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Lo cierto es que el asunto no pinta demasiado bien. Como todos los años, claro, nada grave: esto de las cofradías es un bucle, monótono, cíclico, en el que todo vuelve, revuelve y se repite. Como la salsa del mantecado al güisqui de un bar con hipérbaton en su nombre –no damos más pistas- o como la noria de la feria. Decía que el asunto no pinta nada bien, ¿Cataluña?, no, algo más suave, respiremos un poco. Hablamos de la elección del cartel de este año, Consejo de Cofradías mediante. No quiero decir, para los Longinos de la causa capillita, siempre lanza en mano, a la defensiva, que no me parezca oportuno el nombre de Pepillo Gutiérrez Aragón para este propósito. Nada de eso. De hecho, esta venia es una defensa –nos ponemos en plan Batman con antifaz de ruán, ustedes disculpen- de su oficio. Esta venia, y lo que se considera que no pinta demasiado bien, señala al vacío que dejan en el bolsillo del pintor al que encargan el trabajo, reitero, el trabajo, del cartel de la Semana Santa de Sevilla. Pone las croquetas, pone los pinceles, pone el ingenio, pone el dibujo y no pone la mano. Mentalidad que deberíamos cambiar de una vez –llamemos a las hermandades del Martes Santo, que, al igual que aquel anuncio de Tecafil, tienen siempre la solución-. El Consejo de Cofradías, con tal de esquivar el incómodo asunto, dice que el privilegio de pintar el cartel es una contraprestación, que con eso, a ver, es suficiente. Nosotros, sin embargo, creemos que si una institución –hablamos de un Consejo de Cofradías, no de una Real Academia de Bellas Artes- es la que da prestigio a un autor, y no al revés, malo. Mientras tanto, mientras todo cambia, y se obra un milagro que ni el de Lázaro, seguiremos pidiendo lo nuestro. Que es lo vuestro, el reconocimiento a un oficio; oficio que todos disfrutamos.

PRESENTACIÓN DE JUAN BONILLA A “LA SUMA QUE NOS RESTA”

Poesía es pasar de la gravedad a la gracia, dijo Adam Zagajewski o por lo menos dice Gonzalo Gragera que dijo Adam Zagajewski. Así pues, poesía es pasar de la gravedad a la gracia, vale de acuerdo, pero qué es la gravedad y qué la gracia. Bueno, está claro que la primera es una fuerza mayor -una Ley de verdad- que nos ancla al centro de la tierra -y tan es así que en inglés tumba se dice grave. Y en cuanto a la gracia es un estado -también de verdad- un estado de ánimo, y ánimo es alma y alma es aliento. De gracia viene gratis por ejemplo, que en inglés es free, porque qué cosa puede haber más libre que lo que no cuesta nada. Pero de las definiciones de la gracia me quedo con la bíblica, aunque librándola de religiosidad: la gracia es el don que comprende a todos los demás, el don que irradia de la generosidad de quien da envolviendo en esa generosidad a quien la recibe, y ambas acciones se designaban con la misma palabra: tanto dar como recibir se dice con la misma palabra “gracia”. Es un fenómeno sin duda poético, porque la poesía, igualmente, no la hace quien la hace sino hasta el momento en que otro la recibe. Es por ahí por donde más me gusta la frase de Adan Zagajewski, si es que es de Adam Zagajewski: en la gravedad sencillamente se cae adonde sea, y se diría que sólo se pasa de la gravedad a la gracia cuando se produce el contagio, cuando el hecho de escribir se transforma en hecho de leer. Esto debe saberlo bien Gonzalo Gragera porque lo que llama inmediatamente la atención en sus poemas es su condición de poeta que se asume como lector de una tradición clara, a la que podrá ampliar o no, pero con la que se muestra no sólo respetuoso sino también eficazmente orgulloso, como si supiera que, contra las actualidades más o menos estridentes del ahora, le defenderán siempre las músicas genuinas de donde viene, porque son ellas las que, seguramente, hablo por mera intuición, le forzaron -aunque esto quizá es exagerado- a hacer poesía: recibir la gracia es el movimiento primero para la obligación de darla. La tradición en la que fácilmente se inscribe Gonzalo Gragera es una tradición más o menos sevillana, suficientemente estudiada por Fernando Ortiz, que naturalmente también pertenecía a ella, como Javier Salvago, y que alcanza a unos padres fundadores que son los Machado, y a un abuelo fundador que es Bécquer. En unos tiempos en los que lo que no se viste de novedad parece que está condenado a no decirle nada a nadie, lo cierto es lo contrario: de la novedad sólo sabemos una cosa, que pasa pronto, cada vez más rápido, dadas las urgencias que va imponiendo el mercado y las ganas que tiene cada generación de jibarizarse más -cuando yo era joven uno se conformaba con decir que pertenecía a la generación de los 80, ahora parece que hay una generación del año 11- otra del año 12, otra del año 13, y así: la poesía como la pasarela Cibeles, todos los años nuevos vestidos para que así resalten más los vestidos de siempre.  Vaya, me ha salido una estrofa de Salvago, o de Gragera. Para acogerse al peso de una tradición tan estipulada, hace falta, por paradójico que parezca, mucha personalidad: tratar de no parecerse a nadie es lo más fácil del mundo, lo difícil es parecerse a los mejores. Y eso es lo primero que llama la atención en el libro de Gragera: esa personalidad de quien no teme que su voz deje ver a las claras, y sin el menor complejo, los ecos que la han alimentado. Eso es, sin el menor género de dudas, un síntoma de madurez, pues sólo alguien maduro tiene muy claro dónde quiere militar y de qué manera. Ya sé que este no es el primer libro de Gragera, pero es el primero suyo que yo leo, y si no hubiera en la solapa una noticia de su año de nacimiento, no hubiera podido, por el contenido, ni intuir siquiera que se trata de un poeta tan joven.

