EL DECLIVE DE LAS IDEOLOGÍAS

 

Desde la fragmentación de los grandes imperios coloniales durante todo el siglo XIX  y las consecuencias de las guerras mundiales en la década de los años cincuenta del siglo XX, ha surgido en la civilización occidental un deseo de escepticismo y de un relativismo, curioso contraste, total y absoluto; los dos ejes de lo que, aún difuso y manoseado, podríamos llamar posmodernidad. Ya no poseemos esa sensación de pertenencia a un valor concreto y a una idea exacta, tan sólo nos dedicamos a la oscilación entre diferentes premisas, por todos, en mayor o menor medida, aceptadas. Son las siguientes: la economía social de mercado, la defensa de los derechos humanos y de las libertades públicas, el sufragio universal, la igualdad de oportunidades y de ley de los ciudadanos y el sistema liberal de partidos políticos. Pero más allá de estas convenciones –o convicciones-, no se ha percibido en las sociedades occidentales, al menos en los últimos cuarenta años, un afán por transformar e idear unas bases radicalmente distintas. Se ha hecho, por decirlo de otro modo, más política que ideología; entendiendo la primera como un recreo de lo objetivo, de la ciencia, y la segunda como un cúmulo de circunstancias en donde importa más la emoción o la adherencia a la identidad antes que la suma de planteamientos argumentados y de razones expuestas y sólidas. Esta propuesta, en principio de origen marxista, ha sido tomada por todas las esferas y capas sociales, incluso por las más antagónicas al socialismo primero, como por ejemplo, en ciertos idearios partidarios del liberalismo. En breves esbozos, podríamos intuir que han madurado y vencido las tesis del pragmatismo de Sartori –cuyo contenido afecta a toda apuesta ideológica, desde los más conservadores hasta los más progresistas, desde los más socialistas hasta los anarcocapitalistas-, o al menos el consenso de unos rasgos que definen el concepto de sociedad contemporánea, avanzada y satisfecha de sus realizaciones; la necesidad de no seguir cargando de experimentos los cimientos de la cosa pública. Quizá la causa sea el final de la ideología, o mejor dicho, la muerte de la ideología en aras de su propio triunfo.  Las sociedades de hoy día se agrupan en complejos esquemas en donde destaca la pluralidad del pensamiento, pero no entre los semejantes, que también, sino en la propia mentalidad del individuo.

La defunción de las ideologías es consecuencia de su propio éxito, de su absoluta consumación. Desde que Feuerbach –seguido de los maestros de la sospecha: Nietzsche, Marx y Freud- atribuyese a las religiones una falsa conciencia y el credo cristiano en Europa se diseminara de la argamasa del poder público y de la colectividad de los individuos, han sido las ideologías quienes han ocupado el terreno deshabitado. Toda esta novedosa concepción de la cultura estuvo favorecida, claro está, por el inicio de las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848; el crecimiento de la sociedad industrial y urbana; las corrientes románticas en las artes liberales; la creación, o la consolidación, de las democracias parlamentarias modernas. Pero la ideología no dejó de ser una abstracción de la realidad, la falsa conciencia de las creencias políticas, en este caso, en contraposición con las creencias religiosas que hasta entonces, junto con teorías absolutistas e imperialistas, de derecho divino, hubo de gobernar el destino de las naciones. La ideología no fue una revolución, sino una traslación del concepto de superstición popular de las religiones, en donde la creencia única se dividió en creencias particulares, aunque creencias, en resumidas cuentas. Con esto, las ideas de la Ilustración copiaron de la religiosidad un principio demoledor para cualquier sociedad cuyo propósito aspire a la convivencia de la pluralidad y de la diversidad de opciones: la verdad es una y el error es múltiple.

