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Aunque aquel asunto se resolviera –final feliz- hace muchos años, fui al viacrucis de la hermandad del Santo Entierro con gabardina beige, evidente uniforme preceptivo para estos casos, halo de inspector de policía o de brigada secreta contra los criminales. No sé si confundido con el inspector Gadget o con la espía Mata Hari, un buen conocido se acercó al tímpano de mi oreja y me dijo -efusividad de la que jamás presumiré un domingo por la tarde o cualquier día de la semana antes de las diez-: “Gragera, esto ya está aquí”. Al terminar la frase se marchó y, como en el poema de San Juan de la Cruz, aquello me dejó sin gemido. Qué desconcierto, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”, repetía mientras otro buen amigo me contaba su jornada dominguera, la cual dio comienzo con una tortura cívica: una maratón. Pasaba el cortejo de hermanos con cirio y este amigo me narraba los hechos con precisión de novelista decimonónico: ahora los tiempos, ahora los cronómetros, ahora malos momentos, ahora las fatigas, ahora los sudores, ahora la tensión en los músculos. Cabe decir que me entraron ganas de parar el andar del paso y pedir otro semejante para este colega mío: ¡una camilla –urgente- para este hombre! Y es que sólo de oírlo me entraron sudores fríos. Los mismos que tuve durante la tarde –ya casi noche- mientras volvía a recordar aquellas palabras, metido en mi papel de detective de enigmas y novelas policíacas, “esto ya está aquí”, “esto ya está aquí”. ¿Sería un código que tendríamos que pasarnos entre una sociedad secreta hasta llegar a la clave final?  Me coge Dan Brown y me monta un libro superventas. Así que terminé en el McDonald’s, para añadir tópico de peli americana al caso, y me dio por decirle al hombre que me atendió: “Esto ya está aquí”. Pero me temo que no hubo suerte, y que junto con el Big Mac buscó psiquiatra cercano en Google. Como yo estoy buscando, de perdidos al Guadalquivir, qué significará eso tan enigmático de esto -¿esto?- ya está aquí.

ME LLENA DE ODIO -Y DE SATISFACCIÓN-

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo o incorrecto o equivocado.  Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Suele ser oficio común entre los escritores de estilo atorrijado –escritura esponjosa y melosa, texto dulzón-: citar autores que más que aportar algo interesante a lo que se escribe, tan sólo son un adorno, un pinturero abalorio para la bonitura y el floripondio verbal. El registro es –como casi todo en los escritores torrija- limitado, y su nómina no pasa de Bécquer, de Machado, de Cernuda y de poco más –a quienes por supuesto han leído de oídas-. El escritor torrija los toma, los incluye en su pasaje lírico y cofradiero –como si las cofradías, a esos autores, les hubiesen importado lo más mínimo- y empieza a mezclar el simbolismo becqueriano con la nostalgia propia y el ripio casposo. Dicen que el sentido de su ejercicio es reivindicar autores pasados, pero lo cierto es que tan sólo se reivindican ellos: su apropiación –descontextualización- de la obra ajena no es un homenaje, sino un modo de justificar que ellos son “cultos”. Así, hablan de donde habite el olvido y de como quien espera el alba con una imagen de la Macarena por la calle Escoberos; o te hablan del estos días azules y este sol de la infancia y te lo llevan a un Domingo de Ramos por la mañana, Domingo de Ramos donde puede llover, y donde no hay sol de la infancia por ningún sitio, sino botellona del Yona, padres abnegados con carros, bares imposibles de conversación y niñas de quince años con sus primeros tacones agarradas las unas a las otras –quilla, espérame-. El escritor torrija habita en el olvido de estos pequeños detalles, que son los que hacen la Semana Santa de hoy, pero que no le sirven para el aplauso fácil y para la ingenua admiración infantil de sus paisanos.

