutilmente emite a sus posibles destinatarios un mensaje sobre la preferencia política. Lo que los sitúa en un momento y sirve de notoriedad social. Es decir: hablamos de narcisismo y de vanidad.

Y ese es el principal problema de esta cuquizquierda hueca y de cáscara: que precisamente los principales problemas, algunos graves y urgentes, que pudiera atender la izquierda, quedan ignorados. Sin propuestas. Sin ideas. Y cuando llegan, apenas tienen difusión. Lo que puede dar la sensación de “que no se está haciendo nada”. O de que se hace, pero que es lo mismo que ya otros hacían: la destitución del periodista Fernando Garea en Efe, por ejemplo. O el nombramiento de la fiscal general del Estado, otro. Al final tanta manifestación, tanta huelga y tanta promesa para esto: para una cuquizquierda en el ministerio; para un régimen del 78 en el Rodilla.

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Escribió de la Semana Santa sin la pringue emocional a la que tantos nos tienen acostumbrados, sin el menor signo de caspa expresiva, de refrito de la palabra azucarada. Juan Sierra supo ver lo que muchos aún no ven: que la Semana Santa se escribe desde el lenguaje del tiempo que nos toque vivir. A ser posible un lenguaje propio, original y distinto. Primero, por consideración a la fiesta de la que estás hablando; segundo, por un mínimo de deferencia al oficio de la palabra, asunto de siglos. Sierra une la vanguardia surrealista, la imagen de ruptura, la metáfora onírica, con crucificados barrocos y vírgenes populares. El resultado es bueno, y casi único. Todas estas lecciones están recogidas en el volumen de sus obras completas, con edición de José María Rondón y publicadas en El Paseo. Para aquellos que vean en esta fiesta algo más que propuestas de itinerarios y demás debates tan pertinentes como insustanciales.

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Ir a la exposición de la hermandad de El Gran Poder en Cajasol es discurrir por buena parte de la historia del siglo XX en la ciudad de Sevilla. Ahí los nombres de los pintores, de los músicos, de los arquitectos, de los escritores, de los políticos. Ahí el periodismo, la tauromaquia, las instituciones públicas, la sociedad diaria y anónima. También la huella y el signo de la artesanía, de la propia intrahistoria, de tantos nombres y de tantas vidas. La hermandad de El Gran Poder es epítome de la historia de una ciudad. Punto de fuga desde el que se proyectan años, décadas, más de un siglo. Y todo queda resumido en las salas de una exposición que, a pesar de un recorrido un poco caótico, deja idea clara: El Gran Poder lleva en su nombre parte de la ciudad de Sevilla. De la Sevilla que fue y de la Sevilla que es.

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Mi generación entra en una etapa en la que ya puede ir diciendo aquello de que hace veinte años de todo. Menos de los años veinte, de los que en esta década celebramos el siglo. Los años veinte, en la creación artística, fueron los años de la vanguardia; asomándose estaba la historia a los precipicios del horror del siglo XX, ese siglo de monstruos, cuando aún festejaba la originalidad, la despreocupación, el propio júbilo. Uno de los nombres que predominó en esos años fue el del escritor argentino Oliverio Girondo. Junto con Roberto Arlt, fue uno de los grandes escritores hispanoamericanos que conocieron esa Semana Santa de los años veinte y treinta. Ambos la retrataron. Girondo, como escribió Paco Robles, desde la provocación y la lírica. Divertidas son las páginas en las que precisa imágenes de la madrugada del Viernes Santo, que tanto vivió y, también, padeció. Habla de “pies desmenuzados como albóndigas”. La comparación es acertada. Y curiosa. Cómo pasa el siglo, pero hay situaciones que permanecen.

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El mes de junio del año pasado, la hermandad de El Museo aprobó nuevas cartelas para el paso de cristo. Las aprobó en un cabildo extraordinario que eligió al imaginero Darío Fernández. Darío Fernández es un escultor con un trabajo extraordinario, aunque en Sevilla no sea un autor demasiado popular. Es un hecho que llama la atención, y que quizá se deba a dos motivos: el primero, la escasa demanda de imaginería de calidad; el segundo, que en la cultura del arte cofradiero (y creo que de todos) prevalecen el clientelismo y el amiguismo, u otro tipo de afinidades que nada tienen que ver con el oficio. Darío Fernández sobresale del resto de imagineros de su generación y, al menos, de las dos anteriores. Ahí el Cristo de la Coronación de Elche o la Magdalena de la Vera Cruz de Castilleja: un apolíneo clasicismo que se aleja del acostumbrado pastiche anacrónico. Ya que no abunda su obra en Sevilla, que al menos se valore la que tiene dispersa por pueblos y ciudades de España.