Tras el enunciado de la verdad es una y el error múltiple se esconde un mensaje de hegemonía político-ideológica. Mi alternativa es superior, por tanto, todos están equivocados. Este precepto se elevó en los diferentes campos ideológicos de la sociedad, y las consecuencias del mismo fueron terribles. En primer lugar, la concentración de dos instintos opuestos, extremos, los cuales derivaron en las dos guerras mundiales hasta hoy conocidas –o al menos, reconocidas por la Historia-; en segundo lugar, la posibilidad y el auge de las primeras corrientes escépticas y relativistas en torno a las ideologías, ¿quién iba a confiar en una abstracción en que se persigue, en último lugar, este horror, que es la guerra?; en tercer lugar, la supervivencia de dos modelos económicos que dictarían las directrices de todo el siglo XX: capitalismo y comunismo –la Guerra Fría-. La ideología fue fulminada por su propio triunfo; es decir, la perpetración de su fundamento fue, también, la declaración de su aniquilación, de su, si se quiere ver así, suicidio. Las ideas hubieron de dar todas sus respuestas, se agotaron en sí mismas, alcanzaron el culmen de su esencia, pero, paradojas, esas fueron sus últimas palabras.

JUAN BONILLA

Se ha confesado en alguna entrevista como un nihilista. ¿Ha perdido también la fe en la razón, si es que alguna vez la tuvo?

Nihilista activo, que conste. No nihilista a la manera de los rusos que tiraban el rifle y se tumbaban en el suelo y decían, bah, para qué, si no hay Dios y el Zar está que da vergüenza verlo. Lo que yo digo es que lo que hay es suficiente, es suficientemente hermoso, es suficientemente enigmático, es suficientemente terrible, es suficientemente suficiente como para no buscarle una explicación espiritual o trascendental. Ya hay suficiente trascendencia en la intrascendencia por acogerme a Pessoa. Ahora, la razón no tiene nada que ver con eso, no soy tan pomposo de pensar que yo llevo razón en mi apuesta: es sólo una manera de estar, un manojo de sensaciones. En la razón hay que confiar hasta donde nos deje la razón, porque el sueño de la razón produce monstruos, que es una frase a la que siempre se le da la vuelta para malinterpretarla. Lo que dice el grabado de Goya es que el sueño (es decir, el hecho de quedarse dormido) de la razón es lo que produce monstruos, que si la razón no vigila, vienen los monstruos. Claro que la razón llevada a su exacerbación, perdida su humanidad, también puede ser monstruosa.

 

[Extracto de la entrevista publicada en el blog de Daniel Heredia]

EL GOL DE MESSI

El asombroso y unívoco apoyo del Barcelona en el caso de Messi resultaría cómico si no fuese porque hay aficionados que se lo toman en serio. Que se suman a la declaración unilateral del apoyo, digo. Esta campaña a favor de Leo Messi sobrepasa el fuera de juego del mínimo criterio personal, y quizá del bochorno y las vergüenzas, pero es que nunca hay que subestimar a las masas, siempre lo sostengo. Desde que el futbolista fuese condenado por un delito de evasión de impuestos, no han faltado directivos del equipo de fútbol, simpatizantes, merodeadores, pelotas (en el amplio sentido del término), que se nieguen a asumir algo que es ya una categoría laboral más: un defraudador en la empresa. Las razones que se han expuesto para escurrir el bulto de la condena al jugador argentino dan para un chiste de Gila, o de Eugenio, que era catalán, y van desde cierta conspiración madridista en los suburbios de la abogacía del Estado a la envidia que les supone al resto de equipos de la liga española la total omnipresencia de Messi –yo puedo imaginar que también es por el esmoquin aquel, color cortina de puticlub-. Si irrisoria y un pelín cuartomilenistas son las razones, espera sentado, no te muevas, al lema que han propuesto para ganar adeptos: Yo soy Leo Messi. Lo peor, como decimos, no es el montaje, la campaña de lavado de imagen, lo más bajo, y preocupante, es el aplauso fácil de la grada.