El libro es una cuenta atrás, quiero decir, que lo primero que se encuentra el lector es el poema 36 tras el que viene el 35, el 34 y así hasta llegar al 3,2,1 con los que el libro termina. Naturalmente el título da una pista acertada por mucho que tenga un si es no es de adivinanza, pues ¿cuál será esa suma que nos resta? ¿Será el tiempo, la sucesión de días que nos dicen que cuantos más tengamos menos nos quedarán por fuerza? Por extensión, ¿será la vida la convocada, porque la suma de hechos vividos nos va restando por fuerza hechos por vivir? ¿Será la propia poesía, por esa ley según la cual el poema es una suma de palabras que acaba desplazando a la experiencia de la que nace, restando en nuestra memoria esa experiencia transformada ahora en poema? Todas las respuestas pueden servir, aunque en la última parte del libro, en el penúltimo poema, algo se resuelve de cualquier duda: Todo lo has dado/ Resta de ti que en otros, quizá, es suma. La poesía, ya se ha dicho, es como la gracia: no sólo reside en dar, sino también en recibir. La poesía como resta del poeta y suma del lector, o como en otro excelente poema se dice: el nombre en el yo de los otros/ el yo de los otros en tu nombre. Es en esa última parte donde el libro habla de sí mismo, donde esa resta sopla en el título y apaga la penúltima mecha. Buena prueba de que el libro no es una mera reunión de poemas ni se ha dejado llevar por la improvisación o la acumulación de materiales: se ha pensado como un artefacto que también se recogiese a sí mismo al recoger lo que pudiese del mundo, lugares deprimidos, como Victoria Station en hora punta, o trozos del paraíso como la Playa de la Antilla, ideales más éticos que políticos como esa Europa ficticia y categórica, y confesiones, libros en que te encuentras sin que nadie te haya llamado.

Es de destacar, en una época narcisista como la nuestra, que el yo del poeta que aquí va no abusa del autobiografismo ni tiende a colgarse medallas: su búsqueda se concentra en las pequeñas cosas, en una cotidianeidad mirada con la perplejidad de quien asiste a un milagro, en quien reprime el espanto con absoluta discreción y se guarda interjecciones y vítores para dedicarse al susurro. Caminas por la calle/y es estrecha y sinuosa/ como una cicatriz//Pero no cicatriza/ porque no es una calle/ y se llama memoria. Este un poema entero, no me gusta leer poemas enteros en las presentaciones porque le quito de alguna manera la posibilidad al poeta de que lo lea él, pero este tenía que leerlo: el tono sosegado, la pausa, la imagen brillante ma non tropo y de repente la revelación de una verdad, una magia sin trucos, que al fin y al cabo eso es la poesía.

