QUÉ HA SIDO PODEMOS

Recordamos las plazas llenas: las acampadas, las pancartas, las frases cursilonas, el eslogan efectista. Era mayo de 2011. Fin de semana. Coordinadas por plataformas como Democracia Real Ya, multitudes de personas se agruparon en capitales de provincias: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla. Al leer los motivos de aquellas manifestaciones…

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PRECISIÓN, BREVEDAD, VERDAD: VICTOR JIMÉNEZ Y SUS COPLAS

Soleares, coplas, epigramas, haikus… Poemas breves donde ritmo, emoción y concisión verbal forman un equilibrio del que es muy complicado mantener una misma fuerza para cada parte. En estas composiciones de arte menor, el éxito consiste en lograr una combustión que sea a su vez levedad y gravedad, fragilidad y consistencia, golpe de efecto y hondura. Rara vez se consigue. Lo habitual es incurrir en un catálogo de declaraciones, de ocurrencias, de ingenios; de proverbios simpáticos o paternalistas que se vinculan más al cante popular, o al refranero, que al poema. Víctor Jiménez (Sevilla, 1957) domina la versificación, esquiva con frecuencia la facilona soflama del poema naif (tan común en este género de las soleares) y no se le escapa el ritmo interno de estas coplas que nos trae en su último libro Con todas las de perder, editado en la editorial que dirige el escritor José Mateos: Canto y Cuento.

Empieza este libro de coplas con prólogo del escritor Antonio García Barbeito. García Barbeito, articulista del periódico ABC, también es autor de este tipo de composiciones tan cercanas al flamenco y, de ahí, elabora un prólogo que apunta claves interesantes sobre la noción del arte menor en estos poemas, que por menor se consideran menores, y nada más lejos de esa realidad. Discute García Barbeito, con argumentos solventes, la necesidad de leer estos poemas (los que sean, cualquier copla y cualquier autor que las cultive y publique) sin las lentes del prejuicio. Habla Barbeito de que “hay octosílabos que tienen dimensión de arte mayor, de endecasílabos”, como estos versos de Antonio Machado: “Por darle al viento trabajo, / cosía con hilo doble / las hojas secas del árbol”. En resumen, el escritor insiste en que la etiqueta de “menor” o de “mayor” no debe ser sinónimo de buen o de mal poema; que ese adjetivo que no deja de ser una convención para el estudio, no debería distorsionar lo sustantivo. Del mismo modo, escribe Antonio García Barbeito que “hay versos de arte mayor que suenan como coplas”. En este caso nos pone de ejemplo a Manuel Machado: “Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir…”.

La edición, muy cuidada, contiene collages de Juan Lamillar. Collages que acompañan los poemas de Víctor Jiménez. Como estas coplas, magníficas: “Cuando ya pesan los años, / se te hace cuesta arriba / saber que vas cuesta abajo”; “Adioses hay, como el agua, / que en tus grietas se hacen nieve / y acaban rompiendo el alma”; “Y fue recorrer su cuerpo / como subir a la gloria / y bajar a los infiernos”; “De viejo, qué paradoja, / te vas quedando sin tiempo / y van sobrando las horas”; “Como las aguas del pozo, / siempre los versos serán / más buenos cuanto más hondos”.

Hay también coplas que cuentan circunstancias, hechos cotidianos, divagaciones: “Por aquella Calle Ancha, / hay quien sigue viendo al niño / caminito de su casa”; “No falta nunca esa gente / que le echa el agua al vino / cuando ve que estás alegre”; “En el amor siempre hay besos / que ni diste ni darás. / Y que te queman por dentro”; “Nos va separando el tiempo. / Tú siempre los mismos años / y yo los que voy cumpliendo”.

Víctor Jiménez nos tiene acostumbrados a esa destreza en la métrica, tan propia, tan suya, tan poco habitual entre la poesía que hoy se publica. Víctor Jiménez también conoce otras verdades del poema, como son la mirada certera y original, el plano que todos podrían ver pero pocos sabrían nombrar. Entre esas dos formalidades se mueve el poeta, entre la emoción y la precisión conceptual, entre la brevedad y la hondura de la idea y la palabra.

(Publicado en Clarín, revista de nueva literatura).

2020: QUÉ PELICULÓN, PERO SIN ÓSCAR

Un sectarismo ideológico que no sólo ignora errores ajenos, también eleva a mito o a objeto de veneración. Es lo que ha sucedido con Fernando Simón, quien ha incurrido en considerables imprudencias y en decisiones no demasiado acertadas (Maite Rico las ha enumerado en una soberbia columna en El Mundo). Es cierto que han sido meses de trabajo en la incertidumbre inesperada, por tanto meses de trabajo con un escaso margen para el ensayo y con una alta probabilidad para el error; pero de ahí a este retrato buenrrollista y simpático que algunos pretenden de Simón, a este culto de imagen del pop, media una distancia. No está el hombre para las exageradas peticiones de la derecha populista (ellos ya pedían su cese a mitad de marzo), pero tampoco para estampar su cara en camisetas.

