

Sigo la luz, no el guión.
No dirijo escenas ni busco la pose perfecta. Observo, espero y encuadro lo que ya estaba ahí. Así es como trabajo, y así es como te voy a conocer.


Empecé siguiendo parejas, no poses.
Hubo una sesión en la que la pareja se olvidó de mí por completo. Él le susurró algo al oído y ella se rio sin querer. Esa imagen fue la primera vez que entendí para qué sirve esta cámara.
Desde entonces trabajo así: sin llamar la atención, sin dar instrucciones, sin interrumpir lo que ya está pasando. El encuadre llega solo cuando el momento es real.


Una colaboración, no un encargo.
Antes de cada sesión hablamos. No para planificar poses, sino para conocernos. Cuanto más cómodos estéis conmigo, menos notaréis la cámara.
El día de la sesión llego con tiempo, sin prisas y sin lista de comprobación. Me muevo con vosotros, no delante. Lo que guardamos juntos es lo que de verdad ocurrió.
Sin ensayar, sin guión.
Nunca sentimos que nos estaba fotografiando. Al ver las fotos, nos reconocimos de verdad — no una versión mejorada de nosotros mismos.
Pensaba que las sesiones de familia eran forzadas. Esta fue todo lo contrario — los niños jugaron, nosotros nos relajamos y las imágenes lo muestran todo.