El fútbol sí tiene padrinos, ventaja con la que no juega la política. La política, en la inmensa mayoría de la sociedad, genera una lejanía que viene muy bien para estos casos de corrupción. El político es corrupto, el político es humano, pero el político, para las mentes de las colectividades, no forma parte de mi vida, de mi alrededor, de mi celebración, de mi domingo por la tarde, de mi cerco. Es un ente que sólo nos da disgustos, imperfecto, culpable, privilegiado. Una abstracción en que volcar nuestras frustraciones, porque, claro está, no tiene nada que ver con nosotros, con nuestra condición humana. El político es el profe que te tiene manía, y es, para muchos, necesario que así siga siendo, pues sólo así es como seremos capaces de sobrevivir a nuestras debilidades, ¿superándolas?, no: echándole la culpa de nuestros errores al que tenemos al lado. El fútbol, en cambio, y a pesar de provocar todas esas envidias que achacamos a los políticos –poder y dinero, en resumen-, lo notamos como una aspiración, como un ejemplo a seguir. Ellos sí son de los nuestros, nos acompañan durante nuestra vida, de la infancia a la madurez, en muchos casos como herencia, incluso. Sólo hay que comparar los números de militantes de un partido y la cantidad de socios de un equipo para observar con claridad el grado de afinidades que uno y otro despiertan.

El caso de Messi no sólo nos ha demostrado que hay corrupción más allá de las siglas y del comité federal, también nos ha señalado que no estamos muy por la labor de aceptar su dimensión en categorías que afectan de pleno en nuestro día a día, y con la que nos sentimos identificados. El fútbol es una de esas parcelas, sí, pero además tiene un rasgo distintivo muy significativo: la única en la que convergen lo público y lo privado, lo mediático y lo personal. Dos esferas que se unen en esa afinidad entre escudo y socio. Mucho más fácil, por tanto, comprobar hasta qué punto llegaremos en la permisividad de la corruptela de cara al público si es nuestro interés el que forma parte de la partida. Denunciar la mala práctica, cuando no se nos va el partidismo en ello, es un ejercicio tan fácil que aburre. Costó mucho comprenderlo en la política. Ahora, parece, toca otro terreno de juego. Mientras tanto, eso hay que reconocerlo, para que no nos tachen de sectarios: menudo golazo nos ha metido Messi.

ROMANCE AL PINTAMONAS QUE NOS EXPLICA QUÉ HA SUCEDIDO CON LA VISITA DE OBAMA

 

Sevilla, nueve de julio,

a las dos de la mañana

unos operarios pintan

señales en la calzada.

Doblando las pantorrillas,

doblándose las espaldas,

están dejando las calles

casi recién estrenadas.

Más limpias que una patena,

con más brillo que la barba

de Martínez Montañés

en el bronce de su estatua.

Está Sevilla impoluta,

hay que ver qué vigilancia.

Yo creo que han registrado

hasta a los pavos del Alcázar,

y a los peces del estanque,

y a las piedras de la entrada,

y a las altivas almenas

que coronan la muralla.

Ni un bache por las aceras,

que ni un chicle ni una mancha:

del Colón a la Avenida,

de Bailén a la Giralda.

Son calles apetecibles,

me dan ganas de probarlas,

y es que están para comérselas.

Como un donut del Starbucks,

como un flamenquín del Donald,

como un helado de Rayas.

 

-¿A qué viene esta obsesión,

este lavado de cara

en parterres y en asfaltos?

¿Alguien sabe aquí qué pasa?

-Quillo, parece mentira,

que no te enteras de nada.

Esto es por lo del Consejo,

por lo de Sainz de la Maza.

-Quillo, pues yo me he tragado

la trola que dijo el Rafa.

-¿La de los americanos,

la del rollo Mr. Marshall,

la de que venía a vernos

el presidente negrata,

-o como el hombre se llame,

que no importa para nada-?

¿Pero le vas a echar cuenta

al papafrita del Rafa?

-Yo que sé, quillo, me dijo

no sé qué del tal Obama.

-Eso han sido cuatro trolas,

cuatro mentiras simpáticas.

¿Tú viste acaso el domingo

movimiento en la Giralda?

Se han quedado con nosotros,

pero yo sé aquí qué pasa.

Compadre, que es un secreto,

tú, chitón, no digas nada.

 

-Todo este dispositivo

y toda esta vigilancia,

los jipis con metralleta,

la secreta, guardaspaldas,

las flores en los parterres,

las cloacas precintadas…

todo viene por lo mismo.

Quillo, por Sainz de la Maza.

Que estas cosas del Consejo

son temas de gran escala.

Tú no sabes dónde vives,

el centro de las miradas.