No le teme Gragera a los metros clásicos, y hay algún soneto, y enumeraciones, y hasta una copla muy buena: Vino risas y tal / ni ropa ni palabras / menos por menos, más -aunque ningún gitano de Jerez se la va a cantar porque los gitanos de Jerez estamos contra las leyes de las matemáticas-, e imágenes memorables como un sol que se inserta entre edificios creyéndose moneda, y un dios de permiso, y ese segundo antes de la despedida, casi becario, en la expresión del poeta. Ráfagas de expresión que se te clavan fácilmente en las meninges. Hay también un tour de force, un poema largo, espléndido, titulado Victoria Station, que, con la imagen de Pound como referencia, examina en una estación de tren la locura de la vida contemporánea, el vacío donde las voces no suenan y en el que parecemos instalados desde hace tanto sin apenas preguntarnos, como se preguntaba Eliot, dónde estará toda esa vida que gastamos precisamente en no vivirla. La imagen final, hombres como pétalos y naipes recorriendo pasillos sin oxígeno, la hora punta en la que todos están dormidos, es aplastante.

En fin, no me quiero alargar mucho más. La suma que nos resta nos da la medida de un poeta ya hecho, nada dubitativo, seguro de sus armas y militante del batallón del sentimiento contra el sentimentalismo, de la claridad de lo que es difícil de expresar frente al hermetismo de lo que no alcanza a decir nada, pero también de los brindis a lo obvio, que tan buen curso están teniendo entre nosotros. Gragera sabe, porque sabe que la muerte que vemos es más que un juego, que la gravedad es una ley inevitable, que nos atrae hacia las entrañas, pero también que tenemos una forma antigua pero todavía válida de hacerla más soportable, de destilar a través de su contundencia, algo del misterio este en el que estamos embarcados, sin saber ni para qué ni hasta cuando, abdicación y ofrenda, dice en otro poema estupendo. Esa forma antigua es la gracia. Gonzalo Gragera tiene esa gracia de ir más allá de la gravedad.

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Ignoro el motivo, pero el capillita con cargo institucional –cuya proliferación es mayor, por asombroso que resulte, a la del capillita sin llave de la casa hermandad- tiende a la tragedia, al dramatismo, al acabose. No sé si será porque convive, ya sea en tabernas o en fotografías en el despacho, con la pasión de Cristo. Y claro, en este caso el hábito hace al monje. Puede ser una teoría, no lo sé. La cuestión es que de todo logra una sobredimensión de los problemas, una exageración de la circunstancia, una flagelación de cuanto acontece. Este temperamento tremendista aumenta de manera considerable al tratar una reforma, un cambio, una novedad, casi siempre insustancial, que varía lo que él haya conocido. Sucedió en la Madrugada, un problema de fácil solución –cambio de recorrido en las cofradías- que no prosperó, pues en el asunto se buscaron, más que soluciones, comodidades; en el peor de los casos, beneficios. Todo unido a ese previsible carácter reaccionario del capillita con cargo institucional. Pero cuando dimos todo por perdido, llegó el Martes Santo. Y trastocó, con su excepción, la norma del tópico. Al fin se da una propuesta, conjunta, con voluntad y ánimo –dos requisitos básicos para que prospere cualquier idea-. Sin embargo, al llegar el proyecto esta semana al Consejo de Cofradías, más cobarde que prudente, decide aplazarlo, estudiarlo: no sé si por temor a La Bofetá de las otras jornadas de la semana –café para todos, Saimaza- o por rendir homenaje a la cofradía que sale de la Universidad. Si bien muy aplicados ellos, la solución se sabe desde finales de junio: ¿no ha dado tiempo a estudiar sus aciertos y sus inconvenientes? Uno sospecha que es, una vez más, marcharse por los cerros del águila. Y así lavarse las manos, como Pilatos. No vaya a ser que la cosa, aunque esté peor, salga mal, y nos lluevan críticas. Que de llover en el Martes Santo, saben.