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Abunda en nuestro microcosmos capillita –y todo lo que abunda, cansa- la persona que va a la bulla, a la aglomeración, a buscar gresca, pelea, conflicto. Es personaje novedoso, reciente, sin demasiada proyección en nuestra historia local –como casi todo lo cofradiero, por otra parte, que esto es cosa, sacrifiquemos idólatras y mitómanos, de no tanto-. Este personaje que hoy traemos es aquel que se irrita con facilidad en todo lo relacionado con las conductas más o menos incívicas de sus conciudadanos, conductas que pasan por pedir permiso entre una plebe -¿puedo pasar?- o perder el equilibrio –y por tanto el breve roce, acaso leve empujón- en medio de una masa humana taponada. Gestos sin duda intolerables. Cuando así ocurre, nuestro personaje, susceptible, entona su monólogo de buenas maneras –pero con notable enfado-: “es que no puede ser”, “es que ya no respetan nada”, “es que, vamos, que no se puede pasar”, “¡cómo es la gente!” y demás letanías a nuestra señora del desconsuelo victimista. A este personaje, parece, le cuesta asimilar que la fiesta es un conjunto de gente en la calle y que, así, tiene que compaginar convivencia y paciencia, o tolerancia y empatía, con el resto. Pero no: se prefiere el clamar –pregonar- al aire, a esa bulla, por la nimiedad y la circunstancia irrelevante. Un gesto susceptible que no busca el reproche al otro, sino la autocomplacencia –esto es lo más bochornoso-. Sentirse por encima, y satisfecho de uno mismo. Digamos que su buena educación pasa por ahí: por un egoísmo exquisito.

DISCURSO A LA BANDA DEL MAESTRO TEJERA

Atriles sevillanos, peligro: mucho ripio y poca ganancia. Pero aun así me atrevo, que los atrevimientos son errores de juventud, a salir a este atril de Cajasol, petición de mi querido Pedro Domínguez, quien me dice ven y naturalmente lo dejo todo. O todo menos la palabra, claro. La que es necesaria para venir hoy a depositarme en este tiempo vuestro de ahora; un tiempo que es, a su vez, el mío. La Semana Santa no es más que eso: la fiesta de ese tiempo compartido, o mejor, la del tiempo compartido entre aquellos que no conocemos: nos damos –os dais, Banda del Maestro Tejera- a personas que no sabemos cómo se llaman, cuál es su nombre, de dónde vinieron, adónde van -¿a ver El Cristo de la Salud por la calle Ancha?, ¿a la avenida de La Soleá a por el Polígono?-, cuáles son sus complejos, o sus preocupaciones, o sus alegrías, su familia, su carencias emocionales, su pasado. Nos cruzamos, cuántos ojos, cuántos gestos que se olvidan, con las multitudes de la bulla, con los tapones de las esquinas de las calles breves de espacio, con la pareja en la bronca –este carrito aquí no cabe, me está usted pisando, por aquí no pasa nadie más- o con la pandilla imberbe, con algo de tribu y de hormona revolucionada e intensa.

Yo no sé si la habéis contado, músicos que formáis parte de la Banda del Maestro Tejera, no sé si contáis esa bulla con la que os topáis a cada lado. Debo de suponer que no, que demasiado que toca que toca con esta marcha, con el que quiere cruzar, con el que no se sube a la acera, con el qué cansancio y qué agotamiento. Pero pensadlo, pensad cuántas personas os han visto, cuántas personas recuerdan, al tarareo, la música que vosotros, después de tantos años, trabajáis en las calles, o en la plaza, pasodoble de Domingo de Resurrección. Pensad en todos ellos, en todo lo que habéis dado durante tantos años. Pensadlo, y ahí tendréis una respuesta, y ahí tendréis una de las virtudes de esta fiesta tan personal, tan poliédrica, tan inmensa y tan extraña: dar a los otros. Aunque esos otros sean, pues eso, una indefinición, un nadie a quien no le ponemos nombre, una masa abstracta y clara de incógnitas.

“Yo sé quién soy”, escribe Cervantes, vecino –y casi inquilino- de esta sala, en el Quijote. Cervantes, con esa frase, nos inculcó en un infinito de posibles interpretaciones, interpretaciones que pasan por la conciencia individual y por la idea del hombre moderno, con identidad y pensamiento, capacidad de discernir, propio. Yo también sé quién soy, Banda del Maestro Tejera, y sé quién soy en esta ciudad al escuchar la música de esos instrumentos que hoy tenéis entre las manos. Yo sé quién soy porque esos sones, esas partituras que cada tarde suenan, son las que definen y limitan mi –o nuestras- personalidad, que está hecha de recuerdos, de memorias y de pasados. Yo sé quién soy al prestar atención, poner oído, a las composiciones que podría tararear ahora mismo. Sonidos que son evocaciones, sugerencias, traslaciones, idiomas, espejos en los que, obviedad, me veo reflejado. Un espejo al que le pongo, aunque no sea necesario, el nombre de Amarguras, de Ione, de Margot, de Soleá dame la mano, de Jesús de las Penas. Y sin incurrir en sentimentalismos, cuya pena es el floripondio verbal, tan cursi y tan empalagoso, algo de torrija y algo de pestiño –en todos los sentidos-. Sentimentalismo que es apología de la vivencia, y del discurso soporífero y del romance de taladro emocional, que es una variante del romance de la tradición hispánica, pero cuyos octosílabos –el ritmo, los acentos, la versificación- están más apretados que los nazarenos de La Macarena en la Campana y cuya dicción es mitad de bronca de hermano impertinente en el cabildo de incidencias de la cofradía y mitad de sobrepasada afectación en la saeta mal entonada.

