UN SUSPENSO PREMATURO

El otro día estuvimos charlando con amigos de la educación que deberían recibir sus hijos. Chavales de veintipocos hablando de asuntos tan trascendentes, casi metafísicos, como qué futuro es el preferido para la formación de la prole. La vida es estar siempre planeando, imaginando, suponiendo, planteando, proponiendo… no digamos cuando aún se presume esa edad de los pájaros en la cabeza; esa edad tan propicia a la estupidez como a la ausencia total de cualquier rasgo de determinismo. A mí me recordó a aquellas fiestas en las que siempre se termina en la cocina, vasos de plástico usados y un fregadero con aspecto de cráter, asignando, casi con don de dictador, las ocupaciones laborales de cada uno. Tú mi médico, tú mi abogado, tú mi arquitecto. Y de gratis, claro, que lo que aquí importa no es la buena vida que se desea a los amigos cercanos, sino que aquella nos facilite los quehaceres de la nuestra. Pero ya alcanzamos estos propósitos, y el que más el que menos tuvo el placer de colgar su título para mayor vanidad de LinkedIn.

El ameno debate, breve parlamento entre cafés y refrescos, derivó en detalles relacionados con el tipo de colegio que mejor se adapta a las necesidades de un niño, público o privado; el modelo de la educación religiosa/laica; el horario de mañana o de tarde; las clases diferenciadas o las aulas mixtas. Siempre que se discute de educación, ya sea en un velador o en los despachos de un ministerio, ésta queda consumida en su propia cáscara, en una serie de conceptos, términos, etiquetas… que sólo favorecen a lo accesorio respecto de lo fundamental. La última discusión, la enésima reforma, se ciñe a la reválida. La discrepancia se resume en la idoneidad o no de un examen. 240.000 firmas ha recogido un alumno de Cádiz con el siguiente fin: que no se implante esta medida. Ni rastro de contenidos de asignaturas, incremento de horas en los idiomas, salarios del profesorado, resolución de los casos de acoso. De temas que sí deciden el rumbo de la educación. Me huelo a otro suspenso. Y eso que sólo estamos a mitad de septiembre.

COPE

Con la venia de los oyentes de COPE,  y con la tuya, Pedro, que tienes nombre de apóstol y con él, desde esa ventaja, te reservas las llaves de este programa. Con este venia vengo, Sevilla, como niño todo de estreno en la tarde del Domingo de Ramos, a inaugurar sección. Vengo con idéntica inocencia, absoluta blancura, reverencia e inclinación, vengo con la trasparencia de esa luz que en el recuerdo llevamos. Luz del Domingo. Luz tan similar, parecida, a esta que en septiembre nos prepara emboscadas de deberes y de obligaciones. Luces semejantes, con nombre de prólogo. De víspera, si lo traducimos a la lengua vernácula de lo cofradiero. Una luz que hoy prendo en el pabilo de las ondas y que espero mantener incandescente hasta llevarla al primer cirio fundido de la candelería, justo cuando por Sierpes, ahí en la esquina, se asome en los cristales del escaparate el primer palio de la jornada. Pero con estas luces de septiembre hay quien aprovecha para sembrar de ceguera, de odio, los puntos en que sólo es posible el incendio de la claridad. En el Sagrario. ¿O no es eso lo ocurrido el pasado lunes en la Basílica de El Gran Poder? Ahora nos iremos del hecho al debate. La nota precisa la dio el periodista de ABC de Sevilla, Javier Macías, en su cuenta personal de tuiter. Y es que, como redactó en el tuit, averiguamos y resolvimos la profanación gracias a las cámaras de la Basílica. Pero ¿cuántas iglesias, parroquias y capillas descuidan, desde la buena intención, esta seguridad en sus lugares de culto? ¿Cuánto patrimonio y cuántas imágenes están a mano de los delincuentes? No es por dar ideas, claro, sino porque quizá sea necesario plantearnos garantías que, sin transformar el culto en el despacho de un comisario, eviten algo básico: que se vuelvan a producir hechos de este tipo. Me acuerdo de cuando Enrique Esquivias, en una noche de junio de 2010, informaba a los medios del asalto al altar del Señor. 2010. Ahora 2016. Supongo que no tendré que mostrarme, ni pedir otra venia, para decir que a la tercera fue la vencida.