VIVIRÁS PEOR QUE TUS PADRES

Los discursos drásticos y apocalípticos suelen tener clientela. Bien lo saben los publicistas y los lazarillos de toda idea sesgada e interesada, partidista pero no partidaria. Por eso, quizá convenga huir de las frases absolutas, esas que se construyen sobre un tono solemne de púlpito: suelen ser, tan sólo por evidente razón de espacios, simples, y alarmistas, y se sostienen más en el prejuicio que en el argumento, y esconden un mensaje que, lejos de lo que en un principio pretenden decir, busca inculcar doctrina –el para qué es demasiado complejo, y entra en el terreno de la conjetura-. Esas frases se manifiestan en forma de clichés y de tópicos que todos tenemos más o menos asumidos pero sobre los que no indagamos el alcance de su significado. Como todo cliché cuyo absurdo no es revelado, claro. Entre mi generación, chavales de veinte a treinta y tantos, finales de los ochenta, principio de los noventa, cunde la idea de que vivirás peor que tus padres. Es una expresión que ha surgido en torno a los años de la crisis (2007-?), a causa del desencanto general de una sociedad, joven, sobrecualificada en algunos casos, que ha visto frustradas sus aspiraciones laborales: recortes, disminución de los salarios, precariedad, emigración.

La primera idea que se extrae de ese vivirás peor que tus padres está en el verbo. Futuro. Por tanto, es una frase que en su primera palabra, ya, te limita un tiempo que aún no has conocido. Te condiciona, preestablece un lugar en el que aún, a no ser que dispongas de un don sobrenatural, no te encuentras. Esto es interesante, pues si el verbo concluye un futuro es señal de que te están determinando, del mismo modo, un presente. Aquello será, si estamos de acuerdo en que el tiempo histórico es lineal, una conclusión, un efecto, que tendrá una causa, un origen. Quizá lo mejor sea, como es costumbre, empezar por el principio. Y ahí habrá que acudir.

El principio de aquel vivirás se traslada al hoy, la generación aquella que vivirá por la generación esta que vive. ¿Y cuál es el contexto, punto de partida, de esa generación que vivirá peor que sus padres? Pues en lo político, por ejemplo, son –somos- unos jóvenes que han conocido una democracia liberal cuya Constitución e instituciones están resistiendo a la corrupción, al nacionalismo y al populismo –lo que en la historia reciente de España es mucho resistir-. Sus –nuestros- padres no lo tuvieron tan fácil: ahí estuvo perenne una dictadura cuartelera. En cuanto a lo social, son –somos- unos jóvenes que disfrutan de una sociedad en la que el analfabetismo es, presupuesto y biblioteca pública mediante, una opción; una sociedad que crece europea, cosmopolita y liberal, con unos valores, por suerte indiscutibles para la mayoría, que van del principio de igualdad formal a la tolerancia con las minorías: raza, religión… que cada uno exponga su caso. Tanto es así que hasta existen personas cansadas de que a los problemas se les den soluciones moderadas y bienintencionadas, lo que algunos han llamado “buenismo”. Digamos que nos podemos permitir el lujo de hartarnos de una conducta cuyo defecto, en el peor de los casos, no pasa de una ingenua sentimentalidad por hacer el bien. En lo político y en lo social no sé si se vivirá peor, lo que está claro es que en esta generación sobre la que pesa la losa del cliché no se vive peor que en la anterior, en la de sus padres: por algo se empieza. Distinto es lo económico, gritan desde el público. Y eso es cierto: cuesta decir adiós en casa –sólo un 35.1% de los jóvenes de entre 25-29 años se ha emancipado, según informe del Consejo de la Juventud-, trabajos temporales –aunque las reformas de 2010 y de 2012 quisieron ponerlo difícil- y sueldos bastante modestos –qué nos vamos a contar-. Aun así, qué atrevido adelantar acontecimientos. Sobre todo cuando estos serán, a lo sumo, una posibilidad, y no una conclusión.