Resumimos: queda clara la propuesta, el propósito, Banda del Maestro Tejera. Esto no es sólo un premio, es también una deuda pendiente. Deuda de tanto oficio, de tanto genio, de tanta entrega dada, ofrecida, a quien es probable que ni siquiera sepáis quién es, aunque ellos sí sepan, cuando cae la tarde del Lunes Santo e interpretáis los primeros acordes, quiénes son. Y gracias a vosotros.

Enhorabuena.

ENTREVISTA A RAFAEL COBOS

Es curioso: idéntico el sonido, distintas las lejanías -tanto de tiempo como de espacio-. Y es que desde el escritorio apenas nos separan unos metros del sonido de las campanas de esa torre de La Peste: La Giralda. Sin embargo, cuando vemos La Peste, obra de Alberto Rodríguez y de Rafael Cobos, hay, de ese sonido, siglos de distancia.

Sin distancias, cercano, nos atiende el segundo, Rafael Cobos, guionista de la serie, para conversar sobre su trayectoria, el oficio y los seis episodios de una trama que a nadie ha dejado indiferente, que levanta filias y fobias, criterios, opiniones, discernimientos, y todos esos daños colaterales del éxito, del reconocimiento de un público, del aplauso de la crítica.

La Peste, para quien interese disponible en Movistar +, cuenta la historia de una ciudad, Sevilla, capital del mundo, en un tiempo en que se adivina la decadencia del imperio, decadencia moral y decadencia económica. Una pérdida de hegemonía cultural y política que se lleva élites, nombres, victorias, mitos y pueblo. Tanto Alberto Rodríguez como Rafael Cobos centran la atención en estos últimos, en la intrahistoria de una época vibrante e intensa de nuestro pasado. Es ahí: despojado de toda grandilocuencia histórica, donde ambos retratan la sociedad de aquellos siglos, entre el comercio de América, los tribunales de la Inquisición, el protestantismo y la picaresca –género tan propio, tan español-.

 

P: ¿Por qué fracasa un guion?

R: Estaría bien saberlo, claro, para no hacerlo nunca. Pues no sé, la verdad, lo cierto es que no tengo una respuesta clara. Hay tantas circunstancias por las que un guion puede fracasar… muchísimas. Principalmente, pueden ser cuestiones de realización, porque la realización no acompañe y otro tipo de circunstancias por el estilo. Pero ya digo, es muy difícil limitar una definición a tu pregunta. Supongo que siempre que haya un poquito de sentido común y no te pases por el forro una serie de normas básicas, el buen camino, que no el éxito, está más o menos asegurado.

 

P: Supongo que desde 7 vírgenes algo han aprendido. Crecido, quiero decir. Y me interesa el cómo de esa trayectoria.

R: Crecido y aprendido, supongo. Pero eso no sé si puedo decirlo yo. Lo que está claro es que 7 vírgenes es la primera película que se rueda, y hay ahí un ánimo de valentía, de hacer algo nuevo, de pensamiento más salvaje. Este atrevimiento –o ingenuidad-, quizá, luego no ha estado.

Aprender, pues bueno, siempre se aprende, de una forma u otra. Es inevitable, cuando lees un texto tuyo, ver lo que se puede mejorar, lo que no. En ese sentido, los años y la experiencia te dan un ejercicio de decantación que a su vez es un ejercicio proporcional de maduración y de espontaneidad, que es por ejemplo Grupo 7: un ejercicio de crecimiento un poco más sólido, más cribado, más sofisticado. Pero sin perder nuestro interés por hacer un poco de laboratorio, de experimento.

 

P:¿Por qué cuesta tanto, en los oficios relacionados con las artes, el reconocimiento del público? Llevan más de diez años de dedicación al cine –incluso con premios-, pero hasta ahora sus nombres han pasado algo desapercibidos en el cine español.