Camisetas como las que vi el otro día en una tienda del centro de Sevilla. En ellas, un lema con algo de chispa: 2020, escrito por Stephen King. Se ha convertido en una broma recurrente la de catalogar de guion de película distópica a estos hechos que nos van sucediendo -sacudiendo- este año.

Una trama que se podría explotar para el cine es la que va de una pandemia mundial a manifestaciones donde se protesta contra el racismo, y donde se considera racista a Churchill (?). Pasando por un surtido variado de conspiraciones: la última que he leído incluye como principales protagonistas a Bill Gates y a George Soros (este último es un fetiche para la causa de todos nuestros males, como en otro tiempo lo pudo ser el demonio o los judeo-masones).

Otra trama, bastante más interesante y relacionada con la anterior, podría ser la que hace unas semanas señalaba Felipe Benítez Reyes: la capacidad que tenemos de proyectar nuestras paranoias personales a las causas de los problemas comunes. Lo hemos visto en el novelesco análisis de Miguel Bosé, en las pintadas a Indro Montanelli, en una parte de la sociedad que habla de dictadura en el Gobierno pero que a su vez te prepara una manifestación donde celebran el apoyo recibido. Ese sectarismo ideológico que afecta a los simoners es muy parecido al sectarismo ideológico que parece aprovechar la situación adversa para vendernos su cambalache de causas propias. Los grupis de Fernando Simón le aplauden no por sus aciertos o por los hechos, sino porque despierta el agrado de una izquierda tuitera: es un crisol de sus afinidades. Quienes han salido a la calle contra la gestión de este Gobierno no suelen salir tanto por la gestión como por el Gobierno. Todo se resume en qué hay de lo mío.

2020 es una película, pero no sabemos si pasará los posibles criterios que serán necesarios para producir en el arte. En esa creatividad que en Hollywood quizá exija unas pautas; es decir, unas limitaciones. Es decir: propaganda, catequesis, como escribía Alberto Olmos. Ahora que parece que la ficción se confunde con el didactismo, dudo mucho que nos compren esta película de actualidades donde unos tratan con displicencia a otros por arrodillarse; sin embargo dicen, con soberbia, que ellos (Girauta, José Manuel Soto) sólo se arrodillan ante dios. Dudo mucho que nos compren esta película de actualidad donde la frivolidad ideológica destroza pedestales al tiempo que construye otros para hombres que se equivocan en ruedas de prensa (donde se trata de salud pública). Dudo mucho que nos compren este argumento donde podemos aprender de todo, menos buenos ejemplos.

LA DÉCADA POPULISTA

Uno de los efectos políticos de la recesión de 2008 fue la llegada de partidos cuya naturaleza política oscilaba entre el populismo iliberal y la propaganda antipolítica; es decir, partidos que surgen del desencanto de una sociedad que buscaba culpables de la crisis en lo que llamaron las élites extractivas. Recordamos conceptos como la casta, los de abajo contra los de arriba, las oligarquías, el que no, que no nos representan. La desafección social fue canalizada en plataformas -en principios sin líderes, asamblearias- como Democracia Real Ya o en las protestas del 15M. Durante años, estos movimientos se mantuvieron ajenos a la política institucional. Eran rasgos que caracterizaron estas manifestaciones (tan llenas de buenas intenciones como de ingenuidades): sin estructura definida, transversal, maniquea. Su análisis de la realidad fue una dicotomía infantil: los ciudadanos buenos y los políticos malos.
Pero llegó enero de 2014, y un grupo de politólogos vinculados al ámbito académico aprovecharon la coyuntura para promover la acción política. Nació Podemos. Con una buena, aunque favorable, estrategia de comunicación consiguieron entrar en esos despachos de los que desconfiaban. Primero organizaron marchas en torno a valores universales, como el de la dignidad; luego trataron de cuestionar la salud política de nuestra democracia, tras ese lema del “régimen del 78”; mientras, buscaron la manera de erosionar la convivencia y el ideal de la transición, que tanto les estorbaba para sus intereses. Errejón propuso que se tenían que escribir novelas sobre estas “nuevas ideas” (la literatura complaciente, megáfono de la propaganda política: un falangismo de vuelta). Podemos se hizo con los ayuntamientos gracias a sus marcas blancas: las candidaturas “ciudadanas”. Hasta hoy, ese partido ha olvidado algunas de sus estrategias, otras las ha corregido. Pero lo que sigue constante es el principio del populismo: agitar a la sociedad en contextos de crisis, para provecho político propio.
Es lo que ahora vemos en Vox (similar reverso de aquellos politólogos idealistas). Como nos hablaba Monedero del “régimen del 78” en los circenses debates de la Sexta, ahora Abascal nos habla de “dictadura comunista”. Como Iglesias invitaba a sus seguidores a ocupar la calle en nombre de “la dignidad”, en Vox ahora nos dicen que lo hagamos en nombre de “la libertad” (se busca identificar un valor al signo político). Como Irene Montero nos insistía en la amenaza del patriarcado; Monasterio hace lo suyo con una idea muy personal de “la familia”, que también está amenazada. Si para aquellos hubo fantasmas del franquismo en cualquier habitación democrática, para estos la dictadura progre es el eje que todo lo vertebra.
El lenguaje contundente, la confrontación, la erosión de la convivencia pública. Todo en un tiempo de inquietud (de miedo) y de incertidumbre, en esta década que va de la Gran Recesión a la pandemia del covid-19. Para el populismo, el coste de la estabilidad social es un riesgo más que asumible para llegar al poder. La sociedad que tanta atención merece en sus discursos no es más que el medio para hacerse con las instituciones públicas. Pero el desenlace será el de siempre: votantes que verán cómo sus líderes, más allá de la palabrería, procrastinan la ansiada revolución. Y seguirá el régimen del 78 o la dictadura progre. Donde siempre estuvo: en las cabezas de algunos, en la imaginación de tantos.