No sé si viviremos peor que nuestros padres. Desconozco, visto el plan, las fórmulas del azar. Sólo sospecho, al igual que los colegas novelistas, que para configurar las tramas del futuro hay que entender los códigos del presente. Y este ahora, este presente, aun con adversidades, es el mejor de todos los posibles, de todos los que nos han precedido. De aquí en adelante, como la copla popular, a hacer camino. Y a mirar la fecha de caducidad de esos discursos enlatados.

DESCIFRANDO A ZAGAJEWSKI

“La poesía es pasar de la gravedad a la gracia”, comentó el poeta Adam Zagajewski en una ocasión, al enterarse de que recibía el Premio Princesa de Asturias. Con esta definición, que es verso y declaración de poética, se puede establecer el parámetro que limita, que determina, la obra del poeta polaco, emigrante en París, exiliado del régimen comunista. Disidente de las convenciones morales e ideológicas de su sociedad, de su tiempo. Una disidencia que no levanta la voz ni adopta gesto de queja o de acusación, sino que dedica su esfuerzo, su energía, a nombrar belleza, que es verdad según Keats. Nada más subversivo que decantar lo sublime en un mundo asolado por la mediocridad de la vulgaridad. Una belleza que se encuentra en el paisaje, en la anécdota, en la aparente sencillez de la vida común. Sencillez que esconde, a mínimo que observemos con intuición de escritor, complejidad y trascendencia. Para así evolucionar, pasar, de la gravedad, del peso de la realidad, a la gracia, a la levedad –abundante, no obstante, de enigma y de sustento vital, ético, cultural, social-. Acaso eso sea la buena literatura: depurar la intensidad que nos acontece hasta quedarnos con las cuatro verdades que todos sabemos pero que pocos logran nombrar con exactitud. Verdades no libres, por escasas o conocidas, de profundidad o de hondura.

Hondura de la depuración material de los hechos cotidianos. Zagajewski, miembro de la Generación del 68, se adscribe, de este modo, a cierta corriente que algunos llamarían de la experiencia. Aunque aquella definición nos sirva para etiquetar a la literatura desde que esta balbuceó sus primeros fonemas, su primera escritura, pasando por Ovidio, Virgilio, Dante, Milton, Eliot. La poesía del escritor polaco ahonda en el misterio sin desdeñar el atisbo de la expresión clara, del modo en que la palabra describa, con cadencia, sin caer en la monotonía narrativa o prosaica, las circunstancias, los objetos, las emociones. Un estilo que debe factura a Hölderlin, Joyce o Wordsworth, a la estirpe de los poetas románticos de Europa. También a sus colegas de generación y nación, como Czeslaw Milosz, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska o Tadeusz Rózewicz.

La poesía de Zagajewski oscila entre la impresión lírica, el gusto por la verdad histórica, el tono elegíaco y la celebración de la vida cotidiana, que es a su vez sublime. De tono irónico en ocasiones, acaso algo moralista en otras, sus poemas desprenden, no sólo en la música interna del metro, también en el curso de la narración, serenidad, calma, sosiego. No son poemas para leer con la urgencia con la que nos tomamos los deberes del día a día, sino con la mirada del que contempla. Reposado. Pausado. Comedido. Contemplación. Esa es la clave, la llave, que abre todas las puertas de la obra de Zagajewski.

Cualquier excusa, cualquier ocurrencia, cualquier hecho anodino y prescindible, esos accidentes previsibles de la rutina que pocos guardarán en la memoria, es suficiente para el elaborar el artificio del poema. Así en uno de sus más conocidos, Lienzo: “De pie, callado ante el cuadro sombrío, / ante el lienzo que hubiera podido tornarse / abrigo, camisa, bandera, / pero en cosmos se había convertido. / Permanecí en silencio, / colmado de encanto y rebelión, pensando / en el arte de pintar y el arte de vivir, / en tantos días fríos y vacíos, / en los momentos de impotencia / de mi imaginación, / que como el corazón de la campana / vive tan sólo en el balanceo, / golpeando lo que ama / y amando lo que golpea, / y pensé que este lienzo / también hubiera podido ser mortaja”.  O en Canción del emigrado, de clara connotación biográfica: “ En ciudades ajenas venimos al mundo / y las llamamos patria, aunque breve es / el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres. / Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda / el gran aro del sol / ardiente, a través del cual, como en el circo, / salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas / contemplamos las obras de viejos maestros / y, sin asombro, en añejos cuadros vemos / nuestros propios rostros. Habíamos existido  / antes, e incluso conocíamos el sufrimiento, / nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia / ortodoxa de París los últimos rusos blancos, / encanecidos, rezan a Dios, varios lustros / más joven que ellos y, como ellos, / imponente. En ciudades ajenas / permaneceremos, como los árboles, como las piedras.”