R: Pues, Gonzalo, discúlpame que te diga: no estoy para nada de acuerdo con la pregunta que me haces. A ver, en mi caso quizá sí, porque soy guionista, y el anonimato es una parte casi consustancial a nuestro oficio, estamos detrás, nuestro nombre se pierde un poco entre los créditos, formamos parte de un gran equipo profesional. Pero Alberto Rodríguez alcanzó el éxito con Grupo 7, fue muy reconocido por su trabajo, merecido reconocimiento. Piensa en los Goya, por ejemplo. Luego, pues 7 vírgenes estuvo bien de público y tuvo acogida entre la crítica. Así que eso: no estoy para nada de acuerdo con lo que dices (risas).

 

P: En todas sus películas, por cierto, hay un interés por lo marginal, entendido como “lo que está al margen”, aquello que no suena común o convencional dentro de una sociedad.

R: ¿Conoces al poeta Pablo García Casado? Tiene escrito un verso que dice todo lo importante ocurre en las afueras. Y es cierto, es así: todo lo que interesa sucede en las afueras, más allá de los límites convencionales. La sociedad y las personas las conocemos por lo periférico, por su propia periferia, en un amplio sentido, por lo que está más allá, lo que no se ve, también.  

 

P: Eso suele conectar con el público. No sé por qué, pero lo marginal o esos puntos de vistas “no oficiales” suelen vender.

R: Pues bueno, no lo sé, no sé por qué. Será que es un muy difícil hacer una historia creativa, un mensaje creativo desde esa convencionalidad que te digo. Quizá eso ya lo tenga cada uno en su casa y en su ámbito personal, por lo que no le atraiga conocer del resto, le aburra. Además, las historias tienen que buscar ese lado oculto de las cosas, de lo contrario podríamos estar hablando de propaganda. Esa es la idea que hemos tenido en La Peste, por ejemplo, airear un poco los tópicos de nuestra historia y hacer reflexionar al espectador.

 

 

P: ¿Qué determina que la acción de una película fluya con naturalidad? ¿Ahí está el logro del buen guionista?

R: Principalmente, una película funciona cuando los conflictos que en ella se dan también funcionan, cuando estos crecen de una forma progresiva. Ahí entra el guion, claro, que tiene que saber llevar unos personajes dentro de ese conflicto, dentro de esa trama, de esa sucesión de acontecimientos. Ahí, sí, claro, ahí está el logro de un buen guionista y de un buen guion.

 

P: ¿La interpretación de un actor influye en la calidad de un guion?

R: Por supuesto, siempre, claro. Los actores son los que dan la vida en las películas, son los que corporativizan esas ideas y se las hacen llegar a un espectador. Un mal casting, por ejemplo, te puede arruinar todo el trabajo de un equipo.

 

P: ¿Qué le ha parecido la interpretación de los actores de La Peste?

R: Pues a mí me ha gustado mucho, y los actores que intervienen en la serie tienen un pulso muy acertado. En esto Alberto Rodríguez sabe sacar el máximo partido. Y me parece que los resultados son más que reconocibles: ahí están los premios que tantos actores se han llevado.  Desde 7 vírgenes y más. Algo habrá cuando hay ese reconocimiento. Así que ya digo, en este caso, desde luego que me ha gustado la interpretación. No esperaba menos ni de ellos, los actores, ni del trabajo de Alberto Rodríguez.

 

P: Hay quien dice que no se les entendía, o que hablaban “muy bajito”.

R: Qué polémica más absurda. Una polémica en la que, además, si me permites, no quiero entrar. No voy a darle el mínimo de importancia, ni de interés. Dicen eso, que los actores susurran, que hay un problema de vocalización, de sonorización… Pues no: no estoy de acuerdo. En absoluto. Los actores me parecen maravillosos y esa polémica está bastante de más.

 

P: ¿Hay que sacrificar el rigor histórico en aras del espectador o de la propia trama?

R: Pues claro que sí, a veces sí, ¿por qué no? Lo que hacemos no tiene por qué ser desde lo veraz, desde el hecho histórico propiamente dicho. Pueden ser historias verosímiles, dentro de la misma ficción. Se puede tomar como base un tiempo histórico, pero adaptándolo a la historia que quieres contar. Mientras sea lógico, ¿qué problema hay? Respeto la documentación, la valoro, la trato, como la hemos tratado en la serie de La Peste, pero si, por cuestiones sin relativa importancia, tengo que saltarla, pues la salto, no hay problema. Me molesta, si vas por ahí, el ruido que ha generado esta serie respecto de esa crítica a que no hemos respetado la historia, que más que una crítica es una opinión oportunista y negativa que lo único que busca es echarnos tierra.