Otros dicen, rumorean,

que puede ser, se baraja,

que como al fin han entrado

nuevas normas diocesanas

y existen hondos debates

de las extraordinarias,

-que suenan a sueldos extras,

o a vacaciones pagadas-,

un grupo de radicales,

de sensibles desatadas,

planean tirar cohetes

e inundar de petaladas

toda la zona del centro,

de san Gil hasta Triana.

Otros dicen que el Herrera,

que los platos de fabada

que el tío se está jincando

en lo que lleva de etapas

del Camino de Santiago

pueden traer oleadas

de atentados y de bombas,

por envidias, suspicacias.

 

-Y esto tiene pocas vueltas,

¿presidente? ¿Casa Blanca?

Que no te ralles ni un pelo,

por mucho que diga el Rafa.

Si fueron dos furgonetas

dando vueltas a una plaza.

¡Mucho más le montarían,

a mi alcalde, Juan Espadas,

si le diese por plantarse

en el despacho de Obama!

CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO: PALABRA Y DEMOCRACIA

 

La revista Cuadernos para el Diálogo, fundada en 1963, fue el prólogo cultural e ideológico de la inminente transición y posterior democracia.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el poema de Machado, Antonio, recitado en la tribuna de Las Cortes por Adolfo Suárez fue una realidad constante: todo abierto al mañana. En la década de los años 60’, en el principio del fin del régimen franquista, hubo esperanza y convencimiento. En octubre de 1963 un pequeño grupo de intelectuales y estudiantes universitarios vinculados, o cercanos, a movimientos de carácter democristiano fundaron una revista de crítica y de opinión. En aquel mes de octubre, Joaquín Ruiz-Giménez, publica el primer número de Cuadernos para el Diálogo, publicación mensual destinada a enriquecer el debate y el pluralismo ideológico, las bases de los valores democráticos de la Constitución de 1978, el interés por los derechos humanos y las garantías jurídicas del Estado de Derecho; Cuadernos para el Diálogo nació para cultivar las libertades y, claro está, la democracia. Sí, fue palabra y democracia.

Desde Revista de Letras nos acercamos a la historia de esta publicación (1963-1978), la cual, como todo lo que en el tiempo perdura, evolucionó en sus tesis y en sus posiciones, sin abandonar, eso sí, el espíritu de diálogo y compromiso en sus principios y en sus ideas aperturistas.

1963-1968

Joaquín Ruiz-Giménez, hombre de claras convicciones cristianas, nutrido por el progresismo del catolicismo social y político de Roma, ideó un foro en que nadie pudo parecer la censura y la exclusión. De los sectores más conservadores del franquismo, con ánimo de moderación y tolerancia, hasta los comunistas y la izquierda en general, tendrían la oportunidad de entablar contacto y acercar sus inquietudes.

El abogado Ruiz-Giménez, en el verano de 1963, organizó varios encuentros con intelectuales de la época y estudiantes entusiasmados con la reforma del sistema político español. El despacho del abogado, en la madrileña calle Ortega y Gasset, se citaron a personas de talante socialista, como el por aquel entonces futuro alcalde de Madrid, Tierno Galván; también acudieron a las reuniones sindicalistas y partidarios de la apertura en el inmenso espectro de sus ideologías. Se consultó al Ministerio de Información y Turismo el denominado permiso de edición y se solicitó la ayuda económica pertinente, no sin dificultades, ya que el ministerio nunca contempló con buenos ojos la edición y el contenido que en ésta publicaban (muchos menos si el “cerebro” de la idea había sido un colaborador del dictador). El primer Consejo de Redacción de la publicación Cuadernos para el Diálogo estaba formado por Gregorio Peces-Barba, Elías Díaz, Javier Rúperez, Francisco Sintes, Ignacio Camuñas, Juan Luis Cebrián, Mariano Aguilar Navarro y Pedro Altares. En la primavera de 1964 se constituye la empresa editorial CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO S.A., EDICUSA, para financiar el proyecto de la revista y aportar una estructura e ideario empresarial al recién nacido diario.