Es extraño: apenas quince años atrás, se trataba de un autor desconocido para la inmensa minoría de los lectores españoles –que es lo mismo que decir poetas y escritores-, este año, Zagajewski ha sido premiado con el Premio Princesa de Asturias. De un modo u otro, justicias poéticas al margen, una voz imprescindible para comprender la deriva de la poesía contemporánea europea en la segunda mitad del siglo XX.

QUINCE DE AGOSTO EN SANLÚCAR

Como la sal que se vence y vence en el suelo y recorre el caluroso asfalto, la sal que esconde poluciones, neumáticos, goma quemada, las altas temperaturas del mes de agosto, todo aquello que nos invade de vulgaridad y de monotonía. Con ese efecto de depuración -¿de salvación?- de las cosas convencionales, casi siempre ordinarias y prescindibles, busco el oficio de la escritura. Lo busco para eso, sí: para desprenderme, desprendernos, de la costumbre y preparar la emoción, el asombro, como lo quiso Borges. En el lugar de la sal, la precisión de la palabra; en el lugar de la larga vista que ofrece la alfombra, el ritmo, la música, que es arquitectura y proporción interna de la frase, de la sintaxis; en el lugar de la lograda geometría de sus formas, la composición y el acento que sólo da el estilo, el que cada uno consiga hilvanar. Con la sal se oculta una verdad –una realidad- para recrear una ficción: callamos la fealdad, por anodina y por común, de un pavimento para enriquecer de belleza, disenso de lo conocido, a las calles. Pero sucede que esa ficción perpetrada por los colores de la sal, al ser de belleza, será más verdadera que cualquiera de las realidades que podamos medir con los sentidos. El propósito de estas palabras debe asemejarse a esta observación.

Y con esas palabras evocamos este sol con ánimo de soberbia, de niño ingenuo e insolente, que cala como una lluvia de joyas sobre las piedras gaditanas de la parroquia. Este sol ilumina los guijarros de la Cuesta de Belén, ilumina los salones interiores, espíritu aristocrático y subversivo, del apellido nobiliario, ilumina el bullicio de las familias en los veladores de los bares del barrio alto, del primer barrio alto, ilumina la caída de las hojas, de la frondosa vegetación, por las fachadas de un edificio que recuerda las tardes de ocio de los Orleans, la ilustración de la clase alta en una España a la que aún le sonaba lejano el ruido de las ideas modernas. Y en este paisaje que el sol ilumina -sol que, al igual que el río, viene aquí a morir-, y con idéntica cadencia a la de ese oleaje de la desembocadura en Bonanza y en Bajo Guía, aparece por la esquina de la plaza la plata de las azucenas del paso, la eclosión de los nardos en cada esquina, la diminuta inmensidad de un bordado, de una artesanía. Todo en Sanlúcar supone y propone vocación de artesanía. Todo aquí parece, o está, hecho de la mano del hombre, no de la industria: de la gastronomía al paisaje de bodega y de mar; de las claras arenas de Doñana a los conventos, discretos y ricos, de la calle Descalzas, de Madre de Dios; de los húmedos muros de las casas, cicatrices y decadencias de los años en sus exteriores, a la playa que cita Cervantes en las primeras páginas de el Quijote. Playa de los que no necesitan playa. Porque en Sanlúcar esta es tan sólo un atributo más, un inicio, en contra de lo que sucede en la mayoría de los pueblos costeros de Andalucía.