 

P: ¿Y cómo se equilibra el rigor histórico y el entretenimiento o la amenidad?

R: Bueno, como te decía, el principal objetivo que buscamos es hacer una ficción que entretenga, que el espectador la disfrute y encontrar, también, esa media entre el entretenimiento y ajustarnos a una época que desconocíamos. Aunque dando nuestro particular punto de vista. Es evidente, en la serie de La Peste hay una declaración total de intenciones, es innegable. Pero siempre hay historia rigurosa, aunque desde nuestro punto de vista, subjetivo, siempre subjetivo, nuestro. Ahí está el riesgo, por otra parte. Y yo prefiero lo arriesgado, preferimos lo arriesgado. No sé si acertado o no, pero siempre arriesgado.

 

P: ¿Se suelen volcar las aspiraciones o frustraciones propias –o de una sociedad tal- en los personajes históricos, cuando se tratan temas pasados?

 

R: Puede ser. Pero en mi caso, te digo: yo no lo hago. Aunque bueno, algo siempre se vuelca, y la condición humana es la que es, eso no cambia, se reflejan pasiones, vanidades, decepciones, traiciones. Todos hemos vivido algo de eso, y de ahí, bueno, pues algo se vuelca. Pero no es mi intención proyectar los grandes problemas de nuestro tiempo en una serie de un tiempo distinto. Intentamos proyectar conflictos universales, dados en cualquier época. En La Peste hablamos de géneros, de la persecución a los distintos, de la corrupción y de la propia condición humana, con ese juego de significado entre la peste como la enfermedad que sucedió en un tiempo concreto y la peste como la corrupción moral de las personas. Pero eso, te digo, ha sucedido siempre.

 

P: No sé, me acuerdo del personaje de la pintora, que es mujer y excelente –inteligencia, ecuanimidad, exquisitos modales-, pero está condicionada por las circunstancias de su tiempo y no puede ejercer ni administrar su oficio –tampoco ser considerada entre los suyos-. Ahí hay una vindicación feminista, pero también, quizá, se esté encorsetando demasiado a un personaje, predeterminándolo a una conducta. El papel, aunque de buena y necesaria intención, resulta muy previsible. Y es por lo que hablábamos, por tratar de ofrecer un mensaje a la sociedad actual desde una sociedad pasada.

R: A ver, es que la mujer, en aquel tiempo, solo existía por referencia masculina y era una mujer vinculada a Dios y a un hombre. O a un chulo, si esa mujer era prostituta. Mira, había un dicho popular que decía ni espada rota ni mujer que no trota. La mujer era un mero objeto sin mayor importancia, un utensilio cualquiera. No era una persona libre ni de ejercicio ni de conciencia. No se da un mensaje, se trata simplemente de contar la realidad de una época.

 

P: Algo así sucede con el obispo –o arzobispo-. En este caso, para mal: manipulador, codicioso, soberbio. Contrario a muchos de los valores que, en principio, defiende su institución, la Iglesia.

R: La Inquisición fue lo que fue. La Inquisición fue una gran hija de la gran puta. Pero no hemos querido, y en la serie está, plantear a un personaje tan estereotipado. Tan básico. De hecho, es un hombre que perdona, y que busca la cultura, pero siempre respetando los criterios de su propia doctrina. Ese es su conflicto. Ya como cada uno lo quiera ver. Es verdad que la quema de herejes y el intento de purgar a los diferentes caracteriza, son elementos que caracterizan a un personaje, pero teniendo siempre presente que era alguien preocupado por la reforma –o por la contrarreforma, mejor dicho-, que creía hacer lo correcto. Piensa que el catolicismo estaba al servicio de la Corona, quien se adscribe, del mismo modo, al catolicismo. Las normas de su tiempo veían correcta la conducta del obispo. Ese matiz es importante. Y en cualquier caso, hay hechos evidentes –los que te cuento- que deben marcar la naturaleza del personaje.

 

P: Y otra cuestión que me da vueltas en la cabeza: ¿por qué idealizamos lo pasado?

R: Pues probablemente sea una condición de la persona: es mucho más fácil manejar la nostalgia, el pasado, la puedes moldear a tu gusto. En ese sentido, los sevillanos somos muy de lo que fuimos, de ese mito de la Nueva Roma que iba a cambiar el mundo, un mundo que dependía económicamente de la Sevilla de aquel tiempo. Nos vemos reflejados en ese espejo, nos interesa vernos, y de ahí la idealización. Por otra parte, yo creo que eso nos ha marcado genéticamente, a los sevillanos, con un punto de orgullo arrogante.