LA INFORMACIÓN (Y SU RECEPCIÓN) EN LA PANDEMIA

Lo leí el otro día en el timeline de un periodista: qué buenos tiempos esos en los que las ruedas de prensa se agotan casi antes de empezar. Por tediosas. Por aburridas. Por nimias. Es evidente que ahora no estamos en esa época. Ahora las ruedas de prensa duran días. O al menos su debate. Sus declaraciones. Incluso sus protagonistas, cuya voz nos suena con una familiaridad más cercana que las voces de los amigos. Días llevamos hablando de la frase que José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, leyó o dijo el pasado domingo (el verbo influye en la versión). Unas afirmaciones que en tuiter, ese carrusel de opiniones viscerales, nos hicieron el día. Comentaba Santiago que ellos estaban trabajando en dos direcciones, “por un lado, evitar el estrés social que producen estos bulos, y por otro, minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. ¿Lapsus?, como dijo el ministro del Interior; ¿malversación de fondos públicos?, como sugería el abogado José María de Pablo. Ayer El Mundo publicó esta noticia cuyo titular es: “Una orden interna de la Guardia Civil ordenó recopilar bulos y fake news “susceptibles” de generar “desafección” al Gobierno”.

La información de la pandemia, casi inmanente a la cuestión política, suele despertar ideologías e intereses partidistas, tanto de los líderes como de la sociedad. Es un hecho que, si queremos discernir con criterio, complica las cosas. Las noticias nos llegan adulteradas de nociva praxis política. Nosotros, como sociedad, tampoco ayudamos demasiado a depurar esas informaciones: nos quedamos con lo que nos parece bien para retratar, mal, al adversario político, o nos conformamos con que nos digan lo que queremos oír de aquel al que no queremos escuchar.

El triunfo del bulo no es tanto por quien lo fabrica como por el que se lo cree. Quien, por lo general, está predispuesto a creer en ellos. El entorno propicio para el bulo no es tanto la ingenuidad como el interés ideológico. De ahí que las labores de verificación sean bienintencionadas y pertinentes, pero no demasiado útiles. Quien las frecuenta suele ser es un profesional del periodismo o de la comunicación, o una persona con voluntad de conocer la verdad factual de un hecho. Los bulos están preparados para que nos confirmen nuestra realidad parcial sobre unas ideas preconcebidas. Si somos partidarios del PSOE o próximos a una sensibilidad de izquierdas, el asunto va de culpar al “centralismo capitalino” (así lo leí en un tuitero) de la propagación del virus hasta una denuncia de Unidas Podemos a la Fiscalía, donde asegura que detrás de todo esto de los bulos hay un “grupo criminal”. El adjetivo “criminal” también está presente en la consideración de Vox sobre la gestión del PSOE. Hablan de “censura” y “medidas dictatoriales” por parte de Sánchez. Ellos, que vetan a medios en sus actos públicos.

Hay momentos para el alivio de la comunicación política, como esa conversación de Maestre y Almeida, dos monedas de una misma cara (que ahí bien valen). También se publican excelentes trabajos periodísticos, críticos y reflexivos con el Gobierno y la situación, como este de dos periodistas de El Confidencial. Pero persiste la inquina, el enconamiento, la cacerolada con las propias ideas. Palabras y ruido que sólo son humo y confusión. Que impiden ver otra claridad. Y que vienen del CIS, de medios o de bots, pero también de nosotros.