Como la sal, voy esparciendo las palabras que escribo, y, del mismo modo, con el sol de esta tarde de agosto voy abriendo luces a las sombras de las claridades de la página en blanco. Y todo para llegar al punto de fuga de los horizontes traídos, de todos estos itinerarios, de todos estas venas por donde fluye el impulso de una emoción, emoción sin retórica y sin estridencia, sin discurso de impostura, ese tan contundente como banal. Nada de eso. Esta emoción es la emoción honda y serena, la que ahora está asomada en el balcón de la calle san Juan, o en las manos abiertas de un aplauso popular, o en el alfiler que un fiscal de paso cose a la camisa azul de un aguador cualquiera. Del modo en que ahora clavo, las deudas están para devolverlas, ya sea en El Arquillo o en un artículo, el porqué de todo lo que describo: la perla de un nombre. La Caridad.

MADURO Y SU CONSTITUCIÓN

Qué difícil es poner límites y nombres a la historia. Cuando la vives, cuando sigues su curso, cuando no es heredada de la prudente distancia de los hechos y de los libros. Pero eso, junto con la exactitud de la palabra, es lo que exige el oficio, y de este modo, aun conscientes de la posibilidad de incurrir en el error, abandonamos la conducta de los indiferentes. Y de los interesados, claro. Sólo así, despojados de ambas inclinaciones, puede uno acercarse a la realidad, o al contexto, de lo que sucede en Venezuela, en donde las últimas noticias de esta semana nos llevan a un alzamiento militar -¿golpe de Estado?, ¿ruido de sables?- de veinte hombres en Valencia, la tercera ciudad de Venezuela en cuanto a población, con más de dos millones de habitantes. La insurrección concluyó con dos fallecidos, ocho detenidos y el control del cuartel por parte de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Aunque los cabecillas de la rebelión no sean novatos en la lucha clandestina contra el Gobierno de Maduro –el líder de la revuelta fue expulsado del ejército al estar, dicen, involucrado en una conspiración en contra del presidente, allá por 2014-, es significativo que un sector de la sociedad tan cercano a los intereses del chavismo se tome la justicia por su mano. Incluso en los grupos que se presumen afines a los ideales del chavismo hay disidencias, reflejo de un país dividido, fraccionado, también en los simpatizantes, colaboradores, del partido del Gobierno.

Ejemplo de esa división dentro de las piezas del engranaje del chavismo es la destitución de la fiscal general, Luisa Ortega. Una decisión que ha tomado la Asamblea Constituyente de manera discrecional y arbitraria, lo que levanta, de nuevo, sospechas sobre la legitimidad del proceso constituyente. Un proceso constituyente que se considera, con observar sus primeros pasos es suficiente, un fraude: casualmente hay una excesiva coincidencia entre los intereses del Ejecutivo de Maduro y la primera consecuencia que origina este proceso, que es la disolución del Legislativo, institución cuya potestad tomó la oposición en 2015. Cualquiera diría que si la institución política no es altavoz de la ideología chavista, no tiene validez; que el movimiento del chavismo debe ser concomitante del Estado venezolano. Pero esa tensión no se da sólo entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, también en el Judicial, cuyos magistrados se pronunciaron en contra de Maduro por intentar crear un Estado “con fines golpistas”.

Respecto de la sociedad venezolana ajena a las instituciones públicas, la polarización no es menor. Las manifestaciones y concentraciones públicas han sido prohibidas por el Gobierno, mientras que la oposición insiste en “tomar Venezuela”. El resultado: las revueltas callejeras, los disturbios, los heridos. También la investigación y la censura de cuentas en las redes sociales de Voluntad Popular, partido de la oposición. Y la frustración de una sociedad que ve sus opiniones reprimidas a base de tiroteos, junto con el recelo del chavismo, al comprobar que no todo “el pueblo” coincide con sus aspiraciones.