 

P: ¿Conocemos nuestro pasado? Hablo de nuestra historia general, colectiva.

R: Si la conociéramos en profundidad, no cometeríamos los errores que cometemos. Tendrías otra capacidad de reacción ante los acontecimientos que nos ocurren.

 

P: En Sevilla, ciudad donde se desarrolla la trama de  La Peste, se tiende a esa idealización. Hablas de esos siglos del imperio, donde “fuimos la Nueva Roma de su tiempo”, y parece que aquello era algo así como el paraíso.  

R: La Peste, en resumidas cuentas, viene a contar que el paraíso o la posibilidad del dorado -o la posibilidad de cruzar el océano- convivía con la miseria, con la calamidad, con la falta de salubridad, con la corrupción. Viene a desmitificar ese lugar común. Una frase: frente al florentino extranjero o al genovés que comerciaba, había un cinturón de pobreza en los arrabales extramuros de la ciudad. Esa dicotomía es la que nos interesa.

 

P: Pero, aunque era evidente que había corrupción y decadencia moral, ¿eso es motivo para negar o no creer en los logros históricos de aquellos siglos?

R: En absoluto, para nada. Si de La Peste se deduce esa tesis, o algo así se ha desprendido de ella, o no hemos logrado el fin o no se ha entendido nuestra intención. Hay que reconocer determinados méritos que tenemos, nuestro objetivo, que quede claro, era subrayar otras realidades que existían y que son tan responsables como la otra.

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Artículo reciente, publicado en Diario de Sevilla, firma de Carlos Colón –de quien tanto se ha aprendido-, nos habla de lo incompatible que resulta la fotografía en el móvil y la experiencia, el recuerdo, personal respecto de la imagen que uno pretende retratar en el Iphone, en el Samsung, en el Huawei –este si la cosa va de tiesos, es decir, de mí, que para eso soy joven precario y  nazareno de ruán-. Parece que guardar recuerdos en la memoria y en la tarjeta del teléfono móvil son hechos imposibles de simultaneidad, un ejercicio que se escapa a toda lógica: como volar desde, no sé, la Campana; como el don de la ubicuidad; como que el Consejo de Cofradías pague al autor del cartel de nuestra Semana Santa. Cuestiones ajenas, por evidencia empírica, con papeles y estudios serios, a las posibilidades. Yo, por el contrario, aunque soy hombre de fe discreta, creo en que sí es posible disfrutar de un momento cualquiera y grabar con el teléfono la chicotá del paso, y subirla a tu canal de Youtube, a tu cuenta de Instagram, o mandárselo a tu madre –que si nos ponemos sentimentales y melodramáticos está en el hospital y necesita ver esa Imagen que siempre veía contigo en aquella esquina todos los Martes Santos y ya paro que me pongo pregonero- o a la parienta, que anda de Erasmus por media Europa mientras el palio de su padre, que es mayordomo de una cofradía de Sevilla –hay gente muy loca-, se marcha a lo lejos con los últimos sones de la música. Es sencillo: todo es cuestión de darle al play del móvil durante unos minutos en un tiempo limitado, mientras en otros tantos, que suelen ser mayoría, te dedicas a darle al otro play, al de la memoria. O a no estar pendiente de lo que hagan o dejen de hacer los demás con sus móviles, no vaya a ser que pierdas ese momento que para ti es inolvidable.

LE ENSEÑÉ LA SEMANA SANTA A UN GUIRI Y FUE EL GUIRI QUIEN ME LA ENSEÑÓ

De esto que vas con el guiri, de esto que vienes con el guiri, doce horas de calle, bulla, tapones, venga nazarenos, y venga nazarenos, sudor, pies hinchados. Esta fiesta es muy barata pero cansa mucho, le digo, mientras gotea la pringue de la hamburguesa sobre los castellanos y me mira con esa expresión de Buen Ladrón de La Carretería –mi guiri lleva idéntica tortura en ese cuerpo tan blanco nuclear-. Y es que empezamos prontito, en los barrios, para así ir tachando las primeras del día en las hojas del programa. Es un truquillo, le comento, a eso de las seis y algo ya nos habremos visto la mitad de lo que ves ahí –asiente de un modo que no sé qué quiere decir: si resignación o asombro-. Cogemos el metro, la línea del metro, bajamos las escaleras, picamos, y ya el guiri empieza a tomar fotos con su móvil, a observar –sorprendido- la estación. Venga, vamos, corre, que está ahí, ¿qué haces mirando esto –suelto una risa moderada en busca de la complicidad, aunque realmente no podía creer que se parara en una estación de metro que no tiene más de diez años-? Es que está muy limpia, mejor, como él me dice: es… está… limpia… -gesto de frotar lámpara del genio-. Luego lo pensé, mientras esperábamos el metro, y es cierto: en comparación con el de su ciudad –grafitis, ratas-, este metro le parecerá algo así como la Antártida o una maravilla del mundo antiguo.