La promulgación de la ley de Prensa e Imprenta de 1966 ocasionó más de un dolor de cabeza a los editores. Aun así, desde Cuadernos para el Diálogo, se mantuvo una oposición crítica al régimen franquista basada en las libertades y en el humanismo cristiano tan propio de su línea editorial. El acoso y la censura del ministerio se hizo patente en la Orden Ministerial notificada, con motivo de la nueva ley de Prensa, a Ruiz-Giménez, en la cual lo obligaban a dimitir de su cargo, pues no poseía el título de periodista. Nombraron como sustituto a José Ruiz Gisbert, periodista y estudiante de económicas. Pese a todas las adversidades, Ruiz-Giménez no abandonó su puesto como presidente del Consejo de Redacción. Por tanto, de este modo, el espíritu de la revista permaneció.

En los siguientes dos años, hasta 1968, se produjo el primer cambio relevante en la línea editorial de la revista, progresando paulatinamente hacia tesis secularizadas. En el número 58 de la publicación, julio de 1968, el último de Ruiz Gisbert como director de ésta, colaboraron escritores, intelectuales y periodistas de corte marxista y tendencias cercanas al comunismo y la izquierda de la ruptura. Una nueva etapa se abre ante nosotros.

1968-1976

En septiembre de 1968, Félix Santos, abogado y periodista, accede a la dirección de la revista. En estos meses se traslada la sede de Cuadernos para el Diálogo a la calle Jarama número 19, en Madrid. No obstante, cambios más importantes se sucederán en esta nueva etapa: un consejo de redacción más abierto y divergente, contundente oposición al Proceso de Burgos (1970) y el ascenso de Pinochet al poder.

Durante estos ocho años serán numerosas las manifiestas disidencias de la revista, partidaria de las libertades y los valores de tolerancia, moderación y respeto a la dignidad de la persona, con el Movimiento. Los principales casos en los que Cuadernos para el Diálogo se encuentra la taxativa oposición del Movimiento fueron el escándalo MATESA  y el Proceso de Burgos. En ambos sucesos la revista adoptó las ideas defendidas en las universidades, en las democracias europeas y en los organismos internacionales. Es decir, se optó por la suspensión de la pena de muerte y las garantías judiciales en el proceso para los acusados. Otro hecho histórico fundamental para comprender el carácter de esta revista fue el golpe de Estado perpetrado por Pinochet al gobierno chileno de Salvador Allende en 1973. En el número dedicada al golpe militar se insinuó la participación de familias chilenas cristianas en el mismo. La sospecha generó un gran revuelo en la redacción y motivó la salida de un grupo de colaboradores.

En los últimos coletazos del tardofranquismo, con el general Francisco Franco fallecido, el periodista Pedro Altares redacta las nuevas directrices que ha de seguir la revista de cara a los nuevos tiempos de la transición. El manifiesto es acogido con agrado por el Consejo de Administración y la revista se convierte en un seminario de información y de opinión. Un formato bien distinto al hasta entonces conocido. Algunos apuntes del informe redactado por Altares que aquí os traemos fueron: el pluralismo ideológico, la independencia informativa, el apoyo a los derechos sociales, una concepción liberal y crítica de la cultura, una línea informativa de centro izquierda, el rechazo al Estado centralista:

1976-1978

Bajo la dirección de Pedro Altares, número de febrero-marzo de 1976, la reviste sufre cambios sustanciales respecto del formato y de la edición. La edición será semanal, no mensual, y se enrique con reportajes, entrevistas y artículos de actualidad, despojando el carácter académico y reflexivo de la primera etapa. La publicación bebe del esquema clásico de cualquier diario, con un redactor jefe, una redacción, corresponsales y colaboradores. En cuanto al aspecto estético, el modelo a seguir será parecido al del Nouvel Observateur. El contenido, en principio, se torna más atractivo, aunque no hay quien observa de soslayo la personalidad socialista que inunda el ideario de Cuadernos para el Diálogo. La participación de ciertos amigos de Felipe González en el accionariado de la revista y la militancia de colaboradores y asiduos en los círculos del reformado PSOE son claros síntomas y evidencias del novedoso criterio de la revista.