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En la hermandad de Los Estudiantes, el pintor y restaurador Carlos Peñuela nos ha dado una lección. La lección de cómo pintar un cartel. El artista fue elegido por la hermandad para trabajar en el cartel que anuncia el pregón universitario de la Semana Santa de Sevilla. En el cartel de Carlos Peñuela hay un concepto original y un buen resultado en la concreción de ese concepto. La carpeta con estampas y recuerdos de la Semana Santa es una de las imágenes que todos los estudiantes cofrades llevan consigo: el tablón de corcho con las entradas del pregón, los tickets de entrada a los palcos en la mesita de noche. Muchas veces, en el arte de las cofradías, recurrimos a discursos solemnes que distraen e incluso mienten. Carlos Peñuela ha ido al objeto sin mayor importancia y, con técnica y una vuelta de tuerca, le ha dado la trascendencia que de por sí tiene. Aunque no la veamos. Eso es ser artista. Eso es un paso para la genialidad.

POR UNA IZQUIERDA QUE

No traerá el nuevo gobierno los propósitos de una izquierda que no se suele ver en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas, aunque cada vez sean más los votantes de izquierdas que demanden esas políticas en los discursos parlamentarios y en las declaraciones públicas. Es cierto que son unos votantes aún dispersos, puntuales, que sobre todo comentan en conversaciones personales, privadas. Es habitual en la izquierda un temor a no parecer de izquierdas. El disenso de cualquiera de las tesis que predominan en la izquierda, aunque sea un disenso que proponga, no que rechace, será visto como una idea sospechosa de ser de derechas. En los últimos años buena parte de la izquierda en España, quizá la de mayor influencia en la sociedad, se ha vuelto muy dogmática y sectaria.

La política representativa de hoy se mueve en función de las sensibilidades políticas de la sociedad. Su ideario depende de hacia dónde se oriente el discurso general de cada ideología. Lo hemos visto en un Casado o un Rivera que usaron un lenguaje cada vez más contundente tras la aparición de Vox; o en esa actitud de moderado profesor universitario de Iglesias, cuando leía la Constitución con un tono pausado y didáctico en los debates de la televisión. La política representativa de hoy es una política efectista, donde las decisiones y los idearios se preparan según lo quieran los votantes de cada partido. Es en cierto modo inevitable, pero el problema de este exceso de política en función de la coyuntura de cada momento es que así no se puede hacer política a largo plazo. Y en ocasiones, no se puede siquiera hacer política responsable.

Pero aun así, incluso con este contexto, habrá que decir que hay quien espera una izquierda que comprenda que España ha cambiado en cincuenta años, que hoy día el nacionalismo, los nacionalismos, no son ideologías minoritarias que necesitan una entregada y desmedida atención política, sino que son ideologías excluyentes y esencialistas que van contra los principios básicos de cualquier ideario de izquierdas: generan desigualdad, son clasistas por causas etnolingüísticas. Una izquierda que olvide y reflexione conceptos tan desfasados como la conveniencia de la desobediencia civil (¿justificamos a los defraudadores de impuestos?) o que cambie ese carácter tan frívolo, naif, cuqui y sentimental de los últimos años. Una izquierda que atienda los hechos desde el contexto de los propios hechos, no desde el cínico  interés partidista, tendencioso y estratégicamente dramático, en asuntos que afectan al ecologismo o al feminismo.

Por una izquierda que se desentienda del lenguaje bronco del apóstol tuitero, y que abra un debate riguroso y adulto sobre la educación, sobre las prestaciones sociales, sobre la natalidad, sobre las universidades, sobre las pensiones, sobre la prostitución, sobre Europa, sobre la globalización. Sobre el tiempo del poscapitalismo, sobre los nuevos contextos ideológicos, sobre las interesantes respuestas que nos generan disciplinas como la bioética. Por una izquierda que no sabemos si va a venir, pero por la que habrá que ir.