Llegamos a nuestro destino. Este barrio se llama El Cerro del Águila, le digo, con esa soberbia paternalista que de repente nos da al traer a alguien de fuera, a alguien que desconoce esta ciudad o que desconoce cualquier cosa, a secas. –Gesto de manos aladas, abiertas-. Sí, del Águila, le respondo. Me pregunta, inquieto, que por qué del águila. En ese momento titubeo –cómo reconocer que no sé algo- y cuando voy a soltar la excusa para salir del paso, se ve, a lo lejos, ese paso. Ahí los aplausos, ahí los primeros tambores, ahí una cruz que cimbrea. Me señala con el dedo, y los ojos como los del globo de Piolín, esos que venden los gitanos en los cruces de tráfico que corta la policía. Ahí está el primero, ya vas a ver tu primer paso, a ver si te gusta, le digo, como si en lugar de guiri fuese un niño de cinco años, o tonto –también hay veces en las que le hablo como si fuera sordo-. Justo cuando el paso discurre delante de nosotros, vuelve a sacar el móvil, desbloqueo, cámara –para Instagram, me dice, acercándose a mi oído-. Pasa la banda y empieza a mover la cabeza y parte de la cadera –le sonrío, aunque con ganas de que pare ya que me está empezando a dar algo de vergüenza ajena-. Miro a mi izquierda y una señora vestida con bata veraniega de estampados de flores y sentada en una silla de playa me devuelve la mirada con gesto de complicidad. Esto es lo que hay, miarma, me dice. Pienso en que es por mi invitado, que en realidad es un compromiso –encasquetado- de mi hermano, cuando de pronto añade: esto es lo que hay, así es el poderío del Cerro el Martes Santo –sonrisa, ladeo de cabeza, cruce de brazos, y sigue a otra cosa-.

De vuelta al centro, me lo llevo a San Esteban, y de ahí a Los Javieres, y de ahí a Los Estudiantes, y luego a San Benito, y luego a Santa Cruz, y luego a La Candelaria, y luego a La Bofetá. ¿La cara de ese Jesús por la calle Conde de Barajas? ¿Los cirios ya gastados y negros de fuego y de cera –esa imagen- del palio de la Virgen del Dulce Nombre? Pues así va este guiri mío de vuelta, con las manos en los bolsillos, tras explicarle quién bordó ese manto, quién talló esa canastilla, quién es el capataz –lo que me costó explicar, creo que sin éxito, qué es un capataz- de este paso. Así va, tras hablarle también –por si no tenía suficiente información- de que hasta el año pasado estas hermandades recorrían a la inversa la carrera oficial -¿la cuál?, me preguntó-, y que eso generó mucha polémica –no lo entiendo, me dijo, aunque no sé si no entendía lo que le decía o el por qué generó mucha polémica, o ambos-. Y ya en la ducha –¡mañana a las dos empezamos en San Bernardo!, le grité desde el baño-,  llegué a una conclusión, a una idea así un poco a pinceladas en la que nunca había caído: si no tienes una relación personal con las cofradías, si no hay ahí un apego, si las imágenes de este Cristo o de esta Virgen no traen la “memoria sentimental”, tanto la historia de siglos como el valor artístico y esas cosas no importan nada. O importan, pero no deja de ser algo pasajero, algo que te cuentan, que sí, y que poco más. Esta fiesta se articula sobre la experiencia de lo que se ha vivido durante años, y el resto –patrimonio, siglos- es tan sólo un adorno que viste a los manuales y a los libros, que entretiene a los extranjeros y a los visitantes, pero que es, aunque lo creamos relevante y principal, accesorio.