Y en medio de todo este conflicto, en medio de estas diferencias, cada día más distantes, ¿qué Constitución podrá salir de la Asamblea Constituyente? ¿Qué texto que sirva de punto de partida del ordenamiento jurídico venezolano? ¿Qué proceso constituyente legítimo –donde todas las fuerzas políticas han de estar representadas- cuenta con una oposición, tanto en sus partidos como en la sociedad, silenciada, denostada y censurada? El único destino posible, vistos los sucesos, es el perpetuo conflicto civil entre las partes, conflicto de ideas enfrentadas que podría desembocar –ya hay amagos- en una guerra civil. O la redacción de un texto constitucional cuyas garantías democráticas sean simple adorno: el chavismo será un absoluto. En uno u otro supuesto, Constitución en el caos.

ERREJÓN Y CIERRA ESPAÑA

Aunque la RAE, ejercicio de mérito notable, haya provocado un debate –mediático, ¡mediático!- entre filólogos, y en pleno verano, la noticia política de esta semana es el acuerdo que firmaron en el Congreso las cúpulas del PSOE y de Podemos. Un acuerdo que busca afinidad ideológica, puntos en común, entre dos partidos no tan semejantes como pudiera parecer, vista primera, al ciudadano medio. Las medidas con las que ambos partidos mostraron su colaboración son, como se puede imaginar, de carácter social; es decir, mayor prestación de becas, aumento del gasto público para contribuir al empleo entre los jóvenes, medidas de emancipación, etc. Lo que cualquier dirigente de aspiración socialdemócrata desea. Pero no todo fue concordia. La distancia llegó en cuanto se habló de Cataluña. Mejor: del referéndum que los nacionalistas e independentistas catalanes plantean para el 1 de octubre. Las discrepancias, siempre presentes entre ambos partidos en cuanto el derecho a decidir decide aparecer, son, por ahora, insalvables. Ante estas diferencias respecto del nacionalismo catalán, optan por el silencio: lenguaje que en la política, al igual que en la literatura, es clave para entender una parte del todo.

El coqueteo de Podemos con las formaciones nacionalistas, y sus intereses, es de sobra conocido. Jamás se han pronunciado sobre las dos preferencias que permite el asunto, aunque seamos fan de la casuística y de la alternativa: o se está por el cumplimiento de los preceptos constitucionales o se está por el referéndum, que es la vulneración de la legalidad vigente y la apuesta por el juego del arbitrio de un partido, de hago esto porque me da la gana, sin respeto ni consideración a los límites de la norma. De esa tímida postura, ellos, tan vehementes y convencidos en otras, estos lodos. O estos desacuerdos. La oposición conjunta con el PSOE, un camino que bien podría traer votos y escaños, y lo más importante, progreso, se torna un imposible.

Sobre nacionalismo, patriotismo y sus formas ha hablado Errejón, quien sigue a la sombra del pensamiento de su partido, acaso el papel más interesante en el poder. ¿Alguien dudaba de que su figura iba a ser sustituida o desplazada? Errejón ha propuesto un patriotismo fuerte y desacomplejado desde ideas progresistas y democráticas. Lo que se percibe de estas inclinaciones, dada la trayectoria, es una llamada al patriotismo como un elemento de cohesión populista. Como lo fue en el peronismo. Como en aquellas marchas de la dignidad, perfectamente orquestadas en tiempo y forma. Un valor, dignidad, al que le atribuimos un referente, nuestras siglas. Por tanto, quien no apoye esa manifestación no estará a favor de un valor como la dignidad, valor que representa, en el ideario de Podemos, su partido. Aunque sea, evidente, universal y ajeno a una determinada política. Con la idea de patriotismo de Errejón sucedería algo similar: ellos representarían el valor de España, del pueblo –el apelativo cursi e idealista de sociedad-, enfrentado con otros que han ensuciado, corrupción y paro mediante, su nombre.

Raro es el populismo que convence sin un elemento nacionalista o de patriotismo emocional. La patria como propiedad de un pueblo que se encuentra en un eje opuesto al de una casta de dirigentes que han llevado a su nación al abismo. Errejón lo sabe. Y va a empezar, se masca la estrategia, por ahí. Más aún cuando necesitan despojar su prejuicio patriótico en relación con un PSOE que le pide una vuelta de tuerka, con K. Errejón es un inamovible, una santidad de su cúpula. Ahora que se acercan las fiestas de Santiago, habrá que cambiar la popular consigna medieval: Errejón y cierra España. O cierta España.