A finales de los años setenta, 1978, surgen los primeros problemas económicos. La publicación de periódicos como Diario 16 o El País en la competencia –buena parte de la redacción de Cuadernos para el Diálogo ocupará puestos en las redacciones de estos diarios-, el acusado déficit que atravesaba EDICUSA en sus cuentas y la llegada de un sistema democrático que hubo de prescindir de la idiosincrasia y los ideales ansiados por los miembros del Consejo de Redacción de la revista –pues estos principios eran ya una realidad formal y material en el proyecto constituyente de 1978- hicieron que ésta desapareciera de los quiscos de manera paulatina.

¿Qué queda? De Cuadernos para el Diálogo queda una publicación sin la cual no hubiere habido transición ni ánimo y predisposición para la cultural democrática, no al menos como la hemos conocido. De Cuadernos para el Diálogo queda una experiencia de verdadero compromiso político liberal, basado en el respeto a los derechos humanos, al Estado de Derecho, a la cultural como eje de todas las ideologías partidarias del debate y de la conversación. De Cuadernos para el Diálogo queda el nombre y la hemeroteca, el honor de saber que en la Historia de España siempre hubo, y habrá, ese poema de Antonio Machado. Abierto al mañana.

HOMENAJES

Todos los años se convierte el rito del homenaje al ridículo, desconocemos si por orden del decreto o de la ley autonómica. Lo peor es que es algo que suele pasar con frecuencia, sobre todo en los actos institucionales en torno a mitos e idealismos. Uno que no sabe muy bien de dónde viene, mucho menos adónde va, y le planta al homenajeado una chirigota en forma de corona de flores. Algo así ha sucedido en el Parlamento de Andalucía, en donde sus habitantes están tan faltos de lecturas como de, parece ser, decoro. En el Parlamento de Andalucía, por enésimo año consecutivo –y van…- le han preparado el tradicional breve tributo a Blas Infante en uno de los patios del edificio. A mí este tributo, con toda la pomposidad y con todo el boato posible, casi preceptivo en este tipo de solemnidades, me causa, y esto sí que es tradición, un poco de sonrojo. ¿Qué hacen los diputados, los consejeros y la presidenta celebrando, homenajeando al personaje de Blas Infante, a principios de julio? Que yo sepa, Blas Infante con el mes de julio tan sólo se vincula en el nacimiento, en el cumple, digo. Poco más. ¿Y para qué tantas flores y tanta solemnidad por un cumpleaños? Pues por algo muy sencillo: porque, en la realidad de las conciencias de los políticos andaluces, no es el culto al nacimiento lo que aquí se conmemora, sino su fusilamiento. Si Blas Infante pasó a la Historia no fue porque naciera, que eso, en mayor o menor medida, lo hacemos todos; Blas Infante pasó a la Historia fue por sus ideas, o mejor dicho, por el trágico final al que le llevaron sus ideas, que no es otro que la pena de muerte, el paredón, por parte de unos falangistas el 11 de agosto de 1936. Si el objetivo de estos individuos es el de respetar la obra y la vida de Blas Infante, sería, quizá, más coherente el hecho de que celebraran, paradojas, la muerte, es decir, el suceso histórico por el que han conseguido su escaño en el Parlamento. Sin estas ideas, sin la pólvora y la sangre de estas ideas, ni hubiese habido autonomía ni estos diputados gozarían de todos los privilegios, dietas y sueldos de los que gozan. Otra posible ocurrencia en este bochornoso homenaje, sospecha que cada día, cada año que pasa, intuyo con mayor claridad, es la de que estos individuos, representantes de la cursilería de la ciudadanía, no han abierto un libro de Blas Infante. Explico: la de que esta gente no se han leído ni un mísero párrafo del notario. O eso, o tienen los propósitos de sus programas políticos en una órbita del pensamiento tan lejana, tan utópica y descabellada, que causa cierto temor. Pero bueno, no le vayamos a pedir peras al colmo. Sí, al colmo. Al colmo de ver cómo, veranos y veranos, se repite la monótona vergüenza, el absoluto esperpento. El de comprobar cómo importan un pito los ideales, las muertes y los fusilamientos cuando toca hacer las maletas destino al pisazo playero. El de comprobar cómo no tienen ni respeto. Este homenaje del mes de julio no tiene otra explicación.