LA VIRGEN DE LA AMARGURA Y LOS DÍAS DE NOVIEMBRE

Dos conceptos, al menos de primera impresión, antagónicos: la austeridad y el absoluto. Pasa cada mes de noviembre, cuando las luces de las tardes últimas del otoño apagan sus vibraciones, sus intensidades, sus gravedades, y queda la parroquia sola. Y sola está la Virgen en el presbiterio. Con la ropa humilde, y los ojos de vacío, como pesando, conteniendo, del modo en que estos soles del otoño también contienen esa potencia de melancolía apunto de la eclosión: síntesis del tiempo y del espacio, de la Imagen y de la imagen. Ahí está: la Virgen de la Amargura en sus horas previas al besamanos. Ahí está, de sencillez toda, sin más atributo que la tela, desprendida de la geometría, del color, de la abundancia; desprendida también de los claros reflejos de la plata, del adorno efímero, de la laboriosidad del artificio –natural artificio- de la priostía, de la ofrenda de las flores. La Virgen, desprovista de todo aquello -¿lo accesorio?-. Sea cual sea el caso, ahí es el retrato austero, incluso de incógnita, de pregunta, que recuerda a Rembrandt, o al Zóbel de la abstracción, la Imagen que evoca la cadencia pausada del metro petrarquista, la convulsa serenidad de un Juan Ramón, de un Eliot, de un Yeats. Y así, del mismo modo, desde ese concepto de la austeridad, el absoluto.

En aquellos ya lejanos días de noviembre en que la Virgen levanta su afirmación de belleza, siempre se da la contradicción: apenas nada material, todo paupérrimo y escueto, y es, sin embargo, donde ahí queda todo lo sublime. Donde queda el absoluto. En estas edades en las que la posmodernidad y las secuelas de la filosofía de la sospecha –Marx, Nietzsche, Freud- han derribado cualquier posibilidad de idea categórica, de verdad, de ausencia de relativismo, la Amargura es más que una Imagen: es la convicción de que aún sobrevive el ideal del canon, de las jerarquías, de los estadios superiores; la convicción de que aún hay ideas totales, y por tanto esperanzas: el nihilismo que impregna el discurso de la sociedad moderna encuentra aquí su oposición.

Desde la estética de la humildad a la ética del absoluto; desde la posibilidad de la pobreza material a la riqueza del ánimo, del espíritu. Lo enseñó hace más de dos mil años un hombre hijo de un carpintero en Belén, y lo recuerda, cada mes de noviembre, esta mirada casi vencida pero elevada, tan contenida pero tan torrencial, tan introspectiva pero tan común y universal, que la Amargura nos deja cuando sola está, sin más compañía que su nombre, que su mano, a la que ya acuden las familias, las amistades, la parte del pueblo, como acudirán cuando suene la música en las naves interiores y calurosas de San Juan de la Palma, y esta misma Virgen esté en el límite del dintel, como ahora lo está en el límite del presbiterio. Un límite que es el  infinito, un límite que es el todo que siempre alcanza.

COPE

En una ciudad tan corporativista y tan gregaria como Sevilla, la afinidad y la mimetización son los caminos más cómodos –directos- para el reconocimiento de nuestros paisanos –y para nuestros logros-. Aunque lo podríamos probar en numerosas disciplinas artísticas, lo suelo ver en la escritura: si quieres que te aplaudan –sobre todo en el Maestranza, pero también en el papel impreso- nada como escribir buscando la complicidad o el agrado de los demás, el estilo que otros trabajaron o las ideas inculcadas –tópicas- en el ideario colectivo de la sociedad sevillana. Cuando alguien lee sobre cofradías, lo que este quiere es que le cuenten lo ya conocido, o  aquello con lo que reserva un vínculo personal. El artículo, la crónica, la narración, no gustan por cómo estén trabajados, sino por el número de veces que nos adulen, que nos regalen los oídos con la estampa consabida. El resultado, evidencias, es una ristra de epígonos, una escritura como esculpida por Castillo Lastrucci, de discípulos tan aplicados como impersonales, que tan sólo provocan una imagen ya vista, un recuerdo manido en la memoria de los oyentes y de los lectores; recuerdo que, como todos, es en buena medida una ficción de la memoria, un espejismo de un tiempo pasado. De este modo, lo que estás contando no es sólo un pastiche anacrónico –que algunos confunden con el buen gusto- sino que es, además, mentira. Pero, sorpresa, eso es lo que se pide, eso es lo que se exige. Prefieren el falso cliché ya tantas veces conocido a algo que nos sepa original, renovado. Prefieren –qué conservadores, qué aburridos- lo mediocre conocido a lo bueno por conocer.